Flotaba entre las olas con la gracia de un corcho. Era divertido dejarse llevar por la corriente. De a ratos cerraba los ojos e imaginaba que el cielo estaba encapotado y que en cualquier momento el primer rayo lo fundiría como a una gota de estaño. Pero sabía que el cielo era azul y que el agua, verde. Por las noches gustaba de escuchar las historias de los pescadores en la playa. Bebían y bromeaban. Solían hablar sobre tiburones martillo descomunales, decían que la ensenada estaba infestada de ellos. Todos los días, cuando el sol llegaba al cenit nadaba con el viento hacia la costa después de sumergirse por algunas ostras. Como siempre, el olor del ajillo frito y los duendes del vino y la guitarra obsequiaban las mejores vacaciones.
Livianismo
enero 17, 2012
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Esperar, esperar, esperar
enero 17, 2012Esta es una anécdota en partes: la 41ava en la saga del Dr. Kovayashi.
< Embarcadero a la vista | Continuará…
El embarcadero no era más que un muelle antiguo hecho con troncos hermanados por lianas. No obstante, su estructura era sólida y, a primera vista parecía que se podía alcanzar la punta sin inconvenientes. La soledad le brindaba a ese paisaje un toque sobrenatural, acrecentado por la luz cenital del mediodía. Sin embargo, para desilusión del grupo, estaba desierto. ¿Cuánto tiempo habría de transcurrir hasta que algún barco pasase por allí? Y si así ocurriera, ¿se avendría el capitán a levantar a un desconocido con 2 monos y mochila? La única respuesta que pudo encontrar el doctor fue esperar.
Por tres días y tres noches vivieron sobre las maderas del viejo muelle, bebieron agua del río y se alimentaron con un dulce de guayabo desecado (de lo poco rescatable que habían dejado los mercenarios de X) que rehidrataban cuidadosamente en la orilla. En la tarde del segundo día, el doctor cayó en la cuenta de que ningún helicóptero había descendido en las inmediaciones, y esa revelación lo llevó a pensar en aquel favor absurdo que le pidiera el difunto Sr. X. ¿Sería posible que existiera gente que supiera que el cadáver de X había sido incinerado? Eso implicaría que, en cierta manera, estaban siendo observados. Lejos de sorprenderse, el doctor encontró en esos pensamientos un refuerzo para su esperanza de ser rescatado.
El sacudón del embarcadero y los gritos fueron una sola cosa. Durante la madrugada del tercer día, voces como truenos retumbaron entre los muros verticales de basalto. Despertado por el alboroto repentino, Kovayashi abrió los ojos tanto como le fue posible. Quizás debería haberse sobresaltado con la extraña silueta del catamarán polinesio que había echado amarras en el embarcadero. No obstante, dando pleno crédito a sus ojos, se incorporó de un salto, tomó sus bártulos, a David, a Nikola y se dirigió con pasos rápidos y decididos hacia el navío.
Al pie de la escalerilla, un hombre de talla imponente y mediana edad parecía estar aguardándolo. Su pelo, mechones ensortijados, se continuaba en una barba entrecana, tan gruesa y larga que parecía recortada de algún retrato de Johannes Brahms. A un breve metro del gigantón, Kovayashi detuvo en seco su carrera. Por segundos, ambos hombres exhibieron en sus miradas una cautelosa desconfianza. Luego, el silencio se quebró como un tallo seco.
- “Soy el Doctor Kovayashi. Mis amigos y yo necesitamos un aventón.”
- “¿Adónde se dirigen?”
- “Al sur, lo más lejos posible.”
El hombre, indudablemente el capitán del catamarán, hizo una mueca detrás de la barba.
“Suban, suban pronto, nos espera un largo viaje.”
Kovayashi trepó la escalerilla. Una vez en cubierta acomodó su equipaje junto a un arcón mientras el capitán terminaba de ascender y se plantaba cuan inmenso era frente al doctor, casi empujándolo con su abdomen prominente.
- “Bienvenidos al Timor. Mi nombre es Makraff. Sygmund Makraff.”
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Embarcadero a la vista
enero 8, 2012Esta es una anécdota en partes: la 40ava en la saga del Dr. Kovayashi.
Con el sol a sus espaldas, bajo un cielo interminable y despejado, Kovayashi avanzó entre las últimas palmeras antes de que la vegetación se transformara en un colchón verde sobre los ricos sedimentos que tapizaban la rocamadre de basalto. Al igual que α y β, los gorilas que los acompañaran hasta el confín de la selva, cualquier pensamiento oscuro asociado a la muerte había quedado atrás. Ahora, la naturaleza rodeaba al grupo con belleza y febril actividad. David y Nikola perseguían sendas nubes de mariposas que con destellos azules volvían una y otra vez a los varios manchones de flores que por doquier saltaban a la vista. Los escarabajos amasaban estiércol en el pasto, y también se podían ver pequeñas ranas de patas rojas y aves que parecían cortar el aire con sus vuelos en picada. En una especie de pileta que el agua había tallado en la roca, el doctor se detuvo unos instantes a calmar la sed y a lavar el barro que lo cubría. Su rostro en el agua dejaba ver una barba no menos despareja que entrecana, además de una piel que por textura y color parecía un cuero desgastado por el tiempo. Sin embargo, se alegró al reconocer que su postura y predisposición habían vuelto a ser las de antaño, y se sentía tan lleno de vida que por un rato se divirtió con la idea -exagerada, por cierto- de regresar a Buenos Aires caminando.
No habrían marchado más de tres cuartos de hora por ese paraíso cuando llegaron al borde de un acantilado muy alto. Aquellos arroyitos que bajaran de la selva con ellos se precipitaban al vacío desmembrándose otra vez en millones de gotas, en arcoiris, en vapor. Y abajo, bien abajo, como una línea dibujada en lápiz negro sobre el negrísimo negro del basalto, el interminable río y el embarcadero. La emoción se hizo carne en los tres amigos, que no cesaban de mirar, incrédulos, hipnotizados, el tajo de norte a sur proponía el río al paisaje. Sólo restaba descender hasta el embarcadero, que estaba ubicado varios cientos de metros justo por debajo de ellos.
Contrariamente a lo que creía el doctor, no fue por fortuna que descubrieran una escalera tallada en la roca aproximadamente un kilómetro al norte. Esa era la vía natural para descender al embarcadero. En el primer descanso, Kovayashi encontró varios pertrechos del ejército del Sr. X, seguramente abandonados en la huida. Nada de lo que allí había le resultó de utilidad o valor como para ser cargado, pero el hallazgo en sí le permitió comprender cómo habían llegado hasta ese punto y aventurar hipótesis sobre aquellos mercenarios. Media hora más tarde arribaron a la margen izquierda de ese río desconocido, bastante más ancho y caudaloso de lo que habían estimado a vuelo de pájaro. La costa era breve y accidentada, por lo que para recuperar mil metros hacia el sur debieron saltar rocas, esquivar troncos y vadear remansos pestilentes. Finalmente, enclavado entre dos muros que parecían cortados a cincel, el humilde embarcadero apareció ante sus ojos.
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En camino al amanecer
enero 3, 2012Esta es una anécdota en partes: la 39ava en la saga del Dr. Kovayashi.
La noche envolvía a los vivos y a los muertos con su deslucida oscuridad de wolframio. No había horario para el calor, que aun en plena noche tornaba agobiante la marcha por la selva. Desde el suelo hasta el tope del dosel todo rezumaba agua, no porque hubiera llovido sino porque el aire estaba saturado de humedad. Así avanzaban el doctor y su séquito de micos, calados hasta los huesos. Las gotas caían verticalmente con tanta fuerza que semejaban huevos de ónix. Mas no era por eso que caminaban con las cabezas gachas, no; lo hacían porque así evitaban ir al azar. El barrial se advertía apenas tenuemente bajo sus pies. Por su parte, Nikola y David preferían guiarse por el oído y corrían alrededor del doctor, ora por delante, lanzando aullidos muy agudos, ora por detrás, agitando lianas y provocando que millones de gotas cayeran desde las copas. Sin saberlo, seguían una antigua picada utilizada por el Sr. X y su ejército. Varias horas más tarde, con el ansiado embarcadero a la vista, habrían de creer que la providencia los había guiado.
Tres horas antes del amanecer, el grupo se detuvo a descansar sobre un tronco atravesado en el camino. Ninguno reconoció cuán exhausto se hallaba, aunque tal era el estado de sus fuerzas. Era una de esas situaciones en las que el cerebro necesita destinar una mayor atención al cuerpo para no caer, dejando lugar, en su desatención, a que surjan pensamientos naturalmente ocultos. En las horas anteriores, el doctor había sufrido cambios radicales en su estado de ánimo, como la alegría de saberse vivo, la ira contra David o una profunda e inexplicable tristeza luego de quemar al Sr. X. Ahora, circundado por ruidos de animales invisibles, empapado e indefenso como un anciano ciego, Kovayashi pensó concretamente en la posibilidad de caer muerto allí mismo, de no llegar a ver el sol de ese día, de no volver jamás a su hogar. Y en medio de ese torbellino de miedos, sintió un frío repentino. No obstante, estaba decidido a no darse por vencido antes de intentarlo todo. Sabía por experiencia que pronto amanecería y que entonces el calor, los mosquitos y las alimañas serían tres grandes escollos a sortear. Por eso, después de ese tiempo de quietud decidió reiniciar la marcha.
Paso a paso, metro a metro, el terreno iba ganando en inclinación. La pendiente se hacía cada vez más pronunciada en el mismo sentido de la marcha, y entonces el agua, en lugar de estancarse en charcos barrosos, corría cada vez más rápidamente en forma de pequeños arroyos que cortaban el suelo rumbo a la vaguada. A medida que bajaban, los cambios en la vegetación, aún invisibles para ellos, los obligaban a cambiar el ritmo de la marcha. Así fueron dejando atrás la selva para atravesar densos cañaverales y palmares. De repente, una brisa fresca con olor a río y a cacao los sorprendió de frente. Instintivamente cerraron los ojos y levantaron las cabezas hacia el cielo. Al abrirlos reconocieron la incipiente claridad del nuevo día, y bajo semejante belleza sintieron que la vida circulaba de nuevo por sus venas.
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Los anecdóticos números de 2011
enero 1, 2012Rolando, el Mono Matemático, preparó un reporte para el año 2011 de este blog de WordPress.com.
Acá va un extracto.
Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 6.900 veces en 2011. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 6 viajes transportar tantas personas…
Hagan click si quieren ver el reporte completo de estas candentes estadísticas.
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La hoguera devoradora
diciembre 13, 2011Esta es una anécdota en partes: la 38ava en la saga del Dr. Kovayashi.
Tanto demoró la pareja de micos en arrastrar el cadáver hasta la hoguera que el doctor comenzó a perder la paciencia. Por su mente se arremolinaban imágenes. Una inundación cubría un caserío. En la hondonada, serena, el agua reflejaba el sol y las nubes. El paso del tiempo y la evaporación hicieron que el pueblo reapareciera. A pesar de que los viejos habitantes se alegraron, ninguno pensó en regresar. Todo allí estaba perdido para siempre. Así creía Kovayashi que era su paciencia, una delgada lámina de agua que por la proximidad de las llamas se transformaba en vapor y dejaba al descubierto un humor agrio con el que era mejor no enfrentarse.
“En ciertas ocasiones, la vida (o la muerte) se emperra en complicarnos los pasos con situaciones difíciles de comprender”, pensaba también Kovayashi mientras se agachaba para levantar al Sr. X por la melena. “Este pobre infeliz pudo haberme aniquilado una y mil veces con sólo dar una orden. Encerrado como estuve en esa celda debí esperar su designio. Sin embargo, aquí estamos ambos ante el fuego; yo, vivo, y él frío como el mármol. Decidir el destino de su osamenta atormentada, vaya tarea. Pero el favor que me pide… ¿Será que realmente existe un vínculo entre nuestras almas? Porque de ser así, no lo reconozco. Nada creo, nada siento, nada veo. Esta selva ha convertido mi sensibilidad en un cuero ajado, en una corteza putrefacta.” Poco a poco, aquel sentimiento de impaciencia se había ido modificando, y para el momento en que gritó su decisión, el doctor sentía una gran irritación consigo mismo.
- “¡Al fuego con él!” El alarido sorprendió a Nikola y a David, que tomaron al Sr. X por los pies y al tercer balanceo lo soltaron. A causa de la rigidez, el muerto se quemó como una madera dura. Tardó en encenderse, pero luego sus llamas enfurecieron la hoguera y el humo de sus músculos carbonizados ahuyentó a los mosquitos. Los tres miraron cómo se deshacía. Primero sus ropas y el pelo, luego sus facciones, después los miembros y, por último, el tronco. Sentado sobre una de las jaulas, Kovayashi llamó a David y le entregó el sobre con el dinero malhabido. “Tirálo dentro”, le ordenó. Mas David, trémulo y cariacontecido, demoró un instante como si viera en esos euros algo de verdadera importancia para un primate.
- “¡¡Tirálo ya, mono de mierda!!” Y David arrojó el sobre a la hoguera.
Después de quemar todas las aves y las jaulas, el doctor, Nikola y un desconsolado David partieron en medio de la noche rumbo al embarcadero que mencionara el Sr. X en la nota. Kovayashi debía estar pensando en lo bueno de haber retomado la marcha, aun cuando esa noche sin estrellas fuera la más oscura de su vida, o en los posibles caminos a seguir, o en que el humo del Sr. X tal vez estuviera viajando hacia la tumba de sus familiares para depositarse sobre ella. Pero el doctor no pensaba en nada de eso. Simplemente caminaba en silencio. Aquella irritación había mutado en tristeza. Una tristeza tan inmensa como difícil de comprender.
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Por la amistad que nos une
diciembre 2, 2011Esta es una anécdota en partes: la 37ava en la saga del Dr. Kovayashi.
En determinadas ocasiones, los hombres que se regocijan con el ejercicio intelectual deberían darle cabida a las corazonadas antes de proceder a la acción, aun cuando luego expliquen sus aciertos o fracasos con sólidos argumentos teóricos. Así lo entendía Kovayashi, quien a pesar de no tener claro el por qué de ciertas órdenes, había enviado a sus adláteres a que encendieran una gran hoguera y que descolgaran las jaulas con las aves muertas. Días después, en circunstancias que a su debido momento serán narradas a los lectores, el doctor no encontró más justificación para los hechos que el instinto de supervivencia y la necesidad de retomar la marcha.
Anochecía. Kovayashi se hallaba mesmerizado por la sensualidad de las llamas cuando una idea fugaz lo impulsó a abrir de nuevo el sobre. Al meter la mano, esta vez hasta el fondo, sus yemas reconocieron una textura diferente, un papel suave que aun doblado al medio sobresalía entre los billetes. Su mente racional entendió que no podía ser otra cosa más que una nota del Sr. X, y por eso se apresuró a leerla.
“Una excelente respuesta, doctor. Algún día el mundo comprenderá, como usted, que se puede prescindir de la verdad pero no del amor. Espero que sepa disculparme, he sido muy descortés al sedarlo como a un animal salvaje y luego partir sin decir adiós. Pero sé que hice lo correcto. No puedo mentirle, anoche no le perdoné la vida, aunque lo habría hecho de haberme contestado usted incorrectamente. Por eso, mi amigo, dado que nada puedo exigirle sólo habré de pedirle un favor muy importante: encuentre la tumba donde yace mi familia y permítame descansar sobre sus restos. Mañana por la tarde -ya he arreglado los detalles- un helicóptero lo estará esperando en el embarcadero sobre el río negro para transportarlo hacia el noroeste. El piloto lo bajará cerca del lugar, que la selva debe de haber cerrado por completo. En el sobre encontrará dinero suficiente para compensar los gastos y las molestias. Más allá de eso, sólo le deseo buena suerte. Por la amistad que nos une, X.”
La nota se desligó de la mano y cayó al suelo como una hoja marchita. Él la siguió con atención mientras pensaba que esos vaivenes no eran sino un eco de sus vacilaciones. “¿Qué debo hacer?”, se preguntó una y otra vez, sabiendo que ninguno de los que lo rodeaban -ni los micos, ni los fantasmas de Scalisi, W y Rómulo- podían ayudarlo en su decisión. Un solo detalle de lo leído lo había alegrado: estaba a un día de un embarcadero, y un embarcadero implicaba la chance de conseguir una barcaza que lo llevara lejos de allí. Pero el resto era indigerible como un trago de fuel-oil. De cumplir el pedido del Sr. X terminaría quién sabe dónde hacia el noroeste, cada vez más lejos de su casa. Cierto era que había desarrollado una simpatía por ese infeliz y que dejarlo en el campamento sin los huesos de aquellos familiares a los que había masacrado a sangre fría quizás fuera condenarlo al desamor eterno.
Tras varios minutos de silencio y concentración, Kovayashi volvió en sí y a voz en cuello ordenó a David y Nikola que le trajeran el cadáver del Sr. X. Sin importarle que la noche se había cerrado, se echó al hombro la mochila.
- “¡Muévanse, bestias, que el camino será largo y la noche muy negra!”
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Atardecer
noviembre 22, 2011Esta es una anécdota en partes: la 36ava en la saga del Dr. Kovayashi.
- “Un escorpión amarillo”, exclamó K., satisfecho de haber confirmado su diagnóstico.
Minutos después, al no encontrar mayores motivos para permanecer en la choza, giró sobre sus talones y con pasos exagerados volvió al exterior. Ya fuera por el manoseo o por la evolución normal del rigor mortis, el cadáver del Sr. X dio un pequeño respingo en la tumbona, y la esquina de un sobre de papel madera asomó bajo su trasero. Los ojos de David, quien aún sentía hostilidad hacia el muerto por cómo había tratado al doctor, se iluminaron. Tomó con premura el sobre y al ver que llevaba una inscripción manuscrita en el dorso corrió a toda carrera hasta donde se encontraba Kovayashi.
Impulsado por la curiosidad y el asombro, como todo buen científico, lo abrió sin demorar. Ante la mirada impávida de los dos monos, Kovayashi extrajo un grueso fajo de euros, tan compacto que los billetes, todos de 500 €, parecían recién fabricados. Con precisión de banquero suizo, el doctor dividió el fajo “a ojo” en siete partes iguales. Las dos primeras se las entregó en mano a Nikola, quien acusó con un chillido apagado el peso de la responsabilidad. Lo mismo sucedió al darle el segundo par de fajos a David. Un tercer par fue a parar bajo su propio calzado, mientras que el séptimo restante fue el único en ser obsesivamente contado y recontado. Después de realizar mentalmente dos multiplicaciones sucesivas, K. tuvo la certeza de que aquel sobre contenía, en total, la nada despreciable cantidad de 280.000 euros. Una vez devuelto al sobre el 100% de los billetes, ambos primates comenzaron a dar brincos y a corretear por el campamento, ajenos a la mirada reconcentrada de Kovayashi.
Por ese entonces, la luz del sol penetraba en la selva de manera tan oblicua que el contraste entre las áreas sombreadas y las iluminadas obligaba a entrecerrar los ojos. Era el instante mágico que precede al crepúsculo, cuando cada árbol, cada animal y cada bruma que se desprende del suelo se tiñe con tonalidades que van desde el anaranjado hasta el rosa. No obstante, esa tarde la selva oscureció prematuramente, como si el silencio amargo que reinaba desde de la matanza de las aves hubiera ahogado toda luz, todo perfume y toda magia. Era la misma amargura que se había adueñado del alma de Kovayashi, para quien la palabra doctor en el sobre encerraba un mensaje que excedía lo obvio, un significado que recién alcanzaría a vislumbrar con la llegada de la noche.
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Un rinoceronte macho adulto
noviembre 4, 2011Esta es una anécdota en partes: la 35ava en la saga del Dr. Kovayashi.
Mucho tiempo después de que el sol tocara el cenit, Kovayashi abrió los ojos. Yacía boca arriba sobre el suelo, fuera de la celda, donde había llegado gracias a la obstinación de sus compañeros primates. Desconfiados del destino fatal del doctor lo habían arrastrado al exterior, prodigándole estimulación circulatoria y respiración boca a boca según fuera necesario. En consecuencia, verlo ponerse de pie y recobrar el control de su cuerpo representó para ellos una alegría incontenible. Por su parte, Kovayashi experimentaba una agradable paz interior, semejante a la que logran quienes templan su espíritu con el arte milenario del ayuno. No obstante, en su brazo izquierdo latía espasmódicamente un área amoratada, de cuyo centro debió desclavarse un gran dardo con plumas.
- “Membutal”, masculló entre dientes el doctor, cuyos sólidos conocimientos de química y farmacología le permitieron conservar la tranquilidad. “Esta droga puede dormir a un rinoceronte macho adulto en cuestión de minutos”, reflexionó en voz alta. Nikola y David, que habían escuchado con sus ojos bien abiertos, nunca se sintieron tan protegidos como en ese momento.
Los efectos secundarios del Membutal tampoco le eran desconocidos. Sabía que en dosis moderadas podía existir un desfasaje entre el dominio pleno del físico y del intelecto, y por esa razón se sorprendió menos de estar caminando que de descubrir que el campamento había sido abandonado. Hacía calor. El aire se movía tan lentamente que apenas agitaba el olor dulzón de los frutos del guásimo y el hedor de los animales en cautiverio. Los dos micos, mientras tanto, habían trepado a las ramas más altas del dosel y desde ahí arrojaban semillas y frutos contundentes para atraer la atención del doctor. Cuando finalmente inclinó la cabeza vio que las jaulas estaban rotas y que de sus restos colgaban, inánimes, aquellas aves coloridas que lo cautivaran a su llegada a la base. Habían sido fusiladas; sus picos ya no emitían gorgeos sino tristes gotas de sangre. ¿Habría sido la masacre obra del Belga y su ejército? ¿Y qué se había hecho del Sr. X? Nikola y David descendieron a toda velocidad hasta la puerta de la choza principal, desde donde, una vez más, atrajeron la atención de Kovayashi con chillidos y piruetas.
El ambiente de la choza era a la vez umbrío y amable, lo que reconfortó al doctor. Sin embargo, su piel se había erizado como si hubiera atravesado el aura helada de la parca. Al cabo de unos segundos, no bien se hubo acostumbrado a la penumbra, la habitación entera se reveló ante sus ojos como una fotografía vieja, y así se encontró frente a frente con el cuerpo frío del Sr. X. Había sido amarrado con sogas a una tumbona de caña; sus extremidades estaban tan contraídas y arqueadas que si se lo miraba distraídamente parecía una araña grande pisoteada. Como suele ocurrirle a los hombres de ciencia que conocen bien las vastas leyes de la Naturaleza, Kovayashi no se mostró sorprendido al notar en la piel del Sr. X. el mismo tono azulino visto en las alas de los guacamayos.
- “No caben dudas, el edema de pulmón y la contorsión sólo pudieron haber sido causados por un neurotóxico potente como el de…”
Pero el doctor no tuvo necesidad de terminar la deducción. Al abrir Nikola la boca del cadáver, un ejemplar mediano, aunque letal, de escorpión amarillo rodó pecho abajo hasta estrellarse en el suelo.
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Autobombo narrativo
noviembre 1, 2011Les quería comentar que un cuento mío fue publicado en la revista Narrativas. El cuento se llama La cita estaba agendada y había salido antes en este blog como parte de la saga del Dr. Kovayashi. De hecho, nobleza obliga, debería cederles el crédito a Heriberto Feather y Ferdibaldo Teller, verdaderos autores del cuento.
Y no mucho más que eso, estoy contento.
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Sangre y harina
octubre 23, 2011Undécimo capítulo de la saga campera de El Gringo y la Lucecita, craneada a medias con el profesor MX cuento * chino y yo.
< Una casa sin luz | Continuará…
Nunca quedó claro quién atravesó la puerta primero, tampoco si ésta estaba abierta o si los oficiales la violentaron sin pruritos, pero lo cierto es que, una vez adentro, ni Carlini ni Becerra pudieron evitar que la pena les estrujara el pecho al ver el cadáver todavía tibio del buen Gervasio, desparramado entre los costales, cubierto con el engrudo de sangre, harina y levadura, que coloreaba de rosa pálido el piso de la sala de hornos de la panadería. Carlini se tomó la cabeza y se lamentó en silencio, Becerra observó bien el cuerpo tendido, envuelto en tan ridícula mortaja. Sobre el costado derecho, la herida abierta por el facazo parecía tener vida propia; la piel y el músculo latían rítmicamente y a través del hueco se dejaba ver la carne maltrecha y rasgada. Esporádicos borbotones se abrían paso entre nervios y tejidos, espesos y gelatinosos, según cuentan las anotaciones de la libretita de Carlini, y se deslizaban lentamente, cuesta abajo, desde el borde superior de la abertura hasta el extremo inferior, fundiéndose luego con los baldosones gastados. Según la apreciación de Becerra, la puñalada lo había sorprendido mientras amasaba con espíritu laborioso varios cientos de cuernitos y vigilantes con los que gran parte del pueblo desayunaría por la mañana, sin darle siquiera tiempo a reaccionar o defenderse. El triperío hecho jirones asomaba por el hueco oscuro que una mano obturaba inútilmente. Abrumado por la sorpresa, el asco y la incomprensión, Carlini se tapó la boca para contener el ácido digesto de empanadas que le subía por la tráquea. Los tres hornos estaban prendidos a temperatura máxima. Un viento helado soplaba desde la ventana y agitaba las cortinas de manera intermitente.
- “Ay, Barzola, Barzola…”, dijo entre dientes el comisario mientras sacaba la cabeza por la ventana que daba a la calle trasera.
- “No se detiene, y no creo que vaya a parar, Comisario. Creo que estamos en la recta final…”
Becerra, absorto, continuaba mirando más allá del zanjón, donde el Rastrojero había permanecido en marcha. No admitía otra posibilidad: Barzola, embriagado por el exceso de adrenalina, habría de cerrar en la estancia su aventura nocturna con un bonito moño de sangre. Carlini percibió en las sombras de la cocina cómo el comisario acariciaba su arma reglamentaria, y aunque no se atrevió a comentarlo sintió un ligero escalofrío.
Al otro lado de la calle, donde las luces mortecinas de la panadería se fundían con las sombras de los arbustos, la noche se hacía dueña de todo y de todos, amparando a los desdichados y a los herejes con una niebla inesperada y confusa. Pero para Becerra no era la niebla, ni la ignorancia, ni el desamor lo que confundía el entendimiento de ciertos hombres, sino la ambición. Cuando la sangre contaminada empieza a hervir, difícilmente pueda uno esquivar las incorrecciones, los excesos y los malos actos. Al razonar en todo esto, Becerra no tenía en mente a Barzola sino al Gringo, un piojoso como cualquier otro, arrastrado a la desgracia por la ambición más elemental que existe. El demonio vive en los elixires oscuros y en las palabras de una mujer decidida. Que le pregunten al Gervasio, si no.
- “Vamos, Topito. Se acaba todo”, dijo mientras enfilaba hacia la puerta de atrás.
- “No se nos puede escapar, Comisario.”
- “No lo hará, Topito. Ya no. Vamos, muévase. Tenga a mano su pistola y no me afloje porque de aquí al amanecer será la mano más brava que nos haya tocado jugar hasta el momento.”
Carlini se puso serio como un condenado. Recordó a Lorenzo, a Gauna, a Martínez, a la Lucecita, al Gringo y a Pichón; pensó en el baile, en los borrachos y en el pueblo entero, que parecía no querer reconocer que la miseria se le había colado por debajo de la puerta. También recordó los días de la academia, cuando ser policía todavía era ilusión y, de vez en cuando, dispararle a una silueta de cartón contra un muro desconchado. Cubrió el cuerpo de Gervasio con un mantel cuadriculado que rápidamente se empapó de bordó; ansioso, abotonó su abrigo y salió tras su jefe. La noche era oscurísima y una manga de nubarrones espesos amenazaban con desplomarse sobre el campo. Los oficiales subieron al móvil y partieron raudamente hacia la estancia por el ripio vecinal. Entre medio de hectáreas y hectáreas de un maíz recién emergido la pregunta de Carlini rasgó el silencio como el trueno que anuncia el temporal.
- “¿Alguna vez tuvo que matar a alguien?”
Becerra miró de reojo a su joven ayudante, mas no emitió respuesta alguna. Carlini se enderezó en el asiento, extrajo la 9mm y la tocó con desconfianza como quien acaricia un perro ajeno. Recorrió con las yemas las estrías de la culata, el gatillo y la mira, y antes de volverla a guardar se aseguró de quitarle el seguro. ¡Click! Volvió a cerrar la cartuchera e inspiró profundamente. Nunca se le habían dado bien los juegos de cartas.
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El monólogo de la celda
septiembre 29, 2011Esta es una anécdota en partes: la 34a en la saga del Dr. Kovayashi.
Disculpe la falta de hospitalidad. No estamos habituados a recibir visitas, mucho menos la de un doctor. Mi nombre permanecerá en el vacío; piense en mí como X. Yo soy el que manda en la base. Una sola palabra mía bastará para que Itzaac entre y lo desolle vivo en minutos. Pero no lo haré, sé que ud. no me dará motivos. He venido a dialogar. Hace años que guardo silencio porque los cazadores a mi cargo también obedecen a otro, al Belga. No son ni infieles ni traidores, pero hay que tomar recaudos. Usted me entenderá… cuido mi propia espalda. El Belga es inmensamente poderoso; nunca lo hemos visto, aunque él sabe de todos en esta base, a cada minuto, incluso en este mismo instante. Pero así como es poderoso también es justo. Un día se lleva sus jaulas con animales y aves maravillosas, y al siguiente deja caer alimentos, medicinas y armas desde sus helicópteros. Por supuesto, también mi paga desciende del cielo con puntualidad. Así de simple es su verdad y así es como se comporta. Mientras tanto, yo, que soy un hombre inmensamente rico, carezco de cualquier verdad. Se preguntará usted, entonces el por qué de mi vida en la selva, arriesgando la vida por fajos como este. Yo también.
El aire de la celda se agitó y entre las paredes de adobe quedó resonando el eco de un dinero malhabido. Kovayashi no precisaba abrir los ojos. Demasiados años de tratar con científicos, alumnos y funcionarios habían fortalecido su percepción del alma humana. Por ello, de lo poco que había escuchado concluyó que ese hombre sufría su locura en silencio, como un ermitaño o un monje de clausura. No pudo menos que sentir pena por él.
Pues le diré, amigo doctor, que éramos tan duros como las piedras del río blanco. Sin orgullo, dejábamos que la selva nos diera raíces y animales. Pero en la estación seca, cuando la cosecha del látex, bajábamos al embarcadero con barriles llenos sobre los hombros. ¿A cambio de qué? Legumbres, antibióticos, harina, herramientas… Nunca había visto ni un maldito billete hasta que una tarde, en ese mismo embarcadero, conocí a los hombres del Belga. Me deslumbraron, doctor. Hablaban en lenguas, vestían ropas finas y perfumadas, y en sus muñecas lucían relojes preciosos que brillaban con el sol. Después lo supe, eran de oro. Muy poco me costó entrar en confianza. Manejaban dinero en mis narices mientras hablaban de ciudades lejanas con edificios gigantes y luces artificiales. Comprenderá que me dejé seducir. Seré breve, mi querido doctor prisionero: ellos tenían en mente establecer esta base de fauna. Me prometieron todo a cambio de entregarle mi alma al Belga. Yo comandaría un ejército y cazaría piezas únicas para él. Cacatúas, guacamayos, turacos, quetzales. Yo era la persona indicada pues conocía la selva y las aves como nadie. El pago en dinero sería, y doy fe de que así ha sido, monumental. Un día, doctor, como signo de satisfacción por el acuerdo, los hombres me obsequiaron una biblia escrita con letras de oro. Entre hoja y hoja encontré billetes de todas las denominaciones y países. Yo no sabía leer, pero afortunadamente me explicaron que ese libro contenía toda la Verdad. Doce años han pasado desde ese momento… Por primera vez, mi familia y yo teníamos al alcance de las manos la oportunidad de vivir como gente decente.
El Sr. X se detuvo a pensar. La luz del habano se hizo más intensa y Kovayashi imaginó volutas de humo escapando de la celda.
Sin embargo, mi padre me prohibió regresar al embarcadero. Me sentí castigado injustamente. Tendría que haber sospechado que así iba a suceder ya que el dinero no significaba nada para él. Nada. Pero en esa oportunidad, su estúpido juicio nos condenaba, sin alternativas, a quedarnos en la pobreza más extrema. Yo amaba a mi padre, pero entonces lo odié con desesperación. No estaba dispuesto a seguir alimentándome con raíces y gusanos el resto de mis días. Por eso decidí eliminarlos a los tres: a mi padre, a mi madre y a mi hermano.
A mi padre lo ataqué primero. Un solo golpe vertical con mi pala fue suficiente para cortarle la cabeza mientras dormía. Horizontal fue el chorro espeso que regó la tierra. Acababa de comportarme bastante mal, quizás tanto como un hombre puede. ¿Debí haberme sentido mal? ¡No me conteste! Por supuesto que me sentí mal; hasta el día de hoy, doctor, doce años después, siento náuseas cuando recuerdo todo el asunto.
Durante un día y una noche cavé a través de las raíces. Por la mañana el hoyo estuvo terminado. Era profundo y estrecho. Allí arrojé los tres cuerpos, uno arriba del otro. A toditos los besé, no se crea. Y por último puse la biblia en las manos de mi hermano. El infeliz parecía uno de esos santos de las figuritas… Después de tapar el hoyo bajé al embarcadero, donde me estaban esperando para traerme en helicóptero hasta este lugar. Doce años atrás, doctor. Doce años.
La selva es un animal sorprendente, capaz de reponerse de cualquier mal mucho más rápido que los hombres. Usted debe saber muy bien por qué: el corazón es capaz de sentir amor. Por eso, antes de partir le debo hacer la siguiente pregunta, y le ruego que medite muy bien su respuesta: ¿verdad o amor?
Kovayashi supo de inmediato que su vida dependía de lo que respondiera. Nikola, que había escuchado atentamente las palabras del Sr. X, tocó dos veces la rodilla del doctor. Entonces, la respuesta surgió naturalmente como un último suspiro.
- “Amor.”
Itzaac ingresó a la celda con las pupilas dilatadas, como un felino salvaje que ignora la esencia de la oscuridad. Disparó una sola vez. Luego, el Sr. X y el guardia abandonaron la celda. Tras de sí, la puerta abierta dejaba ver el cuerpo del doctor yaciente en el barro.
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Una casa sin luz
septiembre 20, 2011Décimo capítulo de la saga telúrica de El Gringo y la Lucecita, escrita a cuatro hemisferios entre el maese MX cuento * chino y yo. ¡A ver esos comentarios, canejo!
< Melodía del desconcierto | Sangre y harina >
Con ojos de basilisco se encendió el estupor en las caras del Zurdo y Pichón cuando escucharon al Gringo anunciar al micrófono: “Acá los dejo con el Negro Funes, que se va a tocar unas zambitas mientras yo descanso un rato. ¡Aplausos, por favor!”. El Negro subió a la tarima con su guitarra en la diestra y los nervios en flor. Los músicos intercambiaron dos o tres palabras, y mientras la Lucecita, pícara, alentaba a las parejas a no abandonar la pista, un “adentro” optimista dio pie a una nueva tanda musical. Ningún borracho notó la diferencia de intérpretes. Aunque a Don Miguel al principio le llamó la atención el cambiazo, el Negro tocaba bastante bien y cantaba mejor que el Gringo, por lo cual todo el mundo quedó satisfecho. Mientras tanto, arropado por las vicisitudes del jolgorio, el Gringo se adentró con paso firme en las fauces oscuras de la estancia.
Lejos de allí, pero no tanto, Carlini y Becerra continuaban con su investigación gracias a las ausencias que obsequiaba la fiesta. Un edredón negro noche se extendía por las calles del pueblo cubriendo de sombras las acciones y pensamientos de los hombres de la ley, que ingresaron a lo de la Lucecita por la puerta del fondo.
- “Lo quiero bien despierto, Topito. Revisemos milímetro a milímetro este rancho. Necesitamos algo que nos alumbre, cualquier cosa que relacione a esta mocosa con el Gringo, con las muertes o con lo que carajo sea, nos va a venir bien. Abra bien los ojos. Falta poco para que en la fiesta se calmen las tabas. ¡Apúrese, vamos!”
La Lucecita demostró ser una mujer simple y austera. En la casa reinaba el orden y la practicidad. Por todo lujo ostentaba una moderna radio Philips. Eso facilitó la tarea de los oficiales, quienes como dos sabuesos buscaron posibles pistas por todas las cajoneras, repisas, mesas y mesitas. Husmearon bajo la cama y en el baño, en los frascos de la cocina y entre las hojas de los pocos libros de la biblioteca.
Como resultado de la intensa actividad, de a ratos y por lo bajo Becerra echaba maldiciones a su viejo esqueleto dolorido; viendo escasear sus fuerzas, apagaba la linterna y exhalaba sólidas vaharadas de frustración. Se sentó en el piso de la habitación, apoyó la espalda contra la cama y se sostuvo la cara con la mano. ¿Dónde se estaba equivocando? ¿Cuál era el detalle que se escapaba? Lo atormentaba el no poder hallar la clave para interpretar todo el asunto. No deseaba más cadáveres en su pueblo, pero sus deseos habían comenzado a hundirse en las aguas del fracaso. El comisario era un hombre íntegro y de pujante voluntad, aunque por momentos se le entristecía el espíritu y pensaba que en infiernos tan pequeños la búsqueda de la verdad era simplemente una quimera. Pero nadie se muere en la víspera, y no hay muerto sin velorio. El llamado de la esperanza atravesó la oscura quietud de la casa como el chispazo de un arco voltaico. Becerra levantó en un santiamén su alma del piso y el semblante se le llenó de ilusión. Era la voz de Carlini, que desde la sala le contagiaba al comisario el entusiasmo por haber descubierto una nota sobre la mesa de la cocina. No obstante, antes de ponerse en marcha, Becerra fue atropellado brutamente por su ayudante, quien a toda velocidad lo empujó adentro de un pequeño lavadero.
- “Pero… ¿¡qué hace, Carlini!?”
- “¡Shhh, entró alguien!”
Al cerrar la puerta tras de sí, ambos oficiales quedaron amontonados en el pequeño cuarto de lavar. Forzadamente quieto y en silencio, contorsionado entre mangos de escobas, palas y cajones con ropa sucia, Becerra sufrió dos calambres que le aniquilaron las piernas. Por fortuna, Carlini manoteó la boca del comisario para ahogarle el grito, mientras acomodaba el ojo contra el bocallave de la puerta. La casa estaba iluminada. En el centro de la cocina, de pie ─aunque tambaleante por el alcohol y sosteniendo entre sus manos la nota que hallara Carlini─ Agustín Barzola resollaba como un toro bravío. Abolló el papel, lo arrojó al piso y abandonó la casa con paso decidido y amenazante. El quejido metálico del Rastrojero alejándose se apagó poco tiempo después. Becerra salió del lavadero con el apuro y el entumecimiento propios de un detective a punto de resolver el último caso. Por su parte, Carlini se apuró hacia el bollito de papel y comenzó a leerlo torpemente.
- “Parece estar escrita por una mujer, comisario, es letra prolija y redonda. Está dirigida al Gervasio, el de la panadería. Yo creo que la Lucecita está tirando de los hilos peligrosamente, comisario.” Becerra escuchó con atención las palabras de Carlini: amor, pasajes, martes, tren y Buenos Aires.
- “Vamos a la panadería ya mismo.”
- “Está cerrada ahora…”
- “Cállese y sígame, Carlini. Tiene mucho que aprender aún.”
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La estación del ferrocarril
septiembre 12, 2011Cuando las llagas de mis manos sangran demasiado, entonces me detengo por un instante. Ahora mismo estoy sentado sobre un impresionante resto de mampostería, con la pala aprisionada entre mis brazos y mis rodillas. Creo que sería mejor poder trabajar sin parar porque sólo así llego a evitar el recuerdo de los aviones sobrevolando esta estación de ferrocarril, dejando caer las bombas. De esta manera se formaron las descomunales montañas de escombros que me circundan y que me tapan la visión del horizonte. Son varias veces más elevadas que lo que era la altura general de los techos; sus formas todavía son caprichosas, y sus cumbres, filosas. Yo me acuerdo bien del paisaje que ahora está enterrado. Un extenso jardín adornado con locomotoras y vagones en desuso. El público podía visitarlo todos los días, ya que estaba siempre abierto. He trabajado aquí toda mi vida, soy el dueño de las puertas que ya no existen. Poseo todas las llaves que controlan las entradas y salidas de la estación (ahora inútiles).
Entre palada y palada a veces me pregunto por qué sigo en la estación, pero no sé si afuera estaría mejor porque probablemente debe de haber tantos escombros y tantas otras montañas que terminaría trabajando el doble y la paga sería cada vez más exigua. Por otra parte, aún sigo obligado con el jefe, ya que él se ocupó de mí después del desastre, me asignó este trabajo.
– ¿Cree que usted solo podrá con todo esto?
– Sí, señor.
– La ciudad le estará agradecida. La semana entrante deberíamos restablecer el servicio de trenes, aunque más no sea precariamente. Aún no sabemos si el resto del país también está bajo el cemento y derrumbado, pero ¿qué piensa que dirían de nosotros si los trenes empezasen a marchar y tanto usted como yo estuviéramos llorando sobre las vías obstruídas?
– No lo sé, señor.
– Bien, aquí tiene una pala. Puede comenzar cuando quiera.
– Señor…
– ¿Sí?
– Querría trabajar con guantes; mis manos… por la pala.
– No tenemos guantes en este lugar, pero si lo desea yo podría ir hasta mi casa a buscar un par. Queda sólo a unas cuadras de aquí, mas no le garantizo que allí los encuentre y, de todas formas, si así ocurriera, aún debería llegar hasta la estación nuevamente, entre todos los escombros, las ratas y los saqueadores.
– Hágalo, por favor.
– Bien.
– Gracias.
Hace dos días que llueve en forma intermitente, y es por eso que en toda la extensión que mi pala dejó libre de los restos del destrozo ha comenzado a ascender el nivel del agua. “Si tan sólo pudiera encontrar la alcantarilla para destaparla, tal vez evitaría mojarme tanto los pies”, pensé. Ayer vi a un grupo de personas que buscaban la misma alcantarilla, pero no creí que la pudieran encontrar porque toda la estación mantiene un desnivel hacia el extremo en donde yo trabajo. Aquí, precisamente, es donde se acumula más el agua, y es a causa de ese maldito resumidero. No puedo encontrarlo. Hoy aquellos hombres no están, y me tienta ir a excavar allá.
Sé que cada palada que remuevo me acerca un poco más al exterior, pero, en el fondo, mi conciencia siente que esto es solamente un corrimiento de las montañas de escombros. A menudo tengo la impresión de que no estoy tan solo; cuando clavo con horizontal firmeza la pala, oigo llegar voces desde algún lugar más allá de los rieles; cuando me detengo para escuchar mejor, callan, y comienza a escucharse el ruido conocido a fricción entre cascotes y herramientas. Tal vez ellos corran sus ruinas hacia aquí, la estación.
Todavía no me acostumbré al agua, a la mojadura, a no encontrar el tan ansiado desagote. Mojo las llagas en la laguna, pero no es tanta la sangre ni el dolor porque cada vez trabajo menos. Los guantes no han llegado, pero estoy seguro de que el jefe me los traerá pronto. De todas maneras, la laguna está menos profunda (acaso esté lloviendo poco). Si me quedo en este alto puede ocurrir que no me levante más, pero hoy ya no sé qué es mejor. Arriba o abajo, cualquier camino lleva hacia la libertad.
Este cuento, basado sobre una historia original de H. Feather y F. Teller, fue leído el sábado 10 de septiembre durante la Fiesta Psicofango, en el Espacio Cultural La Bicicleta.
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Prisioneros del Paraíso
agosto 30, 2011Esta es una anécdota en partes: la 34a en la saga del Dr. Kovayashi.
Quién sabe qué circunstancias convierten a un hombre común en héroe. Tal vez una combinación única de personalidad, de momento y de lugar. O por el contrario, quizás existan hombres que nacen para ser herramientas privilegiadas de la Historia. Sea como fuere, por azar o predestinación, los héroes, los verdaderos héroes, están llamados a concretar planes y hazañas fabulosas. Independientemente de cuánto admiraran David y Nikola a quien les prometiera el brillo de la gran ciudad, ese hombre no dejaba de ser alguien común.
“Según mis cálculos, esto es así:..”, explicaba Kovayashi a su peludo amigo Nikola, que viajaba cómodamente montado en su hombro izquierdo. “Asumiendo que la superficie de piel que llevamos ahora descubierta es aproximadamente 2000 cm2 y que cada mosquito puede chuparnos una sola gota de sangre, que 20 gotas equivalen a 1 ml y que no podemos perder más de 1 litro sin pasar al otro lado, se necesitarían 20.000 mosquitos para morir desangrado. Eso sucedería, Nikola, si en un lapso dado tuviéramos 10 mosquitos por cm2, por ejemplo. Pero como no hay espacio físico para semejante densidad mosquitos (o de ronchas), la conclusión es lógica y es la siguiente, camarada: por más que esta selva esté infestada de mosquitos, es mucho, muchísimo más probable que muramos por cualquier otra causa antes que hiperpicados por estos insectos del demonio.”
De esa manera avanzaba el doctor por la selva ardiente, embriagado de una felicidad tal que había dejado de evaluar los potenciales peligros y los posibles caminos a seguir. Estaba regresando a su hogar y eso era lo único que, para bien o para mal, le importaba. Más aun que las picaduras de mosquitos, que las ramas espinosas o que las siempre amenazadoras boas constrictoras que pendían de los árboles.
Como tantos otros, Kovayashi había actuado dejándose llevar por sus impulsos sin sopesar de antemano las posibles consecuencias. ¿Cómo entender, si no, que nunca imaginara que ese humo que de su choza en llamas ascendía al cielo atraería hacia sí a una banda de cazadores marginales? Ahora era tarde, los sentidos del doctor sólo podían atender a la fría boca metálica de un fusil automático que se le había adherido a la sien derecha. “No voltear la cabeza… no voltear la cabeza…” se repetía mentalmente mientras los monitos se le enroscaban en el cuello. En el otro extremo del arma había un moreno de pelo ensortijado y blancos dientes que no sabían de sonrisas. Empujándolo con el caño desvió al doctor de su camino hasta que luego de unos unos 300 m apareció ante ellos, disimulado en la espesura, una especie de Jardín del Paraíso en el que decenas de jaulas que colgaban a gran altura entre las copas encerraban aves multicolores de una belleza jamás vista. El camino se tornó ancho; las ramas entrelazadas de los árboles, mayormente moras gigantes y andirobas, tejían una bóveda verde que servía de techo y ocultaba el sol. Al bajar la vista, Kovayashi detectó entre los troncos de las sarrapias las siluetas de muchos guardias más. Estaban armados.
- “¿Le has disparado a algún hombre alguna vez?”, preguntó el doctor, mas no escuchó del moreno sonido alguno. Después de un tiempo prudencial volvió a insistir.
- “¿Has matado a un hombre alguna vez?”
Continuaron caminando en silencio hasta llegar a una cabaña diminuta sin ventanas. Sin dejar de apuntar, el guardia preguntó en una lengua apenas reconocible, pero que el doctor identificó como una variante latina del arahuaco guyanense: ¿Cuál es su gracia?
- “Kovayashi. Doctor Kovayashi.”
El culatazo en la nuca lo catapultó al interior de esa cabaña hermética que, como dedujo horas después, era a la vez calabozo y corral ciego para animales. El doctor cayó de bruces sobre una argamasa caliente de barro y estiércol. David y Nikola aterrizaron sobre su espalda. Cuando la puerta se cerró, la oscuridad fue absoluta. Sin embargo, Kovayashi no se enteró de nada hasta que en mitad de la noche la puerta se volvió a abrir.
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Melodía del desconcierto
agosto 16, 2011Novena entrega de la secuela del Gringo y la Lucecita, escrita a veinte yemas entre el maestro MX cuento * chino y yo. ¡Esperamos ansiosos sus comentarios!
< En las vísperas de San La Muerte | Una casa sin luz >
A un costado del escenario improvisado, el Gringo y el Zurdo afinaban las guitarras con el mismo gesto adusto y desconfiado que se les había instalado en la cara el día en que aceptaron la propuesta de Don Miguel. “A la mala espina se la debe respetar”, decía siempre el Zurdo. El Gringo, cuyas preocupaciones excedían largamente las de su compadre, aceptaba esa sentencia, pero callaba. A veces no hay mucho que hacer contra los deseos del tallador; se aceptan las cartas y se juega con el pico cerrado tratando de evitar el mazo. Cuando los armónicos dieron el visto bueno a la afinación, los músicos respiraron hondo, se acomodaron las pilchas, los pañuelos de rigor, y se dispusieron largar el espectáculo. Desde el centro de la tarima, Pichón repicaba los dedos suavemente sobre el cajón, cortando a gatas la modorra de la concurrencia y concentrando algunas miradas vidriosas fruto de la sobremesa. Como se sabe, en cualquier festejo el hambre es lo primero que se acaba, mientras que la sed es mucho más brava de saciar; la humedad de la pampa reseca el alma y el espíritu, valga la contradicción.
Los primeros acordes se mezclaron con algunos aplausos tímidos y palabras inentendibles a las que el Gringo no prestó atención, pero que Pichón y el Zurdo consideraron de aliento. La “Chacarera de la Redención” rompió el hielo y la quietud reinante. El trío era ciertamente virtuoso. A pesar de lo inestable de la percusión, la energía que contagiaba era capaz de animar un velorio a cajón cerrado. Con el profesionalismo como bandera, el Gringo empujaba sus malos pensamientos e inevitables sospechas hacia el fondo, trataba de mantener la calma y el compás en medio de todo ese revoltijo en el que veía enredarse más y más. Sin embargo, su mirada mañera se le escapaba por todo el lugar en busca de la figura gentil de la Lucecita, que hasta ese momento se destacaba por su ausencia. Las primeras parejas se animaron y le entraron al bailongo sin esperar demasiado. Bien al fondo, donde los copetudos los pusieron por las dudas de que tuvieran olor rancio, el “Esqueleto” Borghesi, Benítez y los demás peones golpeaban la mesa con sus manos renegridas. Y aunque era aún temprano para estar entonado, el tape Ensina se le animó al estribillo con su vozarrón de llano herido. No faltaron las palabras a la memoria del difunto Juan Gauna y para la viuda que lo lloraba. Curiosamente, nadie recordó al malogrado Lorenzo.
El baile ideado por Don Miguel transcurría sin tropiezos. Su deseo de mostrar que en la estancia nada era tan grave parecía satisfecho. A un costadito de la pista, con sendos vasos de sangría sin tomar, Becerra y Carlini repartían sus sentidos entre el jolgorio y el deber. Tenían orejas de sobra para los corrillos y también para la música, y con los cuatro ojos podían atender no sólo al Gringo y Barzola, sino también, y por qué no, al mujeraje fatal. Del otro lado de la pista, el oscuro capataz aguardaba su momento de pie contra una acacia. Los hombres de la ley parecían esperar ese mismo momento para hacer su jugada. Pero los hechos estaban a punto de desbocarse como bagual asustado. Miradas oblicuas trazaban la pista. Don Miguel observaba al Gringo; el Gringo vigilaba a Carlini y Becerra, y éstos miraban cómo Barzola, haciéndose el desentendido, relojeaba el camino que bordeaba el casco.
Los que no estaban borrachos notaron el gallo del Gringo en el tercer valsecito, justo cuando llegó al lugar, tardía y en soledad, la Lucecita. Todas las miradas recayeron en ella. Traía maquillada en el rostro una inocencia en la que ya nadie creía. En eso, los amigotes de Juan Manuel comenzaron a revolearlo al aire entre vítores y carcajadas mientras Don Miguel aplaudía contento. En ese breve y extraño desorden general, los investigadores reaccionaron con velocidad de culebra. El momento había llegado.
- “Ahora, Topito, ¡vamos! ¡Largue ese vaso, caramba!” exhortó Becerra excitado, antes de tomar raudamente el camino de salida. Carlini dejó el vaso en una mesa cualquiera y lo siguió.
- “¿Está seguro de que es el momento?”, preguntó.
- “¡Por supuesto! La mejor manera de sorprender en este ajedrez es jugar a las damas, Topito. ¡Sígame!”
- “Es usted brillante, comisario” dijo maravillado Carlini mientras anotaba la máxima con letra chueca y apresurada en su libreta de apuntes.
Media hora después, Barzola abandonaba la estancia en su rastrojero. Ante una seña inequívoca de la Lucecita, que había visto partir a su padre, el Gringo también supo que había llegado su momento de actuar como solista.
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El largo camino a casa
agosto 12, 2011Esta es una anécdota en partes: la 33a en la saga del Dr. Kovayashi.
De haber recordado sólo algunas de las lecturas de su juventud, aquellas que distraían sus tardes como El Sargento Kirk o Apache, el doctor habría tomado ciertos recaudos antes de partir. Pero como suele sucederle a los hombres cuando actúan sin vigilar sus impulsos, Kovayashi, sin darse cuenta, estaba escribiendo en su historia un hecho cuyas consecuencias lamentaría por toda su existencia.
“Los largos años de lucha contra los indios
le habían dado al Sargento Kirk
un instinto animal de presa
y una infinita paciencia.”
Antes de abandonar el aguantadero se echo al hombro un morral deshilachado con los mínimos bártulos necesarios para el regreso. Provisiones, bebida, machete y un encendedor a bencina. Sabía por experiencia que el camino sería largo e inseguro, pero esta vez contaría con dos adláteres como David y Nikola. También llevaba los cuentos de Feather y Teller ya que aún le faltaba terminar la historia del Gringo y otros cuentos. Y para las eventualidades que, estaba convencido, surgirían durante el viaje llevaba en un bolsillo la filosa estrella que meses atrás le había obsequiado el Dr. Yang.
“Lo que ahora veía sobre el horizonte
no eran nubes sino señales de humo
que escribían en el cielo
sobre territorio Pawnee.”
Una vez fuera de la choza sintió que el amanecer le erizaba la piel como una tricota de estopa. En siete meses de selva había conocido docenas de espíritus salvajes, y el frío era uno de ellos. Por eso permitió que se le metiera por cada uno de sus poros. Al cerrar los ojos creyó estar oliendo las flores de su jardín y escuchando el traquetear apagado de los neumáticos en los adoquines. Pero el espíritu de la música, el más añorado, ése era ajeno a la selva. Hacía que las tripas del doctor hirvieran con el recuerdo de la Obertura 1812. El pecho del doctor exageraba la emoción del retorno mientras sus manos inquietas jugueteaban con el encendedor. Había aguardado con paciencia el momento de eliminar sus rastros de la faz de la tierra. Por eso su corazón y, por empatía, los de sus primates amigos se inflamaron cuando la choza estalló con un woof sofocante y abrasador que, hambriento, la hizo arder hasta el suelo. Ya se encargarían la selva y la fotosíntesis de rellenar el claro en poco días.
“Desde antes del amanecer cabalgaba por el desierto.
Ni él mismo sabía adónde iba. Lejos, eso sí.
Quizás a reunirse con los restos de los Tchatogas,
entre los que tantos estragos hiciera su carabina.”
“En marcha”, gritó Kovayashi, y cinco minutos después toda la troupe se abría camino animadamente a través del sotobosque. Nunca se había imaginado tanta compañía para el retorno. David y Nikola iban en sus hombros y Scalisi, Rómulo y la Sra. W. caminaban 30 metros por detrás. Por último, en un dosel imaginario de epífitas y lianas, α y β cumplían su palabra de llevarlo hasta la frontera.
“Así fue cómo el sargento Kirk, el teniente,
los soldados y el cacique prisionero
emprendieron la marcha hacia Fort Sherman,
adonde ninguno llegaría jamás.”
A pocos kilómetros de allí, un hombretón sucio y barbudo apostado sobre una torre disimulada en la vegetación avistó la columna de humo. Dejó por un instante sus binoculares y encendió el intercomunicador. Abajo, en el campamento, los traficantes de fauna escucharon con estupor sus dos palabras. “Tenemos visitas”. Al unísono todos amartillaron sus revólveres.
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En las vísperas de San La Muerte
agosto 7, 2011Octava entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, escrita a cuatro manos enter el Sr. MX cuento * chino y yo. ¡Esperamos sus comentarios!
< Los eslabones | Melodía del desconcierto >
A lo largo de varias generaciones la familia Goitía había labrado su historia en la zona, una historia en apariencia sin máculas que imponía a la vez respeto, admiración y confianza. Los Goitía, desde el patrón Don Miguel para abajo, eran conscientes de ello, y si bien muchas veces podrían haberse aprovechado de su condición, nunca lo habían hecho. No obstante, también sabían que aquellas dos muertes en sus dominios habían sacudido tanto la monotonía del pueblo como los ánimos internos en la estancia. La buena voluntad de la peonada, esos inservibles desagradecidos que siempre andaban trayendo problemas, se había quebrado como un tallo seco y ya no se podía contar con Barzola para recomponerla; el capataz ya no era el mismo, se lo notaba disperso, ajeno a las decisiones importantes y sin el pulso firme que lo caracterizaba para manejar a aquellos salvajes.
Pronto tendría lugar el cumpleaños de Juan Manuel, el menor de los Goitía y preferido de Don Miguel, y en contra de las recomendaciones de mantener el perfil bajo, el jefe de la familia decidió armar un festejo a la medida. Se mandó invitar a todo el mundo, desde los vecinos más ilustres, pasando por comerciantes, funcionarios, el párroco, el doctor, hasta a los peones, la generosidad de la familia debía quedar fuera de toda duda. Incluso le habían hablado muy especialmente al comisario Becerra para que se dejara ver por ahí; siempre es bueno reafirmar que se camina por la misma vereda que la ley. Los Goitía no eran de andar haciendo ostentación. A pesar de la gran cantidad de gente invitada sería una jornada tranquila: mediodía de asado y vino, por la tarde unas carreras de sortija y vino, y al caer el sol un cierre con baile, guitarreada y vino. Don Miguel había resuelto contratar al Gringo y su trío a sabiendas de que los músicos gozaban de gran fama y eran apreciados por todos, y también como un guiño conciliatorio hacia la peonada. Al principio los músicos no se mostraron muy entusiasmados, pusieron algunas excusas referidas a un repertorio agotado, al cansancio, a viajes incomprobables a estancias alejadas, pero ninguno de los tres hizo alusión alguna a su anterior presentación. Esquivaron el asunto hasta que Don Miguel zanjó la cuestión con un fajo de billetes de notorio calibre. El Zurdo, Pichón y el Gringo finalmente se rindieron ante la oferta con el descontento natural de los herejes necesitados.
En la comisaría, las caras y los ánimos no andaban mejor. La investigación marchaba lenta como un buey en el barro y, para colmo de males, la presión popular comenzaba a hacerse notar. De buenas a primeras, en los troncos de la plaza y sobre algunas paredes habían aparecido afiches que reclamaban justicia por la muerte impune de Juan Gauna. Un periódico de la capital había escrito una nota al respecto, y recién entonces los altos jefes policiales despertaron de su acostumbrada modorra, comenzaron a hacer preguntas obligadas y a exigir resultados inmediatos. Con todo esto, el acostumbrado buen humor de Becerra y Carlini había comenzado a resquebrajarse como un cuero al sol. Sin embargo, seguían adelante sin cambiar un ápice su hipótesis de trabajo. Habían debido desandar varios senderos en la investigación ya que nadie en el pueblo ni en la estancia había podido aportar ni un solo dato valioso. Pero ellos morirían en la suya si era necesario. Y asistir al baile sería, justamente, uno de los últimos cartuchos que podían quemar antes de ver rodar por tierra sus cabezas.
En la estancia, los piojosos de Barzola recibieron la invitación en silencio. Se miraron preocupados. Sus semblantes se fueron tornando poco a poco más amargos, ásperos y resignados que de costumbre. Nadie mejor que ellos sabía o adivinaba que la puerta de entrada a toda la desgracia que aquejaba al pueblo había sido un festejo muy similar al que se avecinaba. Al mal paso darle prisa, pensaron algunos y siguieron la ronda del mate, aunque evitaron mirar el banco vacío que sabía ocupar el Gringo, y la silueta del capataz que se recortaba a contraluz en el marco de la puerta.
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Dos hermosas criaturas de la selva
julio 29, 2011Esta es una anécdota en partes: la 32a en la saga del Dr. Kovayashi.
El fenómeno llamó poderosamente la atención del Doctor: la luminosidad del atardecer no era normal. A simple vista se notaba en la palidez de las sombras que caían como estrías sobre su choza. Tuvo también la impresión de que había llovido pues el suelo ante sus ojos lucía blando como el cieno. Mas la impresión resultó una fantasía, ya que al echarse a andar encontró la tierra tan seca y suelta como el talco. Entonces, su ímpetu inicial disminuyó más por la sorpresa que por la dificultad física que le imponía el caminar hundido hasta las rodillas en una inmensa batea polvorienta.
Su rumbo era exacto. El camino al claro más cercano le era tan familiar que ya no le prestaba atención a los jalones que él mismo había disimulado en el sotobosque meses atrás. La resolana se tornaba más y más insoportable a cada paso, tiñendo a la vez tallos y hojas con el verde mortecino de la senectud. Avanzaba de manera descuidada, sin gafas oscuras ni cuero en los pies, mientras en toda su piel sentía, efecto del talco, tal vez, una molesta comezón. Masculló maldiciones entre dientes. Alzó imprecaciones a la selva implacable. Entonces, como un castigo de la naturaleza, el recuerdo de su añorado hogar lo atacó una vez más y le amargó la expresión del rostro.
Al llegar al claro, dos primates antropomorfos de grandes dimensiones saltaron a su paso desde la maraña. El Dr. los nombró secretamente α y β. El más grande, β, no hablaba; solamente controlaba las vías de escape. Por su parte, α, el más inteligente, se le había plantado de frente, a medio metro, para tocarlo y observarlo. Casi de inmediato, el ánimo agresivo del simio se transformó en un sentimiento de honda compasión. Hombre y primate sostuvieron sus miradas por un rato, y en los ojos inexpresivos de ese mono, Kovayashi reconoció cuán desdichado era. Nadie en esa selva iba a comprender el pesar que atormentaba su alma.
- “Váyase. Váyase lo antes posible. Lo acompañaremos hasta la frontera”, dijo α con voz gutural. “Váyase ya.” Esas palabras fueron un bálsamo para el ánimo alicaído del Doctor. Aun cuando les hubiera jurado que se marcharía esa misma noche, aun cuando les hubiera mentido sobre su belleza animal y salvaje, aun cuando se hubiera convertido en uno de ellos para servirlos de por vida no habría logrado disuadirlos. Mientras tanto, aquella obstinada comezón se le había concentrado en las manos.
En la claridad absoluta de la luz nocturna apenas creía distinguir siluetas desvalidas. Abrió los ojos cuanto pudo, y sólo blancura vio allí. Mas al dejar caer los párpados halló la fría oscuridad, al fin.
Al abrir nuevamente los ojos el Doctor se encontró tirado su camastro bajo un cielo negro, enorme y estrellado. A ambos lados, sus peludos amigos le rascaban las manos como intentado devolverlo sin sobresaltos a la realidad. Al incorporarse tuvo grandes dificultades para mover sus miembros. Sobre el piso de la choza quedaban restos de las pitajayas que había desayunado. Estaban cubiertos de un fieltro gris aterciopelado.
“Monitos del carajo, ¡la pitajaya estaba hongueada!”, gritó Kovayashi enfurecido. Aun cuando su humor no era el mejor, Nikola y David se alegraron de verlo reaccionar, pero se hicieron a un lado por las dudas, temiendo una posible represalia violenta. No obstante, él desplegó una amplia sonrisa y prosiguió hablándoles con su acostumbrada amabilidad. “Preparen sus cosas, amigos. En la mañana partiremos hacia Buenos Aires.”
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Los eslabones
julio 20, 2011Séptima entrega de la saga telúrica del Gringo y la Lucecita, en colaboración con el Sr. MX, también en su blog cuento * chino. ¡Lean y déjennos comments a los dos, vagos!
< Bajo el agua | En las vísperas de San La Muerte >
Tras la tormenta, la vergüenza del lodazal. Más allá de la ventana, las ruedas metálicas de un carro cortaban la argamasa babosa de arcilla y diluvio. El pueblo seguía abrojado a la siesta como quien estira un vino dulce en la sobremesa del domingo. Sin embargo, en la comisaría no podían tomarse tales licencias; entre los muros desconchados de los despachos, los oficiales redoblaban sus esfuerzos. A puertas cerradas, el comisario Becerra buscaba irritar a su joven ayudante sacándole punta a un silencio por demás prolongado. De repente, la oficial Castellanos irrumpió en el despacho con dos cafés bien cargados, los dejó sobre el escritorio y se retiró con un sugerente movimiento de caderas. Carlini se tragó el suyo sin respirar. En ese momento, Becerra, sonriendo para sus adentros, comenzó con el relato.
- “La noche siguiente al asesinato de Lorenzo, después del interrogatorio, me quedaron algunas dudas revoloteando, y si algo aprendí en todos estos años es que hay que atender a las corazonadas. Por eso decidí seguirlo al Gringo. Primero hasta su casa, y después hasta la estación. Llegué a los andenes por el fondo del pajonal, desde el otro lado del terraplén. La Lucecita le salió al encuentro enseguida. Había mucha luna pero no me vieron, así de entretenidos como estaban, charlando, charlando. No pude escuchar nada de lo que se decían, pero al final, después de besarse…”
- “¡Epa!” Carlini, sorprendido, dio un respingo en su silla.
- “¡Ja!, sabía que eso le iba a gustar. Se besaron, sí, pero muy cortito. Luego, como si los corriera el Diablo, cada cual agarró para su lado.”
- “¿Eso es todo?” preguntó Carlini, a sabiendas de que Becerra siempre tenía el cuarto as en la manga.
- “Espérese, Topito, ahí vamos… La calle era un desierto. De lejos la vi a la Lucecita entrar a su casa, me acerqué un poco y me quedé escondido entre los árboles de enfrente. A los diez minutos las luces se apagaron y ella salió a los piques, con otra ropa, emperifollada. Desapareció tras doblar en la esquina.”
- “Y usted fue tras ella…”
- “Error. Tenía dos razones para quedarme un rato más en mi escondite. Primero, la Lucecita no es el pez que queremos atrapar. Estaba claro que esa noche ya no volvería, demasiado arreglada como para ir a hacer un mandado, no sé si me entiende… Ya nos enteraremos por dónde anduvo; eso, por ahora, no debería importarnos. Segundo, estaba seguro de que alguien aparecería por ahí, alguien que…” Becerra hizo una pausa maligna. “A que no adivina quién apareció…”
- “No es cuestión de adivinar, Comisario, era el Gringo, que volvía para exigirle a la chica la parte más jugosa de la deuda.” En el rostro del ayudante se dibujó una sonrisa de satisfacción.
- “Bien y mal, Carlini. Tiene razón que era el Gringo y que se había quedado más caliente que una pipa, pero el hombre no regresó por eso. No se trata de una deuda de amor. Acuérdese que hasta donde sospechamos, y si no ayúdese con su libretita, el capataz le habría achurado sin reparos el macho a la hija en medio de un baile. Una deshonra, imagínese, para una moza tan joven. Ella nada le debía al Gringo, ni le debe… todavía.
Los ojos de Carlini brillaban en admiración. Tenía mucho que aprender de Becerra aún, por eso enarcó sus cejas en señal de querer seguir escuchando sus razonamientos.
- “Como usted ya sabe, mi olfato raramente falla. Es la Lucecita quien le ha pedido favores al Gringo a cambio de su virtud, algo cuestionada últimamente, por cierto; y me juego entero que él, que parece sólo tener luces para las seis cuerdas, regresó para estar seguro de lo que ella le acababa de pedir. Sin embargo, al ver que en la casa no había nadie, regresó por el mismo camino del terraplén, porque como le dije… Usted es demasiado joven todavía, Carlini, pero vaya sabiendo que los hombres somos bastante perejiles para esos asuntos, enseguida se nos nubla el entendimiento, y es sorprendente la facilidad con la que nuestra voluntad se resquebraja y queda presa del dominio femenino. El Gringo entró como un caballo.
- “¿Usted se refiere a que ella quiere…?” Una idea retorcida empezaba a tomar forma en el cerebro de Carlini.
En ese momento la oficial Castellanos volvió a entrar al despacho. Becerra y Carlini callaron de inmediato. A Becerra le resultó gracioso ver cómo Carlini evitaba mirar a la oficial y mantenía la cabeza gacha como contando las hendiduras marcadas en el parquet. “Otro que mordió el polvo”, pensó el Comisario. La oficial retiró los pocillos de café y se dirigió hacia la puerta dándoles la espalda a los dos hombres. Sólo entonces, Carlini alzó la vista y miró embobado su andar firme y preciso. Becerra sacudió la cabeza con un gesto de resignación.
- “Présteme atención, Topo…”, dijo Becerra cuando la mujer dejó el despacho “…si algo he aprendido en todos estos años es que el peor flagelo de la pampa es la soledad, la angustia del desamparo. Y uno aprende a llevarla a cuestas con dignidad hasta que se termina acostumbrando, e incluso pasándola más o menos bien. Pero sucede que para matizar esa angustia nos es imprescindible sentirnos libres. Lo único que en el fondo nos importa, a mí, a usted, al farmacéutico, a Castellanos, a cualquier cristiano, es la libertad. El corral es para los animales, Carlini, pero si nosotros nos sentimos prisioneros se nos estruja el alma. Lo que la Lucecita está buscando es el mazazo que haga saltar los eslabones de la cadena que se le está cerrando alrededor.”
El tono sombrío de las últimas palabras del comisario dejó a Carlini ensimismado y un poco entristecido. Se llevó la mano a la cara y se refregó los ojos como queriendo correr el velo de su desconcierto. Becerra lo miraba con atención. Si bien Carlini era dueño de una lógica brillante, todavía necesitaba despabilarse un poco en cuanto a los complicados vericuetos del alma humana. Becerra así lo entendía, y por eso cada palabra que le dirigía apuntaba a convertir a su buen ayudante en un excelente sucesor. Mientras tanto, Carlini hojeó su libreta y garabateó unas anotaciones en el margen.
- “Creo que lo mejor sería que vayamos a…” comenzó a decir.
- “Tiene razón. Vayamos.” Lo interrumpió el comisario.
- “Usted no me necesita, comisario, evidentemente no estoy un paso detrás suyo, estoy a más de una hectárea…”
- “¡Cállese la boca! Que si hay alguien importante para esta investigación es usted. Andemos, pues…”
El guiñó de Becerra fue una palmada en el hombro para Carlini. Ya era hora de una nueva ronda de mate, una humedad densa se fue levantando desde el suelo inclemente de la pampa, el cielo enorme empezó a virar los matices melancólicos del atardecer por otros más oscuros y taimados. El final del día estaba cerca. Los dos policías se incorporaron y salieron al barrial con un rumbo preciso que solamente ellos conocían.
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