El encargado sensible

Estándar

La noche anterior había caído una helada y por la mañana Jaime, el encargado del rascacielos, al salir a lustrar el picaporte se maravilló de sentir el crujir de los cristalitos bajo sus suelas. “Debe ser uno de los últimos fríos” —pensó—, porque, estaba claro, asociaba septiembre con primavera y primavera con calor. Pero septiembre recién comenzaba y todavía soplaba un viento sur tan frío y húmedo que cortaba la piel y calaba los huesos. Era temprano en Puerto Madero. Jaime desdobló su cuello alto y sólo después de unos minutos pudo percibir algo que se movía sobre el horizonte; un barquito. Ése era su momento de intimidad, cuando podía observar sin ser visto, sin tener que saludar a las vecinas de los pisos altos o al camión de las medialunas. Y no había ruidos estridentes. Nada más que por eso aceptaba el frío, porque en primavera, a esa misma hora, la ciudad enamorada ya habrá despertado con luz, calor y estridencias.

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