Cerdo y vino en Manhattan

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Después de caminar durante un largo rato, Micaela y Daisy lograron ubicar un restaurant en el cual cenar algo de carne. Ya era noche cerrada cuando entraron a Brother Jimmy’s BBQ, justo en la esquina de la 8va Avenida y 31st St. Ya habían hablado mucho, pero estaban seguras de que el vino les permitiría un buen plus.

_ “Como te decía, él es muy sabio y muy poderoso”, dijo Micaela. Nunca antes había fallado en guardar silencio sobre su padre, pero esa noche el alcohol y las costillas de cerdo ahumadas le habían relajado la lengua. La intriga estaba creada, y Daisy reaccionó tal como era esperable.

_ “Me encantaría conocerlo.”

_ “Lo dudo… Es decir, creo que definitivamente no te caería bien. Además, es imposible. Desapareció físicamente hace ya unos años. Y antes de que lo preguntes: no, no murió. Sólo pasó a un estado esencial más elevado, inmaterial. En ocasiones se comunica, aunque sólo conmigo.”

_ “Entonces, me fascinaría que me contaras algo de su vida, algún detalle que me lo describa.”

_ “Tampoco lo entenderías. Lo que sí te puedo contar es alguna de las historias que él me contaba a mí cuando era una niña. Recuerdo una fantástica acerca de lo que le aconteció un día a un hombre que caminaba por la playa.” Micaela intentaba recomponer la situación. Callaría sobre él y no decepcionaría a Daisy (o, al menos, eso creía).

_ “Suena tonto, pero adelante, contáme…”, dijo Daisy a su nueva y rara amiga.

Así fue como Micaela comenzó un relato que se prolongaría por horas, más allá, incluso, del cierre del restaurant.

_ “El hombre del traje de baño diminuto se había detenido justo en donde el arroyo se unía al mar. Su altura afortunada, sus músculos trabajados y el color bronce de su piel hicieron que varias mujeres posaran por un rato sus miradas en él. Pero llamar la atención no parecía, ni por asomo, su propósito. Detrás del muro de sus gafas oscuras, el hombre miraba el agua como buscando alguna explicación.”

_ “Allí estuvo parado durante mucho tiempo y aprendió que el mar enfurecido era capaz de montarse sobre el río hasta hacerle perder su identidad, pero también que el río, con sus aguas cálidas llenas de cangrejos, podía empujar al Atlántico durante la bajamar. Y, además, notó que el viento que sacudía su pelo provenía del sureste, y que las nubes más altas del cielo se dirigían, sin embargo, hacia el mar.”

_ “Quizás (nadie puede saberlo) encontrara en esos fenómenos naturales cierto consuelo, cierta esperanza, y tal vez el oleaje destrabara sus piernas. Cuando el hombre avanzó, todos en la playa advirtieron cómo aquel primer paso que lo adentrara en el río terminó en un brutal pellizcón de cangrejo. Y todos sonrieron tal como lo harían si algún peatón resbalara al pisar una cáscara de banana en las veredas de cualquier ciudad.”

_ “Por favor, no te detengas…”, pidió Daisy. “…es muy divertido. Por cierto, ¿cómo se llama tu padre?”

_ “Lo sabrás a su debido momento.”

Y después de atacar un bocado de cerdo y beber algo más de su vino tinto de mala muerte, Micaela prosiguió pausadamente la historia del hombre ido.

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3 comentarios en “Cerdo y vino en Manhattan

  1. kwxi

    Que no falten pinzas o cascaras, valerosos “davides” que controlan al “goliat” que llevamos dentro.

    copantes las anecdotas!

    Ahora me voy a comer un pastel de de cangrejo y platano, salir a la calle con mis gafas y mi traje de baño diminuto. El horizonte de sierras me queda bien…

  2. Sergio Mauri

    En más de una oportunidad, a lo largo de este relato múltiple, la presencia de Micaela ha demostrado que nunca es lo que parece.
    Y hacía ya mucho que Daisy no pintaba, no? Hay gente de ese barrio a la que se extraña.
    Cortito karadagiano!!!

  3. Maestro Mauri. Un gusto tenerlo en los albores de la saga de Smorthian. Micaela es digna hija de Daibushi, por lo cual nada de ella nos debería extrañar. Y tenés razón que Daisy nunca más volvió a aparecer. Quizás esté esperando a que el doctor regrese de la clandestinidad junto a David y a Nikola. Tampoco nunca volvió a aparecer Hannimal. Lo tendré en cuenta al pobre, postergado como aquel brujo que contaba JLB.
    Abrazo contra las cuerdas.

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