Espejismos

enero 14, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 27a en la saga del Dr. Kovayashi.

El living recibía con alivio la sombra entrecortada de la persiana de barrio. La atmósfera húmeda era apenas tolerable, pero en la calle el aire literalmente hervía. Era el momento de la siesta. Todo quemaba; incluso, sobre los adoquines de Tres Sargentos se podía ver el ondular de los espejismos. Con un mismo impulso, Kovayashi dio un portazo, arrojó con furia el sobre de papel madera y fue a la cocina a servirse dos vasos de té frío con limón. Las hojas volaron por todo el cuarto.

Había vivido el stress de creerse en peligro. Sabía que eran sólo conjeturas atadas con hilo dental, pero había aprendido a confiar en la intuición. Llevó los vasos a su escritorio; leería algunos manuscritos de sus dirigidos. No era algo que le resultara placentero ya que pocos de ellos sabían escribir bien. Sólo debía hacer el trabajo, devolvérselos por email y a otra cosa. Sentado en su amado sofá dejó que las primeras páginas discurrieran entre sorbo y sorbo, empapándolas con el sudor de los vasos. El Doctor notó que sutilmente sus párpados iban dejándose caer, al tiempo que su vista saltaba anárquicamente de un párrafo a otro. En cuestión de minutos estuvo dormido como un lirón.

¿Cómo explicar que no demasiadas semanas atrás le era imposible conciliar el sueño sin pastillitas, y ahora, después de cortarle el cuello a una persona, dormía la siesta como un bebé? Era algo sobre lo que el Doctor no se atrevía a pensar.

El sueño lo acogió como lecho de plumas de caburé. Un aula de la facultad era el escenario, y sus estudiantes de doctorado, los protagonistas. “Lo de siempre”, razonó. Querían sus trabajos corregidos y se los reclamaban airadamente. A un tris de despertarse, Kovayashi les pidió que se calmaran e hizo algunas promesas vagas. Así logró deshacerse de ellos: sin abrir los ojos y sin violencia. Eso lo satisfizo. Luego deambuló por varias aulas portando en una mano el sobre de manuscritos sin corregir. A cada paso, el sobre lo incomodaba más y más, por lo que decidió dejarlo abandonado sobre un escritorio cualquiera. De repente, la perdida de los manuscritos le causó angustia. “Me van a denunciar”, se lamentó. Sin embargo, siguió avanzando. El sueño lo condujo por un corredor largo y poblado de oficinas a ambos lados. Sin motivo aparente ingresó a una de esas oficinas, donde una recepcionista muy bonita lo invitó a tomar asiento y esperar. No había transcurrido mucho tiempo cuando le avisó que lo estaban aguardando. Frente a sí apareció una puerta que no había visto antes, de madera trabajada y con una placa de bronce ilegible. Al ingresar se percató de que estaba en su propio escritorio. Giró la cabeza hacia la izquierda y, sorprendido, pudo verse a sí mismo dormido sobre el sofá. Más sorprendido aun, a su derecha, desnudos y alegres como si nada les hubiera pasado últimamente, lo aguardaban sus (ex)buenos vecinos Rómulo y W.

_ “¡Qué gusto verlo de nuevo, Doctor!”, se adelantó a hablar la Sra. W., y señalando con su índice hacia el sofá añadió: “Por favor, no meta ruido, podría despertarse…” Rómulo estaba sentado en la silla de la PC. Observaba alternativamente al Doctor y a su esposa, siempre con una amplia sonrisa. Por su parte, W. permanecía de pie como preparada para desaparecer, si fuera necesario.

_ “Tenemos poco tiempo, Doctor, y Rómulo quiere decirle algo muy importante.” Entonces, el foco de la atención recayó en el bueno de su marido. Kovayashi notó que Rómulo abría la boca pero las palabras no le salían. Tan grande abrió la boca que el Doctor pudo ver un objeto plateado que brillaba detrás de su campanilla. “Un momento”, dijo la Señora W., quien metiéndole la mano hasta el fondo logró extraerle una caja metálica alargada. De ella sacó una hojita manuscrita que entregó al Doctor. Luego volvió a colocar la caja en la garganta de Rómulo. La caligrafía era espantosa, mas Kovayashi se las arregló para leer el texto completo.

“Doctor Kovayashi, ya sabe que tanto W. como yo estamos… Puedo ver cosas que ni se imagina, ya le contaré algún día. Ahora es importante que sepa que hay peligro cerca, que ande con pies de plomo. Cuídese de Kandrasky. También de esos dos impostores, pero más de Kandrasky.”

_ “¡Kandrasky!”, dijo Kovayashi justo en el momento en que la pareja comenzaba a desvanecerse. Rómulo y W. se pararon y sin dejar de sonreirle lo saludaron y atravesaron el muro hacia la que, en vida, fuera su casa.

_ “¿Kandrasky?”, se preguntó Kovayashi al despertar en su sofá. Estaba empapado de transpiración, al igual que el tapizado. “¿¡Quién es Kandrasky!?” Desconocía la respuesta.

En una veloz carrera salió de su casa y no paró hasta detenerse frente a la puerta clausurada de la que fuera la casa de Rómulo y W. “No. No es posible…”, dijo para sí con más negación que incredulidad, y regresó a su casa, a su sofá, para continuar la lucha con los manuscritos.

En la esquina, los espejismos no cesaban de danzar.

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Jingle Bell

diciembre 28, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 25a en la saga del Dr. Kovayashi.

Kovayashi repasó uno por uno el grupo entérico: “Escherichia, Enterobacter, Salmonella, Shigella, Proteus, Pseudomonas, Alcaligenes”. El olor a mierda en ese baño de hospital era inaguantable y mientras despresurizaba la vejiga tenía que evitar pensar en que estaba aguantando la respiración y que aún le quedaba bastante por desagotar. Tenía los ojos cerrados; mantenía aprisionado el antebrazo entre la cabeza y la pared de azulejos encima del mingitorio. Pero de nada le sirvió el esfuerzo, para cuando cerró la bragueta ya llevaba un buen rato respirando inmundicia. “¡Qué baranda! Este hijo de puta se desayunó una momia”, pensó frente el espejo mientras peinaba sus pocos rulos con los dedos mojados. “Es así, hermano, sos vos”, parecía decirle el espejo. En ese estado permaneció un instante, pensativo, mesmerizado por su propio reflejo, hasta que un chistido lo devolvió a la realidad.

_ “Psst… Psst… Disculpe, maestro, ¿me alcanzaría tres o cuatro hojitas de papel?” El hombre del intestino enloquecido agitaba su diestra por debajo de la puerta del cubículo. Esperaba. Kovayashi, a la vez diligente y desconfiado, colocó ese preciado papel en la palma del desgraciado y fue entonces cuando vio que su manga era de tela roja, brillante, y que remataba en un puño de alba pomposidad. No cabía duda, era un disfraz de Santa Claus. “Gracias, amigo, y que Dios lo bendiga…” le dijo la voz tras de la puerta. Este extraño episodio le permitió al Doctor elaborar una hipótesis que postulaba que Papá Noel lo estaba vigilando.

El doctor Brontes, cuya oportuna intervención salvara a Kovayashi de ser expulsado del hospital de una patada en el trasero, lo estaba esperando fuera del baño. Minutos atrás, la joven recepcionista había arrojado a la cara de Kovayashi un “No puedo dejarlo pasar, son las reglas”, y eso fue justo antes de asustarse con el estruendo, antes de que en su mostrador se estrellara un puño que tendría que haberse manchado de rouge. Un arrebato de ira el del Doctor, sin dudas… pero, por Satanás, ¡cuánta imprudencia! Él, que siempre supo ser un ejemplo de buena educación, de inteligencia, se había colocado tontamente en el foco de las miradas. Y todo por desconocer el apellido de Rómulo… Ni siquiera un cambio de actitud frenaría lo inevitable. Podía haber escuchado los pasos decididos del guardia de seguridad, incluso hasta podía haberlo visto venir en las retinas de la chica. Pero ella había bajado los párpados y el celoso guardia procedió a detener al Doctor echándole con sus brazos un candado alrededor del cuello. ¡Y cómo apretaba el bastardo! Esa era la situación cuando una orden tajante de Brontes bajó del Parnaso de los médicos para liberarlo del guardia.

_ “¿Reglas? Me cago en las reglas”, dijo el médico con rabiosa pedantería, y añadió: “Acá, mientras los patrones no nos pongan en blanco, las reglas las manejaremos nosotros como nos parezca.” Mientras discurseaba, Brontes iba llevando del brazo a Kovayashi hacia el servicio de radiología. “Seré sincero, amigo, Ud. me importa un comino; yo me preocupo por mis pacientes y por mí. Sin embargo, usted es la primera persona que ha preguntado por Rómulo desde que llegó. Quienquiera que sea, es necesario que le muestre algo.”

Los tubos en el cielorraso y el moderno negatoscopio intercambiaron roles. Contra el blanco difuminado del cristal, dos radiografías mostraban patrones contrastantes de transparencias y opacidades. Órganos y huesos se diferenciaban sobre el azul profundo de la nada. “Le presento a Rómulo”, dijo Brontes. “Rómulo, te presento a…”

_ “Kovayashi.”

_ “…al señor Kovayashi, que está interesado en tu salud” dijo animadamente, pero después de quitar la sonrisa vidriosa de su cara fue de lleno al grano: “Odio hablar de milagros. Rómulo tendría que estar viendo crecer los rabanitos desde abajo. Sin embargo, vive. Mire esto…” dijo el médico señalando un área blanquísima en la placa. “Es una barra de metal. Atraviesa las vértebras cervicales por el canal medular como si fuera una brochette. No nos explicamos cómo ha llegado ahí; no hay cicatrices en su piel y tampoco entendemos qué se ha hecho de la médula espinal que desplazó. Si está vivo es por arte de magia.” Kovayashi reconoció que la imagen era impresionante, tanto como Brontes hablando de milagros y de magia. No pudo evitar recordar al hombrecito de la bolsa de humo y a aquel lunático que golpeara a Rómulo. Además, en la muerte de W. también empezaba a reconocer ese mismo tipo de magia perversa. Para Kovayashi, los hechos se habían encadenado como las disonancias en una sinfonía contemporánea, y él aborrecía la música del siglo XX. Únicamente pensaba en lo mucho que debería estar sufriendo su vecino, y en que él estaba allí para visitarlo. No obstante, eso que a criterio de cualquiera constituía una acción loable, para el Doctor era apenas una excusa. Sus razones distaban de ser humanitarias, e incluso escapaban a las más trasnochadas suposiciones del mismísimo Brontes. Por suerte, bastó que el médico escuchara el “Lléveme con él” para que ambos se pusieran en marcha.

_ “Debe saber también que el estado mental y emocional de Rómulo es precario. No sé cómo reaccionará al verlo. De todas maneras, debe ser discreto. No lo excite, no lo contradiga; si habla, sígale la corriente.” Tales fueron las órdenes del médico.

_ “Me importa un carajo lo que usted diga”, fueron las palabras que el Doctor nunca le dijo a Brontes.

Visto desde la puerta, Rómulo presentaba el mismo aspecto de siempre, aunque había algo raro en su mirada… “Pobre hombre”, pensó el Doctor al ver que tenía los ojos hundidos en las órbitas, o que tal vez estaban al revés y miraban hacia adentro. Por suerte, Brontes permaneció en el pasillo. Kovayashi se acercó a la cama y tomó a su vecino por las muñecas. Como no sabía cuánto tiempo de visita le quedaba, fue de lleno a sus asuntos.

_ “Soy Kovayashi, Rómulo… ¿Te acordás… tu vecino? Rómulo…”

_ “W…, W…, W…” La voz de Rómulo surgió como un miserable hilo gutural.

_ “Escucháme, necesito saber si vos o W. sabían algo más sobre los que pasó aquella noche que murió Scalisi…”

_ “W…, W…”. Rómulo daba la impresión de no pertenecer más a este mundo. Estaba animado, pero lejos, muy lejos.

_ “A la mañana siguiente me visitaron… ¿por qué? ¿sospechaban de mí? Quiero saber si vieron algo. Tu esposa nunca tomó el sedante que le dí…”, dijo Kovayashi.

_ “W…”

No había caso. Kovayashi pensó en desenchufarlo, en practicar una eutanasia barrial. Estaba seguro de que Rómulo podía escucharlo pero que las palabras se extraviaban en su interior apenas entraban. Kovayashi recordó entonces a M. Valdemar y pensó que Rómulo, a su manera, estaba pidiendo que lo dejaran partir. De repente, el Doctor repasó la lista de órdenes que le había dado Brontes y lo asaltó una brillante idea. Acercó la boca a la oreja de Rómulo para asegurarse de que lo escuchara bien y habló con firmeza:

_ “¡W. está muerta!”

Se despidió de Rómulo agitando la mano y abandonó el cuarto. En el pasillo, Kovayashi saludó a Brontes, le agradeció y prometió regresar en breve. El hospital estaba repleto de gente. Como no deseaba ser reconocido agachó la cabeza y apuró el paso. Afuera, ya en la vereda, pudo ver al Papá Noel de cuerpo entero. Era grandote. Estaba sentado contra un murete y sacudía una campanilla navideña con notable desgano. Al verlo, el disfrazado saltó a su paso y le entregó un volante de publicidad mientras le tendía su mano derecha al grito de “Jo, jo, jo,.. ¡Feliz navidad!” Kovayashi miró unos segundos aquella mano tan conocida y no dudó en seguir de largo hacia la parada de colectivos mientras recitaba una y otra vez: “Escherichia, Enterobacter, Salmonella, Shigella, Proteus, Pseudomonas, Alcaligenes. Escherichia, Enterobacter, Salmonella, Shigella…”

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Breve regreso al hogar

noviembre 28, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 12a en la saga de la Señora W. y también la 23a en la saga del Dr. Kovayashi.

Rómulo despertó varias cuadras antes de que el taxi llegara a Sobremonte. Para sorpresa del chófer, los ruidos que provenían del baúl no atemorizaban a la mujer. Muy por el contrario, parecían despertar en ella un sentimiento de compasión, como si hubiera olvidado que el monstruo ahí encerrado había estado a un tris de mandarla al más allá. El tachero, que no se destacaba por sus luces, concluyó que Rómulo no era el único chiflado en el taxi, y de no haber sido porque el viaje estaba a punto de terminar, los habría obligado a bajar en cualquier esquina. “Además, todavía no sé quién me va a pagar el viaje”, pensó, y pisó el acelerador. Un oscuro presagio cubrió súbitamente el parabrisas del taxi como un baldazo de tinta: acababa de entender que los problemas aún no habían terminado.

Sobremonte lucía extraña ante los ojos de W. Solía ser una calle tranquila, pero esa tarde mostraba una agitación anormal que ella no supo, en principio, a qué atribuir. Lo primero que notó fue una gran camioneta estacionada frente a su casa, y como había un automóvil detenido frente al chalet del Dr. Kovayashi, el taxi debió buscar un lugar sobre la vereda opuesta. Unos metros más allá del edificio del finado Scalisi, la Señora W. también divisó un camión de mudanzas con un par de peones que de su interior extraían lámparas, escritorios, sillones y demás muebles de oficina. Al salir del taxi, W. descubrió que el ventanal de Scalisi estaba abierto, al igual que la puerta del edificio, y que al lado de la misma, sobre la fachada de mármol, un hombre de traje colocaba una placa de bronce.

No bien el motor del taxi se detuvo y el tachero y la Sra. W. abrieron el baúl para dejar salir a Rómulo, el mismísimo Dr. Kovayashi salió apurado de su casa y fue a su encuentro cruzando la calle con largas zancadas. Acaso fuera el aspecto de Rómulo, con sus facciones desencajadas, cubierta su cabeza por costras de sangre y con un abultado chichón en la nuca, lo que previno a Kovayashi de saludar a la pareja con efusión. El taxista volvió a sorprenderse de la calma que mostraba Rómulo, quien mansamente se dejaba revisar la cabeza por el Dr. Juzgó, entonces, que ese era el momento ideal para facturarle a alguien ese costoso viaje, y si bien lo intentó, fue ignorado por todos los presentes. Personajes y acontecimientos llamaron poderosamente la atención del hombre de la placa de bronce, que se volvió hacia ellos como para presentarse. Mientras tanto, un segundo hombre de traje vigilaba la calle y acomodaba cajas en el balcón del primer piso.

_ “Al menos por fuera está todo bien, Rómulo”, lo calmó Kovayashi, aunque con la mente puesta en otras cuestiones. El Dr. observaba con atención el movimiento en la casa del matrimonio. Puertas y ventanas estaban abiertas de par en par. Dos muchachos entraban y salían con todo tipo de objetos, y la gran camioneta estacionada frente a la casa parecía estar repleta. Más allá, disimulados tras el tronco grueso de un plátano, dos hombres acechaban. El primero era un hombre más o menos bien vestido, con una melena entrecana y sucia peinada hacia atrás, y con una llamativa cara de hamster. El segundo era Daibushi.

_ “¡¡Nos vacían la casa, Rómulo!!”, gritó W., y todos salieron corriendo hacia allí. La Señora W. apenas dirigió una breve mirada al mago y continuó hacia el interior de su casa. Pero Rómulo, el taxista y el Dr. Kovayashi interpelaron con agresividad al mago, quien por única respuesta declamó: “Vuestra estupidez e ingenuidad no dejan de asombrarme. Les permití ingresar al dominio de la magia, ¡mi dominio! Los guié a través de los senderos para que sanaran de sus pesadillas, les concedí la posibilidad de ver el futuro, ¿no es así, Rómulo?, y hasta coquetearon con la inmortalidad. Les he hecho reconocer sus miserias y les he provisto de las mejores herramientas para continuar viviendo en la realidad. Sin embargo, abandonaron el tratamiento por la mitad… ¡Qué deshonor! ¡Qué ofensa!” Rómulo y el resto no cabían en su asombro. Y Daibushi continuó su discurso, cada vez más vehemente y amenazador: “Ahora ha llegado el momento de cobrármelas todas juntas, y el precio que he fijado incluye absolutamente todas sus pertenencias, que ya he tomado y vendido al señor anticuario aquí a mi lado.”

La ira no le permitía a Rómulo pensar con claridad, ni evaluar alternativas, ni prever consecuencias. Era un toro ciego abalanzándose contra el mago con la esperanza de zaherirlo o, si le era posible, matarlo. Pero la carrera fue menos corta que inútil puesto que Daibushi, el que a todo se anticipa, aguardaba tal arremetida. Cuando tuvo a Rómulo a su alcance cargó sobre él con las manos en punta cual bayonetas, golpeándolo en el pecho y en el cuello; y si bien el atacante era aún joven y fornido, un codazo vertical sobre las cervicales terminó por hacerlo caer como un muñeco de peluche desde una repisa. A los asombrados testigos, la suerte de Rómulo se les atascó en la garganta como una bola de pelos, y algunos hasta lo dieron por muerto. Sin embargo, Rómulo aún vivía. Había quedado tendido en una posición extraña, de costado, arqueado hacia atrás y mirando hacia su casa. Todos se conmovieron por la mueca en su semblante, una mueca que erradamente asimilaban a un dolor insoportable. No podían saber que a causa de los golpes el cuerpo de Rómulo había perdido la sensibilidad; estaba adormecido y ni siquiera notaba que Daibushi había pisado su cuello y lo apretaba contra las baldosas.

_ “Debería quebrártelo por imbécil…”, gritó Daibushi con la mirada clavada en el pollo que le acababa de acertar en la cabeza al indefenso Rómulo. “Y agradecé que te dejo la casa…”

En ese preciso instante, la Señora W., que había revisado toda la casa, apareció en la puerta. “Dios, ¡qué bonito es mirarla!”, pensaba Rómulo desde el piso. “¿Qué me importa no ser inmortal si estoy su lado? Me comporté como un pendejo, pero ahora entiendo lo hermosa que es la realidad. Cuando me ponga de pie y todos se hayan ido a sus casas correré hacia W. para abrazarla. Empezaremos de nuevo, lo sé. ¿Por qué no me habré sentido así de feliz antes? ¡El pecho me estalla de amor!”

Mientras tanto, Kovayashi y los demás presenciaban una situación bastante diferente y difícil de comprender. La Señora W., estática y sin parpadear, había comenzado a balbucear desde la puerta. “Algo raro le pasa a esa mujer”, aventuró uno de los hombres de traje. “¡Tiene sangre en los ojos y en las orejas!”, pensó con horror el taxista. “Es el momento de liberar a Rómulo”, se dijo Kovayashi, que todavía utilizaba el sentido común.

_ “El relicario de… mamá” fue lo que último que ella dijo antes de que su cerebro estallara como una ojiva nuclear dentro de su cráneo y se convirtiera en foie gras. Así se lo había dicho Micaela, y así sucedió. La Señora W. cayó muerta sobre un cantero con yuyos.

Fue en ese momento cuando todos los hombres unieron sus fuerzas para terminar con Daibushi. Pese a que sus físicos daban lástima, en su interior se sentían parte de la infantería napoleónica en Austria. “¡Guarda!”, resonó el aviso de anticuario mientras subía con sus ayudantes a la camioneta. No era desconfianza en el poderío del Maestro, sólo cobardía. Kovayashi iba al frente. Detrás lo seguían el taxista y los dos hombres de traje, menos comprometidos pero solidarios. Todos llevaban sus puños cerrados y los ceños fruncidos. “Qué locura”, comentaban los peones de la mudadora en la vereda de enfrente, a los que se había sumado Jorgito tras abandonar el puesto de diarios. Ninguno de ellos habría de participar en la trifulca.

Con la velocidad del rayo y el interés del ladero servil, El que era el Cardo de Flores, que hasta ese momento había permanecido al margen, atravesó la calzada con ágiles giros acrobáticos. Los hombres enfurecidos no le dieron mayor importancia a la llegada del homúnculo y apenas percibieron la sonrisa del mago. Entonces, El que era el Cardo de Flores abrió la bolsa que llevaba y una bruma espesa cual excremento de marsupial cubrió la calle Sobremonte. Kovayashi y el resto debieron frenar en seco su carrera pues no veían mas allá de sus narices. Con el paso del tiempo la niebla se fue desvaneciendo como los ánimos de la tropa, y para cuando las formas recobraron sus siluetas, la calle ya estaba desierta. Daibushi, El que era el Cardo de Flores y el anticuario con sus ayudantes se habían mandado a mudar. Todo estaba quieto y en grave silencio, excepto por el murmullo de Rómulo que llegaba desde el piso. ¿Sería consciente de lo que había sucedido? Sólo Kovayashi podía entender aquel lamento casi imperceptible: “…w…. w….. w…”

Recién a las diez de la noche, Sobremonte volvió a la normalidad. La mudanza de los nuevos vecinos había finalizado y Jorgito y el taxista se habían escapado entre las sombras. Ambas veredas estaban ya despejadas y minutos atrás se había retirado el último de los patrulleros. Una primera ambulancia embolsó el cadáver de la Señora W. y lo llevó a la morgue. Una segunda se lo llevó al pobre Rómulo de urgencia al hospital público de la zona. Por su parte, el Dr. Kovayashi, incapaz de pronunciar palabra alguna, se hizo cargo del papelerío que le requirió un oficial de policía antes de clausurar la casa de sus infortunados vecinos con fajas y carteles. No bien Kovayashi hubo colocado la llave en la cerradura de su casa, escuchó un rumor a sus espaldas. Convencido de que ya nada podía sorprenderlo ese día, se dio vuelta. Eran los dos hombres de traje que pretendían terminar de presentarse. La conversación fue mínima y desanimada, aunque quedaron en encontrarse al día siguiente para charlar mejor. Al retirarse le dejaron una tarjeta en la que figuraba la dirección del departamento de Scalisi, y en el encabezado una intrigante leyenda en grandes letras negras:

HERIBERTO FEATHER & FERDIBALDO TELLER
Ficciones S.A.

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Bienvenidos a la realidad

noviembre 20, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 11a en la saga de la Señora W. y también la 22a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¿Y, Jefe, qué hacemos? Van más de 2500…” El tachero, intrigado desde el primer momento, había sido lo suficientemente vivo como para no subir nunca la bandera. Sin embargo, llegado cierto momento la espera se le había tornado aburrida y hasta, de alguna manera, preocupante. Por eso hizo tronar su vozarrón dentro del taxi, y sólo así consiguió sacar a los esposos del extraño trance en el que estaban sumidos.

El sol caía sin piedad sobre la calle, que a causa del reflejo que grisaba las sombras presentaba un aspecto irreal. Las veredas estaba vacías. Las ventanas conservaban los postigos entrecerrados y Rómulo y W. apenas podían abrir los ojos. Sin embargo, pudieron reconocer aquella fachada que alguna vez fuera blanca. Rómulo no cabía en el asombro de estar nuevamente ante esa casa de ventanas clausuradas y frente insípido sin balcón ni arbolito. Ver otra vez la puerta de metal hizo que su corazón se arrugara como les sucede a los cobardes antes de entrar en acción. Sabía que detrás se escondía esa escalera que los había llevado hasta Micaela, Daibushi y El que era el Cardo de Flores. Por el contrario, la Señora W. estaba maravillada; con un suspiro triunfal anticipó el comentario que, tal vez, nunca debió haber hecho. “Lo logramos, Rómulo, lo logramos. Somos libres…”

_ ¡¡¡Noooooo!!!

Rómulo había perdido su condición humana. Devenido en un animal tan inmenso como salvaje, sintiéndose a la vez traicionado, decepcionado, estafado, humillado y, por sobre todo, miserable, saltó a la vereda sin cerrar la puerta del taxi. El tachero lo siguió de cerca con la mirada, al tiempo que su instinto lo hacía acariciar el garrote amansalocos que llevaba “por si acaso” bajo la butaca. “Pero… ¿qué te pasa, mi amor? Ahora podemos volver a nuestra casita…”, preguntó W., ya en la vereda. Sin dudas, la puerta metálica era inexpugnable: los puntapiés furibundos de Rómulo apenas habían conseguido rajarle uno de los vidrios, y eso lo exasperaba. Sin embargo, lo que más furioso lo ponía eran los latidos de su pie machucado: era la confirmación de que sus sueños de inmortalidad estaban enterrados para siempre.

_ “¿¿Que qué me pasa?? ¡¡Esto me pasa…Esto me pasa, pedazo de mierda!!” Y a la velocidad del rayo Rómulo agarró a su esposa por el cuello, hundiendo ambos pulgares en el centro. La zamarreaba con violencia de adelante hacia atrás como quien sacude un nogal para hacer caer las nueces. “Hija de puta… ¡Hija de remilputa!”, repetía a los gritos, sin control, una y mil veces. “Soy mortal. Eso me pasa, ¡¡pe-da-zo-de-mier-daaaa!!” Gritaba, sacudía e insultaba; apretaba más, sacudía y gritaba, siempre mirando los ojos anóxicos de W. Y habría terminado de ahorcarla de no haber sido porque un terrible dolor en la cabeza y un nubarrón negro en la vista lo hicieron aflojar y caer inerte sobre las baldosas. Entre toses, arcadas y escupitajos color carmesí, W. también cayó.

El tachero guardó el amansalocos y asistió a la Señora W. Bastante tiempo después, una vez que ella se recuperó y estuvo en condiciones de ponerse de pie, se las arreglaron para meter a Rómulo en el baúl del taxi. Era una calle muy llamativa. Ningún vecino estiró el pescuezo para ver qué pasaba. Pese a las patadas en la puerta, nadie salió de la casa de Micaela, y aun en medio del alboroto, los patrulleros brillaron por su ausencia.

_ “O yo entendí mal o este se creía inmortal…”, preguntó el taxista.

_ “No sé… Últimamente se ha comportado de manera muy extraña.”

_ “¡Ya veo!” Asombrado por la locura de Rómulo, conmocionado por haber tenido que intervenir, el taxista le ofreció a W. ir directamente a la comisaría.

_ “No. Regresemos ya mismo adonde este viaje comenzó. A la calle Sobremonte.”

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Basta

noviembre 11, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 10a en la saga de la Señora W. y también la 21a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¡¡Araca los chanchos!!”, gritó El que era el Cardo de Flores no bien pisó la vereda del bar, y salió corriendo como rata por tirante. La Señora W., confundida, amagó a seguirlo, pero se frenó en seco porque advirtió adónde iba el hombrecillo. Sobre la vereda hermana, tres hombres desnudos estaban violando a una vieja. La brutalidad de la escena perturbó a W., que no salía de su asombro ante el cinismo de esas bestias y a la ingenuidad con la que pretendían esconderse detrás de unas caretas porcinas. El que era el Cardo de Flores, devenido en héroe ocasional, gritó y danzó a su alrededor hasta llamar la atención de los olvidados del bar, que atiborraron la vereda. Los tres hombres-chancho escaparon con su excitación a cuestas, dejando a la mujer tirada sobre el cordón. Después de revisarla, El que era el Cardo de Flores regresó con la Señora W. para escoltarla hacia Daibushi. “Estaba tibia”, confesó con repulsión. “Fornicaban con un cadáver”. Los muslos de W. se aflojaron como si de repente hubieran perdido sus fémures. “Podía haber sido yo…”, razonó al recordar la advertencia que le había hecho aquel grandote del bar. “Por Dios, Daibushi, ¿qué clase de tratamiento perverso es éste?” No supo responderse.

Caminaron un rato por calles y avenidas que la noche incipiente se había encargado de despejar. No se veían más automóviles, ni chiquillos en cuero empujando carrindangos repletos de materiales reciclables, ni mendigos arrumbados en las veredas, ni pirámides de basura pestilente. Parecía otra ciudad. El que era el Cardo de Flores, aún orgulloso de su valientía, abrió la puerta del falso almacén, tras de la cual, una escalera de mármol ascendía sin descansos hasta el infinito. Subieron. Por momentos, el hombrecito entonaba cortas melodías renacentistas en Latín. Mientras tanto, W. intentaba olvidar a la viejita. ¿Quién reclamaría su fría mortaja? ¿O regresarían los chanchos para acabar su faena? Por fin, después de un recodo la escalera desembocó en un espacio poco iluminado y familiar. Los pies de W. caminaron otra vez sobre la moquette del pasillo de las mil puertas.

_ “Lo lamento, W., mi padre tuvo que atender asuntos urgentes en la realidad”, dijo Micaela cuando vio la desazón en la cara de la Señora W., quien, a instancias del hombrecillo, había entrado al que, suponía, era el consultorio de Daibushi. “Sin embargo, estoy al tanto de que desea interrumpir el tratamiento… Eso no es para nada bueno. Me es imperativo hacerle saber que mientras permanezca aquí, en la magia, estará bien. Sin embargo, ni siquiera Daibushi, el que nunca duda, podría asegurarle que su cerebro no vaya a explotar si regresa prematuramente a la realidad.” La Señora W. no lograba dar crédito a sus oídos. Estaba convencida de que pronto estaría en su hogar y, a la vez, estaba harta de que todos la advirtieran o amenazaran.

_ “Mirá, querida, mejor que me dejes salir de acá ahora mismo o te pongo el bolichito de sombrero…” La amenaza cayó sobre Micaela como martillazo de picapedrero. La hija del mago buscó apoyo en la mirada imperfecta de El que era el Cardo de Flores; sin embargo, éste, bolsa de bruma en mano, había ya abandonado la habitación e ingresaba al verdadero recinto de Daibushi para asistirlo en el despertar de Rómulo. “Y ya que estamos, devolvéme a mi Rómulo.”

No encontró Micaela otra opción más que descubrir ante los ojos de W. una nueva escalera en un rincón de la habitación. Sabía que ni ella ni W. podían hacer nada por Rómulo, pero no lo comentó. Entonces giró sobre sus talones para darle la espalda a W. y así esperó que ella comenzara el ascenso hacia la realidad. “¡Está advertida!”, barbotó Micaela. Una hora y cientos de escalones después, W., al borde del colapso físico, arribó a un descanso y aprovechó para sentarse y recuperar el aliento. En pocos minutos estuvo profundamente dormida.

En ese mismo instante, el automóvil que transportaba a Alberto P. y a El que era el Cardo de Flores estacionó frente a la casa del Dr. Kovayashi, en la calle Sobremonte.

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Como nacer de nuevo

noviembre 3, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 9a en la saga de la Señora W. y también la 20a en la saga del Dr. Kovayashi.

Apenas medio minuto duró la decepción de Rómulo cuando la puerta se abrió. Primero lamentó tener que volver a pensar, aunque era inútil oponerse a ello pues ya había despertado y comenzaba a recobrar el estado de conciencia. Fue libre de creer, entonces, que había nacido de nuevo. Dentro de la cápsula, a la que había llegado en circunstancias desconocidas, había disfrutado de una paz absoluta en el seno de una luz muy blanca, tibia y confortable. Después sintió el dolor de tener que sacar una pierna, y la otra, y el resto del cuerpo. La luz se había desvanecido y él estaba de pie en un cuarto oscuro; o al menos eso creyó hasta que sus pupilas se ajustaron al nuevo mundo que tenía por delante. Miró en derredor, y sólo encontró tres paredes lisas. Así entendió que ese mundo no tenía nada de nuevo. Los recuerdos fueron aflorando de uno en uno: el pasillo; la montaña, la sed, la caída; la corriente, el lecho del mar, el hueco, el vórtice. “¡Estoy vivo!”, pensó justo en el momento en que un sutil carraspeo lo atrajo hacia la cuarta pared. Allí, vestido con sus habituales túnicas verdosas y en actitud expectante se encontraba Daibushi en persona.

_ “¡Ya lo creo!” La voz profunda de Daibushi era extraña para Rómulo, quien con lágrimas en los ojos se acercó al Maestro hasta quedar a tres cautelosos palmos de distancia. No podía recordar cuándo había llorado con tanta emoción, tal vez porque nunca lo había hecho. Pero sí recordaba haber mirado a una vieja lloriquear a los pies de un monigote en la iglesia, pañuelo en mano, acariciándole con las yemas los pies de madera y pidiendo por todos sus muertos, más muertos que Nabucodonosor. Pero esto era en extremo diferente… Podía palpar la eternidad y nada le resultaba más importante en la vida. Se hallaba muy cerca, a un segundo, a una inspiración de gorrión; deseaba abrazar a ese mago verde y, como aquella vieja, suplicarle con humillación, besar sus pies y lavarlos con llanto. Avanzó un poco más, siempre de rodillas, siempre la cabeza gacha en señal de veneración.

_ “No quiero volver… Deseo quedarme acá, vivir en la magia para siempre, para servir al Maestro… ¡Quiero ser Inmortal!” Así se dirigió a Daibushi, con desesperación, pero también con firmeza. El mago escuchó el ruego sin conmoverse, sin alterar su expresión grave e inescrutable. Sin embargo, cuando Rómulo levantó sus ojos hinchados vio en la cara de Daibushi una sonrisa beatífica.

_ “Está obligado a saber que la inmortalidad puede ser aun más dolorosa que el infierno. Usted ha sido tentado, y su alma humana es débil, miserable y egoísta, nunca olvide esto. Ha probado el néctar y ahora quiere la miel y la colmena. Y habiendo recorrido ese dulce camino y a punto de dejar atrás el portal del que no se regresa, acude a mí… Piénselo, piénselo bien, amigo Rómulo.”

_ “No tengo nada que pensar. Por lo que más quiera, le ruego que me acerque hasta ese portal.”

_ “Una magistral decisión, amigo Rómulo. Yo diría… ¡piramidal!”La voz de Daibushi resonó como un trueno en el cuarto vacío. Chasqueó dos veces los dedos, y antes de que se acallara el eco, El que era el Cardo de Flores apareció desde las sombras entre medio de reverencias fantochescas. En la mano llevaba un saco de tela, de cuya boca abierta escapaba una bruma muy espesa. Cuando la pared más lejana estuvo cubierta, Daibushi volvió a chasquear los dedos. “Mire allí. Es la vida real. Su vida, Rómulo. ¡Vaya si ha elegido bien! ¿No opinas lo mismo, Antiguo Cardo?” Por toda respuesta, El que era el Cardo de Flores soltó una risotada.

Rómulo pudo verse a sí mismo en el patio de su casa, sentado en una silla de ruedas, tullido, tan encorvado que su frente chocaba con las rodillas. Había sol, pero llevaba una manta gruesa sobre las piernas. Vio niños, varios; empujaban la silla para que nunca dejara de darle el sol. Rómulo vio su cara arrugada, el pelo blanco, ralo, el temblor de las manos, sus ojos cerrados. W. no estaba allí, pero no le importó Todo era muy triste.

_ “¡Ya es suficiente!”, gritó Daibushi. La bruma regresó al saco y El que era el Cardo de Flores a su rincón en la sombra.

El Maestro condujo a Rómulo de vuelta a la cápsula, y minutos después de sumergirse en su tibia luz ya dormía plácidamente.

_ “Debemos apurarnos, Cardo Viejo. El anticuario nos espera…”, dijo Daibushi a su ayudante, y ambos abandonaron el cuarto con celeridad.

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En el bar de los derrengados

octubre 29, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 8a en la saga de la Señora W. y también la 19a en la saga del Dr. Kovayashi.

Una hermosa luz teñía de anaranjado todo el local. Entraba verticalmente por una claraboya cenital y por la desdentada arcada que hacía de puerta de entrada y ventanal. Era el momento del día en el que los borrachos dejaban de beber y contemplaban el cielo. Hasta el preciso instante en que el dueño encendía las bombillas eléctricas, cada mesa, cada botella, cada trago a medio beber y cada pobre desdichado en ese bar de mala muerte era tan anaranjado como el atardecer. En la cocina, un chef de dos metros de circunferencia freía salchichas con tocino para acompañar unos huevos, también fritos. Él sabía que la grasa de las sartenes era vieja, pero disfrutaba con las columnas de humo que crecían hacia el techo cual nubes antes del turbión. Además, al mejor cliente de la casa lo tenía sin cuidado. Día tras día, año tras año, su estómago inoxidable recibía la misma cena. Era un gigantón de aspecto rústico. A algunos los intimidaba su tamaño, a otros les daba asco su ropa percudida, y no faltaba el que sostenía que detrás de su tupida barba color a tabaco escondía tres dientes de oro. No solía hablar con nadie, lo cual agrandaba su aura de misterio. Ese día, para asombro de los presentes, ingresó al bar acompañado de una mujer con la que habría de charlar durante un largo rato. Era la Señora W.

Prácticamente nadie sabía que los días que W. llevaba sin probar bocado no eran menos que los que sumaba sin conversar. Esto, además de su marido ausente, había mellado ciertamente su estado general. Por eso no le hizo asco a una de esas salchichas grasientas mientras le contaba al gigantón las desventuras en las que se había metido por buscar una cura para sus pesadillas. El hombre, que para poder comer debía empujar los trozos de salchicha con huevo a través de su barba, se sobresaltó con la sola mención del nombre del Maestro.

_ “¡Cállate, estúpida, o yo mismo haré que los cerdos de la calle te violen hasta la muerte!”, dijo el hombre con tenso disimulo. Y prosiguió: “Aquí, en este rincón apartado del dominio de la magia, nadie quiere volver a escuchar su nombre… Esos borrachos, al igual que yo, también llegaron a Él buscando la cura de algún mal. Todos recorrimos las habitaciones de ese pasillo, siempre al borde de la muerte, creyéndonos inmortales… ¡Cobardes! Pudimos salir, pero preferimos quedarnos en este limbo con nuestra maldita inmortalidad, tan dulce como una fruta en sazón, ¡pero más astringente que el culo del mismísimo Diablo! Es peor que estar muerto, y de ello doy fe… En la realidad yo habría muerto más de un siglo atrás. Hoy daría lo que no tengo por estar enterrado.”

_ “Entonces, debo entender que usted sabe qué hay que hacer para salir de acá… Si así fuera, por lo que más quiera le ruego que me lo diga. Si hay una salida, lléveme. Si hay que matar, senáleme a quién. Si debo negociar con mi cuerpo o con mi alma, indíqueme a qué puerta llamar. Por favor, por favor… por favor…” pidió la Señora W. y se desarmó en un amargo llanto.

_ “¡Por las barbas de Neptuno, la sangre corre nuevamente por las venas de este viejo! Un perro me ha enseñado su cojera y con sus ojos húmedos mendiga mi compasión. Oh, Dios, esa debilidad conmueve tanto a mi espíritu que tiemblo de sólo imaginar que alguna lágrima pudiera escapárseme de los ojos… En mis tiempos te habría hecho cortar el pescuezo como una gallina, pero hoy… hoy he vuelto a sentir el poder de la conmiseración. Sólo por eso te ayudaré, lamentable mujer”, dijo el hombre sin levantar la mirada de su plato vacío, y luego agregó en voz casi imperceptible: “Él, el que todo lo sabe, está siempre atento. Sólo dilo, deséalo con fuerza y se enterará. Es la única forma de interrumpir el tratamiento.”

Al escuchar estas palabras, la Señora W. dejó de llorar y el hombre giró su cabeza hacia la pared en señal de que la conversación había finalizado. Por esta razón no vio cuando El que era el Cardo de Flores entró a toda carrera con su casco multicolor y se llevó a W. a la rastra hacia la calle. “¡Daibushi nos espera, no hay tiempo que perder!”, gritó el contrahecho con excitación. De inmediato, ambos se pusieron en marcha con rumbo fijo a través de la multitud.

Mientras tanto, en el interior del local se encendieron las bombillas. El hombre inmenso de la espesa barba, solo en su mesa, miraba hacia la calle por sobre las cabezas de los borrachos. Una vez seguro de que W. ya no estaba allí se dirigió hacia una letrina al fondo del local, tan al fondo que daba a la otra calle. Aunque parecía apurado, con llamativa prolijidad colgó de un clavo aquellas ropas pestilentes y también la barba, para luego vestirse con su inmaculada túnica verdosa y salir a la vereda.

_”¡Debo despertar a Rómulo!”, dijo Daibushi para sí, y se echó a caminar bajo las primeras estrellas.

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Ciudades habrás de conocer

octubre 23, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 7a en la saga de la Señora W. y también la 18a en la saga del Dr. Kovayashi.

El portazo sobresaltó a la Señora W., que al despertar se descubrió en la vereda de una ciudad desconocida. Se sintió ligeramente mareada y dedujo que era a causa de los días que llevaba sin comer. Un impulso la hizo llamar a la puerta. Estaba convencida de que al otro lado se encontraba ese pasillo agobiante con Micaela y el hombrecillo de la joroba. Nadie contestó. Por supuesto que también intentó girar el pomo, sin mayor éxito. W. observó a su alrededor. Estaba ante un almacén abandonado. Las palabras en los carteles eran indescifrables; aun cuando hubieran estado en inglés, ella, que no hablaba otro idioma más que el español, lo habría reconocido. ¿Qué se suponía que hiciera entonces? Caminar, obviamente, pero ¿adónde? No pudo evitar acordarse de Rómulo y su habilidad para tomar decisiones en ese tipo de circunstancias. ¿Por qué no estaba con ella? W. sintió el peso de la soledad.

Trató de poner en orden sus ideas. Estaba allí para curarse de las pesadillas. ¿Cómo marchaba eso? Intuitivamente se respondió que bien, aunque sabía que era sólo una impresión; en verdad, carecía de datos objetivos para comprobarlo. Era imperativo encontrar a Daibushi, y pronto, para obtener de él un mínimo diagnóstico. “Si al menos durmiera unas horas podría poner a prueba la eficacia de esta terapia…”, se lamentó. Pero Daibushi no había tenido hasta ese momento el decoro de aparecer, ni mucho menos, y lo poco que W. sabía de él le había llegado a través de Micaela o del contrahecho. Por primera vez, W. extrañó su casa, los colores su barrio, al Dr. Kovayashi, a Jorgito y sus diarios… y deseó que el tratamiento finalizara pronto para recuperar su vida normal de ama de casa. Aun cuando fuera aburrida, era su vida.

Fue entonces cuando se echó a andar. El relojito que llevaba en la muñeca estaba lleno de agua, pero a juzgar por el brillo anaranjado del cielo dedujo que la tarde estaba madura. Los automóviles, incesantes en su ir y venir, generaban un fragor demoledor. Muchas personas, demasiadas, pululaban a su alrededor. Los jóvenes, y eso incluía niños, caminaban en todas direcciones cargando bultos o empujando carritos. Hacía calor, por lo que iban vestidos con ropas ligeras que parecían sábanas. “Pobrecitos, ¡qué sucios que están!”, pensó W. al tiempo que intentaba atravesar la marea humana por medio de brazadas y empujones. Era fundamental no tropezar, ya que caer y morir aplastada eran la misma cosa. Los ancianos, mayormente pordioseros, apenas estaban vestidos; permanecían sentados contra los frentes de las casas con los brazos estirados en pos de una limosna. Cuando la muchedumbre se detenía, aprovechaban para tocar a las mujeres y tocarse ellos mismos; nada podía W. hacer al respecto pues no había lugar para hacerse a un lado. Antes de llegar a la esquina, W. recuperó el sentido del olfato y debió contener un par de arcadas que no pasaron a mayores sólo porque su estómago estaba vacío. Miles de bolsas de basura estaban ordenadas prolijamente en pirámides muy anchas y altas. Debido al calor, la basura dejaba escapar compuestos volátiles a la atmósfera y líquidos putrefactos a las bocas de tormenta.

La ausencia de Rómulo no implicaba que W. no tuviera un plan. De hecho, comenzó a trepar por la pirámide de bolsas para ver mejor la ciudad. Así supo que se encontraba en una avenida que hacía esquina con una calle común, y justo antes de bajar alcanzó a ver sobre la bocacalle algo que la conmocionó: montado en una bicicleta y usando un casco multicolor, El que era el Cardo de Flores se perdía entre los automóviles sobre la calle transversal. La Señora W. se arrojó sobre la multitud y de esa manera, andando por sobre la gente, alcanzó la esquina, bajó a la vereda y dobló. Estaba decidida a darle alcance al contrahecho y obligarlo a llevarla ante Daibushi, y no le importaba si para ello tenía que destrozarlo con sus propias manos.

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Un verdoso y cálido vórtice

octubre 19, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 6a en la saga de la Señora W. y también la 17a en la saga del Dr. Kovayashi.

Después de haber viajado varios kilómetros en el seno de aquella corriente submarina, Rómulo supo que era inmortal. “Ya debería ser finado…”, concluyó al darse cuenta de que había transcurrido demasiado tiempo con el mismo aire en los pulmones y que podía continuar así indefinidamente. “Además”, agregó “tendría que haber muerto en la montaña… pero acá estoy, sin un solo moretón. Ahora lo veo claro, todo esto es la terapia de W. Ella es la paciente, no yo; nada malo me puede pasar.” Si bien ajena a cualquier tipo de lógica, esa idea lo tranquilizó. Tarde o temprano llegaría a alguna playa y reiría a carcajadas de cara al sol sobre la resaca.

No obstante, ese mismo razonamiento terminó por llenarlo de amargura cuando entendió que era imposible que W. estuviera viva. La imaginó aguantando la respiración, tratando de nadar hacia la superficie. Agotada ya su fuerza debió de abrir la boca, de obedecer a su instinto aun sabiendo que no sería aire lo que llenaría sus pulmones. Y luego, la inundación. Vaya desgracia la de W., la falta de oxígeno seguramente la había aterrado… Las burbujas se habrían ido volviendo cada vez más diminutas mientras ella se hundía más… y más… y más. De repente Rómulo anheló ser castigado, y por eso imaginó a la que fuera su esposa transformada en jirones de carne que rodaban por el fondo del mar. “Ojalá que los peces no hayan comenzado a mordisquearla antes de que muriera”, pensó, y no pudo evitar espantarse.

De cualquier manera, no le quedó mucho tiempo para el llanto o el lamento. La corriente se había acelerado y giraba sobre sí misma en un vórtice descomunal. Por primera vez desde que se había hundido, Rómulo percibió luz en el agua, la luz más potente que vería en toda su vida. Era cálida y verdosa, y no provenía de la superficie sino de un hueco en el rocoso lecho del océano, justo en el eje del vórtice. Pensó que se trataba de un sumidero natural, una especie de inmenso inodoro a través del cual el agua escapaba del planeta. Pero más allá del hueco, horizontal detrás de esa luz encantadora apareció el rostro de Daibushi. Puesto que su destino lo tenía sin cuidado, Rómulo se dejó llevar hacia el sumidero, que lo chupaba con fuerza. De esa manera, relajado cual sacerdote yogi en la nieve, pasó a través del agujero y cayó en un lugar incierto donde únicamente había luz. Su sorpresa no fue poca al notar que su ropa no estaba mojada y que podía respirar aire sin dificultad.

Por su parte, la Señora W. había estado a punto de morir ahogada inmediatamente después de hundirse en el oscuro océano de la habitación número dos. Presa de la ansiedad quiso invocar a Rómulo, aunque sólo consiguió tragar agua salada en grandes cantidades. Sin oxígeno ni reacción, desvanecida y flotando a media agua, en el preciso momento en que la corriente comenzaba a llevarla hacia su marido, el brazo amigo de El que era el Cardo de Flores la sacó a la orilla. Sabía que había que actuar con presteza aunque luego Daibushi se enojara con él. Levantó la mirada y preguntó en voz alta como dirigiéndose a una tercera persona en esa playa desierta: “¿Qué hacemos, doctor?”, a lo que él mismo se respondió con gravedad: “Proceda, doctor.” Por suerte, Rómulo nunca se enteraría cómo El que era el Cardo de Flores le había abierto suavemente la boca a W., cómo le había metido su lengua tubular y gruesa por la garganta hasta alcanzar los pulmones y cómo se había bebido el agua que los llenaba.

Satisfecho, El que era el Cardo de Flores guardó su larga lengua y reflexionó: “Pobre Romulito. La inmortalidad es un obsequio del averno…” y con un risa irónica abandonó la habitación.

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Idilio, corto idilio

octubre 13, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 5a en la saga de la Señora W. y también la 16a en la saga del Dr. Kovayashi.

Debieron el abrir de sus ojos a la agradable temperatura y a la quietud estanca del pasillo. No los circundaban ya ni la obstinación del granito ni el frío de la noche, y de no haber sido porque a duras penas recordaban lo acaecido en la montaña, no habrían maldecido únicamente el estar allí encerrados. Se preguntaban: ¿cuánto más durará el tratamiento? ¿Es en realidad necesario? ¿Por qué Daibushi nos evita? No tenían respuestas. Mientras tanto, dejaban que el tiempo transcurriera; estaban sentados en el piso, uno contra el otro, a la espera de que algo sucediera. La Señora W. rodeaba a Rómulo con sus brazos y él, de tanto en tanto, le retribuía con un beso en la mejilla. Creían necesario brindarse cariño, mas no comprendían por qué ni querían averiguar hasta cuándo les duraría ese verano.

El pequeño encorvado había permanecido siempre junto a ellos, pero disimulado en un cono de sombra. Por eso, la primera palabra que pronunció (Under, en inglés) cortó el aire con la precisión quirúrgica de un ala de golondrina. La pareja se puso de pie y escuchó con atención.

“Under the water it rumbled on,
Still louder and more dread:
It reached the ship, it split the bay;
The ship went down like lead.”

Luego, El que era el Cardo de Flores calló y una segunda voz, en cuyas inflexiones W. y Rómulo reconocieron a Micaela, atravesó el pasillo como un disparo de carabina. Provenía del extremo donde alguna vez habían visto flotar a Daibushi. “Querrás ser azotado mil veces en la giba, horrible criatura, antes que provocar la ira de mi padre. Cumple ya con tus obligaciones sin distraerte, o Él te devolverá al fango del cual te sacó.” La amenaza tuvo un efecto inmediato sobre El que era el Cardo de Flores, además de helarle la sangre a la pareja.

_ “¡Queremos hablar con Daibushi!”, gritó la Señora W. después de arrancarse coraje de las entrañas. Era consciente de que llevaban mucho tiempo sin dormir ni alimentarse. Seguramente era parte del tratamiento, pues no creía que su viejo amigo Alberto P. (o Daibushi, nombre que ella aborrecía) fuera capaz de semejante impiedad. Pero la respuesta no se materializó el palabras sino en una nueva rotación de ese pasillo mágico. El asombro había quitado las palabras de la boca de Rómulo (y más aun las ideas de su cabeza); al ver abierta la puerta del cuarto número 2, vacío de toda voluntad, simplemente se aventuró al interior. Tras de sí, los pasos de W. resonaron como un eco tranquilizador.

Por segunda vez habían ingresado a un cuarto oscurísimo. “Caminen, vamos, caminen, no se detengan. ¡Un, dos, un dos!”, los arengaba burlonamente El que era el Cardo de Flores. Y así lo hicieron Rómulo y W., mientras comenzaron a percibir que el cuarto estaba inundado y que sus ropas resumaban agua salada. Paso a paso se habían ido hundiendo hasta tener el agua al cuello. “Daibushi, mi Maestro, los espera más adelante… ¡y abajo!”, dijo el contrahecho justo en el instante en que la pareja se hundió en un abismo oceánico que no parecía tener fin. Rómulo y W. dejaron de escucharse, de hablarse, de tocarse, de alentarse. A merced de la correntada honda e invisible, solos ante la muerte, aguantaron la respiración cuanto les fue posible. “¡La puta que te parió, Daibushi!”, pensó Rómulo y, resignado, se dejó llevar.

En el fondo del mar, Daibushi, el que todo lo sabe, meneó la cabeza una vez más.

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La montaña

octubre 7, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 4a en la saga de la Señora W. y también la 15a en la saga del Dr. Kovayashi.

Diáfano y caliente era el aire del arenal. El viento del norte sorteaba hábilmente los arbustos del matorral, y arriba, sobre la cima de la montaña, Daibushi y su aura verdosa flotaban como una luna llena en pleno día. Los únicos humanos a la vista eran Rómulo y W., quienes habían decidido aceptar el riesgo de atravesar el desierto con el sol en el cenit y sin agua. No desconocían las consecuencias de la deshidratación o la insolación, por lo que esperar la tarde bajo el fresco de alguna sombra habría sido lo correcto, incluso hasta habrían podido obtener algo de agua de alguna raíz carnosa. Pero al ver a Daibushi en el cielo, una desmedida ansiedad por hablar con ese hombre santo los había empujado a andar. Rojos, los hombros de W. estaban próximos a despellejarse, su cabeza hervía y, al igual que Rómulo, sentía que las venas de sus sienes latían demasiado aprisa.

_ “Con el transcurso de los milenios, los dominios de la magia se fueron volviendo más permeables a las leyes físicas del mundo sensorial”, dijo Daibushi a su fiel ayudante. “Y si no lo crees, Antiguo Cardo, asómate y mira lo que está a punto de ocurrir.” El Maestro hizo un ademán con su barbilla, y El que era el Cardo de Flores se echó panza a abajo al borde del risco, dejando que sólo su cabeza desafiara al precipicio. Cientos de metros más abajo, adheridos como geckos a la ladera rocosa, el contrahecho identificó a la pareja que trabajosamente escalaba hacia la cima.

_ “¡Son mis amigos… y vienen a hablar con usted, Maestro!”, gritó con entusiasmo El que era el Cardo de Flores, a lo que Daibushi respondió con una mueca que bien podía significar alegría o consternación. Rómulo iba primero, marcándole a su esposa las mejores salientes para afirmarse. El ascenso había ido bien hasta que la piedra sobre la que él acababa de apoyarse se desprendió de la pared como un perejil de entre los dientes. Rómulo cayó de espaldas al vacío y quedó tendido abajo en una amplia mesa de piedra, de cara al cielo. La Señora W. desesperó, gritó y lloró, pero al darlo por muerto resolvió continuar, casi al límite de sus fuerzas, su ascenso hacia Daibushi. Nada había por hacer, y nada la detendría.

Pero Rómulo estaba vivo. Con paciencia y no sin espanto, sorprendido de apenas haber sentido el golpe tras la caída verificó una por una sus extremidades y articulaciones, tensó y aflojó los músculos, movió la cabeza y las manos, parpadeó, miró el cielo celeste, escuchó el viento en sus orejas y tanteó alrededor de sí en busca de un charco de sangre que nunca existió. Era imposible, pero cierto: debía estar muerto pero gozaba de tanta vida como antes de comenzar la escalada. Recién en ese momento se acordó de mirar a W. y sintió pena. Sin embargo, no se movería de allí, se haría el muerto para no tener que emprender la subida nuevamente.

_ “¿Has visto lo que yo, Antiguo Cardo?”, preguntó el omnisciente Daibushi, que había tomado como una ofensa personal la miserable actitud de Rómulo. Estaba muy enfadado, probablemente desilusionado, y después de todo tenía razón: Micaela ya les había advertido que debían proceder con corrección. Por lo tanto, El que era el Cardo de Flores no se atrevió a responder; simplemente aceptó que su Maestro se transformara en viento. Nada quedó de él ni de su aura verdosa. ¿Adónde habría ido? Esa era una información que estaba vedada al entendimiento de un contrahecho como él.

La Señora W. no tardó en asomar del precipicio y subir a la cima, donde fue recibida con aplausos y piruetas por El que era el Cardo de Flores.

_ “¿¿Dónde está Alberto P.??”, preguntó alarmada.

_ “Daibushi…”, la corrigió El que era el Cardo de Flores. “Asuntos urgentes demandaron su atención. Sin embargo, hmmm…, tengo que advertirle, querida amiga del final del alfabeto, que no se han portado muy bien que digamos. El Maestro se marchó bastante compungido.”

_ “Pero dime, contrahecho, ¿qué fue eso tan malo que hicimos? ¿Acaso no le es suficiente tenerme aquí mientras mi pobre Rómulo yace muerto allá abajo?”

_ “Ah, ah, vaya error conceptual el suyo, querida amiga. Rómulo está vivo. Y si no, mírelo…” La Señora W. se asomó al precipicio. Desde el fondo, su marido la saludaba agitando una mano. ¡Qué mareo el de W.! Mareo y odio, un odio ácido que creció desde su estómago hasta materializarse en un brutal gargajo que acabó por desintegrarse contra la roca, a centímetros de Rómulo. El que era el Cardo de Flores lanzó una risita, la ayudó a sentarse y salió corriendo para perderse por la otra ladera.

La pareja estaba deshecha. Cada cual permaneció en su lugar sin fuerzas para subir o bajar hacia un encuentro que les iba a saber amargo. Derrotados, pronto la noche los cubrió con su grueso manto de oscuridad.

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Vuelto

julio 10, 2010

Daisy no salía de su asombro (y hasta sintió algún escalofrío) cuando Micaela terminó su relato sobre el regreso de Smorthian. Pero Micaela todavía tenía más para contar. Además, el regreso a sus hoteles se había demorado por la larga caminata y quedaba tiempo para el corolario, una anécdota más que mucho tenía que ver con aquel relato épico. Daisy continuó escuchando a su nueva amiga…

El otoño estaba a punto de cambiar de nombre y los días eran breves y apagados, como esa tarde de jueves. De un momento a otro empezaría el crepúsculo. Dos horas antes había terminado una tormenta, por lo que el aire estaba húmedo y cargado de electricidad. Hacía tres días que el pescador Juan tenía su barcaza sobre la arena, y recluido en su rancho esperaba que clareara de una buena vez. Era demasiado tiempo para su magra alacena: nada le quedaba de yerba, y tampoco tenía ya más velas ni aceite; ni siquiera había gas en el farol. Cuando paró de llover aprovechó para subir a la duna más alta a fumar las últimas hebras de tabaco. Podía pasar horas mirando la curvatura del horizonte.

Un plano inclinado suave y prolongado lo llevó de regreso a su rancho. Durante el descenso notó un ligero cambio en las olas. Chocaban contra algo y salpicaban a su alrededor. No pudo precisar de qué se trataba, pero estaba seguro de que no era una roca. Intrigado, terminó de bajar a la playa con largas trancadas, y gracias al envión alcanzó fácilmente la orilla.

Inmensa fue la sorpresa de Juan cuando vio que las olas al chocar mostraban, como caladas en el agua, una silueta humana. Poco a poco, la silueta fue adquiriendo el volumen de un cuerpo. El desconocido salió del agua completamente desnudo y caminó hasta quedar cara a cara con el pescador. Era alto y robusto. En esa época, el mar solía estar bastante frío, aunque eso no parecía afectarlo demasiado, como tampoco las dos heridas que en su pecho sangraban abundantemente.

Juan lo llevó a su rancho, lo curó y lo vistió con unas ropas que olían a pescado en descomposición. No charlaron demasiado. En un principio, el hombre parecía desorientado; si a duras penas podía hilvanar las palabras, mucho peor le iba con las frases. Sin embargo, el paso del tiempo y el calor dulce del hogar le fueron haciendo madurar su identidad. La noche cayó sin remedio, y el cansancio los abatió. Precavido, Juan durmió con las yemas de los dedos sobre su cuchilla de pescador.

Cuando despertó por la mañana, el hombre ya se había ido.

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El regreso de Smorthian (parte X)

junio 23, 2010

<< Leer las partes anteriores: IXVIIIVIIVIVIVIIIIII

De repente, y por primera vez, los dioses invocados pisaron las tierras de la comarca en desgracia. Nadie los conocía. Nadie los había visto nunca, y su aspecto era un misterio aun para el mismo Friederick. Emergieron de un altísimo vórtice de agua y polvo que llegó desde el horizonte del Mar de Agar hasta casi detenerse ante al flautista. Eran verdaderos gigantes con forma humana; por toda vestimenta llevaban sendas túnicas blancas que les caían desde los hombros hasta las rodillas, asidas a la cintura con lazos incandescentes.

“Por fin…”, pensó Friederick, “…se han apiadado de su gente y atendieron a las plegarias”. Cierto era que en esa oportunidad no les estaban pidiendo cosas tan sencillas como lluvias generosas y cosechas abundantes. Esa mañana, la gente les exigía sangre de monstruo para regar los campos.

Los dos gigantes cargaban arcos y flechas sobre sus espaldas. Los arcos eran de color púrpura, muy grandes, pesados y tensos, y las flechas le recordaban a Friederick aquellas que alguna vez –de niño– escuchara en los relatos fantásticos de los navegantes que llegaban a la comarca desde el Mar de Agar en busca de mujeres y diversión. Eran flechas de energía sólida, tan veloces y letales como los rayos.

Friederick se incorporó ante los dioses, no sin antes apoyar la flauta sobre un verde manchón de hierba. Sentía que les debía tanto respeto como gratitud, ya que la comarca nunca había sufrido ni enfermedades ni guerras, y las cosechas siempre habían sido de buenas a muy buenas. No obstante, su forma humana les brindaba un aspecto demasiado familiar para la gente común. Caer en el exceso de confianza hacia los dioses tal vez trajera consecuencias no muy buenas para una comunidad poco afecta a los asuntos religiosos. Por otra parte, Friederick también pensó que si todo terminaba bien, la gente se acercaría más a sus dioses, y eso sería muy bueno para una comarca que debía ser reconstruida.

Uno de los gigantes tomó a Friederick entre el índice y el pulgar, y lo izó por el aire hasta depositarlo sobre su hombro izquierdo. Por primera vez en su vida el campesino se sintió poderoso. Desde su elevada posición podía ver muy lejos, incluso más allá de las Tierras Lejanas del Sur. Mucho más cerca, aproximadamente a una legua y media, también podía divisar a Smorthian y apreciar la catástrofe en la que estaba sumida la comunidad. El aire estaba realmente seco, lo sentía y lo saboreaba en sus labios ajados. Según lo que podía deducir, el cuerpo de Smorthian debía de absorber constantemente tanta agua de la atmósfera como la que perdía. Lo mismo le sucedía a los troncos podridos que flotaban en el lago al fondo del valle. En su marcha a través de los campos, la bestia había dejado un rastro de lodazales y charcos, además de áreas extensas desecadas por completo. Ansioso, casi desesperado, el campesino se colgó de la oreja del dios, y al grito de “¡Vamos!” esperó que los gigantes pusieran en marcha la erradicación del monstruo.

Leer la parte XI >>

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El regreso de Smorthian (parte IX)

junio 19, 2010

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Mientras tanto, los campesinos vivían los momentos más trágicos de su historia. Como en una pesadilla, Smorthian había comido o desecado a más de la mitad de la gente y a casi todos los animales, y había transformado a los pastizales en inútiles restos pajizos. Las mujeres abandonaban sus casas y corrían con sus hijos hacia el norte; no importaba cuánto ánimo se dieran entre ellas, todas sabían que esa bestia les daría alcance tarde o temprano. Muchos hombres jóvenes las seguían; llevaban en sus espaldas grandes zurrones con tantas pertenencias y alimentos como podían cargar. Por último, a la cola del improvisado desfile, los ancianos arreaban las ovejas que habían sobrevivido y que les darían leche para las criaturas. Uno de los jóvenes, Miryk, al pasar frente a la casa de Friederick tuvo la idea de pedirle que fuera de inmediato a tocar la flauta a la colina. Si era cierto que podía comunicarse con los dioses, que les rogara que hicieran algo, que aparecieran de una vez por todas y que salvaran a la comarca de ese demonio. Las mujeres apoyaron de inmediato a Miryk, que encontró a Friederick muy atareado en el medio del campo y le contó su idea.

A pesar de lo que muchos creían, Friederick no se había desentendido de la situación. No se había quedado en la cama a la espera del final. Por el contrario, el alba lo había visto salir al campo para construir un arma, una especie de honda enorme hecha con cueros de arnés trenzados y cosidos. No estaba seguro de su efectividad –no podía estarlo–, pero deseaba con todo su corazón ver los trozos de la bestia desparramados sobre la tierra. Accionar un arma de semejantes dimensiones iba a demandar la colaboración de muchos hombres, además de una excelente puntería. Friederick seleccionó a varios jóvenes y los instruyó en cuanto a su uso y a los cálculos necesarios para acertar en el blanco. Luego, antes de irse, dejó al mando a Miryk, quien demostraba ser el más inteligente y organizado. En cuanto a las piedras, en esa parte de la comarca las encontrarían con facilidad al ras del suelo. ¿Por qué no había pensado primero en invocar a los dioses con su flauta en vez de armar esa honda disparatada? La pregunta circuló en voz baja durante un buen rato. Nunca nadie supo la respuesta.

Friederick tomó su flauta y se marchó presuroso hacia la colina, a su roca preferida. No permitió que nadie lo acompañara, ni que lo siguieran, ni que lo miraran. Debía estar completamente solo. Aunque su alma estaba atribulada, trepó por la pendiente con el mismo ímpetu que habría puesto esa tarde para labrar sus tierras. Cuando se hubo sentado en lo más alto, enderezó la espalda, inspiró hasta llenar sus pulmones y dejó que las notas musicales escaparan de su flauta hacia los cielos. El colmillo de narval vibró más fuerte que de costumbre, como si la gravedad de la situación le hubiera hecho cambiar su forma de soplar, o como si las palabras contenidas en esas notas hubieran pertenecido a una plegaria distinta, más parecida a un ruego o a un grito de auxilio. Sea como fuere, los dioses demoraron en hacerse presentes, como si el bueno de Friederick hubiera necesitado dar más pruebas de su pureza de espíritu o de lo complicada y urgente que era la situación esa mañana. Friederick tocó, tocó y tocó. Sopló sin detenerse, pensando que a cada nota tal vez correspondiera una nueva víctima de ese espanto emergido de las entrañas de la tierra.

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El regreso de Smorthian (parte VIII)

junio 11, 2010

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Instantes después, Maggoth y Gustaf reunieron al resto del grupo con la intención de presentarse ante Smorthian y comunicarle que habían sido ellos, y nadie más, quienes lo habían liberado. Sus corazones palpitaban maravillados. En particular, Maggoth no podía dejar de imaginar que semejante bestia no sólo le brindaría un poder para gobernar su comarca hasta el fin de sus días, sino también extender sus dominios hacia las Tierras Lejanas, mucho más allá del límite sur.

No obstante, los otros cuatro, ajenos a las elucubraciones de Maggoth, se cuestionaban en secreto la posibilidad de que algo hubiera salido mal. Smorthian no se comportaba como un dios, ni lucía como tal. Su piel era gruesa y de color marrón, y a la distancia brillaba como si fuera viscosa. Poseía una inmensa cabeza, con un par de ojos negros saltones y una boca repleta de dientes; Thrym estimó que en su interior cabría fácilmente un cobertizo pequeño. Su contextura era vigorosa; toda su espalda estaba recubierta por placas coriáceas, y a lo largo de la línea del espinazo protruía un cordón de espolones córneos. Por delante, su torso era más o menos plano, y de los flancos partían varios brazos terminados en manos rudimentarias. Sin embargo, el cuerpo de Smorthian no era más llamativo (ni temible) que algo que llevaba adherido en su espalda. Lo que Maggoth y Gustaf habían en principio identificado como alas eran, en realidad, dos excrecencias alargadas, de un rojo profundo como la sangre de buey. No habían visto aleteos, sino latidos. Esos extraños órganos palpitaban como un corazón, pero no lo eran. Gustaf, el campesino devenido en sabio, dispuso a sus amigos en círculo y les explicó que con esas carnosidades Smorthian podía absorber del ambiente toda el agua que necesitaba para vivir, que era mucha.

Los primeros movimientos del dios solitario justificaron el pánico y la desesperación de la comunidad. Se desplazaba con un balanceo irregular y lento debido a la forma caprichosa de su cuerpo, a su enorme peso y a sus patas, que parecían endebles. Cuando abría la boca, escapaban de su garganta chillidos agudos, muy estridentes. Personas, animales, plantas y todo ser vivo que encontraba a su paso quedaba reseco cual uvas abandonadas al sol del estío. La primera familia devorada fue la de Rundheim, el leñador. Los masticó de manera desordenada, con una voracidad acorde a tantos milenios de confinamiento; también masticó a sus bueyes y cerdos. Sin embargo, el dios errante no se comía a quienes exprimía con esas especies de branquias. Los cadáveres quedaban tiesos en sus lugares, y sus rostros conservaban, cual grabadas en piedra, sus últimas muecas. La comarca entera se estaba transformando en una exposición de muerte y de horror.

Al darse cuenta de lo que sucedía, Gernakt, que caminaba al encuentro de Smorthian junto a Maggoth y al resto, a viva voz compartió con ellos algo que se le había ocurrido: si Smorthian los ayudara a ponerse al mando de la comarca podrían celebrar todos los años ese día de gloria con la exhibición pública del cuerpo momificado de Friederick. Todos rieron durante un largo rato. Todos excepto Maggoth.

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El regreso de Smorthian (parte VII)

junio 5, 2010

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Unas horas después, con el sol a media altura en un cielo sin nubes, Maggoth se hallaba nuevamente frente a la caja de metal abierta. Varios amigos lo habían acompañado, más para protegerlo de su propia locura que por haberle creído esos delirios sobre magos y dioses. A cierta respetuosa distancia de los rollos estaban Gernakt, el hijo del molinero, Gustaf –uno de los campesinos más borrachos de la comarca–, Azur, el rubio pastor que sabía cuidar de ovejas, cabras y cerdos a la vez, Urdheim, el joven dueño de la taberna, y Thrym, el menor de los cinco primos hermanos de Maggoth.

Todos escucharon con atención la historia contenida en el primer rollo, leída y explicada por aquel que el día anterior no era más que un bruto labrador. Todos pudieron sentir el calor de la caja. Uno a uno se fueron acercando a la luz y experimentaron cambios similares a los de Maggoth, tanto en sus cuerpos como en el intelecto. Algunos aumentaron su altura en más de un pie, otros duplicaron su masa muscular, y otros pasaron a lucir melenas hasta la cintura. Al mismo tiempo, todos se transformaron en personas ilustradas. Thrym, por ejemplo, obtuvo los conocimientos de un alquimista experto, mientras que Gustaf comenzó a hablar en el lenguaje de los rollos. Lo mismo les sucedió, con sus variantes, a Gernakt, a Urdheim y a Azur. Obviamente, el asombro fue generalizado, y Maggoth había vuelto a ser alguien creíble. Ninguno de ellos temía por su vida. Ninguno sospechaba las consecuencias de lo que estaban a punto de hacer.

Con una especie de entusiasmo pueril, los cinco se creyeron los vaticinios de Maggoth acerca de las ventajas de devolverle a un dios bueno como Smorthian un pueblo que lo alabara y que le entregara sus sacrificios humanos a cambio de descomunales cosechas, bienestar y riqueza. Sin embargo, nada les dijo sobre sus propios planes para gobernar la comarca.

Los seis hombres esperaron a la caída de la noche para dar comienzo al ritual. La luz brillante que salía de la caja le daba a la tierra un aspecto sobrenatural. Maggoth le entregó ceremoniosamente el segundo rollo a Gustaf, quien a esa altura se había transformado –sin ni siquiera sospecharlo– en un nuevo sacerdote negro; luego hizo sentar a todos a su alrededor, en los vértices de un pentágono regular imaginario que en su centro contenía el arca abierta. Gustaf, que sostenía una piedra filosa entre sus dedos, ordenó que alguno de ellos se hiciera un corte en la palma de la mano para verter su sangre en un cuenco de madera. Y así lo hizo Maggoth. Una vez que el cuenco estuvo lleno, la luz del cofre le cauterizó la herida. De la misma manera sucedió cuando Thrym se cortó las nalgas para ofrendar cuatro onzas de su propio unto. Después de la consagración, Gustaf dividió en 8 partes la grasa y la sangre. La primera porción fue vertida en un hoyo en la tierra. Las seis porciones siguientes fueron comidas y bedidas, y la restante sirvió para que, luego de desnudarse, se frotaran los cuerpos los unos a los otros. Rápidamente, los hombres entraron en un estado de éxtasis y algarabía. Todos sintieron necesidad de volar, y así lo hicieron. Gustaf, satisfecho, se frotó las manos hasta enrojecerlas y trazó con el puño izquierdo un dibujo en la tierra, y lo borró de inmediato. Luego ordenó que todos regresaran a sus ubicaciones rituales y, antes de guardar el segundo rollo en la caja, leyó en voz alta varios de los símbolos allí escritos.

Una vez que Gustaf dio término a la ceremonia, el desánimo ganó el espíritu de los seis hombres, y muy en particular el de Maggoth. Nada había sucedido. Cierto era que la existencia y la magia del cofre no se podían negar. Maggoth no había mentido; todos habían tocado el metal, visto su luz y transpirado con su calor; todas las heridas habían sanado, y los rollos eran tangibles como las astas de los bueyes amarrados a la carreta. Además, el cambio físico e intelectual de los seis era un hecho tan inexplicable como real. Gustaf había cumplido los pasos del ritual a la perfección, mas la noche negra continuaba en silencio, y al no soplar el viento todas las cosas conservaban su estado de quietud. Hacia donde quisieran mirar, ni rastros de ningún dios antiguo ni nada que se le pareciera.

Transcurrido un tiempo de vana espera, los hombres emprendieron la marcha de regreso. Para que el arca de metal no llamara la atención, la llevaron entre todos hasta un bosquecillo de robles al pie de la lomada y ahogaron su luz con una gran cantidad de hojarasca. Entonces orientaron la carreta hacia sus respectivas casas, donde durmieron un sueño reparador.

Temprano esa mañana, la comarca se despertó conmocionada. La tierra se sacudía como los árboles en la tempestad. Con sólo mirar hacia el sur, aquellos que habían salido temprano de sus casas entendieron que algo fuera de lo común, y nada bueno, estaba sucediendo. Los perros aullaban. Desde su cama, Maggoth pudo escuchar el alboroto que había en el campo. Las campesinas pedían socorro con desesperación, y los hombres más valientes también gritaban en el intento de organizar a la gente. Otros, simplemente corrían a guarecerse. Sin llamar a la puerta, Gustaf, que estaba muy agitado, entró a la casa de Maggoth, lo sacó de la cama de un tirón y salieron al campo. Lo que estaban presenciando no había sido visto en la comarca desde hacía milenios. Las colinas del sur habían perdido aquella silueta horizontal que muchos creían eterna. En su lugar, inmensos bloques de piedra yacían esparcidos por aquí y por allá. Y parado sobre la roca más grande que aún quedaba en pie en su lugar original, una inmensa bestia agitaba la cabeza y las alas. Maggoth y Gustaf no necesitaron hablar, sabían que se trataba de Smorthian. Lo habían liberado de su prisión en las entrañas de la tierra, bajo las colinas, donde lo habían puesto aquellos antiguos sacerdotes con su magia negra. El hechizo estaba roto.

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El regreso de Smorthian (parte VI)

junio 1, 2010

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Maggoth llegó de noche a su casa, muy alterado por todo lo que le había sucedido durante la jornada. Como la excitación no le permitió dormir, aprovechó la oscuridad y el silencio para pensar. Pensó sin cesar, y entre preguntas y deducciones fue capaz de reflexionar. ¿Qué aspecto tendría Smorthian? ¿Podía un dios ser –a la vez– malo o bueno según su capricho, tal como lo habían descripto los antiguos escribas en el primer rollo? ¿Habría más dioses como Smorthian, condenados a una espera interminable? En su vigilia, Maggoth pensó que un verdadero dios debía estar del lado del bien. De lo contrario, ambos rollos tendrían que haber nombrado al Mal, en cualquiera de sus formas. Sí, Smorthian debía de ser bueno. Maggoth recordó que alguna vez, en la taberna, había escuchado a sus amigotes contar historias sobre antiguos dioses sin pueblo. Decían que se volvían perversos, que después de esperar eternidades la justa combinación de palabras o la secreta ceremonia ritual, regresaban a la vida para liberar toda su furia aletargada. Nunca les había prestado atención a esos borrachos, pero ahora comprendía que tal vez estaban en lo cierto.

A la hora del alba, cuando la luz es sólo una delicada línea de claridad sobre el horizonte y los campesinos se despiertan para comenzar otra dura jornada en el campo, Maggoth tuvo una visión. Una sucesión de hechos fortuitos le había permitido llegar a leer ese par de rollos de piel y sangre. Había experimentado en su pie apenas una ínfima parte de esa magia poderosa. Su cuerpo ya no era más el del bruto campesino Maggoth, sino una especie de gladiador ilustrado, capaz de leer y entender otras lenguas, de levantar un buey cansado sólo con su brazo derecho, de… ¡Tonterías! Tenía ante sí una oportunidad única: la de brindarle a Smorthian un nuevo pueblo que lo adorara. Y una vez que el dios satisficiera su egoísmo y recobrara sus fuerzas, Maggoth tendría el derecho de pedirle a Smorthian que le concediera el privilegio de su protección y la potencia de su magia para convertirse en líder de la comarca.

Iba a necesitar bastante ayuda, pero eso sería fácil de resolver si actuaba con rapidez. De un salto retomó la verticalidad, se vistió con las ropas más holgadas que pudo encontrar y salió al campo en busca de varios compañeros para llevar a cabo el trabajo más importante de su vida: la liberación mágica de Smorthian.

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El regreso de Smorthian (parte V)

mayo 29, 2010

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El primero de los rollos narraba la historia de Smorthian, único dios de los primitivos habitantes de esa comarca, varios millares de años atrás. Según lo escrito, esa civilización fue devastada por un ejército bárbaro llegado durante el apogeo de la luna para invadir y tomar posesión de las generosas tierras. La invasión fue en extremo sangrienta; los ejércitos despedazaron a los hombres y a los ancianos, y violaron hasta la muerte a todas las mujeres y los niños. Ese ejército no sólo contaba con veloces caballos y armas infalibles de ligero y filoso metal, también estaba protegido por una magia poderosa que le daba sustento y protección a cada ataque, a cada estocada.

En su desesperación, el pueblo asediado recurrió a Smorthian. Los sacerdotes lo invocaron en una ceremonia improvisada en el bosque de coníferas que vestía de verde al cordón montañoso que servía de límite con las Tierras Lejanas del Sur. Smorthian era, al mismo tiempo, tanto una deidad mágica de la luz, que protegía a la comarca y le brindaba buenas cosechas a cambio de jóvenes vírgenes, como un dios de la oscuridad, capaz de engullir a su propio pueblo si le apetecía. En esa oportunidad, Smorthian se corporizó ante los sacerdotes y los devoró en el acto. Conmovido por la brutalidad del ataque bárbaro a su pueblo, el dios intentó desplegar todo su poderío mágico sobre los invasores. Sin embargo, ya era tarde: su pueblo estaba muerto. Solo, sin nadie que lo respetara o lo adorara, el poder de Smorthian se debilitó a tal punto que la magia del ejército invasor lo doblegó con facilidad. Los magos negros redujeron a Smorthian a su esencia y lo confinaron bajo la tierra, en algún lugar de la comarca.

Después, los magos dieron la orden de que la historia de esa mágica victoria fuera escrita con la sangre de los vencidos en un rollo de piel humana desecada. Cuando los escribas terminaron la tarea, los sacerdotes, que a su manera se habían apiadado del dios en desgracia, impartieron una nueva orden: escribir en un segundo rollo la manera de romper el hechizo para liberar a Smorthian. Una vez completada la nueva tarea, los sacerdotes negros con su magia crearon un arca de metal brillante, colocaron los dos rollos en su interior y la sellaron con fuego y luz. Ningún mortal común podría abrirla, excepto aquel que sobre ella derramara lágrimas de dolor. Antes de enterrarla, escribieron en una de sus caras el nombre del dios vencido.

Evidentemente, la marcha implacable del tiempo se había encargado de aquel pueblo bárbaro, de sus milicias, de su magia perversa y de sus descendientes. En algún punto de la Historia, por alguna razón desconocida, todos ellos desaparecieron. Salvo por las tierras y las montañas, la comarca en la que Friederick y Maggoth convivían nada tenía que ver con aquella que fuera arrasada, y si bien la gente siempre podía elevar un ruego oportuno a sus dioses, desde hacía mucho tiempo –más del que se podía recordar– la vida trancurría sin sobresaltos, y los ciclos de las cosechas se desarrollaban con normalidad, sin invasiones ni magia negra.

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El regreso de Smorthian (parte IV)

mayo 28, 2010

<< Leer las partes anteriores: IIIIII

Pero la desesperación de Maggoth había alcanzado tal magnitud que en un violento arranque, ciego de ira y frustración, le asestó al cubo un puntapié tan feroz que terminó quebrándose varios dedos del pie derecho. El obstinado cubo ni siquiera se movió, mientras que Maggoth sufría el dolor más intenso y punzante de toda su vida. Los huesos le habían atravesado la carne y la piel, y –ensangrentados– emergían al aire libre entre las tiras de cuero de sus sandalias. El dolor lo había hecho doblarse sobre sí mismo. Mareado, Maggoth cayó de bruces sobre la cara superior del cubo, aquella que llevaba grabado el enigmático nombre, y así permaneció un rato, inmóvil, a la espera de que el dolor disminuyera. Sin embargo, y para su sorpresa, todo lo contrario sucedió. Había apoyado el mentón sobre el relieve de las letras, y olvidándose de su orgullo de hombre tosco, a sabiendas de que estaba absolutamente solo en ese paraje tan alejado, comenzó a llorar sin consuelo. Lloraba no sólo porque ese metal era inexpugnable, sino también porque con el pie en semejante estado no podría ni sembrar ni cosechar nada de nada. Además, ¿quién iba a dejar de lado su propio campo para ayudarlo? La temporada estaba perdida. Apenas si podía mantenerse en pie.

En ese preciso momento tuvo lugar un suceso inesperado. Las primeras dos gotas de su llanto habían rodado por las mejillas y fueron a estrellarse justo sobre aquella misteriosa inscripción, Smorthian. La caja comenzó a vibrar. Al principio fue leve, pero tan impresionante como para que Maggoth, temeroso, pero apartando de su mente el dolor agudo de la fractura, retrocediera cinco ó seis pasos. Luego, el cubo comenzó a sacudirse de una manera tan enérgica que las placas de óxido que lo cubrían se desprendieron para caer al suelo como la corteza de un árbol centenario. Cuando la vibración terminó, el cubo lucía un plateado enceguecedor que lo hacía brillar como si hubiera sido recién fabricado. Una especie de cerradura quedó expuesta ante los ojos de Maggoth. No obstante, y para su sorpresa, la cerradura giró sola sobre sí misma y el cubo mágico quedó abierto al medio frente al atónito labrador.

El calor que desprendía era insoportable; no obstante, Maggoth sabía que debía olvidar el dolor y el miedo si quería saber qué había allí adentro. Inclusive, cabía la posibilidad de que de la misma manera en que se había abierto solo, también podía volver a cerrarse por muchos siglos más. Así que se acercó como pudo, sin apoyar el pie lastimado, hasta ubicarse a escasas pulgadas de distancia. El cubo abierto no sólo despedía calor, sino también una luz muy blanca y potente. Y justamente allí dentro, a la vista de Maggoth, colocados con prolijidad sobre un soporte de madera oscura muy bien trabajada, dos rollos de un papel amarillento descansaban a la espera de que el tosco labrador los tomara. Y eso fue lo que Maggoth hizo. Estiró los brazos y tomó entre sus manos el rollo de la izquierda, lo extendió frente a sí e intentó leerlo… ¡Leerlo! Maggoth era un campesino, y lo había sido desde niño, tal como su padre, su abuelo y su bisabuelo. Nunca había abandonado sus tierras, y por eso no sabía leer. Sin embargo, fue capaz de hacerlo sin errores: leyó e interpretó cual sabio los símbolos dibujados sobre ese delicado papel. Además, había pasado a dominar una lengua que nunca antes se había escuchado en la comarca. Sin dudas, algo fantástico le estaba sucediendo, y por esa razón, cuando terminó de leer el primer grupo de símbolos no se sorprendió de ver que su pie se había curado por completo. Ya no quedaban ni rastros de sangre, ni huesos al aire, ni tampoco sentía dolor alguno. Al mismo tiempo, sus ropas comenzaron a ajustársele al cuerpo: se le habían abultado los músculos. Además, su cabello había pasado a ser tan largo como el del mismísimo Friederick. Al comenzar a leer el segundo grupo de dibujos, escuchó que su voz era tan potente como el rugido de un león. Así fue como discurrió por la lectura de los dos rollos para, al finalizar, entender de qué se trataba todo aquel misterio que el cofre había guardado tan celosamente.

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El regreso de Smorthian (parte III)

mayo 26, 2010

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El cubo medía aproximadamente dos pies y medio de altura, ancho y profundidad, y estaba construido en un metal semejante al hierro, pero mucho más rígido y duro. De hecho, la brutalidad de la reja del arado ni siquiera le había hecho mella. Cuando Maggoth terminó de limpiarlo, tarea en la que malgastó el agua de su cantimplora y ensució el harapo que cubría su cabeza del sol, pudo leer una inscripción grabada en el centro de una de las caras: “Smorthian”.

Maggoth poseía un espíritu extremadamente curioso; estaba maravillado por el descubrimiento del cubo, y no dejaba de maldecir a gritos cuán hermético era. No pudo hallar ni un resquicio, ni una rajadura, ni una mísera grieta por la cual introducir una herramienta para hacer palanca. Durante un buen rato, el labrador se vio tentado a cavar un pozo para devolverle a la tierra eso que había expulsado. Sin embargo, al levantarlo se convenció de que era imposible que fuese una pieza maciza, ya que –en ese caso– no lo habría podido mover ni un ápice, y mucho menos desenterrarlo. Algo debía de estar escondido en su interior, algo de mucho valor, obviamente, y nada ni nadie iba a detenerlo hasta que estuviera despanzurrado frente a sus ojos.

Con la esperanza renovada, Maggoth inspeccionó una vez más cada pulgada del cubo, buscando bajo las capas de óxido el mecanismo que le permitiera abrirlo. No tuvo éxito. También probó golpearla con piedras de distintos pesos y tamaños. No hubo caso. Por último, intentó romperla al dejarla caer desde la cima de la colina. Inútil. El cubo rodó a los tumbos todo el largo de la ladera y se detuvo en el llano tan intacto como había subido. El sol había empezado a caer sobre el horizonte, y era el momento adecuado para que Maggoth regresara a su casa antes de la salida de la luna. No obstante, pensó que la noticia de semejante descubrimiento se difundiría de inmediato por toda la comarca. Las personas llegarían desde variados sitios para satisfacer su curiosidad o para probar suerte en la apertura (reclamando, de lograrlo, una proporción sustancial del tesoro); seguramente también llegarían ladrones, piratas y otros personajes indeseables sin otro objetivo más que hacerse de su cubo. No, él debía abrirlo ahí y en ese mismo momento, o volver a enterrarlo para continuar la tarea al día siguiente.

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