La caja del abuelo

Estándar

La tapa entreabierta liberó un aroma agradable a madera noble y aire envejecido. Nuestras seis manos revisaron con poco respeto las cosas que el abuelo Carlos había puesto en una caja antes de morir. Luego, Catalina la atesoró en el placard durante su viudez, nunca entendimos por qué. Pero hoy, que la Cata ha partido a su encuentro, esa caja nos ha revelado sus maravillas. No había allí ni dinero ni efectos valiosos. Sólo cosas; simplemente, cosas. Quizás ella las acariciara en sus eternas noches de insomnio como si complaciera al mismísimo abuelo. Un destornillador con mango de madera, rajado. Un ramplún, un reloj de pulsera, roto. Un documento de identidad, una lata de pomada y una franela apolillada. Varias fotografías en blanco y negro, una libreta de tapa dura. También había entradas usadas para un histórico Boca-Racing. Al verlas, Carlitos perdió el control. Torpe, de un manotazo tiró la caja al piso. El sacudón disparó el ramplún, que rodó sobre la moquette del cuarto hasta detenerse debajo la cama de la abuela. Daisy, diligente, se arrodilló; deslizó un brazo bajo la cama y, luego de tantear a ciegas entre las pelusas, sacó un objeto plateado que no era, precisamente, el tosco ramplún.

– “¡Qué belleza!” dijo Daisy asombrada, mientras tajeaba el aire con un puñalito de esbelto perfil. “Si no encontramos plata, al menos esto debe valer unos buenos pesos… Tiene un diamante en la empuñadura.”
– “Es vidrio, nena. Vidrio de color. De una vez, dáte cuenta de que eran unos viejos egoístas. Si eso quedó acá, es porque no valía nada.” Desde niña, mi humor siempre había sido amargo. Esas palabras que pronuncié cuando todavía había familiares llorando en el hall contiguo, quedaron estampadas en nuestras cabezas.
– “¿Qué opinan, se habrá cargado a alguien el abuelo con este puñalito?” Preguntó Daisy mientras se incorporaba. El murmullo había aumentado en la otra habitación y todos miramos hacia la puerta. Por nervios o por lo que fuera, ya deseábamos regresar.
– “Nunca. El abuelo podía ser un prestamista, pero no creo que él hiciera el trabajo sucio. Tenía gente… Además, no era tan loco como para usar un cuchillito. Pensá…” Carlitos estaba encendido. Hablaba sin parar, y apoyaba sus argumentos sacudiendo las entradas con vehemencia frente la cara de Daisy.
– “Basta, volvamos ya”, dije con autoridad de hermana mayor. “Dejen todo como estaba. Mañana la seguimos; tengo un juego de llaves.”
– “Yo me llevo las entradas”, dijo Carlitos.
– “Yo, la libreta”, dijo Daisy.

Como ninguno se opuso, acomodamos todo tan ordenadamente como pudimos y, de a uno, fuimos retornando con los familiares al hall central. Creo que los muertos pierden totalmente el interés por las cosas y por las personas que quedan de este lado del charco. No vuelven. Por eso es absurdo llorarlos. Me importa un cuerno su memoria, me importa un cuerno lo que hayan sido en vida. Los muertos me resbalan, y por eso odio profundamente estas reuniones, los gladiolos, los lloriqueos y el café barato.

Pese a que no hablé con nadie, igual les perdí el rastro a mis hermanos. Temía por lo que pudieran hacer. Minutos después ví a Daisy que, desde lejos, me cabeceaba para que fuera a su encuentro. “Acá está todo escrito, Nora. Era del abuelo, nomás”, me dijo con ansiedad. Bajó la cabeza y yo acompañé su mirada. Del bolsillo exterior de su cartera asomaba el lomo de la libreta del viejo usurero.

Al día siguiente regresamos. Daisy sólo se llevó el puñalito.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s