La historia del Timor (III)

mayo 18, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 46ava en la saga del Dr. Kovayashi.

La historia del Timor (II) | Continuará…

- “Créame, doctor, que realmente había llegado a apreciar a ese holandés. Mi alma estaba compungida por lo extremo de la situación, pero no tenía sentido buscar alternativas. Él había quebrantado su palabra como un vulgar bribón de taberna. Para nosotros, la palabra vale tanto como un barril de agua dulce en medio del mar. Con paciencia dejamos que el tiempo transcurriera hasta el momento adecuado. Eso ocurrió una mañana después de navegar cauce arriba el Xingú hasta los recodos solitarios del Tanguro. Hallamos los primeros remansos bajo el sol de la media tarde. Entonces lo sacamos de su camarote, donde dormía inconsciente abrazado a dos botellones vacíos de Shandy Sorrel, y lo subimos a cubierta. Cada uno cumplía su parte, debíamos actuar rápido. Yo lo sostenía por los cabellos a 50 cm del piso, El Palmera le arrancaba la ropa y Patinho le cortajeaba las carnes con su cuchilla de cocina. No se imagina cómo aullaba el hombrecito al recobrar la conciencia, agudo y largo como un cochino. Abría sus pequeños ojos enrojecidos y daba coces cual pony asustado. Antes de que la sangre nos arruinara la madera del piso lo hice bascular un rato por babor y después de la despedida abrí la mano. El agua se conmovió con borbollones rosados.”

- “¿Pirañas?”, preguntó el doctor, levemente agitado. Makraff asintió.

- “Se lo deglutieron en pocos minutos. Una semana después, usando los documentos del muerto, El Palmera bajó a tierra y consiguió retirar del banco la totalidad del dinero, que, como sospechábamos, era una pequeña fortuna, o más. Nos lo dividimos en partes iguales.”

- “Debo suponer que luego usted se autoproclamó Capitán del Timor…”

- “Por todos los dioses del firmamento y los que estén en esta tierra… ¡déjeme seguir con mi historia! Obviamente, yo era el único capaz de continuar al mando del barco y el negocio. Yo tenía mis propias ideas al respecto, y además, si bien El Palmera y Patinho siempre han sido buenos marineros, son tan brutos como bestias de noria, o más. El Timor es propiedad de los tres, sí, pero en muy poco tiempo será solamente mío. Usted me entiende…”

Makraff hizo un ademán con su dedo índice, frotándoselo horizontalmente de izquierda a derecha por su inconmensurable epiglotis. Luego prosiguió el relato.

- “Ese par de viejos no siempre funcionan, usted me entiende… Hoy en día, mi mercadería sigue siendo de altísima calidad, y no puedo permitir que decaiga. Además, de dos años a esta parte he comenzado a vender muchachitos indios. Se los llevan a Europa, donde los prefieren antes que a las orientales, y… Espere un momento, se me acaba de ocurrir una idea genial. Usted es un hombre vigoroso, doctor. Le propongo que se sume a mi tripulación y me ayude en la rustificación de la mercadería. ¿Qué le parece?”

- “Me honra con su proposición, Makraff, pero yo soy un científico antes que un lobo de mar, o de río.”

- “Lo entiendo y comprendo a la perfección, doctor.”

En ese instante, pleno mediodía a juzgar por la brevedad de las sombras, el sonido de una campana de bronce templado llegó a cubierta. El capitán se excusó y bajó a la cocina para controlar personalmente el almuerzo. David y Nikola no le habían quitado los ojos de encima durante todo el relato. Aprovechando el momento de soledad, el doctor les aclaró las ideas.

- “Antes de sodomizar un indiecito en la bodega prefiero bajar a tierra y que me reduzcan la cabeza. O que me devoren las pirañas. Nosotros vamos derechito a Buenos Aires, ¿entendido?”

En eso, los pesados dos metros de altura del capitán saltaron ágilmente a cubierta. Apoyada en su gran barriga llevaba la bandeja repleta de trozos de carne roja asada. Sólo carne.

- “Vuestro almuerzo. Espero hagan provecho de él”, dijo con su vozarrón de trueno y regresó a las vísceras del Timor, donde permaneció hasta el anochecer.

Continuará…


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La historia del Timor (I)

abril 25, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 44ava en la saga del Dr. Kovayashi.

Makraff reapareció en la cubierta antes de que el doctor pudiera recitar de memoria el número atómico de los metales alcalinotérreos. Traía consigo una bandeja con dos jarros de cerámica, utensilios y dos platos de alpaca obsesivamente bruñida. Con un ademán, el capitán señaló en la popa un área de sombra bajo un bote salvavidas; allí se sentaron a esperar un almuerzo que, hasta entonces, brillaba por su ausencia. “Esta situación”, razonó Kovayashi, “podría significar tres cosas. Primero: la interrupción para comer es una excusa para evitar mi curiosidad por los indígenas. Segundo: el Timor posee más tripulantes, como mínimo un cocinero. Tercero: Makraff siente una necesidad imperiosa de hablar con alguien y ha encontrado en mis monos y en mí seis orejas abiertas.” Sea como fuere, la inquietud del doctor se había expandido como la luz luego del chispazo en un arco voltaico. Por eso, y sin dejar de considerar la probabilidad conjunta de las tres alternativas, Kovayashi decidió darle al capitán la chance de explayarse sobre lo que deseara hablar.

- “La historia de este barco es larga, y como usted imaginará, repleta de aventuras, peligros y sinsabores, doctor. No espere relatos de loros, ni patas de palo, ni cubas de ron, puesto que aquí no hay piratas; al menos no de aquéllos. El Timor y yo hemos convivido por más de 35 años sobre las aguas de este mismo río y todos sus afluentes, desde las nacientes hasta el inmenso mar. Fue justamente en la costa del Caribe donde una noche, siendo yo apenas un adolescente vanidoso y graniento, logré encontrar a Van Rees.”

- “¿Y quién diablos es Van Rees?”, preguntó intrigado Kovayashi, especulando que tal vez se tratara del cocinero.

- “Era un holandés, el dueño original del Timor, un bastardo semienano y colorado que durante sus momentos de sobriedad hacía florecer el comercio de indígenas en la cuenca del Amazonas. Seré preciso, Van Rees recorría los ríos en busca de tribus con indiecitas turgentes, de piel cobriza y lustrosa. Y era muy diestro en lo suyo, por cierto. Sus mercancías alcanzaban precios altísimos en los puertos de ultramar. En ocasiones juntaba hasta 2 ó 3 en la bodega y las iba rustificando hasta que, a su juicio, ya estaban suficientemente acondicionadas para la venta, usted me entiende… Pero no vaya a pensar que lo considero un bastardo por eso. Por Dios, no.”

- “¿Es usted católico, Sygmund?”, preguntó de repente Kovayashi al notar la cantidad de veces que el capitán había puesto a Dios en su boca, y dejando un tanto de lado el relato.

- “¡Válgame Dios, que no! Sólo que me encanta usar ese nombre. No creo en él, ni en su amor ni en su justicia. Es más, si existiera, ya tendría que haberme hecho fulminar por un rayo o devorar por una criatura de los remolinos.” Makraff hizo una pausa, entrecerró los ojos y apoyó la mirada sobre el horizonte, signo de una intensa actividad mental. Luego prosiguió. “El caso es que encontré a Van Rees en una taberna de mala muerte. Tuve que sobornar al negro de la entrada, era la forma habitual de ingresar. El cantinero me lo señaló enarcando una ceja mientras me servía un brandy. El local estaba mal iluminado, lleno de humo respirado. Pero mi vista era buena. Volcado sobre una mesa del fondo y borracho como una cuba divisé al holandés. Lógicamente, me acerqué con cautela. El muy zorro abrió los ojos cuando me senté a su lado. Escuchó en silencio y con atención mi historia y, vaya a saber por qué razón, tal vez por mi porte, asintió. A la madrugada del día siguiente ya habíamos zarpado. Sólo pedí una litera, comida diaria y unas pocas monedas que me permitieran hacer mis cosas en cada puerto. Claro está, a cambio yo debía facilitarle el trabajo, ya sabe, el comercio, los secuestros, las indias y algunas actividades más. En esas condiciones trabajé varios años para Van Rees.”

- “¿Y qué pasó después? ¿Qué se hizo de Van Rees?”

- “Por todos los santos, sea paciente, doctor… Con Van Rees aprendí el negocio a la perfección y estaba seguro de poder llevarlo adelante por las mías, incluso mucho mejor que él. Pero el bastardo había cumplido siempre su palabra, tanto conmigo como con el resto de la tripulación, y…”

- “¿El resto de la tripulación? ¿Es que hay más personas en este barco?” , interrumpió Kovayashi, satisfecho de ver confirmado el segundo de sus razonamientos.

- “Válgame Dios que sí. ¡Qué olvido el mío! Ellos son Patinho y El Palmera. Ambos trabajan en la cocina, limpian, bajan a tierra, cumplen órdenes diversas. Los muy malditos son gente de temer, pero sin ellos estaríamos muertos en muy poco tiempo. Es decir, tal vez pronto lo estemos de todas maneras; y en particular, yo.”

Las colas de David y Nikola, que habían escuchado con atención el relato del capitán Makraff, se enroscaron sobre sí mismas ante la simple idea de perecer en el intento de llegar a Buenos Aires.

Continuará…


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Esperar, esperar, esperar

enero 17, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 41ava en la saga del Dr. Kovayashi.

El embarcadero no era más que un muelle antiguo hecho con troncos hermanados por lianas. No obstante, su estructura era sólida y, a primera vista parecía que se podía alcanzar la punta sin inconvenientes. La soledad le brindaba a ese paisaje un toque sobrenatural, acrecentado por la luz cenital del mediodía. Sin embargo, para desilusión del grupo, estaba desierto. ¿Cuánto tiempo habría de transcurrir hasta que algún barco pasase por allí? Y si así ocurriera, ¿se avendría el capitán a levantar a un desconocido con 2 monos y mochila? La única respuesta que pudo encontrar el doctor fue esperar.

Por tres días y tres noches vivieron sobre las maderas del viejo muelle, bebieron agua del río y se alimentaron con un dulce de guayabo desecado (de lo poco rescatable que habían dejado los mercenarios de X) que rehidrataban cuidadosamente en la orilla. En la tarde del segundo día, el doctor cayó en la cuenta de que ningún helicóptero había descendido en las inmediaciones, y esa revelación lo llevó a pensar en aquel favor absurdo que le pidiera el difunto Sr. X. ¿Sería posible que existiera gente que supiera que el cadáver de X había sido incinerado? Eso implicaría que, en cierta manera, estaban siendo observados. Lejos de sorprenderse, el doctor encontró en esos pensamientos un refuerzo para su esperanza de ser rescatado.

El sacudón del embarcadero y los gritos fueron una sola cosa. Durante la madrugada del tercer día, voces como truenos retumbaron entre los muros verticales de basalto. Despertado por el alboroto repentino, Kovayashi abrió los ojos tanto como le fue posible. Quizás debería haberse sobresaltado con la extraña silueta del catamarán polinesio que había echado amarras en el embarcadero. No obstante, dando pleno crédito a sus ojos, se incorporó de un salto, tomó sus bártulos, a David, a Nikola y se dirigió con pasos rápidos y decididos hacia el navío.

Al pie de la escalerilla, un hombre de talla imponente y mediana edad parecía estar aguardándolo. Su pelo, mechones ensortijados, se continuaba en una barba entrecana, tan gruesa y larga que parecía recortada de algún retrato de Johannes Brahms. A un breve metro del gigantón, Kovayashi detuvo en seco su carrera. Por segundos, ambos hombres exhibieron en sus miradas una cautelosa desconfianza. Luego, el silencio se quebró como un tallo seco.

- “Soy el Doctor Kovayashi. Mis amigos y yo necesitamos un aventón.”

- “¿Adónde se dirigen?”

- “Al sur, lo más lejos posible.”

El hombre, indudablemente el capitán del catamarán, hizo una mueca detrás de la barba.

“Suban, suban pronto, nos espera un largo viaje.”

Kovayashi trepó la escalerilla. Una vez en cubierta acomodó su equipaje junto a un arcón mientras el capitán terminaba de ascender y se plantaba cuan inmenso era frente al doctor, casi empujándolo con su abdomen prominente.

- “Bienvenidos al Timor. Mi nombre es Makraff. Sygmund Makraff.”


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Embarcadero a la vista

enero 8, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 40ava en la saga del Dr. Kovayashi.

Con el sol a sus espaldas, bajo un cielo interminable y despejado, Kovayashi avanzó entre las últimas palmeras antes de que la vegetación se transformara en un colchón verde sobre los ricos sedimentos que tapizaban la rocamadre de basalto. Al igual que α y β, los gorilas que los acompañaran hasta el confín de la selva, cualquier pensamiento oscuro asociado a la muerte había quedado atrás. Ahora, la naturaleza rodeaba al grupo con belleza y febril actividad. David y Nikola perseguían sendas nubes de mariposas que con destellos azules volvían una y otra vez a los varios manchones de flores que por doquier saltaban a la vista. Los escarabajos amasaban estiércol en el pasto, y también se podían ver pequeñas ranas de patas rojas y aves que parecían cortar el aire con sus vuelos en picada. En una especie de pileta que el agua había tallado en la roca, el doctor se detuvo unos instantes a calmar la sed y a lavar el barro que lo cubría. Su rostro en el agua dejaba ver una barba no menos despareja que entrecana, además de una piel que por textura y color parecía un cuero desgastado por el tiempo. Sin embargo, se alegró al reconocer que su postura y predisposición habían vuelto a ser las de antaño, y se sentía tan lleno de vida que por un rato se divirtió con la idea -exagerada, por cierto- de regresar a Buenos Aires caminando.

No habrían marchado más de tres cuartos de hora por ese paraíso cuando llegaron al borde de un acantilado muy alto. Aquellos arroyitos que bajaran de la selva con ellos se precipitaban al vacío desmembrándose otra vez en millones de gotas, en arcoiris, en vapor. Y abajo, bien abajo, como una línea dibujada en lápiz negro sobre el negrísimo negro del basalto, el interminable río y el embarcadero. La emoción se hizo carne en los tres amigos, que no cesaban de mirar, incrédulos, hipnotizados, el tajo de norte a sur proponía el río al paisaje. Sólo restaba descender hasta el embarcadero, que estaba ubicado varios cientos de metros justo por debajo de ellos.

Contrariamente a lo que creía el doctor, no fue por fortuna que descubrieran una escalera tallada en la roca aproximadamente un kilómetro al norte. Esa era la vía natural para descender al embarcadero. En el primer descanso, Kovayashi encontró varios pertrechos del ejército del Sr. X, seguramente abandonados en la huida. Nada de lo que allí había le resultó de utilidad o valor como para ser cargado, pero el hallazgo en sí le permitió comprender cómo habían llegado hasta ese punto y aventurar hipótesis sobre aquellos mercenarios. Media hora más tarde arribaron a la margen izquierda de ese río desconocido, bastante más ancho y caudaloso de lo que habían estimado a vuelo de pájaro. La costa era breve y accidentada, por lo que para recuperar mil metros hacia el sur debieron saltar rocas, esquivar troncos y vadear remansos pestilentes. Finalmente, enclavado entre dos muros que parecían cortados a cincel, el humilde embarcadero apareció ante sus ojos.


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En camino al amanecer

enero 3, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 39ava en la saga del Dr. Kovayashi.

La noche envolvía a los vivos y a los muertos con su deslucida oscuridad de wolframio. No había horario para el calor, que aun en plena noche tornaba agobiante la marcha por la selva. Desde el suelo hasta el tope del dosel todo rezumaba agua, no porque hubiera llovido sino porque el aire estaba saturado de humedad. Así avanzaban el doctor y su séquito de micos, calados hasta los huesos. Las gotas caían verticalmente con tanta fuerza que semejaban huevos de ónix. Mas no era por eso que caminaban con las cabezas gachas, no; lo hacían porque así evitaban ir al azar. El barrial se advertía apenas tenuemente bajo sus pies. Por su parte, Nikola y David preferían guiarse por el oído y corrían alrededor del doctor, ora por delante, lanzando aullidos muy agudos, ora por detrás, agitando lianas y provocando que millones de gotas cayeran desde las copas. Sin saberlo, seguían una antigua picada utilizada por el Sr. X y su ejército. Varias horas más tarde, con el ansiado embarcadero a la vista, habrían de creer que la providencia los había guiado.

Tres horas antes del amanecer, el grupo se detuvo a descansar sobre un tronco atravesado en el camino. Ninguno reconoció cuán exhausto se hallaba, aunque tal era el estado de sus fuerzas. Era una de esas situaciones en las que el cerebro necesita destinar una mayor atención al cuerpo para no caer, dejando lugar, en su desatención, a que surjan pensamientos naturalmente ocultos. En las horas anteriores, el doctor había sufrido cambios radicales en su estado de ánimo, como la alegría de saberse vivo, la ira contra David o una profunda e inexplicable tristeza luego de quemar al Sr. X. Ahora, circundado por ruidos de animales invisibles, empapado e indefenso como un anciano ciego, Kovayashi pensó concretamente en la posibilidad de caer muerto allí mismo, de no llegar a ver el sol de ese día, de no volver jamás a su hogar. Y en medio de ese torbellino de miedos, sintió un frío repentino. No obstante, estaba decidido a no darse por vencido antes de intentarlo todo. Sabía por experiencia que pronto amanecería y que entonces el calor, los mosquitos y las alimañas serían tres grandes escollos a sortear. Por eso, después de ese tiempo de quietud decidió reiniciar la marcha.

Paso a paso, metro a metro, el terreno iba ganando en inclinación. La pendiente se hacía cada vez más pronunciada en el mismo sentido de la marcha, y entonces el agua, en lugar de estancarse en charcos barrosos, corría cada vez más rápidamente en forma de pequeños arroyos que cortaban el suelo rumbo a la vaguada. A medida que bajaban, los cambios en la vegetación, aún invisibles para ellos, los obligaban a cambiar el ritmo de la marcha. Así fueron dejando atrás la selva para atravesar densos cañaverales y palmares. De repente, una brisa fresca con olor a río y a cacao los sorprendió de frente. Instintivamente cerraron los ojos y levantaron las cabezas hacia el cielo. Al abrirlos reconocieron la incipiente claridad del nuevo día, y bajo semejante belleza sintieron que la vida circulaba de nuevo por sus venas.


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La hoguera devoradora

diciembre 13, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 38ava en la saga del Dr. Kovayashi.

Tanto demoró la pareja de micos en arrastrar el cadáver hasta la hoguera que el doctor comenzó a perder la paciencia. Por su mente se arremolinaban imágenes. Una inundación cubría un caserío. En la hondonada, serena, el agua reflejaba el sol y las nubes. El paso del tiempo y la evaporación hicieron que el pueblo reapareciera. A pesar de que los viejos habitantes se alegraron, ninguno pensó en regresar. Todo allí estaba perdido para siempre. Así creía Kovayashi que era su paciencia, una delgada lámina de agua que por la proximidad de las llamas se transformaba en vapor y dejaba al descubierto un humor agrio con el que era mejor no enfrentarse.

“En ciertas ocasiones, la vida (o la muerte) se emperra en complicarnos los pasos con situaciones difíciles de comprender”, pensaba también Kovayashi mientras se agachaba para levantar al Sr. X por la melena. “Este pobre infeliz pudo haberme aniquilado una y mil veces con sólo dar una orden. Encerrado como estuve en esa celda debí esperar su designio. Sin embargo, aquí estamos ambos ante el fuego; yo, vivo, y él frío como el mármol. Decidir el destino de su osamenta atormentada, vaya tarea. Pero el favor que me pide… ¿Será que realmente existe un vínculo entre nuestras almas? Porque de ser así, no lo reconozco. Nada creo, nada siento, nada veo. Esta selva ha convertido mi sensibilidad en un cuero ajado, en una corteza putrefacta.” Poco a poco, aquel sentimiento de impaciencia se había ido modificando, y para el momento en que gritó su decisión, el doctor sentía una gran irritación consigo mismo.

- “¡Al fuego con él!” El alarido sorprendió a Nikola y a David, que tomaron al Sr. X por los pies y al tercer balanceo lo soltaron. A causa de la rigidez, el muerto se quemó como una madera dura. Tardó en encenderse, pero luego sus llamas enfurecieron la hoguera y el humo de sus músculos carbonizados ahuyentó a los mosquitos. Los tres miraron cómo se deshacía. Primero sus ropas y el pelo, luego sus facciones, después los miembros y, por último, el tronco. Sentado sobre una de las jaulas, Kovayashi llamó a David y le entregó el sobre con el dinero malhabido. “Tirálo dentro”, le ordenó. Mas David, trémulo y cariacontecido, demoró un instante como si viera en esos euros algo de verdadera importancia para un primate.

- “¡¡Tirálo ya, mono de mierda!!” Y David arrojó el sobre a la hoguera.

Después de quemar todas las aves y las jaulas, el doctor, Nikola y un desconsolado David partieron en medio de la noche rumbo al embarcadero que mencionara el Sr. X en la nota. Kovayashi debía estar pensando en lo bueno de haber retomado la marcha, aun cuando esa noche sin estrellas fuera la más oscura de su vida, o en los posibles caminos a seguir, o en que el humo del Sr. X tal vez estuviera viajando hacia la tumba de sus familiares para depositarse sobre ella. Pero el doctor no pensaba en nada de eso. Simplemente caminaba en silencio. Aquella irritación había mutado en tristeza. Una tristeza tan inmensa como difícil de comprender.



Por la amistad que nos une

diciembre 2, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 37ava en la saga del Dr. Kovayashi.

En determinadas ocasiones, los hombres que se regocijan con el ejercicio intelectual deberían darle cabida a las corazonadas antes de proceder a la acción, aun cuando luego expliquen sus aciertos o fracasos con sólidos argumentos teóricos. Así lo entendía Kovayashi, quien a pesar de no tener claro el por qué de ciertas órdenes, había enviado a sus adláteres a que encendieran una gran hoguera y que descolgaran las jaulas con las aves muertas. Días después, en circunstancias que a su debido momento serán narradas a los lectores, el doctor no encontró más justificación para los hechos que el instinto de supervivencia y la necesidad de retomar la marcha.

Anochecía. Kovayashi se hallaba mesmerizado por la sensualidad de las llamas cuando una idea fugaz lo impulsó a abrir de nuevo el sobre. Al meter la mano, esta vez hasta el fondo, sus yemas reconocieron una textura diferente, un papel suave que aun doblado al medio sobresalía entre los billetes. Su mente racional entendió que no podía ser otra cosa más que una nota del Sr. X, y por eso se apresuró a leerla.

“Una excelente respuesta, doctor. Algún día el mundo comprenderá, como usted, que se puede prescindir de la verdad pero no del amor. Espero que sepa disculparme, he sido muy descortés al sedarlo como a un animal salvaje y luego partir sin decir adiós. Pero sé que hice lo correcto. No puedo mentirle, anoche no le perdoné la vida, aunque lo habría hecho de haberme contestado usted incorrectamente. Por eso, mi amigo, dado que nada puedo exigirle sólo habré de pedirle un favor muy importante: encuentre la tumba donde yace mi familia y permítame descansar sobre sus restos. Mañana por la tarde -ya he arreglado los detalles- un helicóptero lo estará esperando en el embarcadero sobre el río negro para transportarlo hacia el noroeste. El piloto lo bajará cerca del lugar, que la selva debe de haber cerrado por completo. En el sobre encontrará dinero suficiente para compensar los gastos y las molestias. Más allá de eso, sólo le deseo buena suerte. Por la amistad que nos une, X.”

La nota se desligó de la mano y cayó al suelo como una hoja marchita. Él la siguió con atención mientras pensaba que esos vaivenes no eran sino un eco de sus vacilaciones. “¿Qué debo hacer?”, se preguntó una y otra vez, sabiendo que ninguno de los que lo rodeaban -ni los micos, ni los fantasmas de Scalisi, W y Rómulo- podían ayudarlo en su decisión. Un solo detalle de lo leído lo había alegrado: estaba a un día de un embarcadero, y un embarcadero implicaba la chance de conseguir una barcaza que lo llevara lejos de allí. Pero el resto era indigerible como un trago de fuel-oil. De cumplir el pedido del Sr. X terminaría quién sabe dónde hacia el noroeste, cada vez más lejos de su casa. Cierto era que había desarrollado una simpatía por ese infeliz y que dejarlo en el campamento sin los huesos de aquellos familiares a los que había masacrado a sangre fría quizás fuera condenarlo al desamor eterno.

Tras varios minutos de silencio y concentración, Kovayashi volvió en sí y a voz en cuello ordenó a David y Nikola que le trajeran el cadáver del Sr. X. Sin importarle que la noche se había cerrado, se echó al hombro la mochila.

- “¡Muévanse, bestias, que el camino será largo y la noche muy negra!”



Atardecer

noviembre 22, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 36ava en la saga del Dr. Kovayashi.

- “Un escorpión amarillo”, exclamó K., satisfecho de haber confirmado su diagnóstico.

Minutos después, al no encontrar mayores motivos para permanecer en la choza, giró sobre sus talones y con pasos exagerados volvió al exterior. Ya fuera por el manoseo o por la evolución normal del rigor mortis, el cadáver del Sr. X dio un pequeño respingo en la tumbona, y la esquina de un sobre de papel madera asomó bajo su trasero. Los ojos de David, quien aún sentía hostilidad hacia el muerto por cómo había tratado al doctor, se iluminaron. Tomó con premura el sobre y al ver que llevaba una inscripción manuscrita en el dorso corrió a toda carrera hasta donde se encontraba Kovayashi.

Impulsado por la curiosidad y el asombro, como todo buen científico, lo abrió sin demorar. Ante la mirada impávida de los dos monos, Kovayashi extrajo un grueso fajo de euros, tan compacto que los billetes, todos de 500 €, parecían recién fabricados. Con precisión de banquero suizo, el doctor dividió el fajo “a ojo” en siete partes iguales. Las dos primeras se las entregó en mano a Nikola, quien acusó con un chillido apagado el peso de la responsabilidad. Lo mismo sucedió al darle el segundo par de fajos a David. Un tercer par fue a parar bajo su propio calzado, mientras que el séptimo restante fue el único en ser obsesivamente contado y recontado. Después de realizar mentalmente dos multiplicaciones sucesivas, K. tuvo la certeza de que aquel sobre contenía, en total, la nada despreciable cantidad de 280.000 euros. Una vez devuelto al sobre el 100% de los billetes, ambos primates comenzaron a dar brincos y a corretear por el campamento, ajenos a la mirada reconcentrada de Kovayashi.

Por ese entonces, la luz del sol penetraba en la selva de manera tan oblicua que el contraste entre las áreas sombreadas y las iluminadas obligaba a entrecerrar los ojos. Era el instante mágico que precede al crepúsculo, cuando cada árbol, cada animal y cada bruma que se desprende del suelo se tiñe con tonalidades que van desde el anaranjado hasta el rosa. No obstante, esa tarde la selva oscureció prematuramente, como si el silencio amargo que reinaba desde de la matanza de las aves hubiera ahogado toda luz, todo perfume y toda magia. Era la misma amargura que se había adueñado del alma de Kovayashi, para quien la palabra doctor en el sobre encerraba un mensaje que excedía lo obvio, un significado que recién alcanzaría a vislumbrar con la llegada de la noche.



Un rinoceronte macho adulto

noviembre 4, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 35ava en la saga del Dr. Kovayashi.

Mucho tiempo después de que el sol tocara el cenit, Kovayashi abrió los ojos. Yacía boca arriba sobre el suelo, fuera de la celda, donde había llegado gracias a la obstinación de sus compañeros primates. Desconfiados del destino fatal del doctor lo habían arrastrado al exterior, prodigándole estimulación circulatoria y respiración boca a boca según fuera necesario. En consecuencia, verlo ponerse de pie y recobrar el control de su cuerpo representó para ellos una alegría incontenible. Por su parte, Kovayashi experimentaba una agradable paz interior, semejante a la que logran quienes templan su espíritu con el arte milenario del ayuno. No obstante, en su brazo izquierdo latía espasmódicamente un área amoratada, de cuyo centro debió desclavarse un gran dardo con plumas.

- “Membutal”, masculló entre dientes el doctor, cuyos sólidos conocimientos de química y farmacología le permitieron conservar la tranquilidad. “Esta droga puede dormir a un rinoceronte macho adulto en cuestión de minutos”, reflexionó en voz alta. Nikola y David, que habían escuchado con sus ojos bien abiertos, nunca se sintieron tan protegidos como en ese momento.

Los efectos secundarios del Membutal tampoco le eran desconocidos. Sabía que en dosis moderadas podía existir un desfasaje entre el dominio pleno del físico y del intelecto, y por esa razón se sorprendió menos de estar caminando que de descubrir que el campamento había sido abandonado. Hacía calor. El aire se movía tan lentamente que apenas agitaba el olor dulzón de los frutos del guásimo y el hedor de los animales en cautiverio. Los dos micos, mientras tanto, habían trepado a las ramas más altas del dosel y desde ahí arrojaban semillas y frutos contundentes para atraer la atención del doctor. Cuando finalmente inclinó la cabeza vio que las jaulas estaban rotas y que de sus restos colgaban, inánimes, aquellas aves coloridas que lo cautivaran a su llegada a la base. Habían sido fusiladas; sus picos ya no emitían gorgeos sino tristes gotas de sangre. ¿Habría sido la masacre obra del Belga y su ejército? ¿Y qué se había hecho del Sr. X? Nikola y David descendieron a toda velocidad hasta la puerta de la choza principal, desde donde, una vez más, atrajeron la atención de Kovayashi con chillidos y piruetas.

El ambiente de la choza era a la vez umbrío y amable, lo que reconfortó al doctor. Sin embargo, su piel se había erizado como si hubiera atravesado el aura helada de la parca. Al cabo de unos segundos, no bien se hubo acostumbrado a la penumbra, la habitación entera se reveló ante sus ojos como una fotografía vieja, y así se encontró frente a frente con el cuerpo frío del Sr. X. Había sido amarrado con sogas a una tumbona de caña; sus extremidades estaban tan contraídas y arqueadas que si se lo miraba distraídamente parecía una araña grande pisoteada. Como suele ocurrirle a los hombres de ciencia que conocen bien las vastas leyes de la Naturaleza, Kovayashi no se mostró sorprendido al notar en la piel del Sr. X. el mismo tono azulino visto en las alas de los guacamayos.

- “No caben dudas, el edema de pulmón y la contorsión sólo pudieron haber sido causados por un neurotóxico potente como el de…”

Pero el doctor no tuvo necesidad de terminar la deducción. Al abrir Nikola la boca del cadáver, un ejemplar mediano, aunque letal, de escorpión amarillo rodó pecho abajo hasta estrellarse en el suelo.



El monólogo de la celda

septiembre 29, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 34a en la saga del Dr. Kovayashi.

Disculpe la falta de hospitalidad. No estamos habituados a recibir visitas, mucho menos la de un doctor. Mi nombre permanecerá en el vacío; piense en mí como X. Yo soy el que manda en la base. Una sola palabra mía bastará para que Itzaac entre y lo desolle vivo en minutos. Pero no lo haré, sé que ud. no me dará motivos. He venido a dialogar. Hace años que guardo silencio porque los cazadores a mi cargo también obedecen a otro, al Belga. No son ni infieles ni traidores, pero hay que tomar recaudos. Usted me entenderá… cuido mi propia espalda. El Belga es inmensamente poderoso; nunca lo hemos visto, aunque él sabe de todos en esta base, a cada minuto, incluso en este mismo instante. Pero así como es poderoso también es justo. Un día se lleva sus jaulas con animales y aves maravillosas, y al siguiente deja caer alimentos, medicinas y armas desde sus helicópteros. Por supuesto, también mi paga desciende del cielo con puntualidad. Así de simple es su verdad y así es como se comporta. Mientras tanto, yo, que soy un hombre inmensamente rico, carezco de cualquier verdad. Se preguntará usted, entonces el por qué de mi vida en la selva, arriesgando la vida por fajos como este. Yo también.

El aire de la celda se agitó y entre las paredes de adobe quedó resonando el eco de un dinero malhabido. Kovayashi no precisaba abrir los ojos. Demasiados años de tratar con científicos, alumnos y funcionarios habían fortalecido su percepción del alma humana. Por ello, de lo poco que había escuchado concluyó que ese hombre sufría su locura en silencio, como un ermitaño o un monje de clausura. No pudo menos que sentir pena por él.

Pues le diré, amigo doctor, que éramos tan duros como las piedras del río blanco. Sin orgullo, dejábamos que la selva nos diera raíces y animales. Pero en la estación seca, cuando la cosecha del látex, bajábamos al embarcadero con barriles llenos sobre los hombros. ¿A cambio de qué? Legumbres, antibióticos, harina, herramientas… Nunca había visto ni un maldito billete hasta que una tarde, en ese mismo embarcadero, conocí a los hombres del Belga. Me deslumbraron, doctor. Hablaban en lenguas, vestían ropas finas y perfumadas, y en sus muñecas lucían relojes preciosos que brillaban con el sol. Después lo supe, eran de oro. Muy poco me costó entrar en confianza. Manejaban dinero en mis narices mientras hablaban de ciudades lejanas con edificios gigantes y luces artificiales. Comprenderá que me dejé seducir. Seré breve, mi querido doctor prisionero: ellos tenían en mente establecer esta base de fauna. Me prometieron todo a cambio de entregarle mi alma al Belga. Yo comandaría un ejército y cazaría piezas únicas para él. Cacatúas, guacamayos, turacos, quetzales. Yo era la persona indicada pues conocía la selva y las aves como nadie. El pago en dinero sería, y doy fe de que así ha sido, monumental. Un día, doctor, como signo de satisfacción por el acuerdo, los hombres me obsequiaron una biblia escrita con letras de oro. Entre hoja y hoja encontré billetes de todas las denominaciones y países. Yo no sabía leer, pero afortunadamente me explicaron que ese libro contenía toda la Verdad. Doce años han pasado desde ese momento… Por primera vez, mi familia y yo teníamos al alcance de las manos la oportunidad de vivir como gente decente.

El Sr. X se detuvo a pensar. La luz del habano se hizo más intensa y Kovayashi imaginó volutas de humo escapando de la celda.

Sin embargo, mi padre me prohibió regresar al embarcadero. Me sentí castigado injustamente. Tendría que haber sospechado que así iba a suceder ya que el dinero no significaba nada para él. Nada. Pero en esa oportunidad, su estúpido juicio nos condenaba, sin alternativas, a quedarnos en la pobreza más extrema. Yo amaba a mi padre, pero entonces lo odié con desesperación. No estaba dispuesto a seguir alimentándome con raíces y gusanos el resto de mis días. Por eso decidí eliminarlos a los tres: a mi padre, a mi madre y a mi hermano.

A mi padre lo ataqué primero. Un solo golpe vertical con mi pala fue suficiente para cortarle la cabeza mientras dormía. Horizontal fue el chorro espeso que regó la tierra. Acababa de comportarme bastante mal, quizás tanto como un hombre puede. ¿Debí haberme sentido mal? ¡No me conteste! Por supuesto que me sentí mal; hasta el día de hoy, doctor, doce años después, siento náuseas cuando recuerdo todo el asunto.

Durante un día y una noche cavé a través de las raíces. Por la mañana el hoyo estuvo terminado. Era profundo y estrecho. Allí arrojé los tres cuerpos, uno arriba del otro. A toditos los besé, no se crea. Y por último puse la biblia en las manos de mi hermano. El infeliz parecía uno de esos santos de las figuritas… Después de tapar el hoyo bajé al embarcadero, donde me estaban esperando para traerme en helicóptero hasta este lugar. Doce años atrás, doctor. Doce años.

La selva es un animal sorprendente, capaz de reponerse de cualquier mal mucho más rápido que los hombres. Usted debe saber muy bien por qué: el corazón es capaz de sentir amor. Por eso, antes de partir le debo hacer la siguiente pregunta, y le ruego que medite muy bien su respuesta: ¿verdad o amor?

Kovayashi supo de inmediato que su vida dependía de lo que respondiera. Nikola, que había escuchado atentamente las palabras del Sr. X, tocó dos veces la rodilla del doctor. Entonces, la respuesta surgió naturalmente como un último suspiro.

- “Amor.”

Itzaac ingresó a la celda con las pupilas dilatadas, como un felino salvaje que ignora la esencia de la oscuridad. Disparó una sola vez. Luego, el Sr. X y el guardia abandonaron la celda. Tras de sí, la puerta abierta dejaba ver el cuerpo del doctor yaciente en el barro.



Prisioneros del Paraíso

agosto 30, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 34a en la saga del Dr. Kovayashi.

Quién sabe qué circunstancias convierten a un hombre común en héroe. Tal vez una combinación única de personalidad, de momento y de lugar. O por el contrario, quizás existan hombres que nacen para ser herramientas privilegiadas de la Historia. Sea como fuere, por azar o predestinación, los héroes, los verdaderos héroes, están llamados a concretar planes y hazañas fabulosas. Independientemente de cuánto admiraran David y Nikola a quien les prometiera el brillo de la gran ciudad, ese hombre no dejaba de ser alguien común.

“Según mis cálculos, esto es así:..”, explicaba Kovayashi a su peludo amigo Nikola, que viajaba cómodamente montado en su hombro izquierdo. “Asumiendo que la superficie de piel que llevamos ahora descubierta es aproximadamente 2000 cm2 y que cada mosquito puede chuparnos una sola gota de sangre, que 20 gotas equivalen a 1 ml y que no podemos perder más de 1 litro sin pasar al otro lado, se necesitarían 20.000 mosquitos para morir desangrado. Eso sucedería, Nikola, si en un lapso dado tuviéramos 10 mosquitos por cm2, por ejemplo. Pero como no hay espacio físico para semejante densidad mosquitos (o de ronchas), la conclusión es lógica y es la siguiente, camarada: por más que esta selva esté infestada de mosquitos, es mucho, muchísimo más probable que muramos por cualquier otra causa antes que hiperpicados por estos insectos del demonio.”

De esa manera avanzaba el doctor por la selva ardiente, embriagado de una felicidad tal que había dejado de evaluar los potenciales peligros y los posibles caminos a seguir. Estaba regresando a su hogar y eso era lo único que, para bien o para mal, le importaba. Más aun que las picaduras de mosquitos, que las ramas espinosas o que las siempre amenazadoras boas constrictoras que pendían de los árboles.

Como tantos otros, Kovayashi había actuado dejándose llevar por sus impulsos sin sopesar de antemano las posibles consecuencias. ¿Cómo entender, si no, que nunca imaginara que ese humo que de su choza en llamas ascendía al cielo atraería hacia sí a una banda de cazadores marginales? Ahora era tarde, los sentidos del doctor sólo podían atender a la fría boca metálica de un fusil automático que se le había adherido a la sien derecha. “No voltear la cabeza… no voltear la cabeza…” se repetía mentalmente mientras los monitos se le enroscaban en el cuello. En el otro extremo del arma había un moreno de pelo ensortijado y blancos dientes que no sabían de sonrisas. Empujándolo con el caño desvió al doctor de su camino hasta que luego de unos unos 300 m apareció ante ellos, disimulado en la espesura, una especie de Jardín del Paraíso en el que decenas de jaulas que colgaban a gran altura entre las copas encerraban aves multicolores de una belleza jamás vista. El camino se tornó ancho; las ramas entrelazadas de los árboles, mayormente moras gigantes y andirobas, tejían una bóveda verde que servía de techo y ocultaba el sol. Al bajar la vista, Kovayashi detectó entre los troncos de las sarrapias las siluetas de muchos guardias más. Estaban armados.

- “¿Le has disparado a algún hombre alguna vez?”, preguntó el doctor, mas no escuchó del moreno sonido alguno. Después de un tiempo prudencial volvió a insistir.

- “¿Has matado a un hombre alguna vez?”

Continuaron caminando en silencio hasta llegar a una cabaña diminuta sin ventanas. Sin dejar de apuntar, el guardia preguntó en una lengua apenas reconocible, pero que el doctor identificó como una variante latina del arahuaco guyanense: ¿Cuál es su gracia?

- “Kovayashi. Doctor Kovayashi.”

El culatazo en la nuca lo catapultó al interior de esa cabaña hermética que, como dedujo horas después, era a la vez calabozo y corral ciego para animales. El doctor cayó de bruces sobre una argamasa caliente de barro y estiércol. David y Nikola aterrizaron sobre su espalda. Cuando la puerta se cerró, la oscuridad fue absoluta. Sin embargo, Kovayashi no se enteró de nada hasta que en mitad de la noche la puerta se volvió a abrir.



El largo camino a casa

agosto 12, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 33a en la saga del Dr. Kovayashi.

De haber recordado sólo algunas de las lecturas de su juventud, aquellas que distraían sus tardes como El Sargento Kirk o Apache, el doctor habría tomado ciertos recaudos antes de partir. Pero como suele sucederle a los hombres cuando actúan sin vigilar sus impulsos, Kovayashi, sin darse cuenta, estaba escribiendo en su historia un hecho cuyas consecuencias lamentaría por toda su existencia.

“Los largos años de lucha contra los indios
le habían dado al Sargento Kirk
un instinto animal de presa
y una infinita paciencia.”

Antes de abandonar el aguantadero se echo al hombro un morral deshilachado con los mínimos bártulos necesarios para el regreso. Provisiones, bebida, machete y un encendedor a bencina. Sabía por experiencia que el camino sería largo e inseguro, pero esta vez contaría con dos adláteres como David y Nikola. También llevaba los cuentos de Feather y Teller ya que aún le faltaba terminar la historia del Gringo y otros cuentos. Y para las eventualidades que, estaba convencido, surgirían durante el viaje llevaba en un bolsillo la filosa estrella que meses atrás le había obsequiado el Dr. Yang.

“Lo que ahora veía sobre el horizonte
no eran nubes sino señales de humo
que escribían en el cielo
sobre territorio Pawnee.”

Una vez fuera de la choza sintió que el amanecer le erizaba la piel como una tricota de estopa. En siete meses de selva había conocido docenas de espíritus salvajes, y el frío era uno de ellos. Por eso permitió que se le metiera por cada uno de sus poros. Al cerrar los ojos creyó estar oliendo las flores de su jardín y escuchando el traquetear apagado de los neumáticos en los adoquines. Pero el espíritu de la música, el más añorado, ése era ajeno a la selva. Hacía que las tripas del doctor hirvieran con el recuerdo de la Obertura 1812. El pecho del doctor exageraba la emoción del retorno mientras sus manos inquietas jugueteaban con el encendedor. Había aguardado con paciencia el momento de eliminar sus rastros de la faz de la tierra. Por eso su corazón y, por empatía, los de sus primates amigos se inflamaron cuando la choza estalló con un woof sofocante y abrasador que, hambriento, la hizo arder hasta el suelo. Ya se encargarían la selva y la fotosíntesis de rellenar el claro en poco días.

“Desde antes del amanecer cabalgaba por el desierto.
Ni él mismo sabía adónde iba. Lejos, eso sí.
Quizás a reunirse con los restos de los Tchatogas,
entre los que tantos estragos hiciera su carabina.”

“En marcha”, gritó Kovayashi, y cinco minutos después toda la troupe se abría camino animadamente a través del sotobosque. Nunca se había imaginado tanta compañía para el retorno. David y Nikola iban en sus hombros y Scalisi, Rómulo y la Sra. W. caminaban 30 metros por detrás. Por último, en un dosel imaginario de epífitas y lianas, α y β cumplían su palabra de llevarlo hasta la frontera.

“Así fue cómo el sargento Kirk, el teniente,
los soldados y el cacique prisionero
emprendieron la marcha hacia Fort Sherman,
adonde ninguno llegaría jamás.”

A pocos kilómetros de allí, un hombretón sucio y barbudo apostado sobre una torre disimulada en la vegetación avistó la columna de humo. Dejó por un instante sus binoculares y encendió el intercomunicador. Abajo, en el campamento, los traficantes de fauna escucharon con estupor sus dos palabras. “Tenemos visitas”. Al unísono todos amartillaron sus revólveres.



Clandestino

julio 12, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 31a en la saga del Dr. Kovayashi.

- “Nikola… David… ¡Su dulce!”

Como consecuencia del pasaje a la clandestinidad, el humor del Dr. Kovayashi había sufrido cambios como nunca antes en su vida. Podía moverse con facilidad entre extremos tales como la felicidad de ser libre y la angustia asfixiante de la soledad. Dos primates lo habían aceptado bajo su tutela, visitándolo a diario para llevarle frutas y prodigarle cuidados; a cambio, sólo le exigían generosas porciones de dulce de guayaba, que él compartía de buena gana. Había llegado al borde de su existencia. No tenía con quién hablar excepto Nikola y David, cuyas energías vitales le recordaban a Tesla y a Bowie. Con frecuencia, harto de mirar las cuatro paredes de caña de su choza, salía a caminar por la selva enmarañada. Llevaba consigo la estrella ninja y practicaba puntería contra el grupo de monos que no se animaban a visitarlo. Nikola y David se abstenían de gesticular al respecto pues entendían que esas muertes no eran en vano: con ellos, el Doctor preparaba exquisitos consomés.

Desde que escapó de Argentina, el Doctor debió sortear problemas complicados, desde cruzar fronteras por pasos ilegales, improvisar canoas con troncos de bombacáceas, atravesar ríos de aguas turbillonarias, enfrentarse con traficantes de fauna a machetazo limpio, o extraviarse en pantanos infectos, al límite de sus fuerzas.

No obstante, sus ansias de libertad lo fortalecieron y estimularon. El aguantadero selvático donde vivía era una choza construida sobre un terreno elevado, donde casi todos los días caían aguaceros de corta duración. Al salir el sol, el vapor de agua subía desde el suelo en forma de neblinas lechosas. En esos momentos, el Doctor imaginaba que al levantarse la humedad volvería a encontrarse cara a cara con el homúnculo de la bolsa de bruma y su amigo de la túnica iridiscente. Después, al regresar de su ensueño, era capaz de arrojar la estrella mil veces más fuerte. Pero matar animales no lo hacía menos infeliz.

¡En qué poco tiempo el alma de Kovayashi había caído en la angustia y la tribulación! Después de siete meses ya no le alcanzaba con saber que allí estaba seguro. Las mañanas, las tardes y las noches habían perdido su atractivo natural y apenas le servían de fondo para evocar los tiempos idos. En ocasiones creía ver al viejo Scalisi y a la Sra. W. y su esposo Rómulo errando como Curajhy-Yarás por el laberinto de hojas y lianas. Sus gemidos de fantasmas en pena lograban socavabar la culpa del Doctor ya que, de alguna manera, él los había ayudado a morir. Su antigua estima por la raza humana había flaqueado al extremo de confundirse con el odio. Y en el sinsabor del ostracismo juró por sí mismo y por el verdor que lo rodeaba regresar pronto a su barrio para rehacer su vida, o lo que le quedaba de ella.

En ese estado cercano a la depresión, Kovayashi se preguntó muchas veces qué sería de Heriberto Feather y Ferdibaldo Teller, a quienes se sentía hermanado por haber ajusticiado a Jorgito Kandraski. De ellos conservaba el recuerdo de sus rostros y un voluminoso manuscrito que tenía menos de novela que de collage de textos. El Doctor se consideraba a sí mismo un excelente crítico literario, por lo cual sufría al no poder decirles personalmente a esa pareja de mequetrefes cuán execrables le resultaban sus escritos. Había discurrido por las páginas de cuentos como Dos guitarras y un cajón peruano y La cita estaba agendada, sintiéndose no menos que indignado por tamaña mediocridad. Incluso había comenzado a leer otro cuento, El perro era dulce, pero decidió abandonarlo por su longitud exagerada. No dudaba de que Feather y Teller eran tan malos con la pluma como con la 9mm.

De repente, Nikola y David se descolgaron desde las ramas de un inmenso árbol de San Francisco para caer sobre las piernas del Doctor, que todavía se medía la voluntad en su camastro de pieles de mono. Ambos traían en sus diestras sendos frutos maduros de pitajaya para compartir con su protegido. Sin abandonar su posición horizontal, Kovayashi partió los frutos con sus manos y levantándolos cual ofrenda a un dios en el que no creería nunca más, brindó con sus peludos amigos.

- “Nikola, David… brindo porque el regreso sea pronto e inmensa nuestra alegría. Porque quiero que sepan, mis fieles amigos…” declamó el Doctor llevándose una mano al corazón “…que no me iré solo de este lugar.”

Las palabras sonaron tan emotivas que Nikola, David y el mismísimo Kovayashi comenzaron a sacudirse con las vergonzosas convulsiones del llanto. Después de consolarse en un abrazo colectivo, los primates huyeron a la selva para engullir el dulce de guayabo. Mientras tanto, el Doctor había conciliado un sueño depresivo que lo retuvo en su camastro por el resto del día.



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