Los eslabones

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Séptima entrega de la saga telúrica del Gringo y la Lucecita, en colaboración con el Sr. MX, también en su blog cuento * chino. ¡Lean y déjennos comments a los dos, vagos!

Bajo el agua  |  En las vísperas de San La Muerte >

Tras la tormenta, la vergüenza del lodazal. Más allá de la ventana, las ruedas metálicas de un carro cortaban la argamasa babosa de arcilla y diluvio. El pueblo seguía abrojado a la siesta como quien estira un vino dulce en la sobremesa del domingo. Sin embargo, en la comisaría no podían tomarse tales licencias; entre los muros desconchados de los despachos, los oficiales redoblaban sus esfuerzos. A puertas cerradas, el comisario Becerra buscaba irritar a su joven ayudante sacándole punta a un silencio por demás prolongado. De repente, la oficial Castellanos irrumpió en el despacho con dos cafés bien cargados, los dejó sobre el escritorio y se retiró con un sugerente movimiento de caderas. Carlini se tragó el suyo sin respirar. En ese momento, Becerra, sonriendo para sus adentros, comenzó con el relato.

– “La noche siguiente al asesinato de Lorenzo, después del interrogatorio, me quedaron algunas dudas revoloteando, y si algo aprendí en todos estos años es que hay que atender a las corazonadas. Por eso decidí seguirlo al Gringo. Primero hasta su casa, y después hasta la estación. Llegué a los andenes por el fondo del pajonal, desde el otro lado del terraplén. La Lucecita le salió al encuentro enseguida. Había mucha luna pero no me vieron, así de entretenidos como estaban, charlando, charlando. No pude escuchar nada de lo que se decían, pero al final, después de besarse…”

– “¡Epa!” Carlini, sorprendido, dio un respingo en su silla.

– “¡Ja!, sabía que eso le iba a gustar. Se besaron, sí, pero muy cortito. Luego, como si los corriera el Diablo, cada cual agarró para su lado.”

– “¿Eso es todo?” preguntó Carlini, a sabiendas de que Becerra siempre tenía el cuarto as en la manga.

– “Espérese, Topito, ahí vamos… La calle era un desierto. De lejos la vi a la Lucecita entrar a su casa, me acerqué un poco y me quedé escondido entre los árboles de enfrente. A los diez minutos las luces se apagaron y ella salió a los piques, con otra ropa, emperifollada. Desapareció tras doblar en la esquina.”

– “Y usted fue tras ella…”

– “Error. Tenía dos razones para quedarme un rato más en mi escondite. Primero, la Lucecita no es el pez que queremos atrapar. Estaba claro que esa noche ya no volvería, demasiado arreglada como para ir a hacer un mandado, no sé si me entiende… Ya nos enteraremos por dónde anduvo; eso, por ahora, no debería importarnos. Segundo, estaba seguro de que alguien aparecería por ahí, alguien que…” Becerra hizo una pausa maligna. “A que no adivina quién apareció…”

– “No es cuestión de adivinar, Comisario, era el Gringo, que volvía para exigirle a la chica la parte más jugosa de la deuda.” En el rostro del ayudante se dibujó una sonrisa de satisfacción.

– “Bien y mal, Carlini. Tiene razón que era el Gringo y que se había quedado más caliente que una pipa, pero el hombre no regresó por eso. No se trata de una deuda de amor. Acuérdese que hasta donde sospechamos, y si no ayúdese con su libretita, el capataz le habría achurado sin reparos el macho a la hija en medio de un baile. Una deshonra, imagínese, para una moza tan joven. Ella nada le debía al Gringo, ni le debe… todavía.

Los ojos de Carlini brillaban en admiración. Tenía mucho que aprender de Becerra aún, por eso enarcó sus cejas en señal de querer seguir escuchando sus razonamientos.

– “Como usted ya sabe, mi olfato raramente falla. Es la Lucecita quien le ha pedido favores al Gringo a cambio de su virtud, algo cuestionada últimamente, por cierto; y me juego entero que él, que parece sólo tener luces para las seis cuerdas, regresó para estar seguro de lo que ella le acababa de pedir. Sin embargo, al ver que en la casa no había nadie, regresó por el mismo camino del terraplén, porque como le dije… Usted es demasiado joven todavía, Carlini, pero vaya sabiendo que los hombres somos bastante perejiles para esos asuntos, enseguida se nos nubla el entendimiento, y es sorprendente la facilidad con la que nuestra voluntad se resquebraja y queda presa del dominio femenino. El Gringo entró como un caballo.

– “¿Usted se refiere a que ella quiere…?” Una idea retorcida empezaba a tomar forma en el cerebro de Carlini.

En ese momento la oficial Castellanos volvió a entrar al despacho. Becerra y Carlini callaron de inmediato. A Becerra le resultó gracioso ver cómo Carlini evitaba mirar a la oficial y mantenía la cabeza gacha como contando las hendiduras marcadas en el parquet. “Otro que mordió el polvo”, pensó el Comisario. La oficial retiró los pocillos de café y se dirigió hacia la puerta dándoles la espalda a los dos hombres. Sólo entonces, Carlini alzó la vista y miró embobado su andar firme y preciso. Becerra sacudió la cabeza con un gesto de resignación.

– “Présteme atención, Topo…”, dijo Becerra cuando la mujer dejó el despacho “…si algo he aprendido en todos estos años es que el peor flagelo de la pampa es la soledad, la angustia del desamparo. Y uno aprende a llevarla a cuestas con dignidad hasta que se termina acostumbrando, e incluso pasándola más o menos bien. Pero sucede que para matizar esa angustia nos es imprescindible sentirnos libres. Lo único que en el fondo nos importa, a mí, a usted, al farmacéutico, a Castellanos, a cualquier cristiano, es la libertad. El corral es para los animales, Carlini, pero si nosotros nos sentimos prisioneros se nos estruja el alma. Lo que la Lucecita está buscando es el mazazo que haga saltar los eslabones de la cadena que se le está cerrando alrededor.”

El tono sombrío de las últimas palabras del comisario dejó a Carlini ensimismado y un poco entristecido. Se llevó la mano a la cara y se refregó los ojos como queriendo correr el velo de su desconcierto. Becerra lo miraba con atención. Si bien Carlini era dueño de una lógica brillante, todavía necesitaba despabilarse un poco en cuanto a los complicados vericuetos del alma humana. Becerra así lo entendía, y por eso cada palabra que le dirigía apuntaba a convertir a su buen ayudante en un excelente sucesor. Mientras tanto, Carlini hojeó su libreta y garabateó unas anotaciones en el margen.

– “Creo que lo mejor sería que vayamos a…” comenzó a decir.

– “Tiene razón. Vayamos.” Lo interrumpió el comisario.

– “Usted no me necesita, comisario, evidentemente no estoy un paso detrás suyo, estoy a más de una hectárea…”

– “¡Cállese la boca! Que si hay alguien importante para esta investigación es usted. Andemos, pues…”

El guiñó de Becerra fue una palmada en el hombro para Carlini. Ya era hora de una nueva ronda de mate, una humedad densa se fue levantando desde el suelo inclemente de la pampa, el cielo enorme empezó a virar los matices melancólicos del atardecer por otros más oscuros y taimados. El final del día estaba cerca. Los dos policías se incorporaron y salieron al barrial con un rumbo preciso que solamente ellos conocían.

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14 comentarios en “Los eslabones

  1. me gusta mucho esta relación entre estos dos hombres que son indispensables uno para otro, porque carlini puede pensar lo que quiera sobre su capacidad, pero a ese becerra le gusta contar la historia y que lo escuchen asi. le pongo fichas a carlini, con la oficial y con el misterio a resolver.
    abrazo

  2. Lo más interesante es lo bien que se amalgaman las cuatro manos para escribir una sola historia, bastante compleja hasta el momento, y que no se delate parche, remiendo o fisura. Creo que se viene una fórmula presidencial! Salú!

  3. Hola g. Ponéle fichas nomás, que esto se va a poner cada vez mejor. Carlini es un diamante en bruto, pero Becerra tiene las herramientas para pulirlo. Parece que a pesar de sus asimetrías los dos van bien encaminados en la investigación.
    Como siempre, un gusto tenerte por acá leyendo y comentando.

  4. Totalmente de acuerdo, maestro MX. Para mí, esta saga es un ensayo general, una gran pretemporada antes de saltar a las grandes ligas (jaaa!). Nunca antes había escrito en colaboración. Lo que noto es algo que los científicos tienen más resuelto, y es la escritura compartida. Los que escribimos ficción somos animales netamente solitarios. Sin embargo, no es algo ni malo ni irremediable. Creo que todo lo contrario. Aprendemos de la interacción, nos desenamoramos de nuestras ideas y aceptamos las visiones alternativas y correcciones que propone el otro. Un gran ejercicio.
    Ojalá que esto sea un gran comienzo. Para mí ya valió la pena.
    Abrazo!

  5. Blopas, me he perdido, voy a leer la serie desde el principio escrita entre MX y tú y dejo un comentario. Dejé un comentario a MX de una secuencia suelta, ahora veo que es necesario leer todo.
    Un abrazo y perdona,

  6. Estupenda continuación, despejar dudas añadiendo otras.
    Los dos policias se han convertido en protagonistas y han hecho que la historia se complique cuando la aclaran. Muy interesante.
    Cherchez la femme.
    Felicidades a las cuatro manos que escriben y a las dos cabezas que piensan.
    Salut

  7. Al contrario, nada para perdonar sino para agradecer ya que vas a leer todo :)
    Es un poco así el tema con las sagas. Dos o tres entregas que pasan por alto y releer todo se hace cuesta arriba. Estaría bueno que nos salieran más cortas. te aseguro que lo que sale publicado (y gracias al Máster MX) es la mitad de los borradores previos.
    Así que te envío un abrazo digital, un gracias por leer y espero/amos más comentarios (que nos gustan como palmadas en la espalda).
    Blopas

  8. Contesto recién llegado de unas minivacaciones.
    Es verdad, nos complicamos paso a paso. Se avecinan sucesos importantes que aclararán algo más la cosas. Lo que debemos manejar es la apertura de nuevos interrogantes. Los policías hacen lo que pueden, pero tenemos fe en ellos, hacen una buena dupla. Se entienden sin hablar; eso es bastante.
    “Cherchez la femme!”
    Saludos mil, y gracias por leer.

  9. Sergio Mauri

    La realidad suele bifurcarse por doquier, diría algún cretino de cara trapezoidal.
    A lo nuestro. Se ve que la oficial Castellanos está bien constituída, para ennerviosar, digamos, a Carlini. Pero Becerra, zorro viejo, precisa más que un movimiento de caderas para perder el hilo. Mirá vos.
    El relato, lejos de empantanarse en algún andurrial de neto corte metaliterario, pone la quinta y avanza sin vacilar.
    Digo, para resumir.
    Braaazooo!!!

  10. Querido Mauritivs. La oficial Castellanos es una turrita que le quema el cerebro al pobre Carlini. Lo desconcentra de su tarea primordial que es el aprendizaje de la lucha contra el mal y el delito, y su puesta en acción al lado de su maestro natural, el ofical Becerra. El comisario, que más sabe por zorro que por viejo, evita posar su ojos sobre el caderoneo de Castellanos porque sabe cómo va a terminar si pone quinta, y no quiere tener algo más que enseñarle a Carlini.
    Por eso digo: sacrificada la vida docente del policía rural.
    Abrazo!

  11. Sergio Mauri

    La polecía, al decir rimado de nuestro bienamado Martin Iron, aprieta pero no ahorca. En realidad, el que aprieta pero no ahorca es otro, pero en el campo, la policía vendría a ser casi lo mismo. Creo que, tal vez, a la oficial Castellanos deberían darle un cambio de jurisdicción. Con esas caderas cimbreantes, puede poner en peligro la carrera de Carlini. Y que haría Becerra sin su discípulo?
    Caer en un pozo depresivo con fondo húmedo y mosquitos? Empedarse con Ferroquina Bisleri? Salir de meretrices? Nooooo!!!
    Ciertamente, el yuta rural no gana para sustos.
    Abrazo con triquiñuela!!!

  12. Mauri, veo que se entusiasmó con la aparición de la oficial Castellanos. ¡Lo bien que hace! Carlini es joven e impetuoso, y es entendible que entre mirar al frente y ver a Becerra y mirar para el costado ver el tremebundo culo de su compañera se ahí quede colgado. La carrera del Topito debería estar asegurada con ese maestro que es el experimentado Comisario Becerra. La yuta rural es una variedad que realza a la Fuerza y compensa por la de otros lugares en los que hay cemento bajo los pies.
    Abrazoide!

  13. A ver. La dupla Becerra-Carlini es sagaz, con o sin culos que van y vienen con pocillos de café. Me quedé con los eslabones que aprisionan a la Lucecita. Y me intriga cada vez más.
    Esto es un policial que merece pantalla grande.
    Abrazo doble, cortado para mí.

  14. Hola desatormentando. Gracias por el deseo de pantalla grande. Por ahora lo más grande que conseguimos fue una sábana doble, blanca. Pero ya vendrán los tiempos en los que nos sacarán los guiones de las manos, y con las manos libres podremos nadar en la abundancia sin hundirnos. Por ahora sólo nos queda el trabajo en la semana y ayudar a esta dupla de defensores del bien y el orden en su cruzada por limpiar de malhechores el medio rural y sus suburbios.
    Salud!

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