Padre, maestro y mentor

noviembre 19, 2008

Escalón por escalón, lentamente, como si tanta espera y ansiedad hubieran devenido en un desánimo repentino, subí hasta la penumbra de un escueto recibidor. El cuarto oscuro y un bañito contiguo despedían vaharadas pestilentes, con lo cual, la decisión de permanecer de pie o sentarme no fue trivial: arriba, el aire más liviano olía a revelador y fijador; abajo, a cloaca averiada. “¡Vooy!”, avisó un rato después Micaela, cuando mi nariz ya se había acostumbrado.

Me intrigó la presencia de un estante en la pared del fondo. ¿Un altar? Tal vez… Floreritos, cuencos con semillas, un sahumerio quemado. En el centro, un portarretratos con una foto vieja (y de seguro trucada), en la que se veía a un hombre meditando, a dos o tres palmos del suelo. La pobre iluminación del hall me animó a tomar el marquito. Para mi sorpresa, me fue imposible quitarlo del altar. Revisé que no hubiera tornillos o clavos. Nada. Sólo estaba apoyado contra la pared. Intenté otra vez. Imposible, parecía un apéndice del mismo revoque.

- “Permitíme” dijo Micaela. Al igual que en la reunión en su departamento, nuevamente surgía de la nada a mi espalda para asustarme como a un niño. Ella tomó el portarretratos entre sus manos y me lo entregó.
- “¡¿Cómo lo hiciste?!”
- “Ya te lo dije, soy maga.”
- “Pero…”
- “Shhh, escuchá. Lo que ves allí no es un truco. En verdad, tampoco es magia. Si querés estar conmigo, tendrás que empezar por aceptar estas cosas que hasta ahora te han resultado inexplicables.” Una vez dicho esto, la expresión en su rostro se tornó más reflexiva, dura. “Ahora debés irte. Mi alumna está por llegar. Tenemos que vernos otro día.”
- “Por lo menos decíme quién es el de la foto.”

Le entregué el portarretratos para que ella misma lo devolviera al altar. El timbre de la puerta retumbó en el mármol de la escalera. Micaela, cariñosa, me prodigó un beso en la mejilla, y finalmente dijo “Es Daibushi, mi padre, maestro y mentor.”

Nunca había escuchado hablar de ese tal Daibushi; con los años supe que nunca más podría olvidarlo. Hubiera querido charlar más con Micaela, pero el tiempo se había agotado. La puerta del estudio se abrió, y la supuesta alumna comenzó a subir. Fue la primera vez que vi a Daisy.

Historia transcripta casi textualmente por Hannimal. Fue el día en que visitó a Micaela por primera vez en su estudio de fotografía.


Casi una revelación

noviembre 12, 2008

La reunión estaba muy animada. Un par de grupos eran muy bulliciosos, pero la mayoría prefería charlar y reír normalmente, con estilo. La música y los perfumes recorrían en oleadas los tres ambientes del departamento. Me reconfortaba pensar que aunque hubiera nacido sordo y ciego, aun así sabría que estaba rodeado de mujeres hermosas. Meses después, en su estudio, Micaela me contó que eran modelos y que, en general, accedían a posar tan desnudas como al llegar a este planeta.

- “Hago magia”, respondió a mi gesto mientras daba un giro sensual que me enfrentó con el Ché Guevara que vivía en su cuello.

Pero yo también tenía claro que no cuadraba el glamour estúpido de la fiesta. De vez en cuando Micaela, por buena anfitriona, se me acercaba con algún bocadillo y charlaba un rato. En una de esas me arrastró por el departamento para enseñarme las fotos de las paredes. Era una idea interesante: mendigos y cartoneros en una Buenos Aires blanca y negra. Al llegar a su cuarto, me abandonó de repente ante su autoretrato.

Un rincón de su cuarto me resultó fascinante. Una breve estantería sostenía recuerdos, libros releídos, souvenirs, folletos de viajes, estatuitas, un peluche de Betty Boop. Había otras personas allí, pero no dudo que el rincón sólo me atraía a mí. De lejos noté una foto color 10×15 pegada a la pared con cinta de pintor, y me acerqué. Antes de llegar, ya sabía lo inevitable. Arrancarla fue fácil, aun cuando descascaré la pintura en el tironeo. La guardé en un bolsillo.

La experiencia duró apenas unos segundos con gran intensidad. Quizás haya sido como descubrir un Aleph o como lo que le sucedió al Hombre que vio a la Partera. Algo se abrió en mi mente… Y si bien no penetré por esa grieta en el tiempo, la adiviné. No alcancé a ver la revelación, la percibí. Esa foto había sido tomada desde la puerta. El rincón estaba allí, casi idéntico. Micaela bailaba y con el brazo derecho tapaba el sitio exacto en donde, supuse, después pegaría la foto.

- “Te equivocás. Siempre estuvo allí pegada.” Micaela había regresado, pero ¿cuándo? ¿Habría visto todo? Deseé estar a kilómetros de distancia.
- “Es imposible”, retruqué.
-”Sí y no, depende. Ya te lo dije, hago magia.”

No daba para más, mi cabeza estallaba. Diez minutos después caminaba por Colegiales en busca de la estación con una sola certeza en mente: la volvería a ver muy pronto, en su estudio, y ahí sí le pediría explicaciones. Mientras tanto, disfrutaba del paseo nocturno de vuelta a casa.

Al sacar el boleto, la foto cayó al andén y se perdió.

Esta historia algo rara me la contó Hannimal cuando vio por primera vez a Micaela acá en B.A. después de su viaje por EE.UU.


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