La venta del cuchillo

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Durante un rato observé el mercado desde enfrente. No quería generar sospechas. Nada parecía raro o fuera de lugar. El edificio era más que viejo. Tenía un portón alto, pintado de un verde que ya no era inglés. Más allá, el interior era una boca de lobo. Justo salieron dos señoras que se esfumaron en la esquina. Releí el papelito que traía en la mano: ‘Antigüedades – Local 50’. Le pregunté descuidadamente a un kiosquero, pero no se dignó a contestarme. Igual le compré cigarrillos. Pavota. Si Carlitos me había aconsejado que tuviera cuidado (justo él, el macho argentino), por algo sería. De todas maneras, tenía el cuchillito en la cartera.

Así que crucé la calle y me metí como una clienta más. Hasta que mis ojos se acostumbraron, me sentí indefensa. En pocos pasos percibí que el piso era irregular. De a poco apareció el contorno de una media res, y después una montaña de pollos sobre una mesada de mármol. Avancé. Uno a uno, los puestos fueron apareciendo, como los detalles al revelar una foto en el cuarto oscuro. Corría un aire fresco y no vi moscas. Ni siquiera en la pescadería. Un lustrabotas tenía la nariz hundida en un diario deportivo. En el mismo pasillo se enfrentaban dos verdulerías. Parecían distintas, pero los que atendían se gritaban como si fueran familiares.

Después de pasar un puestito de frituras accedí a una especie de patio interno amplio, muy amplio, con un cantero rectangular en su centro. Hacia la izquierda salía un corredor estrecho, más oscuro todavía. Un cartel decía ‘Locales 30-56’. Abrí el cierre de la cartera, tomé aire y me interné en la penumbra sin saber lo que se me venía. A los pocos pasos ya me había arrepentido. ¡Cómo me temblaban las piernas! Los locales del corredor estaban todos cerrados, y deduje que la oscuridad le había permitido a varios satisfacer sus necesidades de todo tipo. El olor a orina era penetrante, asqueroso. A la mitad de camino ese asco me subió a la boca.

Buscar un pañuelo y sentir un brazo alrededor de mi cuello fueron una sola cosa. Una mano me tapó la boca y apenas me dejaba respirar. Me sujetaron con fuerza ambas muñecas. Querían silencio y se reían. Eran por lo menos menos dos, todos hombres. El que me ahorcaba se apoyó en mi trasero. Estaba excitado… También me hablaba en la nuca; no recuerdo qué decía, sólo su aliento a alcohol. Estaba al borde del desmayo cuando del fondo sonó un chiflido corto y agudo. Las bestias se apartaron de mí como un chispazo. Una luz se encendió adelante en el pasillo y, por instinto, corrí hacia ese local. Casualidad o no, allí estaba el anticuario.

Era un hombrecito con cara de hamster ¿Edad? No lo sé. Vestía un traje acorde a su actividad y peinaba hacia atrás una melena entrecana, sucia. Hablamos. Su tono era amable y sus modales no estaban mal. Después de lo que acababa de vivir, esa fealdad me hacía bien. De todas maneras, debía estar alerta. El tipo era un rufián, y esos animales del pasillo, sus mascotas. Mis nervios estaban destrozados, temblaba como un flan y tenía dislexia. Al voltear la cartera, el bendito cuchillo rodó sobre el mostrador de vidrio.

– “Usted habló de un cuchillo. Esto es una daga. Obviamente, el precio es más… hmm… elevado… No voy a pagarle esa diferencia”, dijo con calma el anticuario después de quitarse el monóculo.
– Déme lo que quiera… y me voy.

Guardé el fajo después de contar el dinero. Era bastante por un cuchillo de porquería. ¿A quién le importaría qué había hecho mi abuelo con él? Al menos a mí, nada. Me despedí inexpresivamente y giré sobre mis tacos para alcanzar la puerta. Antes de salir asomé la cabeza al pasillo.

– No se preocupe, ya no están. Nadie le hará nada.
– Gracias.

Casi al llegar al gran patio del cantero me detuve y giré la cabeza. El anticuario, que debía habermer seguido con la vista, comenzó a saludarme con su mano desde el local. “Saludos al señor Carlos”, me gritó con su voz medida. Finamente salí del mercado al sol de la vereda. A paso firme yo también me esfumé por la esquina.

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4 comentarios en “La venta del cuchillo

  1. blopas

    En realidad, no. De Ítalo Calvino sólo leí “Las Cosmicómicas”, que me pareció buenísimo. Tengo “Si en una noche de invierno un viajero”, y probablemente lo empiece cuando termine “Un hombre en la oscuridad”, de Paul Auster.
    Gracias, WBB.

  2. blopas

    ¿Carlos o Carlitos? A los dos les decían Carlitos cuando eran chicos. En próximas anécdotas te irás dando cuenta. Gracias, Marina.

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