En camino al amanecer

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Esta es una anécdota en partes: la 39ava en la saga del Dr. Kovayashi.

La noche envolvía a los vivos y a los muertos con su deslucida oscuridad de wolframio. No había horario para el calor, que aun en plena noche tornaba agobiante la marcha por la selva. Desde el suelo hasta el tope del dosel todo rezumaba agua, no porque hubiera llovido sino porque el aire estaba saturado de humedad. Así avanzaban el doctor y su séquito de micos, calados hasta los huesos. Las gotas caían verticalmente con tanta fuerza que semejaban huevos de ónix. Mas no era por eso que caminaban con las cabezas gachas, no; lo hacían porque así evitaban ir al azar. El barrial se advertía apenas tenuemente bajo sus pies. Por su parte, Nikola y David preferían guiarse por el oído y corrían alrededor del doctor, ora por delante, lanzando aullidos muy agudos, ora por detrás, agitando lianas y provocando que millones de gotas cayeran desde las copas. Sin saberlo, seguían una antigua picada utilizada por el Sr. X y su ejército. Varias horas más tarde, con el ansiado embarcadero a la vista, habrían de creer que la providencia los había guiado.

Tres horas antes del amanecer, el grupo se detuvo a descansar sobre un tronco atravesado en el camino. Ninguno reconoció cuán exhausto se hallaba, aunque tal era el estado de sus fuerzas. Era una de esas situaciones en las que el cerebro necesita destinar una mayor atención al cuerpo para no caer, dejando lugar, en su desatención, a que surjan pensamientos naturalmente ocultos. En las horas anteriores, el doctor había sufrido cambios radicales en su estado de ánimo, como la alegría de saberse vivo, la ira contra David o una profunda e inexplicable tristeza luego de quemar al Sr. X. Ahora, circundado por ruidos de animales invisibles, empapado e indefenso como un anciano ciego, Kovayashi pensó concretamente en la posibilidad de caer muerto allí mismo, de no llegar a ver el sol de ese día, de no volver jamás a su hogar. Y en medio de ese torbellino de miedos, sintió un frío repentino. No obstante, estaba decidido a no darse por vencido antes de intentarlo todo. Sabía por experiencia que pronto amanecería y que entonces el calor, los mosquitos y las alimañas serían tres grandes escollos a sortear. Por eso, después de ese tiempo de quietud decidió reiniciar la marcha.

Paso a paso, metro a metro, el terreno iba ganando en inclinación. La pendiente se hacía cada vez más pronunciada en el mismo sentido de la marcha, y entonces el agua, en lugar de estancarse en charcos barrosos, corría cada vez más rápidamente en forma de pequeños arroyos que cortaban el suelo rumbo a la vaguada. A medida que bajaban, los cambios en la vegetación, aún invisibles para ellos, los obligaban a cambiar el ritmo de la marcha. Así fueron dejando atrás la selva para atravesar densos cañaverales y palmares. De repente, una brisa fresca con olor a río y a cacao los sorprendió de frente. Instintivamente cerraron los ojos y levantaron las cabezas hacia el cielo. Al abrirlos reconocieron la incipiente claridad del nuevo día, y bajo semejante belleza sintieron que la vida circulaba de nuevo por sus venas.


Versión imprimible -> En camino al amanecer

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4 comentarios en “En camino al amanecer

  1. Marina

    Viaje con ellos. Quede exhausta. Senti el calor, el agua, el barro. Tuve que mirar mis uñas del pie para creer que alli no habí estado mi cuerpo. Sigo sorprendiendome de su capacidad para encontrar belleza, para oler el cacao.

  2. Hola Mar! Yo creo que la capacidad para encontrar belleza estriba en la negación de los horrores que viene viviendo desde hace un buen rato, en el principio newtoniano de acción y reacción, en la necesidad de ver de otra manera el mundo que lo rodea. Avanza sin cesar con un solo objetivo, que es -en lo inmediato- encontrar el embarcadero (rogando que haya un barco que los saque de ahí). En el mediano plazo, Kovayashi quiere volver a sentarse en su escritorio a leer sus libros en paz, aunque más no sea de madrugada, como en los viejos tiempos. Y en el largo plazo, no olvidemos que tiene entre ceja y ceja al Mago Daibushi y a su inefable adláter El Que Era el Cardo de Flores.

    Los tres, el doctor y los dos monos, están cubiertos de barro de pies a cabeza. La sensación es extraña, avanzan por la selva como por el fondo de una piscina. La atmósfera está saturada de humedad y el aire es prácticamente irrespirable. Pero la marcha es veloz, no tienen la resistencia del agua; felizmente, experimentan sólo la resistencia del aire. Pero la falta de oxígeno los cansa, deben detenerse a menudo y el cerebro casi no da abasto entre atenderse a sí miemso y a ese conjunto de músculos agarrotados por el exceso de ácido láctico. Quizás no haya cacao en los alrededores (o tal vez sí). Me inclino a pensar que está en la imaginación del doctor, quien también añora algún que otro Nesquik en las tardes de su Buenos Aires querido.

    Beso, y gracias por estar ahí!

  3. Parece que amanece tambien para nuestros amigos, la noche dejó mucha oscuridad, mucho dolor y mucho sacrificio. El camino no ha sido fácil, pero la luz trae la esperanza en forma de belleza.
    Leer poco de brisa tras estar sumida en la asfixiante humedad ha sido un alivio.
    Salut

  4. Hola micromios. Acá el calor desalienta cualquier cosa. Por suerte tengo comentarios en el blog ;-) Creo que por ahí va la cosa, dejar atrás la noche será dejar atrás dolores, sacrificios, etc. el camino ha sido difícil, y creo que así seguirá. Hasta ahora, llegar al embarcadero ha sido la meta, pero una vez que lo alcance, si llega, ¿qué? Deberá subir a algún barco ¿cuál? Es más, sería muy iluso pensar que un barco lo está esperando. Tal vez hasta pasen meses antes de que alguno pase (y amarre) en ese embarcadero. Por otra parte, es cierto que lo mueve la esperanza. Veremos por dónde sigue esto.
    Salut!

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