Anécdota en partes (I)

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Esta anécdota me la refirió Hannimal. Opté por contarla en primera persona, aun cuando me tomé la libertad de realizar algunas alteraciones importantes a los fines del relato. La acción transcurre en un pueblo en la provincia de Buenos Aires, al sur de la Capital Federal.

Me paré en seco en la mitad de la vereda del hotel, donde advertí que ese impulso visceral no me llevaría más allá. El pueblo estaba tan diferente que no podía reconocer el camino a seguir. Atardecía. El aire inviernal contraía mis carnes con ese frío genuino capaz de calar un hueso aun en ausencia de viento. Un retazo de sol mezquino abrigaba en la esquina a 5 ó 6 muchachos que me miraban de costado. Tal vez haya sido bueno (o tal vez no) el haberme detenido en los ojos oscuros de uno ellos. Ví cómo él se elevaba por sobre el resto con la estampa de los líderes. Dos o tres más lo siguieron, por lo que entendí que me convenía escapar, perderme en la plaza de enfrente. Así que crucé el asfalto y caminé por el pedregullo naranja de mi niñez, entre los mismos bancos de material y los mismos árboles encalados hasta la altura del pecho. Ellos también.

“Qué absurdo, enrejaron a San Martín”, pensé al ver la estatua del General en su caballo. Antes de llegar al playón donde confluian los caminos escuché silbidos entre los arbustos, y luego, como de la nada, una pandilla de niños con hondas salió a mi encuentro. El aire a mi alrededor comenzó a vibrar en espasmos; una, dos, tres, muchas veces. Apuré el tranco hasta correr. A las siete de la tarde en punto, las campanadas de la iglesia se confundieron con los piedrazos en el bronce del caballo blanco. Blanco que a la vez fue rojo y luego negro. Es muy posible que haya rodado después de sentir la explosión de mi cráneo atomizado en tantas piedritas como las del sendero. Los golpes del badajo me resultaron eternos, me dolían en la piel, fluían espesos por mi frente, pegajosos, calientes. Ahora, mientras manejo de regreso a Buenos Aires, hasta dudo de que realmente fueran las siete. No recuerdo cuánto esperé para ponerme de pie. Minutos… horas. Creí sentir cómo aquellos muchachos de la esquina me vaciaban los bolsillos; me vi cargado sobre un hombro, doblado, boca abajo; creí ver mensajes secretos en el discurrir de los baldosones de la vereda. Creí sentir la dureza de un colchón duro en una habitación a oscuras. Soñé que dormía sin despertar.

Cuando me incorporé, la plaza estaba desierta. Instintivamente busqué mi billetera en el bolsillo, y estaba allí. Como es mi costumbre, no llevaba ningún tipo de pañuelo, por lo que limpié la sangre con hojas secas de plátano. Continué mi camino hasta llegar a la acera de enfrente, la de la iglesia, desde donde pude identificar con facilidad el camino que me llevaría al Bing.

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3 comentarios en “Anécdota en partes (I)

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