Una casa sin luz

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Décimo capítulo de la saga telúrica de El Gringo y la Lucecita, escrita a cuatro hemisferios entre el maese MX cuento * chino y yo. ¡A ver esos comentarios, canejo!

Melodía del desconcierto  |  Sangre y harina >

Con ojos de basilisco se encendió el estupor en las caras del Zurdo y Pichón cuando escucharon al Gringo anunciar al micrófono: “Acá los dejo con el Negro Funes, que se va a tocar unas zambitas mientras yo descanso un rato. ¡Aplausos, por favor!”. El Negro subió a la tarima con su guitarra en la diestra y los nervios en flor. Los músicos intercambiaron dos o tres palabras, y mientras la Lucecita, pícara, alentaba a las parejas a no abandonar la pista, un “adentro” optimista dio pie a una nueva tanda musical. Ningún borracho notó la diferencia de intérpretes. Aunque a Don Miguel al principio le llamó la atención el cambiazo, el Negro tocaba bastante bien y cantaba mejor que el Gringo, por lo cual todo el mundo quedó satisfecho. Mientras tanto, arropado por las vicisitudes del jolgorio, el Gringo se adentró con paso firme en las fauces oscuras de la estancia.

Lejos de allí, pero no tanto, Carlini y Becerra continuaban con su investigación gracias a las ausencias que obsequiaba la fiesta. Un edredón negro noche se extendía por las calles del pueblo cubriendo de sombras las acciones y pensamientos de los hombres de la ley, que ingresaron a lo de la Lucecita por la puerta del fondo.

– “Lo quiero bien despierto, Topito. Revisemos milímetro a milímetro este rancho. Necesitamos algo que nos alumbre, cualquier cosa que relacione a esta mocosa con el Gringo, con las muertes o con lo que carajo sea, nos va a venir bien. Abra bien los ojos. Falta poco para que en la fiesta se calmen las tabas. ¡Apúrese, vamos!”

La Lucecita demostró ser una mujer simple y austera. En la casa reinaba el orden y la practicidad. Por todo lujo ostentaba una moderna radio Philips. Eso facilitó la tarea de los oficiales, quienes como dos sabuesos buscaron posibles pistas por todas las cajoneras, repisas, mesas y mesitas. Husmearon bajo la cama y en el baño, en los frascos de la cocina y entre las hojas de los pocos libros de la biblioteca.

Como resultado de la intensa actividad, de a ratos y por lo bajo Becerra echaba maldiciones a su viejo esqueleto dolorido; viendo escasear sus fuerzas, apagaba la linterna y exhalaba sólidas vaharadas de frustración. Se sentó en el piso de la habitación, apoyó la espalda contra la cama y se sostuvo la cara con la mano. ¿Dónde se estaba equivocando? ¿Cuál era el detalle que se escapaba? Lo atormentaba el no poder hallar la clave para interpretar todo el asunto. No deseaba más cadáveres en su pueblo, pero sus deseos habían comenzado a hundirse en las aguas del fracaso. El comisario era un hombre íntegro y de pujante voluntad, aunque por momentos se le entristecía el espíritu y pensaba que en infiernos tan pequeños la búsqueda de la verdad era simplemente una quimera. Pero nadie se muere en la víspera, y no hay muerto sin velorio. El llamado de la esperanza atravesó la oscura quietud de la casa como el chispazo de un arco voltaico. Becerra levantó en un santiamén su alma del piso y el semblante se le llenó de ilusión. Era la voz de Carlini, que desde la sala le contagiaba al comisario el entusiasmo por haber descubierto una nota sobre la mesa de la cocina. No obstante, antes de ponerse en marcha, Becerra fue atropellado brutamente por su ayudante, quien a toda velocidad lo empujó adentro de un pequeño lavadero.

– “Pero… ¿¡qué hace, Carlini!?”

– “¡Shhh, entró alguien!”

Al cerrar la puerta tras de sí, ambos oficiales quedaron amontonados en el pequeño cuarto de lavar. Forzadamente quieto y en silencio, contorsionado entre mangos de escobas, palas y cajones con ropa sucia, Becerra sufrió dos calambres que le aniquilaron las piernas. Por fortuna, Carlini manoteó la boca del comisario para ahogarle el grito, mientras acomodaba el ojo contra el bocallave de la puerta. La casa estaba iluminada. En el centro de la cocina, de pie ─aunque tambaleante por el alcohol y sosteniendo entre sus manos la nota que hallara Carlini─ Agustín Barzola resollaba como un toro bravío. Abolló el papel, lo arrojó al piso y abandonó la casa con paso decidido y amenazante. El quejido metálico del Rastrojero alejándose se apagó poco tiempo después. Becerra salió del lavadero con el apuro y el entumecimiento propios de un detective a punto de resolver el último caso. Por su parte, Carlini se apuró hacia el bollito de papel y comenzó a leerlo torpemente.

– “Parece estar escrita por una mujer, comisario, es letra prolija y redonda. Está dirigida al Gervasio, el de la panadería. Yo creo que la Lucecita está tirando de los hilos peligrosamente, comisario.” Becerra escuchó con atención las palabras de Carlini: amor, pasajes, martes, tren y Buenos Aires.

– “Vamos a la panadería ya mismo.”

– “Está cerrada ahora…”

– “Cállese y sígame, Carlini. Tiene mucho que aprender aún.”

 

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13 comentarios en “Una casa sin luz

  1. El Gringo está caminando en la cuerda floja. “Las malas yuntas”, podría decirse. Si tan sólo se hubiera limitado a su trabajo y a la guitarra… Pero no, el tipo se mete con la hija del capataz. Ahora tiene un plan y se ha cobijado en las sombras de la estancia. Al menos, eso es lo que todos sabemos. Para mi gusto, es un hombre demasiado parco, reservado e inexperto, una desafortunada combinación. Y no se puede andar por ahí con el corazón en la mano sin cuidarse las espaldas.
    Y no puedo adelantar nada más. Las cartas están repartidas. De ahora en más, como decía Riverito, todo será “a suerte y verdad”.
    Abrazo, g.!

  2. Mar

    Estimado d’uo, por favor, no jueguen con nuestra ansiedad. Manden rapido la proxima entrega. Prometo hacer lo posible para que eso ocurra pronto.
    gracias
    Marina

  3. Hola Mar
    Ya lo decía Don Quijote (o Napoleón, no se sabe bien): “vísteme despacio que estoy apurado”. Procederemos como el Gringo, agazapado entre las sombras para dar el zarpazo, que en nuestro caso es la próxima entrega. Igual, eso de hacer lo posible me interesa. Investigaré la propuesta.
    Beso con chicharrones.

  4. Aunque Carlini y Becerra puedieran recordar a Holmes y Watson a mi me traen a la mente a Piglia, en su obra Blanco nocturno,sobretodo por el gringo (en Piglia muerto) y por el comisario Croce y su ayudante. Y como no por la tela que tejen las mujeres hasta crear la historia.
    Buena continuacion que deja con ganas de más
    Salut

  5. Hola micromios! Sabés que no leí nada de Piglia… Puro prejuicio, nomás. Pero muy bueno el comentario. Ahora que de Becerra y Carlini a Holmes y Watson hay muchos Piglias de distancia. Veremos cómo les va en la resolución de esta historia. Ojalá gane el Bien, aunque no soy particularmente fanático de los finales felices. Ya falta poco y la trama avanza al galope.
    Gracias por leer y comentar!

  6. Hola Anne! Goya tiene pinturas y dibujos impresionantes. La última vez que anduve por Barcelona me compré “Personajes y Rostros”, una serie de dibujos relacionados con Los Caprichos. Terrible, además de hermoso.

    Bueno, no era esa la idea que teníamos al describir (sucintamente) la casa de la Lucecita. Pero, justamente, el poco detalle le permite al eventual lector poner toda su imaginación en marcha.

    Abrazo, gracias por leer!

  7. Bueno, no voy a decir nada a cerca de la ansiedad por leer el final, porque parece que esto va ramificándose, y la verdad es que leerlos es un placer . Otra cosa, yo no creo que la letra prolija y redonda sea únicamente de mujer, eh. Y otra cosa que creo es que estos textos tienen tanta imagen, que sería también un placer verlo en cuadritos, onda historieta. No sé, me parece
    Abrazo

  8. Cristina Calduch

    Sigue la tensión y el suspense. ¿Para cuándo la próxima entrega? Sr Blopas, dígale a MX que yo tb leo mejor sobre fondo blanco. Gracias. Saludos cordiales.

  9. Hola Cristina! La próxima entrega es una pieza de alfarería camino al horno. El suspenso continúa, los lectores se ponen ansiosos y los autores aprovechan la situación: “…como juega el gato maula con el mísero ratón.”, como dice el tango Mano a mano.

    Le pasaré al inquietud a Mr. MX, que de diseño gráfico sabe mucho.

    Gracias por leer y comentar!

  10. Gi

    La frase “en infiernos tan pequeños la búsqueda de la verdad era simplemente una quimera” es una belleza. No sé de cuál de ambos autores es, pero hasta me animo a pedirla como epígrafe con su debida mención del autor.
    Sigo siguiéndolos.
    Voy a poner lo mismo en lo del otro, hay que ser justos. Perdón si me repito.

  11. Hola Gi. Esa frase es una joyita. Cada tanto nos salen ese tipo de brillanteces. Cada 40 años, ponéle. Por mi parte, podés usarla. Preguntále también al Dr. MX. Y después avisános dónde la pusiste, así instruimos a nuestros abogados que se queden en el molde, jeje.
    Mil gracias por leer(nos) y comentar(nos) repetidamente.
    Y en breve, una nueva vuelta de tuerca a esta intringulizada historia. Stay tuned!

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