Sí, querida

Diciembre 26, 2009

Esta anécdota de viajes me la regaló el Dr. Kovayashi luego de regresar de una travesía por el lejano oriente.

Suena su celular otra vez más. Un poco autómata, otro poco servicial, Wang responde a su jefe. No entiendo el chino, sólo sé dos palabras, pero imagino que Wang responde “El viaje va bien, el visitante encuentra todo interesante y parece contento, esta noche dormimos en Doulung”. Wang es un tipo sonriente y despreocupado, al menos lo es en este viaje. Tal vez compartimos la misma respuesta fisiológica a los viajes, que vuelve el humor excelente una vez que la ruta se desliza por debajo de las patas o las ruedas.

Otra vez suena el celular. Wang responde entrecortado, servicial otra vez, pero el humor es otro. Monosílabos repetidos cada tres o cuatro segundos confirman lo que pienso. Wang corta con la mirada reconcentrada. Le pregunto “your wife…?”. Estalla en una carcajada. Los dos reimos. Ojos redondos, ojos estirados, somos el mismo bicho en todos lados.


El encargado sensible

Diciembre 23, 2009

La noche anterior había caído una helada y por la mañana Jaime, el encargado del rascacielos, al salir a lustrar el picaporte se maravilló de sentir el crujir de los cristalitos bajo sus suelas. “Debe ser uno de los últimos fríos”, pensó porque -estaba claro- asociaba septiembre con primavera y primavera con calor. Pero septiembre recién comenzaba y todavía soplaba un viento sur tan frío y húmedo que cortaba la piel y calaba los huesos. Era temprano en Puerto Madero. Jaime desdobló su cuello alto y sólo después de unos minutos pudo percibir algo que se movía sobre el horizonte; un barquito. Ése era su momento de intimidad, cuando podía observar sin ser visto, sin tener que saludar a las vecinas de los pisos altos o al camión de las medialunas. Y no había ruidos estridentes. Nada más que por eso aceptaba el frío, porque en primavera, a esa misma hora, la ciudad ya habrá despertado con luz, calor y estridencias, enamorada.


Un robo al sur de Buenos Aires

Diciembre 16, 2009

Dos hombres salieron de la quinta. Tenían prisa. El primero parecía comandar la acción, para lo cual orientaba con seguridad su marcha entre los múltiples senderos que unían la casa con la glorieta, la piscina, la cancha de cricket y el portón de salida. Llevaba una pistola en su diestra y en el pecho de su camisa blanca resaltaba un sangriento salpicré. El segundo hombre acarreaba una bolsa repleta de cosas y, a primera vista, muy pesada. Los dos eran sombras en el animado atardecer de Ranelagh.

Un auto importado los esperaba estacionado y con el motor caliente. Los cristales polarizados impedían ver que al volante estaba un hombre más o menos bien vestido, con una melena entrecana y sucia peinada hacia atrás, y con una llamativa cara de hamster. El de la bolsa y el de la pistola subieron directamente al asiento trasero del sedán.

_ “¿Buen material?” preguntó el cara de hamster.

_ “Inmejorable, jefe”, dijo el de la bolsa, mientras que el otro permanecía silencioso en su anhelo de escapar lo antes posible de allí.

_ “Y a vos, ¿qué mierda te pasa?”, preguntó el hombre canoso.

_ “Tuve que matar a dos, una mina y un tipo. Se pusieron hinchas. No me quedó otra…”

Cara de hamster pisó el acelerador y el auto se perdió varias esquinas más allá, en su regreso a la Ciudad de Buenos Aires. Todo había salido según sus planes: las vitrinas de este tipo de casas centenarias deben de tener notables antigüedades, piezas de porcelana, vajilla inglesa y cosas por el estilo. Y este robo había sido la demostración, aunque no constituía el ejemplo perfecto. Los dos fiambres probablemente le traerían problemas. Supo que en breve iba a tener que deshacerse de ese ayudante con problemas de conciencia.

La casona había quedado en silencio. Adentro, tendidos en el piso de la cocina, estaban los cadáveres de Benítez (balazo en el estómago) y de su esposa (cráneo despedazado), encargados circunstanciales de la quinta. Estos incidentes aceleraron hacia el final del año la mudanza de la familia del fallecido Evaristo, herederos legítimos de la quinta.


Mejor no hablar del azar

Diciembre 11, 2009

La presente anécdota me la contó Hannimal cierto 23 de diciembre en la cola de una agencia de quiniela en Villa Luro.

_ “¡No sabés cómo se puso!”, me dijo Hannimal, visiblemente exaltado. “Y todo porque se me ocurrió empezar a hablarle del azar.”

_ “No veo qué tiene de malo…” acoté, con intención de darle pie para que me contara una nueva anécdota.

_ “Todo tiene que ver con las estúpidas enseñanzas su padre, ese demente que se hace llamar Daibushi. Palabras más, palabras menos, esto es lo que Micaela me dijo…”

_ “Borges lo sabía, pero nunca pudo escaparse de la literatura y contarlo claramente. En concreto, lo que mi papá creía (y me enseñó) es que hay una especie de balance universal entre premios y castigos. Si alguien se manda alguna macana, es prácticamente imposible que le toque algún castigo por eso, pero sí por las malas acciones de los demás. A escala universal, todo está siempre en equilibrio.”
_ “¿Vos me querés decir que podría existir gente execrable que se muera sin haber recibido ni una penitencia por sus pecados?”
_ “No sólo eso; hay muchas personas excepcionales que viven desdichas profundas, que sufren hondas calamidades, siempre al borde de perder la esperanza de que algún día se les dé vuelta la tortilla para entrar en las buenas (mientras que ese día tal vez nunca les llegue). Te puede tocar Recoleta, Chacarita o un osario común. Todo puede ser. Pero nunca olvides que a la balanza la equilibra el azar, eso que vos tomás tan a la ligera, y que las reglas del azar son exclusividad de Dios.”
_ “Así que no valdría la pena intentar ser un buen tipo…”, le dije. “O peor aun, tendría sentido relajarse y dar rienda suelta a todo lo malo que tengamos adentro.”
_ “¡Basta, Hannimal! Me cansaste. Dejemos de hablar.”

_ “Entonces, ¿no te parece que sería mejor invertir estos pesitos en otra cosa menos azarosa?”, le pregunté a Hannimal mientras llegábamos a la ventanilla y la empleada nos saludaba cordialmente desde atrás del vidrio.

_ “¡En absoluto! Salgamos de pobres de una vez por todas.”

La mujer despegó del vidrio una larga tira de billetes y cortó uno con singular maestría, uno con terminación 635. Al salir, caminamos una cuadra en silencio. Nunca había tenido semejante sensación de futilidad en mi vida.


Oniromacia

Diciembre 8, 2009

En cierta ocasión estaba Daibushi charlando con una vieja amiga, la Señora W., a quien cierta circunstancia fuera de su control la había puesto al borde del ataque de estrés. Después de semanas sin poder dormir, su médico la convenció de las bondades de los sedantes, y ella, que nunca había ingerido esa clase de drogas, no tuvo más que rendirse ante las evidencias. Sin embargo, las pastillas también provocaban en la Señora W. un efecto colateral lamentable: unos sueños alterados que lindaban con las pesadillas. O peor aun, con las alucinaciones.

Así fue que la Señora W., a sabiendas de los cambios que había atravesado Daibushi en los últimos tiempos, refirió a éste sus dos últimas pesadillas. Por su parte, Daibushi, que odiaba ese tipo de situaciones, terminó prestándose al juego en señal de respeto a los años de amistad con la Señora W.

_ “En el primer sueño, yo aparezco de pie en el medio de una laguna inmensa, tan grande que no podía reconocer ninguna orilla. El agua me llegaba a las caderas. Hacía días que estaba allí parada, y como, obviamente, no podía sentarme, los pies me dolían cada vez más. Pero en un instante me descuidé, y el cansancio me hizo dormitar; mis ojos se cerraron por un breve lapso (o eso me pareció). Al volver a abrirlos, el agua había desaparecido. Todo estaba seco. Miré mis pies y me di cuenta de que no estaba parada sobre un fondo de arena o de barro, sino sobre millones de esqueletos humanos. De la impresión, dí un alarido con el que el sueño terminó.”

_ “El segundo sueño es más raro todavía. Soñé que un perro gigante me llevaba a la rastra, bajando las escaleras de un subterráneo. En el arrastre, lo primero que pensé fue “espero que me dejen viajar con semejante perrazo…” A mitad de camino en mi descenso, en un determinado momento noté que el perro había empezado a transformarse, a mutar. En minutos se había momificado, a tal punto que la piel parecía habérsele resecado por completo. Rasgué con mis uñas esa especie de pergamino que llevaba por piel, se la arranqué a jirones, y debajo del cuero encontré un gato momificado. El gato era Bastet, la diosa con cabeza de gato, protectora espiritual del faraón. Como usted sabrá, Alberto, Bastet es la madre de Anubis… Estoy muy confundida, Alberto. Necesito dormir, pero tengo pavor de soñar. ¿Qué opina usted de estos dos sueños?”

Daibushi había escuchado atentamente el relato y estaba preparado para darle a la Señora W. una respuesta que ella nunca olvidaría.

_ “La parca se ha anunciado. Su presencia es inminente.”

_ “¡Ay, Alberto! Usted me da mucho miedo. ¿Insinúa que me estoy por morir?”

_ “No lo sé, W., esas son cosas del azar o, en última instancia, de Di


Un festejo íntimo

Diciembre 3, 2009

La quinta de Ranelagh quedó sola una vez más, o mejor dicho, a solas con el flamante encargado. Benítez, para quien la responsabilidad del mantenimiento de semejante edificio y su jardín no era una carga sino un honor, ingresó a la casa y encendió las luces. Buscó una levita en los cajones del trinchante y mutó su aspecto de simple jardinero a mayordomo. Se desempeñaba en su nueva función con la habilidad de un viejo criado, pero también con una delicadeza muy apartada de la necesaria para recortar los cercos de glicinas. Así fue como con sólo un rato de trabajo había tendido la mesa como para un banquete de 16 comensales; eligió el mantel más bonito y la vajilla que estaba en la vitrina, una ajetreada porcelana inglesa.

Se sorprendió al verse así vestido frente al espejo de la cómoda donde estaba el teléfono, y no pudo contener una sonrisa. La alegría no había sido un sentimiento frecuente en su vida, aunque había tenido sus momentos. Pensó cuánto merecía una gratificación, en todas las razones por las cuales debía darse ese lujo que, de haberlo soñado la noche anterior, le habría resultado un disparate. Marcó con impaciencia el número de su mujer, quien acudió a su llamado inmediatamente después de cortar la comunicación. Cuando ingresó a la casa, una hora después, se saludaron con dos besos prolongados, como aquellos de los buenos tiempos idos. Ella se acercó a la mesa y abrió el paquete de papel madera, de donde extrajo dos panes y algo de fiambre de cerdo. También bebieron jugo sintético en copas de cristal. Ambos estaban alegres y pasaron una hermosa velada. Fue la primera vez que ella, después de la sobremesa, no se quejó por tener que lavar los platos.


El río genuflexo

Noviembre 30, 2009

No es que el río de la Plata sea tan chato como dicen. Tengo la impresión de que siempre está echado o, al menos, arrodillado como en un reclinatorio cuyo frente mira hacia Buenos Aires. Es su aspecto el que me hace pensar. La seguidilla de días nublados que nos azota bien podría ser un castigo del cielo, y este río tan sobrio y circunspecto -tan católico- nos muestra un tímido marroncito cual reflejo desteñido de la poca luz que cae de las nubes. Como falto de cierta rebeldía, se aplana hasta esconder cualquier ola, cualquier ondulación que resulte irrespetuosa. Hoy (como no podría ser de otra manera) los barcos pasan rapidísimo. Cuán bueno sería que, de repente, alguna ola se escapara del lecho, regara la selva, lavara los coches del puerto y nos mojara desfachatadamente el pelo. Una, sólo una alcanzaría. Pero -sabemos- esto no ocurrirá.


El edificio de enfrente

Julio 16, 2009

Hoy sopla viento del sur, lo veo en la inclinación de las columnas de humo que salen de la usina. Cuatro barcos están fondeados en el río y esperan una orden. En el techo de un edificio frente a mi ventana, un técnico vestido de overol repara una antena parabólica de TV. Se nota que sus manos están heladas porque el destornillador se le ha caído varias veces. De a ratos permanece sereno con la mirada perdida en el extenso horizonte, más allá de los barcos. ¿Pensará en las corrientes que bajan del Paraná? ¿Extrañará, quizás, a los familiares que debió dejar en otro país?

Unos metros más abajo por la fachada del edificio, en la ventana que -adivino- es del 4to A, una familia entera gesticula frente al televisor. Con signos inequívocos de impaciencia golpean el aparato, lo sacuden, presionan simultáneamente botones azules y rojos, caminan a su alrededor, vociferan. Uno de los 3 muchachos ha sacado el torso por la ventana y, con el brazo en alto, parece imprecar al cielo. En el techo, mientras tanto, el técnico vestido de overol se ha sentado muy tranquilo a comer un sándwich y a seguir pensando, fija su mirada en las olas que mueve el viento sur.


Anécdota en partes (II)

Julio 12, 2009

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Comencé a andar con decisión sobre unas veredas que supieron ser mías. Estaba seguro de que podría reconocer todo a mi paso, como si nunca me hubiera ido de allí. A cien o doscientos metros de la plaza, nada más, la mayoría de las casas continuaban siendo tan bajas como en mis recuerdos, aunque estoy seguro de haber pasado frente a alguna planta alta bastante pretenciosa. Un jazmín chino inmenso y blanco de flores rebozaba las verjas de dos casas contiguas, y apoyada en una medianera despintada vi una cucha de madera vacía. “Hoy se te dio, pichichus”, pensé, y si bien el frío le imponía desánimo a cualquier ser vivo, no dejó de llamarme la atención cuán largas eran las zancadas de los cuatro o cinco fanáticos que a último momento habían decidido ir a misa de siete, a sabiendas de que llegarían ateridos y, lo que es mucho peor, con culpa. El resto prefería, como era lógico, guardarse con sus animalitos en el calor de sus casas.

Me tomó tres o cuatro cuadras más llegar a mi barrio. Tenía el íntimo propósito de volver a aquella atmósfera de mis años de escuela primaria, que tan bien recordaba. Me dí cuenta de cuánto añoraba esas casas humildes, cúbicas, cuyos fondos siempre tenían gallineros con alambrados panzones, oxidados, y jardines al frente con enanitos de cemento y maceteros blancos en forma de cisne. En la esquina esperada, dentro del cono rojizo del farol de sodio reconocí el edificio la biblioteca pública, con su fachada colonial y sus ladrillos gastados. Sentí un leve hormigueo en mi nuca, como en aquellas noches adolescentes cuando nos escapábamos con el Perro Basteiro a fumar nuestros primeros cigarrillos en el oscuro porch de la biblioteca, y al oír susurros en el interior, escapábamos a toda carrera hasta la plaza. Allí volvíamos a encender las colillas, a salvo ya de los fantasmas. Tomé por por la transversal. A mitad de cuadra, el encuentro con la panadería del Sr. Giménez me trajo una alegría tan efímera como un suspiro de gorrión. De repente, noté que el barrio había mutado en mis propias narices, como si el efecto de una anestesia general se hubiera desvanecido. Por sobre mi hombro izquierdo advertí que aquellos jardines tan prolijos no eran más que malezales, que la panadería era tan sólo un galpón en un baldío, y que entre los muros de la antigua biblioteca, un grupo de drogones compartía una jeringa. Evidentemente, los sucesos que estaba por vivir, de alguna manera me forzaban a mantenerme despabilado, alerta. Volví la vista al frente. Sobre la otra esquina, a través de las hojas azogadas de una magnolia apareció el cartel del Bing.

Continuará…


Anécdota en partes (I)

Junio 16, 2009

Esta anécdota me la refirió Hannimal. Opté por contarla en primera persona, aun cuando me tomé la libertad de realizar algunas alteraciones importantes a los fines del relato. La acción transcurre en un pueblo en la provincia de Buenos Aires, al sur de la Capital Federal.

Me paré en seco en la mitad de la vereda del hotel, donde advertí que ese impulso visceral no me llevaría más allá. El pueblo estaba tan diferente que no podía reconocer el camino a seguir. Atardecía. El aire inviernal contraía mis carnes con ese frío genuino capaz de calar un hueso aun en ausencia de viento. Un retazo de sol mezquino abrigaba en la esquina a 5 ó 6 muchachos que me miraban de costado. Tal vez haya sido bueno (o tal vez no) el haberme detenido en los ojos oscuros de uno ellos. Ví cómo él se elevaba por sobre el resto con la estampa de los líderes. Dos o tres más lo siguieron, por lo que entendí que me convenía escapar, perderme en la plaza de enfrente. Así que crucé el asfalto y caminé por el pedregullo naranja de mi niñez, entre los mismos bancos de material y los mismos árboles encalados hasta la altura del pecho. Ellos también.

“Qué absurdo, enrejaron a San Martín”, pensé al ver la estatua del General en su caballo. Antes de llegar al playón donde confluian los caminos escuché silbidos entre los arbustos, y luego, como de la nada, una pandilla de niños con hondas salió a mi encuentro. El aire a mi alrededor comenzó a vibrar en espasmos; una, dos, tres, muchas veces. Apuré el tranco hasta correr. A las siete de la tarde en punto, las campanadas de la iglesia se confundieron con los piedrazos en el bronce del caballo blanco. Blanco que a la vez fue rojo y luego negro. Es muy posible que haya rodado después de sentir la explosión de mi cráneo atomizado en tantas piedritas como las del sendero. Los golpes del badajo me resultaron eternos, me dolían en la piel, fluían espesos por mi frente, pegajosos, calientes. Ahora, mientras manejo de regreso a Buenos Aires, hasta dudo de que realmente fueran las siete. No recuerdo cuánto esperé para ponerme de pie. Minutos… horas. Creí sentir cómo aquellos muchachos de la esquina me vaciaban los bolsillos; me vi cargado sobre un hombro, doblado, boca abajo; creí ver mensajes en el discurrir de los baldosones de la vereda. Creí sentir la dureza de un colchón duro en una habitación a oscuras. Soñé que dormía sin despertar.

Cuando me incorporé, la plaza estaba desierta. Instintivamente busqué mi billetera en el bolsillo, y estaba allí. Como es mi costumbre, no llevaba ningún tipo de pañuelo, por lo que limpié la sangre con hojas secas de plátano. Continué mi camino hasta llegar a la acera de enfrente, la de la iglesia, desde donde pude identificar con facilidad el camino que me llevaría al Bing.

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El péndulo

Diciembre 27, 2008

Habíamos pasado un hermoso día de primavera tirados en el césped de la Costanera Sur. La tarde había avanzado y el sol estaba muy bajo como para asegurarnos diez minutos más sin sombras. Del otro lado del mantel estaba Jorge Colombres, el escritor, un tipo distante, demasiado metido en sus pensamientos como para sostener una conversación larga. A mi izquierda habían estado otras dos amigas de Micaela -hermanas, creo- que una hora atrás habían salido a pasear un rato por la reserva. Una vez más quedábamos frente a frente Mica, Daisy y yo.

- “¿Cuándo supiste de los poderes de tu papá?” preguntó Jorge sin levantar la vista del pasto. Nadie lo esperaba. Mica resopló, hubiera preferido hablar de su último proyecto fotográfico o sobre las bondades de ser vegetariana.
- “Yo tendría 10 u 11 años. Mi padre no estaba nunca en casa. Un día me animé y le pregunté a mi abuela por qué. Ella puso cara de fastidio, pero no esquivó el bulto. Me dijo que Albertito tenía poderes, que en ese mismo momento estaba en la casa de una tía mía que últimamente no andaba bien. Dijo que él tenía maneras de ver el futuro y otras cosas más que no les contaré. Justamente, en ese momento mi padre entró a la cocina; traía una expresión rara que no mejoró al verme. Nos dijo que había usado su péndulo radiestésico, y que sabía que su prima tenía cáncer, que se iba a operar y que no saldría bien de todo eso… No le creyeron.”

Micaela calló de repente, 15 segundos de silencio que Jorge rompió con su curiosidad. “¿Qué fue de tu tía?”, preguntó.

Días después se supo que, efectivamente, tenía cáncer. La operaron, salió mal y falleció meses después. Y es todo lo que les voy a decir. A Daibushi le desagrada que cuente estas historias.

El sol bajó detrás de los edificios y nos cubrieron las sombras. Un viento frío salió de la arboleda costera y comenzó a envolvernos en remolinos violentos. Por suerte, las hermanas regresaron para guardar las cosas e irnos rápidamente de allí. Los árboles y los rosales se sacudían al punto de hasta perder algunas hojas y pétalos. Jorge parecía incómodo por el relato y el viento, así que no volvió a preguntar nada al respecto. Es más, ese día nadie volvió a tocar el tema.

Esta historia es de primera mano, contada por Hannimal hace unos días mientras tomábamos un café y recordábamos a Micaela.


Delia se fue una primavera

Diciembre 21, 2008

“Tu padre no es más ese Alberto que yo conocí…”, le dijo la madre a Micaela. Las dos mujeres estaban solas en la casa, sentadas a la mesa de la cocina. Miraban el jardín por la ventana, con algo de nostalgia de aquellos días en los que para ellas la primavera significaba dicha, ropa liviana y la cercanía de las vacaciones. Delia había llorado a solas toda la mañana mientras disponía sobre el cubrecama pilitas de vestidos, sweateres, pañuelos, ropa interior y cepillos de pelo. Colocó una (y sólo una) fotografía entre sus dos camisones, y una muñequita de cerámica dentro de una bota de cuero. Descartaba que Micaela nunca se lo reprocharía.

“… lo único que te pido es que hablemos de vez en cuando…” Al lado de la puerta del fondo había una valija muy grande, repleta de ropa y a medio cerrar. Delia chupó largamente su mate y luego habló durante un rato sin que Mica la interrumpiera: los primeros años dorados con Alberto, su metamorfosis a Daibushi, los viajes místicos, el desbalance, la soledad y el maltrato, la juventud que la abandonaba… Nada le quedó por decir ya que se había preparado para justificar su partida, y si algo hubiera olvidado, no sería precisamente lo que le impediría cargar la valija y marcharse para siempre.

“… para saber que estás bien.” Clop-clop, Delia despegó sus codos del mantel de plástico a cuadritos, al tiempo que se ponía de pie y con determinación caminaba hasta la puerta. La casi-adolescente Micaela giró sobre sus isquiones, y con un gesto de su mano de princesa hizo que los cierres de la valija corrieran hasta chocar de frente debajo de la manija.

“Gracias, sabía que entenderías”, dijo Delia desde los baldosones del garage, para luego taconear por última vez los pocos metros que habían hasta la vereda y las pocas cuadras hasta la estación de tren.


Desde el balcón

Diciembre 13, 2008

Así fue como se desvaneció la niebla, a puro sol y viento. Ahora la luz es clara y brillante. En el puerto, las fachadas de los edificios que miran al sur están a la sombra, sensiblemente más frías, pero al resguardo de la brisa del noroeste. Sin saber por qué, mi vista se ha posado sobre una de esas construcciones cúbicas. En el tercer piso todos los balcones están protegidos por vidrios y todas las ventanas están cerradas, excepto una. Una mujer (a lo lejos joven y morocha) descansa de pie, acodada sobre la baranda del balcón. Tiene a su frente la dársena marrón y todo el resto del río, amplio hasta el horizonte, a su izquierda. Me da la impresión de que con sólo levantar su mirada podría ser feliz. Sin embargo, sin despegar los pómulos de las palmas hunde la vista en su propia vereda. Tal vez espere a alguien o tal vez ya deba dejar de esperar. Si sólo levantara la mirada…

Otra párrafo de Daisy de la época en que trabajaba de frente a Puerto Madero. Las horas se le hacían largas, y por suerte escribía cosas como esta :-)


Baldosa bidet

Noviembre 29, 2008

El hombre toma Azopardo hacia el sur y siente un frío repentino porque el viento se le cuela por el tejido de su pullover de lana. Va apresurado, debe querer llegar a tiempo a alguna cita en el puerto y sabe que sólo así podrá lograrlo. De repente se detiene en seco. No puede creer tanta desgracia. La baldosa que acaba de pisar, rajada hasta el centro del planeta, esconde bajo su vientre la inmensidad del lago Titicaca. El chorro de agua escala su pantorrilla y no se detiene hasta la cima. Al reanudar su marcha redobla el paso y en la esquina toma Estados Unidos rumbo a Puerto Madero. La niebla presiona a Buenos Aires contra el piso. Así parece creerlo el hombre de la pierna mojada, que camina cabizbajo hacia una cita. Y no llega…

Otra visión de Daisy desde el hastío de su viejo trabajo.


Débil honor occidental

Noviembre 25, 2008

Experimentó el poder con temor, pero logró levitar como un globo de helio. Diez o doce minutos, nada más, en una trayectoria vertical perfecta entre el piso y el techo, ida y vuelta. Su último maestro, el joven Haruki, lo siguió con la mirada durante el viaje y luego permaneció inmutable. Cuando Alberto P. volvió en sí, intuyó una rigidez en el rostro de Haruki y levantó los párpados. El gesto estaba allí.

Alberto P. había preparado la demostración en un galpón del ferrocarril en las afueras de Villa Lugano, a cuya penumbra pudo acceder por un intercambio de favores con un amigo del gremio ¿Cuánto tiempo les tomaría la ceremonia? Cuarenta minutos, tal vez una hora. Y después, Alberto P. sería ordenado Maestro.

_ “No luz”, sentenció Haruki sin vacilar. Alberto P., sacudido, pretendió responderle de alguna manera inteligente y respetuosa a la vez, aun cuando una parte de sí todavía estaba afectada por el trance.

_ “Maestro, la luz es sólo una forma más de energía. Tóqueme, sienta… generé mucho calor.”

Haruki debió haber controlado su enojo por esas palabras, para eso era Maestro, pero no lo hizo. En cambio, levantó su voz. Extrajo de entre sus ropas ceremoniales una daga similar a un kwaiken y la mantuvo sobre sus manos extendidas. Sin poder creer lo que estaba sucediendo, Alberto P. se paró de un salto.

_ “Calor no suficiente. No luz, no éxito. Honor occidental, señor Alberto P… débil como el material de los sueños. Por respeto a Ud., a los 47 samuráis, al general Nogi, a Yukio Mishima y a mi gran país, que no es el suyo, debe hacerlo ahora: ¡Seppuku!

Alberto P. volvió al piso. Lucía abatido y sudaba como animal. Su kimono de seda transparentaba la selva negra de sus axilas. Extendió una mano hacia Haruki, que se acercó para entregarle el arma. Con la decisión del rayo, Alberto P. hundió la hoja profundo en sus vísceras; cortó horizontalmente y luego revolvió, inexperto, en todas direcciones. Pensó que el dolor sería insoportable, que la agonía sería eterna y que saldrían malos olores. Pero no.

_ “¡Envidioso, envidioso de mierda!” surgió con odio el gritó de Alberto P. Y eso fue lo último que entendió Haruki antes de caer doblado en el lago de su sangre oriental.

Alberto P. limpió todo como pudo, y esperó a la noche para meter al muerto en una bolsa y enterrarlo en el descampado. Antes de marcharse de allí, escupió sobre la tumba improvisada y proclamó “Desde ahora, para el mundo seré Daibushi, nuevo Maestro.”


Padre, maestro y mentor

Noviembre 19, 2008

Escalón por escalón, lentamente, como si tanta espera y ansiedad hubieran devenido en un desánimo repentino, subí hasta la penumbra de un escueto recibidor. El cuarto oscuro y un bañito contiguo despedían vaharadas pestilentes, con lo cual, la decisión de permanecer de pie o sentarme no fue trivial: arriba, el aire más liviano olía a revelador y fijador; abajo, a cloaca averiada. “¡Vooy!”, avisó un rato después Micaela, cuando mi nariz ya se había acostumbrado.

Me intrigó la presencia de un estante en la pared del fondo. ¿Un altar? Tal vez… Floreritos, cuencos con semillas, un sahumerio quemado. En el centro, un portarretratos con una foto vieja (y de seguro trucada), en la que se veía a un hombre meditando, a dos o tres palmos del suelo. La pobre iluminación del hall me animó a tomar el marquito. Para mi sorpresa, me fue imposible quitarlo del altar. Revisé que no hubiera tornillos o clavos. Nada. Sólo estaba apoyado contra la pared. Intenté otra vez. Imposible, parecía un apéndice del mismo revoque.

- “Permitíme” dijo Micaela. Al igual que en la reunión en su departamento, nuevamente surgía de la nada a mi espalda para asustarme como a un niño. Ella tomó el portarretratos entre sus manos y me lo entregó.
- “¡¿Cómo lo hiciste?!”
- “Ya te lo dije, soy maga.”
- “Pero…”
- “Shhh, escuchá. Lo que ves allí no es un truco. En verdad, tampoco es magia. Si querés estar conmigo, tendrás que empezar por aceptar estas cosas que hasta ahora te han resultado inexplicables.” Una vez dicho esto, la expresión en su rostro se tornó más reflexiva, dura. “Ahora debés irte. Mi alumna está por llegar. Tenemos que vernos otro día.”
- “Por lo menos decíme quién es el de la foto.”

Le entregué el portarretratos para que ella misma lo devolviera al altar. El timbre de la puerta retumbó en el mármol de la escalera. Micaela, cariñosa, me prodigó un beso en la mejilla, y finalmente dijo “Es Daibushi, mi padre, maestro y mentor.”

Nunca había escuchado hablar de ese tal Daibushi; con los años supe que nunca más podría olvidarlo. Hubiera querido charlar más con Micaela, pero el tiempo se había agotado. La puerta del estudio se abrió, y la supuesta alumna comenzó a subir. Fue la primera vez que vi a Daisy.

Historia transcripta casi textualmente por Hannimal. Fue el día en que visitó a Micaela por primera vez en su estudio de fotografía.


Casi una revelación

Noviembre 12, 2008

La reunión estaba muy animada. Un par de grupos eran muy bulliciosos, pero la mayoría prefería charlar y reír normalmente, con estilo. La música y los perfumes recorrían en oleadas los tres ambientes del departamento. Me reconfortaba pensar que aunque hubiera nacido sordo y ciego, aun así sabría que estaba rodeado de mujeres hermosas. Meses después, en su estudio, Micaela me contó que eran modelos y que, en general, accedían a posar tan desnudas como al llegar a este planeta.

- “Hago magia”, respondió a mi gesto mientras daba un giro sensual que me enfrentó con el Ché Guevara que vivía en su cuello.

Pero yo también tenía claro que no cuadraba el glamour estúpido de la fiesta. De vez en cuando Micaela, por buena anfitriona, se me acercaba con algún bocadillo y charlaba un rato. En una de esas me arrastró por el departamento para enseñarme las fotos de las paredes. Era una idea interesante: mendigos y cartoneros en una Buenos Aires blanca y negra. Al llegar a su cuarto, me abandonó de repente ante su autoretrato.

Un rincón de su cuarto me resultó fascinante. Una breve estantería sostenía recuerdos, libros releídos, souvenirs, folletos de viajes, estatuitas, un peluche de Betty Boop. Había otras personas allí, pero no dudo que el rincón sólo me atraía a mí. De lejos noté una foto color 10×15 pegada a la pared con cinta de pintor, y me acerqué. Antes de llegar, ya sabía lo inevitable. Arrancarla fue fácil, aun cuando descascaré la pintura en el tironeo. La guardé en un bolsillo.

La experiencia duró apenas unos segundos con gran intensidad. Quizás haya sido como descubrir un Aleph o como lo que le sucedió al Hombre que vio a la Partera. Algo se abrió en mi mente… Y si bien no penetré por esa grieta en el tiempo, la adiviné. No alcancé a ver la revelación, la percibí. Esa foto había sido tomada desde la puerta. El rincón estaba allí, casi idéntico. Micaela bailaba y con el brazo derecho tapaba el sitio exacto en donde, supuse, después pegaría la foto.

- “Te equivocás. Siempre estuvo allí pegada.” Micaela había regresado, pero ¿cuándo? ¿Habría visto todo? Deseé estar a kilómetros de distancia.
- “Es imposible”, retruqué.
-”Sí y no, depende. Ya te lo dije, hago magia.”

No daba para más, mi cabeza estallaba. Diez minutos después caminaba por Colegiales en busca de la estación con una sola certeza en mente: la volvería a ver muy pronto, en su estudio, y ahí sí le pediría explicaciones. Mientras tanto, disfrutaba del paseo nocturno de vuelta a casa.

Al sacar el boleto, la foto cayó al andén y se perdió.

Esta historia algo rara me la contó Hannimal cuando vio por primera vez a Micaela acá en B.A. después de su viaje por EE.UU.


Almas gemelas

Noviembre 4, 2008

Se encontraron por casualidad, a mediado de los 80’s. No se conocían. Fue una noche de esas en las que no hay alcohol que pueda frenar la avalancha de recuerdos. Durante la tarde les había sucedido lo que a tantos en medio del gentío de New York, se sintieron terriblemente solas. Las dos compraron vino; una en un mercado, la otra en una vinería. Caminaron de regreso a sus hoteles. El aire acondicionado les hizo olvidar que era julio y que tenían asfalto adherido en las suelas. Quedaron inconscientes por unas horas, y luego se ducharon y salieron otra vez.

Tomaron la 85th Street, una desde Central Park West y la otra desde la 5ta Avenida, y se cruzaron detrás del Metropolitan Museum, donde algunas pocas parejas se excitaban en la semipenumbra, apartadas de la pálida luz de sodio. Una de las mujeres, la morocha del Che Guevara en el cuello, dejó salir a gritos una ira contenida: “¿Qué te pasa, chabón? ¡¿Qué te pasa?!” La otra, la rubia de la roja lengua stone en el corpiño, comprendió que ambas eran argentinas. Hubo un insulto en español centroamericano; él se incorporó, pero ella frenó el escándalo. Acomodaron sus ropas y se alejaron.

- “Estás loca” dijo la rubia, que llevaba días sin pronunciar palabra.
- “Error. Gasto menos que en terapia, pastillas y toda esa mierda.” La morocha se alegró de importarle a alguien, aunque fuera de su mismo sexo. “¿Quién sos?”, le preguntó.

- “Me dicen Daisy”
- “Me alegro de conocerte, Daisy. Soy Micaela.”
- “Salgamos de acá. Vamos a buscar un lugar donde comer un bife.”

Salieron a la 5ta Avenida. El bullicio del tráfico era molesto. “Yo también me alegro, Mica” dijo finalmente Daisy. Miraron a su alrededor y tomaron rumbo al sur.

Esta anécdota me la contó Hannimal, que es amigo de las dos mujeres. Es más, me comentó que aún se siguen viendo en Buenos Aires.


16 de junio de 1955

Noviembre 1, 2008

16/6/55. Tengo que escribir… En cualquier momento puede caerme una bomba en la cabeza, o aplastarme un cacho de mampostería, o me pueden asesinar en la calle, no lo sé. Un balazo, una explosión, cualquier cosa. Lo que está pasando es muy loco… Loco, loco… ¡LOCO! Muchos aviones pasaron y tiraron bombas (muchas) sobre la gente, sobre los edificios… No sé qué es todo esto, todo es un quilombo. Si fuera un golpe de Estado, estos turros de los aviones no habrían atacado a los civiles. Hace minutos pasaron y tiraron las primeras bombas, y yo estaba protegiéndome de la lluvia en la puerta del Ministerio de Hacienda. Cómo explicarlo… Ahí nomás ví volar los autos… un trole explotó. Corrí por Irigoyen, pero no tenía sentido… Todos los pasajeros estaban destrozados. Ví guardapolvos escolares y restos de personas, pedazos incendiados. Después explotaron más bombas y hubo disparos de ametralladoras. Ya había cuerpos en la plaza, toda gente común y corriente… Pasé sobre ellos.

Empecé a correr tan rápido como pude, pero ya no soy tan joven. Tenía que salir de ahí para tratar de salvarme. Miles de otras personas también corrían, cada cual por su lado, sin tiempo para organizarse. Agarré por San Martín y cuando llegué a Sarmiento paré. Me llamó la atención la vidriera rota de una despensa. Una barra de muchachos salía a los piques mezclándose entre la gente. Habían saqueado el local aprovechando la volada. Por la otra esquina aparecieron unos soldados con armas… la cosa se ponía fea. Como la tienda estaba vacía, no lo pensé: entré y me escondí. Se entiende que el pobre dueño debe haberse resistido… ahora estaba ahí tirado, con los ojos abiertos y una especie de daga muy bonita hundida en su pecho. En mi reloj era la una y cinco cuando me metí detrás de una estantería inmensa medio arrumbada, al fondo, y empecé a escribir esto.

Seguramente el General pronto hará justicia. Esto es una masacre.

- – - -

Son las 16:10. Estoy por salir a la calle. Ya casi no hay disparos (bueno, sí se sienten algunos, pero lejos), aunque sí se escuchan gritos y motores. Pienso que si alcanzo Corrientes estaré a salvo. Ya veré después cómo hago para llegar a casa. Si puedo, les aviso. Deben estar bastante preocupados. Y si no llego… espero que al menos encuentren esta libreta.

Esta es una transcripción de lo que Daisy leyó en la libreta del abuelo el día del velatorio de la Cata.


La caja del abuelo

Octubre 28, 2008

La tapa entreabierta liberó un aroma agradable a madera noble y aire envejecido. Nuestras seis manos revisaron con poco respeto las cosas que el abuelo Carlos había puesto en una caja antes de morir. Luego, Catalina la atesoró en el placard durante su viudez, nunca entendimos por qué. Pero hoy, que la Cata ha partido a su encuentro, esa caja nos ha revelado sus maravillas. No había allí ni dinero ni efectos valiosos. Sólo cosas; simplemente, cosas. Quizás ella las acariciara en sus eternas noches de insomnio como si complaciera al mismísimo abuelo. Un destornillador con mango de madera, rajado. Un ramplún, un reloj de pulsera, roto. Un documento de identidad, una lata de pomada y una franela apolillada. Varias fotografías en blanco y negro, una libreta de tapa dura. También había entradas usadas para un histórico Boca-Racing. Al verlas, Carlitos perdió el control. Torpe, de un manotazo tiró la caja al piso. El sacudón disparó el ramplún, que rodó sobre la moquette del cuarto hasta detenerse debajo la cama de la abuela. Daisy, diligente, se arrodilló; deslizó un brazo bajo la cama y, luego de tantear a ciegas entre las pelusas, sacó un objeto plateado que no era, precisamente, el tosco ramplún.

- “¡Qué belleza!” dijo Daisy asombrada, mientras tajeaba el aire con un puñalito de esbelto perfil. “Si no encontramos plata, al menos esto debe valer unos buenos pesos… Tiene un diamante en la empuñadura.”
- “Es vidrio, nena. Vidrio de color. De una vez, dáte cuenta de que eran unos viejos egoístas. Si eso quedó acá, es porque no valía nada.” Desde niña, mi humor siempre había sido amargo. Esas palabras que pronuncié cuando todavía había familiares llorando en el hall contiguo, quedaron estampadas en nuestras cabezas.
- “¿Qué opinan, se habrá cargado a alguien el abuelo con este puñalito?” Preguntó Daisy mientras se incorporaba. El murmullo había aumentado en la otra habitación y todos miramos hacia la puerta. Por nervios o por lo que fuera, ya deseábamos regresar.
- “Nunca. El abuelo podía ser un prestamista, pero no creo que él hiciera el trabajo sucio. Tenía gente… Además, no era tan loco como para usar un cuchillito. Pensá…” Carlitos estaba encendido. Hablaba sin parar, y apoyaba sus argumentos sacudiendo las entradas con vehemencia frente la cara de Daisy.
- “Basta, volvamos ya”, dije con autoridad de hermana mayor. “Dejen todo como estaba. Mañana la seguimos; tengo un juego de llaves.”
- “Yo me llevo las entradas”, dijo Carlitos.
- “Yo, la libreta”, dijo Daisy.

Como ninguno se opuso, acomodamos todo tan ordenadamente como pudimos y, de a uno, fuimos retornando con los familiares al hall central. Creo que los muertos pierden totalmente el interés por las cosas y por las personas que quedan de este lado del charco. No vuelven. Por eso es absurdo llorarlos. Me importa un cuerno su memoria, me importa un cuerno lo que hayan sido en vida. Los muertos me resbalan, y por eso odio profundamente estas reuniones, los gladiolos, los lloriqueos y el café barato.

Pese a que no hablé con nadie, igual les perdí el rastro a mis hermanos. Temía por lo que pudieran hacer. Minutos después ví a Daisy que, desde lejos, me cabeceaba para que fuera a su encuentro. “Acá está todo escrito, Nora. Era del abuelo, nomás”, me dijo con ansiedad. Bajó la cabeza y yo acompañé su mirada. Del bolsillo exterior de su cartera asomaba el lomo de la libreta del viejo usurero.

Al día siguiente regresamos. Daisy sólo se llevó el puñalito.