La historia del Timor (III)

mayo 18, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 46ava en la saga del Dr. Kovayashi.

La historia del Timor (II) | Continuará…

- “Créame, doctor, que realmente había llegado a apreciar a ese holandés. Mi alma estaba compungida por lo extremo de la situación, pero no tenía sentido buscar alternativas. Él había quebrantado su palabra como un vulgar bribón de taberna. Para nosotros, la palabra vale tanto como un barril de agua dulce en medio del mar. Con paciencia dejamos que el tiempo transcurriera hasta el momento adecuado. Eso ocurrió una mañana después de navegar cauce arriba el Xingú hasta los recodos solitarios del Tanguro. Hallamos los primeros remansos bajo el sol de la media tarde. Entonces lo sacamos de su camarote, donde dormía inconsciente abrazado a dos botellones vacíos de Shandy Sorrel, y lo subimos a cubierta. Cada uno cumplía su parte, debíamos actuar rápido. Yo lo sostenía por los cabellos a 50 cm del piso, El Palmera le arrancaba la ropa y Patinho le cortajeaba las carnes con su cuchilla de cocina. No se imagina cómo aullaba el hombrecito al recobrar la conciencia, agudo y largo como un cochino. Abría sus pequeños ojos enrojecidos y daba coces cual pony asustado. Antes de que la sangre nos arruinara la madera del piso lo hice bascular un rato por babor y después de la despedida abrí la mano. El agua se conmovió con borbollones rosados.”

- “¿Pirañas?”, preguntó el doctor, levemente agitado. Makraff asintió.

- “Se lo deglutieron en pocos minutos. Una semana después, usando los documentos del muerto, El Palmera bajó a tierra y consiguió retirar del banco la totalidad del dinero, que, como sospechábamos, era una pequeña fortuna, o más. Nos lo dividimos en partes iguales.”

- “Debo suponer que luego usted se autoproclamó Capitán del Timor…”

- “Por todos los dioses del firmamento y los que estén en esta tierra… ¡déjeme seguir con mi historia! Obviamente, yo era el único capaz de continuar al mando del barco y el negocio. Yo tenía mis propias ideas al respecto, y además, si bien El Palmera y Patinho siempre han sido buenos marineros, son tan brutos como bestias de noria, o más. El Timor es propiedad de los tres, sí, pero en muy poco tiempo será solamente mío. Usted me entiende…”

Makraff hizo un ademán con su dedo índice, frotándoselo horizontalmente de izquierda a derecha por su inconmensurable epiglotis. Luego prosiguió el relato.

- “Ese par de viejos no siempre funcionan, usted me entiende… Hoy en día, mi mercadería sigue siendo de altísima calidad, y no puedo permitir que decaiga. Además, de dos años a esta parte he comenzado a vender muchachitos indios. Se los llevan a Europa, donde los prefieren antes que a las orientales, y… Espere un momento, se me acaba de ocurrir una idea genial. Usted es un hombre vigoroso, doctor. Le propongo que se sume a mi tripulación y me ayude en la rustificación de la mercadería. ¿Qué le parece?”

- “Me honra con su proposición, Makraff, pero yo soy un científico antes que un lobo de mar, o de río.”

- “Lo entiendo y comprendo a la perfección, doctor.”

En ese instante, pleno mediodía a juzgar por la brevedad de las sombras, el sonido de una campana de bronce templado llegó a cubierta. El capitán se excusó y bajó a la cocina para controlar personalmente el almuerzo. David y Nikola no le habían quitado los ojos de encima durante todo el relato. Aprovechando el momento de soledad, el doctor les aclaró las ideas.

- “Antes de sodomizar un indiecito en la bodega prefiero bajar a tierra y que me reduzcan la cabeza. O que me devoren las pirañas. Nosotros vamos derechito a Buenos Aires, ¿entendido?”

En eso, los pesados dos metros de altura del capitán saltaron ágilmente a cubierta. Apoyada en su gran barriga llevaba la bandeja repleta de trozos de carne roja asada. Sólo carne.

- “Vuestro almuerzo. Espero hagan provecho de él”, dijo con su vozarrón de trueno y regresó a las vísceras del Timor, donde permaneció hasta el anochecer.

Continuará…


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Vuelto

julio 10, 2010

Daisy no salía de su asombro (y hasta sintió algún escalofrío) cuando Micaela terminó su relato sobre el regreso de Smorthian. Pero Micaela todavía tenía más para contar. Además, el regreso a sus hoteles se había demorado por la larga caminata y quedaba tiempo para el corolario, una anécdota más que mucho tenía que ver con aquel relato épico. Daisy continuó escuchando a su nueva amiga…

El otoño estaba a punto de cambiar de nombre y los días eran breves y apagados, como esa tarde de jueves. De un momento a otro empezaría el crepúsculo. Dos horas antes había terminado una tormenta, por lo que el aire estaba húmedo y cargado de electricidad. Hacía tres días que el pescador Juan tenía su barcaza sobre la arena, y recluido en su rancho esperaba que clareara de una buena vez. Era demasiado tiempo para su magra alacena: nada le quedaba de yerba, y tampoco tenía ya más velas ni aceite; ni siquiera había gas en el farol. Cuando paró de llover aprovechó para subir a la duna más alta a fumar las últimas hebras de tabaco. Podía pasar horas mirando la curvatura del horizonte.

Un plano inclinado suave y prolongado lo llevó de regreso a su rancho. Durante el descenso notó un ligero cambio en las olas. Chocaban contra algo y salpicaban a su alrededor. No pudo precisar de qué se trataba, pero estaba seguro de que no era una roca. Intrigado, terminó de bajar a la playa con largas trancadas, y gracias al envión alcanzó fácilmente la orilla.

Inmensa fue la sorpresa de Juan cuando vio que las olas al chocar mostraban, como caladas en el agua, una silueta humana. Poco a poco, la silueta fue adquiriendo el volumen de un cuerpo. El desconocido salió del agua completamente desnudo y caminó hasta quedar cara a cara con el pescador. Era alto y robusto. En esa época, el mar solía estar bastante frío, aunque eso no parecía afectarlo demasiado, como tampoco las dos heridas que en su pecho sangraban abundantemente.

Juan lo llevó a su rancho, lo curó y lo vistió con unas ropas que olían a pescado en descomposición. No charlaron demasiado. En un principio, el hombre parecía desorientado; si a duras penas podía hilvanar las palabras, mucho peor le iba con las frases. Sin embargo, el paso del tiempo y el calor dulce del hogar le fueron haciendo madurar su identidad. La noche cayó sin remedio, y el cansancio los abatió. Precavido, Juan durmió con las yemas de los dedos sobre su cuchilla de pescador.

Cuando despertó por la mañana, el hombre ya se había ido.

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Ido

mayo 10, 2010

Y Micaela prosiguió su relato.

_ “El hombre siguió su camino por la orilla en dirección a la ensenada. Pisaba con cierta dificultad debido al ataque del cangrejo. En las plantas de sus pies se hundían por igual caracoles, conchilla y ramitas, la despareja resaca del mar. En otro momento habría disfrutado el calor picante del sol sobre los hombros, pero en esa ocasión ni siquiera recordaba su propio nombre. Ignoraba por qué su interior se había convulsionado al extremo de no poder discernir si sus recuerdos eran propios o ajenos. Así fue como se identificó con la arena turbulenta que cargan las olas; nunca descansa ni se deposita. Sólo en unas pocas oportunidades a lo largo de la historia universal, sus granos repitieron la misma posición relativa. Algo parecido estaba sucediendo con las imágenes que desfilaban frente a sus ojos mientras caminaba. Creyó que estaba mirando el girar de una calesita a través del agujero de una cerradura, o los dibujos cambiantes de un caleidoscopio. En ciertos momentos, su atención regresaba a la orilla y gozaba con el frío del agua que lo empapaba hasta las rodillas. Luego, ese mismo mar se transformaba en extensos campos con pastizales, cultivos y ovejas.”

_ “Sin haber dejado de caminar y casi sin darse cuenta, el hombre llegó a la ensenada. Varias personas lo saludaron agitando sus manos, y alguno hasta gritó un nombre que nada significó para él. La playa le resultaba desconocida y familiar al mismo tiempo, y eso lo molestaba demasiado. Notó que su estado de ánimo, semejante a la furia, lo estaba empujando hacia el mar abierto. Dos ancianas comentaron cuán temerario era ese hombre que se internaba hasta la rompiente, con el agua a la cintura, muy cerca de una punta de piedra recubierta por mejillones. No podían dar crédito a sus ojos. Observaron los temblores espasmódicos que lo hacían sacudirse como un arlequín, y también lo oyeron gritar como poseído. Una primera gran ola pasó por encima del hombre y lo transformó en una entidad traslúcida, como si el agua le hubiera lavado los huesos y las entrañas. A través de su tórax vieron cómo una segunda ola lo embistió de frente, aunque apenas salpicó. La tercera gran ola ocupó mansamente el lugar donde él ya no estaba. Había desaparecido.”

_ “Perdonáme, ¿estás diciendo que el hombre no se ahogó sino que se ‘esfumó’?, preguntó Daisy, incrédula.

_ “Exacto. Regresó a otra dimensión, a un lugar muy distante y muy antiguo.”

_ “¡Pero eso es imposible!”, llegó a acotar risueñamente Daisy antes de que un adorno de cerámica cayera desde un estante en la pared, a medio metro de su lugar.

_ “Te recomiendo, Daisy, que nunca más vuelvas a dudar de mis palabras cuando evoquen las de mi padre, Daibushi, que es el que te ha arrojado esa estatuilla…”, dijo en voz baja Micaela después de que el personal del restaurant terminara de barrer y se alejara. “Si me prometés guardar el debido respeto, tengo una historia muy importante para contarte.”

_ “No abriré la boca, lo juro.”

Y de esa manera, Daibushi, el poderoso, comenzó a contar el regreso de Smorthian: hablando a través de la boca de su querida hija Micaela.

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Cerdo y vino en Manhattan

marzo 15, 2010

Después de caminar durante un largo rato, Micaela y Daisy lograron ubicar un restaurant en el cual cenar algo de carne. Ya era noche cerrada cuando entraron a Brother Jimmy’s BBQ, justo en la esquina de la 8va Avenida y 31st St. Ya habían hablado mucho, pero estaban seguras de que el vino les permitiría un buen plus.

_ “Como te decía, él es muy sabio y muy poderoso”, dijo Micaela. Nunca antes había fallado en guardar silencio sobre su padre, pero esa noche el alcohol y las costillas de cerdo ahumadas le habían relajado la lengua. La intriga estaba creada, y Daisy reaccionó tal como era esperable.

_ “Me encantaría conocerlo.”

_ “Lo dudo… Es decir, creo que definitivamente no te caería bien. Además, es imposible. Desapareció físicamente hace ya unos años. Y antes de que lo preguntes: no, no murió. Sólo pasó a un estado esencial más elevado, inmaterial. En ocasiones se comunica, aunque sólo conmigo.”

_ “Entonces, me fascinaría que me contaras algo de su vida, algún detalle que me lo describa.”

_ “Tampoco lo entenderías. Lo que sí te puedo contar es alguna de las historias que él me contaba a mí cuando era una niña. Recuerdo una fantástica acerca de lo que le aconteció un día a un hombre que caminaba por la playa.” Micaela intentaba recomponer la situación. Callaría sobre él y no decepcionaría a Daisy (o, al menos, eso creía).

_ “Suena tonto, pero adelante, contáme…”, dijo Daisy a su nueva y rara amiga.

Así fue como Micaela comenzó un relato que se prolongaría por horas, más allá, incluso, del cierre del restaurant.

_ “El hombre del traje de baño diminuto se había detenido justo en donde el arroyo se unía al mar. Su altura afortunada, sus músculos trabajados y el color bronce de su piel hicieron que varias mujeres posaran por un rato sus miradas en él. Pero llamar la atención no parecía, ni por asomo, su propósito. Detrás del muro de sus gafas oscuras, el hombre miraba el agua como buscando alguna explicación.”

_ “Allí estuvo parado durante mucho tiempo y aprendió que el mar enfurecido era capaz de montarse sobre el río hasta hacerle perder su identidad, pero también que el río, con sus aguas cálidas llenas de cangrejos, podía empujar al Atlántico durante la bajamar. Y, además, notó que el viento que sacudía su pelo provenía del sureste, y que las nubes más altas del cielo se dirigían, sin embargo, hacia el mar.”

_ “Quizás (nadie puede saberlo) encontrara en esos fenómenos naturales cierto consuelo, cierta esperanza, y tal vez el oleaje destrabara sus piernas. Cuando el hombre avanzó, todos en la playa advirtieron cómo aquel primer paso que lo adentrara en el río terminó en un brutal pellizcón de cangrejo. Y todos sonrieron tal como lo harían si algún peatón resbalara al pisar una cáscara de banana en las veredas de cualquier ciudad.”

_ “Por favor, no te detengas…”, pidió Daisy. “…es muy divertido. Por cierto, ¿cómo se llama tu padre?”

_ “Lo sabrás a su debido momento.”

Y después de atacar un bocado de cerdo y beber algo más de su vino tinto de mala muerte, Micaela prosiguió pausadamente la historia del hombre ido.

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