Un vecino en la oscuridad

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Esta es la 4a entrega de una anécdota en partes.

Al amanecer, Scalisi colgó el auricular y apagó la luz del baño. Así, el departamento quedó a merced del alumbrado público. En la cocina, el viejo intentó bajar la angustia con una pascualina que venía comiendo en dosis desde hacía dos o tres días. “Ya tomó gusto a heladera”, le reprochó en voz alta a su ex-esposa, como si ella estuviera ahí presente apoyada en la pared. Un patrullero avanzaba con lentitud hacia Tres Sargentos. Azul-rojo, azul-rojo… Esa jovencita que sonreía desde el portaretratos fue una buena compañía muchas décadas atrás, pero un buen día se marchó. En alguna ocasión, Scalisi ya no sabe cuándo, la llamó para pedirle perdón. Una equivocación, un error a todas luces puesto que sólo consiguió reanimar su desprecio. No lo dejó hablar. Simplemente barrió su orgullo con la intolerancia de un alud de barro.

Tanto enfureció ese recuerdo a Scalisi que lanzó la porción de tarta contra la ventana. A excepción del huevo reseco, que rebotó, el resto del relleno quedó adherido al vidrio. Scalisi se arrepintió de inmediato, pues tarde o temprano debería limpiar, y no se sentía de ánimo más que para hundirse en el sillón, cerca del teléfono. Parado al lado de la ventana pringosa cortó un nuevo triángulo de tarta. En su breve recorrido, la cuchilla cortó con igual elegancia pascualina y carne de pulgar. El viejo ni se inmutó, comió la tarta sin prestarle atención al sabor. El último destello del patrullero antes de doblar en Tres Sargentos fue rojo.

En la casa contigua a la de Kovayashi, el timbre del teléfono rasgó el silencio como un latigazo. La Señora W. se desligó del brazo de su esposo y saltó de la cama hacia el comedor, más por terminar con el estruendo que por intriga o por temor. A semejante hora no podía ser nadie sino él.

_ Nuestro vecino llegó tarde.
_ Tiene derecho, ¿no?
_ Maltrecho…
_ ¿En serio?
_ Lo vi.
_ ¿Y ahora?
_ Creo que duerme.
_ Y yo creo que nosotros deberíamos hacer lo mismo… ¿Usted está bien?
_ Sí, espléndido. Gracias.

No hubo adiós. Scalisi se tomó unos segundos, pendiente del click al otro lado de la línea. Mientras tanto, se concentró en mantener abierta la herida pegando y despegando el pulgar en el plástico. Adoraba la textura de su propia sangre. Más tarde, si tenía tiempo, se haría otro corte. De repente, algo lo hizo continuar la conversación.

_ W., sé que no estoy cuidando a nuestro vecino como debo. Perdóneme.
_ …
_ No se enoje conmigo, por favor, que ya bastante mal me siento.
_ …
_ Entiendo que usted me haya llamado únicamente para tratarme mal. Lo merezco.
_ …
_ Bueno, pero no me grite.
_ …
_ Sí, soy un fracaso.
_ …
_ No, no quiero hablar más.
_ …

El viejo dejó que el auricular cayera al piso y no lo levantó, y apenas si volvió a mirar por la ventana en el resto del día. Al anochecer ya había olvidado todo el asunto. Limpió la sangre del teléfono y del parquet, y se sorprendió de encontrar tan sucia la ventana de la cocina. Cenó pascualina.

Del otro lado de la calle, Kovayashi descansaba en la más profunda de las inconsciencias.

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8 comentarios en “Un vecino en la oscuridad

  1. Sergio Mauri

    Scalisi debería conseguirse un par de vecinos extras, alguna pastilla que le levante el ánimo y alguien que le cocine. Nada mas horrible que el sabor a heladera. Y peor si no hay nadie a quien reprochárselo.

  2. Además de su ex, Scalisi tiene mucha gente a la cual reprocharle cosas. Pero toda esa gente está atrapada dentro de su cráneo. Yo conozco a Jorgito, el diarero, porque es pariente de mi diarero (que también se llama Jorge). Me dijo que la tapa de la heladera está muy roñosa (bueno, al igual que toda la cocina), con restos de comida vieja churreteada, en franjas medio negras… Un asco. No me extraña para nada que la pascualina tenga ese “olor a heladera” (en realidad, andá a saber olor a qué es). Y en cuanto a lo de la pastillita, creo que como está solo ya no tiene a nadie que lo “pinche” para que vaya al médico. Sin receta, nadie le va a dar ningún antidepresivo. Y en el barrio no es que le tengan la mayor de las estimas.
    Gracias por leer, Sergei.

  3. Sergio Mauri

    Bueno, hay barrios que no estiman a nadie. En el mío no me quieren a mi, que soy una pila de virtudes ultraconcentradas… En cuanto a los antidepresivos, debería conseguirse un diler como la gente. Y si, seguramente esa cocina debe ser una porquería. Nada peor que un esquizo, para la limpieza.
    Muy bueno, che Paul, copado en grado sumo. O Redondo, no sé.

  4. Sr. Mauri, Sergio Adrián. No está mal tener todas las virtudes juntas y que le ocupen a uno todo el cuerpo. Visto de otra forma, sería triste tener áreas del cuerpo sin ninguna virtud. Lo de su barrio obedecerá a otras razones, digo; envidia, tal vez. La cocina de Scalisi atraviesa períodos de limpieza obsesiva y mugre deprimente. Cuado cobra la jubilación, a principio de mes, le paga a una chica para que limpie. Pero no alcanza para todo el mes. Con lo que ahorra en limpieza le paga a otra chica por otros servicios.

    Gracias por el comment!!

  5. Estos relatos están llenos de personajes singulares y situaciones extrañas. Una especie de hiperrealidad. Estoy intrigado y enganchado a la vida de estos personajes. saludos

  6. Hola minicarver. Muchas gracias por tu comentario. ¡Últimamente me salen así! :)
    Vamos a ver cómo avanza esta historia, creo que yo también estoy intrigado porque no sé para dónde se va a disparar. Hasta el mismo Dr. Kovayashi la lee y quiere saber cómo sigue. En un rato sale un capítulo nuevo. Saludos!

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