Por la amistad que nos une

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Esta es una anécdota en partes: la 37ava en la saga del Dr. Kovayashi.

En determinadas ocasiones, los hombres que se regocijan con el ejercicio intelectual deberían darle cabida a las corazonadas antes de proceder a la acción, aun cuando luego expliquen sus aciertos o fracasos con sólidos argumentos teóricos. Así lo entendía Kovayashi, quien a pesar de no tener claro el por qué de ciertas órdenes, había enviado a sus adláteres a que encendieran una gran hoguera y que descolgaran las jaulas con las aves muertas. Días después, en circunstancias que a su debido momento serán narradas a los lectores, el doctor no encontró más justificación para los hechos que el instinto de supervivencia y la necesidad de retomar la marcha.

Anochecía. Kovayashi se hallaba mesmerizado por la sensualidad de las llamas cuando una idea fugaz lo impulsó a abrir de nuevo el sobre. Al meter la mano, esta vez hasta el fondo, sus yemas reconocieron una textura diferente, un papel suave que aun doblado al medio sobresalía entre los billetes. Su mente racional entendió que no podía ser otra cosa más que una nota del Sr. X, y por eso se apresuró a leerla.

“Una excelente respuesta, doctor. Algún día el mundo comprenderá, como usted, que se puede prescindir de la verdad pero no del amor. Espero que sepa disculparme, he sido muy descortés al sedarlo como a un animal salvaje y luego partir sin decir adiós. Pero sé que hice lo correcto. No puedo mentirle, anoche no le perdoné la vida, aunque lo habría hecho de haberme contestado usted incorrectamente. Por eso, mi amigo, dado que nada puedo exigirle sólo habré de pedirle un favor muy importante: encuentre la tumba donde yace mi familia y permítame descansar sobre sus restos. Mañana por la tarde -ya he arreglado los detalles- un helicóptero lo estará esperando en el embarcadero sobre el río negro para transportarlo hacia el noroeste. El piloto lo bajará cerca del lugar, que la selva debe de haber cerrado por completo. En el sobre encontrará dinero suficiente para compensar los gastos y las molestias. Más allá de eso, sólo le deseo buena suerte. Por la amistad que nos une, X.”

La nota se desligó de la mano y cayó al suelo como una hoja marchita. Él la siguió con atención mientras pensaba que esos vaivenes no eran sino un eco de sus vacilaciones. “¿Qué debo hacer?”, se preguntó una y otra vez, sabiendo que ninguno de los que lo rodeaban -ni los micos, ni los fantasmas de Scalisi, W y Rómulo- podían ayudarlo en su decisión. Un solo detalle de lo leído lo había alegrado: estaba a un día de un embarcadero, y un embarcadero implicaba la chance de conseguir una barcaza que lo llevara lejos de allí. Pero el resto era indigerible como un trago de fuel-oil. De cumplir el pedido del Sr. X terminaría quién sabe dónde hacia el noroeste, cada vez más lejos de su casa. Cierto era que había desarrollado una simpatía por ese infeliz y que dejarlo en el campamento sin los huesos de aquellos familiares a los que había masacrado a sangre fría quizás fuera condenarlo al desamor eterno.

Tras varios minutos de silencio y concentración, Kovayashi volvió en sí y a voz en cuello ordenó a David y Nikola que le trajeran el cadáver del Sr. X. Sin importarle que la noche se había cerrado, se echó al hombro la mochila.

– “¡Muévanse, bestias, que el camino será largo y la noche muy negra!”


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Autobombo narrativo

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Les quería comentar que un cuento mío fue publicado en la revista Narrativas. El cuento se llama La cita estaba agendada y había salido antes en este blog como parte de la saga del Dr. Kovayashi. De hecho, nobleza obliga, debería cederles el crédito a Heriberto Feather y Ferdibaldo Teller, verdaderos autores del cuento.

Y no mucho más que eso, estoy contento.

Portada de Narrativas oct-dic 2011

Portada de Narrativas Nro. 23

 


Clandestino

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Esta es una anécdota en partes: la 31a en la saga del Dr. Kovayashi.

“Nikola… David… ¡Su dulce!”

Como consecuencia del pasaje a la clandestinidad, el humor del Dr. Kovayashi había sufrido cambios como nunca antes en su vida. Podía moverse con facilidad entre extremos tales como la felicidad de ser libre y la angustia asfixiante de la soledad. Dos primates lo habían aceptado bajo su tutela, visitándolo a diario para llevarle frutas y prodigarle cuidados; a cambio, sólo le exigían generosas porciones de dulce de guayaba, que él compartía de buena gana. Había llegado al borde de su existencia. No tenía con quién hablar excepto Nikola y David, cuyas energías vitales le recordaban a Tesla y a Bowie. Con frecuencia, harto de mirar las cuatro paredes de caña de su choza, salía a caminar por la selva enmarañada. Llevaba consigo la estrella ninja y practicaba puntería contra el grupo de monos que no se animaban a visitarlo. Nikola y David se abstenían de gesticular al respecto pues entendían que esas muertes no eran en vano: con ellos, el Doctor preparaba exquisitos consomés.

Desde que escapó de Argentina, el Doctor debió sortear problemas complicados, desde cruzar fronteras por pasos ilegales, improvisar canoas con troncos de bombacáceas, atravesar ríos de aguas turbillonarias, enfrentarse con traficantes de fauna a machetazo limpio, o extraviarse en pantanos infectos, al límite de sus fuerzas.

No obstante, sus ansias de libertad lo fortalecieron y estimularon. El aguantadero selvático donde vivía era una choza construida sobre un terreno elevado, donde casi todos los días caían aguaceros de corta duración. Al salir el sol, el vapor de agua subía desde el suelo en forma de neblinas lechosas. En esos momentos, el Doctor imaginaba que al levantarse la humedad volvería a encontrarse cara a cara con el homúnculo de la bolsa de bruma y su amigo de la túnica iridiscente. Después, al regresar de su ensueño, era capaz de arrojar la estrella mil veces más fuerte. Pero matar animales no lo hacía menos infeliz.

¡En qué poco tiempo el alma de Kovayashi había caído en la angustia y la tribulación! Después de siete meses ya no le alcanzaba con saber que allí estaba seguro. Las mañanas, las tardes y las noches habían perdido su atractivo natural y apenas le servían de fondo para evocar los tiempos idos. En ocasiones creía ver al viejo Scalisi y a la Sra. W. y su esposo Rómulo errando como Curajhy-Yarás por el laberinto de hojas y lianas. Sus gemidos de fantasmas en pena lograban socavabar la culpa del Doctor ya que, de alguna manera, él los había ayudado a morir. Su antigua estima por la raza humana había flaqueado al extremo de confundirse con el odio. Y en el sinsabor del ostracismo juró por sí mismo y por el verdor que lo rodeaba regresar pronto a su barrio para rehacer su vida, o lo que le quedaba de ella.

En ese estado cercano a la depresión, Kovayashi se preguntó muchas veces qué sería de Heriberto Feather y Ferdibaldo Teller, a quienes se sentía hermanado por haber ajusticiado a Jorgito Kandraski. De ellos conservaba el recuerdo de sus rostros y un voluminoso manuscrito que tenía menos de novela que de collage de textos. El Doctor se consideraba a sí mismo un excelente crítico literario, por lo cual sufría al no poder decirles personalmente a esa pareja de mequetrefes cuán execrables le resultaban sus escritos. Había discurrido por las páginas de cuentos como Dos guitarras y un cajón peruano y La cita estaba agendada, sintiéndose no menos que indignado por tamaña mediocridad. Incluso había comenzado a leer otro cuento, El perro era dulce, pero decidió abandonarlo por su longitud exagerada. No dudaba de que Feather y Teller eran tan malos con la pluma como con la 9mm.

De repente, Nikola y David se descolgaron desde las ramas de un inmenso árbol de San Francisco para caer sobre las piernas del Doctor, que todavía se medía la voluntad en su camastro de pieles de mono. Ambos traían en sus diestras sendos frutos maduros de pitajaya para compartir con su protegido. Sin abandonar su posición horizontal, Kovayashi partió los frutos con sus manos y levantándolos cual ofrenda a un dios en el que no creería nunca más, brindó con sus peludos amigos.

“Nikola, David… brindo porque el regreso sea pronto e inmensa nuestra alegría. Porque quiero que sepan, mis fieles amigos…” declamó el Doctor llevándose una mano al corazón “…que no me iré solo de este lugar.”

Las palabras sonaron tan emotivas que Nikola, David y el mismísimo Kovayashi comenzaron a sacudirse con las vergonzosas convulsiones del llanto. Después de consolarse en un abrazo colectivo, los primates huyeron a la selva para engullir el dulce de guayabo. Mientras tanto, el Doctor había conciliado un sueño depresivo que lo retuvo en su camastro por el resto del día.


Una luz en la oscuridad

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Esta es una anécdota en partes: la 29a en la saga del Dr. Kovayashi.

La noche discurrió sin mayores sobresaltos, pero no sin revelaciones sorprendentes. Charlaron calmadamente, cada uno a su tiempo. Habían pasado del té a la ginebra, servida en las mismas tacitas a falta de vasos adecuados. Feather llevaba la voz cantante del dúo, y Teller (a quien se debía suponer “el diamante en bruto de las letras”) guardaba silencio salvo para aportar precisiones innecesarias. La primera de las sorpresas la recibió Kovayashi.

_ “¿¡¡Jorgito!!? ¿Están seguros?” La mandíbula de Kovayashi volvió a caer en picada.

_ “No queremos ni nombrarlo por su nombre de pila. Es un hombre demasiado poderoso. Apenas si nos atrevemos a llamarlo Kandrasky, y en voz baja…” A Feather se le notaba el miedo en la manera que revoleaba los ojos, como si el mismísimo diarero estuviera escondido en el departamento, presto para saltarle al cuello y desgarrárselo con los dientes. Había que hablar, efectivamente, en voz muy baja.

_ “¿Jorgito, el diarero?”, repreguntó Kovayashi, incrédulo. “Debí suponerlo… El muy hijo de puta se hace llamar Kandrasky…” Los pensamientos giraban en su cabeza como en el tambor de un secarropas. Hasta que no se detuvieran, el asombro lo mantendría parcialmente atento a las palabras de Feather y Teller.

_ “En efecto. Él…” dijo Feather mientras dibujaba con el índice una K en el aire para no mencionar a Jorgito, “…nos encontró, no sé cómo diablos. Nosotros no sabíamos que teníamos un… ejem… tío lejano. Nos reunimos en un lugar neutral, muy lejos, en Matheu, en un bar viejísimo a la vuelta de la plaza. Teníamos que ir solos. Tomamos el tren, que se rompió tres veces; se nos hizo eterno el viaje… Una vez en el bar nos dimos cuenta de que él había llevado a dos de los suyos.”

_ “Jugaban al billar”, acotó Ferdibaldo.

_ “Él nos describió nuestro parentesco con el tío y nos dijo que ya tenía todo arreglado en el Municipio para que este piso fuera nuestro, nos mostró papeles, habló de agregar dinero para ciertos funcionarios que trabajaban para él… en fin. Hicimos una cuenta rápida con Ferdibaldo y no lo dudamos: con el dinero de la venta del piso podríamos costearnos la edicion de la novela que Ud. está leyendo.” Al mencionar la palabra “novela”, los ojos de Teller cobraron un brillo particular. Ni él ni Heriberto podían imaginar que esa novela estaba esparcida por todo el living del Doctor. “Así que nuestra respuesta fue inmediata y… ejem… afirmativa. En menos de diez minutos ya habíamos firmado media docena de documentos, escrituras, declaratorias de herederos, todo falso como billete de tres… ejem… de tres pesos. Pero una vez que esos papeles llegaran a las manos de sus funcionarios corruptos, se transormarían en documentos legales.”

_ “Si el parentesco es verdadero, tarde o temprano el departamento iba a ser de ustedes. No deberían haber firmado nada…” Las ideas del Doctor se iban desacelerando, al tiempo que un plan empezaba a tomar forma en su cabeza.

_ “Cierto… Debimos sospechar cuando se frotó las manos como una mosca en la mierda”, acotó Ferdibaldo después de vaciar su tercera taza de ginebra.

_ “Escuche, Doctor: Scalisi, según nos contó Él, tenía una esposa de la que nunca llegó a divorciarse. No tenía hijos, sólo esposa. Así que, obviamente, este departamento acabaría en sus manos. La oportunidad que nos ofrecía… ejem… ya sabe quién, era de oro para nosotros. Pero ahí fue cuando empezó a hablarnos de un tal Kovayashi, dijo ciertas cosas…, muchas cosas; rápidamente nos dimos cuenta de que lo que en realidad quería era que lo matáramos. Habría dinero en efectivo, mucho.” Kovayashi tuvo la sensación de que, en el fondo, Feather lamentaba más tener que dejarlo vivir que haberse metido hasta las orejas en negocios demasiado turbios e inmanejables.

_ “Tendría que haber visto su cara, Doctor. Los ojos le brillaban, y esa… ejem… esa sonrisa que no se le borraba… era siniestro, y tuvimos miedo, ¿no fue así, Ferdibaldo? Intentamos deshacer la operación, pero ya era tarde. Él comenzó a extorsionarnos con los papeles que acabábamos de firmar.”

_ “En ese momento, los del billar dejaron la mesa y se pusieron uno detrás de nosotros y el otro en la puerta…” acotó Teller.

_ “Estábamos cometiendo varios… ejem… varios delitos juntos, desde sobornar funcionarios hasta falsificar documentos. No, si nos tenía agarrados de las… ejem… bolas, el malparido. Así y todo, nos iba a pagar una montaña de dinero por eliminarlo. Ciertamente, no teníamos muchas opciones, como comprenderá, Doctor. Es más, hasta nos regaló la pistola de Teller en una bolsa de papel madera que nos pasó por debajo de la mesa.”

_ “Bueno, me alegro profundamente de que se hayan dado cuenta de que Jorgito los estaba usando contra mí. No me extrañaría que todo el resto fueran bolazos, mentiras que usó para poder extorsionarlos, para forzarlos a convertirse en asesinos sin tener que molestarse en enfrentarme… Es Increíble, hoy mismo me alcanzó el diario a casa y se mostró como el Jorgito de siempre, fue simpático, habló de política y hasta recordó cuando era niño y le traía el periódico a mi viejo… ¡Increíble!” El lamento de Kovayashi fue sincero, profundo, y sus especulaciones acerca de Jorgito fueron avaladas en silencio por Feather y Teller. En un flashback, el Doctor recordó cómo lo había usado a él mismo para “limpiar” el barrio matando a aquellos chorros, y también cuando se encontraron a oscuras en el mismo departamento en el que estaban. Jorgito le había devuelto la estrella ninja que él olvidara clavada en el cuello del muchacho, y eso suponía que, llegado el caso, también él podría ser extorsionado (o eliminado) a voluntad. “Reverendo hijo de puta”, pensó y sintió ganas de vomitar.

_ “De todas maneras, Doctor, Él va a querer ver su… ejem… su cadáver.” Las palabras de Feather no escondían su miedo: si Kovayashi sobrevivía, Ferdibaldo y él estarían en serio peligro, no sólo de ir a la cárcel, sino de acabar fríos en una zanja. De repente, un estado de paz interior se apoderó del Doctor; había concluido con éxito un razonamiento brillante. Se puso de pie con la velocidad del refucilo, y señalando con ambas manos a sus interlocutores les dijo: “Señores, se me ha ocurrido un plan infalible. Escuchen, porque esto es lo que haremos mañana para llegar a vivir una senectud alegre dentro de muchos años.”

Y así fue cómo el Doctor Kovayashi les explicó su idea a Feather y Teller, con lujo de detalles. Los escritores escucharon con atención y preguntaron cada vez que tenían dudas. Antes de poner el plan en marcha, todos deberían de hacer ciertas compras y tareas durante la mañana del día siguiente. Sin más, se despidieron.

Una hora después, en la oscuridad de su jardín y de rodillas como un penitente, Kovayashi elevaba sobre su cabeza un objeto metálico. Los rayos de luna en cuarto creciente parecían lastimarse en los filos de la ofrenda, y al seguir su camino dibujaban sobre la medianera la terrible silueta de una estrella ninja.

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El fantasma tenía razón

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Esta es una anécdota en partes: la 28a en la saga del Dr. Kovayashi.

Send… OK.

“¡Excelente!” se congratuló el Doctor antes de apagar su laptop. “Esto los quitará de mis sueños al menos por un par de semanas.” Finalmente había conseguido devolverle a sus alumnos los tres manuscritos pendientes. Las correcciones habían sido tan obvias como lapidarias, pero si ellos deseaban hacer carrera en la Ciencia debían afrontarlo. Se suponía que le habrían de entregar versiones finales; para su desencanto, sin embargo, los tres manuscritos estaban más verdes que una Granny Smith.

Un sinnúmero de pensamientos laterales le habían agregado sinuosidades al proceso de corrección. En un momento, Kovayashi había dibujado tres elipses concéntricas sobre una hoja borrador. La elipse interna era de color verde y encerraba su propio nombre. La del medio era amarilla, y sobre su perímetro podía leerse, también en amarillo, FyT. La elipse externa estaba trazada con guiones rojos y contenía un solo nombre: Kandrasky. El modelo semafórico lo había ayudado a aclarar sus pensamientos. Si decidiera darle crédito al mensaje de Rómulo, entonces la hipótesis de “peligro inminente” cobraba vida. Para Rómulo, dos personajes eran de temer. El primero era, en realidad, un dúo: Feather y Teller. Kovayashi nunca había pensado en ellos como una amenaza, sino más bien como dos ridículos pelmazos; ahora debía reconsiderarlo. El segundo era Kandrasky, un individuo misterioso de quien, según el finado Rómulo, debía estar particularmente alerta. ¿Quién sería ese hombre (¿o esa mujer?) y qué motivos podría tener para eliminarlo? Cierto era que no iba a quedarse encerrado hasta que lo convirtieran en pastrón. Tendría que exponerse, hacer preguntas, desafiar al bastardo para que saliera a la luz. Y el mejor comienzo, estimó, sería realizarles una visita “amistosa” a Heriberto y Ferdibaldo.

Kovayashi leyó la programación de la TV por cable y determinó que el momento ideal para salir sería a las 21:25, exactamente 15 minutos después de comenzado el superclásico. Así lo hizo. Las ventanas del departamento estaban cerradas, la calle, despejada, y la temperatura había descendido a valores racionales. Ingresó al edificio de los escritores con su llave duplicada y esperaba hacer lo mismo al subir. Según sus cálculos, los escritores ya se habrían retirado; podría revisarlo con tranquilidad todo el tiempo que deseara. Ignoraba Kovayashi, no obstante, que desde las 21:25, Ferdibaldo empuñaba nerviosamente su Parabellum 9mm con silenciador en la semipenumbra del 1º A.

En los últimos tiempos, la conducta del Doctor se había apartado de los mandatos de las buenas costumbres, y eso incluía el asesinato. Esa noche, la vergonzante lista se había engrosado con una violación de domicilio. Kovayashi era consciente de todo, lo sufría y le generaba culpa, aunque no dejaba de maravillarse de las nuevas habilidades que había adquirido. ¡Con cuánta delicadeza había hecho girar la llave en la cerradura, qué poco aire había desplazado o cuán sordos habían sido sus pasos al ingresar al living, qué veloz había sido al abrir y cerrar la puerta! Se sentía verdaderamente seguro de sí mismo, aun cuando no había llevado un arma.

En el corto segundo entre que la luz se encendió y el brazo de Heriberto se le enroscó en el cuello, Kovayashi detectó que el estudio de escritura ya no existía como tal. Todo estaba embalado, excepto los escritorios. Evidentemente, Feather y Teller habían planeado cómo huir luego de encargarse del él. Lo que más le extrañaba era, empero, no comprender el motivo por el cual estaba a punto de perder la vida. Aquel brazo fibroso ajustaba mucho. De repente, Ferdibaldo apareció desde de la cocina. Llevaba en su otra mano un retrato del viejo Scalisi. Kovayashi no podía hablar; ya cerca de la anoxia, pero consciente, entrecerró los ojos.

_ “¡Soltálo que lo quemo¡” Teller sudaba a mares. Gritaba en voz casi imperceptible, estirando al máximo los tendones del cuello para no llamar la atención de los vecinos. Kovayashi dedujo que Ferdibaldo, a pesar de estar a metro y medio, temía fallar el disparo. Mientras Feather estuviera detrás, la ejecución se postergaría, y eso le daba tiempo para intentar pensar.

_ “¡No, es peligroso!” Contestó Feather, también cubriendo su voz y sensiblemente alterado.

_ “Soltálo, pelotudo…” El temor de Teller y la impericia de Feather le daban claramente la razón a Rómulo, razonó Kovayashi, que en su fantasmal aparición los había calificado de impostores. Tal vez esos dos fueran escritores, pero delincuentes profesionales, nunca. Súbitamente, Heriberto relajó el brazo y con un impulso vertical dejó al Doctor tendido sobre el parquet. Si podía hablar antes de que Teller gatillara, entonces habría esperanzas.

_ “¡¡Kandrasky los está usando!!” Kovayashi gritó tan fuerte como pudo, y un dolor agudo como un picahielos le atravesó las cuerdas vocales. La jugada estaba hecha, y la respuesta, verbal o metálica, llegaría inmediatamente. Sentado contra la pared, apretó las mandíbulas. Teller volvió a levantar el brazo y le apuntó a la cabeza. El arma temblequeaba en sus finos dedos. Kovayashi supo que el mequetrefe nunca había matado a nadie y lamentó tener que ser el primero. Teller transpiraba. Entre su mano y la culata de la Parabellum se había formado una capa de sudor viscoso. Poco a poco, el índice de Ferdibaldo se fue cerrando sobre el gatillo hasta que un estampido seco, distinto al fiú apagado de las películas de espías, resonó en el living. En el mismo instante en el que la bala hacía explotar un inmenso parche de revoque a 2 centímetros de la oreja de kovayashi, Feather pateó el antebrazo de Teller y la pistola cayó lejos por el pasillo del baño. Había llegado tarde, pero por fortuna para el Doctor no habría segundo disparo. En los rostros de Ferdibaldo y Kovayashi sólo cabía la incredulidad.

_ “Nuestro vecino sabe algo que nosotros no. Escuchémoslo, hay tiempo para agujerearlo después”, dijo calmadamente Feather mientras Teller, hirviendo en ira, corría a buscar la Parabellum.

Kovayashi nunca había estado tan cerca de su propia muerte. Rejuntó fuerzas y habló; las palabras eran su única arma. “Miren, no sé quién es el tal Kandrasky, ni tampoco sé quiénes son ustedes. Sólo sé que no son profesionales y que el tipo no quiere ensuciarse las manos. ¿Quién es K…”

_ “No le diremos nuestros nombres. Somos algo así como sobrinos… ejem… sobrinos terceros de…” lo interrumpió Heriberto, señalando el retrato del viejo Scalisi. La mandíbula de Kovayashi cayó verticalmente, dándole a su cara el rictus de asombro que le faltaba. “Kandrasky no entró en detalles, apenas sabemos que Ud. lo… ejem… lo mató.”

_ “¡Vamos… no me van a venir con que esto es una venganza!” Kovayashi se animó a soltar una risita sarcástica. “Se equivocan conmigo. Yo no maté al viejo. ¿Quién es Kandrasky? ¿Qué les prometió?”

_ “Matémoslo ya, Heriberto…” insistió Teller, que había amartillado nuevamente la Parabellum.

De repente, Kovayashi recordó un detalle, aquella nota manuscrita que había extraído del sobretodo de Scalisi después de su muerte, y que siempre llevaba consigo en la billetera. Pidió permiso a los escritores para sacarla y se la entregó a Feather, que la leyó ansiosamente en voz alta. “Hola Doctor. Cuando lea esto yo ya no voy a andar más por acá. Después de lo de anoche, creo que me voy derechito al… ejem… infierno. Pero sepa que le estoy agradecido, y mucho. Por primera vez en mi vida algo me salió bien, debe estar orgulloso de mí. Perdóneme la letra, tengo muy poca fuerza y la derecha no me funciona. Así que cuando me acueste ya no me levantaré otra vez. Nos vemos en unos años. Luis.”

_ “Creo que le debemos una… ejem… una disculpa, Doctor.” La voz de Heriberto sonó cansada. Mientras Teller, pensativo, devolvía el arma al cajón, Feather lo ayudaba a Kovayashi a ponerse de pie. El Doctor tenía muchas ganas de llorar y también quería erradicar de la faz de la Tierra a los dos payasos. Por fortuna, su cerebro estaba frío como un iceberg, y eso le ayudaba a calmar su espíritu. “Ya habrá tiempo para ajustar cuentas”, pensó. Al cabo de un rato de introspección, los tres hombres bebían té de jazmín sentados al escritorio de Teller.

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Espejismos

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Esta es una anécdota en partes: la 27a en la saga del Dr. Kovayashi.

El living recibía con alivio la sombra entrecortada de la persiana de barrio. La atmósfera húmeda era apenas tolerable, pero en la calle el aire literalmente hervía. Era el momento de la siesta. Todo quemaba; incluso, sobre los adoquines de Tres Sargentos se podía ver el ondular de los espejismos. Con un mismo impulso, Kovayashi dio un portazo, arrojó con furia el sobre de papel madera y fue a la cocina a servirse dos vasos de té frío con limón. Las hojas volaron por todo el cuarto.

Había vivido el stress de creerse en peligro. Sabía que eran sólo conjeturas atadas con hilo dental, pero había aprendido a confiar en la intuición. Llevó los vasos a su escritorio; leería algunos manuscritos de sus dirigidos. No era algo que le resultara placentero ya que pocos de ellos sabían escribir bien. Sólo debía hacer el trabajo, devolvérselos por email y a otra cosa. Sentado en su amado sofá dejó que las primeras páginas discurrieran entre sorbo y sorbo, empapándolas con el sudor de los vasos. El Doctor notó que sutilmente sus párpados iban dejándose caer, al tiempo que su vista saltaba anárquicamente de un párrafo a otro. En cuestión de minutos estuvo dormido como un lirón.

¿Cómo explicar que no demasiadas semanas atrás le era imposible conciliar el sueño sin pastillitas, y ahora, después de cortarle el cuello a una persona, dormía la siesta como un bebé? Era algo sobre lo que el Doctor no se atrevía a pensar.

El sueño lo acogió como lecho de plumas de caburé. Un aula de la facultad era el escenario, y sus estudiantes de doctorado, los protagonistas. “Lo de siempre”, razonó. Querían sus trabajos corregidos y se los reclamaban airadamente. A un tris de despertarse, Kovayashi les pidió que se calmaran e hizo algunas promesas vagas. Así logró deshacerse de ellos: sin abrir los ojos y sin violencia. Eso lo satisfizo. Luego deambuló por varias aulas portando en una mano el sobre de manuscritos sin corregir. A cada paso, el sobre lo incomodaba más y más, por lo que decidió dejarlo abandonado sobre un escritorio cualquiera. De repente, la perdida de los manuscritos le causó angustia. “Me van a denunciar”, se lamentó. Sin embargo, siguió avanzando. El sueño lo condujo por un corredor largo y poblado de oficinas a ambos lados. Sin motivo aparente ingresó a una de esas oficinas, donde una recepcionista muy bonita lo invitó a tomar asiento y esperar. No había transcurrido mucho tiempo cuando le avisó que lo estaban aguardando. Frente a sí apareció una puerta que no había visto antes, de madera trabajada y con una placa de bronce ilegible. Al ingresar se percató de que estaba en su propio escritorio. Giró la cabeza hacia la izquierda y, sorprendido, pudo verse a sí mismo dormido sobre el sofá. Más sorprendido aun, a su derecha, desnudos y alegres como si nada les hubiera pasado últimamente, lo aguardaban sus (ex)buenos vecinos Rómulo y W.

_ “¡Qué gusto verlo de nuevo, Doctor!”, se adelantó a hablar la Sra. W., y señalando con su índice hacia el sofá añadió: “Por favor, no meta ruido, podría despertarse…” Rómulo estaba sentado en la silla de la PC. Observaba alternativamente al Doctor y a su esposa, siempre con una amplia sonrisa. Por su parte, W. permanecía de pie como preparada para desaparecer, si fuera necesario.

_ “Tenemos poco tiempo, Doctor, y Rómulo quiere decirle algo muy importante.” Entonces, el foco de la atención recayó en el bueno de su marido. Kovayashi notó que Rómulo abría la boca pero las palabras no le salían. Tan grande abrió la boca que el Doctor pudo ver un objeto plateado que brillaba detrás de su campanilla. “Un momento”, dijo la Señora W., quien metiéndole la mano hasta el fondo logró extraerle una caja metálica alargada. De ella sacó una hojita manuscrita que entregó al Doctor. Luego volvió a colocar la caja en la garganta de Rómulo. La caligrafía era espantosa, mas Kovayashi se las arregló para leer el texto completo.

“Doctor Kovayashi, ya sabe que tanto W. como yo estamos… Puedo ver cosas que ni se imagina, ya le contaré algún día. Ahora es importante que sepa que hay peligro cerca, que ande con pies de plomo. Cuídese de Kandrasky. También de esos dos impostores, pero más de Kandrasky.”

_ “¡Kandrasky!”, dijo Kovayashi justo en el momento en que la pareja comenzaba a desvanecerse. Rómulo y W. se pararon y sin dejar de sonreirle lo saludaron y atravesaron el muro hacia la que, en vida, fuera su casa.

_ “¿Kandrasky?”, se preguntó Kovayashi al despertar en su sofá. Estaba empapado de transpiración, al igual que el tapizado. “¿¡Quién es Kandrasky!?” Desconocía la respuesta.

En una veloz carrera salió de su casa y no paró hasta detenerse frente a la puerta clausurada de la que fuera la casa de Rómulo y W. “No. No es posible…”, dijo para sí con más negación que incredulidad, y regresó a su casa, a su sofá, para continuar la lucha con los manuscritos.

En la esquina, los espejismos no cesaban de danzar.

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Feather & Teller, escritores

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Esta es una anécdota en partes: la 26a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “Acaba de entrar a su casa, parecía ofuscado…”

_ “¿A qué te refieres?”

_ “Verás, tomó nuestra hermosa tarjetita (¡con lo que me costó insertarla entre el marco y la puerta!) y sin ni siquiera echarle un vistazo la arrojó a la calle como si se tratara de una…”

_ “¡¡Shhh!!” interrumpió Feather, acompañando su grosería con un movimiento de brazos. Le agradaban esos golpes de efecto, y paladeaba el silencio posterior con verdadera fruición. Ahora tenía frente a sí a un Teller cariacontecido, por lo que se cuidó de no retomar la charla antes de tiempo. “No lo digas, alguien podría escucharte. El tipo está desequilibrado, lo sabemos pues lo hemos observado de sobra. No importa cuántas tarjetas le hayamos dejado, por varios días se recluirá en su casa. Tendremos que volver a postergar el… ejem… trabajo.”

_ “¡Zambomba! Hablas con la verdad, Heriberto, y por ello te admiro y te detesto al mismo tiempo. De sólo pensar que permaneceremos más días en este barrio, en este piso… Quiero irme. Ya escribimos lo necesario, terminemos ahora mismo el resto y larguémonos.”

_ “Discreparé contigo, amigo Ferdibaldo. Tanto la vecindad como la particular etología de sus habitantes me resultan muy… ejem… seductoras. Además, conoces mi carácter, odio dejarme llevar por la ansiedad. ¡Todo a su debido tiempo! Sugiero que nos relajemos y que continuemos editando el manuscrito.” Y habiendo dicho esto, Feather retornó a su ordenador. Teller, por su parte, fastidioso y con los brazos en jarra, miró el primer cajón de su escritorio y recordó que allí había colocado la 9 mm.

Sin embargo, Feather estaba tan equivocado como rascarse el pie con el zapato puesto, ya que en ese mismo momento el Dr. Kovayashi cruzaba la calle hacia el departamento. Enero había convertido a Sobremonte en un horno solar. Ya no quedaban pastos entre los adoquines ardientes, ya nadie caminaba por esas veredas a riesgo de insolarse o de ser asaltado en soledad. Además, el zumbido de los acondicionadores de aire era intolerable. “Jodido estilo de vida”, se lamentó Kovayashi, “cada cual en su cueva hasta el otoño”. Su reloj pulsera marcaba las 13:45. No eran horas para andar visitando vecinos, pero ciertamente no le importaba. Acababa de regresar del hospital, donde se había enterado de boca del mismísimo Brontes que cinco días después de aquella visita, Rómulo había partido al más allá, y que si bien no eran cosas de su incumbencia, al día siguiente el cadáver había sido reclamado y retirado por un enano giboso. Sin lamentos ni preguntas, Kovayashi se despidió del médico y enterró definitivamente el asunto de la Sra. W. y su esposo Rómulo.

Cuando Feather abrió la puerta, Kovayashi notó que sólo veinte días sin verlo habían bastado para que olvidara sus rasgos. De todos modos, ambos se saludaron cordialmente como si fueran vecinos de larga data. Escondido tras el cuerpo de Feather, Teller entreabrió el cajón del escritorio.

_ “Permítame presentarle a mi socio: Ferdibaldo Teller”, dijo Feather.

Aun para el delicado criterio fisonómico de Kovayashi, el parecido entre Feather y Teller era tan desconcertante como sus nombres. “Saquemos factor común y veamos qué queda”, pensó el científico. “Queda un tipo ni alto ni bajo, magro, levemente encorvado hacia delante; cara afilada, frente ancha, nariz cortada a formón, ojos marrones, dientes manchados de nicotina; brazos largos, manos huesudas, sin anillos; pantalones de franela, tiradores, camisa con aureola de sudor; cabello pardo, peinado hacia atrás con grasa. Mocasines negros, sin lustrar.”

_ “En cuanto a mí, puede llamarme Heriberto, Doctor”, dijo Feather, y haciéndose a un lado añadió: “¿Se queda, no? Perfecto; el té está recién preparado.”

Kovayashi demoró en responder pero conservó una sonrisa pétrea hasta completar su razonamiento. “Ahora analicemos el tamizado. A primera vista, Heriberto parece más simpático, aunque mejor ser precavido: al darnos la mano sentí que sacudía un arenque fofo. Posee un tic nervioso que lo hace parpadear repetitivamente; posiblemente sea una afección neuronal. Su camisa es blanca a cuadros azules. Luego, Teller es un tipo taciturno, enigmático. No me dio la mano, saludó de lejos agachando la cabeza. Su camisa es a bastones celestes verticales. Su PC está apagada.”

_ “Como le decía, somos escritores”, arrancó Heriberto. “Ficción, principalmente. Formamos una buena sociedad, ¿no es así, Ferdibaldo? Puede parecer introvertido, y de hecho lo es, pero el 100% de nuestras historias nacen de su febril imaginación. Es un verdadero genio. Yo sólo oficio de… ejem… abogado del diablo; escribo y edito… son funciones de las que me enorgullezco y que, por otra parte, él sería incapaz de llevar a cabo. Trabajamos por encargo y bajo seudónimo estricto. TV, internet… cosas por el estilo. Por eso nunca oyó de nosotros. No obstante, aquí estamos por algo diferente, alquilamos este bonito departamento para escribir en paz nuestra primera… ejem… novela.” El Dr. pensó que si hubiesen visto el piso en los días de Scalisi, con el olor pestilente, la pascualina momificada en la puerta de la heladera y la ballesta manchada con sangre de pene, eso de bonito habría estado de más.

_ “Para nosotros sería un verdadero honor si Ud., Doctor, leyera esta primera versión”, dijo Heriberto mientras apoyaba sobre su escritorio un sobre de papel madera con una inscripción manuscrita: “Kovayashi”. El Doctor tomó el sobre y tras excusarse por los efectos diuréticos del té, pasó al cuarto de baño; nunca imaginó cuánto irritó a Teller el hecho de que no preguntara el camino…

La estadía en el recinto sagrado se prolongó más allá de la micción. Por múltiples razones, Kovayashi desconfiaba de ambos. Excepto los consagrados, ningún escritor ignoto alquilaría un piso para escribir su primera novela. Además, si apenas lo conocían, ¿por qué le habían confíado la lectura del manuscrito? Tampoco era normal que le hubieran pasado 40 tarjetas de presentación bajo la puerta. Trabajaban todo el día, mas no interactuaban con nadie, no recibían el periódico, no salían a hacer compras. Era evidente que los movía algún tipo de interés en él, un interés enfermizo. Esta conclusión le erizó los pocos rulos de la nuca.

La culata de la pistola estaba a la misma temperatura que la palma de Ferdibaldo, pero Kovayashi nunca se enteró. Para el momento en que regresó al living, Feather ya se había bebido todo el té y como hipnotizado leía un texto de la pantalla de su PC. Por el grosor del silencio indujo que habían discutido, así que se despidió desde la puerta con un “adiós” inexpresivo, bajó la escalera y escapó a la vereda usando un duplicado que nunca había devuelto. Ya en el umbral de su casa miró hacia el ventanal del 1ro A donde reconoció las dos siluetas tras el cortinado. Agitó sobre su cabeza el sobre de papel madera como reiterándoles cuán agradecido estaba, aunque entre dientes los maldecía y perjuraba quemar ese manuscrito tan pronto le fuera posible.

_ “Fue un error dejarlo ir”, masculló Teller mientras guardaba la 9 mm en su cinturón.

_ “¡¡Shhh!!”, respondió Feather.

El silencio duró hasta el día siguiente.

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