Un robo al sur de Buenos Aires

diciembre 16, 2009

Dos hombres salieron de la quinta. Tenían prisa. El primero parecía comandar la acción, para lo cual orientaba con seguridad su marcha entre los múltiples senderos que unían la casa con la glorieta, la piscina, la cancha de cricket y el portón de salida. Llevaba una pistola en su diestra y en el pecho de su camisa blanca resaltaba un sangriento salpicré. El segundo hombre acarreaba una bolsa repleta de cosas y, a primera vista, muy pesada. Los dos eran sombras en el animado atardecer de Ranelagh.

Un auto importado los esperaba estacionado y con el motor caliente. Los cristales polarizados impedían ver que al volante estaba un hombre más o menos bien vestido, con una melena entrecana y sucia peinada hacia atrás, y con una llamativa cara de hamster. El de la bolsa y el de la pistola subieron directamente al asiento trasero del sedán.

_ “¿Buen material?” preguntó el cara de hamster.

_ “Inmejorable, jefe”, dijo el de la bolsa, mientras que el otro permanecía silencioso en su anhelo de escapar lo antes posible de allí.

_ “Y a vos, ¿qué mierda te pasa?”, preguntó el hombre canoso.

_ “Tuve que limpiar a dos, una mina y un tipo. Se pusieron pesados. No me quedó otra…”

Cara de hamster pisó el acelerador y el auto se perdió varias esquinas más allá, en su regreso a la Ciudad de Buenos Aires. Todo había salido según los planes: las vitrinas de este tipo de casas centenarias siempre tienen antigüedades notables, piezas de porcelana, vajilla inglesa y cosas por el estilo. Y ese robo había sido la demostración, aunque estaba muy lejos de la perfección: los dos fiambres seguramente le traerían problemas. Supo que en breve iba a tener que deshacerse de ese ayudante. Nada lo contrariaba tanto al anticuario como los problemas de conciencia.

La casona había quedado en silencio. Adentro, tendidos como trapos de piso sobre las baldosas de la cocina estaban los cadáveres de Benítez (balazo en el estómago) y de su esposa (cráneo despedazado), encargados circunstanciales de la quinta. Estos incidentes aceleraron hacia el final del año la mudanza de la familia del fallecido Evaristo, herederos legítimos de esa propiedad.


Un festejo íntimo

diciembre 3, 2009

La quinta de Ranelagh quedó sola una vez más, o mejor dicho, a solas con el flamante encargado. Benítez, para quien la responsabilidad del mantenimiento de semejante edificio y su jardín no era una carga sino un honor, ingresó a la casa y encendió las luces. Buscó una levita en los cajones del trinchante y mutó su aspecto de simple jardinero a mayordomo. Se desempeñaba en su nueva función con la habilidad de un viejo criado, pero también con una delicadeza muy apartada de la necesaria para recortar los cercos de glicinas. Así fue como con sólo un rato de trabajo había tendido la mesa como para un banquete de 16 comensales; eligió el mantel más bonito y la vajilla que estaba en la vitrina, una ajetreada porcelana inglesa.

Se sorprendió al verse así vestido frente al espejo de la cómoda donde estaba el teléfono, y no pudo contener una sonrisa. La alegría no había sido un sentimiento frecuente en su vida, aunque había tenido sus momentos. Pensó cuánto merecía una gratificación, en todas las razones por las cuales debía darse ese lujo que, de haberlo soñado la noche anterior, le habría resultado un disparate. Marcó con impaciencia el número de su mujer, quien acudió a su llamado inmediatamente después de cortar la comunicación. Cuando ingresó a la casa, una hora después, se saludaron con dos besos prolongados, como aquellos de los buenos tiempos idos. Ella se acercó a la mesa y abrió el paquete de papel madera, de donde extrajo dos panes y algo de fiambre de cerdo. También bebieron jugo sintético en copas de cristal. Ambos estaban alegres y pasaron una hermosa velada. Fue la primera vez que ella, después de la sobremesa, no se quejó por tener que lavar los platos.


Una mancha en el tejado

octubre 1, 2008

Una hora de autopista me tomó llegar a Ranelagh. En los últimos meses, el ciático envejecido de mi padre lo había alejado del auto, y si bien ese día yo hice de chofer, el dolor parecía haberse agudizado. Viajamos callados. La carta del escribano estaba en la luneta delantera. Hablaba de una herencia y de un tío desconocido para mí. Nunca en casa lo habían nombrado, nunca una alusión, nunca una mirada ni un gesto… Ese tío que mi padre enterrara décadas atrás, había muerto hacía un mes. De no haber sido por mi insistencia, nunca habríamos conocido la quinta a la que acabábamos de entrar.

Ese tipo -mi tio- debió haber sido rico. Millonario, por lo menos. Todo en esa quinta olía a dinero: el chalet de dos plantas con tejas rojas, el césped interminable, la piscina y la cancha de cricket, la glorieta con sus rosales trepadores, la mecedora y el jardín con broderie. El viejo estaba inquieto, y yo, indignado. A la vez, me fascinaba la idea de vender semejante mansión en cientos de miles de dólares, tal vez en más de un millón. Salir de pobre… qué raro sonaba eso; en este país, el que nace pobre, muere pobre. Pero sentir la amargura profunda del viejo, que seguía callado, eso sí me fastidaba. No tanto por intuir que él no querría nada de aquel hermano, sino por saber que nos había ocultado una parte oscura de su pasado.

Estacionamos al lado de un auto azul importado. Al bajar, vimos a alguien salir de la casa, seguramente el escribano, que caminaba hacia nosotros. En ese mismo instante, un segundo hombre surgió de entre las coronas de novia, zapín en mano.

- “Benítez, a sus órdenes. Yo soy… o fuí el jardinero de esta casa. Quería decirle… ¿quién me dijo que era usted? ¡Ah, sí! Quería decirle que su tío, el señor Evaristo, fue como un padre para mí; él era… era muy bueno. Y con mi familia… muy generoso, siempre. Él nos nos hacía regalos. A mi chico le mandaba pelotas de fútbol, y a la nena le regalaba revistas, libros y esas cosas. Sí, muy atento era. Y ni un día le faltaba yo, ¿eh?… ¡Ni un día! Pero así le tenía el parque, como lo ve, lisito el césped, todo bien parejo, y…”
- “¿Cómo falleció?”, lo interrumpí. Pensé que la respuesta conmovería al viejo, y no me equivoqué.
- “Una tragedia… Yo estaba en la glorieta y ví cuando se subió al techo. Algunas tejas venían medio sueltas de hacía rato. El señor Evaristo me pidió varias veces que suba a arreglarlas porque filtraban agua al desván. Pero al final, por h o por b yo nunca las arreglé… Así que ese día subió él mismo por aquella escalerita, y cuando pisó ahí (señaló una parte del techo), una teja se partió y el pobre se vino abajo. Pero antes de caer, fíjese, tiró un manotazo y un clavo largo de la canaleta le atravesó la mano. Así quedó colgado por un instante, pero al final el clavo le desgarró toda la mano y ahí terminó de caer. Quedó sobre el caminito… Y esa mancha ahí en las tejas, es la sangre de la mano, que yo…”

El jardinero pidió disculpas y se alejó porque había llegado el escribano. Su traje impecable no me iba a confundir; mucho menos sus modales. Un carroñero, eso era. Su congoja era engañosa como todas las cuestiones legales, y se desenmascaró al confesarnos que había llamado a la inmobiliaria, que la operación superaría los dos millones de dólares y que el martillero estaba al caer.

- “No vendo”, dijo mi viejo sin quitar la vista de la casa, y todos quedamos duros por varios segundos. “No vendo, carajo… No vendo”, gritó mientras golpeaba el auto azul con el puño.
- “Debería pensarlo mejor…”
- “¡A la mierda, usted y a la mierda sus consejos!”

Arrancamos el auto y volvimos por el camino hasta la tranquera. El jardinero nos abrió. Iba a despedirme cuando mi padre me indicó con un gesto que frenara. Mientras bajaba su ventanilla, el hombre rodeó el auto hasta pararse al lado de su puerta y enfrentarse a su cara. El viejo fue concreto.

- “Quite esa mancha del tejado, por favor…”

Un año después, la familia se mudó a la quinta.


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