El regreso de Smorthian (parte XI)

junio 26, 2010

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XIXVIIIVIIVIVIVIIIIII

Los dioses sabían que Maggoth y sus compañeros habían dejado en libertad a Smorthian y conocían desde hacía mucho tiempo el carácter ambicioso de Maggoth. Pero Friederick no. Al ver al grupo de hombres acercarse a la bestia tuvo dos sensaciones contrapuestas. La primera fue temor, un sincero temor a que fueran despedazados de la misma manera que el resto del pueblo. La segunda fue admiración. En su pureza de espíritu era incapaz de sospechar que antes que valientes gladiadores eran ellos los verdaderos responsables de la tragedia.

Mientras tanto, los seis hombres habían terminado su marcha y estaban reunidos a escasos pies de Smorthian. Inmensa fue su sorpresa al ver –tan de cerca– que la bestia era mucho más grande de lo que habían imaginado, y varios de ellos sintieron miedo y necesidad de escapar. Ése no era el caso de Maggoth, que se puso al frente del grupo para pronunciar las palabras que tanto había ensayado en secreto. Nunca se enteró que los chillidos de Smorthian estaban tapando los gritos desesperados de Friederick.

“¡Smorthian, Dios sin pueblo! Mi nombre es Maggoth y soy yo quien ha roto el hechizo…”, gritó el labrador. “Te he dado un nuevo pueblo… A cambio sólo quiero protección para gobernarlo. Juntos seremos invencibles. Conquistaremos las Tierras Lejanas y devorarás a esa gente, si te apetece…” Por suerte, esas palabras nunca alcanzaron los oídos de Friederick, quien había postergado los gritos para volver a rogarle a los dioses que se pusieran en marcha. Sin embargo, los dioses no se movieron ni un ápice; deseaban que Friederick presenciara la escena que tanto temía.

La bestia bajó la cabeza hasta casi seis pies por sobre Maggoth. Olfateaba y movía las bolas negras que llevaba por ojos como si buscara algún indicio que le permitiera confiar en esos hombres y sus palabras. Al mismo tiempo, las agallas en su espalda latían convulsionadas y la atmósfera a su alrededor se había tornado tan dañina como sus fauces entreabiertas. La respuesta de Smorthian se hacía esperar, y esa espera consumía un tiempo que para los seis hombres era vital. Sabían que no resistirían mucho más. El aire seco les había abierto tajos muy profundos en todo el cuerpo, estrías dolorosas de color bordó en las que la sangre se encostraba sin llegar a derramarse. Ninguno tuvo el valor de reconocer ni el dolor, ni el miedo a la muerte. Los párpados ya no les obedecían porque sus ojos habían perdido la humedad y la turgencia.

En un instante fatal, una piedra del tamaño de un borrego cruzó el cielo para impactar en un flanco del monstruo, que acusó el tremendo golpe con un ataque de furia. Miryk y sus ayudantes lo habían conseguido, y Friederick sintió que el orgullo le inflaba el corazón. El chillido del monstruo surgió tan fuerte y tan agudo que la comarca se paralizó y los seis hombres que tenía frente a sí quedaron inevitablemente sordos. Smorthian, herido, se irguió hacia las nubes cuan alto era. Todas sus defensas córneas quedaron expuestas cual filosas espadas, y en vaivenes de venganza, con ellas parecía tajear el aire que lo rodeaba. A medio desecar, ciegos sus ojos y sin poder voltear la cabeza, Maggoth sospechó que Gustaf y el resto lo habían abandonado. Pero fue sólo una triste alucinación. Sus compañeros estaban momificados.

La dentellada de la bestia voraz seccionó a Maggoth por la cintura. A lo lejos, Friederick bajó la cabeza y entre sollozos hundió la frente en su voluminoso antebrazo.

El desenlace fue corto. Así como sucediera miles de años atrás, Smorthian, el monstruo iracundo, el dios errante cuyo nombre Friederick nunca conoció, fue vencido con facilidad por las armas de la magia. Los gigantes avanzaron por el campo hasta un punto predestinado. Con los arcos en tensión, apuntaron las flechas de energía sólida hacia la bestia y soltaron las cuerdas al mismo tiempo. Ambas flechas volaron cual refucilos hasta clavarse al unísono en el pecho de Smorthian. El efecto de la energía sólida fue tan potente como los hechizos de aquellos sacerdotes negros: el dios errante fue desapareciendo de manera muy lenta hasta verse nuevamente reducido a su esencia. En su lugar sólo quedó un breve espejo de agua.

Los gigantes guardaron los arcos y devolvieron a Smorthian a las profundidades de la tierra, debajo de la misma colina que lo había cubierto durante tanto tiempo. Luego rearmaron la colina con sus piedras y tierra, y arrojaron semillas para que las primeras lluvias de primavera la tapizaran de pasto. Y momentos después, aquella caja de metal con los dos rollos de piel que Maggoth y sus hombres habían ocultado entre los árboles explotó con tal violencia que las llamas, que alcanzaron el cielo y tiñeron las nubes de anaranjado, amarillo y rosado, consumieron todo el bosque hasta hacerlo cenizas.

Un ademán preciso de Friederick hizo que el gigante lo depositara con suavidad en sus terrenos, frente a Miryk y a los héroes de la honda de cuero. Ambos se miraron y se fundieron en un abrazo emocionado. Al separarse, Friederick sintió que su momento había llegado, y dijo: “Miryk, eres un hombre de bien, inteligente y capaz. Usa todos esos poderes para organizar la reconstrucción de esta hermosa comarca. Repuéblala y haz que todos sean felices. También te encomiendo mi flauta. La encontrarás en la cima de la colina. Con ella serás capaz de invocarme cuando lo creas necesario.”

El gigante tomó nuevamente a Friederick entre sus dedos y con suavidad lo colocó en un bolsillo dentro del zurrón de las flechas. Luego, ambos dioses saludaron con un ademán de manos y se dirigieron con largas zancadas hacia el Mar de Agar. Los pocos habitantes que andaban por allí se apuraron a subir hasta la cima de la colina, desde donde observaron que un descomunal vórtice de agua y polvo estaba girando sobre la orilla. De un salto, los dioses se introdujeron en el torbellino, que inmediatamente desanduvo su camino sobre las aguas y, como por arte de magia, desapareció en el horizonte.

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El regreso de Smorthian (parte X)

junio 23, 2010

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De repente, y por primera vez, los dioses invocados pisaron las tierras de la comarca en desgracia. Nadie los conocía. Nadie los había visto nunca, y su aspecto era un misterio aun para el mismo Friederick. Emergieron de un altísimo vórtice de agua y polvo que llegó desde el horizonte del Mar de Agar hasta casi detenerse ante al flautista. Eran verdaderos gigantes con forma humana; por toda vestimenta llevaban sendas túnicas blancas que les caían desde los hombros hasta las rodillas, asidas a la cintura con lazos incandescentes.

“Por fin…”, pensó Friederick, “…se han apiadado de su gente y atendieron a las plegarias”. Cierto era que en esa oportunidad no les estaban pidiendo cosas tan sencillas como lluvias generosas y cosechas abundantes. Esa mañana, la gente les exigía sangre de monstruo para regar los campos.

Los dos gigantes cargaban arcos y flechas sobre sus espaldas. Los arcos eran de color púrpura, muy grandes, pesados y tensos, y las flechas le recordaban a Friederick aquellas que alguna vez –de niño– escuchara en los relatos fantásticos de los navegantes que llegaban a la comarca desde el Mar de Agar en busca de mujeres y diversión. Eran flechas de energía sólida, tan veloces y letales como los rayos.

Friederick se incorporó ante los dioses, no sin antes apoyar la flauta sobre un verde manchón de hierba. Sentía que les debía tanto respeto como gratitud, ya que la comarca nunca había sufrido ni enfermedades ni guerras, y las cosechas siempre habían sido de buenas a muy buenas. No obstante, su forma humana les brindaba un aspecto demasiado familiar para la gente común. Caer en el exceso de confianza hacia los dioses tal vez trajera consecuencias no muy buenas para una comunidad poco afecta a los asuntos religiosos. Por otra parte, Friederick también pensó que si todo terminaba bien, la gente se acercaría más a sus dioses, y eso sería muy bueno para una comarca que debía ser reconstruida.

Uno de los gigantes tomó a Friederick entre el índice y el pulgar, y lo izó por el aire hasta depositarlo sobre su hombro izquierdo. Por primera vez en su vida el campesino se sintió poderoso. Desde su elevada posición podía ver muy lejos, incluso más allá de las Tierras Lejanas del Sur. Mucho más cerca, aproximadamente a una legua y media, también podía divisar a Smorthian y apreciar la catástrofe en la que estaba sumida la comunidad. El aire estaba realmente seco, lo sentía y lo saboreaba en sus labios ajados. Según lo que podía deducir, el cuerpo de Smorthian debía de absorber constantemente tanta agua de la atmósfera como la que perdía. Lo mismo le sucedía a los troncos podridos que flotaban en el lago al fondo del valle. En su marcha a través de los campos, la bestia había dejado un rastro de lodazales y charcos, además de áreas extensas desecadas por completo. Ansioso, casi desesperado, el campesino se colgó de la oreja del dios, y al grito de “¡Vamos!” esperó que los gigantes pusieran en marcha la erradicación del monstruo.

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El regreso de Smorthian (parte IX)

junio 19, 2010

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Mientras tanto, los campesinos vivían los momentos más trágicos de su historia. Como en una pesadilla, Smorthian había comido o desecado a más de la mitad de la gente y a casi todos los animales, y había transformado a los pastizales en inútiles restos pajizos. Las mujeres abandonaban sus casas y corrían con sus hijos hacia el norte; no importaba cuánto ánimo se dieran entre ellas, todas sabían que esa bestia les daría alcance tarde o temprano. Muchos hombres jóvenes las seguían; llevaban en sus espaldas grandes zurrones con tantas pertenencias y alimentos como podían cargar. Por último, a la cola del improvisado desfile, los ancianos arreaban las ovejas que habían sobrevivido y que les darían leche para las criaturas. Uno de los jóvenes, Miryk, al pasar frente a la casa de Friederick tuvo la idea de pedirle que fuera de inmediato a tocar la flauta a la colina. Si era cierto que podía comunicarse con los dioses, que les rogara que hicieran algo, que aparecieran de una vez por todas y que salvaran a la comarca de ese demonio. Las mujeres apoyaron de inmediato a Miryk, que encontró a Friederick muy atareado en el medio del campo y le contó su idea.

A pesar de lo que muchos creían, Friederick no se había desentendido de la situación. No se había quedado en la cama a la espera del final. Por el contrario, el alba lo había visto salir al campo para construir un arma, una especie de honda enorme hecha con cueros de arnés trenzados y cosidos. No estaba seguro de su efectividad –no podía estarlo–, pero deseaba con todo su corazón ver los trozos de la bestia desparramados sobre la tierra. Accionar un arma de semejantes dimensiones iba a demandar la colaboración de muchos hombres, además de una excelente puntería. Friederick seleccionó a varios jóvenes y los instruyó en cuanto a su uso y a los cálculos necesarios para acertar en el blanco. Luego, antes de irse, dejó al mando a Miryk, quien demostraba ser el más inteligente y organizado. En cuanto a las piedras, en esa parte de la comarca las encontrarían con facilidad al ras del suelo. ¿Por qué no había pensado primero en invocar a los dioses con su flauta en vez de armar esa honda disparatada? La pregunta circuló en voz baja durante un buen rato. Nunca nadie supo la respuesta.

Friederick tomó su flauta y se marchó presuroso hacia la colina, a su roca preferida. No permitió que nadie lo acompañara, ni que lo siguieran, ni que lo miraran. Debía estar completamente solo. Aunque su alma estaba atribulada, trepó por la pendiente con el mismo ímpetu que habría puesto esa tarde para labrar sus tierras. Cuando se hubo sentado en lo más alto, enderezó la espalda, inspiró hasta llenar sus pulmones y dejó que las notas musicales escaparan de su flauta hacia los cielos. El colmillo de narval vibró más fuerte que de costumbre, como si la gravedad de la situación le hubiera hecho cambiar su forma de soplar, o como si las palabras contenidas en esas notas hubieran pertenecido a una plegaria distinta, más parecida a un ruego o a un grito de auxilio. Sea como fuere, los dioses demoraron en hacerse presentes, como si el bueno de Friederick hubiera necesitado dar más pruebas de su pureza de espíritu o de lo complicada y urgente que era la situación esa mañana. Friederick tocó, tocó y tocó. Sopló sin detenerse, pensando que a cada nota tal vez correspondiera una nueva víctima de ese espanto emergido de las entrañas de la tierra.

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El regreso de Smorthian (parte VIII)

junio 11, 2010

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Instantes después, Maggoth y Gustaf reunieron al resto del grupo con la intención de presentarse ante Smorthian y comunicarle que habían sido ellos, y nadie más, quienes lo habían liberado. Sus corazones palpitaban maravillados. En particular, Maggoth no podía dejar de imaginar que semejante bestia no sólo le brindaría un poder para gobernar su comarca hasta el fin de sus días, sino también extender sus dominios hacia las Tierras Lejanas, mucho más allá del límite sur.

No obstante, los otros cuatro, ajenos a las elucubraciones de Maggoth, se cuestionaban en secreto la posibilidad de que algo hubiera salido mal. Smorthian no se comportaba como un dios, ni lucía como tal. Su piel era gruesa y de color marrón, y a la distancia brillaba como si fuera viscosa. Poseía una inmensa cabeza, con un par de ojos negros saltones y una boca repleta de dientes; Thrym estimó que en su interior cabría fácilmente un cobertizo pequeño. Su contextura era vigorosa; toda su espalda estaba recubierta por placas coriáceas, y a lo largo de la línea del espinazo protruía un cordón de espolones córneos. Por delante, su torso era más o menos plano, y de los flancos partían varios brazos terminados en manos rudimentarias. Sin embargo, el cuerpo de Smorthian no era más llamativo (ni temible) que algo que llevaba adherido en su espalda. Lo que Maggoth y Gustaf habían en principio identificado como alas eran, en realidad, dos excrecencias alargadas, de un rojo profundo como la sangre de buey. No habían visto aleteos, sino latidos. Esos extraños órganos palpitaban como un corazón, pero no lo eran. Gustaf, el campesino devenido en sabio, dispuso a sus amigos en círculo y les explicó que con esas carnosidades Smorthian podía absorber del ambiente toda el agua que necesitaba para vivir, que era mucha.

Los primeros movimientos del dios solitario justificaron el pánico y la desesperación de la comunidad. Se desplazaba con un balanceo irregular y lento debido a la forma caprichosa de su cuerpo, a su enorme peso y a sus patas, que parecían endebles. Cuando abría la boca, escapaban de su garganta chillidos agudos, muy estridentes. Personas, animales, plantas y todo ser vivo que encontraba a su paso quedaba reseco cual uvas abandonadas al sol del estío. La primera familia devorada fue la de Rundheim, el leñador. Los masticó de manera desordenada, con una voracidad acorde a tantos milenios de confinamiento; también masticó a sus bueyes y cerdos. Sin embargo, el dios errante no se comía a quienes exprimía con esas especies de branquias. Los cadáveres quedaban tiesos en sus lugares, y sus rostros conservaban, cual grabadas en piedra, sus últimas muecas. La comarca entera se estaba transformando en una exposición de muerte y de horror.

Al darse cuenta de lo que sucedía, Gernakt, que caminaba al encuentro de Smorthian junto a Maggoth y al resto, a viva voz compartió con ellos algo que se le había ocurrido: si Smorthian los ayudara a ponerse al mando de la comarca podrían celebrar todos los años ese día de gloria con la exhibición pública del cuerpo momificado de Friederick. Todos rieron durante un largo rato. Todos excepto Maggoth.

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El regreso de Smorthian (parte VII)

junio 5, 2010

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Unas horas después, con el sol a media altura en un cielo sin nubes, Maggoth se hallaba nuevamente frente a la caja de metal abierta. Varios amigos lo habían acompañado, más para protegerlo de su propia locura que por haberle creído esos delirios sobre magos y dioses. A cierta respetuosa distancia de los rollos estaban Gernakt, el hijo del molinero, Gustaf –uno de los campesinos más borrachos de la comarca–, Azur, el rubio pastor que sabía cuidar de ovejas, cabras y cerdos a la vez, Urdheim, el joven dueño de la taberna, y Thrym, el menor de los cinco primos hermanos de Maggoth.

Todos escucharon con atención la historia contenida en el primer rollo, leída y explicada por aquel que el día anterior no era más que un bruto labrador. Todos pudieron sentir el calor de la caja. Uno a uno se fueron acercando a la luz y experimentaron cambios similares a los de Maggoth, tanto en sus cuerpos como en el intelecto. Algunos aumentaron su altura en más de un pie, otros duplicaron su masa muscular, y otros pasaron a lucir melenas hasta la cintura. Al mismo tiempo, todos se transformaron en personas ilustradas. Thrym, por ejemplo, obtuvo los conocimientos de un alquimista experto, mientras que Gustaf comenzó a hablar en el lenguaje de los rollos. Lo mismo les sucedió, con sus variantes, a Gernakt, a Urdheim y a Azur. Obviamente, el asombro fue generalizado, y Maggoth había vuelto a ser alguien creíble. Ninguno de ellos temía por su vida. Ninguno sospechaba las consecuencias de lo que estaban a punto de hacer.

Con una especie de entusiasmo pueril, los cinco se creyeron los vaticinios de Maggoth acerca de las ventajas de devolverle a un dios bueno como Smorthian un pueblo que lo alabara y que le entregara sus sacrificios humanos a cambio de descomunales cosechas, bienestar y riqueza. Sin embargo, nada les dijo sobre sus propios planes para gobernar la comarca.

Los seis hombres esperaron a la caída de la noche para dar comienzo al ritual. La luz brillante que salía de la caja le daba a la tierra un aspecto sobrenatural. Maggoth le entregó ceremoniosamente el segundo rollo a Gustaf, quien a esa altura se había transformado –sin ni siquiera sospecharlo– en un nuevo sacerdote negro; luego hizo sentar a todos a su alrededor, en los vértices de un pentágono regular imaginario que en su centro contenía el arca abierta. Gustaf, que sostenía una piedra filosa entre sus dedos, ordenó que alguno de ellos se hiciera un corte en la palma de la mano para verter su sangre en un cuenco de madera. Y así lo hizo Maggoth. Una vez que el cuenco estuvo lleno, la luz del cofre le cauterizó la herida. De la misma manera sucedió cuando Thrym se cortó las nalgas para ofrendar cuatro onzas de su propio unto. Después de la consagración, Gustaf dividió en 8 partes la grasa y la sangre. La primera porción fue vertida en un hoyo en la tierra. Las seis porciones siguientes fueron comidas y bedidas, y la restante sirvió para que, luego de desnudarse, se frotaran los cuerpos los unos a los otros. Rápidamente, los hombres entraron en un estado de éxtasis y algarabía. Todos sintieron necesidad de volar, y así lo hicieron. Gustaf, satisfecho, se frotó las manos hasta enrojecerlas y trazó con el puño izquierdo un dibujo en la tierra, y lo borró de inmediato. Luego ordenó que todos regresaran a sus ubicaciones rituales y, antes de guardar el segundo rollo en la caja, leyó en voz alta varios de los símbolos allí escritos.

Una vez que Gustaf dio término a la ceremonia, el desánimo ganó el espíritu de los seis hombres, y muy en particular el de Maggoth. Nada había sucedido. Cierto era que la existencia y la magia del cofre no se podían negar. Maggoth no había mentido; todos habían tocado el metal, visto su luz y transpirado con su calor; todas las heridas habían sanado, y los rollos eran tangibles como las astas de los bueyes amarrados a la carreta. Además, el cambio físico e intelectual de los seis era un hecho tan inexplicable como real. Gustaf había cumplido los pasos del ritual a la perfección, mas la noche negra continuaba en silencio, y al no soplar el viento todas las cosas conservaban su estado de quietud. Hacia donde quisieran mirar, ni rastros de ningún dios antiguo ni nada que se le pareciera.

Transcurrido un tiempo de vana espera, los hombres emprendieron la marcha de regreso. Para que el arca de metal no llamara la atención, la llevaron entre todos hasta un bosquecillo de robles al pie de la lomada y ahogaron su luz con una gran cantidad de hojarasca. Entonces orientaron la carreta hacia sus respectivas casas, donde durmieron un sueño reparador.

Temprano esa mañana, la comarca se despertó conmocionada. La tierra se sacudía como los árboles en la tempestad. Con sólo mirar hacia el sur, aquellos que habían salido temprano de sus casas entendieron que algo fuera de lo común, y nada bueno, estaba sucediendo. Los perros aullaban. Desde su cama, Maggoth pudo escuchar el alboroto que había en el campo. Las campesinas pedían socorro con desesperación, y los hombres más valientes también gritaban en el intento de organizar a la gente. Otros, simplemente corrían a guarecerse. Sin llamar a la puerta, Gustaf, que estaba muy agitado, entró a la casa de Maggoth, lo sacó de la cama de un tirón y salieron al campo. Lo que estaban presenciando no había sido visto en la comarca desde hacía milenios. Las colinas del sur habían perdido aquella silueta horizontal que muchos creían eterna. En su lugar, inmensos bloques de piedra yacían esparcidos por aquí y por allá. Y parado sobre la roca más grande que aún quedaba en pie en su lugar original, una inmensa bestia agitaba la cabeza y las alas. Maggoth y Gustaf no necesitaron hablar, sabían que se trataba de Smorthian. Lo habían liberado de su prisión en las entrañas de la tierra, bajo las colinas, donde lo habían puesto aquellos antiguos sacerdotes con su magia negra. El hechizo estaba roto.

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El regreso de Smorthian (parte VI)

junio 1, 2010

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Maggoth llegó de noche a su casa, muy alterado por todo lo que le había sucedido durante la jornada. Como la excitación no le permitió dormir, aprovechó la oscuridad y el silencio para pensar. Pensó sin cesar, y entre preguntas y deducciones fue capaz de reflexionar. ¿Qué aspecto tendría Smorthian? ¿Podía un dios ser –a la vez– malo o bueno según su capricho, tal como lo habían descripto los antiguos escribas en el primer rollo? ¿Habría más dioses como Smorthian, condenados a una espera interminable? En su vigilia, Maggoth pensó que un verdadero dios debía estar del lado del bien. De lo contrario, ambos rollos tendrían que haber nombrado al Mal, en cualquiera de sus formas. Sí, Smorthian debía de ser bueno. Maggoth recordó que alguna vez, en la taberna, había escuchado a sus amigotes contar historias sobre antiguos dioses sin pueblo. Decían que se volvían perversos, que después de esperar eternidades la justa combinación de palabras o la secreta ceremonia ritual, regresaban a la vida para liberar toda su furia aletargada. Nunca les había prestado atención a esos borrachos, pero ahora comprendía que tal vez estaban en lo cierto.

A la hora del alba, cuando la luz es sólo una delicada línea de claridad sobre el horizonte y los campesinos se despiertan para comenzar otra dura jornada en el campo, Maggoth tuvo una visión. Una sucesión de hechos fortuitos le había permitido llegar a leer ese par de rollos de piel y sangre. Había experimentado en su pie apenas una ínfima parte de esa magia poderosa. Su cuerpo ya no era más el del bruto campesino Maggoth, sino una especie de gladiador ilustrado, capaz de leer y entender otras lenguas, de levantar un buey cansado sólo con su brazo derecho, de… ¡Tonterías! Tenía ante sí una oportunidad única: la de brindarle a Smorthian un nuevo pueblo que lo adorara. Y una vez que el dios satisficiera su egoísmo y recobrara sus fuerzas, Maggoth tendría el derecho de pedirle a Smorthian que le concediera el privilegio de su protección y la potencia de su magia para convertirse en líder de la comarca.

Iba a necesitar bastante ayuda, pero eso sería fácil de resolver si actuaba con rapidez. De un salto retomó la verticalidad, se vistió con las ropas más holgadas que pudo encontrar y salió al campo en busca de varios compañeros para llevar a cabo el trabajo más importante de su vida: la liberación mágica de Smorthian.

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El regreso de Smorthian (parte V)

mayo 29, 2010

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El primero de los rollos narraba la historia de Smorthian, único dios de los primitivos habitantes de esa comarca, varios millares de años atrás. Según lo escrito, esa civilización fue devastada por un ejército bárbaro llegado durante el apogeo de la luna para invadir y tomar posesión de las generosas tierras. La invasión fue en extremo sangrienta; los ejércitos despedazaron a los hombres y a los ancianos, y violaron hasta la muerte a todas las mujeres y los niños. Ese ejército no sólo contaba con veloces caballos y armas infalibles de ligero y filoso metal, también estaba protegido por una magia poderosa que le daba sustento y protección a cada ataque, a cada estocada.

En su desesperación, el pueblo asediado recurrió a Smorthian. Los sacerdotes lo invocaron en una ceremonia improvisada en el bosque de coníferas que vestía de verde al cordón montañoso que servía de límite con las Tierras Lejanas del Sur. Smorthian era, al mismo tiempo, tanto una deidad mágica de la luz, que protegía a la comarca y le brindaba buenas cosechas a cambio de jóvenes vírgenes, como un dios de la oscuridad, capaz de engullir a su propio pueblo si le apetecía. En esa oportunidad, Smorthian se corporizó ante los sacerdotes y los devoró en el acto. Conmovido por la brutalidad del ataque bárbaro a su pueblo, el dios intentó desplegar todo su poderío mágico sobre los invasores. Sin embargo, ya era tarde: su pueblo estaba muerto. Solo, sin nadie que lo respetara o lo adorara, el poder de Smorthian se debilitó a tal punto que la magia del ejército invasor lo doblegó con facilidad. Los magos negros redujeron a Smorthian a su esencia y lo confinaron bajo la tierra, en algún lugar de la comarca.

Después, los magos dieron la orden de que la historia de esa mágica victoria fuera escrita con la sangre de los vencidos en un rollo de piel humana desecada. Cuando los escribas terminaron la tarea, los sacerdotes, que a su manera se habían apiadado del dios en desgracia, impartieron una nueva orden: escribir en un segundo rollo la manera de romper el hechizo para liberar a Smorthian. Una vez completada la nueva tarea, los sacerdotes negros con su magia crearon un arca de metal brillante, colocaron los dos rollos en su interior y la sellaron con fuego y luz. Ningún mortal común podría abrirla, excepto aquel que sobre ella derramara lágrimas de dolor. Antes de enterrarla, escribieron en una de sus caras el nombre del dios vencido.

Evidentemente, la marcha implacable del tiempo se había encargado de aquel pueblo bárbaro, de sus milicias, de su magia perversa y de sus descendientes. En algún punto de la Historia, por alguna razón desconocida, todos ellos desaparecieron. Salvo por las tierras y las montañas, la comarca en la que Friederick y Maggoth convivían nada tenía que ver con aquella que fuera arrasada, y si bien la gente siempre podía elevar un ruego oportuno a sus dioses, desde hacía mucho tiempo –más del que se podía recordar– la vida trancurría sin sobresaltos, y los ciclos de las cosechas se desarrollaban con normalidad, sin invasiones ni magia negra.

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El regreso de Smorthian (parte IV)

mayo 28, 2010

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Pero la desesperación de Maggoth había alcanzado tal magnitud que en un violento arranque, ciego de ira y frustración, le asestó al cubo un puntapié tan feroz que terminó quebrándose varios dedos del pie derecho. El obstinado cubo ni siquiera se movió, mientras que Maggoth sufría el dolor más intenso y punzante de toda su vida. Los huesos le habían atravesado la carne y la piel, y –ensangrentados– emergían al aire libre entre las tiras de cuero de sus sandalias. El dolor lo había hecho doblarse sobre sí mismo. Mareado, Maggoth cayó de bruces sobre la cara superior del cubo, aquella que llevaba grabado el enigmático nombre, y así permaneció un rato, inmóvil, a la espera de que el dolor disminuyera. Sin embargo, y para su sorpresa, todo lo contrario sucedió. Había apoyado el mentón sobre el relieve de las letras, y olvidándose de su orgullo de hombre tosco, a sabiendas de que estaba absolutamente solo en ese paraje tan alejado, comenzó a llorar sin consuelo. Lloraba no sólo porque ese metal era inexpugnable, sino también porque con el pie en semejante estado no podría ni sembrar ni cosechar nada de nada. Además, ¿quién iba a dejar de lado su propio campo para ayudarlo? La temporada estaba perdida. Apenas si podía mantenerse en pie.

En ese preciso momento tuvo lugar un suceso inesperado. Las primeras dos gotas de su llanto habían rodado por las mejillas y fueron a estrellarse justo sobre aquella misteriosa inscripción, Smorthian. La caja comenzó a vibrar. Al principio fue leve, pero tan impresionante como para que Maggoth, temeroso, pero apartando de su mente el dolor agudo de la fractura, retrocediera cinco ó seis pasos. Luego, el cubo comenzó a sacudirse de una manera tan enérgica que las placas de óxido que lo cubrían se desprendieron para caer al suelo como la corteza de un árbol centenario. Cuando la vibración terminó, el cubo lucía un plateado enceguecedor que lo hacía brillar como si hubiera sido recién fabricado. Una especie de cerradura quedó expuesta ante los ojos de Maggoth. No obstante, y para su sorpresa, la cerradura giró sola sobre sí misma y el cubo mágico quedó abierto al medio frente al atónito labrador.

El calor que desprendía era insoportable; no obstante, Maggoth sabía que debía olvidar el dolor y el miedo si quería saber qué había allí adentro. Inclusive, cabía la posibilidad de que de la misma manera en que se había abierto solo, también podía volver a cerrarse por muchos siglos más. Así que se acercó como pudo, sin apoyar el pie lastimado, hasta ubicarse a escasas pulgadas de distancia. El cubo abierto no sólo despedía calor, sino también una luz muy blanca y potente. Y justamente allí dentro, a la vista de Maggoth, colocados con prolijidad sobre un soporte de madera oscura muy bien trabajada, dos rollos de un papel amarillento descansaban a la espera de que el tosco labrador los tomara. Y eso fue lo que Maggoth hizo. Estiró los brazos y tomó entre sus manos el rollo de la izquierda, lo extendió frente a sí e intentó leerlo… ¡Leerlo! Maggoth era un campesino, y lo había sido desde niño, tal como su padre, su abuelo y su bisabuelo. Nunca había abandonado sus tierras, y por eso no sabía leer. Sin embargo, fue capaz de hacerlo sin errores: leyó e interpretó cual sabio los símbolos dibujados sobre ese delicado papel. Además, había pasado a dominar una lengua que nunca antes se había escuchado en la comarca. Sin dudas, algo fantástico le estaba sucediendo, y por esa razón, cuando terminó de leer el primer grupo de símbolos no se sorprendió de ver que su pie se había curado por completo. Ya no quedaban ni rastros de sangre, ni huesos al aire, ni tampoco sentía dolor alguno. Al mismo tiempo, sus ropas comenzaron a ajustársele al cuerpo: se le habían abultado los músculos. Además, su cabello había pasado a ser tan largo como el del mismísimo Friederick. Al comenzar a leer el segundo grupo de dibujos, escuchó que su voz era tan potente como el rugido de un león. Así fue como discurrió por la lectura de los dos rollos para, al finalizar, entender de qué se trataba todo aquel misterio que el cofre había guardado tan celosamente.

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El regreso de Smorthian (parte III)

mayo 26, 2010

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El cubo medía aproximadamente dos pies y medio de altura, ancho y profundidad, y estaba construido en un metal semejante al hierro, pero mucho más rígido y duro. De hecho, la brutalidad de la reja del arado ni siquiera le había hecho mella. Cuando Maggoth terminó de limpiarlo, tarea en la que malgastó el agua de su cantimplora y ensució el harapo que cubría su cabeza del sol, pudo leer una inscripción grabada en el centro de una de las caras: “Smorthian”.

Maggoth poseía un espíritu extremadamente curioso; estaba maravillado por el descubrimiento del cubo, y no dejaba de maldecir a gritos cuán hermético era. No pudo hallar ni un resquicio, ni una rajadura, ni una mísera grieta por la cual introducir una herramienta para hacer palanca. Durante un buen rato, el labrador se vio tentado a cavar un pozo para devolverle a la tierra eso que había expulsado. Sin embargo, al levantarlo se convenció de que era imposible que fuese una pieza maciza, ya que –en ese caso– no lo habría podido mover ni un ápice, y mucho menos desenterrarlo. Algo debía de estar escondido en su interior, algo de mucho valor, obviamente, y nada ni nadie iba a detenerlo hasta que estuviera despanzurrado frente a sus ojos.

Con la esperanza renovada, Maggoth inspeccionó una vez más cada pulgada del cubo, buscando bajo las capas de óxido el mecanismo que le permitiera abrirlo. No tuvo éxito. También probó golpearla con piedras de distintos pesos y tamaños. No hubo caso. Por último, intentó romperla al dejarla caer desde la cima de la colina. Inútil. El cubo rodó a los tumbos todo el largo de la ladera y se detuvo en el llano tan intacto como había subido. El sol había empezado a caer sobre el horizonte, y era el momento adecuado para que Maggoth regresara a su casa antes de la salida de la luna. No obstante, pensó que la noticia de semejante descubrimiento se difundiría de inmediato por toda la comarca. Las personas llegarían desde variados sitios para satisfacer su curiosidad o para probar suerte en la apertura (reclamando, de lograrlo, una proporción sustancial del tesoro); seguramente también llegarían ladrones, piratas y otros personajes indeseables sin otro objetivo más que hacerse de su cubo. No, él debía abrirlo ahí y en ese mismo momento, o volver a enterrarlo para continuar la tarea al día siguiente.

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El regreso de Smorthian (parte II)

mayo 22, 2010

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Sin embargo, Friederick no era el único joven de la comarca. Por el contrario, muchos hombres más trabajaban la tierra como él. Cada cual ocupaba su lugar en la comunidad, y se les respetaba por su trabajo. Algunos de ellos miraban con recelo a Friederick porque más allá de cuánto empeño pusieran en sus tareas, nunca lograban producir la misma cantidad de alimentos o de borregos que él. En verdad, nadie en la comarca era capaz de entender por qué, siempre y cuando fuese verdad que Friederick podía hablar con los dioses y que éstos le concedían la abundancia, la salud y la belleza, sólo él podía disfrutar de esas bendiciones. O bien Friederick olvidaba incluir en sus plegarias musicales a los demás habitantes, o los dioses se entretenían demasiado en atenderlo a él y descuidaban al resto, o lo hacían sólo de tanto en tanto. Sea como fuere, y si bien a ninguno le iba mal en esas fértiles tierras, una sensación de envidia parecía flotar entre los pastores cuando se reunían en la taberna a emborracharse y comprar el mismo sexo con las mismas rameras de siempre. Por cierto, Friederick nunca iba a las tabernas.

Un buen día, algo muy extraño sucedió a un labrador llamado Maggoth, un hecho que cambiaría la historia de la comarca. Maggoth se encontraba arando su campo cuando, de repente, el arado se trabó de una manera tan violenta que poco le faltó al buey para morir descogotado por el sacudón del arnés. Se trataba de una parte del campo que la familia de Maggoth no había trabajado desde tiempos inmemoriales, ya que por estar lejos de la casa se perdía demasiado tiempo al trasladar, al tranco de buey, todas las herramientas de labranza. Pero esa temporada estaba resultando llamativamente seca, y la necesidad de obtener más hortalizas para cambiar en la feria lo hicieron repensar la situación. Por eso, antes de que comenzara la estación de siembra, Maggoth se trasladó a esas llanuras tan distantes, detrás de las lomadas al sur de la comarca. Sabía que después de tanto tiempo sin cultivar nada, ese suelo podía llegar a estar duro, pero no tanto como para que el arado apenas abriera un miserable surco superficial. Después de un rato de contemplación se convenció de que el obstáculo debía de ser al menos una piedra; una piedra de tamaño considerable escondida durante añares a no más de un pie de profundidad, a la espera de que él, Maggoth, tuviera la maldita suerte de pasar justo por ahí. Al notar que el buey se había recobrado, lo azotó para que volviera a su trabajo. Con satisfacción, percibió que el esfuerzo del noble animal, potente como la fuerza que había hecho emerger lomadas y colinas desde las entrañas mismas de la tierra, iba haciendo ceder el suelo poco a poco. Al principio se movió unas pocas pulgadas y apareció una grieta perpendicular a la marcha del arado; pero después de unas idas y venidas, la reja zafó y el buey salió despedido hacia adelante. En medio de un montículo de tierra revuelta aparecieron al sol las aristas de una caja de metal herrumbrado. Maggoth se maravilló del hallazgo, y pensó que podría tratarse de algún tipo de tesoro, tal vez antiguas monedas romanas de oro o quizás joyas… Pero no lo podría saber hasta no abrirla, y eso le resultaría muy difícil ya que le fue imposible encontrar nada parecido a una tapa, ni a una cerradura, ni a una manija. Era, lisa y llanamente, un cubo. Maggoth, intrigado, decidió postergar sus planes de labranza; desenganchó al buey y se dedicó a remover las incrustaciones de tierra y óxido que cubrían al cubo. Recién en ese instante se percató de que el metal estaba caliente, mucho más que su propio cuerpo.

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El regreso de Smorthian (parte I)

mayo 19, 2010

A continuación transcribo de la mejor manera posible (aunque ya sabemos cuán traicionera es la memoria en ciertos casos) el relato que Daisy me hizo acerca de la fantástica historia que Micaela le contara durante la cena en Manhattan, y en la caminata de regreso a sus hoteles.

En el ambiente más bucólico imaginable, rodeada por colinas de cimas curvas y llanos en donde se entremezclaban cultivos, bosques y pastizales, la comarca estaba a punto de sufrir los días más trágicos de su historia. Desde tiempos muy lejanos, tan antiguos que ni los pobladores más viejos podían recordar, y mucho menos precisar, esa campiña había estado habitada por pastores y agricultores que cuidaban sus animales y labraban la tierra. La mejor vista de toda la comarca la ofrecían las rocas más altas de las colinas, y por eso –siempre y cuando el trabajo lo permitiera– la gente trepaba por las laderas rocosas para admirar el mosaico marrón-verdoso de las tierras labradas, los pastos y los bosques. Desde lo alto siempre se podía ver a algún labrador arrodillado sobre los terrones, o rebaños de ovejas pastando, o percherones y bueyes que tiraban en yunta de herramientas de labranza muy pesadas. Pero si algo había caracterizado a la comarca por siglos y siglos era el pacífico discurrir de los días; y esa, tal vez, fuera una buena explicación para la longevidad de la mayoría de los habitantes y para la baja densidad de tumbas alrededor de las casas.

Friederick era un joven fuerte y justo que habitaba uno de los predios del norte, cerca de la colina que hacía las veces de límite con las tierras que descendían hacia el Mar de Agar. No había formado familia aún, y se dedicaba a labrar sus tierras todo el día hasta el comienzo del crepúsculo. Su alma poseía tanta nobleza como buenas intenciones. Al final de cada jornada, después de las tareas agotadoras del campo, solía escalar la colina para, en la cima, sentarse en una roca inmensa a mirar el horizonte y el mar, un mar muy lejano, y a dejar que las ráfagas heladas del polo calmaran el calor de su frente. Pasaba largos ratos en la misma posición, tocando la flauta que su padre le había obsequiado antes de morir, labrada en una sección de colmillo de narval. En ocasiones, y sin que Friederick lo percibiera, algunos niños subían por detrás de él para espiarlo. Luego, las mujeres menos pudorosas seguían a sus hijos para, so pretexto de hacerlos bajar de esas rocas peligrosas, apreciar la dulzura con la que Friederick ejecutaba aquel llamativo instrumento. Ellas decían que su música era seductora, aunque más lo eran sus músculos y la apretada trenza de cabellos castaños. Los hombres, por su parte, se mofaban de sus esposas, aunque estaban seguros de que el espíritu de Friederick, al nacer, había sido agraciado con alguna forma de divinidad, y que él usaba su flauta para comunicarse con los dioses. Además, los niños lo admiraban porque sabían que el solitario Friederick era capaz de hacer magia buena para proteger a todos los habitantes de la comunidad, al igual que a sus cultivos y animales.

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