Hasta los huesos

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La temperatura había bajado por culpa del viento húmedo que venía del río. El linyera no creía en eso de la sensación térmica. Creía en el frío. Tenía la piel mojada sólo de recibir el embate del viento. Sabía por experiencia que cuando el río estaba así, gris en vez de marrón, era inútil protegerse entre los árboles o absurdo meterse en el automóvil abandonado en el que vivía. Así que se sentó sobre un tronco podrido en la calle costera y encomendó su salud al dios de los mendigos. Vio pasar barcos en varias direcciones y sentidos. Vio pasar gente en bicicleta y a pie, abrigados. Escuchó el graznido de algunas aves de la reserva; se las imaginó asadas y deseó con fervor una cerveza. Aunque su físico había decaído últimamente, él seguía ahí entre la costa y la selva. Nunca había dejado de preguntarse cuál era el río verdadero: aquel que brillaba a contraluz los días de sol o bien este, cuyas ráfagas calaban sin piedad hasta los huesos. ¿Cuál sería el mentiroso? Estaba convencido de que pronto lo averiguaría.

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