Anécdota en partes (II)

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Comencé a andar con decisión sobre unas veredas que supieron ser mías. Estaba seguro de que podría reconocer todo a mi paso, como si nunca me hubiera ido de allí. A cien o doscientos metros de la plaza, nada más, la mayoría de las casas continuaban siendo tan bajas como en mis recuerdos, aunque estoy casi seguro de haber pasado frente a alguna planta alta bastante pretenciosa. Un jazmín chino inmenso y blanco de flores rebozaba las verjas de dos casas contiguas, y apoyada en una medianera despintada vi una cucha de madera vacía. “Hoy se te dio, pichicho”, pensé. Si bien el frío le imponía desánimo a cualquier ser vivo, no dejó de llamarme la atención cuán largas eran las zancadas de los cuatro o cinco fanáticos que a último momento habían decidido ir a misa de siete, a sabiendas de que llegarían ateridos y, lo que es mucho peor, con culpa. El resto prefería, como era lógico, guardarse con sus animalitos en el calor de sus casas.

Me tomó tres o cuatro cuadras más llegar a mi barrio. Tenía el íntimo propósito de reencontrarme con aquella atmósfera de mis años de escuela primaria, que tanto añoraba. Me dí cuenta de cuánto extrañaba esas casas humildes, cúbicas, cuyos fondos siempre tenían gallineros con alambrados panzones, oxidados, y jardines al frente con enanitos de cemento y maceteros con forma de cisne. En la esquina esperada, dentro del cono rojizo del farol de sodio reconocí el edificio la biblioteca pública, con su fachada colonial y sus ladrillos gastados. Sentí un leve hormigueo en mi nuca, como en aquellas noches adolescentes cuando nos escapábamos con el Perro Basteiro a fumar nuestros primeros cigarrillos en el oscuro porch de la biblioteca, y al oír susurros en el interior, escapábamos a toda carrera hasta la plaza. Allí volvíamos a encender las colillas, a salvo ya de los fantasmas. Tomé por por la transversal. A mitad de cuadra, el encuentro con la panadería del señor Giménez me trajo una alegría tan efímera como un suspiro de gorrión. De repente, noté que el barrio había mutado en mis propias narices, como si el efecto de una anestesia general se hubiera desvanecido. Por sobre mi hombro izquierdo advertí que aquellos jardines tan prolijos no eran más que malezales, que la panadería era sólo un galpón en medio de un baldío, y que entre los muros de la antigua biblioteca, un trío de drogones compartía una jeringa. Era evidente que si quería encontrar al perro y regresar a salvo a mi casa debía mantenerme despabilado. Volví la vista al frente e hice foco. Sobre la otra esquina, a través de la brillante copa de una magnolia apareció el cartel del Bing.

Continuará…

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3 comentarios en “Anécdota en partes (II)

  1. Al sonar siete campanadas puede ocurrir de todo,lo que sí es cierto es que hay un antes y un después. Siete campanadas como punto de partida de un relato, un tanto sombrío,en tu caso.
    un saludo y hasta la proxima campanada.

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