La historia del Timor (III)

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Esta es una anécdota en partes: la 46ava en la saga del Dr. Kovayashi.

– “Créame, doctor, que realmente había llegado a apreciar a ese holandés. Mi alma estaba compungida por lo extremo de la situación, pero no tenía sentido buscar alternativas. Él había quebrantado su palabra como un vulgar bribón de taberna. Para nosotros, la palabra vale tanto como un barril de agua dulce en medio del mar. Con paciencia dejamos que el tiempo transcurriera hasta el momento adecuado. Eso ocurrió una mañana después de navegar cauce arriba el Xingú hasta los recodos solitarios del Tanguro. Hallamos los primeros remansos bajo el sol de la media tarde. Entonces lo sacamos de su camarote, donde dormía inconsciente abrazado a dos botellones vacíos de Shandy Sorrel, y lo subimos a cubierta. Cada uno cumplía su parte, debíamos actuar rápido. Yo lo sostenía por los cabellos a 50 cm del piso, El Palmera le arrancaba la ropa y Patinho le cortajeaba las carnes con su cuchilla de cocina. No se imagina cómo aullaba el hombrecito al recobrar la conciencia, agudo y largo como un cochino. Abría sus pequeños ojos enrojecidos y daba coces cual pony asustado. Antes de que la sangre nos arruinara la madera del piso lo hice bascular un rato por babor y después de la despedida abrí la mano. El agua se conmovió con borbollones rosados.”

– “¿Pirañas?”, preguntó el doctor, levemente agitado. Makraff asintió.

– “Se lo deglutieron en pocos minutos. Una semana después, usando los documentos del muerto, El Palmera bajó a tierra y consiguió retirar del banco la totalidad del dinero, que, como sospechábamos, era una pequeña fortuna, o más. Nos lo dividimos en partes iguales.”

– “Debo suponer que luego usted se autoproclamó Capitán del Timor…”

– “Por todos los dioses del firmamento y los que estén en esta tierra… ¡déjeme seguir con mi historia! Obviamente, yo era el único capaz de continuar al mando del barco y el negocio. Yo tenía mis propias ideas al respecto, y además, si bien El Palmera y Patinho siempre han sido buenos marineros, son tan brutos como bestias de noria, o más. El Timor es propiedad de los tres, sí, pero en muy poco tiempo será solamente mío. Usted me entiende…”

Makraff hizo un ademán con su dedo índice, frotándoselo horizontalmente de izquierda a derecha por su inconmensurable epiglotis. Luego prosiguió el relato.

– “Ese par de viejos no siempre funcionan, usted me entiende… Hoy en día, mi mercadería sigue siendo de altísima calidad, y no puedo permitir que decaiga. Además, de dos años a esta parte he comenzado a vender muchachitos indios. Se los llevan a Europa, donde los prefieren antes que a las orientales, y… Espere un momento, se me acaba de ocurrir una idea genial. Usted es un hombre vigoroso, doctor. Le propongo que se sume a mi tripulación y me ayude en la rustificación de la mercadería. ¿Qué le parece?”

– “Me honra con su proposición, Makraff, pero yo soy un científico antes que un lobo de mar, o de río.”

– “Lo entiendo y comprendo a la perfección, doctor.”

En ese instante, pleno mediodía a juzgar por la brevedad de las sombras, el sonido de una campana de bronce templado llegó a cubierta. El capitán se excusó y bajó a la cocina para controlar personalmente el almuerzo. David y Nikola no le habían quitado los ojos de encima durante todo el relato. Aprovechando el momento de soledad, el doctor les aclaró las ideas.

– “Antes de sodomizar un indiecito en la bodega prefiero bajar a tierra y que me reduzcan la cabeza. O que me devoren las pirañas. Nosotros vamos derechito a Buenos Aires, ¿entendido?”

En eso, los pesados dos metros de altura del capitán saltaron ágilmente a cubierta. Apoyada en su gran barriga llevaba la bandeja repleta de trozos de carne roja asada. Sólo carne.

– “Vuestro almuerzo. Espero hagan provecho de él”, dijo con su vozarrón de trueno y regresó a las vísceras del Timor, donde permaneció hasta el anochecer.

Continuará…

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6 comentarios en “La historia del Timor (III)

  1. Hola Mar! Qué bueno que te siga gustando. Estas charlas del doctor son bastante livianas en relación a las que podría él tener en su BA querido. Allí, en medio del río negro, imposibilitado de escapar y a merced del -por ahora amigable- capitán Makraff, sólo trata de hacer más llevadero el viaje, que por lo visto durará más de lo que inicialmente tenía calculado. Es la necesidad de Makraff la que lleva adelante el relato, con sus historias y aventuras.
    Gracias por estar, leer y comentarrrr!

  2. Muy buena continuación. Impactantes imágenes.
    Estar en un barco sin posibilidad de escapar, a merced de una tripulación que parece no tener límites a la hora de sacar provecho de los demás, me ha parecido un buen símbolo del barco que es nuestra sociedad. Nos permiten participar siempre que aceptemos su reglas, sino al agua.

    Salut
    PD “con su dedo índice, frotándoselo horizontalmente de izquierda a derecha por su inconmensurable epiglotis” me dio qué pensar

  3. Hola micromios! Muy buen punto ese del paralelismo con la sociedad. Más que nada, yo diría con quienes gobiernan a las sociedades. Patanes con poder (poder que, por cierto, les hemos entregado nosotros). Un poco todos estamos subidos a distintos tipos de dispositivos flotantes, desde maderos y balsas hasta barcos como el Timor. Y como el doctor, debemos encogernos de hombros y seguir adelante con la esperanza de llegar a tierra firme algún día.

    Creo que estás pensando en la misma línea que yo con respecto al dedito del capitán frotándose la nuez de Adán. Tarde o temprano pasará.

    Gracias por leer y comentar, siempre ahí!
    Salut

  4. falta mucho para que se termine el viaje? makraff no me gusta nada y quiero que salgan ya del barco. igual siempre es admirable la sangre fria del doctor, que rechaza la oferta del capitan como si fuera algo cotidiano.

  5. Hola g. No creo que falte mucho. Tal vez tengas la impresión de que mientras leeés, el barco no avanza. Pero sí avanza. Marcha rumbo al sur, por ahora sin escalas. Es la virtud de poder contar historias para amenizar el viaje. El Capitán Makraff parece ser un viejo lobo de río que en su vida ha acumulado una cantidad de anécdotas que aún permanecen sin contar. En este sentido, Kovayashi y los mmonos, por no tener otra cosa más que hacer, se la pasan escuchando sin cuestionar demasiado. Una buena estrategia para alivianar el viaje y -al mismo tiempo- para seguir cayéndole bien a Sygmund. La sangre del doctor está a temperatura ambiente, y me parece que lo ha logrado gracias a la experiencia de los últimos meses, con tantas muertes a su alrededor. Después de ver cosas como el alacrán en la boca del Señor X o de disolver en ácido a Jorgito, el diarero, ya nada puede a sorprenderlo. Así es que ante la oferta del capitán, Kovayashi responde sin que se le mueva un pelo, casi como si de verdad hubiera evaluado la factibilidad del trabajo. Veremos cómo sigue. Gracias por leer y comentar!

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