Lo que se va con la corriente

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Último capítulo de la saga telúrica “El Gringo y la Lucecita”, escrita a dúo entre el Sr. Max “cuento * chino” Asterión y yo.

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El auto pasó la tranquera principal cortando el aire como la sudestada, sin mendigar permiso ni ponerse a pensar en lo que se lleva por delante. La borrasca desmañada, como instrumento del destino, había cubierto con agua las huellas del Rastrojero de Barzola. Carlini lamentó los minutos perdidos en volver al camino de entrada, en las instancias decisivas cualquier retraso puede ser fatídico. La patrulla surcó por el diámetro la pista donde un rato antes habían explotado el jolgorio y el alcohol. Dicen los que saben que después de grandes festejos hay que andar prevenido, porque el equilibrio del mundo se acomoda en un instante, y el revés de la desgracia nunca tarda mucho en llegar. Carlini y Becerra lo sabían, y ya no les importaba el sigilo, ni las luces prendidas del móvil, y ni siquiera se molestaron en escudarse en su rol de pesquisas. El hombre frente al hombre. Era el momento de actuar. La tormenta clamaba con todas sus fuerzas por el final de la historia. Los frenos mojados apenas accionaron en un charco infinito frente a la casa. El chapoteo de Becerra en la marejada amainó al entrar en el living vacío, donde el agua había removido del mueblaje muchos años de olor rancio del capataz. Nadie se lo había enseñado, pero él sabía que ese olor era un pésimo augurio. La ventana se abrió de par en par y un relámpago larguísimo cortó al bies la espesura negra de la pampa. Carlini tropezó con un tronco y se sumergió de jeta en el barrial.

—¡Vamos, Carlini, puta madre, están en el barranco!

El grito del comisario acompañó el tirón salvaje que puso al ayudante otra vez de pie. A campo traviesa salieron disparados en dirección a aquellas siluetas grises que de a ratos se encendían sobre el horizonte. Poco le duraron las piernas al comisario, que a mitad de camino, empapado hasta el tuétano pero detrás de su 9 mm, llevaba en la boca el dulzor de la adrenalina y el amargor del inminente retiro de la fuerza. ¿O acaso se le estaban confundiendo los sabores? Poco más de una centena de metros habrían corrido cuando su ayudante lo sobrepasó. En ese momento el comisario Becerra pudo ver en el rostro de su fiel escudero un gesto, una mueca, o algo parecido que no pudo definir, era como si ese tipo que conocía bien de cerca ya no fuera el mismo joven, torpe e inexperto, sino que ahora llevaba estampada en toda la cara la furia del convencido. A su vez, en ese segundo plagado de epifanías, Carlini supo que en ese sprint fallido su querido comisario estaba dejando más de lo que parecía. Ninguno de ellos, sin embargo, notó a una quinta figura que corría con desmaño rumbo a la cárcava. Una vez más, como un eco de sí misma en el devenir de la humanidad, la noche cobijaba por igual a benditos y sotretas.

—Reconocélo, pedazo de mierda, ¡vos achuraste al Lorenzo!

Con la cara encendida, el Gringo se iba acercando al capataz. La hoja de la faca, brillante como un hueso descarnado al sol, desafiaba las ráfagas en la diestra inapelable del peón. Entre ambos hombres, un escaso metro. A espaldas de Barzola, el río descontrolado. ¡Qué caravana de ideas pasaron por la cabeza del asesino! No desconocía que sus posibilidades eran mínimas, pero ya era tarde para arrepentirse de algo por primera vez en la vida, y mucho más lo era para empezar a creer en Dios. El corazón le hinchaba el costillar por dentro como a las vacas viejas cuando entran al matadero. El Gringo, cegado por la furia, nunca iba a enterarse de que Barzola, desencajado, veía un sinfin de colores algodonosos que giraban a su alrededor cual espectros de varieté, ni que por sus bombachas empapadas había bajado una catarata de meo caliente. No, el Gringo nunca se enteraría, y el pensar en aquella gurisa hermosa que llevaba sangre Barzola en las venas lo encendía como un tizón en la fragua. Tenía enfrente a la única persona que podía impedirles un futuro de felicidad. Un paso más, sólo un paso más.

—¡Paráte, Gringo! —gritó Carlini. Se había parado a una distancia que le aseguraba un disparo certero, aunque no tuviera claro quién sería el destinatario.

Sin embargo, la zurda de Barzola fue más rápida que el rayo. Quizás era el que mejor sabía que no existen las retiradas elegantes, y que a lo irreversible es mejor no dilatarlo, ¿qué más puede pretender un hombre como él, al que nunca nadie le dijo como vivir, que decidir su propio final? Tomó del antebrazo al gringo y jalando con todas sus fuerzas se clavó la faca en las tripas. Al Gringo sólo le quedó revolver hasta que el cuerpo del capataz cayó hacia atrás por la cárcava y se hundió en el agua. Después tiró la faca al pasto y giró hacia Carlini, que con el dedo resbaloso sobre el gatillo y la mirada de piedra le alcanzó las esposas; “hasta acá nomás…y basta” cuentan que le dijo, pero en el campo no hay que confiar en los cuentos de las viejas. El Gringo se esposó solo y se arrodilló manso frente a Carlini justo en el momento en que el comisario, exhausto, llegó acompañado de la Lucecita. Al verla, el Gringo cerró los ojos. Ninguno de los otros supo del frío que le subió por la médula, y el pobre diablo nunca se enteraría que las gotas en la cara de la muchacha eran sólo de agua dulce.

—Felicitaciones, Topito—, cerró con voz amarga el comisario Becerra.

El resto es una historia que quedará para siempre en el campo de Don Miguel, y a la que los años le pondrán distintas variantes y condimentos. O tal vez no.

De leyendas, cuentos y fábulas se nutre la mística de ciudades, pueblos y lugares perdidos en la nada como este, y en la cabeza de cada uno de sus habitantes quedará la responsabilidad de qué hacer con la memoria. A nadie le quitará el sueño no saber qué pasó con el cuerpo nunca hallado de Barzola, tampoco se tratará de adivinar por mucho tiempo la suerte de la Lucecita en la gran ciudad, tal vez haya encontrado lo que tanto anhelaba, tal vez no, pero ya no importa; y por supuesto, las noticias sobre los días negros de encierro del Gringo se volverán cada día más escuetas, casi ínfimas, hasta desaparecer primero de las conversaciones de las viejas, luego de los pensamientos erráticos de los peones, y por último de toda la memoria colectiva de un caserío apartado, con ínfulas de pueblo noble, con gente amable y agradecida, trabajadores, estudiantes, amas de casa, guitarreros, hacendados, malandrines, hombres de ley. Un amasijo de gente común y corriente que de vez en cuando, como todos, tiene que esconder la mugre debajo del felpudo y esperar que amaine la tormenta.

FIN.

Makraff y los hombres-hormiga (VII): “Un portal a la conciencia”

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Esta es una anécdota en partes: la #53 en la saga del Dr. Kovayashi.

Makraff y los hombres-hormiga (VI) | Continuará… >

La oración por Enriquez se extendió por más de veinte minutos. Desde el principio, Kovayashi había adoptado la postura de los seres realizados. Aunque ideal para la meditación, siddhâsana distaba mucho de ser perfecta: pequeños calambres en las pantorrillas y un dolor punzante, sutil aún, en la zona lumbar lo demostraban. Con cierta nostalgia había palpado la estrella letal entre sus ropas, aunque rechazaba la idea de tener que usarla contra Makraff, incluso en defensa propia. Kovayashi maldecía el momento en el que el Dr. Yang se la había regalado, e injustamente lo culpaba por las aventuras que había tenido que afrontar al poseer semejante arma. Durante los últimos años venía sintiendo el avance de la edad sobre su cuerpo, y esa era la raíz de su frecuente mal humor. Por el contrario, cuando se amigaba con la vida reconocía que Yang le había obsequiado un arma excepcional contra el envejecimiento: eliminar escoria del planeta era un ejercicio, y el ejercicio siempre sienta bien. ¿Terminaría Makraff siendo un bastardo como Kandraski? ¿Alcanzaría en algún momento la categoría de escoria? Imposible saberlo. Hasta el momento sólo había actuado como un decente capitán y anfitrión, además de un inmenso charlatán. No obstante, algo en su personalidad lo prevenía de bajar la guardia y de creer que todos llegarían a Buenos Aires sin problemas.

Como incondicional de la inducción y del falsacionismo, Kovayashi hipotetizó que el capitán reanudaría su relato detallando cómo la ola había desencallado el barco y de qué manera su pericia inigualable al timón le había permitido girar y tomar la ruta correcta hacia el mar.

—¡Boludeces! —gritó el doctor para sus adentros—. La energía cinética de una ola de ochenta millones de litros es suficiente para despedazar un barco de morondanga clavado en el barro. Lo mismo le sucedería a cualquier auto que pasara a más de 60 km/h por las cunetas de Buenos Aires.

Kovayashi aborrecía la mentira tanto como las milanesas de Solanum melongena. Aun cuando admitiera la baja probabilidad de que existieran los hombres-hormiga, que según la descripción de Makraff ni siquiera pertenecerían a la especie sapiens, la historia del escape de ese pantano no podría ser menos que un grosero embuste. Con tal de salir con vida de allí, Makraff debió haber pactado atrocidades con esos seres, incluyendo barco, carga de frutas y tripulación. De hecho, el Timor ni siquiera era aquél del pantano. Todos estos eran hechos que para Kovayashi no necesitaban falsificación popperiana.

Otra de las preocupaciones que ocupaban en simultáneo el cerebro del doctor era el ánimo de sus peludos amiguitos. Desde que habían abordado el Timor miraban con un dejo de melancolía, o al menos eso parecía, la vegetación costera, la selva, los árboles de ramazones altísimas y los brotes y frutos deliciosos que de ellos colgaban. La selva era su hogar, y por más que desearan probar suerte en la ciudad, su destino de cemento sería definitivo: el viaje no tenía boleto de regreso. Por esta razón consideró arrojarlos al agua cuando el barco se acercara a la costa. Los extrañaría, pero sería lo más adecuado para con esas criaturas.

—¡¡Maldito sea, Kovayashi, ¿acaso no desea escuchar el final de mi historia?!! Dígalo y callaré hasta destino. —Makraff sonó amenazante como el refucilo sin trueno que anticipa la piedra.

—Le ruego me disculpe, capitán, soy todo oídos.

Una sonrisa al bies abrió un tajo entre los cachetes del capitán. Después de incorporarse torpemente y sin dedicarle un ápice de atención a Patinho, que irrumpió en cubierta con la acostumbrada bandeja de carne asada, Makraff se acomodó la barriga por fuera del cinturón y empezó a hablar.

Continuará…

Makraff y los hombres-hormiga (VI): “La inundación”

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Esta es una anécdota en partes: la #53 en la saga del Dr. Kovayashi.

Makraff y los hombres-hormiga (V) | Continuará…

—Descubrimos los sostenes del dique sin demasiado esfuerzo, una sucesión de troncos inclinados que funcionaban como riostras entre el paredón y el suelo. Con gusto habría trocado mi antebrazo derecho por una caja de dinamita; sólo disponíamos de sogas, fuerza e ingenio. Arnolfo, nuestro grumete, me ayudó a enlazar dos parantes adyacentes, mientras que Xico, el cocinero, instalaba una gran polea en un árbol, terreno abajo.

—¡Excelente! Las poleas maximizan la fuerza.

—Así es, doctor. Pero debíamos aguantar hasta la primera luz del día para actuar; de lo contrario, si nos dejábamos ganar por la ansiedad, estaríamos forzados a bajar corriendo a ciegas por la pendiente, con árboles y vegetación por doquier, con una enorme ola por detrás y con mínimas chances de llegar vivos al barco. Y una vez a bordo, debía arrancar los motores y, sin margen de error, girar 180 grados entre los millares de neumatóforos de los cipreses calvos y salir a toda máquina por exactamente el mismo río por el que habíamos llegado. Eso siempre y cuando no nos aniquilaran los hombres-hormiga antes de alcanzar el pantano.

—Si no supongo mal, a esa hora comenzaría otra vez el asedio…

—Correcto. Malditamente correcto. Había que moverse rápido. No faltaba mucho para el amanecer. Por eso envié de regreso al barco a uno de mis hombres con instrucciones expresas de poner a cada tripulante en su puesto e intentar deshacerse de todo el lastre posible, lo cual, lamentablemente, incluía la fruta de la bodega.

Makraff hizo una pausa breve. Nikola y David supusieron que el capitán se preparaba para rematar la historia. Pero Kovayashi, con la percepción aguzada por un hambre incipiente, notó una ligera contracción en sus pupilas; estaba seguro de que al mencionar la fruta, Makraff había recordado a sus seres queridos.

—Escuchar en el estrato más alto de la selva el aullido primitivo de los chorongos y el canto agudo de los batarás nos indicó que el momento de actuar había llegado. Éramos cuatro para tirar del cabo, y lo hicimos tal y como un pack de forwards entero. Puedo asegurarle, doctor, que estuvimos a un tris de abandonar el plan y de darnos por vencidos. Esos condenados sostenes no se movían. Pero el último intento fue salvaje, descontrolado, casi inhumano. Los parantes cedieron, la presión del agua rajó el barro y, finalmente, el muro se abrió. Hubo estruendos encadenados: el del agua escapando a través del dique, el de la empalizada volando en direcciones aleatorias y el de la ola descomunal que bajaba a toda velocidad hacia el pantano. Créame, doctor, que corrimos como si nos persiguieran los mismísimos Dæmonia.

—¿Y los hombres-hormiga?

—Oh, sí, esos seres repugnantes… Sin demasiado orden, algo dormidos tal vez, unos grupitos aparecieron en el sotobosque. Nuestras zancadas eran tan largas y veloces que no les dimos tiempo a reaccionar. Los aplastamos con los pies. Esos tizones del infierno explotaban como cascarudos. A mis hombres más fuertes les ordené que cargar tantos cuerpitos como pudieran. A juzgar por la cantidad de flechas que se nos clavaron en las espaldas, el número de arqueros no debió ser inferior a mil. Afortunadamente, el alud de barro y troncos arrasó con los que nos atacaban desde el suelo. Sólo siguieron tirando los arqueros en los árboles, pero esos eran menos peligrosos. Nadamos por la inmundicia gelatinosa del pantano y subimos a cubierta con el último aliento.

—¿Todos?

—No… Enriquez nunca llegó a bordo. En su carrera se enganchó el pescuezo con una liana. No pasó mucho tiempo colgando, fue desollado en vida por los hombres-hormiga con sus pequeñas dagas de fémur afilado. ¡Que el Señor lo conserve a su siniestra por toda la endemoniada eternidad! De alguna manera él los entretuvo. Fue un héroe y debemos agradecerle. Juntemos nuestras manos y oremos por Enriquez, amigos.

Entonces, hombres y monos se tomaron respetuosamente de las manos. Nikola y David, intuitivos por naturaleza, sabían que en el cerebro del doctor se había abierto un portal hacia su propia conciencia. Producto de sinapsis imperfectas debidas al exceso de carne en la dieta del Timor, los pensamientos de Kovayashi fluían tormentosos entre la niebla que cubría el porvenir y los groseros embustes del capitán Makraff. Pero si algo habían aprendido Nikola y David acerca del doctor era que no debían preocuparse. Sólo resignarse y rezar. Y eso harían.

Continuará…

Makraff y los hombres-hormiga (V): “Un plan descabellado”

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Esta es una anécdota en partes: la #52 en la saga del Dr. Kovayashi.

—Según cómo se lo viera, el hecho de que ese primer día de sitio hubiera transcurrido sin que cayera una maldita gota de lluvia podía tomarse como desgracia o como fortuna —sentenció el capitán con ademanes gradilocuentes—. El pantano hervía bajo el sol como un espeso caldo de manguruyú. Había burbujas enormes, llenas de metano, que protruían con lentitud la superficie para luego explotar en silencio. El aire en mal estado y la ausencia de viento hacían de la atmósfera un ambiente insoportable. Además, cierto era que las reservas de agua se agotaban y que mis hombres se dejaban vencer por la sed y la desesperanza. Muchos caían dormidos a causa de la deshidratación y la altísima concentración de gases reducidos de nitrógeno y azufre. Podrá usted creerme o no, doctor, pero esa misma falta de agua en las células me iluminó el pensamiento. Los hombres-hormiga también debían depender de diferir agua de lluvia de una estación a otra. Estimando que su población, si bien de menor tamaño corporal que la de los seres humanos, debía ser muchos miles de veces mayor que mi tripulación, y dando por sentado que ese número de criaturas no puede sostenerse con el agua de condensación que cae de los árboles, mi conclusión fue lógica: o se hallaban en serios apuros o disponían de grandes reservas de agua potable.

—Agua en cantidad. Hmmm… Un gran caudal bien orientado resultaría suficiente para desencallar un barco… —dijo Kovayashi, quebrando así un letargo de más de media hora de introspección.

—¡Brillante, doctor! Hubiera apostado la vida de media tripulación a que estas pequeñas aberraciones del demonio poseían una gran reserva de agua; probablemente un embalse en alguna parte de la región.

—Entonces proseguiré con mis suposiciones, capitán. Usted esperó a que se escondiera la luna, tomó dos hombres de su confianza, los armó con pistolas y cuchillos y se aventuraron a los dominios de los hombres-hormiga.

—¡Por todos los Profetas del islam! De haberlo tenido en mi barco, doctor, lo habría puesto al mando de la misión. En efecto, eramos cinco en total los que nadamos en secreto por la sangre podrida. Aún cuando la misión saliera bien, en el mejor de los casos, varios de nosotros moriríamos de alguna enfermedad del pantano.

—Malaria, disenteria, leptospirosis… La selva es implacable.

—Así es. O nos desangrarían las sanguijuelas. Pero fuimos ágiles como anguilas entre los juncos. Llegamos a la costa en el más absoluto sigilo y nos adentramos en dos grupos. Fue fácil encontrar el camino hacia terrenos más elevados ya que la pendiente era notable, más de 5%. En menos de veinte minutos de andar habíamos alcanzado una especie de meseta en la que al tacto descubrimos una pared muy gruesa hecha con troncos de dos metros de altura y revocada con lodo, paja y vísceras de pescado.

—Tal como usted lo había imaginado: una represa.

—¡Y vaya represa! A pesar de la oscuridad, la superficie del embalse reflejaba el fulgor intermitente de las estrellas. La intensidad de esa luz era mínima, pero pude estimar que el área cubierta por agua era de cuatro hectáreas. Si los dos metros de profundidad eran homogéneos, liberaríamos aproximadamente 80.000.000 litros. Con todo, no estaba seguro de que ese volumen alcanzara para mover mi barco. El plan era descabellado pero no teníamos elección: debíamos destruir el muro para intentar escapar con vida de ese pantano infernal.

Continuará…

Makraff y los hombres-hormiga (IV)

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Esta es una anécdota en partes: la #51 en la saga del Dr. Kovayashi.

Kovayashi no escuchó las últimas trescientas palabras del capitán. Sus pensamientos saltaban en vaivén desde el golpeteo del oleaje contra el Timor hasta la niebla amenazadora que cubría el horizonte. Sin darse cuenta había cerrado los puños al considerar la posibilidad cada vez más concreta de perecer en un naufragio absurdo; no estaba dispuesto a tirar por la borda tantas aventuras, esfuerzos y planes llevados a la práctica con brillantez. Sin embargo, Nikola y David, cuya naturaleza primate les garantizaba ligereza de espíritu, habían seguido de cerca el relato de Makraff.

—El sol despertó temprano. Pronto llegaría la hora de transpirar. Mientras tanto, una resolana amarilla crecía al reflejarse en las epidermis espejadas de los aceitunos, las chuchuhuasas y los marimarís. No necesité ver ni sus arcos ni sus flechas diminutas; sabía de sobra que estábamos en tierras de los hombres-hormiga. A media mañana todos escuchamos el silbido de los dardos pinchando el aire hasta el casco. La primera lluvia se clavó a babor. Algunos hombres, los menos espabilados, fueron sorprendidos y perforados (como el marinero Gastello, que perdió un ojo). Por suerte, las heridas nunca revestían peligro de muerte ya que las flechitas no estaban envenenadas ni, por su tamaño y fuerza, penetraban demasiado las carnes.

El doctor asintió distraídamente, como en respuesta a una pregunta nunca formulada. De todos modos, Makraff prosiguió con entusiasmo el relato al entender que contaba con su atención.

—Fuimos asediados durante horas. Por suerte, los torniquetes de la fortuna hicieron que esos salvajes hicieran intervalos entre los ataques, vaya uno a saber por qué, y eso nos permitía relajar tensiones. Las tandas de flechas continuaron cayendo durante la tarde y parte de la noche sin mayores novedades. ¡El barco parecía un erizo de mar, doctor! Durante esa jornada no disparamos ni un solo tiro; conservar las municiones era crucial para resistir. Mientras tanto, la tripulación esperaba que la marea alta nos sacara de allí. Recuerdo al atardecer haberle suplicado al Altísimo piedad para semejantes brutos, porque yo, gracias a las magníficas lecciones aprendidas de mi instructor, sabía que esos pantanos no copiaban la dinámica hidrológica de los grandes ríos. Antes que a diario, el nivel de ese agua fétida variaba según la estación, por lo que esperar una crecida era suicidarse en cuentagotas. ¡Estúpidos, jamás habrían salido solos de allí!

Las miradas de Nikola y David se cruzaron con asombro. Al escuchar al capitán iban descubriendo cuán diferentes podían ser los humanos entre sí.

—Lo más urgente era conseguir víveres. De acuerdo a mis cálculos, las provisiones alcanzaban para sobrevivir un día y medio más. Esa noche, cuando los hombres-hormiga descansaban, acepté que los marineros cazaran y comieran murciélagos, abundantes como insectos, pero enfermos como la atmósfera misma del pantano. También dispuse que se ubicaran barriles vacíos sobre cubierta a fin de capturar el agua de las tormentas que caían todos los días. Sabiamente racionada por mí, cada lluvia nos brindaría a cada uno tres vasos de agua por día. Por último, era indispensable controlar el pánico a bordo, erradicar las fantasías pesimistas y ese murmullo constante que no me dejaba pensar. Estaba dispuesto a despedazar hombres con mis propias manos porque, como usted podrá suponer, doctor, la autoridad de un capitán depende de esa clase de acciones.

Pero Kovayashi, que desconocía ese tipo de cuestiones, ensimismado en el recuerdo de sus días de profesor universitario apenas se hizo un segundo para volver a asentir. Deseaba con desesperación que la travesía terminara lo antes posible.

Continuará…

Makraff y los hombres-hormiga (III)

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Esta es una anécdota en partes: la 50ava en la saga del Dr. Kovayashi.

—Navegamos durante cinco días sin novedades. Sabrá usted, doctor, que en la selva eso es un pésimo augurio. La navegación era tranquila y suave como la piel del manatí. Durante el día, el sol nos laceraba el cuero; por las noches, la bruma que envolvía al barco nos curaba las heridas. Entrada la sexta noche, los dæmonia de la selva arrojaron al cielo un manto que ocultó la luna. El orgullo de novel marinero me cegó más que la oscuridad, y si bien percibí desconfianza y temor en algunos hombres, decidí continuar. Mis precauciones fueron pocas, lo reconozco: desacelerar, poner marineros a babor y estribor para evitar las salientes rocosas, y no ofrecer mi espalda a ninguna daga oportunista.

—La oscuridad, que tantos errores fuerza, impidió que me diera cuenta de que el río se había angostado, que había cambiado de color y que la gentil correntada se había convertido en remanso. Marineros hubo que creyeron reconocer en el aire húmedo el olor de la muerte. ¡Ignorantes cual guijarros! No obstante, juzgué conveniente callar antes que espantarlos con mi sabiduría. El metano, fétido, burbujeaba a nuestro paso por un pantano tan denso que el barco fue perdiendo velocidad hasta sumirse en la quietud más absoluta. No se precisaba inteligencia para percatarse de que habíamos encallado en un inmenso banco de lodo. Únicamente el Señor misericordioso sabía cuál era ese arroyo y a cuántas millas del río grande nos encontrábamos.

—Y usted era responsable de esos hombres —reflexionó Kovayashi mientras atusaba el lomo de Nikola.

—Las circunstancias me habían hecho Capitán de mi navío y protector de las bestias que lo tripulaban; mientras me quedara vida, sólo agacharía la cabeza ante Dios, si se dignaba a bajar —apostrofó Makraff—. Durante más de cuatro horas permanecimos sobre cubierta esperando el amanecer, tensos los músculos como cabos de amarre, agitadas las respiraciones por el temor a lo invisible y desconocido. Los jóvenes se refugiaban en la calma de los marineros más avezados, que en voz baja clasificaban cada uno de los ruidos que llegaban desde negra espesura. Debe saber que la buenaventura, doctor, me ha dotado con un oído de tísico. Desde el timón escuché cada uno de esos cuchicheos y descubrí falsedad en las palabras de aquellos viejos; sabían que no todos los aullidos eran monos y que las aves no silbaban en la noche. Pero a mí no podían engañarme. Esos ruidos sólo podían provenir de…

—¡Los hombres-hormiga!

—Ciertamente. Y que el Todopoderoso tenga en la gloria a aquellos que en su ignorancia aguardaron con ilusión el alba para emprender el regreso.

Continuará…

¿Dónde está Kovayashi?

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Casi un año y medio sin noticias del doctor. Por suerte, las condiciones están dadas para retomar nuevamente la historia. Entonces, nada mejor que recapitular los sucesos que, hasta el momento, lo están sacando con vida de la selva.

Luego de incendiar la choza que habitaba en el medio de la selva, el Dr. Kovayashi, acompañado por sus dos primates amigos Nikola y David, emprendió el viaje que, en el mejor de los escenarios, lo llevaría de regreso a su casa en los suburbios de Buenos Aires. Como era previsible, el camino, lejos de ser simple y seguro, condujo al trío a través de diversos problemas y aventuras.

El primer escollo que debieron sortear fue un campamento de traficantes de fauna. Kovayashi fue hecho prisionero y encerrado durante una noche en un calabozo pestilente. Al amanecer fue despertado por el Sr. X, líder del campamento, con un monólogo en el que le describía cómo había asesinado a su propio padre de un palazo. Luego de salvar su vida casi de milagro, el Dr. fue narcotizado y al despertar descubrió que el campamento había sido abandonado. En la cabaña principal halló el cuerpo sin vida del Sr. X, picado en sus fauces por un escorpión amarillo. Ese atardecer, Kovayashi encontró un sobre con dinero y una carta de puño y letra del Sr. X en la que le confirmaba la existencia de un embarcadero. Ni lento ni perezoso, el Dr. decidió partir cuando antes hacia allí, aunque sin demasiada certeza del rumbo que debía tomar. Como siempre, confiaba en su intuición. Antes de partir le encargó a sus monos encender una hoguera para quemar el dinero, el campamento, las jaulas, las aves muertas y el cadáver del Sr. X.

Después de una azarosa travesía nocturna por la selva, al salir el sol los sorprendió el olor del río, y al ver el embarcadero los viajeros se sintieron aliviados y con renovadas esperanzas. Los acantilados que se cortaban sobre el río eran altísimos, pero lograron llegar al muelle, donde se quedaron a esperar a algún barco que pasara hacia el sur. Tres días y tres noches duró la espera hasta que finalmente pasó por allí el Timor, el catamarán comandado por un hombre tan afable como sospechoso: el capitán Sygmund Makraff.

Con la tranquilidad de saberse llevado hacia el sur, aunque siempre alerta y vigilante de Makraff, Kovayashi se entregó a las cavilaciones acerca del futuro que le esperaba en Buenos Aires. Las estimaciones más optimistas indicaban un mes sobre las aguas. Con este tiempo por delante, el doctor se entregó a la lectura de los manuscritos de Feather & Teller, que incluían la historia de El Gringo y la Lucecita. Arriba del Timor, el doctor debió resignarse a escuchar las retorcidas historias del Capitán Makraff. Así fue cómo se enteró de la existencia del holandés que tráficaba nativos prostituídos a través de puertos de ultramar y de la existencia de los hombres-hormiga.

Y hasta ahí llega la historia. Estén preparados, ¡en breve más capítulos!