Espejismos

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Esta es una anécdota en partes: la 27a en la saga del Dr. Kovayashi.

El living recibía con alivio la sombra entrecortada de la persiana de barrio. La atmósfera húmeda era apenas tolerable, pero en la calle el aire literalmente hervía. Era el momento de la siesta. Todo quemaba; incluso, sobre los adoquines de Tres Sargentos se podía ver el ondular de los espejismos. Con un mismo impulso, Kovayashi dio un portazo, arrojó con furia el sobre de papel madera y fue a la cocina a servirse dos vasos de té frío con limón. Las hojas volaron por todo el cuarto.

Había vivido el stress de creerse en peligro. Sabía que eran sólo conjeturas atadas con hilo dental, pero había aprendido a confiar en la intuición. Llevó los vasos a su escritorio; leería algunos manuscritos de sus dirigidos. No era algo que le resultara placentero ya que pocos de ellos sabían escribir bien. Sólo debía hacer el trabajo, devolvérselos por email y a otra cosa. Sentado en su amado sofá dejó que las primeras páginas discurrieran entre sorbo y sorbo, empapándolas con el sudor de los vasos. El Doctor notó que sutilmente sus párpados iban dejándose caer, al tiempo que su vista saltaba anárquicamente de un párrafo a otro. En cuestión de minutos estuvo dormido como un lirón.

¿Cómo explicar que no demasiadas semanas atrás le era imposible conciliar el sueño sin pastillitas, y ahora, después de cortarle el cuello a una persona, dormía la siesta como un bebé? Era algo sobre lo que el Doctor no se atrevía a pensar.

El sueño lo acogió como lecho de plumas de caburé. Un aula de la facultad era el escenario, y sus estudiantes de doctorado, los protagonistas. “Lo de siempre”, razonó. Querían sus trabajos corregidos y se los reclamaban airadamente. A un tris de despertarse, Kovayashi les pidió que se calmaran e hizo algunas promesas vagas. Así logró deshacerse de ellos: sin abrir los ojos y sin violencia. Eso lo satisfizo. Luego deambuló por varias aulas portando en una mano el sobre de manuscritos sin corregir. A cada paso, el sobre lo incomodaba más y más, por lo que decidió dejarlo abandonado sobre un escritorio cualquiera. De repente, la perdida de los manuscritos le causó angustia. “Me van a denunciar”, se lamentó. Sin embargo, siguió avanzando. El sueño lo condujo por un corredor largo y poblado de oficinas a ambos lados. Sin motivo aparente ingresó a una de esas oficinas, donde una recepcionista muy bonita lo invitó a tomar asiento y esperar. No había transcurrido mucho tiempo cuando le avisó que lo estaban aguardando. Frente a sí apareció una puerta que no había visto antes, de madera trabajada y con una placa de bronce ilegible. Al ingresar se percató de que estaba en su propio escritorio. Giró la cabeza hacia la izquierda y, sorprendido, pudo verse a sí mismo dormido sobre el sofá. Más sorprendido aun, a su derecha, desnudos y alegres como si nada les hubiera pasado últimamente, lo aguardaban sus (ex)buenos vecinos Rómulo y W.

_ “¡Qué gusto verlo de nuevo, Doctor!”, se adelantó a hablar la Sra. W., y señalando con su índice hacia el sofá añadió: “Por favor, no meta ruido, podría despertarse…” Rómulo estaba sentado en la silla de la PC. Observaba alternativamente al Doctor y a su esposa, siempre con una amplia sonrisa. Por su parte, W. permanecía de pie como preparada para desaparecer, si fuera necesario.

_ “Tenemos poco tiempo, Doctor, y Rómulo quiere decirle algo muy importante.” Entonces, el foco de la atención recayó en el bueno de su marido. Kovayashi notó que Rómulo abría la boca pero las palabras no le salían. Tan grande abrió la boca que el Doctor pudo ver un objeto plateado que brillaba detrás de su campanilla. “Un momento”, dijo la Señora W., quien metiéndole la mano hasta el fondo logró extraerle una caja metálica alargada. De ella sacó una hojita manuscrita que entregó al Doctor. Luego volvió a colocar la caja en la garganta de Rómulo. La caligrafía era espantosa, mas Kovayashi se las arregló para leer el texto completo.

“Doctor Kovayashi, ya sabe que tanto W. como yo estamos… Puedo ver cosas que ni se imagina, ya le contaré algún día. Ahora es importante que sepa que hay peligro cerca, que ande con pies de plomo. Cuídese de Kandrasky. También de esos dos impostores, pero más de Kandrasky.”

_ “¡Kandrasky!”, dijo Kovayashi justo en el momento en que la pareja comenzaba a desvanecerse. Rómulo y W. se pararon y sin dejar de sonreirle lo saludaron y atravesaron el muro hacia la que, en vida, fuera su casa.

_ “¿Kandrasky?”, se preguntó Kovayashi al despertar en su sofá. Estaba empapado de transpiración, al igual que el tapizado. “¿¡Quién es Kandrasky!?” Desconocía la respuesta.

En una veloz carrera salió de su casa y no paró hasta detenerse frente a la puerta clausurada de la que fuera la casa de Rómulo y W. “No. No es posible…”, dijo para sí con más negación que incredulidad, y regresó a su casa, a su sofá, para continuar la lucha con los manuscritos.

En la esquina, los espejismos no cesaban de danzar.

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Jingle Bell

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Esta es una anécdota en partes: la 25a en la saga del Dr. Kovayashi.

Kovayashi repasó uno por uno el grupo entérico: “Escherichia, Enterobacter, Salmonella, Shigella, Proteus, Pseudomonas, Alcaligenes”. El olor a mierda en ese baño de hospital era inaguantable y mientras despresurizaba la vejiga tenía que evitar pensar en que estaba aguantando la respiración y que aún le quedaba bastante por desagotar. Tenía los ojos cerrados; mantenía aprisionado el antebrazo entre la cabeza y la pared de azulejos encima del mingitorio. Pero de nada le sirvió el esfuerzo, para cuando cerró la bragueta ya llevaba un buen rato respirando inmundicia. “¡Qué baranda! Este hijo de puta se desayunó una momia”, pensó frente el espejo mientras peinaba sus pocos rulos con los dedos mojados. “Es así, hermano, sos vos”, parecía decirle el espejo. En ese estado permaneció un instante, pensativo, mesmerizado por su propio reflejo, hasta que un chistido lo devolvió a la realidad.

_ “Psst… Psst… Disculpe, maestro, ¿me alcanzaría tres o cuatro hojitas de papel?” El hombre del intestino enloquecido agitaba su diestra por debajo de la puerta del cubículo. Esperaba. Kovayashi, a la vez diligente y desconfiado, colocó ese preciado papel en la palma del desgraciado y fue entonces cuando vio que su manga era de tela roja, brillante, y que remataba en un puño de alba pomposidad. No cabía duda, era un disfraz de Santa Claus. “Gracias, amigo, y que Dios lo bendiga…” le dijo la voz tras de la puerta. Este extraño episodio le permitió al Doctor elaborar una hipótesis que postulaba que Papá Noel lo estaba vigilando.

El doctor Brontes, cuya oportuna intervención salvara a Kovayashi de ser expulsado del hospital de una patada en el trasero, lo estaba esperando fuera del baño. Minutos atrás, la joven recepcionista había arrojado a la cara de Kovayashi un “No puedo dejarlo pasar, son las reglas”, y eso fue justo antes de asustarse con el estruendo, antes de que en su mostrador se estrellara un puño que tendría que haberse manchado de rouge. Un arrebato de ira el del Doctor, sin dudas… pero, por Satanás, ¡cuánta imprudencia! Él, que siempre supo ser un ejemplo de buena educación, de inteligencia, se había colocado tontamente en el foco de las miradas. Y todo por desconocer el apellido de Rómulo… Ni siquiera un cambio de actitud frenaría lo inevitable. Podía haber escuchado los pasos decididos del guardia de seguridad, incluso hasta podía haberlo visto venir en las retinas de la chica. Pero ella había bajado los párpados y el celoso guardia procedió a detener al Doctor echándole con sus brazos un candado alrededor del cuello. ¡Y cómo apretaba el bastardo! Esa era la situación cuando una orden tajante de Brontes bajó del Parnaso de los médicos para liberarlo del guardia.

_ “¿Reglas? Me cago en las reglas”, dijo el médico con rabiosa pedantería, y añadió: “Acá, mientras los patrones no nos pongan en blanco, las reglas las manejaremos nosotros como nos parezca.” Mientras discurseaba, Brontes iba llevando del brazo a Kovayashi hacia el servicio de radiología. “Seré sincero, amigo, Ud. me importa un comino; yo me preocupo por mis pacientes y por mí. Sin embargo, usted es la primera persona que ha preguntado por Rómulo desde que llegó. Quienquiera que sea, es necesario que le muestre algo.”

Los tubos en el cielorraso y el moderno negatoscopio intercambiaron roles. Contra el blanco difuminado del cristal, dos radiografías mostraban patrones contrastantes de transparencias y opacidades. Órganos y huesos se diferenciaban sobre el azul profundo de la nada. “Le presento a Rómulo”, dijo Brontes. “Rómulo, te presento a…”

_ “Kovayashi.”

_ “…al señor Kovayashi, que está interesado en tu salud” dijo animadamente, pero después de quitar la sonrisa vidriosa de su cara fue de lleno al grano: “Odio hablar de milagros. Rómulo tendría que estar viendo crecer los rabanitos desde abajo. Sin embargo, vive. Mire esto…” dijo el médico señalando un área blanquísima en la placa. “Es una barra de metal. Atraviesa las vértebras cervicales por el canal medular como si fuera una brochette. No nos explicamos cómo ha llegado ahí; no hay cicatrices en su piel y tampoco entendemos qué se ha hecho de la médula espinal que desplazó. Si está vivo es por arte de magia.” Kovayashi reconoció que la imagen era impresionante, tanto como Brontes hablando de milagros y de magia. No pudo evitar recordar al hombrecito de la bolsa de humo y a aquel lunático que golpeara a Rómulo. Además, en la muerte de W. también empezaba a reconocer ese mismo tipo de magia perversa. Para Kovayashi, los hechos se habían encadenado como las disonancias en una sinfonía contemporánea, y él aborrecía la música del siglo XX. Únicamente pensaba en lo mucho que debería estar sufriendo su vecino, y en que él estaba allí para visitarlo. No obstante, eso que a criterio de cualquiera constituía una acción loable, para el Doctor era apenas una excusa. Sus razones distaban de ser humanitarias, e incluso escapaban a las más trasnochadas suposiciones del mismísimo Brontes. Por suerte, bastó que el médico escuchara el “Lléveme con él” para que ambos se pusieran en marcha.

_ “Debe saber también que el estado mental y emocional de Rómulo es precario. No sé cómo reaccionará al verlo. De todas maneras, debe ser discreto. No lo excite, no lo contradiga; si habla, sígale la corriente.” Tales fueron las órdenes del médico.

_ “Me importa un carajo lo que usted diga”, fueron las palabras que el Doctor nunca le dijo a Brontes.

Visto desde la puerta, Rómulo presentaba el mismo aspecto de siempre, aunque había algo raro en su mirada… “Pobre hombre”, pensó el Doctor al ver que tenía los ojos hundidos en las órbitas, o que tal vez estaban al revés y miraban hacia adentro. Por suerte, Brontes permaneció en el pasillo. Kovayashi se acercó a la cama y tomó a su vecino por las muñecas. Como no sabía cuánto tiempo de visita le quedaba, fue de lleno a sus asuntos.

_ “Soy Kovayashi, Rómulo… ¿Te acordás… tu vecino? Rómulo…”

_ “W…, W…, W…” La voz de Rómulo surgió como un miserable hilo gutural.

_ “Escucháme, necesito saber si vos o W. sabían algo más sobre los que pasó aquella noche que murió Scalisi…”

_ “W…, W…”. Rómulo daba la impresión de no pertenecer más a este mundo. Estaba animado, pero lejos, muy lejos.

_ “A la mañana siguiente me visitaron… ¿por qué? ¿sospechaban de mí? Quiero saber si vieron algo. Tu esposa nunca tomó el sedante que le dí…”, dijo Kovayashi.

_ “W…”

No había caso. Kovayashi pensó en desenchufarlo, en practicar una eutanasia barrial. Estaba seguro de que Rómulo podía escucharlo pero que las palabras se extraviaban en su interior apenas entraban. Kovayashi recordó entonces a M. Valdemar y pensó que Rómulo, a su manera, estaba pidiendo que lo dejaran partir. De repente, el Doctor repasó la lista de órdenes que le había dado Brontes y lo asaltó una brillante idea. Acercó la boca a la oreja de Rómulo para asegurarse de que lo escuchara bien y habló con firmeza:

_ “¡W. está muerta!”

Se despidió de Rómulo agitando la mano y abandonó el cuarto. En el pasillo, Kovayashi saludó a Brontes, le agradeció y prometió regresar en breve. El hospital estaba repleto de gente. Como no deseaba ser reconocido agachó la cabeza y apuró el paso. Afuera, ya en la vereda, pudo ver al Papá Noel de cuerpo entero. Era grandote. Estaba sentado contra un murete y sacudía una campanilla navideña con notable desgano. Al verlo, el disfrazado saltó a su paso y le entregó un volante de publicidad mientras le tendía su mano derecha al grito de “Jo, jo, jo,.. ¡Feliz navidad!” Kovayashi miró unos segundos aquella mano tan conocida y no dudó en seguir de largo hacia la parada de colectivos mientras recitaba una y otra vez: “Escherichia, Enterobacter, Salmonella, Shigella, Proteus, Pseudomonas, Alcaligenes. Escherichia, Enterobacter, Salmonella, Shigella…”

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Breve regreso al hogar

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Esta es una anécdota en partes: la 12a en la saga de la Señora W. y también la 23a en la saga del Dr. Kovayashi.

Rómulo despertó varias cuadras antes de que el taxi llegara a Sobremonte. Para sorpresa del chófer, los ruidos que provenían del baúl no atemorizaban a la mujer. Muy por el contrario, parecían despertar en ella un sentimiento de compasión, como si hubiera olvidado que el monstruo ahí encerrado había estado a un tris de mandarla al más allá. El tachero, que no se destacaba por sus luces, concluyó que Rómulo no era el único chiflado en el taxi, y de no haber sido porque el viaje estaba a punto de terminar, los habría obligado a bajar en cualquier esquina. “Además, todavía no sé quién me va a pagar el viaje”, pensó, y pisó el acelerador. Un oscuro presagio cubrió súbitamente el parabrisas del taxi como un baldazo de tinta: acababa de entender que los problemas aún no habían terminado.

Sobremonte lucía extraña ante los ojos de W. Solía ser una calle tranquila, pero esa tarde mostraba una agitación anormal que ella no supo, en principio, a qué atribuir. Lo primero que notó fue una gran camioneta estacionada frente a su casa, y como había un automóvil detenido frente al chalet del Dr. Kovayashi, el taxi debió buscar un lugar sobre la vereda opuesta. Unos metros más allá del edificio del finado Scalisi, la Señora W. también divisó un camión de mudanzas con un par de peones que de su interior extraían lámparas, escritorios, sillones y demás muebles de oficina. Al salir del taxi, W. descubrió que el ventanal de Scalisi estaba abierto, al igual que la puerta del edificio, y que al lado de la misma, sobre la fachada de mármol, un hombre de traje colocaba una placa de bronce.

No bien el motor del taxi se detuvo y el tachero y la Sra. W. abrieron el baúl para dejar salir a Rómulo, el mismísimo Dr. Kovayashi salió apurado de su casa y fue a su encuentro cruzando la calle con largas zancadas. Acaso fuera el aspecto de Rómulo, con sus facciones desencajadas, cubierta su cabeza por costras de sangre y con un abultado chichón en la nuca, lo que previno a Kovayashi de saludar a la pareja con efusión. El taxista volvió a sorprenderse de la calma que mostraba Rómulo, quien mansamente se dejaba revisar la cabeza por el Dr. Juzgó, entonces, que ese era el momento ideal para facturarle a alguien ese costoso viaje, y si bien lo intentó, fue ignorado por todos los presentes. Personajes y acontecimientos llamaron poderosamente la atención del hombre de la placa de bronce, que se volvió hacia ellos como para presentarse. Mientras tanto, un segundo hombre de traje vigilaba la calle y acomodaba cajas en el balcón del primer piso.

_ “Al menos por fuera está todo bien, Rómulo”, lo calmó Kovayashi, aunque con la mente puesta en otras cuestiones. El Dr. observaba con atención el movimiento en la casa del matrimonio. Puertas y ventanas estaban abiertas de par en par. Dos muchachos entraban y salían con todo tipo de objetos, y la gran camioneta estacionada frente a la casa parecía estar repleta. Más allá, disimulados tras el tronco grueso de un plátano, dos hombres acechaban. El primero era un hombre más o menos bien vestido, con una melena entrecana y sucia peinada hacia atrás, y con una llamativa cara de hamster. El segundo era Daibushi.

_ “¡¡Nos vacían la casa, Rómulo!!”, gritó W., y todos salieron corriendo hacia allí. La Señora W. apenas dirigió una breve mirada al mago y continuó hacia el interior de su casa. Pero Rómulo, el taxista y el Dr. Kovayashi interpelaron con agresividad al mago, quien por única respuesta declamó: “Vuestra estupidez e ingenuidad no dejan de asombrarme. Les permití ingresar al dominio de la magia, ¡mi dominio! Los guié a través de los senderos para que sanaran de sus pesadillas, les concedí la posibilidad de ver el futuro, ¿no es así, Rómulo?, y hasta coquetearon con la inmortalidad. Les he hecho reconocer sus miserias y les he provisto de las mejores herramientas para continuar viviendo en la realidad. Sin embargo, abandonaron el tratamiento por la mitad… ¡Qué deshonor! ¡Qué ofensa!” Rómulo y el resto no cabían en su asombro. Y Daibushi continuó su discurso, cada vez más vehemente y amenazador: “Ahora ha llegado el momento de cobrármelas todas juntas, y el precio que he fijado incluye absolutamente todas sus pertenencias, que ya he tomado y vendido al señor anticuario aquí a mi lado.”

La ira no le permitía a Rómulo pensar con claridad, ni evaluar alternativas, ni prever consecuencias. Era un toro ciego abalanzándose contra el mago con la esperanza de zaherirlo o, si le era posible, matarlo. Pero la carrera fue menos corta que inútil puesto que Daibushi, el que a todo se anticipa, aguardaba tal arremetida. Cuando tuvo a Rómulo a su alcance cargó sobre él con las manos en punta cual bayonetas, golpeándolo en el pecho y en el cuello; y si bien el atacante era aún joven y fornido, un codazo vertical sobre las cervicales terminó por hacerlo caer como un muñeco de peluche desde una repisa. A los asombrados testigos, la suerte de Rómulo se les atascó en la garganta como una bola de pelos, y algunos hasta lo dieron por muerto. Sin embargo, Rómulo aún vivía. Había quedado tendido en una posición extraña, de costado, arqueado hacia atrás y mirando hacia su casa. Todos se conmovieron por la mueca en su semblante, una mueca que erradamente asimilaban a un dolor insoportable. No podían saber que a causa de los golpes el cuerpo de Rómulo había perdido la sensibilidad; estaba adormecido y ni siquiera notaba que Daibushi había pisado su cuello y lo apretaba contra las baldosas.

_ “Debería quebrártelo por imbécil…”, gritó Daibushi con la mirada clavada en el pollo que le acababa de acertar en la cabeza al indefenso Rómulo. “Y agradecé que te dejo la casa…”

En ese preciso instante, la Señora W., que había revisado toda la casa, apareció en la puerta. “Dios, ¡qué bonito es mirarla!”, pensaba Rómulo desde el piso. “¿Qué me importa no ser inmortal si estoy su lado? Me comporté como un pendejo, pero ahora entiendo lo hermosa que es la realidad. Cuando me ponga de pie y todos se hayan ido a sus casas correré hacia W. para abrazarla. Empezaremos de nuevo, lo sé. ¿Por qué no me habré sentido así de feliz antes? ¡El pecho me estalla de amor!”

Mientras tanto, Kovayashi y los demás presenciaban una situación bastante diferente y difícil de comprender. La Señora W., estática y sin parpadear, había comenzado a balbucear desde la puerta. “Algo raro le pasa a esa mujer”, aventuró uno de los hombres de traje. “¡Tiene sangre en los ojos y en las orejas!”, pensó con horror el taxista. “Es el momento de liberar a Rómulo”, se dijo Kovayashi, que todavía utilizaba el sentido común.

_ “El relicario de… mamá” fue lo que último que ella dijo antes de que su cerebro estallara como una ojiva nuclear dentro de su cráneo y se convirtiera en foie gras. Así se lo había dicho Micaela, y así sucedió. La Señora W. cayó muerta sobre un cantero con yuyos.

Fue en ese momento cuando todos los hombres unieron sus fuerzas para terminar con Daibushi. Pese a que sus físicos daban lástima, en su interior se sentían parte de la infantería napoleónica en Austria. “¡Guarda!”, resonó el aviso de anticuario mientras subía con sus ayudantes a la camioneta. No era desconfianza en el poderío del Maestro, sólo cobardía. Kovayashi iba al frente. Detrás lo seguían el taxista y los dos hombres de traje, menos comprometidos pero solidarios. Todos llevaban sus puños cerrados y los ceños fruncidos. “Qué locura”, comentaban los peones de la mudadora en la vereda de enfrente, a los que se había sumado Jorgito tras abandonar el puesto de diarios. Ninguno de ellos habría de participar en la trifulca.

Con la velocidad del rayo y el interés del ladero servil, El que era el Cardo de Flores, que hasta ese momento había permanecido al margen, atravesó la calzada con ágiles giros acrobáticos. Los hombres enfurecidos no le dieron mayor importancia a la llegada del homúnculo y apenas percibieron la sonrisa del mago. Entonces, El que era el Cardo de Flores abrió la bolsa que llevaba y una bruma espesa cual excremento de marsupial cubrió la calle Sobremonte. Kovayashi y el resto debieron frenar en seco su carrera pues no veían mas allá de sus narices. Con el paso del tiempo la niebla se fue desvaneciendo como los ánimos de la tropa, y para cuando las formas recobraron sus siluetas, la calle ya estaba desierta. Daibushi, El que era el Cardo de Flores y el anticuario con sus ayudantes se habían mandado a mudar. Todo estaba quieto y en grave silencio, excepto por el murmullo de Rómulo que llegaba desde el piso. ¿Sería consciente de lo que había sucedido? Sólo Kovayashi podía entender aquel lamento casi imperceptible: “…w…. w….. w…”

Recién a las diez de la noche, Sobremonte volvió a la normalidad. La mudanza de los nuevos vecinos había finalizado y Jorgito y el taxista se habían escapado entre las sombras. Ambas veredas estaban ya despejadas y minutos atrás se había retirado el último de los patrulleros. Una primera ambulancia embolsó el cadáver de la Señora W. y lo llevó a la morgue. Una segunda se lo llevó al pobre Rómulo de urgencia al hospital público de la zona. Por su parte, el Dr. Kovayashi, incapaz de pronunciar palabra alguna, se hizo cargo del papelerío que le requirió un oficial de policía antes de clausurar la casa de sus infortunados vecinos con fajas y carteles. No bien Kovayashi hubo colocado la llave en la cerradura de su casa, escuchó un rumor a sus espaldas. Convencido de que ya nada podía sorprenderlo ese día, se dio vuelta. Eran los dos hombres de traje que pretendían terminar de presentarse. La conversación fue mínima y desanimada, aunque quedaron en encontrarse al día siguiente para charlar mejor. Al retirarse le dejaron una tarjeta en la que figuraba la dirección del departamento de Scalisi, y en el encabezado una intrigante leyenda en grandes letras negras:

HERIBERTO FEATHER & FERDIBALDO TELLER
Ficciones S.A.

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Bienvenidos a la realidad

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Esta es una anécdota en partes: la 11a en la saga de la Señora W. y también la 22a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¿Y, Jefe, qué hacemos? Van más de 2500…” El tachero, intrigado desde el primer momento, había sido lo suficientemente vivo como para no subir nunca la bandera. Sin embargo, llegado cierto momento la espera se le había tornado aburrida y hasta, de alguna manera, preocupante. Por eso hizo tronar su vozarrón dentro del taxi, y sólo así consiguió sacar a los esposos del extraño trance en el que estaban sumidos.

El sol caía sin piedad sobre la calle, que a causa del reflejo que grisaba las sombras presentaba un aspecto irreal. Las veredas estaba vacías. Las ventanas conservaban los postigos entrecerrados y Rómulo y W. apenas podían abrir los ojos. Sin embargo, pudieron reconocer aquella fachada que alguna vez fuera blanca. Rómulo no cabía en el asombro de estar nuevamente ante esa casa de ventanas clausuradas y frente insípido sin balcón ni arbolito. Ver otra vez la puerta de metal hizo que su corazón se arrugara como les sucede a los cobardes antes de entrar en acción. Sabía que detrás se escondía esa escalera que los había llevado hasta Micaela, Daibushi y El que era el Cardo de Flores. Por el contrario, la Señora W. estaba maravillada; con un suspiro triunfal anticipó el comentario que, tal vez, nunca debió haber hecho. “Lo logramos, Rómulo, lo logramos. Somos libres…”

_ ¡¡¡Noooooo!!!

Rómulo había perdido su condición humana. Devenido en un animal tan inmenso como salvaje, sintiéndose a la vez traicionado, decepcionado, estafado, humillado y, por sobre todo, miserable, saltó a la vereda sin cerrar la puerta del taxi. El tachero lo siguió de cerca con la mirada, al tiempo que su instinto lo hacía acariciar el garrote amansalocos que llevaba “por si acaso” bajo la butaca. “Pero… ¿qué te pasa, mi amor? Ahora podemos volver a nuestra casita…”, preguntó W., ya en la vereda. Sin dudas, la puerta metálica era inexpugnable: los puntapiés furibundos de Rómulo apenas habían conseguido rajarle uno de los vidrios, y eso lo exasperaba. Sin embargo, lo que más furioso lo ponía eran los latidos de su pie machucado: era la confirmación de que sus sueños de inmortalidad estaban enterrados para siempre.

_ “¿¿Que qué me pasa?? ¡¡Esto me pasa…Esto me pasa, pedazo de mierda!!” Y a la velocidad del rayo Rómulo agarró a su esposa por el cuello, hundiendo ambos pulgares en el centro. La zamarreaba con violencia de adelante hacia atrás como quien sacude un nogal para hacer caer las nueces. “Hija de puta… ¡Hija de remilputa!”, repetía a los gritos, sin control, una y mil veces. “Soy mortal. Eso me pasa, ¡¡pe-da-zo-de-mier-daaaa!!” Gritaba, sacudía e insultaba; apretaba más, sacudía y gritaba, siempre mirando los ojos anóxicos de W. Y habría terminado de ahorcarla de no haber sido porque un terrible dolor en la cabeza y un nubarrón negro en la vista lo hicieron aflojar y caer inerte sobre las baldosas. Entre toses, arcadas y escupitajos color carmesí, W. también cayó.

El tachero guardó el amansalocos y asistió a la Señora W. Bastante tiempo después, una vez que ella se recuperó y estuvo en condiciones de ponerse de pie, se las arreglaron para meter a Rómulo en el baúl del taxi. Era una calle muy llamativa. Ningún vecino estiró el pescuezo para ver qué pasaba. Pese a las patadas en la puerta, nadie salió de la casa de Micaela, y aun en medio del alboroto, los patrulleros brillaron por su ausencia.

_ “O yo entendí mal o este se creía inmortal…”, preguntó el taxista.

_ “No sé… Últimamente se ha comportado de manera muy extraña.”

_ “¡Ya veo!” Asombrado por la locura de Rómulo, conmocionado por haber tenido que intervenir, el taxista le ofreció a W. ir directamente a la comisaría.

_ “No. Regresemos ya mismo adonde este viaje comenzó. A la calle Sobremonte.”

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Basta

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Esta es una anécdota en partes: la 10a en la saga de la Señora W. y también la 21a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¡¡Araca los chanchos!!”, gritó El que era el Cardo de Flores no bien pisó la vereda del bar, y salió corriendo como rata por tirante. La Señora W., confundida, amagó a seguirlo, pero se frenó en seco porque advirtió adónde iba el hombrecillo. Sobre la vereda hermana, tres hombres desnudos estaban violando a una vieja. La brutalidad de la escena perturbó a W., que no salía de su asombro ante el cinismo de esas bestias y a la ingenuidad con la que pretendían esconderse detrás de unas caretas porcinas. El que era el Cardo de Flores, devenido en héroe ocasional, gritó y danzó a su alrededor hasta llamar la atención de los olvidados del bar, que atiborraron la vereda. Los tres hombres-chancho escaparon con su excitación a cuestas, dejando a la mujer tirada sobre el cordón. Después de revisarla, El que era el Cardo de Flores regresó con la Señora W. para escoltarla hacia Daibushi. “Estaba tibia”, confesó con repulsión. “Fornicaban con un cadáver”. Los muslos de W. se aflojaron como si de repente hubieran perdido sus fémures. “Podía haber sido yo…”, razonó al recordar la advertencia que le había hecho aquel grandote del bar. “Por Dios, Daibushi, ¿qué clase de tratamiento perverso es éste?” No supo responderse.

Caminaron un rato por calles y avenidas que la noche incipiente se había encargado de despejar. No se veían más automóviles, ni chiquillos en cuero empujando carrindangos repletos de materiales reciclables, ni mendigos arrumbados en las veredas, ni pirámides de basura pestilente. Parecía otra ciudad. El que era el Cardo de Flores, aún orgulloso de su valientía, abrió la puerta del falso almacén, tras de la cual, una escalera de mármol ascendía sin descansos hasta el infinito. Subieron. Por momentos, el hombrecito entonaba cortas melodías renacentistas en Latín. Mientras tanto, W. intentaba olvidar a la viejita. ¿Quién reclamaría su fría mortaja? ¿O regresarían los chanchos para acabar su faena? Por fin, después de un recodo la escalera desembocó en un espacio poco iluminado y familiar. Los pies de W. caminaron otra vez sobre la moquette del pasillo de las mil puertas.

_ “Lo lamento, W., mi padre tuvo que atender asuntos urgentes en la realidad”, dijo Micaela cuando vio la desazón en la cara de la Señora W., quien, a instancias del hombrecillo, había entrado al que, suponía, era el consultorio de Daibushi. “Sin embargo, estoy al tanto de que desea interrumpir el tratamiento… Eso no es para nada bueno. Me es imperativo hacerle saber que mientras permanezca aquí, en la magia, estará bien. Sin embargo, ni siquiera Daibushi, el que nunca duda, podría asegurarle que su cerebro no vaya a explotar si regresa prematuramente a la realidad.” La Señora W. no lograba dar crédito a sus oídos. Estaba convencida de que pronto estaría en su hogar y, a la vez, estaba harta de que todos la advirtieran o amenazaran.

_ “Mirá, querida, mejor que me dejes salir de acá ahora mismo o te pongo el bolichito de sombrero…” La amenaza cayó sobre Micaela como martillazo de picapedrero. La hija del mago buscó apoyo en la mirada imperfecta de El que era el Cardo de Flores; sin embargo, éste, bolsa de bruma en mano, había ya abandonado la habitación e ingresaba al verdadero recinto de Daibushi para asistirlo en el despertar de Rómulo. “Y ya que estamos, devolvéme a mi Rómulo.”

No encontró Micaela otra opción más que descubrir ante los ojos de W. una nueva escalera en un rincón de la habitación. Sabía que ni ella ni W. podían hacer nada por Rómulo, pero no lo comentó. Entonces giró sobre sus talones para darle la espalda a W. y así esperó que ella comenzara el ascenso hacia la realidad. “¡Está advertida!”, barbotó Micaela. Una hora y cientos de escalones después, W., al borde del colapso físico, arribó a un descanso y aprovechó para sentarse y recuperar el aliento. En pocos minutos estuvo profundamente dormida.

En ese mismo instante, el automóvil que transportaba a Alberto P. y a El que era el Cardo de Flores estacionó frente a la casa del Dr. Kovayashi, en la calle Sobremonte.

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Como nacer de nuevo

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Esta es una anécdota en partes: la 9a en la saga de la Señora W. y también la 20a en la saga del Dr. Kovayashi.

Apenas medio minuto duró la decepción de Rómulo cuando la puerta se abrió. Primero lamentó tener que volver a pensar, aunque era inútil oponerse a ello pues ya había despertado y comenzaba a recobrar el estado de conciencia. Fue libre de creer, entonces, que había nacido de nuevo. Dentro de la cápsula, a la que había llegado en circunstancias desconocidas, había disfrutado de una paz absoluta en el seno de una luz muy blanca, tibia y confortable. Después sintió el dolor de tener que sacar una pierna, y la otra, y el resto del cuerpo. La luz se había desvanecido y él estaba de pie en un cuarto oscuro; o al menos eso creyó hasta que sus pupilas se ajustaron al nuevo mundo que tenía por delante. Miró en derredor, y sólo encontró tres paredes lisas. Así entendió que ese mundo no tenía nada de nuevo. Los recuerdos fueron aflorando de uno en uno: el pasillo; la montaña, la sed, la caída; la corriente, el lecho del mar, el hueco, el vórtice. “¡Estoy vivo!”, pensó justo en el momento en que un sutil carraspeo lo atrajo hacia la cuarta pared. Allí, vestido con sus habituales túnicas verdosas y en actitud expectante se encontraba Daibushi en persona.

_ “¡Ya lo creo!” La voz profunda de Daibushi era extraña para Rómulo, quien con lágrimas en los ojos se acercó al Maestro hasta quedar a tres cautelosos palmos de distancia. No podía recordar cuándo había llorado con tanta emoción, tal vez porque nunca lo había hecho. Pero sí recordaba haber mirado a una vieja lloriquear a los pies de un monigote en la iglesia, pañuelo en mano, acariciándole con las yemas los pies de madera y pidiendo por todos sus muertos, más muertos que Nabucodonosor. Pero esto era en extremo diferente… Podía palpar la eternidad y nada le resultaba más importante en la vida. Se hallaba muy cerca, a un segundo, a una inspiración de gorrión; deseaba abrazar a ese mago verde y, como aquella vieja, suplicarle con humillación, besar sus pies y lavarlos con llanto. Avanzó un poco más, siempre de rodillas, siempre la cabeza gacha en señal de veneración.

_ “No quiero volver… Deseo quedarme acá, vivir en la magia para siempre, para servir al Maestro… ¡Quiero ser Inmortal!” Así se dirigió a Daibushi, con desesperación, pero también con firmeza. El mago escuchó el ruego sin conmoverse, sin alterar su expresión grave e inescrutable. Sin embargo, cuando Rómulo levantó sus ojos hinchados vio en la cara de Daibushi una sonrisa beatífica.

_ “Está obligado a saber que la inmortalidad puede ser aun más dolorosa que el infierno. Usted ha sido tentado, y su alma humana es débil, miserable y egoísta, nunca olvide esto. Ha probado el néctar y ahora quiere la miel y la colmena. Y habiendo recorrido ese dulce camino y a punto de dejar atrás el portal del que no se regresa, acude a mí… Piénselo, piénselo bien, amigo Rómulo.”

_ “No tengo nada que pensar. Por lo que más quiera, le ruego que me acerque hasta ese portal.”

_ “Una magistral decisión, amigo Rómulo. Yo diría… ¡piramidal!”La voz de Daibushi resonó como un trueno en el cuarto vacío. Chasqueó dos veces los dedos, y antes de que se acallara el eco, El que era el Cardo de Flores apareció desde las sombras entre medio de reverencias fantochescas. En la mano llevaba un saco de tela, de cuya boca abierta escapaba una bruma muy espesa. Cuando la pared más lejana estuvo cubierta, Daibushi volvió a chasquear los dedos. “Mire allí. Es la vida real. Su vida, Rómulo. ¡Vaya si ha elegido bien! ¿No opinas lo mismo, Antiguo Cardo?” Por toda respuesta, El que era el Cardo de Flores soltó una risotada.

Rómulo pudo verse a sí mismo en el patio de su casa, sentado en una silla de ruedas, tullido, tan encorvado que su frente chocaba con las rodillas. Había sol, pero llevaba una manta gruesa sobre las piernas. Vio niños, varios; empujaban la silla para que nunca dejara de darle el sol. Rómulo vio su cara arrugada, el pelo blanco, ralo, el temblor de las manos, sus ojos cerrados. W. no estaba allí, pero no le importó Todo era muy triste.

_ “¡Ya es suficiente!”, gritó Daibushi. La bruma regresó al saco y El que era el Cardo de Flores a su rincón en la sombra.

El Maestro condujo a Rómulo de vuelta a la cápsula, y minutos después de sumergirse en su tibia luz ya dormía plácidamente.

_ “Debemos apurarnos, Cardo Viejo. El anticuario nos espera…”, dijo Daibushi a su ayudante, y ambos abandonaron el cuarto con celeridad.

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En el bar de los derrengados

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Esta es una anécdota en partes: la 8a en la saga de la Señora W. y también la 19a en la saga del Dr. Kovayashi.

Una hermosa luz teñía de anaranjado todo el local. Entraba verticalmente por una claraboya cenital y por la desdentada arcada que hacía de puerta de entrada y ventanal. Era el momento del día en el que los borrachos dejaban de beber y contemplaban el cielo. Hasta el preciso instante en que el dueño encendía las bombillas eléctricas, cada mesa, cada botella, cada trago a medio beber y cada pobre desdichado en ese bar de mala muerte era tan anaranjado como el atardecer. En la cocina, un chef de dos metros de circunferencia freía salchichas con tocino para acompañar unos huevos, también fritos. Él sabía que la grasa de las sartenes era vieja, pero disfrutaba con las columnas de humo que crecían hacia el techo cual nubes antes del turbión. Además, al mejor cliente de la casa lo tenía sin cuidado. Día tras día, año tras año, su estómago inoxidable recibía la misma cena. Era un gigantón de aspecto rústico. A algunos los intimidaba su tamaño, a otros les daba asco su ropa percudida, y no faltaba el que sostenía que detrás de su tupida barba color a tabaco escondía tres dientes de oro. No solía hablar con nadie, lo cual agrandaba su aura de misterio. Ese día, para asombro de los presentes, ingresó al bar acompañado de una mujer con la que habría de charlar durante un largo rato. Era la Señora W.

Prácticamente nadie sabía que los días que W. llevaba sin probar bocado no eran menos que los que sumaba sin conversar. Esto, además de su marido ausente, había mellado ciertamente su estado general. Por eso no le hizo asco a una de esas salchichas grasientas mientras le contaba al gigantón las desventuras en las que se había metido por buscar una cura para sus pesadillas. El hombre, que para poder comer debía empujar los trozos de salchicha con huevo a través de su barba, se sobresaltó con la sola mención del nombre del Maestro.

_ “¡Cállate, estúpida, o yo mismo haré que los cerdos de la calle te violen hasta la muerte!”, dijo el hombre con tenso disimulo. Y prosiguió: “Aquí, en este rincón apartado del dominio de la magia, nadie quiere volver a escuchar su nombre… Esos borrachos, al igual que yo, también llegaron a Él buscando la cura de algún mal. Todos recorrimos las habitaciones de ese pasillo, siempre al borde de la muerte, creyéndonos inmortales… ¡Cobardes! Pudimos salir, pero preferimos quedarnos en este limbo con nuestra maldita inmortalidad, tan dulce como una fruta en sazón, ¡pero más astringente que el culo del mismísimo Diablo! Es peor que estar muerto, y de ello doy fe… En la realidad yo habría muerto más de un siglo atrás. Hoy daría lo que no tengo por estar enterrado.”

_ “Entonces, debo entender que usted sabe qué hay que hacer para salir de acá… Si así fuera, por lo que más quiera le ruego que me lo diga. Si hay una salida, lléveme. Si hay que matar, senáleme a quién. Si debo negociar con mi cuerpo o con mi alma, indíqueme a qué puerta llamar. Por favor, por favor… por favor…” pidió la Señora W. y se desarmó en un amargo llanto.

_ “¡Por las barbas de Neptuno, la sangre corre nuevamente por las venas de este viejo! Un perro me ha enseñado su cojera y con sus ojos húmedos mendiga mi compasión. Oh, Dios, esa debilidad conmueve tanto a mi espíritu que tiemblo de sólo imaginar que alguna lágrima pudiera escapárseme de los ojos… En mis tiempos te habría hecho cortar el pescuezo como una gallina, pero hoy… hoy he vuelto a sentir el poder de la conmiseración. Sólo por eso te ayudaré, lamentable mujer”, dijo el hombre sin levantar la mirada de su plato vacío, y luego agregó en voz casi imperceptible: “Él, el que todo lo sabe, está siempre atento. Sólo dilo, deséalo con fuerza y se enterará. Es la única forma de interrumpir el tratamiento.”

Al escuchar estas palabras, la Señora W. dejó de llorar y el hombre giró su cabeza hacia la pared en señal de que la conversación había finalizado. Por esta razón no vio cuando El que era el Cardo de Flores entró a toda carrera con su casco multicolor y se llevó a W. a la rastra hacia la calle. “¡Daibushi nos espera, no hay tiempo que perder!”, gritó el contrahecho con excitación. De inmediato, ambos se pusieron en marcha con rumbo fijo a través de la multitud.

Mientras tanto, en el interior del local se encendieron las bombillas. El hombre inmenso de la espesa barba, solo en su mesa, miraba hacia la calle por sobre las cabezas de los borrachos. Una vez seguro de que W. ya no estaba allí se dirigió hacia una letrina al fondo del local, tan al fondo que daba a la otra calle. Aunque parecía apurado, con llamativa prolijidad colgó de un clavo aquellas ropas pestilentes y también la barba, para luego vestirse con su inmaculada túnica verdosa y salir a la vereda.

_”¡Debo despertar a Rómulo!”, dijo Daibushi para sí, y se echó a caminar bajo las primeras estrellas.

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