16 de junio de 1955

Estándar

16/6/55. Tengo que escribir… En cualquier momento puede caerme una bomba en la cabeza, o aplastarme un cacho de mampostería, o me pueden asesinar en la calle, no lo sé. Un balazo, una explosión, cualquier cosa. Lo que está pasando es muy loco… Loco, loco… ¡LOCO! Muchos aviones pasaron y tiraron bombas (muchas) sobre la gente, sobre los edificios… No sé qué es todo esto, todo es un quilombo. Si fuera un golpe de Estado, estos turros de los aviones no habrían atacado a los civiles. Hace minutos pasaron y tiraron las primeras bombas, y yo estaba protegiéndome de la lluvia en la puerta del Ministerio de Hacienda. Cómo explicarlo… Ahí nomás ví volar los autos… un trole explotó. Corrí por Irigoyen, pero no tenía sentido… Todos los pasajeros estaban destrozados. Ví guardapolvos escolares y restos de personas, pedazos incendiados. Después explotaron más bombas y hubo disparos de ametralladoras. Ya había cuerpos en la plaza, toda gente común y corriente… Pasé sobre ellos.

Empecé a correr tan rápido como pude, pero ya no soy tan joven. Tenía que salir de ahí para tratar de salvarme. Miles de otras personas también corrían, cada cual por su lado, sin tiempo para organizarse. Agarré por San Martín y cuando llegué a Sarmiento paré. Me llamó la atención la vidriera rota de una despensa. Una barra de muchachos salía a los piques mezclándose entre la gente. Habían saqueado el local aprovechando la volada. Por la otra esquina aparecieron unos soldados con armas… la cosa se ponía fea. Como la tienda estaba vacía, no lo pensé: entré y me escondí. Se entiende que el pobre dueño debe haberse resistido… ahora estaba ahí tirado, con los ojos abiertos y una especie de daga muy bonita hundida en su pecho. En mi reloj era la una y cinco cuando me metí detrás de una estantería inmensa medio arrumbada, al fondo, y empecé a escribir esto.

Seguramente el General pronto hará justicia. Esto es una masacre.

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Son las 16:10. Estoy por salir a la calle. Ya casi no hay disparos (bueno, sí se sienten algunos, pero lejos), aunque sí se escuchan gritos y motores. Pienso que si alcanzo Corrientes estaré a salvo. Ya veré después cómo hago para llegar a casa. Si puedo, les aviso. Deben estar bastante preocupados. Y si no llego… espero que al menos encuentren esta libreta.

Esta es una transcripción de lo que Daisy leyó en la libreta del abuelo el día del velatorio de la Cata.