El regreso de Smorthian (parte I)

mayo 19, 2010

A continuación transcribo de la mejor manera posible (aunque ya sabemos cuán traicionera es la memoria en ciertos casos) el relato que Daisy me hizo acerca de la fantástica historia que Micaela le contara durante la cena en Manhattan, y en la caminata de regreso a sus hoteles.

En el ambiente más bucólico imaginable, rodeada por colinas de cimas curvas y llanos en donde se entremezclaban cultivos, bosques y pastizales, la comarca estaba a punto de sufrir los días más trágicos de su historia. Desde tiempos muy lejanos, tan antiguos que ni los pobladores más viejos podían recordar, y mucho menos precisar, esa campiña había estado habitada por pastores y agricultores que cuidaban sus animales y labraban la tierra. La mejor vista de toda la comarca la ofrecían las rocas más altas de las colinas, y por eso –siempre y cuando el trabajo lo permitiera– la gente trepaba por las laderas rocosas para admirar el mosaico marrón-verdoso de las tierras labradas, los pastos y los bosques. Desde lo alto siempre se podía ver a algún labrador arrodillado sobre los terrones, o rebaños de ovejas pastando, o percherones y bueyes que tiraban en yunta de herramientas de labranza muy pesadas. Pero si algo había caracterizado a la comarca por siglos y siglos era el pacífico discurrir de los días; y esa, tal vez, fuera una buena explicación para la longevidad de la mayoría de los habitantes y para la baja densidad de tumbas alrededor de las casas.

Friederick era un joven fuerte y justo que habitaba uno de los predios del norte, cerca de la colina que hacía las veces de límite con las tierras que descendían hacia el Mar de Agar. No había formado familia aún, y se dedicaba a labrar sus tierras todo el día hasta el comienzo del crepúsculo. Su alma poseía tanta nobleza como buenas intenciones. Al final de cada jornada, después de las tareas agotadoras del campo, solía escalar la colina para, en la cima, sentarse en una roca inmensa a mirar el horizonte y el mar, un mar muy lejano, y a dejar que las ráfagas heladas del polo calmaran el calor de su frente. Pasaba largos ratos en la misma posición, tocando la flauta que su padre le había obsequiado antes de morir, labrada en una sección de colmillo de narval. En ocasiones, y sin que Friederick lo percibiera, algunos niños subían por detrás de él para espiarlo. Luego, las mujeres menos pudorosas seguían a sus hijos para, so pretexto de hacerlos bajar de esas rocas peligrosas, apreciar la dulzura con la que Friederick ejecutaba aquel llamativo instrumento. Ellas decían que su música era seductora, aunque más lo eran sus músculos y la apretada trenza de cabellos castaños. Los hombres, por su parte, se mofaban de sus esposas, aunque estaban seguros de que el espíritu de Friederick, al nacer, había sido agraciado con alguna forma de divinidad, y que él usaba su flauta para comunicarse con los dioses. Además, los niños lo admiraban porque sabían que el solitario Friederick era capaz de hacer magia buena para proteger a todos los habitantes de la comunidad, al igual que a sus cultivos y animales.

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Ido

mayo 10, 2010

Y Micaela prosiguió su relato.

_ “El hombre siguió su camino por la orilla en dirección a la ensenada. Pisaba con cierta dificultad debido al ataque del cangrejo. En las plantas de sus pies se hundían por igual caracoles, conchilla y ramitas, la despareja resaca del mar. En otro momento habría disfrutado el calor picante del sol sobre los hombros, pero en esa ocasión ni siquiera recordaba su propio nombre. Ignoraba por qué su interior se había convulsionado al extremo de no poder discernir si sus recuerdos eran propios o ajenos. Así fue como se identificó con la arena turbulenta que cargan las olas; nunca descansa ni se deposita. Sólo en unas pocas oportunidades a lo largo de la historia universal, sus granos repitieron la misma posición relativa. Algo parecido estaba sucediendo con las imágenes que desfilaban frente a sus ojos mientras caminaba. Creyó que estaba mirando el girar de una calesita a través del agujero de una cerradura, o los dibujos cambiantes de un caleidoscopio. En ciertos momentos, su atención regresaba a la orilla y gozaba con el frío del agua que lo empapaba hasta las rodillas. Luego, ese mismo mar se transformaba en extensos campos con pastizales, cultivos y ovejas.”

_ “Sin haber dejado de caminar y casi sin darse cuenta, el hombre llegó a la ensenada. Varias personas lo saludaron agitando sus manos, y alguno hasta gritó un nombre que nada significó para él. La playa le resultaba desconocida y familiar al mismo tiempo, y eso lo molestaba demasiado. Notó que su estado de ánimo, semejante a la furia, lo estaba empujando hacia el mar abierto. Dos ancianas comentaron cuán temerario era ese hombre que se internaba hasta la rompiente, con el agua a la cintura, muy cerca de una punta de piedra recubierta por mejillones. No podían dar crédito a sus ojos. Observaron los temblores espasmódicos que lo hacían sacudirse como un arlequín, y también lo oyeron gritar como poseído. Una primera gran ola pasó por encima del hombre y lo transformó en una entidad traslúcida, como si el agua le hubiera lavado los huesos y las entrañas. A través de su tórax vieron cómo una segunda ola lo embistió de frente, aunque apenas salpicó. La tercera gran ola ocupó mansamente el lugar donde él ya no estaba. Había desaparecido.”

_ “Perdonáme, ¿estás diciendo que el hombre no se ahogó sino que se ‘esfumó’?, preguntó Daisy, incrédula.

_ “Exacto. Regresó a otra dimensión, a un lugar muy distante y muy antiguo.”

_ “¡Pero eso es imposible!”, llegó a acotar risueñamente Daisy antes de que un adorno de cerámica cayera desde un estante en la pared, a medio metro de su lugar.

_ “Te recomiendo, Daisy, que nunca más vuelvas a dudar de mis palabras cuando evoquen las de mi padre, Daibushi, que es el que te ha arrojado esa estatuilla…”, dijo en voz baja Micaela después de que el personal del restaurant terminara de barrer y se alejara. “Si me prometés guardar el debido respeto, tengo una historia muy importante para contarte.”

_ “No abriré la boca, lo juro.”

Y de esa manera, Daibushi, el poderoso, comenzó a contar el regreso de Smorthian: hablando a través de la boca de su querida hija Micaela.

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Cerdo y vino en Manhattan

marzo 15, 2010

Después de caminar durante un largo rato, Micaela y Daisy lograron ubicar un restaurant en el cual cenar algo de carne. Ya era noche cerrada cuando entraron a Brother Jimmy’s BBQ, justo en la esquina de la 8va Avenida y 31st St. Ya habían hablado mucho, pero estaban seguras de que el vino les permitiría un buen plus.

_ “Como te decía, él es muy sabio y muy poderoso”, dijo Micaela. Nunca antes había fallado en guardar silencio sobre su padre, pero esa noche el alcohol y las costillas de cerdo ahumadas le habían relajado la lengua. La intriga estaba creada, y Daisy reaccionó tal como era esperable.

_ “Me encantaría conocerlo.”

_ “Lo dudo… Es decir, creo que definitivamente no te caería bien. Además, es imposible. Desapareció físicamente hace ya unos años. Y antes de que lo preguntes: no, no murió. Sólo pasó a un estado esencial más elevado, inmaterial. En ocasiones se comunica, aunque sólo conmigo.”

_ “Entonces, me fascinaría que me contaras algo de su vida, algún detalle que me lo describa.”

_ “Tampoco lo entenderías. Lo que sí te puedo contar es alguna de las historias que él me contaba a mí cuando era una niña. Recuerdo una fantástica acerca de lo que le aconteció un día a un hombre que caminaba por la playa.” Micaela intentaba recomponer la situación. Callaría sobre él y no decepcionaría a Daisy (o, al menos, eso creía).

_ “Suena tonto, pero adelante, contáme…”, dijo Daisy a su nueva y rara amiga.

Así fue como Micaela comenzó un relato que se prolongaría por horas, más allá, incluso, del cierre del restaurant.

_ “El hombre del traje de baño diminuto se había detenido justo en donde el arroyo se unía al mar. Su altura afortunada, sus músculos trabajados y el color bronce de su piel hicieron que varias mujeres posaran por un rato sus miradas en él. Pero llamar la atención no parecía, ni por asomo, su propósito. Detrás del muro de sus gafas oscuras, el hombre miraba el agua como buscando alguna explicación.”

_ “Allí estuvo parado durante mucho tiempo y aprendió que el mar enfurecido era capaz de montarse sobre el río hasta hacerle perder su identidad, pero también que el río, con sus aguas cálidas llenas de cangrejos, podía empujar al Atlántico durante la bajamar. Y, además, notó que el viento que sacudía su pelo provenía del sureste, y que las nubes más altas del cielo se dirigían, sin embargo, hacia el mar.”

_ “Quizás (nadie puede saberlo) encontrara en esos fenómenos naturales cierto consuelo, cierta esperanza, y tal vez el oleaje destrabara sus piernas. Cuando el hombre avanzó, todos en la playa advirtieron cómo aquel primer paso que lo adentrara en el río terminó en un brutal pellizcón de cangrejo. Y todos sonrieron tal como lo harían si algún peatón resbalara al pisar una cáscara de banana en las veredas de cualquier ciudad.”

_ “Por favor, no te detengas…”, pidió Daisy. “…es muy divertido. Por cierto, ¿cómo se llama tu padre?”

_ “Lo sabrás a su debido momento.”

Y después de atacar un bocado de cerdo y beber algo más de su vino tinto de mala muerte, Micaela prosiguió pausadamente la historia del hombre ido.

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