Los números de 2012

enero 3, 2013

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 del Proyecto Anecdotario. Probablemente, estas estadísticas no le importen a nadie, pero el hecho de publicarlas es como arrancar el 2013 con el pie derecho y volver a pensar en las historias que quedaron colgadas hace como 6 largos meses.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 8.800 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 15 años en obtener esas visitas.

Hagan click para ver el reporte completo.


Makraff y los hombres-hormiga (II)

julio 18, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 49ava en la saga del Dr. Kovayashi.

Makraff y los hombres-hormiga (I) | Continuará…

- “Su curiosidad me honra y por eso le contaré la historia completa desde el mismísimo principio.”

En la semioscuridad, Kovayashi se dispuso a escuchar lo que fuera que Makraff deseara vomitar. No tenía sueño ni estaba de ánimo para oponerse. Entrecerró los ojos y subió el mentón, ladeando ligeramente la cabeza como los ciegos cuando prestan atención. Dos gotas de sudor le rodaron cuello abajo. Sólo por las dudas acarició la estrella infame que descansaba en un bolsillo.

- “Sepa, doctor, que he vivido desde siempre en esta selva. Nací y pasé los años dulces de la juventud en los llanos del oeste, cerca de la triple frontera con Venezuela y Colombia. Mis padres poseían allí tanta tierra como la vista podía abarcar desde los árboles más altos. Sí, eran terratenientes. Cultivaban todo tipo de frutas, desde la dulce excentricidad de la guayaba cattley hasta el plátano para la fritura más burda. Miles y miles de toneladas al año, cientos y cientos de empleados, obreros, o como quiera llamarlos. Todo lo producido se vendía en los puertos del este, sobre el mar. Para ello teníamos dos barcos con sus respectivas tripulaciones. Iban y venían de oeste a este por todos y cada uno de los ríos del Amazonas. El comercio florecía anualmente, y la fortuna familiar crecía casi sin control.”

Con la mirada hundida en la bruma distante, Makraff hizo una larga pausa antes de continuar su relato.

- “Vivíamos en una hacienda. La casa principal era un verdadero palacio señorial, una mansión tan grande que que podía ser habitada simultáneamente por 4 o 5 familias completas sin que nadie se cruzara con otro ser humano en días. Resultaba más fácil perderse en sus pasillos y habitaciones que entre los millones de árboles frutales de los campos. En cuanto a mí, mis padres habían contratado de manera permanente a un instructor cuya cultura y conocimientos excedían por mucho a la más voluminosa de las enciclopedias. Lo recuerdo alto y enjuto, con sus camisas blancas de ramio y sus inevitables gafas con marco de ébano. Con él aprendí en profundidad tan pronto las ciencias exactas como las naturales. Las letras y las artes descubrieron sus secretos para mí, al igual que la Historia, la Geografía y la Política. Nada del mundo que había más allá de la selva me era ajeno.”

- “Una situación envidiable…”

- “No lo crea, Kovayashi. Uno siempre anhela lo que no tiene, y yo deseaba con desesperación navegar con esos barcos. Ir hasta Europa o África, inclusive. Durante varios años, y a escondidas de mi familia, visitaba a los marineros. De ellos aprendí el oficio y de mi instructor los fundamentos de trigonometría y astronomía. Todo marchaba a la perfección hasta el día que llegó, cual maldición, una peste. Fue un soplido voraz, una fiebre devastadora que se llevó la vida de toda la hacienda. Primero cayeron los obreros. Apenas si hacíamos a tiempo de cavar las fosas y echarles una palada de cal para que no hedieran. Después les tocó a los marineros y, por último, a mi familia. Usted encontraría lógico que maldijera semejante calamidad.”

- “Desde ya.”

- “El alma del Hombre suele volverse impredecible ante las adversidades. Yo me alegré, doctor, y agradecí al Universo la oportunidad que me daba. El último de los barcos permanecía en la amarra con sus bodegas repletas de fruta, y mi salud aún era plena. Por eso me resultó sencillo persuadir a mi pobre padre en su lecho. Sin perder ni un minuto recluté media docena de hombres sanos y zarpamos con éxito hacia el este.”

- “Rumbo a los dominios de los hombres-hormiga.”

- “No. Puse rumbo a una nueva vida.”

Continuará…


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Makraff y los hombres-hormiga (I)

julio 13, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 48ava en la saga del Dr. Kovayashi.

La suerte está de su lado | Makraff y los hombres-hormiga (II) >

Sobre ese punto lejano del sur en el que el cielo cortaba el negro hilo del río, Kovayashi divisó la bruma. No parecía ni tormenta ni humo ni polvareda, era de noche y se hacía difícil distinguir. Pero fuera lo que fuese, tenía el mismo aspecto difuminado, casi mágico, de los sueños que no queremos soñar. Estimó que su altura doblaba la de los árboles más altos y que superaba el kilómetro y medio de anchura. El Timor navegaba hacia esa nube descomunal, por lo que tarde o temprano tendrían que tomar una decisión al respecto. Sin embargo, decidió postergar sus dudas y no molestar a Makraff con un nuevo interrogante, sobre todo después de la charla que acababan de tener. Ya encontraría una oportunidad favorable. Mientras tanto, el relato del capitán había comenzado y no quería perderse ni un detalle.

- “… Se dice que los hombres-hormiga son viejos como el tiempo, que eran altos y de tez blanca. Que de tanto entrecruzarse, su tamaño se redujo apenas a un tercio y que su piel se oscureció al tono de estas mismas aguas.”

- “Depresión por consanguinidad”, acotó el doctor, que recordaba el concepto desde sus días de estudiante mas nunca había podido aplicarlo.

- “Llámelo como quiera, doctor, pero por el amor de Dios ¡no me vuelva a interrumpir!”, respondió el capitán notablemente ofuscado. “Con el paso de los siglos, los bastardos se han convertido en seres muy peculiares. Los he visto. La mayoría tiene sólo tres dedos altamente especializados para el uso del arco y la flecha, incluso las mujeres. Son como castores, doctor, ocupan tierras bajas y eso los obliga a construir tajamares larguísimos para frenar las crecidas. De otra manera, desaparecerían bajo las aguas. Son salvajes y crueles. No comen carne de ningún tipo, solamente los vegetales que pueden recolectar en la selva, frutas, hojas, brotes. Pero que Dios libre y guarde al humano que caiga en sus garras, le harán vivir el infierno sobre la tierra. En los puertos he escuchado cientos de historias acerca de cómo esos demonios arrancan la piel de a jirones o cómo desangran cuerpos hasta desecarlos. Algunos marineros me han contado que según la estación, a los extraños los mutilan y les hacer crecer sobre la carne fresca unos hongos tóxicos que van convirtiendo lentamente sus cuerpos en masas putrefactas llenas de esporas. Puede preguntar por ahí si descree de mí… Le dirán que nadie que haya entrado en esos dominios pudo jamás regresar con vida. Es decir, nadie excepto este humilde servidor”.

- “Sabrá perdonarme, Makraff, pero lo que más me maravilla no es que usted haya salido ileso sino el hecho de que los hombres-hormiga hayan evolucionado al punto de tener sólo tres dedos y manejar como pocos el arco y la flecha. Puesto que, según usted afirma, son herbívoros, es obvio que su supervivencia no depende de la caza”.

- “No lo crea, Kovayashi. Uno siempre anhela lo que no tiene, y yo deseaba con desesperación navegar con esos barcos. Ir hasta Europa o África, inclusive. Durante mucho tiempo y a escondidas de mi familia visitaba a los marineros. De ellos aprendí el oficio y de mi instructor los fundamentos de trigonometría y astronomía. Todo marchaba a la perfección hasta el día que llegó, cual maldición, una peste. Fue un soplido voraz, una fiebre devastadora que se llevó la vida de toda la hacienda. Primero cayeron los obreros. Apenas si hacíamos a tiempo de cavar las fosas y echarles una palada de cal. Después les tocó a los marineros y, por último, a mi familia. Usted encontraría lógico que maldijera a aquel día.”

- “¡Absolutamente fascinante! Ahora quiero escuchar toda su historia, Capitán, incluyendo la parte en la que los hombres-hormiga le hicieron esas marcas en el pecho. Pero sobre todo, quiero escucharlo antes de que nos cubra aquella tremenda nube que tenemos al frente, ¿no le parece?”

- “No se preocupe por la bruma, doctor. Póngase cómodo, será una historia tan larga como la noche”.

Continuará…


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La suerte está de su lado

junio 15, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 47ava en la saga del Dr. Kovayashi.

La luna llena invitaba a la introspección. Opalina, su luz se reflejaba en cada herraje de ese barco que navegaba en penumbras. Al mismo tiempo, desde vientre del Timor llegaba a cubierta el rumor de los motores. Las puertas y escotillas lo apagaban en parte, pero era su carácter constante lo que lo volvía enloquecedor. Frente a semejantes vicisitudes, el doctor se convenció de que enaltecer el espíritu en ese momento carecía por completo de sentido, y se puso a razonar acerca de los pedazos de carne que Makraff le había servido al mediodía. Era imposible que provinieran de algún pescado de río; desde que él estaba a bordo, nadie había tirado las redes, nunca. Muy por el contrario, esos músculos asados eran tan resistentes al tenedor que no podía tratarse de otra carne más que la de un mamífero; una carne rara, rarísima, roja. Además, los trozos eran inmensos. Parecían tronchados de los muslos del animal ya que en su centro tenían un único hueso, seguramente un fémur. Estaba astillado. Kovayashi había comido con fruición hasta no dejar nada en la fuente. Su estómago admirable y una siesta de ocho horas lo protegieron de cualquier trastorno digestivo.

Los dos hombres permanecían sentados frente a frente en posición zen, cual era ya su costumbre. El calor húmedo e inaudito había obligado a Makraff a quitarse la camisa. Sudaba como un beduino extraviado. De repente, la atención del doctor se concentró en una decena de cicatrices circulares que en un giro del río negro brillaron a la luna sobre el pecho de Makraff. “Son viejos queloides. Cicatrices, tal vez”, pensó el doctor.

- “¿Picaduras?”, preguntó en voz alta Kovayashi mientras apuntaba al pecho del capitán con su índice y lo miraba fijamente con las cejas enarcadas, como incitándolo a hablar. La respuesta de Makraff no se hizo esperar.

- “Hay en estas tierras hombres intrépidos que sabiamente callan ante mi presencia. Los respeto. También existen simpáticos mequetrefes que saben moverse entre la curiosidad y la irreverencia. Ellos me divierten. Sin embargo usted, doctor… usted me desorienta. Pregunta como si desconociera quién soy, como si quisiera mostrarse fuerte en su aparente sutileza y buenos modales. En otra situación lo habría hecho desollar por Patinho, mi servil carnicero. Pero descuide, como invitados de honor del Timor, ni usted ni sus pulguientos amiguetes tienen nada que temer. La suerte está de su lado. Sepa que tampoco le preguntaré por qué ni cómo ha llegado a esta selva y a este barco, no me interesa. Cuando haya terminado de escuchar mis historias, recién entonces llegaremos a destino y será libre de olvidarme, o no. En fin… Por el momento he perdido el hilo de tan amena conversación. ¿Qué me decía usted?”

El doctor había escuchado con atención a Makraff. Tenía la certeza de que el capitán actuaba bajo una especie de miedo atávico a estar equivocado, a mostrar que no era aquel personaje que a sí mismo se describía de una forma tan extrema y despiadada. Eso no estaba mal, era clave para permanecer, para subsistir. Por el contrario, Kovayashi era amigo de las equivocaciones, como cabe esperar del espíritu de todo buen científico. Al reconocer a la equivocación como una arista en común entre ambas vidas, el doctor comenzó a respirar más seguro y aliviado.

- “Me preguntaba, capitán, si esas marcas en su pecho eran picaduras”.

- “No, no, en absoluto. Son heridas de mi primera y última incursión a los dominios de los hombres-hormiga”.

Continuará…


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La crecida

mayo 22, 2012

Decimosegundo capítulo de la saga telúrica “El Gringo y la Lucecita”, escrita a dúo entre el Sr. Max “cuento * chino” Asterión y yo.

Sangre y harina  |  Continuará…

La chacarera embravecida que el negro Funes rasgueaba en el escenario mantenía sobre la pista a la única pareja que se negaba a aceptar el final de la fiesta. Don Miguel se preguntaba si tanto jolgorio y festejo habrían valido la pena, para responderse -con la experiencia del hombre curtido a lonjazos- que de nada sirve sacar conclusiones tempranas de los hechos que todavía no terminan de acabarse. Y Don Miguel sabía que todo acaba en el nuevo amanecer. Los invitados se fueron retirando como torcazas al borde del día. Primero partieron los productores de las estancias vecinas; más tarde, vacilantes por la bebida y ajenos a la vergüenza, los peones enfilaron para el galpón. Por momentos, la noche se hacía día de tanto refucilar. Muy pronto el cielo caería de plano sobre los surcos.

Pero no todo era abandono. A contramano de los que escapaban de la fiesta, un vehículo ingresó por la tranquera del fondo y de él bajó una silueta escurridiza y fugaz que se perdió entre las sombras. Barzola sonrió, sabiendo que la oscuridad y los estertores de la fiesta habían apañado el secreto de su llegada. Siguió a paso firme y preciso hasta su puerta, conocía de memoria cada centímetro del camino, la empujó y entró. Ya en el centro de la sala, cuando enfilaba para la pieza, escuchó claramente una respiración que no era la suya, tranquila y profunda, que desde la penumbra del rincón sur lo invitaba a un diálogo inevitable. La sonrisa de Barzola se deshizo y su mano derecha inició el tan familiar recorrido por la cintura.

- “Tranquilo, Barzola, que te estoy viendo…”, dijo el Gringo mientras hacía campanear contra el piso de cemento el acero de su faca. “Te estoy viendo y te vi… yo sé lo que hiciste… y también sé qué es lo que vas a hacer…”

- “¿Vos en mi casa, piojoso de mierda? ¡Rajá de acá!”, dijo Barzola en voz baja y firme, como apretando con odio los dientes, tragando la misma ponzoña amarga con que impartía las órdenes cada mañana. No lo sorprendía tanto esa presencia molesta a sus planes como el tuteo rasposo con el que el Gringo le hablaba. De repente comprendió que la llanura en el trato y la tormenta irrespetuosa traían consigo una desgracia inevitable.

- “Callate y date vuelta despacio. Vamos a caminar un rato.” Una vez de pie, se acercó al capataz hasta hincarle apenitas la punta de la faca en la espalda. Barzola apenas reaccionó, como si en vez de piel la naturaleza le hubiera puesto un cuero de buey. El Gringo lo desarmó con lentitud y dejó el acero de Barzola apoyado sobre la mesa. “Caminá, vamos para la cárcava…

- “Le estás errando fiero, muy fiero.” Barzola disparaba amenazas aún confiado en su valor y en la imagen que creía que conservaba. Pero su imaginación nunca había contemplado el hecho de que el Gringo hacía ya un buen rato que había dejado de ser un piojoso como los otros, lleno de miedo y angustia, para dar paso al hombre duro, decidido e impiadoso que era en el fondo.

- “Caminá”, susurró una vez más en un tono tan frío y cortante que el capataz obedeció sin agregar una sola palabra.

Una seguidilla de relámpagos violáceos recortó contra las nubes los perfiles de ambos hombres. Caminaban hacia la cárcava uno detrás del otro, rasgando la bruma que los empapaba sin preguntar. A medida que se iban acercando a destino el viento ganaba en intensidad. El sombrero de Barzola voló lejos y el Gringo debió agarrarse el saco y la camisa con la mano libre. Un trueno ensordecedor estalló de repente y ambos -por instinto- elevaron sus miradas al cielo. Ramas de eucaliptos añejos rodaban por el pasto con un fondo sonoro de relinchos aterrorizados. Cincuenta metros adelante las gotas empezaron a golpear la tierra como guijarros de granito, y segundos después, el aguacero infinito. El arroyo había comenzado a correr más fuerte por el fondo de la cárcava, desde donde brotaban melodías erráticas pero acompasadas. Barzola y el Gringo siguieron su camino como si el Apocalipsis no estuviera ocurriendo, como si ellos fueran simples personajes siguiendo un destino escrito e ineludible.

 

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La historia del Timor (III)

mayo 18, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 46ava en la saga del Dr. Kovayashi.

- “Créame, doctor, que realmente había llegado a apreciar a ese holandés. Mi alma estaba compungida por lo extremo de la situación, pero no tenía sentido buscar alternativas. Él había quebrantado su palabra como un vulgar bribón de taberna. Para nosotros, la palabra vale tanto como un barril de agua dulce en medio del mar. Con paciencia dejamos que el tiempo transcurriera hasta el momento adecuado. Eso ocurrió una mañana después de navegar cauce arriba el Xingú hasta los recodos solitarios del Tanguro. Hallamos los primeros remansos bajo el sol de la media tarde. Entonces lo sacamos de su camarote, donde dormía inconsciente abrazado a dos botellones vacíos de Shandy Sorrel, y lo subimos a cubierta. Cada uno cumplía su parte, debíamos actuar rápido. Yo lo sostenía por los cabellos a 50 cm del piso, El Palmera le arrancaba la ropa y Patinho le cortajeaba las carnes con su cuchilla de cocina. No se imagina cómo aullaba el hombrecito al recobrar la conciencia, agudo y largo como un cochino. Abría sus pequeños ojos enrojecidos y daba coces cual pony asustado. Antes de que la sangre nos arruinara la madera del piso lo hice bascular un rato por babor y después de la despedida abrí la mano. El agua se conmovió con borbollones rosados.”

- “¿Pirañas?”, preguntó el doctor, levemente agitado. Makraff asintió.

- “Se lo deglutieron en pocos minutos. Una semana después, usando los documentos del muerto, El Palmera bajó a tierra y consiguió retirar del banco la totalidad del dinero, que, como sospechábamos, era una pequeña fortuna, o más. Nos lo dividimos en partes iguales.”

- “Debo suponer que luego usted se autoproclamó Capitán del Timor…”

- “Por todos los dioses del firmamento y los que estén en esta tierra… ¡déjeme seguir con mi historia! Obviamente, yo era el único capaz de continuar al mando del barco y el negocio. Yo tenía mis propias ideas al respecto, y además, si bien El Palmera y Patinho siempre han sido buenos marineros, son tan brutos como bestias de noria, o más. El Timor es propiedad de los tres, sí, pero en muy poco tiempo será solamente mío. Usted me entiende…”

Makraff hizo un ademán con su dedo índice, frotándoselo horizontalmente de izquierda a derecha por su inconmensurable epiglotis. Luego prosiguió el relato.

- “Ese par de viejos no siempre funcionan, usted me entiende… Hoy en día, mi mercadería sigue siendo de altísima calidad, y no puedo permitir que decaiga. Además, de dos años a esta parte he comenzado a vender muchachitos indios. Se los llevan a Europa, donde los prefieren antes que a las orientales, y… Espere un momento, se me acaba de ocurrir una idea genial. Usted es un hombre vigoroso, doctor. Le propongo que se sume a mi tripulación y me ayude en la rustificación de la mercadería. ¿Qué le parece?”

- “Me honra con su proposición, Makraff, pero yo soy un científico antes que un lobo de mar, o de río.”

- “Lo entiendo y comprendo a la perfección, doctor.”

En ese instante, pleno mediodía a juzgar por la brevedad de las sombras, el sonido de una campana de bronce templado llegó a cubierta. El capitán se excusó y bajó a la cocina para controlar personalmente el almuerzo. David y Nikola no le habían quitado los ojos de encima durante todo el relato. Aprovechando el momento de soledad, el doctor les aclaró las ideas.

- “Antes de sodomizar un indiecito en la bodega prefiero bajar a tierra y que me reduzcan la cabeza. O que me devoren las pirañas. Nosotros vamos derechito a Buenos Aires, ¿entendido?”

En eso, los pesados dos metros de altura del capitán saltaron ágilmente a cubierta. Apoyada en su gran barriga llevaba la bandeja repleta de trozos de carne roja asada. Sólo carne.

- “Vuestro almuerzo. Espero hagan provecho de él”, dijo con su vozarrón de trueno y regresó a las vísceras del Timor, donde permaneció hasta el anochecer.

Continuará…


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La historia del Timor (II)

mayo 2, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 45ava en la saga del Dr. Kovayashi.

Kovayashi dejó pasar el último comentario. No deseaba interrumpir el hilo del relato y daba por sentado que Makraff evitaría nuevamente las respuestas concretas. Una nube de insectos voladores sobrevoló de lado a lado el Timor. El capitán prosiguió.

- “Van Rees nos cuidaba tanto como se debe cuidar a los buenos empleados; en el fondo, no éramos más que eso. Cada uno de nosotros cumplía con creces su tarea y era recompensado en consecuencia. Al tocar tierra nos agasajaba con sabrosas comidas -pescados, aves y carnes rojas- sazonadas con especias exóticas y vino del mejor. Y a los postres, el momento de la paga. Solía darnos monedas de oro, en ocasiones hasta mejorando lo pactado. Así lograba que siguiéramos consiguiéndole mercancía de muy buena calidad, que mejoraba aun más gracias a nuestras, llamémosle… habilidades. Un mes, como mínimo, pasaba entre la captura y la venta. El Palmera nunca andaba con cosas raras, él siempre por adelante. Pero Patinho… ¡Dios mío! Él las trabajaba por atrás, pacientemente. Era todo un especialista.”

- “¿Y usted, Makraff?”

- “Doctor, doctor… la picardía le impide razonar. Ya le contaré más detalles sobre mí, no sea impaciente. Por el momento, sepa que poseo una formación casi imposible de igualar en estas tierras. Y por esa razón, ora en sesiones con El Palmera, ora con Patinho, yo me sentaba en esa bodega infernal únicamente para contarles historias mientras ellos rustificaban a las indiecitas una y otra vez. Algunas veces yo les hacía imaginar ciudades lejanas con puertos incansables y palacios llenos de lujo y placeres. Otras veces, pueblos de casitas blancas cerca del mar, sobre costas apacibles y soleadas. Estoy seguro de que nunca entendieron nada. Mis palabras resbalaban sobre sus cueros sobados con semen y sudor. Pero creo que les agradaba mi voz; cuando dejaban de gritar les calmaba los ardores del sexo.”

Sygmund Makraff detuvo el relato para concentrarse en los ojos azules del doctor, en cuyo fondo creyó leer una pregunta.

- “Sospecho que ud. sigue intrigado por el destino de Van Rees…”, dijo el capitán. “El bastardo permanecía en su camarote y sólo de tanto en tanto bajaba a la bodega a revisar el estado de la mercadería. Su ojo era infalible. Cuando ordenaba poner proa hacia el mar sabíamos que las muchachas estaban listas y que en breve cobraríamos. El holandés bajaba con ellas a tierra y les compraba vestidos coloridos y las hacía maquillar y las adornaba con anillos y ajorcas vistosas. Nos las sacaban de las manos, doctor. En ocasiones debíamos defenderlas a punta de pistola.”

- “Por casualidad ¿el holandés está en el Timor?”

- “Como suele suceder en la vida, doctor, con el correr del tiempo la marcha del negocio comenzó a complicarse. ‘El mercado está cambiando’, nos decía el holandés luego de regresar al Timor, usualmente borracho y desaliñado. ‘Ahora las prefieren chinas o tailandesas, lo mismo les da. Las he visto en tierra, son pequeñas, feas y amarillas. Parecen muchachos. Las traen de a montones en grandes barcos. Mi mercadería ya no vale ni la décima parte de lo que solía.’ El muy bastardo comenzó a pagarnos cada vez menos, pero continuamos confiando en sus promesas hasta el mismo momento en que dejó de pagarnos. Un buen día lo hice seguir por un marinero. Van Rees bajaba a puerto e iba derecho al banco… ¡El maldito debía tener una fortuna! Sin salir de mi asombro repetí el procedimiento en varios puertos como para estar seguro. Efectivamente, el holandés se estaba guardando nuestro dinero. Esa fue su sentencia de muerte.”

Continuará…


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