Un malabarista

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Cuento leído en la Fiesta Psicofango #12 el 24/11/2013. <Ver el video>.

La clava se detuvo en el aire a más de 10 metros sobre el semáforo. Hasta donde podía recordar, el malabarista jamás la había arrojado tan alto. Me alegré por él. Desempolvar viejas pruebas y sacudir otra vez el límite entre la ilusión y la Física podría rendirle más monedas. Yo sabía que las propinas, por costumbre o por compasión, salían siempre de los mismos autos, lo conocían de memoria, y él parecía estar contento así. Pero era imposible que pudiera vivir con tan exiguas ganancias. Además, la rutina con las clavas ya no sorprendía a nadie, y como a su edad no se anda improvisando, la posibilidad de que la renovara era nula. Hacía un tiempo que su obsesión por los tres círculos de color se había esfumado, y sentado en el cordón con la cabeza en las manos y la clava entre las piernas contemplaba el mar de autos. Para colmo, el artista de la bola de cristal era la nueva estrella de la esquina.

—¿De dónde sacó esa fuerza? —preguntó el encargado del edificio vecino, que había entrado al kiosco a manguearme fasos.

La rutina del malabarista era tan de la esquina como el palo borracho y el viejo buzón. Se plantaba frente a un auto, así como ahora ante la 4×4, y hacía girar las tres clavas apenas sobre su cabeza. No las controlaba; con su mirada fascinaba al conductor mientras abría un bolsillo elástico disimulado entre los pliegues de la camisa. Segundos después, las clavas caían en fila india dentro del buche. Hasta la segunda fila solía darle monedas. Le respondí que no sabía, que —creía— tenía que ver con la llegada del artista de la bola de cristal, y que maldito el momento en que lo dejó entrar.

Al principio, y seguro que porque al flaquito le daba cosa, se turnaban las luces rojas y dividían las ganancias en partes iguales. Ese arreglo le cayó del cielo al malabarista, que pasó a disfrutar de un descanso pago cada dos minutos. Menos por diestro que por novedoso, el artista de la bola de cristal pronto se convirtió en la gran atracción. Fue entonces cuando copó la parada, y con los bolsillos repletos de monedas no dudó en dejarle al viejo únicamente los descansos.

Todo el asunto me sirvió para darme cuenta de lo poco que conocía al malabarista más allá de sus canas, su aspecto gastado y su aparente desgano. Alguna razón habría para que yo, injustamente, supusiera la aspereza de su espíritu. Por eso un día, con el pretexto de facilitarle un sánguche me senté a su lado en el cordón. A esa altura se respira asfalto, se sufren estridencias y los autos pasan tan cerca que hay que cogotear para ver las nubes y el cemento de los edificios de enfrente.

—¡¿Que cómo se llama?! —le grité al oído.

Aceptó el regalo. Masticaba tan despacio, o tragaba tan lento, que la boca nunca se le vaciaba. Tuve la impresión de que el sánguche lo había hecho sincronizar de nuevo con el semáforo. El almuerzo le duró justo una luz verde y el amarillo le dio el tiempo exacto para alcanzar el medio de la calle. Desde ahí, levantando el tono de su voz ahogada me respondió algo parecido a gracias. Al regresar a mi mundo de golosinas decidí que desde ese entonces lo llamaría Gracias.

Fue evidente que perder la mitad de los ingresos lo golpeó duro a Gracias, que al no reaccionar y sacar a patadas a ese intruso parecía haber confundido a la mala suerte con el destino. Día tras día, sus descansos se hicieron más largos; por poco no eran pequeñas siestas de varias luces rojas. Entonces, el muchacho de la bola de cristal aprovechaba para hacer tiradas más largas o para invitar a otros artistas como el rubiecito de las argollas o la chica de las cintas de colores. En esos días, Gracias, lo que nunca, adquirió el hábito de irse a las cinco. Eso fue después del choreo de las clavas, en una de esas siestas. No tendrían más de doce, trece años los pibes. Iban en en bicicleta. Se llevaron dos de las tres y el viejo ni siquiera mosqueó.

—El que es bueno, es bueno con cinco, con tres o con una, como Bobby May —dijo el encargado restándole importancia al problema. Pero al notar mi silencio agregó…

—Olvidáte, el viejo ya es historia. Además, la esquina se puso bárbara con este flaco.

Odié ese comentario porque desnudó un dilema, porque algo de razón tenía. Los autos se habían multiplicado, cada vez más gente venía a cruzar por esta esquina y no por otra, y mi kiosco florecía. Por suerte, aunque sólo de vez en cuando, el artista de la bola de cristal se hacía a un lado y dejaba que el viejo ganara una monedas. Como ahora.

—¡Ahí cae! —gritó el barrendero, con la nuca apuntando al piso y la diestra como visera. No mentiré que la esquina se paralizó, ni que a los peatones se les cayó la mandíbula. Sólo el encargado y yo contuvimos la respiración cuando vimos el bolsillo elástico relajado y la señal amarilla para poner primera.

Por un instante, la clava en picada se tiñó de verde, y no hay malabar que pueda con la luz verde. Con los brazos colgando y los ojos apretados, Gracias se había hecho uno con el asfalto para sentir en su cuerpo el golpe y el rodar de la clava. La primera fila aceleró. Como un rayo, el artista de la bola de cristal saltó a la calle y rodeando al malabarista con sus brazos lo arrastró a la vereda. La clava descuidada le hizo un bollito al capot de la 4×4. El hombre lo puteó un rato al pobre viejo aturdido en la vereda, metió la clava en la cabina y arrancó. Nos era imposible no percibir la desolación en el alma de Gracias.

—¿Cómo está? ¡Hable, hombre! —lo apuraron los peatones, que se calmaron con un absurdo bien.

Debieron pasar tres o cuatro semáforos para que la esquina volviera a ser la misma, o casi. Los curiosos se habían ido. El encargado tiró la colilla al cordón y el barrendero se alejó empujándola. El artista de la bola de cristal, que había empezado una rutina muy entretenida con la chica de las cintas, ya tenía un público nuevo que los aplaudía con admiración. Y mezclado con la gente, lo admito, estaba yo, tan fascinado por el nuevo número que apenas le presté atención a ese anciano que con el bolsito vacío al hombro, en ese mismo instante, justo a las cinco de la tarde, dio vuelta la esquina y se dejó llevar por la marea.

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Por la amistad que nos une

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Esta es una anécdota en partes: la 37ava en la saga del Dr. Kovayashi.

En determinadas ocasiones, los hombres que se regocijan con el ejercicio intelectual deberían darle cabida a las corazonadas antes de proceder a la acción, aun cuando luego expliquen sus aciertos o fracasos con sólidos argumentos teóricos. Así lo entendía Kovayashi, quien a pesar de no tener claro el por qué de ciertas órdenes, había enviado a sus adláteres a que encendieran una gran hoguera y que descolgaran las jaulas con las aves muertas. Días después, en circunstancias que a su debido momento serán narradas a los lectores, el doctor no encontró más justificación para los hechos que el instinto de supervivencia y la necesidad de retomar la marcha.

Anochecía. Kovayashi se hallaba mesmerizado por la sensualidad de las llamas cuando una idea fugaz lo impulsó a abrir de nuevo el sobre. Al meter la mano, esta vez hasta el fondo, sus yemas reconocieron una textura diferente, un papel suave que aun doblado al medio sobresalía entre los billetes. Su mente racional entendió que no podía ser otra cosa más que una nota del Sr. X, y por eso se apresuró a leerla.

“Una excelente respuesta, doctor. Algún día el mundo comprenderá, como usted, que se puede prescindir de la verdad pero no del amor. Espero que sepa disculparme, he sido muy descortés al sedarlo como a un animal salvaje y luego partir sin decir adiós. Pero sé que hice lo correcto. No puedo mentirle, anoche no le perdoné la vida, aunque lo habría hecho de haberme contestado usted incorrectamente. Por eso, mi amigo, dado que nada puedo exigirle sólo habré de pedirle un favor muy importante: encuentre la tumba donde yace mi familia y permítame descansar sobre sus restos. Mañana por la tarde -ya he arreglado los detalles- un helicóptero lo estará esperando en el embarcadero sobre el río negro para transportarlo hacia el noroeste. El piloto lo bajará cerca del lugar, que la selva debe de haber cerrado por completo. En el sobre encontrará dinero suficiente para compensar los gastos y las molestias. Más allá de eso, sólo le deseo buena suerte. Por la amistad que nos une, X.”

La nota se desligó de la mano y cayó al suelo como una hoja marchita. Él la siguió con atención mientras pensaba que esos vaivenes no eran sino un eco de sus vacilaciones. “¿Qué debo hacer?”, se preguntó una y otra vez, sabiendo que ninguno de los que lo rodeaban -ni los micos, ni los fantasmas de Scalisi, W y Rómulo- podían ayudarlo en su decisión. Un solo detalle de lo leído lo había alegrado: estaba a un día de un embarcadero, y un embarcadero implicaba la chance de conseguir una barcaza que lo llevara lejos de allí. Pero el resto era indigerible como un trago de fuel-oil. De cumplir el pedido del Sr. X terminaría quién sabe dónde hacia el noroeste, cada vez más lejos de su casa. Cierto era que había desarrollado una simpatía por ese infeliz y que dejarlo en el campamento sin los huesos de aquellos familiares a los que había masacrado a sangre fría quizás fuera condenarlo al desamor eterno.

Tras varios minutos de silencio y concentración, Kovayashi volvió en sí y a voz en cuello ordenó a David y Nikola que le trajeran el cadáver del Sr. X. Sin importarle que la noche se había cerrado, se echó al hombro la mochila.

– “¡Muévanse, bestias, que el camino será largo y la noche muy negra!”


Atardecer

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Esta es una anécdota en partes: la 36ava en la saga del Dr. Kovayashi.

– “Un escorpión amarillo”, exclamó K., satisfecho de haber confirmado su diagnóstico.

Minutos después, al no encontrar mayores motivos para permanecer en la choza, giró sobre sus talones y con pasos exagerados volvió al exterior. Ya fuera por el manoseo o por la evolución normal del rigor mortis, el cadáver del Sr. X dio un pequeño respingo en la tumbona, y la esquina de un sobre de papel madera asomó bajo su trasero. Los ojos de David, quien aún sentía hostilidad hacia el muerto por cómo había tratado al doctor, se iluminaron. Tomó con premura el sobre y al ver que llevaba una inscripción manuscrita en el dorso corrió a toda carrera hasta donde se encontraba Kovayashi.

Impulsado por la curiosidad y el asombro, como todo buen científico, lo abrió sin demorar. Ante la mirada impávida de los dos monos, Kovayashi extrajo un grueso fajo de euros, tan compacto que los billetes, todos de 500 €, parecían recién fabricados. Con precisión de banquero suizo, el doctor dividió el fajo “a ojo” en siete partes iguales. Las dos primeras se las entregó en mano a Nikola, quien acusó con un chillido apagado el peso de la responsabilidad. Lo mismo sucedió al darle el segundo par de fajos a David. Un tercer par fue a parar bajo su propio calzado, mientras que el séptimo restante fue el único en ser obsesivamente contado y recontado. Después de realizar mentalmente dos multiplicaciones sucesivas, K. tuvo la certeza de que aquel sobre contenía, en total, la nada despreciable cantidad de 280.000 euros. Una vez devuelto al sobre el 100% de los billetes, ambos primates comenzaron a dar brincos y a corretear por el campamento, ajenos a la mirada reconcentrada de Kovayashi.

Por ese entonces, la luz del sol penetraba en la selva de manera tan oblicua que el contraste entre las áreas sombreadas y las iluminadas obligaba a entrecerrar los ojos. Era el instante mágico que precede al crepúsculo, cuando cada árbol, cada animal y cada bruma que se desprende del suelo se tiñe con tonalidades que van desde el anaranjado hasta el rosa. No obstante, esa tarde la selva oscureció prematuramente, como si el silencio amargo que reinaba desde de la matanza de las aves hubiera ahogado toda luz, todo perfume y toda magia. Era la misma amargura que se había adueñado del alma de Kovayashi, para quien la palabra doctor en el sobre encerraba un mensaje que excedía lo obvio, un significado que recién alcanzaría a vislumbrar con la llegada de la noche.


El largo camino a casa

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Esta es una anécdota en partes: la 33a en la saga del Dr. Kovayashi.

De haber recordado sólo algunas de las lecturas de su juventud, aquellas que distraían sus tardes como El Sargento Kirk o Apache, el doctor habría tomado ciertos recaudos antes de partir. Pero como suele sucederle a los hombres cuando actúan sin vigilar sus impulsos, Kovayashi, sin darse cuenta, estaba escribiendo en su historia un hecho cuyas consecuencias lamentaría por toda su existencia.

“Los largos años de lucha contra los indios
le habían dado al Sargento Kirk
un instinto animal de presa
y una infinita paciencia.”

Antes de abandonar el aguantadero se echo al hombro un morral deshilachado con los mínimos bártulos necesarios para el regreso. Provisiones, bebida, machete y un encendedor a bencina. Sabía por experiencia que el camino sería largo e inseguro, pero esta vez contaría con dos adláteres como David y Nikola. También llevaba los cuentos de Feather y Teller ya que aún le faltaba terminar la historia del Gringo y otros cuentos. Y para las eventualidades que, estaba convencido, surgirían durante el viaje llevaba en un bolsillo la filosa estrella que meses atrás le había obsequiado el Dr. Yang.

“Lo que ahora veía sobre el horizonte
no eran nubes sino señales de humo
que escribían en el cielo
sobre territorio Pawnee.”

Una vez fuera de la choza sintió que el amanecer le erizaba la piel como una tricota de estopa. En siete meses de selva había conocido docenas de espíritus salvajes, y el frío era uno de ellos. Por eso permitió que se le metiera por cada uno de sus poros. Al cerrar los ojos creyó estar oliendo las flores de su jardín y escuchando el traquetear apagado de los neumáticos en los adoquines. Pero el espíritu de la música, el más añorado, ése era ajeno a la selva. Hacía que las tripas del doctor hirvieran con el recuerdo de la Obertura 1812. El pecho del doctor exageraba la emoción del retorno mientras sus manos inquietas jugueteaban con el encendedor. Había aguardado con paciencia el momento de eliminar sus rastros de la faz de la tierra. Por eso su corazón y, por empatía, los de sus primates amigos se inflamaron cuando la choza estalló con un woof sofocante y abrasador que, hambriento, la hizo arder hasta el suelo. Ya se encargarían la selva y la fotosíntesis de rellenar el claro en poco días.

“Desde antes del amanecer cabalgaba por el desierto.
Ni él mismo sabía adónde iba. Lejos, eso sí.
Quizás a reunirse con los restos de los Tchatogas,
entre los que tantos estragos hiciera su carabina.”

“En marcha”, gritó Kovayashi, y cinco minutos después toda la troupe se abría camino animadamente a través del sotobosque. Nunca se había imaginado tanta compañía para el retorno. David y Nikola iban en sus hombros y Scalisi, Rómulo y la Sra. W. caminaban 30 metros por detrás. Por último, en un dosel imaginario de epífitas y lianas, α y β cumplían su palabra de llevarlo hasta la frontera.

“Así fue cómo el sargento Kirk, el teniente,
los soldados y el cacique prisionero
emprendieron la marcha hacia Fort Sherman,
adonde ninguno llegaría jamás.”

A pocos kilómetros de allí, un hombretón sucio y barbudo apostado sobre una torre disimulada en la vegetación avistó la columna de humo. Dejó por un instante sus binoculares y encendió el intercomunicador. Abajo, en el campamento, los traficantes de fauna escucharon con estupor sus dos palabras. “Tenemos visitas”. Al unísono todos amartillaron sus revólveres.


La culpa no es del toro

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Llegamos a la quinta entrega de la saga telúrica del Gringo y la Lucecita, una colaboración literaria con el Sr. MX y publicada también en su blog cuento * chino. ¡No se lo pierdan!

Los piojosos  |  Bajo el agua&nbsp:>

No solamente niebla había traído la primavera, sino también una seca brutal que de a poco fue convirtiendo al arroyo en un alambre de vidrio. Entre las crostas desordenadas del lecho marrón, la vida y la muerte se las arreglaban para seguir adelante. Y los chimangos, de parabienes. Pajarracos de porquería. Con ojos turbios y desafiantes calculaban el resultado de la deprimente ecuación; mucho animal sediento, poco pastizal en pie, apenas yuyos… mucha víbora. No era raro que en ocasiones, al irse la niebla, quedara a la vista alguna osamenta de vaca desparramada sobre la tierra. Desorientadas, pisaban a las cruceras; al rato flaqueaban las patas y se recostaban suavemente sobre un costado. Se entregaban mansas e ignorantes a la muerte lenta. Después, los gases de la pudrición las inflaban, las deformaban, las transformaban en carroña. Un espectáculo feo para cualquiera, salvo para los chimangos que esa mañana amanecieron alrededor del cuerpo helado del peón Juan Gauna.

Al mediodía el aire estaba limpio y no había nubes que se animaran a tapar el sol, como si la niebla se hubiera retirado de golpe para facilitar el hallazgo macabro.

“¿Ve usted lo que yo, comisario?”
“Yo estoy viendo lo que usted verá en un rato, Carlini.”

Justo Becerra y el oficial Carlini bajaron por la pendiente. Carlini seguía al comisario un par de pasos atrás, un poco porque iba anotando prolijamente sus observaciones y otro tanto porque que era cortito como tranco ‘e pollo. Ambos sabían que la naturaleza tenía sus propias leyes, seguramente cercanas a las de Dios, si es que éste existía. No poseían el espíritu rústico de la gente del campo, aunque sí un olfato muy delicado al momento de rastrear a quienes se apartaban de las leyes del Hombre. Odiaban el haberse mojado los zapatos, las medias y los pantalones del uniforme con el pasto aún húmedo, pero no lo hablarían hasta llegar al patrullero, en privado. Los sabuesos tenían un motivo muy poderoso para estar ahí: el segundo cadáver que en pocos días había aparecido en la órbita de la estancia. Al llegar al potrero de los toros, un hombre con cara de pocos amigos los recibió con la diestra extendida.

“Barzola, a sus órdenes.” Antes de las presentaciones de rigor, los oficiales cruzaron una mirada inequívoca.

El lote estaba vacío. Carlini echó un vistazo rápido y comenzó a caminar meditando cada pisada. Avanzaba dos pasos, se detenía, miraba el cielo, anotaba en la libreta, daba un paso más, volvía la vista hacia Becerra y Barzola, avanzaba. Le llevó cinco minutos llegar hasta el esquinero contra el que estaba apoyado el cadáver. Era evidente que lo habían movido hasta allí, nadie se muere de una cornada de toro y queda acomodado de manera tan gentil. Hasta Carlini sabía eso. El pobre Gauna tenía la espalda apoyada contra el esquinero y la cabeza ladeada como tomando una siesta contra el alambre de púa. Carlini espantó con un gesto a dos chimangos irrespetuosos que le picoteaban la cara. Uno de ellos se alejó con un aleteo desprolijo; de su pico colgaba la gelatina albiceleste que Gauna solía llevar por ojos. Bichos de mierda, pensó Carlini. Miró el cuerpo del peón sin emoción alguna, no era el primer muerto que le tocaba inspeccionar. Sobre el pecho descubierto de Gauna se veía la cornada limpia y brutal; tenía la camisa pegoteada con tierra y sangre, varios rasguños en los brazos y los puños apretados. El ojo izquierdo, que se había salvado del saqueo de los pajarracos, sostenía una expresión que Carlini no pudo evitar reconocer. Mientras el comisario y el capataz seguían hablando desentendidos, se puso a inspeccionar, usando el lápiz como herramienta forense, las evidencias que el cuerpo ya tieso de Gauna le brindaba.

“Espesa la niebla…, dijo Becerra mirando fijo a los ojos de Barzola.
“Ajá”, respondió Barzola secamente. “A mí no me disgusta del todo, lo que tiene de malo es que en mañanas así la peonada se me resiste a arrancar. Les falta coraje, se ve.
“Parece que a éste no le faltaba. Pero ahora no le quedó nada, le falta todo.”
“Ah, el pobre Gauna, la excepción a la regla. Un tipo diferente a las otras lacras. Una lástima.”
“Una lástima, pero lo mandaron a arreglárselas a tientas con animales tan peligrosos”, retrucó Becerra sin bajar la mirada. “¿No le parece, mi amigo?”
“Cosas del patrón… y del agrónomo. Yo obedezco nomás. De lo único que entiendo es de órdenes, no de propósitos, comisario. El patrón no está, pero si quiere le llamo al ingeniero.” Barzola extrajo de su campera un cigarro armado y le dio mecha con un encendedor de bronce algo desvencijado.
“¿Y el toro?”, preguntó Becerra ignorando las últimas palabras del capataz.
“Andaba nervioso, así que tuvimos que llevarlo con los demás al lote del fondo. Si estuviera acá ni usted, ni el inspector, ni yo estaríamos conversando tan tranquilos. Martínez es una fiera.”
“¿Martínez?”
“Así se lo llama. No me mire raro, yo no le puse ese nombre.
“Al oficial Carlini y a mí nos gustaría verlo más de cerca…, arremetió Becerra mirando con ojos entrecerrados para el lote del fondo, donde la torada se mantenía todavía ajena a la tragedia.
“Como guste, ya le mando un peón para que los acompañe. Yo debo disculparme, pero un asunto urgente me reclama. Si no tienen más dudas…”

Barzola se dio vuelta y levantando los brazos llamó a uno de sus hombres. En ese momento, Carlini se acercó hasta los dos hombres. Se paró a la par del comisario y sin que Barzola lo notara le puso algo en la mano a Becerra. Éste lo palpó con la palma y las yemas, pero ni siquiera amagó mirar de qué se trataba. Entre los dedos agarrotados del cadáver de Gauna, la pericia de Carlini había descubierto un pedazo de piolín de unos treinta centímetros de largo; su olfato para aquellos asuntos le decía que se trataba de una pieza importante para entender el accidente entre el malogrado Gauna y el angus reproductor.

“No por ahora. Vaya nomás”, dijo el comisario, expeditivo.
“Por acá estaremos”, respondió el capataz.

Los tres hombres se estrecharon las manos como estudiándose la fuerza y la astucia. El peón que había llamado Barzola llegó hasta ellos.

Acá está…, comenzó a decir Barzola, pero el comisario lo interrumpió sin que pudiera terminar la frase.
“El Gringo. Ya nos hemos visto las caras.”
“Buenos días. Comisario, oficial…” La voz reposada del Gringo llevaba la misma serenidad del primer interrogatorio, tras el homicidio del Lorenzo.
“Acompañe a los oficiales al lote cuatro, a ver a Martínez.” Barzola finalizó la conversación y apurando el tranco por la pendiente se alejó del potrero.

Una hora más tarde, Becerra y Carlini se quitaban los zapatos y las medias empapadas dentro de la relativa comodidad del patrullero. Habían hablado con el Gringo sin poder obtener mayores detalles. Si bien parco, el hombre parecía sincero en su desconocimiento de los hechos. Al menos, esa era la impresión que le había causado a Carlini y que quedara registrada en su libreta de notas, además de una disquisición humanizada del instinto asesino de un Martínez que lamía de su cuero la sangre seca de Gauna. De todas maneras, se le recomendó que no se alejara de la estancia. El comisario, ensimismado, pensativo, escuchó el informe preliminar de Carlini mientras jugueteaba con el piolín, estimando su resistencia y olfateándolo de a ratos. Cuando el oficial hubo terminado, Becerra levantó la mirada, arrojó la prueba sobre la libreta y poniendo en su voz un tono afectado por la soberbia dijo:

“Si mi olfato no me engaña, hemos estado hablado con el asesino.”

Versión imprimible -> La culpa no es del toro

La cita estaba agendada

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Desde la comodidad de su exilio, el Dr. Kovayashi emprendió la lectura del manuscrito de Feather y Teller. Para su sorpresa, no se trataba de una novela sino de una cantidad de cuentos relativamente largos y no relacionados entre sí. Kovayashi no resistió la tentación de corregirlos y modificarlos; después de todo, así era su espíritu y eso pretendían Heriberto y Ferdibaldo. A continuación, “La cita estaba agendada”, el primero de los cuentos que el Doctor dejara listo para publicar.

El mareo no le dejaba discernir qué era peor, los quince minutos de espera sobrevolando Ezeiza o haber iniciado finalmente el descenso. Desde que tenía uso de razón sentía pánico de los aterrizajes porque sabía que siempre están ahí, al final del viaje, cuando las ruedas tocan la pista y el avión se descontrola hasta terminar convertido en una bola de fuego. El vuelo desde Barajas había sido óptimo, y aunque no había podido pegar un ojo, Elena se sentía entera, incluso al punto de pensar en ir directamente a lo de Sardinero. Allí terminaría de editar el manuscrito de su primer libro, una selección de sus mejores cuentos cortos. Pero antes había que aterrizar, y por eso mantenía los ojos cerrados desde hacía, al menos, quince minutos. Cuando se escuchó el “ding” que instaba a abrocharse el cinturón, los abrió de par en par el tiempo justo para que, tal vez por obra del azar, su mirada se topara con la del muchacho de traje y barba entrecana. Cuatro butacas más allá, él levantaba su pulgar y enarcaba las cejas como preguntándole cuán bien o cuán mal se encontraba. Elena le contestó afablemente el gesto y volvió al resguardo de sus párpados cerrados. El Boeing aterrizó suavemente en Ezeiza.

¿Y vos?, le preguntó ese muchacho que andaría por los 50, que se llamaba Juan y que se había sentado a su lado en el micro que los transportaba al centro de Buenos Aires. Él le confesó que después de quince años en Sevilla aún seguía detestando a los porteños por ser tan cínicos de mantener mugrienta la ciudad y hacerle perder paulatinamente su distinguido charme europeo. No obstante, la vida había querido que sus dos hijos nacieran porteños, y por ellos era capaz de hacer la excepción de regresar un par de veces por año. ¿Yo?, respondió distraídamente Elena mientras fantaseaba con tener treinta años menos y cambiar a Sardinero por dos días de hotel con ese desconocido. Ahora, con cincuenta y cinco pirulos, sola después de varias parejas, se llevaba muy bien con varios amigos madrileños y veía con simpatía las redes sociales cuando la literatura se quedaba vacía de inspiración. Antes de responder, justo antes de bajar en el obelisco y despedirse de Juan con un hasta siempre, no pudo contener una andanada de recuerdos: aquellos días previos a escapar de Argentina, la mañana en la que dieguito, el riojano y el flaco levantaron la copa en Japón, cuando se llevaron a sus compañeros de Letras… Era el ’79, imposible confundirse, el espanto recorría las calles y la militancia se había vuelto un suicidio consciente. Todo estaba tan jodido que ese día no entró a la Facultad ni volvió a su casa; ignoraba que no regresaría allí nunca más en la vida. Por fortuna, Sardinero, arrastrándola de un brazo y tapándole la boca para que no gritara, la metió en el baúl de su Dodge Polara y la escondió en un altillo del caserón que poseía en Parque Chacabuco. A los otros cuatro los chuparon en la Facultad a pleno día y frente a todo el mundo. Una semana después, el profesor le entregó un pasaje de avión y la besó en la coronilla. Es por tu bien, le dijo, tarde o temprano te van a encontrar, como a tus amigos ¿viste? Hoy por hoy no existe un escondite seguro… Elena tuvo que morderse los labios para no insultar a quien le había salvado la vida. ¿Y qué voy a hacer allá, profesor? Quedarte y no volver, eso vas a hacer… Y escribí mucho, mirá que tenés pasta para eso, le dijo mientras cerraba la inmensa puerta de hierro, madera y cristal. Lloró diez minutos en la fuente del parque y luego emigró. Treinta y dos años en España… Si bien una carta manuscrita al año fue su único vínculo con Sardinero, debió de pasar mucho tiempo hasta que en 2010 se permitió preguntarle esa duda que llevaba como un cáncer dormido: ¿qué habría hecho él si los corruptos la hubieran encontrado? ¿La habría entregado así nomás o se habría jugado por esa estudiante a quien sólo quería porque redactaba mejor que el resto? Esa carta nunca tuvo respuesta. De los hombros de Juan colgaba una mochila amarilla y azul que le arrugaba el saco. Yo también vivo en Madrid, respondió ella, y segundos después, ya perdido él en la muchedumbre de Corrientes, agregó un nostálgico hasta siempre.

Vaya a saber qué la impulsó a cambiar de planes y caminar directamente hasta el hotel. No fue esa ligera molestia en la punta de la lengua, tampoco el cansancio ni la urgencia de cafeína en las venas, y mucho menos las ganas de beber un trago. Tenía el estómago revuelto y aún faltaban muchas horas antes de la cena. Maldijo. Las veredas de la calle Lima la acogieron como si nunca se hubiera ido, y eso la ayudó a olvidar que sus bártulos pesaban como si los hubiera rellenado con barro. Además, había tanta humedad en la atmósfera que el vapor de la transpiración se condensaba apenas abandonaba los poros. Así ingresó al hotel, empapada en sudor. “Bienvenida a Buenos Aires”, la saludó un conserje parecido a alguien que no pudo precisar, y un botones ridículamente uniformado la guió hasta su habitación.

La ciudad está igual, dijo Elena al ver por la ventana los palos borrachos en flor; o mejor dicho, está irreconocible, se corrigió tras advertir el embotellamiento en la ancha avenida. Apoyó la nariz sobre la línea vertical del cristal biselado, cuidando de que a cada ojo le correspondiera una faz; así, como jugando, descubrió una baires fantasmal y rió cuando vio al Quijote y a Rocinante atrapados en una escultura inconclusa. Estaba sensible. Se preguntó hasta qué punto tenía sentido lo que estaba haciendo, eso de haber regresado para vera a Sardinero; había otros caminos, otras formas para ser escritora… En el cielo flotaba una nube. Necesitaba encontrar un punto de contacto entre esa ciudad irreal y la verdadera; seguramente existía, pero no era obvio. Los herrajes de bronce y la bañera de fundición demostraban que el hotel era de otra época, cuando los objetos se fabricaban para perdurar. Quizás algún huésped parado en este mismo lugar, imaginó Elena, haya visto los aviones sobre Plaza de Mayo durante la Revolución Libertadora. Ahora no eran aviones sino carteles de publicidad, cientos de ellos, erguidos sobre los edificios de la avenida cual guardianes de los cielos. Eran las 15:10 cuando notó que aquella inquietud en la lengua se había convertido en dolor. Espeleología, pensó. Llevaba horas insistiendo sobre una semillita de tomate trabada en el hueco de un molar. Juró no volver a dejarse estar. Un instante después, con la carpeta de cuentos abierta sobre el colchón de su pubis desnudo, Elena, recostada, semidespierta, pensaba que Buenos Aires siempre había sido (y seguía siendo) una ciudad indescifrable. Como las imágenes que atraviesan los cristales biselados.

La parada del colectivo era un fresno con una chapa oxidada que decía “126”; sin la ayuda de un kioskero habría tardado muchísimo en descubrirla. Se resignó, ahora llegaría tarde a lo del profesor. Le pareció que no sería conveniente contarle el sueño que acababa de tener. Nunca había vuelto a usar los nombres de pila de sus compañeros, sólo eran el chino, el negro, la turca y la tana, gente excelente que admiraba al Ché y que estaba al tanto de lo que sucedía en el país. Gracias al negro tenían acceso a unas máquinas en un sótano, él les hacía el service y por eso entendía cómo funcionaban; allí imprimían los volantes que intercalaban en los apuntes, todo en un supuesto gran secreto. Ahora, los cuatro habían reaparecido para darle la bienvenida. Elena siempre los soñaba igualitos: llevaban las ropas de aquellos días, la turca estaba maquillada y el negro lucía su típica barba descuidada. No bien comenzó a insistirles con parar todo y rajar, sus amigos se convirtieron en sombras que la empujaban hacia un aula a oscuras en cuyo escritorio la esperaba Sardinero. Elena se despertó con el espíritu dolorido, lastimado por el ir y venir de ese rallador de queso que es la memoria. Y como no por nada había viajado a Buenos Aires decidió salir del hotel y tomar el 126 hasta Almagro, donde vivía Sardinero. Por cierto, Sardinero tampoco era el nombre real del profesor.

* * *

Qué semillita de porquería, masculló Elena al sentir su lengua al borde del infarto. Ubicó un asiento libre al fondo del colectivo. Allí notó que su bolso de mano llamaba demasiado la atención, no tanto por el color ni por el diseño, sino porque estaba hinchado de papeles, a saber: la carpeta con los cuentos y 31 cartas que tendría que haber dejado en Madrid. Una por año no es poco si no hay de qué escribir, reflexionó a la altura de Entre Ríos. Sin embargo, todas eran gruesas, llenas de consejos y citas literarias. Leerlas implicaba decodificar la letra ganchuda de Sardinero, quien por propia voluntad nunca se había subido al tren del email pero disfrutaba horrores a la hora de usar papel, tinta y estampillas. Treinta y una cartas… cualquiera podía deducir que la número 32 nunca había llegado a Madrid. Elena bajó una parada antes. Necesitaba tomar aire.

Almagro era lo más parecido a una patada en los dientes. Compararlo con Parque Chacabuco, antiguo amor del profesor, era una canallada que Elena no podía evitar. Frente a una puerta de madera sin molduras revisó una vez más la agenda, no fuera que por error… Mas no, la dirección era la correcta, Maza XXX. La fachada era tan horrible como el barrio. ¡Cuánto debió haber sufrido la mudanza! En un taller mecánico vecino escuchaban cumbia a un volumen altísimo aunque insuficiente para tapar el compresor y los escapes de los colectivos. Ajeno al averno de la calle, el timbre en el interior de la casa sonó con dulzura; Elena, aturdida, no podía saberlo. Tocó dos, tres, cuatro veces, golpeó fuerte con los nudillos, esperó, y de no haber sido porque se dio media vuelta para retornar, seguramente nunca le habrían abierto. Ella era de creer en esas cosas. La voz de contralto que la invitó a pasar merecía provenir de un cuerpo masculino pero se trataba de una mujer, una enfermera corpulenta cuyo guardapolvo blanco era el contraste ideal para sus hermosos rasgos oscuros. La está esperando, dijo al atravesar un living diminuto con olor a sanatorio. Elena infirió que algo no andaba bien. El hombre tuvo un ACV hace cuatro meses; pero no vaya a creer, a veces se enchufa…, comentó animadamente la enfermera. Pero Elena hubiera preferido salir corriendo antes que entrevistarse con un viejo más muerto que vivo. En el cuarto halló una pasa de uva hundida en la cama, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Cómo es posible que “eso” esté esperándome?, preguntó. Es que usted está agendada desde hace como un año, respondió la enfermera mientras se echaba la cartera al hombro y se iba. La reemplazante llegaría pronto. Hasta entonces habrían de quedar a solas. Elena sintió que la desilusión se le hacía humedad en las mejillas.

¡Cuánto vaciló Elena antes de acercársele! No por temor a despertarlo, puesto que lo hubiera preferido vivaz como antes, sino por miedo a que estuviese realmente muerto. También imaginó que el viejo podía estar fingiendo y alerta; lo imaginó con el cañito de la enema entre los dientes, presto a saltarle encima no bien le diera la espalda. ¡Qué pavota!, eso únicamente sucede en los filmes de Hollywood, se reprochó mientras apoyaba el bolso abierto sobre las piernas de Sardinero. Era imposible que supiera cuán tarde llegaría la segunda enfermera a tomar la posta, por lo que muy de a poco la ansiedad le fue corroyendo las tripas. Muy pocas escritoras habrán pasado estas peripecias con su mentor, razonó; o no, quién sabe… al menos yo debería repensar eso de considerarme “escritora”. Tomó delicadamente las muñecas del hombre y las levantó hasta que el manuscrito encarpetado quedó asegurado contra su pecho. Tenía la esperanza de que pronto se enchufara, como dijera sin demasiada ciencia la enfermera. Ciertamente, odiaba que el viaje culminara de esa manera, mas poco se podía hacer salvo esperar que apareciera el reemplazo y rezar para que el viejo se despertara, si es que eso tenía alguna chance de ocurrir.

Como a menudo les sucede a los escritores noveles, Elena también tenía vicios profesionales desde antes de comenzar su carrera. Ejemplo de esto era su debilidad por las bibliotecas. Si contenían obras clásicas y ediciones lujosas, mejor, y si cubrían de punta a punta una pared, como la de Sardinero, la debilidad se convertía en fascinación. El estante superior estaba dominado por obras de Borges. Los tres estantes inmediatamente inferiores contenían literatura inglesa en inglés: desde Samuel Taylor Coleridge hasta Orwell, y ediciones comentadas de Marlowe, Kipling, Wilde, Melville y Chesterton. También encontró las obras completas de Stevenson, Dickens, Shelley y, obviamente, Shakespeare. Elena los conocía, aunque poco y nada había leído de ellos. Por último, los dos estantes más bajos contenían una miscelánea que no merecía ser comentada. Y más abajo, un majestuoso escritorio que parecía sostener la masa de libros como Atlas la bóveda celeste. El polvo que lo cubría no daba lugar a dudas: nadie lo había utilizado en mucho tiempo. En ese momento, Elena creyó que el viejo había despertado, pero se equivocaba, la traicionaban sus nervios. Pese a que se consideraba una persona menos curiosa que perspicaz, descubrió sobre el escritorio un área rectangular en la que la capa de polvillo era más delgada. Evidentemente, alguien había quitado el objeto sin molestarse luego en limpiar. Miró velozmente a su alrededor mas no halló en todo el cuarto ninguno que pudiera haber dejado esa marca. Debe haber sido un papel, dedujo Elena, y en ese caso, pensó, las dimensiones me resultan en extremo familiares. Una corazonada la impulsó a abrir el cajón principal, de cuyo interior escapó una ráfaga de aire frío. Había vuelto a presentir la mirada horizontal del viejo, quizás invocándola en silencio o, por el contrario, ignorando quién era esa extraña que husmeaba entre sus cosas. Elena sabía que ese frío no era sobrenatural. Dentro del cajón abierto, Elena había leído su seudónimo escrito con tinta negra en el anverso de un sobre cerrado y sin estampilla. No lo pensó dos veces: tomó la carta número 32 y se la guardó entre la ropa. Caminó hasta el borde de la cama como quien se aproxima por primera vez a la pecera de un ajolote. Ahora Sardinero la estaba observando con los ojos bien abiertos. Lejos de saludarla, o de alegrarse, o de pedirle su pluma fuente, el profesor estrujaba más y más la carpeta contra su cuerpo desgraciado. Ese inoportuno ACV lo había transformado en un niño caprichoso que se negaba a devolver un juguete ajeno. Contrariada, Elena insultó al maldito reemplazo que no terminaba de llegar, y al olor a medicamentos, y a la lengua inflamada de tanto lamer y empujar la semillita. Soy Elena, profesor, le avisó por fin, pero el viejo permaneció inmutable como el bronce.

Nadie sabía tan bien como Elena la diferencia entre ser optimista y negar la realidad, y por eso creía que su profesor, prácticamente desahuciado, aún podía ayudarla con los cuentos. Incluso cuando hubiera sabido cómo iba a terminar esta historia, igualmente habría bajado la oreja para escuchar lo que Sardinero estaba comenzando a decir. A cualquiera se le habría escapado aquel sutil movimiento de labios, pero no a Elena, quien también creyó percibir en las arrugas del profesor un color más encendido. Cacacacacacacacacacacacacacaca, decía casi en una hebra de voz. ¡Ay, Dios!, gritó Elena. De un manotazo enérgico destapó al viejo para dejar expuesta su inmundicia. Aquel ’79, Sardinero había arrancado el curso hablando de Borges, a quien conocía de esa misma Facultad. Además de cautivantes, las anécdotas que contaba solían entroncar con el tema del día, por lo cual sus alumnos debían estar prestos abstraer y a relacionar ideas si deseaban seguir el hilo de la clase. Sardinero era dueño de una inteligencia tan seductora como su voz profunda y matizada. Por eso, varias de sus alumnas, la tana y la turca incluidas, se habían enamorado de él aun a sabiendas de que era “medio milico”. Elena volteó al profesor sin demasiado esfuerzo y después de limpiarlo con la sábana lo dejó en posición de géiser-humano y abandonó la casa a toda velocidad. Corrió sin parar hasta llegar a su hotel, donde entre sollozos tomó una ducha, leyó la última carta, se aplicó alcohol fino en la lengua y luego se durmió. Esa noche, la jodida semillita se escapó sola del molar.

* * *

Creo que estamos a mano, profesor, dijo Elena minutos después de volver a releer la carta, justo antes de arrojarla a un cesto de basura. Los recintos de preembarque solían enrarecerle el humor. Había tanta gente… todos hablaban por celular o en grupos, pero no se escuchaban ecos. Los altoparlantes anunciaban un vuelo tras otro, y desde las vidrieras los anuncios sólo mostraban satisfacción y belleza. Pero la verdadera angustia trascendía al preembarque, era Ezeiza, eran los aeropuertos, era Madrid y era la condenada República Argentina. No entendía por qué el remisero le había dicho que hacía bien en irse, que en España estaría mejor, que este país no tenía arreglo. Después de todo ¿qué sabía ese tarado de vivir en España, donde nunca iba a ser más que un extranjero? Debía haberlo golpeado en la nuca, pero desistió porque él manejaba, porque ella era mujer y porque, efectivamente, deseaba regresar para dejar que el futuro le regalara algo distinto. Cansada de esperar, caminó hasta el toilette para corregir un poco su aspecto frente al espejo. El bolso de mano había perdido la barriga al quedar la carpeta con los cuentos entre Sardinero y el colchón (y no era cuestión de meter la mano ahí para quitársela). Prefirió creer que el profesor la había atesorado para sí. Además, había dejado las otras 31 cartas en el hotel; si por casualidad un escritor de verdad las hallaba podría escribir alguna historia sobre ellas y la misteriosa número 32.

Elena embarcó primero que nadie y se abrochó el cinturón mucho antes de que se escuchara el “ding” del aviso. Le tenía pavor a los despegues, y las estadísticas le daban la razón: la mayor cantidad de accidentes en el planeta suceden en ese momento en el que las aeronaves se desentienden del suelo. Por eso cerró los ojos, para buscar protección en su mundo interior. Sin embargo, ese día Elena experimentó una sensación cálida y confortable, un presentimiento que la llevó a levantar los párpados antes de que el avión hubiese salido del reposo para buscar la pista. ¿Sincronicidad o coincidencia?, se preguntó sorprendida al reconocer, asiento de por medio, el pulgar de Juan extendido hacia el techo en claro gesto de interrogación. Azar o no, lo mismo da, pensó, mientras levantaba amablemente el pulgar derecho y vestía su cara con una sonrisa. Y a pesar de que el estómago se le revolvió un poco cuando el Boeing comenzó a ganar altura, ya no volvió a cerrar los ojos en el resto del viaje.

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Espejismos

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Esta es una anécdota en partes: la 27a en la saga del Dr. Kovayashi.

El living recibía con alivio la sombra entrecortada de la persiana de barrio. La atmósfera húmeda era apenas tolerable, pero en la calle el aire literalmente hervía. Era el momento de la siesta. Todo quemaba; incluso, sobre los adoquines de Tres Sargentos se podía ver el ondular de los espejismos. Con un mismo impulso, Kovayashi dio un portazo, arrojó con furia el sobre de papel madera y fue a la cocina a servirse dos vasos de té frío con limón. Las hojas volaron por todo el cuarto.

Había vivido el stress de creerse en peligro. Sabía que eran sólo conjeturas atadas con hilo dental, pero había aprendido a confiar en la intuición. Llevó los vasos a su escritorio; leería algunos manuscritos de sus dirigidos. No era algo que le resultara placentero ya que pocos de ellos sabían escribir bien. Sólo debía hacer el trabajo, devolvérselos por email y a otra cosa. Sentado en su amado sofá dejó que las primeras páginas discurrieran entre sorbo y sorbo, empapándolas con el sudor de los vasos. El Doctor notó que sutilmente sus párpados iban dejándose caer, al tiempo que su vista saltaba anárquicamente de un párrafo a otro. En cuestión de minutos estuvo dormido como un lirón.

¿Cómo explicar que no demasiadas semanas atrás le era imposible conciliar el sueño sin pastillitas, y ahora, después de cortarle el cuello a una persona, dormía la siesta como un bebé? Era algo sobre lo que el Doctor no se atrevía a pensar.

El sueño lo acogió como lecho de plumas de caburé. Un aula de la facultad era el escenario, y sus estudiantes de doctorado, los protagonistas. “Lo de siempre”, razonó. Querían sus trabajos corregidos y se los reclamaban airadamente. A un tris de despertarse, Kovayashi les pidió que se calmaran e hizo algunas promesas vagas. Así logró deshacerse de ellos: sin abrir los ojos y sin violencia. Eso lo satisfizo. Luego deambuló por varias aulas portando en una mano el sobre de manuscritos sin corregir. A cada paso, el sobre lo incomodaba más y más, por lo que decidió dejarlo abandonado sobre un escritorio cualquiera. De repente, la perdida de los manuscritos le causó angustia. “Me van a denunciar”, se lamentó. Sin embargo, siguió avanzando. El sueño lo condujo por un corredor largo y poblado de oficinas a ambos lados. Sin motivo aparente ingresó a una de esas oficinas, donde una recepcionista muy bonita lo invitó a tomar asiento y esperar. No había transcurrido mucho tiempo cuando le avisó que lo estaban aguardando. Frente a sí apareció una puerta que no había visto antes, de madera trabajada y con una placa de bronce ilegible. Al ingresar se percató de que estaba en su propio escritorio. Giró la cabeza hacia la izquierda y, sorprendido, pudo verse a sí mismo dormido sobre el sofá. Más sorprendido aun, a su derecha, desnudos y alegres como si nada les hubiera pasado últimamente, lo aguardaban sus (ex)buenos vecinos Rómulo y W.

_ “¡Qué gusto verlo de nuevo, Doctor!”, se adelantó a hablar la Sra. W., y señalando con su índice hacia el sofá añadió: “Por favor, no meta ruido, podría despertarse…” Rómulo estaba sentado en la silla de la PC. Observaba alternativamente al Doctor y a su esposa, siempre con una amplia sonrisa. Por su parte, W. permanecía de pie como preparada para desaparecer, si fuera necesario.

_ “Tenemos poco tiempo, Doctor, y Rómulo quiere decirle algo muy importante.” Entonces, el foco de la atención recayó en el bueno de su marido. Kovayashi notó que Rómulo abría la boca pero las palabras no le salían. Tan grande abrió la boca que el Doctor pudo ver un objeto plateado que brillaba detrás de su campanilla. “Un momento”, dijo la Señora W., quien metiéndole la mano hasta el fondo logró extraerle una caja metálica alargada. De ella sacó una hojita manuscrita que entregó al Doctor. Luego volvió a colocar la caja en la garganta de Rómulo. La caligrafía era espantosa, mas Kovayashi se las arregló para leer el texto completo.

“Doctor Kovayashi, ya sabe que tanto W. como yo estamos… Puedo ver cosas que ni se imagina, ya le contaré algún día. Ahora es importante que sepa que hay peligro cerca, que ande con pies de plomo. Cuídese de Kandrasky. También de esos dos impostores, pero más de Kandrasky.”

_ “¡Kandrasky!”, dijo Kovayashi justo en el momento en que la pareja comenzaba a desvanecerse. Rómulo y W. se pararon y sin dejar de sonreirle lo saludaron y atravesaron el muro hacia la que, en vida, fuera su casa.

_ “¿Kandrasky?”, se preguntó Kovayashi al despertar en su sofá. Estaba empapado de transpiración, al igual que el tapizado. “¿¡Quién es Kandrasky!?” Desconocía la respuesta.

En una veloz carrera salió de su casa y no paró hasta detenerse frente a la puerta clausurada de la que fuera la casa de Rómulo y W. “No. No es posible…”, dijo para sí con más negación que incredulidad, y regresó a su casa, a su sofá, para continuar la lucha con los manuscritos.

En la esquina, los espejismos no cesaban de danzar.

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