Débil honor occidental

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Experimentó el poder con temor, pero logró levitar como un globo de helio. Diez o doce minutos, nada más, en una trayectoria vertical perfecta entre el piso y el techo, ida y vuelta. Su último maestro, el joven Haruki, lo siguió con la mirada durante el viaje y luego permaneció inmutable. Cuando Alberto P. volvió en sí, intuyó una rigidez en el rostro de Haruki y levantó los párpados. El gesto estaba allí.

Alberto P. había preparado la demostración en un galpón del ferrocarril en las afueras de Villa Lugano, a cuya penumbra pudo acceder por un intercambio de favores con un amigo del gremio ¿Cuánto tiempo les tomaría la ceremonia? Cuarenta minutos, tal vez una hora. Y después, Alberto P. sería ordenado Maestro.

_ “No luz”, sentenció Haruki sin vacilar. Alberto P., sacudido, pretendió responderle de alguna manera inteligente y respetuosa a la vez, aun cuando una parte de sí todavía estaba afectada por el trance.

_ “Maestro, la luz es sólo una forma más de energía. Tóqueme, sienta… generé mucho calor.”

Haruki debió haber controlado su enojo por esas palabras, para eso era Maestro, pero no lo hizo. En cambio, levantó su voz. Extrajo de entre sus ropas ceremoniales una daga similar a un kwaiken y la mantuvo sobre sus manos extendidas. Sin poder creer lo que estaba sucediendo, Alberto P. se paró de un salto.

_ “Calor no suficiente. No luz, no éxito. Honor occidental, señor Alberto P… débil como el material de los sueños. Por respeto a Ud., a los 47 samuráis, al general Nogi, a Yukio Mishima y a mi gran país, que no es el suyo, debe hacerlo ahora: ¡Seppuku!

Alberto P. volvió al piso. Lucía abatido y sudaba como animal. Su kimono de seda transparentaba la selva negra de sus axilas. Extendió una mano hacia Haruki, que se acercó para entregarle el arma. Con la decisión del rayo, Alberto P. hundió la hoja profundo en sus vísceras; cortó horizontalmente y luego revolvió, inexperto, en todas direcciones. Pensó que el dolor sería insoportable, que la agonía sería eterna y que saldrían malos olores. Pero no.

_ “¡Envidioso, envidioso de mierda!” surgió con odio el gritó de Alberto P. Y eso fue lo último que entendió Haruki antes de caer doblado en el lago de su sangre oriental.

Alberto P. limpió todo como pudo, y esperó a la noche para meter al muerto en una bolsa y enterrarlo en el descampado. Antes de marcharse de allí, escupió sobre la tumba improvisada y proclamó “Desde ahora, para el mundo seré Daibushi, nuevo Maestro.”

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2 comentarios en “Débil honor occidental

  1. Adrián

    El final es inesperado, hay que leer todo para descubrir que “el prejuicio” puede guiar la lectura, una narración interesante. Es inquietante lo relativo a la actitud de Haruki sobre el Seppuku, es decir, la tradición y el “camino del guerrero” indican que cada quien debe realizar el rito pero con los trastos propios, en el relato parece que Haruki sentencia y ofrece el arma. Sobre este dilema en particular, el cual es fascinante, hay una película muy dramática y genial de Takashi Miike llamada “Hara-Kiri”, que desarrolla entre otras cosas la encrucijada que compartes al hablar de Haruki y Alberto P.
    El enigma que me surge es: ¿por que Alberto debe tener el honor de hacer Seppuku? o ¿que hay oculto en esta lectura, que no se ve a primera vista?
    Muy interesante, saludos cordiales.

  2. Hola Adrián. Ante todo, muchas gracias por leer y por comentar. Si quisieras seguir leyendo, te vas a dar cuenta de la turbidez de Alberto P. (es decir, Daibushi). Sí, varias cosas no se ven a primera vista. Un abrazo,
    Pablo

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