La crecida

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Decimosegundo capítulo de la saga telúrica “El Gringo y la Lucecita”, escrita a dúo entre el Sr. Max “cuento * chino” Asterión y yo.

Sangre y harina  |  Continuará…

La chacarera embravecida que el negro Funes rasgueaba en el escenario mantenía sobre la pista a la única pareja que se negaba a aceptar el final de la fiesta. Don Miguel se preguntaba si tanto jolgorio y festejo habrían valido la pena, para responderse -con la experiencia del hombre curtido a lonjazos- que de nada sirve sacar conclusiones tempranas de los hechos que todavía no terminan de acabarse. Y Don Miguel sabía que todo acaba en el nuevo amanecer. Los invitados se fueron retirando como torcazas al borde del día. Primero partieron los productores de las estancias vecinas; más tarde, vacilantes por la bebida y ajenos a la vergüenza, los peones enfilaron para el galpón. Por momentos, la noche se hacía día de tanto refucilar. Muy pronto el cielo caería de plano sobre los surcos.

Pero no todo era abandono. A contramano de los que escapaban de la fiesta, un vehículo ingresó por la tranquera del fondo y de él bajó una silueta escurridiza y fugaz que se perdió entre las sombras. Barzola sonrió, sabiendo que la oscuridad y los estertores de la fiesta habían apañado el secreto de su llegada. Siguió a paso firme y preciso hasta su puerta, conocía de memoria cada centímetro del camino, la empujó y entró. Ya en el centro de la sala, cuando enfilaba para la pieza, escuchó claramente una respiración que no era la suya, tranquila y profunda, que desde la penumbra del rincón sur lo invitaba a un diálogo inevitable. La sonrisa de Barzola se deshizo y su mano derecha inició el tan familiar recorrido por la cintura.

– “Tranquilo, Barzola, que te estoy viendo…”, dijo el Gringo mientras hacía campanear contra el piso de cemento el acero de su faca. “Te estoy viendo y te vi… yo sé lo que hiciste… y también sé qué es lo que vas a hacer…”

– “¿Vos en mi casa, piojoso de mierda? ¡Rajá de acá!”, dijo Barzola en voz baja y firme, como apretando con odio los dientes, tragando la misma ponzoña amarga con que impartía las órdenes cada mañana. No lo sorprendía tanto esa presencia molesta a sus planes como el tuteo rasposo con el que el Gringo le hablaba. De repente comprendió que la llanura en el trato y la tormenta irrespetuosa traían consigo una desgracia inevitable.

– “Callate y date vuelta despacio. Vamos a caminar un rato.” Una vez de pie, se acercó al capataz hasta hincarle apenitas la punta de la faca en la espalda. Barzola apenas reaccionó, como si en vez de piel la naturaleza le hubiera puesto un cuero de buey. El Gringo lo desarmó con lentitud y dejó el acero de Barzola apoyado sobre la mesa. “Caminá, vamos para la cárcava…

– “Le estás errando fiero, muy fiero.” Barzola disparaba amenazas aún confiado en su valor y en la imagen que creía que conservaba. Pero su imaginación nunca había contemplado el hecho de que el Gringo hacía ya un buen rato que había dejado de ser un piojoso como los otros, lleno de miedo y angustia, para dar paso al hombre duro, decidido e impiadoso que era en el fondo.

– “Caminá”, susurró una vez más en un tono tan frío y cortante que el capataz obedeció sin agregar una sola palabra.

Una seguidilla de relámpagos violáceos recortó contra las nubes los perfiles de ambos hombres. Caminaban hacia la cárcava uno detrás del otro, rasgando la bruma que los empapaba sin preguntar. A medida que se iban acercando a destino el viento ganaba en intensidad. El sombrero de Barzola voló lejos y el Gringo debió agarrarse el saco y la camisa con la mano libre. Un trueno ensordecedor estalló de repente y ambos -por instinto- elevaron sus miradas al cielo. Ramas de eucaliptos añejos rodaban por el pasto con un fondo sonoro de relinchos aterrorizados. Cincuenta metros adelante las gotas empezaron a golpear la tierra como guijarros de granito, y segundos después, el aguacero infinito. El arroyo había comenzado a correr más fuerte por el fondo de la cárcava, desde donde brotaban melodías erráticas pero acompasadas. Barzola y el Gringo siguieron su camino como si el Apocalipsis no estuviera ocurriendo, como si ellos fueran simples personajes siguiendo un destino escrito e ineludible.

 

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4 comentarios en “La crecida

  1. Estupenda sorpresa encontrar un nuevo capítulo del relato ambidiextro. Gran escenario y estupenda la figura que emerge del Gringo y que te lleva a donde él quiere. El destino una mera comparsa que no tiene sino que esperar a que los personajes se decidan y el viento deje de soplar.
    Salut

  2. Hola Micromios! Tardía respuesta la mía, tiempos complicados. Este relato está escrito por un zurdo y un diestro, he ahí la clave del éxito. En otro orden de cosas, efectivamente el Gringo está haciendo cualquiera llevado adelante por las promesas tramposas de La Lucecita. De todas maneras, Barzola merece un ‘correctivo’ por sus turbias acciones. Pero… ¿es justo que sea a manos de El Gringo? Se está almorzando al caníbal. El Gringo está dejando de ser un piojoso pero no parece ser que se convierta en algo más elevado. La Lucecita aún no sabe del panadero destripado y Becerra y Carlini dan la impresión de no llegar nunca. El arroyo por la cárcava se ha vuelto río y el viento difícilmente calme. Se viene el gran-final-gran. Gracias por leer y comentar!

  3. Hola Mar. Y sí, hay que hacerse cargo de que tardamos demasiado en seguir la saga y muchos ya se la habían olvidado, o no se acordaban de ciertos personajes. Y así. Entiendo que estés perdida. de todas maneras, ahora que empezaste a re-ponerte en tema habrás visto que, en efecto, El Gringo está actuando (un poco como bola sin manija). Obedece ciegamente a su calentura con La Lucecita, aunque no sabe que ella lo está manipulando. Y, a su vez, ella no sabe lo que acaba de hacer su padre con el panadero. Una serie de malos pasos que habrá que ver en qué termina. Yo no pongo las manos en el fuego por ningún personaje. Gracias por leer y comentar y estar ahí siempre.

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