El péndulo

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Habíamos pasado un hermoso día de primavera tirados en el césped de la Costanera Sur. La tarde había avanzado y el sol estaba muy bajo como para asegurarnos diez minutos más sin sombras. Del otro lado del mantel estaba Jorge Colombres, el escritor, un tipo distante, demasiado metido en sus pensamientos como para sostener una conversación larga. A mi izquierda habían estado otras dos amigas de Micaela -hermanas, creo- que una hora atrás habían salido a pasear un rato por la reserva. Una vez más quedábamos frente a frente Mica, Daisy y yo.

– “¿Cuándo supiste de los poderes de tu papá?” preguntó Jorge sin levantar la vista del pasto. Nadie lo esperaba. Mica resopló, hubiera preferido hablar de su último proyecto fotográfico o sobre las bondades de ser vegetariana.
– “Yo tendría 10 u 11 años. Mi padre no estaba nunca en casa. Un día me animé y le pregunté a mi abuela por qué. Ella puso cara de fastidio, pero no esquivó el bulto. Me dijo que Albertito tenía poderes, que en ese mismo momento estaba en la casa de una tía mía que últimamente no andaba bien. Dijo que él tenía maneras de ver el futuro y otras cosas más que no les contaré. Justamente, en ese momento mi padre entró a la cocina; traía una expresión rara que no mejoró al verme. Nos dijo que había usado su péndulo radiestésico, y que sabía que su prima tenía cáncer, que se iba a operar y que no saldría bien de todo eso… No le creyeron.”

Micaela calló de repente, 15 segundos de silencio que Jorge rompió con su curiosidad. “¿Qué fue de tu tía?”, preguntó.

Días después se supo que, efectivamente, tenía cáncer. La operaron, salió mal y falleció meses después. Y es todo lo que les voy a decir. A Daibushi le desagrada que cuente estas historias.

El sol bajó detrás de los edificios y nos cubrieron las sombras. Un viento frío salió de la arboleda costera y comenzó a envolvernos en remolinos violentos. Por suerte, las hermanas regresaron para guardar las cosas e irnos rápidamente de allí. Los árboles y los rosales se sacudían al punto de hasta perder algunas hojas y pétalos. Jorge parecía incómodo por el relato y el viento, así que no volvió a preguntar nada al respecto. Es más, ese día nadie volvió a tocar el tema.

Esta historia es de primera mano, contada por Hannimal hace unos días mientras tomábamos un café y recordábamos a Micaela.

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