Los piojosos

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Cuarta entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, una colaboración literaria con el Sr. MX y publicada también en su blog cuento * chino. ¡No se lo pierdan!

La última estación  |  La culpa no es del toro >

Antes de que el gallo cantara, Barzola ya tenía un ojo abierto. Se levantó tranquilo después de un buen descanso. El sueño de los justos, le gustaba decir. Miró por la ventana y a un costado del galpón distinguió a los dos chuchos que todavía dormían a pata suelta. Llenó el mate y salió sigilosamente por la puerta del frente para descubrir con alegría las astillas espejadas que el sereno había depositado sobre el pasto durante la noche. Sin acusar mella alguna en sus rituales cotidianos, y a pesar de los sucesos trágicos que lo habían tenido de protagonista dos noches antes, le puso luz un a cigarro armado y clavó una mirada serena en la línea infinita del horizonte pampeano.

Los hábitos de Barzola no conocían de domingos ni de fiestas de guardar. Su trabajo era su vida, y su vida era un tronco que flotaba a media agua en la jangada. Sabía que los patrones aprobaban de buen gusto su estilo para manejar la peonada, seco y tenaz como el pampero, y también que los de abajo no perdían oportunidad para cuchichear sus odios contenidos en cada descanso. En la disciplina y el despojo había logrado el temple campero de sus ancestros. Hasta donde podía llegarse con la memoria, todos los Barzola habían sido iguales, unos cueros resecos al sol. Con la ansiedad del que espera arrojó al pasto el cigarro a medio fumar. Las tareas se habían atrasado y necesitaba poner en marcha el día porque la urgencia de lo pendiente le urticaba la piel. Con todo, se sentía aliviado de no haberle visto las caras a los peones por veinticuatro horas. No es que le dieran demasiados problemas, pero el trato constante con ellos, o al menos con algunos, lo terminaba fastidiando.

Por más que aún no había amanecido, en la casa de los peones se veía luz, y hacia allí dirigió sus pasos Barzola. Seguro de no haber sido visto ni oído, el capataz decidió no entrar. Amén de no querer incomodar con su presencia, pensó que quizás podía averiguar qué se andaba diciendo de él, y por sobre todas las cosas, quién. Con los perros echados a sus pies cual sombras mudas, Barzola pegó su oído de tísico a la ventana del fondo y escuchó por igual injusticias y verdades sobrevolando la llama azul del calentador a kerosene. La mayoría mateaba sin abrir la boca, como si lo presintieran ahí fuera. La voz del uña ‘i gato, un retacón forzudo con cara de diablo, terciaba en la charla. Más tarde lo enviaría con el tape Ensina a los lotes bajos contra el río, donde estaban las vaquillonas. Varios alambrados se habían caído y el uña ‘i gato se llevaba bien con los torniquetes. Los dos eran perros leales. También reconoció a Juan Gauna susurrando pestes, y algo se le retorció en el triperío. No bien el sol despuntase lo mandaría al lote de los toros, a medirles el perímetro de las bolas con un piolín. Con un poco de suerte, los angus lo liberarían del mierda ese de Gauna. Otros más hablaron de él… Rafael Benítez, el esqueleto Borghesi y el Zurdo. Como entre espasmos, el mate iba pasando de mano en mano a la espera del gallo remolón. El cielo apenas salpicado de nubes mostrábase ya rojizo cuando Barzola tragó la hiel de su saliva y se aprestó a entrar. Ya alguna vez en el pasado, en una charla de hombres con su propio hermano había fijado firmemente su posición acerca de cómo manejar estas cuestiones.

“No es que sean malos…”, le había explicado Barzola a su hermano Armando, “…pero tampoco son necesariamente buenos. Lo que pasa es que para hacer este trabajo se necesita un carácter especial. Acá tenés que ser de lapacho, no cualquier clavo le entra a esa madera. El campo es duro, Armando. Vos me dirás que todo trabajo es así, pero yo te digo que no. Acá yo he visto mancarse al más valiente, y también he visto llorar como una mujer despechada a hombres que parecían no temerle a nada. He visto pasar por esta pampa muchas más caras de las que te imaginás, que se esfumaron como sombras y nunca más volvieron; todo por no tener el carácter necesario. De eso te hablo. Yo me pasé ocho años rompiéndome el lomo antes de ser capataz…y nunca me achiqué. Y ahora le doy para adelante como un buey, ¿Qué te pensás, que ahora me rasco en el palenque? ¿Que trabajo menos que antes? ¿Que me agarró el mal del ombú? No señor, al contrario, no te imaginás lo difícil que es manejar a esta manga de piojosos.”
“Acabás de decirme que no eran malos…” repuso Armando, que era el único farmacéutico del pueblo y que a gatas si salía alguna vez de esa infame zona urbana. Tras el mostrador era capaz de mentir cuánto sabía de asuntos camperos, pero no frente a su hermano.
“No, no son malos… Pero una cosa no quita la otra. Los llamo piojosos en otro sentido. Es que a veces me dan un poco de lástima”, dijo el capataz sincerando la voz y encendiendo un breve cigarro. “Son piojosos porque están infectados, Armando. Y lo peor es que no lo saben. Están infectados con el virus de la ignorancia, y la ignorancia te deja a pata de todo.”
“¿Y vos los curás de esa ignorancia?”, preguntó el farmacéutico un poco aburrido.
“No, yo no los curo.” Barzola hizo una pausa larga y miró por la ventana a una matita de pasto que pasaba empujada por el viento de la tarde. “Yo los amanso y los entreno.”

Para devolverle el mate al cebador de turno, el sordo Verenito tuvo que estirarse por sobre la calavera de vaca que con sus cuernos oficiaba de banquito matero. Nadie abrió la boca acerca de esa ausencia, simplemente obraron como siempre, callar e ignorar. Un silencio obtuso inundaba la casa cuando el gallo cantó y Barzola ingresó con su cara de pocos amigos para asignarle a cada uno su tarea del día. Apenas si saludó. De manera más o menos inmediata todos salieron al campo. Solo quedó Barzola, hundido en sus pensamientos. Allí parado con las botas en el verdín parecía estar viendo a su hija en la casa del pueblo. Ella dormía desentendida del mundo y de todo lo malo que estaba por llegar. Desarmadas las trenzas, la cabeza de la Lucecita era una maraña renegrida y compleja sobre la almohada, y las frazadas amarillas copiaban como arcilla las formas redondas de su cuerpo. Agustín Barzola pensaba con amor a su hija mientras en su cabeza rebotaban como pelotas una cantidad de preguntas siniestras. ¿En qué momento su vida cayó por el barranco? ¿Fue por su falta de fe que el Diablo taimado pudo nublarle el entendimiento? No tenía ninguna respuesta, pero de algo estaba seguro: en sólo dos días la vida se le había puesto de culo como una taba mal tirada.

El ruido de un caminar pesado por el camino de acceso al casco sacó al capataz de sus meditaciones. No tuvo necesidad de mirar quién era, simplemente esperó el momento justo para darse media vuelta y tenderle una diestra acalorada. Las palabras también parecían estar de más, y ese apretón de manos todo lo decía. Desde hacía dos días Barzola había contraído una gran deuda con él y, por fortuna, aún ignoraba cómo iba a terminar de pagarla.

“Sólo una cosa…”, dijo Barzola en voz muy baja y señalando hacia el piso con la vista. “Límpiese ya mismo la sangre de esa bota.”

Sorprendido, el Gringo agradeció secamente y prosiguió su camino rumbo a la tarea que le fuera asignada y que le tomaría el resto del día.


Versión imprimible -> Los piojosos

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13 comentarios en “Los piojosos

  1. sangre en el zapato?? oh diablos, qué se trae el gringo? me gusta, me gusta cómo viene la historia, cómo aparecen personajes, esta saga da para largo, no?
    abrazo,

  2. Ansina es, g. Pinta pa’ largo. Pero mientras más largo, más desafío no aburrir a todo el mundo. Así que con el Sr. MX deberíamos entrar en asamblea y monitoreo permanente pa’ frenar el pingo antes del barranco.

    Por lo demás, me alegro de que te guste. A mí también me gustó cómo salió este. Quizás algo largo, no sé. La verdà q no le andamos poniendo mucho filtro a la cosa. Estamos desarrollando un estilo muy permisivo (que también debería entrar en asamblea y monitoreo permanente). Pero por ahora vamos tirando. Al menos yo estoy muy contento y no dejo de pensar en otras futuras publicaciones.

    Y eso de la sangre… tal vez el misterio se devele en la que viene o en la otra.
    Abrazo!

  3. Muy acertado el título del fragmento, “Piojosos”, infectados de ignorancia. De ahí provienen muchos de los males pues la ignorancia es impermeable y se quedan ahí viendo caer las gotas del progreso sin que les cuele ninguna.
    Espléndida recreación de una mañana cualquiera en el campo, con personajes que amenazan con una buena historia.
    Salut

  4. Sergio Mauri

    Hay, en la vieja tradición del relato a dos manos (hubo quien alguna vez propuso redactar a cuatro, y no faltaron audaces que pidieron seis) algo de épico. Entrelazar voluntades, muchas veces no afines, trenzar ingenios no es, como la bota de potro, pa´ cualquiera. Pero en este caso, la historia fluye, admirable, sin que se note dónde termina una creación y comienza otra. Cosa e´Mandiga, che.
    Es harto evidente que Barzola está al borde de algún tipo de colapso, ya sea nervioso y/o económico-financiero. Vaya uno a saber. Lo cierto es que la Lucecita lo obliga a tensar la cuerda hasta el paroxismo paterno filial, casi. Para los trasnochados que opinan que en el campo se vive fácil.
    Abrazos mil.

  5. Sr. John Winston Mauri. Un placer tenerle por aquí. La cosa fluye como tantas otras cosas que fluyen y uno no se pregunta por qué fluyen. Incluso están aquellos que cuando presencian un acto de magia se esfuerzan por ver dónde está la trampa, dónde puede estar el conejo o la paloma, o dónde están las dos mitades de la chica (que no puede estar cortada porque si no habría sangre en el escenario). Esta historia fluye y ni siquiera nosotros sabemos cómo.
    Creer o reventar, che!
    Te manda un abrazo Barzola. Dice que te cuides.

  6. Hola minicarver! Bienvenido de vuelta por aquí. Como ya ves, hemos iniciado una producción en conjunto en MX y nos salió por el lado del campo, de las pampas salvajes. Encantado de que leas y dejes comments. Un abrazo!

  7. Bueno bueno.
    No sé como se va a ir desenvolviendo la historia en las próximas entregas, pero hoy Barzola me sorprende con la frase “están infectados con el virus de la ignorancia”, parece un Barzola reflexivo después de todo y hasta deja entrever que algo de sensibilidad tiene. O será una cortina de humo?
    Y lo de la bota del Gringo con sangre … me tiene en ascuas.
    Buen capítulo!

  8. Cómo va, desatormentando?
    Muchas dudas, muchas intrigas pendientes de hilos de dudosa resistencia. O no. Depende. Hay que esperar el devenir de los capítulos.
    Barzola lamenta tener que comandar un grupo de gente voluntariosa pero de pocas luces. Y eso le sucede porque él mismo es una persona con horizontes más amplios. Ha estudiado hasta cierto nivel; no por nada es capataz y los demás sólo peones. Ahora bien, la duda (tuya) es por qué él quiere que los peones se ilustren un poco más. Yo creo que en el fondo no cuestiona esa situación; creo que simplemente su espíritu está sensible después de haber liquidado a Lorenzo. Al fin y al cabo, a Lorenzo lo tildaban de ‘bocón’ o de que hablaba demasiado, y eso era porque tenía algo más de formación que el resto. ¿Cortina de humo? Mmmm, no sé. Tal vez.
    Así que, desatormentando, llegamos a este punto en el que mi aclaración no aclara nada. Habrá que seguir leyendo.
    Abrazo y gracias por leer y comentar.

  9. Sergio Mauri

    Me suena que Barzola tiene cierta malevez que lo emparenta, quizá lejanamente, puedo admitirlo si me dan tiempo para meditarlo, con el extinto pero jamás olvidado Romualdo Quiroga.
    Y nunca falta, es cierto, el badulaque que intente hurgar en bambalinas. Que sobre él caiga la ignominia.
    Vaya una afectuosísima Doble Nelson!!!

  10. Personaje controvertido el Romualdo, capaz de darle murra a Isabel Sarli en Carne o de actuar (o algo parecido a) en Canuto Cañete, conscripto del siete, con el querido Carlitos Balá. Por eso creo que está muy bien orientada tu sospecha de emparentamiento con nuestro Agustín Barzola, capataz a la vez escurridizo y jodido como anguila en bidet. Tengo una conocida a la que le cayó la ignominia de golpe. Fue demasiado para ella. En el cajón todavía le duraba el rubor.
    Saludos de William Boo.

  11. Sergio Mauri

    Es leyenda, allá por el Pasaje Gelly, donde se levantaba, orgulloso como boxer con cola entera, el viejo canal 9, que el viejo Romualdo, luego de la Sarli, quiso boxearse con Armando Bó, pero lo frenó Víctor, que ya se preparaba para hacer de Delfín en La gran aventura. Lo cual demuestra, de manera insoslayable, que algo tendría que ver con Agustín Barzola, hombre de faca al cinto y mirada cruda de gaucho ladino al que le gusta la caña, la taba y la morcilla vasca.
    Recuerdos de Mojarrita.

  12. En breve encararemos con el Sr. MX la próxima saga telúrica, que llevará por título “Los súper-súper peones”. Será la historia de tres laburantes del campo que los fines de semana trabajan de patovicas vestidos con pantalones de cuerina y vinchas.

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