Makraff y los hombres-hormiga (IV)

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Esta es una anécdota en partes: la #51 en la saga del Dr. Kovayashi.

Kovayashi no escuchó las últimas trescientas palabras del capitán. Sus pensamientos saltaban en vaivén desde el golpeteo del oleaje contra el Timor hasta la niebla amenazadora que cubría el horizonte. Sin darse cuenta había cerrado los puños al considerar la posibilidad cada vez más concreta de perecer en un naufragio absurdo; no estaba dispuesto a tirar por la borda tantas aventuras, esfuerzos y planes llevados a la práctica con brillantez. Sin embargo, Nikola y David, cuya naturaleza primate les garantizaba ligereza de espíritu, habían seguido de cerca el relato de Makraff.

—El sol despertó temprano. Pronto llegaría la hora de transpirar. Mientras tanto, una resolana amarilla crecía al reflejarse en las epidermis espejadas de los aceitunos, las chuchuhuasas y los marimarís. No necesité ver ni sus arcos ni sus flechas diminutas; sabía de sobra que estábamos en tierras de los hombres-hormiga. A media mañana todos escuchamos el silbido de los dardos pinchando el aire hasta el casco. La primera lluvia se clavó a babor. Algunos hombres, los menos espabilados, fueron sorprendidos y perforados (como el marinero Gastello, que perdió un ojo). Por suerte, las heridas nunca revestían peligro de muerte ya que las flechitas no estaban envenenadas ni, por su tamaño y fuerza, penetraban demasiado las carnes.

El doctor asintió distraídamente, como en respuesta a una pregunta nunca formulada. De todos modos, Makraff prosiguió con entusiasmo el relato al entender que contaba con su atención.

—Fuimos asediados durante horas. Por suerte, los torniquetes de la fortuna hicieron que esos salvajes hicieran intervalos entre los ataques, vaya uno a saber por qué, y eso nos permitía relajar tensiones. Las tandas de flechas continuaron cayendo durante la tarde y parte de la noche sin mayores novedades. ¡El barco parecía un erizo de mar, doctor! Durante esa jornada no disparamos ni un solo tiro; conservar las municiones era crucial para resistir. Mientras tanto, la tripulación esperaba que la marea alta nos sacara de allí. Recuerdo al atardecer haberle suplicado al Altísimo piedad para semejantes brutos, porque yo, gracias a las magníficas lecciones aprendidas de mi instructor, sabía que esos pantanos no copiaban la dinámica hidrológica de los grandes ríos. Antes que a diario, el nivel de ese agua fétida variaba según la estación, por lo que esperar una crecida era suicidarse en cuentagotas. ¡Estúpidos, jamás habrían salido solos de allí!

Las miradas de Nikola y David se cruzaron con asombro. Al escuchar al capitán iban descubriendo cuán diferentes podían ser los humanos entre sí.

—Lo más urgente era conseguir víveres. De acuerdo a mis cálculos, las provisiones alcanzaban para sobrevivir un día y medio más. Esa noche, cuando los hombres-hormiga descansaban, acepté que los marineros cazaran y comieran murciélagos, abundantes como insectos, pero enfermos como la atmósfera misma del pantano. También dispuse que se ubicaran barriles vacíos sobre cubierta a fin de capturar el agua de las tormentas que caían todos los días. Sabiamente racionada por mí, cada lluvia nos brindaría a cada uno tres vasos de agua por día. Por último, era indispensable controlar el pánico a bordo, erradicar las fantasías pesimistas y ese murmullo constante que no me dejaba pensar. Estaba dispuesto a despedazar hombres con mis propias manos porque, como usted podrá suponer, doctor, la autoridad de un capitán depende de esa clase de acciones.

Pero Kovayashi, que desconocía ese tipo de cuestiones, ensimismado en el recuerdo de sus días de profesor universitario apenas se hizo un segundo para volver a asentir. Deseaba con desesperación que la travesía terminara lo antes posible.

Continuará…

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6 comentarios en “Makraff y los hombres-hormiga (IV)

  1. Marina

    Muy bueno Blopas. Me dejaste pensando. La autoridad de un investigador como el Dr frente a sus estudiantes de que clase de clase de acciones depende? Realmente el Doctor desconoc’ia de este tipo de cuestiones? Espero ansiosa la pr’oxima entrega. No as’i la llegada a puerto. Disfruto de este viaje

  2. Es bueno dejar a alguien pensando. O no. Yo me pregunto si el doctor tendría sobre sus estudiantes la misma clase de autoridad que Makraff sobre sus marineros. Supongo que no, pero no puedo asegurarlo. Al menos sabemos que al Profesor Kovayashi los estudiantes lo volvían un poco loco. Pero sí estoy en condiciones de afirmar que Kovayashi conocía estas cuestiones que plantea Makraff en relación a la autoridad sobre un barco. Sólo que no estaba siguiendo de cerca la historia del capitán, además de no querer tener problemas con él. Aún falta bastante para llegar a destino. Gracias por leer y comentar!

  3. Sergio Mauri

    Las aventuras de Kovayashi parecen no tener fin. Pero al menos halló un socio a su altura, lo que no es poco, dada la pobreza del mundo actual, donde cualquier papanatas pretende estar a la altura de los verdaderos aventureros. Ahora bien, loable la actitud de Makraff para mantener la disciplina en su embarcación. Se supo de un comandante que luego de un intento de motín, hizo despellejar a toda la tripulación, salvo a su segundo y al cocinero. Jamás se supo como llegaron a puerto. Pero es de suponer que no habrá sido fácil. En otro orden de cosas, se tiene la brumosa sensación que los aceitunos, las chuchuhuasas y los marísmarís no serán simples de combatir. Un reto, sin duda, para tamaños hombres de armas tomar. Dicho esto, no queda más que esperar mascando un mandrake la continuación de esta saga brutal como la vida misma.

  4. ¡Hola Mauri! Es verdad, el fin parecería estar un poco más allá del horizonte que tapa la bruma. Pero el doctor sabe que no es así, que faltan varias aventuras más antes de llegar a la paz de su hogar. Además, ha asumido la responsabilidad de sostener a sus fieles amigos Nikola y David. Tal vez se haya extralimitado con esa decisión ya que, según él mismo lo ha dicho, está en un momento de su vida en el que desea deshacerse de responsabilidades. Yo, sin embargo, diría que es un momento bisagra ya que su afán aventurero tiene las raíces en un Kovayashi más joven, mientras que el Kovayahsi que anhela la paz y la ligereza de movimientos es alguien ya más maduro. Entonces, ¿estamos asistiendo a la última aventura del doctor? Habrá que seguir leyendo, entonces. Abrazo y gracias por leer y comentar.

  5. Sergio Mauri

    Bisagra Gonzaga fue un jugador de Dálmine que pasó a la historia del fóbal por hacer tres goles en orsai, uno de palomita y dos de chilena, en cuatro campeonatos. Como ninguno de los tantos fue cobrado, la historia lo recuerda con cierto beneplácito solo reservado, como el Otard Dupuy, para los grandes, por los tres goles en cuatro torneos. Tal vez Kovayashi esté, sin saberlo, transitando ese camino.

  6. Mirá vos los recuerdos que me hacés acordar. Bisagra Gonzaga, celebérrimo primo hermano de Mónica, ex cuñado del gran Cacho y, a falta de una, dos veces grasa. Y el Otard Dupuy reserva San Juan, que ha de degustarse con algún pipín con tabaco rubio al cherry una noche de esas que no hay nada que hacer más que ver películas. Ciertamente, Kovayashi no está en ese camino. Su norte está al sur, en su Buenos Aires querido, junto a David y Nikola. Pero entiendo que no en ese barco, con ese capitán extraño y locuaz al límite de la diarrea dialéctica. Y no nos olvidemos de Patinho; ojo, y a caminar contra la pared.
    Abrazo y gracias por leer y por tus certeros comentarios.

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