Sangre y harina

octubre 23, 2011

Undécimo capítulo de la saga campera de El Gringo y la Lucecita, craneada a medias con el profesor MX cuento * chino y yo.

Una casa sin luz  |  La crecida >

Nunca quedó claro quién atravesó la puerta primero, tampoco si ésta estaba abierta o si los oficiales la violentaron sin pruritos, pero lo cierto es que, una vez adentro, ni Carlini ni Becerra pudieron evitar que la pena les estrujara el pecho al ver el cadáver todavía tibio del buen Gervasio, desparramado entre los costales, cubierto con el engrudo de sangre, harina y levadura, que coloreaba de rosa pálido el piso de la sala de hornos de la panadería. Carlini se tomó la cabeza y se lamentó en silencio, Becerra observó bien el cuerpo tendido, envuelto en tan ridícula mortaja. Sobre el costado derecho, la herida abierta por el facazo parecía tener vida propia; la piel y el músculo latían rítmicamente y a través del hueco se dejaba ver la carne maltrecha y rasgada. Esporádicos borbotones se abrían paso entre nervios y tejidos, espesos y gelatinosos, según cuentan las anotaciones de la libretita de Carlini, y se deslizaban lentamente, cuesta abajo, desde el borde superior de la abertura hasta el extremo inferior, fundiéndose luego con los baldosones gastados. Según la apreciación de Becerra, la puñalada lo había sorprendido mientras amasaba con espíritu laborioso varios cientos de cuernitos y vigilantes con los que gran parte del pueblo desayunaría por la mañana, sin darle siquiera tiempo a reaccionar o defenderse. El triperío hecho jirones asomaba por el hueco oscuro que una mano obturaba inútilmente. Abrumado por la sorpresa, el asco y la incomprensión, Carlini se tapó la boca para contener el ácido digesto de empanadas que le subía por la tráquea. Los tres hornos estaban prendidos a temperatura máxima. Un viento helado soplaba desde la ventana y agitaba las cortinas de manera intermitente.

- “Ay, Barzola, Barzola…”, dijo entre dientes el comisario mientras sacaba la cabeza por la ventana que daba a la calle trasera.

- “No se detiene, y no creo que vaya a parar, Comisario. Creo que estamos en la recta final…”

Becerra, absorto, continuaba mirando más allá del zanjón, donde el Rastrojero había permanecido en marcha. No admitía otra posibilidad: Barzola, embriagado por el exceso de adrenalina, habría de cerrar en la estancia su aventura nocturna con un bonito moño de sangre. Carlini percibió en las sombras de la cocina cómo el comisario acariciaba su arma reglamentaria, y aunque no se atrevió a comentarlo sintió un ligero escalofrío.

Al otro lado de la calle, donde las luces mortecinas de la panadería se fundían con las sombras de los arbustos, la noche se hacía dueña de todo y de todos, amparando a los desdichados y a los herejes con una niebla inesperada y confusa. Pero para Becerra no era la niebla, ni la ignorancia, ni el desamor lo que confundía el entendimiento de ciertos hombres, sino la ambición. Cuando la sangre contaminada empieza a hervir, difícilmente pueda uno esquivar las incorrecciones, los excesos y los malos actos. Al razonar en todo esto, Becerra no tenía en mente a Barzola sino al Gringo, un piojoso como cualquier otro, arrastrado a la desgracia por la ambición más elemental que existe. El demonio vive en los elixires oscuros y en las palabras de una mujer decidida. Que le pregunten al Gervasio, si no.

- “Vamos, Topito. Se acaba todo”, dijo mientras enfilaba hacia la puerta de atrás.

- “No se nos puede escapar, Comisario.”

- “No lo hará, Topito. Ya no. Vamos, muévase. Tenga a mano su pistola y no me afloje porque de aquí al amanecer será la mano más brava que nos haya tocado jugar hasta el momento.”

Carlini se puso serio como un condenado. Recordó a Lorenzo, a Gauna, a Martínez, a la Lucecita, al Gringo y a Pichón; pensó en el baile, en los borrachos y en el pueblo entero, que parecía no querer reconocer que la miseria se le había colado por debajo de la puerta. También recordó los días de la academia, cuando ser policía todavía era ilusión y, de vez en cuando, dispararle a una silueta de cartón contra un muro desconchado. Cubrió el cuerpo de Gervasio con un mantel cuadriculado que rápidamente se empapó de bordó; ansioso, abotonó su abrigo y salió tras su jefe. La noche era oscurísima y una manga de nubarrones espesos amenazaban con desplomarse sobre el campo. Los oficiales subieron al móvil y partieron raudamente hacia la estancia por el ripio vecinal. Entre medio de hectáreas y hectáreas de un maíz recién emergido la pregunta de Carlini rasgó el silencio como el trueno que anuncia el temporal.

- “¿Alguna vez tuvo que matar a alguien?”

Becerra miró de reojo a su joven ayudante, mas no emitió respuesta alguna. Carlini se enderezó en el asiento, extrajo la 9mm y la tocó con desconfianza como quien acaricia un perro ajeno. Recorrió con las yemas las estrías de la culata, el gatillo y la mira, y antes de volverla a guardar se aseguró de quitarle el seguro. ¡Click! Volvió a cerrar la cartuchera e inspiró profundamente. Nunca se le habían dado bien los juegos de cartas.

 

Versión imprimible -> La historia del Timor (III)


En las vísperas de San La Muerte

agosto 7, 2011

Octava entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, escrita a cuatro manos enter el Sr. MX cuento * chino y yo. ¡Esperamos sus comentarios!

Los eslabones  |  Melodía del desconcierto >

A lo largo de varias generaciones la familia Goitía había labrado su historia en la zona, una historia en apariencia sin máculas que imponía a la vez respeto, admiración y confianza. Los Goitía, desde el patrón Don Miguel para abajo, eran conscientes de ello, y si bien muchas veces podrían haberse aprovechado de su condición, nunca lo habían hecho. No obstante, también sabían que aquellas dos muertes en sus dominios habían sacudido tanto la monotonía del pueblo como los ánimos internos en la estancia. La buena voluntad de la peonada, esos inservibles desagradecidos que siempre andaban trayendo problemas, se había quebrado como un tallo seco y ya no se podía contar con Barzola para recomponerla; el capataz ya no era el mismo, se lo notaba disperso, ajeno a las decisiones importantes y sin el pulso firme que lo caracterizaba para manejar a aquellos salvajes.

Pronto tendría lugar el cumpleaños de Juan Manuel, el menor de los Goitía y preferido de Don Miguel, y en contra de las recomendaciones de mantener el perfil bajo, el jefe de la familia decidió armar un festejo a la medida. Se mandó invitar a todo el mundo, desde los vecinos más ilustres, pasando por comerciantes, funcionarios, el párroco, el doctor, hasta a los peones, la generosidad de la familia debía quedar fuera de toda duda. Incluso le habían hablado muy especialmente al comisario Becerra para que se dejara ver por ahí; siempre es bueno reafirmar que se camina por la misma vereda que la ley. Los Goitía no eran de andar haciendo ostentación. A pesar de la gran cantidad de gente invitada sería una jornada tranquila: mediodía de asado y vino, por la tarde unas carreras de sortija y vino, y al caer el sol un cierre con baile, guitarreada y vino. Don Miguel había resuelto contratar al Gringo y su trío a sabiendas de que los músicos gozaban de gran fama y eran apreciados por todos, y también como un guiño conciliatorio hacia la peonada. Al principio los músicos no se mostraron muy entusiasmados, pusieron algunas excusas referidas a un repertorio agotado, al cansancio, a viajes incomprobables a estancias alejadas, pero ninguno de los tres hizo alusión alguna a su anterior presentación. Esquivaron el asunto hasta que Don Miguel zanjó la cuestión con un fajo de billetes de notorio calibre. El Zurdo, Pichón y el Gringo finalmente se rindieron ante la oferta con el descontento natural de los herejes necesitados.

En la comisaría, las caras y los ánimos no andaban mejor. La investigación marchaba lenta como un buey en el barro y, para colmo de males, la presión popular comenzaba a hacerse notar. De buenas a primeras, en los troncos de la plaza y sobre algunas paredes habían aparecido afiches que reclamaban justicia por la muerte impune de Juan Gauna. Un periódico de la capital había escrito una nota al respecto, y recién entonces los altos jefes policiales despertaron de su acostumbrada modorra, comenzaron a hacer preguntas obligadas y a exigir resultados inmediatos. Con todo esto, el acostumbrado buen humor de Becerra y Carlini había comenzado a resquebrajarse como un cuero al sol. Sin embargo, seguían adelante sin cambiar un ápice su hipótesis de trabajo. Habían debido desandar varios senderos en la investigación ya que nadie en el pueblo ni en la estancia había podido aportar ni un solo dato valioso. Pero ellos morirían en la suya si era necesario. Y asistir al baile sería, justamente, uno de los últimos cartuchos que podían quemar antes de ver rodar por tierra sus cabezas.

En la estancia, los piojosos de Barzola recibieron la invitación en silencio. Se miraron preocupados. Sus semblantes se fueron tornando poco a poco más amargos, ásperos y resignados que de costumbre. Nadie mejor que ellos sabía o adivinaba que la puerta de entrada a toda la desgracia que aquejaba al pueblo había sido un festejo muy similar al que se avecinaba. Al mal paso darle prisa, pensaron algunos y siguieron la ronda del mate, aunque evitaron mirar el banco vacío que sabía ocupar el Gringo, y la silueta del capataz que se recortaba a contraluz en el marco de la puerta.

Versión imprimible En las vísperas de San La Muerte


Anécdota en partes (II)

julio 12, 2009

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Comencé a andar con decisión sobre unas veredas que supieron ser mías. Estaba seguro de que podría reconocer todo a mi paso, como si nunca me hubiera ido de allí. A cien o doscientos metros de la plaza, nada más, la mayoría de las casas continuaban siendo tan bajas como en mis recuerdos, aunque estoy casi seguro de haber pasado frente a alguna planta alta bastante pretenciosa. Un jazmín chino inmenso y blanco de flores rebozaba las verjas de dos casas contiguas, y apoyada en una medianera despintada vi una cucha de madera vacía. “Hoy se te dio, pichicho”, pensé. Si bien el frío le imponía desánimo a cualquier ser vivo, no dejó de llamarme la atención cuán largas eran las zancadas de los cuatro o cinco fanáticos que a último momento habían decidido ir a misa de siete, a sabiendas de que llegarían ateridos y, lo que es mucho peor, con culpa. El resto prefería, como era lógico, guardarse con sus animalitos en el calor de sus casas.

Me tomó tres o cuatro cuadras más llegar a mi barrio. Tenía el íntimo propósito de reencontrarme con aquella atmósfera de mis años de escuela primaria, que tanto añoraba. Me dí cuenta de cuánto extrañaba esas casas humildes, cúbicas, cuyos fondos siempre tenían gallineros con alambrados panzones, oxidados, y jardines al frente con enanitos de cemento y maceteros con forma de cisne. En la esquina esperada, dentro del cono rojizo del farol de sodio reconocí el edificio la biblioteca pública, con su fachada colonial y sus ladrillos gastados. Sentí un leve hormigueo en mi nuca, como en aquellas noches adolescentes cuando nos escapábamos con el Perro Basteiro a fumar nuestros primeros cigarrillos en el oscuro porch de la biblioteca, y al oír susurros en el interior, escapábamos a toda carrera hasta la plaza. Allí volvíamos a encender las colillas, a salvo ya de los fantasmas. Tomé por por la transversal. A mitad de cuadra, el encuentro con la panadería del señor Giménez me trajo una alegría tan efímera como un suspiro de gorrión. De repente, noté que el barrio había mutado en mis propias narices, como si el efecto de una anestesia general se hubiera desvanecido. Por sobre mi hombro izquierdo advertí que aquellos jardines tan prolijos no eran más que malezales, que la panadería era sólo un galpón en medio de un baldío, y que entre los muros de la antigua biblioteca, un trío de drogones compartía una jeringa. Era evidente que si quería encontrar al perro y regresar a salvo a mi casa debía mantenerme despabilado. Volví la vista al frente e hice foco. Sobre la otra esquina, a través de la brillante copa de una magnolia apareció el cartel del Bing.

Continuará…

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Anécdota en partes (I)

junio 16, 2009

Esta anécdota me la refirió Hannimal. Opté por contarla en primera persona, aun cuando me tomé la libertad de realizar algunas alteraciones importantes a los fines del relato. La acción transcurre en un pueblo en la provincia de Buenos Aires, al sur de la Capital Federal.

Me paré en seco en la mitad de la vereda del hotel, donde advertí que ese impulso visceral no me llevaría más allá. El pueblo estaba tan diferente que no podía reconocer el camino a seguir. Atardecía. El aire inviernal contraía mis carnes con ese frío genuino capaz de calar un hueso aun en ausencia de viento. Un retazo de sol mezquino abrigaba en la esquina a 5 ó 6 muchachos que me miraban de costado. Tal vez haya sido bueno (o tal vez no) el haberme detenido en los ojos oscuros de uno ellos. Ví cómo él se elevaba por sobre el resto con la estampa de los líderes. Dos o tres más lo siguieron, por lo que entendí que me convenía escapar, perderme en la plaza de enfrente. Así que crucé el asfalto y caminé por el pedregullo naranja de mi niñez, entre los mismos bancos de material y los mismos árboles encalados hasta la altura del pecho. Ellos también.

“Qué absurdo, enrejaron a San Martín”, pensé al ver la estatua del General en su caballo. Antes de llegar al playón donde confluian los caminos escuché silbidos entre los arbustos, y luego, como de la nada, una pandilla de niños con hondas salió a mi encuentro. El aire a mi alrededor comenzó a vibrar en espasmos; una, dos, tres, muchas veces. Apuré el tranco hasta correr. A las siete de la tarde en punto, las campanadas de la iglesia se confundieron con los piedrazos en el bronce del caballo blanco. Blanco que a la vez fue rojo y luego negro. Es muy posible que haya rodado después de sentir la explosión de mi cráneo atomizado en tantas piedritas como las del sendero. Los golpes del badajo me resultaron eternos, me dolían en la piel, fluían espesos por mi frente, pegajosos, calientes. Ahora, mientras manejo de regreso a Buenos Aires, hasta dudo de que realmente fueran las siete. No recuerdo cuánto esperé para ponerme de pie. Minutos… horas. Creí sentir cómo aquellos muchachos de la esquina me vaciaban los bolsillos; me vi cargado sobre un hombro, doblado, boca abajo; creí ver mensajes secretos en el discurrir de los baldosones de la vereda. Creí sentir la dureza de un colchón duro en una habitación a oscuras. Soñé que dormía sin despertar.

Cuando me incorporé, la plaza estaba desierta. Instintivamente busqué mi billetera en el bolsillo, y estaba allí. Como es mi costumbre, no llevaba ningún tipo de pañuelo, por lo que limpié la sangre con hojas secas de plátano. Continué mi camino hasta llegar a la acera de enfrente, la de la iglesia, desde donde pude identificar con facilidad el camino que me llevaría al Bing.

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