¿Dónde está Kovayashi?

Estándar

Casi un año y medio sin noticias del doctor. Por suerte, las condiciones están dadas para retomar nuevamente la historia. Entonces, nada mejor que recapitular los sucesos que, hasta el momento, lo están sacando con vida de la selva.

Luego de incendiar la choza que habitaba en el medio de la selva, el Dr. Kovayashi, acompañado por sus dos primates amigos Nikola y David, emprendió el viaje que, en el mejor de los escenarios, lo llevaría de regreso a su casa en los suburbios de Buenos Aires. Como era previsible, el camino, lejos de ser simple y seguro, condujo al trío a través de diversos problemas y aventuras.

El primer escollo que debieron sortear fue un campamento de traficantes de fauna. Kovayashi fue hecho prisionero y encerrado durante una noche en un calabozo pestilente. Al amanecer fue despertado por el Sr. X, líder del campamento, con un monólogo en el que le describía cómo había asesinado a su propio padre de un palazo. Luego de salvar su vida casi de milagro, el Dr. fue narcotizado y al despertar descubrió que el campamento había sido abandonado. En la cabaña principal halló el cuerpo sin vida del Sr. X, picado en sus fauces por un escorpión amarillo. Ese atardecer, Kovayashi encontró un sobre con dinero y una carta de puño y letra del Sr. X en la que le confirmaba la existencia de un embarcadero. Ni lento ni perezoso, el Dr. decidió partir cuando antes hacia allí, aunque sin demasiada certeza del rumbo que debía tomar. Como siempre, confiaba en su intuición. Antes de partir le encargó a sus monos encender una hoguera para quemar el dinero, el campamento, las jaulas, las aves muertas y el cadáver del Sr. X.

Después de una azarosa travesía nocturna por la selva, al salir el sol los sorprendió el olor del río, y al ver el embarcadero los viajeros se sintieron aliviados y con renovadas esperanzas. Los acantilados que se cortaban sobre el río eran altísimos, pero lograron llegar al muelle, donde se quedaron a esperar a algún barco que pasara hacia el sur. Tres días y tres noches duró la espera hasta que finalmente pasó por allí el Timor, el catamarán comandado por un hombre tan afable como sospechoso: el capitán Sygmund Makraff.

Con la tranquilidad de saberse llevado hacia el sur, aunque siempre alerta y vigilante de Makraff, Kovayashi se entregó a las cavilaciones acerca del futuro que le esperaba en Buenos Aires. Las estimaciones más optimistas indicaban un mes sobre las aguas. Con este tiempo por delante, el doctor se entregó a la lectura de los manuscritos de Feather & Teller, que incluían la historia de El Gringo y la Lucecita. Arriba del Timor, el doctor debió resignarse a escuchar las retorcidas historias del Capitán Makraff. Así fue cómo se enteró de la existencia del holandés que tráficaba nativos prostituídos a través de puertos de ultramar y de la existencia de los hombres-hormiga.

Y hasta ahí llega la historia. Estén preparados, ¡en breve más capítulos!

Autobombo narrativo

Estándar

Les quería comentar que un cuento mío fue publicado en la revista Narrativas. El cuento se llama La cita estaba agendada y había salido antes en este blog como parte de la saga del Dr. Kovayashi. De hecho, nobleza obliga, debería cederles el crédito a Heriberto Feather y Ferdibaldo Teller, verdaderos autores del cuento.

Y no mucho más que eso, estoy contento.

Portada de Narrativas oct-dic 2011

Portada de Narrativas Nro. 23

 


La estación del ferrocarril

Estándar

Cuando las llagas de mis manos sangran demasiado, entonces me detengo por un instante. Ahora mismo estoy sentado sobre un impresionante resto de mampostería, con la pala aprisionada entre mis brazos y mis rodillas. Creo que sería mejor poder trabajar sin parar porque sólo así llego a evitar el recuerdo de los aviones sobrevolando esta estación de ferrocarril, dejando caer las bombas. De esta manera se formaron las descomunales montañas de escombros que me circundan y que me tapan la visión del horizonte. Son varias veces más elevadas que lo que era la altura general de los techos; sus formas todavía son caprichosas, y sus cumbres, filosas. Yo me acuerdo bien del paisaje que ahora está enterrado. Un extenso jardín adornado con locomotoras y vagones en desuso. El público podía visitarlo todos los días, ya que estaba siempre abierto. He trabajado aquí toda mi vida, soy el dueño de las puertas que ya no existen. Poseo todas las llaves que controlan las entradas y salidas de la estación (ahora inútiles).

Entre palada y palada a veces me pregunto por qué sigo en la estación, pero no sé si afuera estaría mejor porque probablemente debe de haber tantos escombros y tantas otras montañas que terminaría trabajando el doble y la paga sería cada vez más exigua. Por otra parte, aún sigo obligado con el jefe, ya que él se ocupó de mí después del desastre, me asignó este trabajo.

– ¿Cree que usted solo podrá con todo esto?

– Sí, señor.

– La ciudad le estará agradecida. La semana entrante debe­ríamos restablecer el servicio de trenes, aunque más no sea precariamente. Aún no sabemos si el resto del país también está bajo el cemento y derrumbado, pero ¿qué piensa que dirían de nosotros si los trenes empezasen a marchar y tanto usted como yo estuviéramos llorando sobre las vías obstruídas?

– No lo sé, señor.

– Bien, aquí tiene una pala. Puede comenzar cuando quiera.

– Señor…

– ¿Sí?

– Querría trabajar con guantes; mis manos… por la pala.

– No tenemos guantes en este lugar, pero si lo desea yo podría ir hasta mi casa a buscar un par. Queda sólo a unas cuadras de aquí, mas no le garantizo que allí los encuentre y, de todas formas, si así ocurriera, aún debería llegar hasta la estación nuevamente, entre todos los escombros, las ratas y los saqueadores.

– Hágalo, por favor.

– Bien.

– Gracias.

Hace dos días que llueve en forma intermitente, y es por eso que en toda la extensión que mi pala dejó libre de los restos del destrozo ha comenzado a ascender el nivel del agua. “Si tan sólo pudiera encontrar la alcantarilla para destaparla, tal vez evitaría mojarme tanto los pies”, pensé. Ayer vi a un grupo de personas que buscaban la misma alcantarilla, pero no creí que la pudieran encontrar porque toda la estación mantiene un desnivel hacia el extremo en donde yo trabajo. Aquí, precisamente, es donde se acumula más el agua, y es a causa de ese maldito resumidero. No puedo encontrarlo. Hoy aquellos hombres no están, y me tienta ir a excavar allá.

Sé que cada palada que remuevo me acerca un poco más al exterior, pero, en el fondo, mi conciencia siente que esto es solamente un corrimiento de las montañas de escombros. A menudo tengo la impresión de que no estoy tan solo; cuando clavo con horizontal firmeza la pala, oigo llegar voces desde algún lugar más allá de los rieles; cuando me detengo para escuchar mejor, callan, y comienza a escucharse el ruido conocido a fricción entre cascotes y herramientas. Tal vez ellos corran sus ruinas hacia aquí, la estación.

Todavía no me acostumbré al agua, a la mojadura, a no encontrar el tan ansiado desagote. Mojo las llagas en la laguna, pero no es tanta la sangre ni el dolor porque cada vez trabajo menos. Los guantes no han llegado, pero estoy seguro de que el jefe me los traerá pronto. De todas maneras, la laguna está menos profunda (acaso esté lloviendo poco). Si me quedo en este alto puede ocurrir que no me levante más, pero hoy ya no sé qué es mejor. Arriba o abajo, cualquier camino lleva hacia la libertad.

 

Este cuento, basado sobre una historia original de H. Feather y F. Teller, fue leído el sábado 10 de septiembre durante la Fiesta Psicofango, en el Espacio Cultural La Bicicleta.


Versión imprimible -> La historia del Timor (III)

El largo camino a casa

Estándar

Esta es una anécdota en partes: la 33a en la saga del Dr. Kovayashi.

De haber recordado sólo algunas de las lecturas de su juventud, aquellas que distraían sus tardes como El Sargento Kirk o Apache, el doctor habría tomado ciertos recaudos antes de partir. Pero como suele sucederle a los hombres cuando actúan sin vigilar sus impulsos, Kovayashi, sin darse cuenta, estaba escribiendo en su historia un hecho cuyas consecuencias lamentaría por toda su existencia.

“Los largos años de lucha contra los indios
le habían dado al Sargento Kirk
un instinto animal de presa
y una infinita paciencia.”

Antes de abandonar el aguantadero se echo al hombro un morral deshilachado con los mínimos bártulos necesarios para el regreso. Provisiones, bebida, machete y un encendedor a bencina. Sabía por experiencia que el camino sería largo e inseguro, pero esta vez contaría con dos adláteres como David y Nikola. También llevaba los cuentos de Feather y Teller ya que aún le faltaba terminar la historia del Gringo y otros cuentos. Y para las eventualidades que, estaba convencido, surgirían durante el viaje llevaba en un bolsillo la filosa estrella que meses atrás le había obsequiado el Dr. Yang.

“Lo que ahora veía sobre el horizonte
no eran nubes sino señales de humo
que escribían en el cielo
sobre territorio Pawnee.”

Una vez fuera de la choza sintió que el amanecer le erizaba la piel como una tricota de estopa. En siete meses de selva había conocido docenas de espíritus salvajes, y el frío era uno de ellos. Por eso permitió que se le metiera por cada uno de sus poros. Al cerrar los ojos creyó estar oliendo las flores de su jardín y escuchando el traquetear apagado de los neumáticos en los adoquines. Pero el espíritu de la música, el más añorado, ése era ajeno a la selva. Hacía que las tripas del doctor hirvieran con el recuerdo de la Obertura 1812. El pecho del doctor exageraba la emoción del retorno mientras sus manos inquietas jugueteaban con el encendedor. Había aguardado con paciencia el momento de eliminar sus rastros de la faz de la tierra. Por eso su corazón y, por empatía, los de sus primates amigos se inflamaron cuando la choza estalló con un woof sofocante y abrasador que, hambriento, la hizo arder hasta el suelo. Ya se encargarían la selva y la fotosíntesis de rellenar el claro en poco días.

“Desde antes del amanecer cabalgaba por el desierto.
Ni él mismo sabía adónde iba. Lejos, eso sí.
Quizás a reunirse con los restos de los Tchatogas,
entre los que tantos estragos hiciera su carabina.”

“En marcha”, gritó Kovayashi, y cinco minutos después toda la troupe se abría camino animadamente a través del sotobosque. Nunca se había imaginado tanta compañía para el retorno. David y Nikola iban en sus hombros y Scalisi, Rómulo y la Sra. W. caminaban 30 metros por detrás. Por último, en un dosel imaginario de epífitas y lianas, α y β cumplían su palabra de llevarlo hasta la frontera.

“Así fue cómo el sargento Kirk, el teniente,
los soldados y el cacique prisionero
emprendieron la marcha hacia Fort Sherman,
adonde ninguno llegaría jamás.”

A pocos kilómetros de allí, un hombretón sucio y barbudo apostado sobre una torre disimulada en la vegetación avistó la columna de humo. Dejó por un instante sus binoculares y encendió el intercomunicador. Abajo, en el campamento, los traficantes de fauna escucharon con estupor sus dos palabras. “Tenemos visitas”. Al unísono todos amartillaron sus revólveres.


Clandestino

Estándar

Esta es una anécdota en partes: la 31a en la saga del Dr. Kovayashi.

“Nikola… David… ¡Su dulce!”

Como consecuencia del pasaje a la clandestinidad, el humor del Dr. Kovayashi había sufrido cambios como nunca antes en su vida. Podía moverse con facilidad entre extremos tales como la felicidad de ser libre y la angustia asfixiante de la soledad. Dos primates lo habían aceptado bajo su tutela, visitándolo a diario para llevarle frutas y prodigarle cuidados; a cambio, sólo le exigían generosas porciones de dulce de guayaba, que él compartía de buena gana. Había llegado al borde de su existencia. No tenía con quién hablar excepto Nikola y David, cuyas energías vitales le recordaban a Tesla y a Bowie. Con frecuencia, harto de mirar las cuatro paredes de caña de su choza, salía a caminar por la selva enmarañada. Llevaba consigo la estrella ninja y practicaba puntería contra el grupo de monos que no se animaban a visitarlo. Nikola y David se abstenían de gesticular al respecto pues entendían que esas muertes no eran en vano: con ellos, el Doctor preparaba exquisitos consomés.

Desde que escapó de Argentina, el Doctor debió sortear problemas complicados, desde cruzar fronteras por pasos ilegales, improvisar canoas con troncos de bombacáceas, atravesar ríos de aguas turbillonarias, enfrentarse con traficantes de fauna a machetazo limpio, o extraviarse en pantanos infectos, al límite de sus fuerzas.

No obstante, sus ansias de libertad lo fortalecieron y estimularon. El aguantadero selvático donde vivía era una choza construida sobre un terreno elevado, donde casi todos los días caían aguaceros de corta duración. Al salir el sol, el vapor de agua subía desde el suelo en forma de neblinas lechosas. En esos momentos, el Doctor imaginaba que al levantarse la humedad volvería a encontrarse cara a cara con el homúnculo de la bolsa de bruma y su amigo de la túnica iridiscente. Después, al regresar de su ensueño, era capaz de arrojar la estrella mil veces más fuerte. Pero matar animales no lo hacía menos infeliz.

¡En qué poco tiempo el alma de Kovayashi había caído en la angustia y la tribulación! Después de siete meses ya no le alcanzaba con saber que allí estaba seguro. Las mañanas, las tardes y las noches habían perdido su atractivo natural y apenas le servían de fondo para evocar los tiempos idos. En ocasiones creía ver al viejo Scalisi y a la Sra. W. y su esposo Rómulo errando como Curajhy-Yarás por el laberinto de hojas y lianas. Sus gemidos de fantasmas en pena lograban socavabar la culpa del Doctor ya que, de alguna manera, él los había ayudado a morir. Su antigua estima por la raza humana había flaqueado al extremo de confundirse con el odio. Y en el sinsabor del ostracismo juró por sí mismo y por el verdor que lo rodeaba regresar pronto a su barrio para rehacer su vida, o lo que le quedaba de ella.

En ese estado cercano a la depresión, Kovayashi se preguntó muchas veces qué sería de Heriberto Feather y Ferdibaldo Teller, a quienes se sentía hermanado por haber ajusticiado a Jorgito Kandraski. De ellos conservaba el recuerdo de sus rostros y un voluminoso manuscrito que tenía menos de novela que de collage de textos. El Doctor se consideraba a sí mismo un excelente crítico literario, por lo cual sufría al no poder decirles personalmente a esa pareja de mequetrefes cuán execrables le resultaban sus escritos. Había discurrido por las páginas de cuentos como Dos guitarras y un cajón peruano y La cita estaba agendada, sintiéndose no menos que indignado por tamaña mediocridad. Incluso había comenzado a leer otro cuento, El perro era dulce, pero decidió abandonarlo por su longitud exagerada. No dudaba de que Feather y Teller eran tan malos con la pluma como con la 9mm.

De repente, Nikola y David se descolgaron desde las ramas de un inmenso árbol de San Francisco para caer sobre las piernas del Doctor, que todavía se medía la voluntad en su camastro de pieles de mono. Ambos traían en sus diestras sendos frutos maduros de pitajaya para compartir con su protegido. Sin abandonar su posición horizontal, Kovayashi partió los frutos con sus manos y levantándolos cual ofrenda a un dios en el que no creería nunca más, brindó con sus peludos amigos.

“Nikola, David… brindo porque el regreso sea pronto e inmensa nuestra alegría. Porque quiero que sepan, mis fieles amigos…” declamó el Doctor llevándose una mano al corazón “…que no me iré solo de este lugar.”

Las palabras sonaron tan emotivas que Nikola, David y el mismísimo Kovayashi comenzaron a sacudirse con las vergonzosas convulsiones del llanto. Después de consolarse en un abrazo colectivo, los primates huyeron a la selva para engullir el dulce de guayabo. Mientras tanto, el Doctor había conciliado un sueño depresivo que lo retuvo en su camastro por el resto del día.


La cita estaba agendada

Estándar

Desde la comodidad de su exilio, el Dr. Kovayashi emprendió la lectura del manuscrito de Feather y Teller. Para su sorpresa, no se trataba de una novela sino de una cantidad de cuentos relativamente largos y no relacionados entre sí. Kovayashi no resistió la tentación de corregirlos y modificarlos; después de todo, así era su espíritu y eso pretendían Heriberto y Ferdibaldo. A continuación, “La cita estaba agendada”, el primero de los cuentos que el Doctor dejara listo para publicar.

El mareo no le dejaba discernir qué era peor, los quince minutos de espera sobrevolando Ezeiza o haber iniciado finalmente el descenso. Desde que tenía uso de razón sentía pánico de los aterrizajes porque sabía que siempre están ahí, al final del viaje, cuando las ruedas tocan la pista y el avión se descontrola hasta terminar convertido en una bola de fuego. El vuelo desde Barajas había sido óptimo, y aunque no había podido pegar un ojo, Elena se sentía entera, incluso al punto de pensar en ir directamente a lo de Sardinero. Allí terminaría de editar el manuscrito de su primer libro, una selección de sus mejores cuentos cortos. Pero antes había que aterrizar, y por eso mantenía los ojos cerrados desde hacía, al menos, quince minutos. Cuando se escuchó el “ding” que instaba a abrocharse el cinturón, los abrió de par en par el tiempo justo para que, tal vez por obra del azar, su mirada se topara con la del muchacho de traje y barba entrecana. Cuatro butacas más allá, él levantaba su pulgar y enarcaba las cejas como preguntándole cuán bien o cuán mal se encontraba. Elena le contestó afablemente el gesto y volvió al resguardo de sus párpados cerrados. El Boeing aterrizó suavemente en Ezeiza.

¿Y vos?, le preguntó ese muchacho que andaría por los 50, que se llamaba Juan y que se había sentado a su lado en el micro que los transportaba al centro de Buenos Aires. Él le confesó que después de quince años en Sevilla aún seguía detestando a los porteños por ser tan cínicos de mantener mugrienta la ciudad y hacerle perder paulatinamente su distinguido charme europeo. No obstante, la vida había querido que sus dos hijos nacieran porteños, y por ellos era capaz de hacer la excepción de regresar un par de veces por año. ¿Yo?, respondió distraídamente Elena mientras fantaseaba con tener treinta años menos y cambiar a Sardinero por dos días de hotel con ese desconocido. Ahora, con cincuenta y cinco pirulos, sola después de varias parejas, se llevaba muy bien con varios amigos madrileños y veía con simpatía las redes sociales cuando la literatura se quedaba vacía de inspiración. Antes de responder, justo antes de bajar en el obelisco y despedirse de Juan con un hasta siempre, no pudo contener una andanada de recuerdos: aquellos días previos a escapar de Argentina, la mañana en la que dieguito, el riojano y el flaco levantaron la copa en Japón, cuando se llevaron a sus compañeros de Letras… Era el ’79, imposible confundirse, el espanto recorría las calles y la militancia se había vuelto un suicidio consciente. Todo estaba tan jodido que ese día no entró a la Facultad ni volvió a su casa; ignoraba que no regresaría allí nunca más en la vida. Por fortuna, Sardinero, arrastrándola de un brazo y tapándole la boca para que no gritara, la metió en el baúl de su Dodge Polara y la escondió en un altillo del caserón que poseía en Parque Chacabuco. A los otros cuatro los chuparon en la Facultad a pleno día y frente a todo el mundo. Una semana después, el profesor le entregó un pasaje de avión y la besó en la coronilla. Es por tu bien, le dijo, tarde o temprano te van a encontrar, como a tus amigos ¿viste? Hoy por hoy no existe un escondite seguro… Elena tuvo que morderse los labios para no insultar a quien le había salvado la vida. ¿Y qué voy a hacer allá, profesor? Quedarte y no volver, eso vas a hacer… Y escribí mucho, mirá que tenés pasta para eso, le dijo mientras cerraba la inmensa puerta de hierro, madera y cristal. Lloró diez minutos en la fuente del parque y luego emigró. Treinta y dos años en España… Si bien una carta manuscrita al año fue su único vínculo con Sardinero, debió de pasar mucho tiempo hasta que en 2010 se permitió preguntarle esa duda que llevaba como un cáncer dormido: ¿qué habría hecho él si los corruptos la hubieran encontrado? ¿La habría entregado así nomás o se habría jugado por esa estudiante a quien sólo quería porque redactaba mejor que el resto? Esa carta nunca tuvo respuesta. De los hombros de Juan colgaba una mochila amarilla y azul que le arrugaba el saco. Yo también vivo en Madrid, respondió ella, y segundos después, ya perdido él en la muchedumbre de Corrientes, agregó un nostálgico hasta siempre.

Vaya a saber qué la impulsó a cambiar de planes y caminar directamente hasta el hotel. No fue esa ligera molestia en la punta de la lengua, tampoco el cansancio ni la urgencia de cafeína en las venas, y mucho menos las ganas de beber un trago. Tenía el estómago revuelto y aún faltaban muchas horas antes de la cena. Maldijo. Las veredas de la calle Lima la acogieron como si nunca se hubiera ido, y eso la ayudó a olvidar que sus bártulos pesaban como si los hubiera rellenado con barro. Además, había tanta humedad en la atmósfera que el vapor de la transpiración se condensaba apenas abandonaba los poros. Así ingresó al hotel, empapada en sudor. “Bienvenida a Buenos Aires”, la saludó un conserje parecido a alguien que no pudo precisar, y un botones ridículamente uniformado la guió hasta su habitación.

La ciudad está igual, dijo Elena al ver por la ventana los palos borrachos en flor; o mejor dicho, está irreconocible, se corrigió tras advertir el embotellamiento en la ancha avenida. Apoyó la nariz sobre la línea vertical del cristal biselado, cuidando de que a cada ojo le correspondiera una faz; así, como jugando, descubrió una baires fantasmal y rió cuando vio al Quijote y a Rocinante atrapados en una escultura inconclusa. Estaba sensible. Se preguntó hasta qué punto tenía sentido lo que estaba haciendo, eso de haber regresado para vera a Sardinero; había otros caminos, otras formas para ser escritora… En el cielo flotaba una nube. Necesitaba encontrar un punto de contacto entre esa ciudad irreal y la verdadera; seguramente existía, pero no era obvio. Los herrajes de bronce y la bañera de fundición demostraban que el hotel era de otra época, cuando los objetos se fabricaban para perdurar. Quizás algún huésped parado en este mismo lugar, imaginó Elena, haya visto los aviones sobre Plaza de Mayo durante la Revolución Libertadora. Ahora no eran aviones sino carteles de publicidad, cientos de ellos, erguidos sobre los edificios de la avenida cual guardianes de los cielos. Eran las 15:10 cuando notó que aquella inquietud en la lengua se había convertido en dolor. Espeleología, pensó. Llevaba horas insistiendo sobre una semillita de tomate trabada en el hueco de un molar. Juró no volver a dejarse estar. Un instante después, con la carpeta de cuentos abierta sobre el colchón de su pubis desnudo, Elena, recostada, semidespierta, pensaba que Buenos Aires siempre había sido (y seguía siendo) una ciudad indescifrable. Como las imágenes que atraviesan los cristales biselados.

La parada del colectivo era un fresno con una chapa oxidada que decía “126”; sin la ayuda de un kioskero habría tardado muchísimo en descubrirla. Se resignó, ahora llegaría tarde a lo del profesor. Le pareció que no sería conveniente contarle el sueño que acababa de tener. Nunca había vuelto a usar los nombres de pila de sus compañeros, sólo eran el chino, el negro, la turca y la tana, gente excelente que admiraba al Ché y que estaba al tanto de lo que sucedía en el país. Gracias al negro tenían acceso a unas máquinas en un sótano, él les hacía el service y por eso entendía cómo funcionaban; allí imprimían los volantes que intercalaban en los apuntes, todo en un supuesto gran secreto. Ahora, los cuatro habían reaparecido para darle la bienvenida. Elena siempre los soñaba igualitos: llevaban las ropas de aquellos días, la turca estaba maquillada y el negro lucía su típica barba descuidada. No bien comenzó a insistirles con parar todo y rajar, sus amigos se convirtieron en sombras que la empujaban hacia un aula a oscuras en cuyo escritorio la esperaba Sardinero. Elena se despertó con el espíritu dolorido, lastimado por el ir y venir de ese rallador de queso que es la memoria. Y como no por nada había viajado a Buenos Aires decidió salir del hotel y tomar el 126 hasta Almagro, donde vivía Sardinero. Por cierto, Sardinero tampoco era el nombre real del profesor.

* * *

Qué semillita de porquería, masculló Elena al sentir su lengua al borde del infarto. Ubicó un asiento libre al fondo del colectivo. Allí notó que su bolso de mano llamaba demasiado la atención, no tanto por el color ni por el diseño, sino porque estaba hinchado de papeles, a saber: la carpeta con los cuentos y 31 cartas que tendría que haber dejado en Madrid. Una por año no es poco si no hay de qué escribir, reflexionó a la altura de Entre Ríos. Sin embargo, todas eran gruesas, llenas de consejos y citas literarias. Leerlas implicaba decodificar la letra ganchuda de Sardinero, quien por propia voluntad nunca se había subido al tren del email pero disfrutaba horrores a la hora de usar papel, tinta y estampillas. Treinta y una cartas… cualquiera podía deducir que la número 32 nunca había llegado a Madrid. Elena bajó una parada antes. Necesitaba tomar aire.

Almagro era lo más parecido a una patada en los dientes. Compararlo con Parque Chacabuco, antiguo amor del profesor, era una canallada que Elena no podía evitar. Frente a una puerta de madera sin molduras revisó una vez más la agenda, no fuera que por error… Mas no, la dirección era la correcta, Maza XXX. La fachada era tan horrible como el barrio. ¡Cuánto debió haber sufrido la mudanza! En un taller mecánico vecino escuchaban cumbia a un volumen altísimo aunque insuficiente para tapar el compresor y los escapes de los colectivos. Ajeno al averno de la calle, el timbre en el interior de la casa sonó con dulzura; Elena, aturdida, no podía saberlo. Tocó dos, tres, cuatro veces, golpeó fuerte con los nudillos, esperó, y de no haber sido porque se dio media vuelta para retornar, seguramente nunca le habrían abierto. Ella era de creer en esas cosas. La voz de contralto que la invitó a pasar merecía provenir de un cuerpo masculino pero se trataba de una mujer, una enfermera corpulenta cuyo guardapolvo blanco era el contraste ideal para sus hermosos rasgos oscuros. La está esperando, dijo al atravesar un living diminuto con olor a sanatorio. Elena infirió que algo no andaba bien. El hombre tuvo un ACV hace cuatro meses; pero no vaya a creer, a veces se enchufa…, comentó animadamente la enfermera. Pero Elena hubiera preferido salir corriendo antes que entrevistarse con un viejo más muerto que vivo. En el cuarto halló una pasa de uva hundida en la cama, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Cómo es posible que “eso” esté esperándome?, preguntó. Es que usted está agendada desde hace como un año, respondió la enfermera mientras se echaba la cartera al hombro y se iba. La reemplazante llegaría pronto. Hasta entonces habrían de quedar a solas. Elena sintió que la desilusión se le hacía humedad en las mejillas.

¡Cuánto vaciló Elena antes de acercársele! No por temor a despertarlo, puesto que lo hubiera preferido vivaz como antes, sino por miedo a que estuviese realmente muerto. También imaginó que el viejo podía estar fingiendo y alerta; lo imaginó con el cañito de la enema entre los dientes, presto a saltarle encima no bien le diera la espalda. ¡Qué pavota!, eso únicamente sucede en los filmes de Hollywood, se reprochó mientras apoyaba el bolso abierto sobre las piernas de Sardinero. Era imposible que supiera cuán tarde llegaría la segunda enfermera a tomar la posta, por lo que muy de a poco la ansiedad le fue corroyendo las tripas. Muy pocas escritoras habrán pasado estas peripecias con su mentor, razonó; o no, quién sabe… al menos yo debería repensar eso de considerarme “escritora”. Tomó delicadamente las muñecas del hombre y las levantó hasta que el manuscrito encarpetado quedó asegurado contra su pecho. Tenía la esperanza de que pronto se enchufara, como dijera sin demasiada ciencia la enfermera. Ciertamente, odiaba que el viaje culminara de esa manera, mas poco se podía hacer salvo esperar que apareciera el reemplazo y rezar para que el viejo se despertara, si es que eso tenía alguna chance de ocurrir.

Como a menudo les sucede a los escritores noveles, Elena también tenía vicios profesionales desde antes de comenzar su carrera. Ejemplo de esto era su debilidad por las bibliotecas. Si contenían obras clásicas y ediciones lujosas, mejor, y si cubrían de punta a punta una pared, como la de Sardinero, la debilidad se convertía en fascinación. El estante superior estaba dominado por obras de Borges. Los tres estantes inmediatamente inferiores contenían literatura inglesa en inglés: desde Samuel Taylor Coleridge hasta Orwell, y ediciones comentadas de Marlowe, Kipling, Wilde, Melville y Chesterton. También encontró las obras completas de Stevenson, Dickens, Shelley y, obviamente, Shakespeare. Elena los conocía, aunque poco y nada había leído de ellos. Por último, los dos estantes más bajos contenían una miscelánea que no merecía ser comentada. Y más abajo, un majestuoso escritorio que parecía sostener la masa de libros como Atlas la bóveda celeste. El polvo que lo cubría no daba lugar a dudas: nadie lo había utilizado en mucho tiempo. En ese momento, Elena creyó que el viejo había despertado, pero se equivocaba, la traicionaban sus nervios. Pese a que se consideraba una persona menos curiosa que perspicaz, descubrió sobre el escritorio un área rectangular en la que la capa de polvillo era más delgada. Evidentemente, alguien había quitado el objeto sin molestarse luego en limpiar. Miró velozmente a su alrededor mas no halló en todo el cuarto ninguno que pudiera haber dejado esa marca. Debe haber sido un papel, dedujo Elena, y en ese caso, pensó, las dimensiones me resultan en extremo familiares. Una corazonada la impulsó a abrir el cajón principal, de cuyo interior escapó una ráfaga de aire frío. Había vuelto a presentir la mirada horizontal del viejo, quizás invocándola en silencio o, por el contrario, ignorando quién era esa extraña que husmeaba entre sus cosas. Elena sabía que ese frío no era sobrenatural. Dentro del cajón abierto, Elena había leído su seudónimo escrito con tinta negra en el anverso de un sobre cerrado y sin estampilla. No lo pensó dos veces: tomó la carta número 32 y se la guardó entre la ropa. Caminó hasta el borde de la cama como quien se aproxima por primera vez a la pecera de un ajolote. Ahora Sardinero la estaba observando con los ojos bien abiertos. Lejos de saludarla, o de alegrarse, o de pedirle su pluma fuente, el profesor estrujaba más y más la carpeta contra su cuerpo desgraciado. Ese inoportuno ACV lo había transformado en un niño caprichoso que se negaba a devolver un juguete ajeno. Contrariada, Elena insultó al maldito reemplazo que no terminaba de llegar, y al olor a medicamentos, y a la lengua inflamada de tanto lamer y empujar la semillita. Soy Elena, profesor, le avisó por fin, pero el viejo permaneció inmutable como el bronce.

Nadie sabía tan bien como Elena la diferencia entre ser optimista y negar la realidad, y por eso creía que su profesor, prácticamente desahuciado, aún podía ayudarla con los cuentos. Incluso cuando hubiera sabido cómo iba a terminar esta historia, igualmente habría bajado la oreja para escuchar lo que Sardinero estaba comenzando a decir. A cualquiera se le habría escapado aquel sutil movimiento de labios, pero no a Elena, quien también creyó percibir en las arrugas del profesor un color más encendido. Cacacacacacacacacacacacacacaca, decía casi en una hebra de voz. ¡Ay, Dios!, gritó Elena. De un manotazo enérgico destapó al viejo para dejar expuesta su inmundicia. Aquel ’79, Sardinero había arrancado el curso hablando de Borges, a quien conocía de esa misma Facultad. Además de cautivantes, las anécdotas que contaba solían entroncar con el tema del día, por lo cual sus alumnos debían estar prestos abstraer y a relacionar ideas si deseaban seguir el hilo de la clase. Sardinero era dueño de una inteligencia tan seductora como su voz profunda y matizada. Por eso, varias de sus alumnas, la tana y la turca incluidas, se habían enamorado de él aun a sabiendas de que era “medio milico”. Elena volteó al profesor sin demasiado esfuerzo y después de limpiarlo con la sábana lo dejó en posición de géiser-humano y abandonó la casa a toda velocidad. Corrió sin parar hasta llegar a su hotel, donde entre sollozos tomó una ducha, leyó la última carta, se aplicó alcohol fino en la lengua y luego se durmió. Esa noche, la jodida semillita se escapó sola del molar.

* * *

Creo que estamos a mano, profesor, dijo Elena minutos después de volver a releer la carta, justo antes de arrojarla a un cesto de basura. Los recintos de preembarque solían enrarecerle el humor. Había tanta gente… todos hablaban por celular o en grupos, pero no se escuchaban ecos. Los altoparlantes anunciaban un vuelo tras otro, y desde las vidrieras los anuncios sólo mostraban satisfacción y belleza. Pero la verdadera angustia trascendía al preembarque, era Ezeiza, eran los aeropuertos, era Madrid y era la condenada República Argentina. No entendía por qué el remisero le había dicho que hacía bien en irse, que en España estaría mejor, que este país no tenía arreglo. Después de todo ¿qué sabía ese tarado de vivir en España, donde nunca iba a ser más que un extranjero? Debía haberlo golpeado en la nuca, pero desistió porque él manejaba, porque ella era mujer y porque, efectivamente, deseaba regresar para dejar que el futuro le regalara algo distinto. Cansada de esperar, caminó hasta el toilette para corregir un poco su aspecto frente al espejo. El bolso de mano había perdido la barriga al quedar la carpeta con los cuentos entre Sardinero y el colchón (y no era cuestión de meter la mano ahí para quitársela). Prefirió creer que el profesor la había atesorado para sí. Además, había dejado las otras 31 cartas en el hotel; si por casualidad un escritor de verdad las hallaba podría escribir alguna historia sobre ellas y la misteriosa número 32.

Elena embarcó primero que nadie y se abrochó el cinturón mucho antes de que se escuchara el “ding” del aviso. Le tenía pavor a los despegues, y las estadísticas le daban la razón: la mayor cantidad de accidentes en el planeta suceden en ese momento en el que las aeronaves se desentienden del suelo. Por eso cerró los ojos, para buscar protección en su mundo interior. Sin embargo, ese día Elena experimentó una sensación cálida y confortable, un presentimiento que la llevó a levantar los párpados antes de que el avión hubiese salido del reposo para buscar la pista. ¿Sincronicidad o coincidencia?, se preguntó sorprendida al reconocer, asiento de por medio, el pulgar de Juan extendido hacia el techo en claro gesto de interrogación. Azar o no, lo mismo da, pensó, mientras levantaba amablemente el pulgar derecho y vestía su cara con una sonrisa. Y a pesar de que el estómago se le revolvió un poco cuando el Boeing comenzó a ganar altura, ya no volvió a cerrar los ojos en el resto del viaje.

Agregar a DeliciousAgregar a FaceBookAgregar a Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Un truco gallo antes de partir

Estándar

Esta es una anécdota en partes: la 30a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¿García?” La voz en el auricular sonó con temor y respeto. El reloj marcaba las 10 a.m.

_ “Teller…” contestó Kandrasky al otro lado de la línea. Habían acordado nunca usar sus verdaderos nombres por teléfono.

_ “Feather.”

_ “Lo mismo da.” Seguramente el canillita usaba un pañuelo para disfrazar su voz.

_ “Tengo lo suyo. A las 15. En su casa. Traiga lo… ejem… lo mío.”

No hubo más respuesta que un click. El plan estaba en marcha. A las 13 p.m., Feather y Teller, que ya habían hecho y comprado todo lo que debían, cruzaron Sobremonte debajo de un sol inclemente e ingresaron a la casa de Kovayashi sin que nadie los viese. Llevaban varios bultos llamativos.

Por su parte, el Doctor también había realizado sus tareas. Al despuntar el sol ya había terminado de cavar en su jardín un prolijo hoyo de 60 x 150 cm. Había conservado intactos los primeros 5 cm de pasto, y con el resto de la tierra había formado una montaña. Luego extrajo del pequeño tambucho del fondo un retazo de polietileno de alta densidad que “por las dudas” había guardado en septiembre, después de levantar el túnel para hortalizas. Una vez centrado el plástico en el hoyo, saltó al interior. El hoyo quedó forrado.

A las 14 p.m., Kovayashi le ordenó a los escritores que subieran al máximo el fuego de las hornallas. El agua hervía a borbotones. El Doctor no podía dejar de observar con cierta desconfianza a la pareja. Miraban obsesivamente sus relojes. Caminaban de aquí para allá, en líneas rectas y en círculos. Iban y venían al baño, controlaban la calle desde el escritorio, salían al jardín. Pasaban largos ratos sin mirarse; casi ni se hablaban, y cuando lo hacían eran cuchicheos apenas audibles. Kovayashi, atento a cada detalle, notó cómo latían los tendones de la diestra de Teller. Había mucha tensión allí, parecían extrañar el metal del Parabellum que abultaba su sobaco. Por un momento, el Doctor evaluó la idea de dejar que Jorgito eliminara a los escritores. También pensó cuán probable era que él mismo hubiera caído en una gran trampa tendida por el diarero, que estos dos payasos trabajaran para él, que todo fuera una gran actuación (incluyendo el tiro fallado), y que el acto final estuviera por desarrollarse en su propia casa. También imaginó que el fantasma de Rómulo, si es que andaba por allí, también podría ser de ayuda. “Basta de boludeces”, pensó Kovayashi y sacudió la cabeza como un perro mojado. El reloj cantaba las 14:30 p.m.

El timbrazo de Jorgito electrificó el aire de la casa del Doctor. Feather miró su reloj de pulsera: exactamente las 14:50 p.m. Se había adelantado. El más locuaz de los escritores abrió la puerta, mientras el otro se ubicó en el extremo opuesto del living. Kandrasky caminó hasta el centro del cuarto llevando delante de sí, sobre sus manos, un maletín negro. Feather cerró la puerta con llave sin hacer ruido.

_ “Primero lo primero. Muéstrenme el cuerpo.”

_ “Me parece justo” opinó Heriberto al tiempo que guiaba a Kandrasky hacia el cuarto de baño. Teller corrió a la ventana y verificó que la calle estuviera desierta; luego volvió sobre sus pasos para ubicarse detrás de ellos. Sin encender la luz, Heriberto señaló un bulto gigante en la bañera, envuelto en un nylon negro. Había manchas de sangre reseca en las paredes, en el lavabo y en el piso, y se notaba que las habían intentado limpiar con un trapo. Los vapores de la lavandina eran tan intensos que Kandrasky sintió náuseas; no sólo por el olor, sino también por respeto a la familia Kovayashi, a quienes les había vendido el periódico por más años de los que podía recordar. Sería un hampón, pero tenía sentimientos. Por eso no pidió que le abrieran la bolsa y regresó al living con pasos apresurados bajo el atento control de los escritores.

_ “Qué pena… qué pena… El Doctor era un gran muchacho. Por desgracia, sobrevivió al choreo… Vio cosas, podía incriminarme ¿entienden?” Kandrasky parecía estar pidiendo comprensión a los escritores, pero éstos únicamente entendían que estaban en la misma situación que Kovayashi. Ferdibaldo palpó la Parabellum. Mientras tanto, Kandrasky prosiguió:

_ “La libertad, señores, es como la salud: más se la valora cuando se la pierde. Por eso, yo me pregunto ¿cuánto vale la libertad? En este caso, señores, su libertad depende de los documentos que traigo en este maletín, y estoy seguro de que coincidirán conmigo que romper todo lo que firmaron bien puede valer más que un departamentito en este barrio de mierda, ¿no?” La mano nerviosa de Teller aferró el metal en su sobaco, y con el rostro enrojecido de ira le gritó a Kandrasky:

_ “¡¡Queremos la plata!!”

_ “Por lo que veo, no quie…” La frase quedó inconclusa.

_ “¡Metéte los papeles en el culo!”, gritó Ferdibaldo, y sacando la pistola disparó al cuerpo de Kandrasky. La bala dio en el blanco, acertando a destrozarle la rodilla derecha. Su pierna quedó unida al muslo por una hebra mínima de carne, y por eso el hampón, en un grito de dolor y sorpresa, cayó al piso. En ese mismo instante, Kovayashi ingresó al living. No necesitó explicarle a Jorgito lo que estaba por suceder. Jorgito tampoco necesitó preguntarle nada. Teller se apresuró a abrir el maletín de Kandrasky. Era cierto, en su interior no había ni un mísero centavo olvidado. De repente, un nuevo grito de alerta, esta vez de Heriberto, congeló el living:

_ “¡Cuidado, tiene un arma!” Kandrasky había extraído un puñal de abajo del pantalón que cubría la pierna destrozada.

Había llegado el momento esperado, el instante planeado y deseado en el que el Doctor debía enfrentarse a su asesino. No era un duelo de cowboys fuera del saloon, pero así estaban planteadas las cosas, sólo el más rápido viviría. Los metales resplandecieron en las diestras de los dos hombres. Con la velocidad del guepardo, Kovayashi levantó la estrella ninja consagrada a la luna y la dejó volar. Feather y Teller cerraron los ojos y un ruido seco, semejante al caer de una piedra sobre un camino polvoriento, los forzó a abrirlos para ver a Kandrasky de rodillas con el puñal aún en la mano y la estrella clavada verticalmente en el medio de la frente. Su cuerpo convulsionó un segundo y cayó de espaldas. El reloj marcaba las 15:02 p.m.

La siguiente parte del plan fue controlada celosamente por el Doctor Kovayashi. Jorgito fue desnudado y arrojado dentro del hoyo en el jardín. Teller vació sobre el cuerpo las dos bolsas de ácido muriático en cristales, y luego hizo lo mismo con los casi 200 litros de agua hervían en la cocina. Entre todos limpiaron la casa minuciosamente, usando mucha lavandina, alcohol y la menor cantidad posible de trapos. A las 18:10 p.m. el interior de la casa lucía como si nada hubiera pasado.

_ “A medianoche, su cuerpo se habrá convertido en sopa humana”, dijo Kovayashi, que había colocado sobre la mesa un paño verde, un mazo de cartas y un paquete de bizcochitos de grasa. Y en voz alta, como líder y cerebro de tan exitoso plan, instó a sus compañeros a sentarse: “Amigos, nada mejor que un truco gallo para amenizar la espera.” A las 11:59 p.m., los tres hombres retiraron el polietileno, y el líquido ácido con dientes y uñas cayó al fondo del pozo. La tierra lo absorbería pronto. A la mañana siguiente rellenaron el pozo y volvieron a colocar la capita de pasto en su lugar. La ropa y los papeles firmados fueron quemados en la parrilla, donde hicieron un asado de despedida.

Esa noche, los tres hombres saltaron la medianera hacia el jardín de Rómulo y W., cuyo fondo daba a un baldío con salida a la calle trasera. El Doctor llevaba una valija pequeña, y en la valija había un ticket de avión. ¿Destino? Un país en donde viviría los siguientes cinco años antes de retornar a su hogar. Se despidieron brevemente, jurándose silencio y complicidad eterna. Antes de separarse, Teller le entregó un sobre de papel madera con una inscripción manuscrita: Kovayashi. El Doctor sonrió y se echó a andar sin mirar atrás.

Publicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!