La historia del Timor (II)

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Esta es una anécdota en partes: la 45ava en la saga del Dr. Kovayashi.

Kovayashi dejó pasar el último comentario. No deseaba interrumpir el hilo del relato y daba por sentado que Makraff evitaría nuevamente las respuestas concretas. Una nube de insectos voladores sobrevoló de lado a lado el Timor. El capitán prosiguió.

– “Van Rees nos cuidaba tanto como se debe cuidar a los buenos empleados; en el fondo, no éramos más que eso. Cada uno de nosotros cumplía con creces su tarea y era recompensado en consecuencia. Al tocar tierra nos agasajaba con sabrosas comidas -pescados, aves y carnes rojas- sazonadas con especias exóticas y vino del mejor. Y a los postres, el momento de la paga. Solía darnos monedas de oro, en ocasiones hasta mejorando lo pactado. Así lograba que siguiéramos consiguiéndole mercancía de muy buena calidad, que mejoraba aun más gracias a nuestras, llamémosle… habilidades. Un mes, como mínimo, pasaba entre la captura y la venta. El Palmera nunca andaba con cosas raras, él siempre por adelante. Pero Patinho… ¡Dios mío! Él las trabajaba por atrás, pacientemente. Era todo un especialista.”

– “¿Y usted, Makraff?”

– “Doctor, doctor… la picardía le impide razonar. Ya le contaré más detalles sobre mí, no sea impaciente. Por el momento, sepa que poseo una formación casi imposible de igualar en estas tierras. Y por esa razón, ora en sesiones con El Palmera, ora con Patinho, yo me sentaba en esa bodega infernal únicamente para contarles historias mientras ellos rustificaban a las indiecitas una y otra vez. Algunas veces yo les hacía imaginar ciudades lejanas con puertos incansables y palacios llenos de lujo y placeres. Otras veces, pueblos de casitas blancas cerca del mar, sobre costas apacibles y soleadas. Estoy seguro de que nunca entendieron nada. Mis palabras resbalaban sobre sus cueros sobados con semen y sudor. Pero creo que les agradaba mi voz; cuando dejaban de gritar les calmaba los ardores del sexo.”

Sygmund Makraff detuvo el relato para concentrarse en los ojos azules del doctor, en cuyo fondo creyó leer una pregunta.

– “Sospecho que ud. sigue intrigado por el destino de Van Rees…”, dijo el capitán. “El bastardo permanecía en su camarote y sólo de tanto en tanto bajaba a la bodega a revisar el estado de la mercadería. Su ojo era infalible. Cuando ordenaba poner proa hacia el mar sabíamos que las muchachas estaban listas y que en breve cobraríamos. El holandés bajaba con ellas a tierra y les compraba vestidos coloridos y las hacía maquillar y las adornaba con anillos y ajorcas vistosas. Nos las sacaban de las manos, doctor. En ocasiones debíamos defenderlas a punta de pistola.”

– “Por casualidad ¿el holandés está en el Timor?”

– “Como suele suceder en la vida, doctor, con el correr del tiempo la marcha del negocio comenzó a complicarse. ‘El mercado está cambiando’, nos decía el holandés luego de regresar al Timor, usualmente borracho y desaliñado. ‘Ahora las prefieren chinas o tailandesas, lo mismo les da. Las he visto en tierra, son pequeñas, feas y amarillas. Parecen muchachos. Las traen de a montones en grandes barcos. Mi mercadería ya no vale ni la décima parte de lo que solía.’ El muy bastardo comenzó a pagarnos cada vez menos, pero continuamos confiando en sus promesas hasta el mismo momento en que dejó de pagarnos. Un buen día lo hice seguir por un marinero. Van Rees bajaba a puerto e iba derecho al banco… ¡El maldito debía tener una fortuna! Sin salir de mi asombro repetí el procedimiento en varios puertos como para estar seguro. Efectivamente, el holandés se estaba guardando nuestro dinero. Esa fue su sentencia de muerte.”

Continuará…

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11 comentarios en “La historia del Timor (II)

  1. Marina

    Si bien comienzo a reconocer estrellas en la nebulosa no siento que una nos guie a Buenos Aires y a sus dirigidos. No me genera ansiedad. Quiero seguir escuchando a Makraff. Sé que lo vamos a extrañar

  2. Hola Mar! No hay ansiedad. El doctor está relajado, se siente confiado y, a la vez, sabe que no tiene muchas alternativas más que dejarse llevar por el capitán adonde él quiera ir. ¿Qué podría hacer, si no? ¿Tirarse a las aguas negras, rogar que no lo capturen las criaturas de los remolinos y nadar hasta la orilla para seguir a pie? Makraff lo ha tomado de oreja y así seguirá hasta llegar a algún puerto. Lo que no creo es que Makraff vaya a acompañarlo hasta su casa al doctor, así que creo que estás en lo cierto acerca de que lo vamos a extrañar. Creéme que tiene muchas más historias que contar. Mientras tanto, el Timor avanza hacia el sur.
    salud!

  3. nunca un capitán normal? qué es esto? semienanos, holandeses, pelirrojos! qué giunta. dejame a ese makraff y su moral con esas pobres chicas a mí, le voy a mostrar lo que significa rustificación. bueno, él no hacía nada pero igual, estaba ahí. ts.
    un abrazo, estimado.

  4. g.! La clandestinidad no sólo la buscaba el dr. K. La selva puede esconder a personajes tan grises como él. Grises, ni blancos ni negros, ni buenos ni malos. Asesinos bondadosos con razones extrañas, ajenas a los sistemas de coordenadas comunes y corrientes. Y esto no termina acá. vamos conociendo de a poco las historias del capitán, historias en las que el concepto de rustificación se vuelve un arma de juguete en las manos de un infante.
    Hay un trasfondo en tu comentario y lo voy a sumar a la serie de sugerencias, por ahora amables y educadas, que me están llegando para que incorpore protagonistas femeninas. Hay demasiada testosterona en estas historias. Lo estoy pensando, y muy seriamente. Obviamente, no será en breve. Y, también obviamente, será una hembra gris.
    Gracias inmensas por el comment!

  5. Es primordial en este punto, que el Dr. conserve la calma y no apresure la pregunta que pueda sacar a Makraff de su concentración en el relato. Lo mejor es arrimarle leña y escuchar atentamente, para luego aprovechar la información de la mejor manera. Considero que la soltura con que Makraff relata las diversas atrocidades son la herramienta con la que distrae y esconde la capa más profunda y viscosa de esa tripulación. Mientras tanto, la nave va…

  6. MX! Exacto, exacto. Nada sustancioso tengo para agregar al comentario. O quizás una reflexión: cómo se habrá insensibilizado el alma de K de un tiempo a esta parte, con todos los sucesos que sacudieron su vida, para que el relato perverso de Makraff apenas lo muevan a preguntar pavadas mientras espera el almuerzo. Creo que de ahí no se vuelve.
    Abrazo!

  7. Hola minicarver. Efectivamente, Van Rees era un pillo y flor de comercio que se había montado. Y sabía perfectamente a quiénes reclutar para llevar adelante sus actividades. Pese a estar burracho se dio cuenta de que Makraff, aun siendo un adolescente, podía serle extremadamente útil. Tenía un tamaño que lo hacía prácticamente imbatible en el cuarpo a cuerpo, y una fuerza desmesurada para salir de cualquier situación. Y además tenía ganas de vivir esa vida.
    Abrazo, gracias por leer!

  8. Hola micromios! Perdón que no te contesté antes. Acabo de encontrar y quitar tu comentario del spam de wordpress. Creo que sos la primera que reflexiona a partir de estas historias, estoy apabullado. Pero bueno, por ahí va la litaratura, moviendo sesos ajenos. De todas maneras, el doctor es demasiado científico como para entusiasmarse con el fondo del relato del capitán. Apenas lo sigue y realiza preguntas superficiales. Ni siquiera los comenta. Creo que se preocupan mucho más sus amiguitos Nikola y David, pero -claro está- son primates y viven todo más literalmente que los humanos. A ellos tampoco les interesa el sexo (humano). En resumen, el viaje será largo, Makraff se complace en contar sus historias y nuestros amigos tratan de pasarla lo más tranquilamente posible. Fijáte cómo sigue esto —-> La historia del Timor (III).
    Gracias por leer y comentar!

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