Un robo al sur de Buenos Aires

Estándar

Dos hombres salieron de la quinta. Tenían prisa. El primero parecía comandar la acción, para lo cual orientaba con seguridad su marcha entre los múltiples senderos que unían la casa con la glorieta, la piscina, la cancha de cricket y el portón de salida. Llevaba una pistola en su diestra y en el pecho de su camisa blanca resaltaba un sangriento salpicré. El segundo hombre acarreaba una bolsa repleta de cosas y, a primera vista, muy pesada. Los dos eran sombras en el animado atardecer de Ranelagh.

Un auto importado los esperaba estacionado y con el motor caliente. Los cristales polarizados impedían ver que al volante estaba un hombre más o menos bien vestido, con una melena entrecana y sucia peinada hacia atrás, y con una llamativa cara de hamster. El de la bolsa y el de la pistola subieron directamente al asiento trasero del sedán.

_ “¿Buen material?” preguntó el cara de hamster.

_ “Inmejorable, jefe”, dijo el de la bolsa, mientras que el otro permanecía silencioso en su anhelo de escapar lo antes posible de allí.

_ “Y a vos, ¿qué mierda te pasa?”, preguntó el hombre canoso.

_ “Tuve que limpiar a dos, una mina y un tipo. Se pusieron pesados. No me quedó otra…”

Cara de hamster pisó el acelerador y el auto se perdió varias esquinas más allá, en su regreso a la Ciudad de Buenos Aires. Todo había salido según los planes: las vitrinas de este tipo de casas centenarias siempre tienen antigüedades notables, piezas de porcelana, vajilla inglesa y cosas por el estilo. Y ese robo había sido la demostración, aunque estaba muy lejos de la perfección: los dos fiambres seguramente le traerían problemas. Supo que en breve iba a tener que deshacerse de ese ayudante. Nada lo contrariaba tanto al anticuario como los problemas de conciencia.

La casona había quedado en silencio. Adentro, tendidos como trapos de piso sobre las baldosas de la cocina estaban los cadáveres de Benítez (balazo en el estómago) y de su esposa (cráneo despedazado), encargados circunstanciales de la quinta. Estos incidentes aceleraron hacia el final del año la mudanza de la familia del fallecido Evaristo, herederos legítimos de esa propiedad.

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