Escalón por escalón, lentamente, como si tanta espera y ansiedad hubieran devenido en un desánimo repentino, subí hasta la penumbra de un escueto recibidor. El cuarto oscuro y un bañito contiguo despedían vaharadas pestilentes, con lo cual, la decisión de permanecer de pie o sentarme no fue trivial: arriba, el aire más liviano olía a revelador y fijador; abajo, a cloaca averiada. “¡Vooy!”, avisó un rato después Micaela, cuando mi nariz ya se había acostumbrado.
Me intrigó la presencia de un estante en la pared del fondo. ¿Un altar? Tal vez… Floreritos, cuencos con semillas, un sahumerio quemado. En el centro, un portarretratos con una foto vieja (y de seguro trucada), en la que se veía a un hombre meditando, a dos o tres palmos del suelo. La pobre iluminación del hall me animó a tomar el marquito. Para mi sorpresa, me fue imposible quitarlo del altar. Revisé que no hubiera tornillos o clavos. Nada. Sólo estaba apoyado contra la pared. Intenté otra vez. Imposible, parecía un apéndice del mismo revoque.
- “Permitíme” dijo Micaela. Al igual que en la reunión en su departamento, nuevamente surgía de la nada a mi espalda para asustarme como a un niño. Ella tomó el portarretratos entre sus manos y me lo entregó.
- “¡¿Cómo lo hiciste?!”
- “Ya te lo dije, soy maga.”
- “Pero…”
- “Shhh, escuchá. Lo que ves allí no es un truco. En verdad, tampoco es magia. Si querés estar conmigo, tendrás que empezar por aceptar estas cosas que hasta ahora te han resultado inexplicables.” Una vez dicho esto, la expresión en su rostro se tornó más reflexiva, dura. “Ahora debés irte. Mi alumna está por llegar. Tenemos que vernos otro día.”
- “Por lo menos decíme quién es el de la foto.”
Le entregué el portarretratos para que ella misma lo devolviera al altar. El timbre de la puerta retumbó en el mármol de la escalera. Micaela, cariñosa, me prodigó un beso en la mejilla, y finalmente dijo “Es Daibushi, mi padre, maestro y mentor.”
Nunca había escuchado hablar de ese tal Daibushi; con los años supe que nunca más podría olvidarlo. Hubiera querido charlar más con Micaela, pero el tiempo se había agotado. La puerta del estudio se abrió, y la supuesta alumna comenzó a subir. Fue la primera vez que vi a Daisy.
Historia transcripta casi textualmente por Hannimal. Fue el día en que visitó a Micaela por primera vez en su estudio de fotografía.
Escrito por blopas 








