Makraff y los hombres-hormiga (III)

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Esta es una anécdota en partes: la 50ava en la saga del Dr. Kovayashi.

—Navegamos durante cinco días sin novedades. Sabrá usted, doctor, que en la selva eso es un pésimo augurio. La navegación era tranquila y suave como la piel del manatí. Durante el día, el sol nos laceraba el cuero; por las noches, la bruma que envolvía al barco nos curaba las heridas. Entrada la sexta noche, los dæmonia de la selva arrojaron al cielo un manto que ocultó la luna. El orgullo de novel marinero me cegó más que la oscuridad, y si bien percibí desconfianza y temor en algunos hombres, decidí continuar. Mis precauciones fueron pocas, lo reconozco: desacelerar, poner marineros a babor y estribor para evitar las salientes rocosas, y no ofrecer mi espalda a ninguna daga oportunista.

—La oscuridad, que tantos errores fuerza, impidió que me diera cuenta de que el río se había angostado, que había cambiado de color y que la gentil correntada se había convertido en remanso. Marineros hubo que creyeron reconocer en el aire húmedo el olor de la muerte. ¡Ignorantes cual guijarros! No obstante, juzgué conveniente callar antes que espantarlos con mi sabiduría. El metano, fétido, burbujeaba a nuestro paso por un pantano tan denso que el barco fue perdiendo velocidad hasta sumirse en la quietud más absoluta. No se precisaba inteligencia para percatarse de que habíamos encallado en un inmenso banco de lodo. Únicamente el Señor misericordioso sabía cuál era ese arroyo y a cuántas millas del río grande nos encontrábamos.

—Y usted era responsable de esos hombres —reflexionó Kovayashi mientras atusaba el lomo de Nikola.

—Las circunstancias me habían hecho Capitán de mi navío y protector de las bestias que lo tripulaban; mientras me quedara vida, sólo agacharía la cabeza ante Dios, si se dignaba a bajar —apostrofó Makraff—. Durante más de cuatro horas permanecimos sobre cubierta esperando el amanecer, tensos los músculos como cabos de amarre, agitadas las respiraciones por el temor a lo invisible y desconocido. Los jóvenes se refugiaban en la calma de los marineros más avezados, que en voz baja clasificaban cada uno de los ruidos que llegaban desde negra espesura. Debe saber que la buenaventura, doctor, me ha dotado con un oído de tísico. Desde el timón escuché cada uno de esos cuchicheos y descubrí falsedad en las palabras de aquellos viejos; sabían que no todos los aullidos eran monos y que las aves no silbaban en la noche. Pero a mí no podían engañarme. Esos ruidos sólo podían provenir de…

—¡Los hombres-hormiga!

—Ciertamente. Y que el Todopoderoso tenga en la gloria a aquellos que en su ignorancia aguardaron con ilusión el alba para emprender el regreso.

Continuará…

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