- “Créame, doctor, que realmente había llegado a apreciar a ese holandés. Mi alma estaba compungida por lo extremo de la situación, pero no tenía sentido buscar alternativas. Él había quebrantado su palabra como un vulgar bribón de taberna. Para nosotros, la palabra vale tanto como un barril de agua dulce en medio del mar. Con paciencia dejamos que el tiempo transcurriera hasta el momento adecuado. Eso ocurrió una mañana después de navegar cauce arriba el Xingú hasta los recodos solitarios del Tanguro. Hallamos los primeros remansos bajo el sol de la media tarde. Entonces lo sacamos de su camarote, donde dormía inconsciente abrazado a dos botellones vacíos de Shandy Sorrel, y lo subimos a cubierta. Cada uno cumplía su parte, debíamos actuar rápido. Yo lo sostenía por los cabellos a 50 cm del piso, El Palmera le arrancaba la ropa y Patinho le cortajeaba las carnes con su cuchilla de cocina. No se imagina cómo aullaba el hombrecito al recobrar la conciencia, agudo y largo como un cochino. Abría sus pequeños ojos enrojecidos y daba coces cual pony asustado. Antes de que la sangre nos arruinara la madera del piso lo hice bascular un rato por babor y después de la despedida abrí la mano. El agua se conmovió con borbollones rosados.”
- “¿Pirañas?”, preguntó el doctor, levemente agitado. Makraff asintió.
- “Se lo deglutieron en pocos minutos. Una semana después, usando los documentos del muerto, El Palmera bajó a tierra y consiguió retirar del banco la totalidad del dinero, que, como sospechábamos, era una pequeña fortuna, o más. Nos lo dividimos en partes iguales.”
- “Debo suponer que luego usted se autoproclamó Capitán del Timor…”
- “Por todos los dioses del firmamento y los que estén en esta tierra… ¡déjeme seguir con mi historia! Obviamente, yo era el único capaz de continuar al mando del barco y el negocio. Yo tenía mis propias ideas al respecto, y además, si bien El Palmera y Patinho siempre han sido buenos marineros, son tan brutos como bestias de noria, o más. El Timor es propiedad de los tres, sí, pero en muy poco tiempo será solamente mío. Usted me entiende…”
Makraff hizo un ademán con su dedo índice, frotándoselo horizontalmente de izquierda a derecha por su inconmensurable epiglotis. Luego prosiguió el relato.
- “Ese par de viejos no siempre funcionan, usted me entiende… Hoy en día, mi mercadería sigue siendo de altísima calidad, y no puedo permitir que decaiga. Además, de dos años a esta parte he comenzado a vender muchachitos indios. Se los llevan a Europa, donde los prefieren antes que a las orientales, y… Espere un momento, se me acaba de ocurrir una idea genial. Usted es un hombre vigoroso, doctor. Le propongo que se sume a mi tripulación y me ayude en la rustificación de la mercadería. ¿Qué le parece?”
- “Me honra con su proposición, Makraff, pero yo soy un científico antes que un lobo de mar, o de río.”
- “Lo entiendo y comprendo a la perfección, doctor.”
En ese instante, pleno mediodía a juzgar por la brevedad de las sombras, el sonido de una campana de bronce templado llegó a cubierta. El capitán se excusó y bajó a la cocina para controlar personalmente el almuerzo. David y Nikola no le habían quitado los ojos de encima durante todo el relato. Aprovechando el momento de soledad, el doctor les aclaró las ideas.
- “Antes de sodomizar un indiecito en la bodega prefiero bajar a tierra y que me reduzcan la cabeza. O que me devoren las pirañas. Nosotros vamos derechito a Buenos Aires, ¿entendido?”
En eso, los pesados dos metros de altura del capitán saltaron ágilmente a cubierta. Apoyada en su gran barriga llevaba la bandeja repleta de trozos de carne roja asada. Sólo carne.
- “Vuestro almuerzo. Espero hagan provecho de él”, dijo con su vozarrón de trueno y regresó a las vísceras del Timor, donde permaneció hasta el anochecer.
Kovayashi dejó pasar el último comentario. No deseaba interrumpir el hilo del relato y daba por sentado que Makraff evitaría nuevamente las respuestas concretas. Una nube de insectos voladores sobrevoló de lado a lado el Timor. El capitán prosiguió.
- “Van Rees nos cuidaba tanto como se debe cuidar a los buenos empleados; en el fondo, no éramos más que eso. Cada uno de nosotros cumplía con creces su tarea y era recompensado en consecuencia. Al tocar tierra nos agasajaba con sabrosas comidas -pescados, aves y carnes rojas- sazonadas con especias exóticas y vino del mejor. Y a los postres, el momento de la paga. Solía darnos monedas de oro, en ocasiones hasta mejorando lo pactado. Así lograba que siguiéramos consiguiéndole mercancía de muy buena calidad, que mejoraba aun más gracias a nuestras, llamémosle… habilidades. Un mes, como mínimo, pasaba entre la captura y la venta. El Palmera nunca andaba con cosas raras, él siempre por adelante. Pero Patinho… ¡Dios mío! Él las trabajaba por atrás, pacientemente. Era todo un especialista.”
- “¿Y usted, Makraff?”
- “Doctor, doctor… la picardía le impide razonar. Ya le contaré más detalles sobre mí, no sea impaciente. Por el momento, sepa que poseo una formación casi imposible de igualar en estas tierras. Y por esa razón, ora en sesiones con El Palmera, ora con Patinho, yo me sentaba en esa bodega infernal únicamente para contarles historias mientras ellos rustificaban a las indiecitas una y otra vez. Algunas veces yo les hacía imaginar ciudades lejanas con puertos incansables y palacios llenos de lujo y placeres. Otras veces, pueblos de casitas blancas cerca del mar, sobre costas apacibles y soleadas. Estoy seguro de que nunca entendieron nada. Mis palabras resbalaban sobre sus cueros sobados con semen y sudor. Pero creo que les agradaba mi voz; cuando dejaban de gritar les calmaba los ardores del sexo.”
Sygmund Makraff detuvo el relato para concentrarse en los ojos azules del doctor, en cuyo fondo creyó leer una pregunta.
- “Sospecho que ud. sigue intrigado por el destino de Van Rees…”, dijo el capitán. “El bastardo permanecía en su camarote y sólo de tanto en tanto bajaba a la bodega a revisar el estado de la mercadería. Su ojo era infalible. Cuando ordenaba poner proa hacia el mar sabíamos que las muchachas estaban listas y que en breve cobraríamos. El holandés bajaba con ellas a tierra y les compraba vestidos coloridos y las hacía maquillar y las adornaba con anillos y ajorcas vistosas. Nos las sacaban de las manos, doctor. En ocasiones debíamos defenderlas a punta de pistola.”
- “Por casualidad ¿el holandés está en el Timor?”
- “Como suele suceder en la vida, doctor, con el correr del tiempo la marcha del negocio comenzó a complicarse. ‘El mercado está cambiando’, nos decía el holandés luego de regresar al Timor, usualmente borracho y desaliñado. ‘Ahora las prefieren chinas o tailandesas, lo mismo les da. Las he visto en tierra, son pequeñas, feas y amarillas. Parecen muchachos. Las traen de a montones en grandes barcos. Mi mercadería ya no vale ni la décima parte de lo que solía.’ El muy bastardo comenzó a pagarnos cada vez menos, pero continuamos confiando en sus promesas hasta el mismo momento en que dejó de pagarnos. Un buen día lo hice seguir por un marinero. Van Rees bajaba a puerto e iba derecho al banco… ¡El maldito debía tener una fortuna! Sin salir de mi asombro repetí el procedimiento en varios puertos como para estar seguro. Efectivamente, el holandés se estaba guardando nuestro dinero. Esa fue su sentencia de muerte.”
Makraff reapareció en la cubierta antes de que el doctor pudiera recitar de memoria el número atómico de los metales alcalinotérreos. Traía consigo una bandeja con dos jarros de cerámica, utensilios y dos platos de alpaca obsesivamente bruñida. Con un ademán, el capitán señaló en la popa un área de sombra bajo un bote salvavidas; allí se sentaron a esperar un almuerzo que, hasta entonces, brillaba por su ausencia. “Esta situación”, razonó Kovayashi, “podría significar tres cosas. Primero: la interrupción para comer es una excusa para evitar mi curiosidad por los indígenas. Segundo: el Timor posee más tripulantes, como mínimo un cocinero. Tercero: Makraff siente una necesidad imperiosa de hablar con alguien y ha encontrado en mis monos y en mí seis orejas abiertas.” Sea como fuere, la inquietud del doctor se había expandido como la luz luego del chispazo en un arco voltaico. Por eso, y sin dejar de considerar la probabilidad conjunta de las tres alternativas, Kovayashi decidió darle al capitán la chance de explayarse sobre lo que deseara hablar.
- “La historia de este barco es larga, y como usted imaginará, repleta de aventuras, peligros y sinsabores, doctor. No espere relatos de loros, ni patas de palo, ni cubas de ron, puesto que aquí no hay piratas; al menos no de aquéllos. El Timor y yo hemos convivido por más de 35 años sobre las aguas de este mismo río y todos sus afluentes, desde las nacientes hasta el inmenso mar. Fue justamente en la costa del Caribe donde una noche, siendo yo apenas un adolescente vanidoso y graniento, logré encontrar a Van Rees.”
- “¿Y quién diablos es Van Rees?”, preguntó intrigado Kovayashi, especulando que tal vez se tratara del cocinero.
- “Era un holandés, el dueño original del Timor, un bastardo semienano y colorado que durante sus momentos de sobriedad hacía florecer el comercio de indígenas en la cuenca del Amazonas. Seré preciso, Van Rees recorría los ríos en busca de tribus con indiecitas turgentes, de piel cobriza y lustrosa. Y era muy diestro en lo suyo, por cierto. Sus mercancías alcanzaban precios altísimos en los puertos de ultramar. En ocasiones juntaba hasta 2 ó 3 en la bodega y las iba rustificando hasta que, a su juicio, ya estaban suficientemente acondicionadas para la venta, usted me entiende… Pero no vaya a pensar que lo considero un bastardo por eso. Por Dios, no.”
- “¿Es usted católico, Sygmund?”, preguntó de repente Kovayashi al notar la cantidad de veces que el capitán había puesto a Dios en su boca, y dejando un tanto de lado el relato.
- “¡Válgame Dios, que no! Sólo que me encanta usar ese nombre. No creo en él, ni en su amor ni en su justicia. Es más, si existiera, ya tendría que haberme hecho fulminar por un rayo o devorar por una criatura de los remolinos.” Makraff hizo una pausa, entrecerró los ojos y apoyó la mirada sobre el horizonte, signo de una intensa actividad mental. Luego prosiguió. “El caso es que encontré a Van Rees en una taberna de mala muerte. Tuve que sobornar al negro de la entrada, era la forma habitual de ingresar. El cantinero me lo señaló enarcando una ceja mientras me servía un brandy. El local estaba mal iluminado, lleno de humo respirado. Pero mi vista era buena. Volcado sobre una mesa del fondo y borracho como una cuba divisé al holandés. Lógicamente, me acerqué con cautela. El muy zorro abrió los ojos cuando me senté a su lado. Escuchó en silencio y con atención mi historia y, vaya a saber por qué razón, tal vez por mi porte, asintió. A la madrugada del día siguiente ya habíamos zarpado. Sólo pedí una litera, comida diaria y unas pocas monedas que me permitieran hacer mis cosas en cada puerto. Claro está, a cambio yo debía facilitarle el trabajo, ya sabe, el comercio, los secuestros, las indias y algunas actividades más. En esas condiciones trabajé varios años para Van Rees.”
- “¿Y qué pasó después? ¿Qué se hizo de Van Rees?”
- “Por todos los santos, sea paciente, doctor… Con Van Rees aprendí el negocio a la perfección y estaba seguro de poder llevarlo adelante por las mías, incluso mucho mejor que él. Pero el bastardo había cumplido siempre su palabra, tanto conmigo como con el resto de la tripulación, y…”
- “¿El resto de la tripulación? ¿Es que hay más personas en este barco?” , interrumpió Kovayashi, satisfecho de ver confirmado el segundo de sus razonamientos.
- “Válgame Dios que sí. ¡Qué olvido el mío! Ellos son Patinho y El Palmera. Ambos trabajan en la cocina, limpian, bajan a tierra, cumplen órdenes diversas. Los muy malditos son gente de temer, pero sin ellos estaríamos muertos en muy poco tiempo. Es decir, tal vez pronto lo estemos de todas maneras; y en particular, yo.”
Las colas de David y Nikola, que habían escuchado con atención el relato del capitán Makraff, se enroscaron sobre sí mismas ante la simple idea de perecer en el intento de llegar a Buenos Aires.
En muy pocas millas el paisaje había cambiado, y ese indicio inequívoco de avance aligeró el espíritu del trío. La margen derecha había pasado de selva cerrada a una sucesión de arbustales bajos, palmeras y playas doradas. Del otro lado, los gigantes de basalto ya no eran tan altos; por encima de sus hombros había aparecido una deslumbrante franja de cielo horizontal. Kovayashi llevaba su mano a modo de visera pues admiraba a dos bandadas que desde el cielo acompañaban la marcha del Timor. “Han de ser guacamayos, tal vez hoacines”, aventuró el doctor en función de la manera en que aleteaban. Llevaba largos minutos mirando hacia arriba. Esos plumajes tan coloridos lo entretenían mucho más que la vista del río negro, cuyas aguas sólo mostraban un exceso de materia orgánica descompuesta y hedionda. Tan abstraído se hallaba con las aves que no se percató de la presencia del capitán, quien sigilosamente se le había puesto a pocos centímetros por detrás.
- “¡Cuánta belleza la de esos arasaríes!”, reflexionó Makraff con la mirada clavada en el firmamento. En silencio, Kovayashi no tuvo más remedio que reconocer que no era más que un neófito en cuanto a aves tropicales.
- “Ciertamente”, respondió sin volverse, sin demostrar cuánto se había asustado con su vozarrón rasposo. “Me recuerdan, aunque no sé por qué, a aquel albatros que el marinero matara con su ballesta.”
La respuesta de Makraff, con voz afectada, no se hizo esperar:
God save thee, ancient mariner, from the fiends tha plague thee thus Why look’st thou so? ‘With my crossbow I shot the Albatross’
Kovayashi, cariacontecido, dio un giro sobre sus talones para quedar frente a frente con la abundante barriga de Makraff.
- “Oh, Dios, qué desafortunada decisión”, reflexionó el capitán.
- “Yo tomaría con pinzas eso de ‘desafortunada decisión’”, se aventuró a comentar el doctor. “Después de todo, Coleridge escribía ficciones, fantasías, pero esos avechuchos son tan reales como usted y como yo. Los depredadores las cazan y las comen, y no por eso caen en eterna desgracia.”
Puestos a manejar asuntos corrientes más allá de escritorios y experimentos, algunos hombres de Ciencia a menudo atraviesan estados de obnubilación semejantes a anoxias cerebrales pasajeras. El doctor era tan consciente de esa deformación profesional que se sintió orgulloso de la gansada que había dicho.
- “Tal vez sí, tal vez no, ¿quién puede saberlo? Le ruego no se enfade conmigo, doctor, pero me pregunto qué sería de la poesía si los poetas pensaran como usted. Además, ¿qué hay de las creencias populares, los mitos, la leyendas? Fíjese, si no, que los indígenas de por aquí reverencian a las arasaríes. Las consideran un buen agüero. Este viaje ya ha sido bendecido por esas dos bandadas.”
- “¿Indígenas? ¿Ha dicho indígenas?”
- “Mi Dios, en minutos almorzaremos y yo aún aquí arriba. Discúlpeme…”
El capitán regresó a las entrañas del Timor con el mismo sigilo con el que emergiera minutos antes. No sólo había evadido la respuesta, también había sorprendido al doctor con sus conocimientos de literatura inglesa y había hablado de indígenas. No obstante, la palabra que más inquietara a Kovayashi fue ‘almorzaremos’, puesto que en ese momento descubrió cuán hambriento estaba.
El embarcadero no era más que un muelle antiguo hecho con troncos hermanados por lianas. No obstante, su estructura era sólida y, a primera vista parecía que se podía alcanzar la punta sin inconvenientes. La soledad le brindaba a ese paisaje un toque sobrenatural, acrecentado por la luz cenital del mediodía. Sin embargo, para desilusión del grupo, estaba desierto. ¿Cuánto tiempo habría de transcurrir hasta que algún barco pasase por allí? Y si así ocurriera, ¿se avendría el capitán a levantar a un desconocido con 2 monos y mochila? La única respuesta que pudo encontrar el doctor fue esperar.
Por tres días y tres noches vivieron sobre las maderas del viejo muelle, bebieron agua del río y se alimentaron con un dulce de guayabo desecado (de lo poco rescatable que habían dejado los mercenarios de X) que rehidrataban cuidadosamente en la orilla. En la tarde del segundo día, el doctor cayó en la cuenta de que ningún helicóptero había descendido en las inmediaciones, y esa revelación lo llevó a pensar en aquel favor absurdo que le pidiera el difunto Sr. X. ¿Sería posible que existiera gente que supiera que el cadáver de X había sido incinerado? Eso implicaría que, en cierta manera, estaban siendo observados. Lejos de sorprenderse, el doctor encontró en esos pensamientos un refuerzo para su esperanza de ser rescatado.
El sacudón del embarcadero y los gritos fueron una sola cosa. Durante la madrugada del tercer día, voces como truenos retumbaron entre los muros verticales de basalto. Despertado por el alboroto repentino, Kovayashi abrió los ojos tanto como le fue posible. Quizás debería haberse sobresaltado con la extraña silueta del catamarán polinesio que había echado amarras en el embarcadero. No obstante, dando pleno crédito a sus ojos, se incorporó de un salto, tomó sus bártulos, a David, a Nikola y se dirigió con pasos rápidos y decididos hacia el navío.
Al pie de la escalerilla, un hombre de talla imponente y mediana edad parecía estar aguardándolo. Su pelo, mechones ensortijados, se continuaba en una barba entrecana, tan gruesa y larga que parecía recortada de algún retrato de Johannes Brahms. A un breve metro del gigantón, Kovayashi detuvo en seco su carrera. Por segundos, ambos hombres exhibieron en sus miradas una cautelosa desconfianza. Luego, el silencio se quebró como un tallo seco.
- “Soy el Doctor Kovayashi. Mis amigos y yo necesitamos un aventón.”
- “¿Adónde se dirigen?”
- “Al sur, lo más lejos posible.”
El hombre, indudablemente el capitán del catamarán, hizo una mueca detrás de la barba.
“Suban, suban pronto, nos espera un largo viaje.”
Kovayashi trepó la escalerilla. Una vez en cubierta acomodó su equipaje junto a un arcón mientras el capitán terminaba de ascender y se plantaba cuan inmenso era frente al doctor, casi empujándolo con su abdomen prominente.
- “Bienvenidos al Timor. Mi nombre es Makraff. Sygmund Makraff.”
Con el sol a sus espaldas, bajo un cielo interminable y despejado, Kovayashi avanzó entre las últimas palmeras antes de que la vegetación se transformara en un colchón verde sobre los ricos sedimentos que tapizaban la rocamadre de basalto. Al igual que α y β, los gorilas que los acompañaran hasta el confín de la selva, cualquier pensamiento oscuro asociado a la muerte había quedado atrás. Ahora, la naturaleza rodeaba al grupo con belleza y febril actividad. David y Nikola perseguían sendas nubes de mariposas que con destellos azules volvían una y otra vez a los varios manchones de flores que por doquier saltaban a la vista. Los escarabajos amasaban estiércol en el pasto, y también se podían ver pequeñas ranas de patas rojas y aves que parecían cortar el aire con sus vuelos en picada. En una especie de pileta que el agua había tallado en la roca, el doctor se detuvo unos instantes a calmar la sed y a lavar el barro que lo cubría. Su rostro en el agua dejaba ver una barba no menos despareja que entrecana, además de una piel que por textura y color parecía un cuero desgastado por el tiempo. Sin embargo, se alegró al reconocer que su postura y predisposición habían vuelto a ser las de antaño, y se sentía tan lleno de vida que por un rato se divirtió con la idea -exagerada, por cierto- de regresar a Buenos Aires caminando.
No habrían marchado más de tres cuartos de hora por ese paraíso cuando llegaron al borde de un acantilado muy alto. Aquellos arroyitos que bajaran de la selva con ellos se precipitaban al vacío desmembrándose otra vez en millones de gotas, en arcoiris, en vapor. Y abajo, bien abajo, como una línea dibujada en lápiz negro sobre el negrísimo negro del basalto, el interminable río y el embarcadero. La emoción se hizo carne en los tres amigos, que no cesaban de mirar, incrédulos, hipnotizados, el tajo de norte a sur proponía el río al paisaje. Sólo restaba descender hasta el embarcadero, que estaba ubicado varios cientos de metros justo por debajo de ellos.
Contrariamente a lo que creía el doctor, no fue por fortuna que descubrieran una escalera tallada en la roca aproximadamente un kilómetro al norte. Esa era la vía natural para descender al embarcadero. En el primer descanso, Kovayashi encontró varios pertrechos del ejército del Sr. X, seguramente abandonados en la huida. Nada de lo que allí había le resultó de utilidad o valor como para ser cargado, pero el hallazgo en sí le permitió comprender cómo habían llegado hasta ese punto y aventurar hipótesis sobre aquellos mercenarios. Media hora más tarde arribaron a la margen izquierda de ese río desconocido, bastante más ancho y caudaloso de lo que habían estimado a vuelo de pájaro. La costa era breve y accidentada, por lo que para recuperar mil metros hacia el sur debieron saltar rocas, esquivar troncos y vadear remansos pestilentes. Finalmente, enclavado entre dos muros que parecían cortados a cincel, el humilde embarcadero apareció ante sus ojos.
La noche envolvía a los vivos y a los muertos con su deslucida oscuridad de wolframio. No había horario para el calor, que aun en plena noche tornaba agobiante la marcha por la selva. Desde el suelo hasta el tope del dosel todo rezumaba agua, no porque hubiera llovido sino porque el aire estaba saturado de humedad. Así avanzaban el doctor y su séquito de micos, calados hasta los huesos. Las gotas caían verticalmente con tanta fuerza que semejaban huevos de ónix. Mas no era por eso que caminaban con las cabezas gachas, no; lo hacían porque así evitaban ir al azar. El barrial se advertía apenas tenuemente bajo sus pies. Por su parte, Nikola y David preferían guiarse por el oído y corrían alrededor del doctor, ora por delante, lanzando aullidos muy agudos, ora por detrás, agitando lianas y provocando que millones de gotas cayeran desde las copas. Sin saberlo, seguían una antigua picada utilizada por el Sr. X y su ejército. Varias horas más tarde, con el ansiado embarcadero a la vista, habrían de creer que la providencia los había guiado.
Tres horas antes del amanecer, el grupo se detuvo a descansar sobre un tronco atravesado en el camino. Ninguno reconoció cuán exhausto se hallaba, aunque tal era el estado de sus fuerzas. Era una de esas situaciones en las que el cerebro necesita destinar una mayor atención al cuerpo para no caer, dejando lugar, en su desatención, a que surjan pensamientos naturalmente ocultos. En las horas anteriores, el doctor había sufrido cambios radicales en su estado de ánimo, como la alegría de saberse vivo, la ira contra David o una profunda e inexplicable tristeza luego de quemar al Sr. X. Ahora, circundado por ruidos de animales invisibles, empapado e indefenso como un anciano ciego, Kovayashi pensó concretamente en la posibilidad de caer muerto allí mismo, de no llegar a ver el sol de ese día, de no volver jamás a su hogar. Y en medio de ese torbellino de miedos, sintió un frío repentino. No obstante, estaba decidido a no darse por vencido antes de intentarlo todo. Sabía por experiencia que pronto amanecería y que entonces el calor, los mosquitos y las alimañas serían tres grandes escollos a sortear. Por eso, después de ese tiempo de quietud decidió reiniciar la marcha.
Paso a paso, metro a metro, el terreno iba ganando en inclinación. La pendiente se hacía cada vez más pronunciada en el mismo sentido de la marcha, y entonces el agua, en lugar de estancarse en charcos barrosos, corría cada vez más rápidamente en forma de pequeños arroyos que cortaban el suelo rumbo a la vaguada. A medida que bajaban, los cambios en la vegetación, aún invisibles para ellos, los obligaban a cambiar el ritmo de la marcha. Así fueron dejando atrás la selva para atravesar densos cañaverales y palmares. De repente, una brisa fresca con olor a río y a cacao los sorprendió de frente. Instintivamente cerraron los ojos y levantaron las cabezas hacia el cielo. Al abrirlos reconocieron la incipiente claridad del nuevo día, y bajo semejante belleza sintieron que la vida circulaba de nuevo por sus venas.
Después de caminar durante un largo rato, Micaela y Daisy lograron ubicar un restaurant en el cual cenar algo de carne. Ya era noche cerrada cuando entraron a Brother Jimmy’s BBQ, justo en la esquina de la 8va Avenida y 31st St. Ya habían hablado mucho, pero estaban seguras de que el vino les permitiría un buen plus.
_ “Como te decía, él es muy sabio y muy poderoso”, dijo Micaela. Nunca antes había fallado en guardar silencio sobre su padre, pero esa noche el alcohol y las costillas de cerdo ahumadas le habían relajado la lengua. La intriga estaba creada, y Daisy reaccionó tal como era esperable.
_ “Me encantaría conocerlo.”
_ “Lo dudo… Es decir, creo que definitivamente no te caería bien. Además, es imposible. Desapareció físicamente hace ya unos años. Y antes de que lo preguntes: no, no murió. Sólo pasó a un estado esencial más elevado, inmaterial. En ocasiones se comunica, aunque sólo conmigo.”
_ “Entonces, me fascinaría que me contaras algo de su vida, algún detalle que me lo describa.”
_ “Tampoco lo entenderías. Lo que sí te puedo contar es alguna de las historias que él me contaba a mí cuando era una niña. Recuerdo una fantástica acerca de lo que le aconteció un día a un hombre que caminaba por la playa.” Micaela intentaba recomponer la situación. Callaría sobre él y no decepcionaría a Daisy (o, al menos, eso creía).
_ “Suena tonto, pero adelante, contáme…”, dijo Daisy a su nueva y rara amiga.
Así fue como Micaela comenzó un relato que se prolongaría por horas, más allá, incluso, del cierre del restaurant.
_ “El hombre del traje de baño diminuto se había detenido justo en donde el arroyo se unía al mar. Su altura afortunada, sus músculos trabajados y el color bronce de su piel hicieron que varias mujeres posaran por un rato sus miradas en él. Pero llamar la atención no parecía, ni por asomo, su propósito. Detrás del muro de sus gafas oscuras, el hombre miraba el agua como buscando alguna explicación.”
_ “Allí estuvo parado durante mucho tiempo y aprendió que el mar enfurecido era capaz de montarse sobre el río hasta hacerle perder su identidad, pero también que el río, con sus aguas cálidas llenas de cangrejos, podía empujar al Atlántico durante la bajamar. Y, además, notó que el viento que sacudía su pelo provenía del sureste, y que las nubes más altas del cielo se dirigían, sin embargo, hacia el mar.”
_ “Quizás (nadie puede saberlo) encontrara en esos fenómenos naturales cierto consuelo, cierta esperanza, y tal vez el oleaje destrabara sus piernas. Cuando el hombre avanzó, todos en la playa advirtieron cómo aquel primer paso que lo adentrara en el río terminó en un brutal pellizcón de cangrejo. Y todos sonrieron tal como lo harían si algún peatón resbalara al pisar una cáscara de banana en las veredas de cualquier ciudad.”
_ “Por favor, no te detengas…”, pidió Daisy. “…es muy divertido. Por cierto, ¿cómo se llama tu padre?”
_ “Lo sabrás a su debido momento.”
Y después de atacar un bocado de cerdo y beber algo más de su vino tinto de mala muerte, Micaela prosiguió pausadamente la historia del hombre ido.
La noche anterior había caído una helada y por la mañana Jaime, el encargado del rascacielos, al salir a lustrar el picaporte se maravilló de sentir el crujir de los cristalitos bajo sus suelas. “Debe ser uno de los últimos fríos”, pensó porque -estaba claro- asociaba septiembre con primavera y primavera con calor. Pero septiembre recién comenzaba y todavía soplaba un viento sur tan frío y húmedo que cortaba la piel y calaba los huesos. Era temprano en Puerto Madero. Jaime desdobló su cuello alto y sólo después de unos minutos pudo percibir algo que se movía sobre el horizonte; un barquito. Ése era su momento de intimidad, cuando podía observar sin ser visto, sin tener que saludar a las vecinas de los pisos altos o al camión de las medialunas. Y no había ruidos estridentes. Nada más que por eso aceptaba el frío, porque en primavera, a esa misma hora, la ciudad ya habrá despertado con luz, calor y estridencias, enamorada.
No es que el río de la Plata sea tan chato como dicen. Tengo la impresión de que siempre está echado o, al menos, arrodillado como en un reclinatorio cuyo frente mira hacia Buenos Aires. Es su aspecto el que me hace pensar. La seguidilla de días nublados que nos azota bien podría ser un castigo del cielo, y este río tan sobrio y circunspecto -tan católico- nos muestra un tímido marroncito cual reflejo desteñido de la poca luz que cae de las nubes. Como falto de cierta rebeldía, se aplana hasta esconder cualquier ola, cualquier ondulación que resulte irrespetuosa. Hoy (como no podría ser de otra manera) los barcos pasan rapidísimo. Cuán bueno sería que, de repente, alguna ola se escapara del lecho, regara la selva, lavara los coches del puerto y nos mojara desfachatadamente el pelo. Una, sólo una alcanzaría. Pero -sabemos- esto no ocurrirá.
Hoy sopla viento del sur, lo veo en la inclinación de las columnas de humo que salen de la usina. Cuatro barcos están fondeados en el río y esperan una orden. En el techo de un edificio frente a mi ventana, un técnico vestido de overol repara una antena parabólica de TV. Se nota que sus manos están heladas porque el destornillador se le ha caído varias veces. De a ratos permanece sereno con la mirada perdida en el extenso horizonte, más allá de los barcos. ¿Pensará en las corrientes que bajan del Paraná? ¿Extrañará, quizás, a los familiares que debió dejar en otro país?
Unos metros más abajo por la fachada del edificio, en la ventana que -adivino- es del 4to A, una familia entera gesticula frente al televisor. Con signos inequívocos de impaciencia golpean el aparato, lo sacuden, presionan simultáneamente botones azules y rojos, caminan a su alrededor, vociferan. Uno de los 3 muchachos ha sacado el torso por la ventana y, con el brazo en alto, parece imprecar al cielo. En el techo, mientras tanto, el técnico vestido de overol se ha sentado muy tranquilo a comer un sándwich y a seguir pensando, fija su mirada en las olas que mueve el viento sur.
Habíamos pasado un hermoso día de primavera tirados en el césped de la Costanera Sur. La tarde había avanzado y el sol estaba muy bajo como para asegurarnos diez minutos más sin sombras. Del otro lado del mantel estaba Jorge Colombres, el escritor, un tipo distante, demasiado metido en sus pensamientos como para sostener una conversación larga. A mi izquierda habían estado otras dos amigas de Micaela -hermanas, creo- que una hora atrás habían salido a pasear un rato por la reserva. Una vez más quedábamos frente a frente Mica, Daisy y yo.
- “¿Cuándo supiste de los poderes de tu papá?” preguntó Jorge sin levantar la vista del pasto. Nadie lo esperaba. Mica resopló, hubiera preferido hablar de su último proyecto fotográfico o sobre las bondades de ser vegetariana.
- “Yo tendría 10 u 11 años. Mi padre no estaba nunca en casa. Un día me animé y le pregunté a mi abuela por qué. Ella puso cara de fastidio, pero no esquivó el bulto. Me dijo que Albertito tenía poderes, que en ese mismo momento estaba en la casa de una tía mía que últimamente no andaba bien. Dijo que él tenía maneras de ver el futuro y otras cosas más que no les contaré. Justamente, en ese momento mi padre entró a la cocina; traía una expresión rara que no mejoró al verme. Nos dijo que había usado su péndulo radiestésico, y que sabía que su prima tenía cáncer, que se iba a operar y que no saldría bien de todo eso… No le creyeron.”
Micaela calló de repente, 15 segundos de silencio que Jorge rompió con su curiosidad. “¿Qué fue de tu tía?”, preguntó.
Días después se supo que, efectivamente, tenía cáncer. La operaron, salió mal y falleció meses después. Y es todo lo que les voy a decir. A Daibushi le desagrada que cuente estas historias.
El sol bajó detrás de los edificios y nos cubrieron las sombras. Un viento frío salió de la arboleda costera y comenzó a envolvernos en remolinos violentos. Por suerte, las hermanas regresaron para guardar las cosas e irnos rápidamente de allí. Los árboles y los rosales se sacudían al punto de hasta perder algunas hojas y pétalos. Jorge parecía incómodo por el relato y el viento, así que no volvió a preguntar nada al respecto. Es más, ese día nadie volvió a tocar el tema.
Esta historia es de primera mano, contada por Hannimal hace unos días mientras tomábamos un café y recordábamos a Micaela.
Así fue como se desvaneció la niebla, a puro sol y viento. Ahora la luz es clara y brillante. En el puerto, las fachadas de los edificios que miran al sur están a la sombra, sensiblemente más frías, pero al resguardo de la brisa del noroeste. Sin saber por qué, mi vista se ha posado sobre una de esas construcciones cúbicas. En el tercer piso todos los balcones están protegidos por vidrios y todas las ventanas están cerradas, excepto una. Una mujer (a lo lejos joven y morocha) descansa de pie, acodada sobre la baranda del balcón. Tiene a su frente la dársena marrón y todo el resto del río, amplio hasta el horizonte, a su izquierda. Me da la impresión de que con sólo levantar su mirada podría ser feliz. Sin embargo, sin despegar los pómulos de las palmas hunde la vista en su propia vereda. Tal vez espere a alguien o tal vez ya deba dejar de esperar. Si sólo levantara la mirada…
Otra párrafo de Daisy de la época en que trabajaba de frente a Puerto Madero. Las horas se le hacían largas, y por suerte escribía cosas como esta :-)
El hombre toma Azopardo hacia el sur y siente un frío repentino porque el viento se le cuela por el tejido de su pullover de lana. Va apresurado, debe querer llegar a tiempo a alguna cita en el puerto y sabe que sólo así podrá lograrlo. De repente se detiene en seco. No puede creer tanta desgracia. La baldosa que acaba de pisar, rajada hasta el centro del planeta, esconde bajo su vientre la inmensidad del lago Titicaca. El chorro de agua escala su pantorrilla y no se detiene hasta la cima. Al reanudar su marcha redobla el paso y en la esquina toma Estados Unidos rumbo a Puerto Madero. La niebla presiona a Buenos Aires contra el piso. Así parece creerlo el hombre de la pierna mojada, que camina cabizbajo hacia una cita. Y no llega…
Otra visión de Daisy desde el hastío de su viejo trabajo.
En el cielo, una nutrida majada de ovejas. La he visto antes en el sur, en la patagonia. Se mueven siempre en conjunto, son ágiles, no se detienen. En sus lomos reciben los rayos reconfortantes de este sol otoñal. Sin embargo, hoy el río amaneció recubierto con la piel de un lagarto overo. Manchado de sombras barrosas y luces perladas, su cuerpo de agua inasible luce una oscura cinta al bies de su horizonte incesante. Mientrastanto, más hacia la orilla, se ha desatado una desigual carrera entre barcos y manchas. Y ya en plena tierra firme, millares de automóviles atraviesan Puerto Madero y Costanera Sur como hormigas multicolores. Buenos Aires es así; desconoce el sosiego.
Este texto es parte de las “n” historias que Daisy Torres me contó que escribió mientras esperaba que se le hicieran las 17 para huir del trabajo. Por suerte, su escritorio miraba al río.
Juro que ayer estaba allí. No, no es mi imaginación. Lo podía ver desde mi ventana, tan marrón como de costumbre, clara su línea horizontal, con barcos inquietos que, entiendo, miran de reojo la arboleda costera y adivinan, más allá, la extensa planicie de concreto y adoquines. Pero hoy… hoy es un martes infame. ¿Quiénes me habrán quitado mi río? ¿Dónde pido que me lo retornen? Especulo que tal vez se haya secado. Pero no. Debería ver, al menos, algún pedazo del fondo arenoso. Mientras más lo pienso, más me atemorizo. Se ha detenido el corazón de Buenos Aires. Ya no podremos liberar nuestros desechos hacia el mar. Sólo cabe esperar los primeros síntomas para iniciar la mudanza. Es el río o yo.
Esta pequeñísima fantasía me la contó Daisy Torres, en la época que trabajaba en Puerto Madero.
El río parece fundirse con un manto neblinoso que, de vez en cuando, algún avión perfora rumbo al norte. Justo delante de mí, pero a lo lejos, adivino la silueta de un barco. Debe ser negro, muy pequeño, con una sola chimenea diminuta en el centro. Se está moviendo muy lentamente. Hoy la bruma se ha tragado al horizonte, y por eso tengo la impresión de que el barco y los aviones van a la par. El aire está sucio. Me atemoriza pensar que yo vivo en sus entrañas, que respiro los mismos gases -probablemente tóxicos- que envuelven a los marineros. Pero ellos regresarán pronto a sus lugares y yo he de quedarme aquí, cerca de la usina. En Puerto Madero el fin de semana llegará pronto, pero aún todo está semidesierto. Tal vez por el frío.
Esta visión la tuvo Daisy Torres un día de hastío en San Telmo.