Autobombo narrativo

noviembre 1, 2011

Les quería comentar que un cuento mío fue publicado en la revista Narrativas. El cuento se llama La cita estaba agendada y había salido antes en este blog como parte de la saga del Dr. Kovayashi. De hecho, nobleza obliga, debería cederles el crédito a Heriberto Feather y Ferdibaldo Teller, verdaderos autores del cuento.

Y no mucho más que eso, estoy contento.

Portada de Narrativas oct-dic 2011

Portada de Narrativas Nro. 23

 



La estación del ferrocarril

septiembre 12, 2011

Cuando las llagas de mis manos sangran demasiado, entonces me detengo por un instante. Ahora mismo estoy sentado sobre un impresionante resto de mampostería, con la pala aprisionada entre mis brazos y mis rodillas. Creo que sería mejor poder trabajar sin parar porque sólo así llego a evitar el recuerdo de los aviones sobrevolando esta estación de ferrocarril, dejando caer las bombas. De esta manera se formaron las descomunales montañas de escombros que me circundan y que me tapan la visión del horizonte. Son varias veces más elevadas que lo que era la altura general de los techos; sus formas todavía son caprichosas, y sus cumbres, filosas. Yo me acuerdo bien del paisaje que ahora está enterrado. Un extenso jardín adornado con locomotoras y vagones en desuso. El público podía visitarlo todos los días, ya que estaba siempre abierto. He trabajado aquí toda mi vida, soy el dueño de las puertas que ya no existen. Poseo todas las llaves que controlan las entradas y salidas de la estación (ahora inútiles).

Entre palada y palada a veces me pregunto por qué sigo en la estación, pero no sé si afuera estaría mejor porque probablemente debe de haber tantos escombros y tantas otras montañas que terminaría trabajando el doble y la paga sería cada vez más exigua. Por otra parte, aún sigo obligado con el jefe, ya que él se ocupó de mí después del desastre, me asignó este trabajo.

– ¿Cree que usted solo podrá con todo esto?

– Sí, señor.

– La ciudad le estará agradecida. La semana entrante debe­ríamos restablecer el servicio de trenes, aunque más no sea precariamente. Aún no sabemos si el resto del país también está bajo el cemento y derrumbado, pero ¿qué piensa que dirían de nosotros si los trenes empezasen a marchar y tanto usted como yo estuviéramos llorando sobre las vías obstruídas?

– No lo sé, señor.

– Bien, aquí tiene una pala. Puede comenzar cuando quiera.

– Señor…

– ¿Sí?

– Querría trabajar con guantes; mis manos… por la pala.

– No tenemos guantes en este lugar, pero si lo desea yo podría ir hasta mi casa a buscar un par. Queda sólo a unas cuadras de aquí, mas no le garantizo que allí los encuentre y, de todas formas, si así ocurriera, aún debería llegar hasta la estación nuevamente, entre todos los escombros, las ratas y los saqueadores.

– Hágalo, por favor.

– Bien.

– Gracias.

Hace dos días que llueve en forma intermitente, y es por eso que en toda la extensión que mi pala dejó libre de los restos del destrozo ha comenzado a ascender el nivel del agua. “Si tan sólo pudiera encontrar la alcantarilla para destaparla, tal vez evitaría mojarme tanto los pies”, pensé. Ayer vi a un grupo de personas que buscaban la misma alcantarilla, pero no creí que la pudieran encontrar porque toda la estación mantiene un desnivel hacia el extremo en donde yo trabajo. Aquí, precisamente, es donde se acumula más el agua, y es a causa de ese maldito resumidero. No puedo encontrarlo. Hoy aquellos hombres no están, y me tienta ir a excavar allá.

Sé que cada palada que remuevo me acerca un poco más al exterior, pero, en el fondo, mi conciencia siente que esto es solamente un corrimiento de las montañas de escombros. A menudo tengo la impresión de que no estoy tan solo; cuando clavo con horizontal firmeza la pala, oigo llegar voces desde algún lugar más allá de los rieles; cuando me detengo para escuchar mejor, callan, y comienza a escucharse el ruido conocido a fricción entre cascotes y herramientas. Tal vez ellos corran sus ruinas hacia aquí, la estación.

Todavía no me acostumbré al agua, a la mojadura, a no encontrar el tan ansiado desagote. Mojo las llagas en la laguna, pero no es tanta la sangre ni el dolor porque cada vez trabajo menos. Los guantes no han llegado, pero estoy seguro de que el jefe me los traerá pronto. De todas maneras, la laguna está menos profunda (acaso esté lloviendo poco). Si me quedo en este alto puede ocurrir que no me levante más, pero hoy ya no sé qué es mejor. Arriba o abajo, cualquier camino lleva hacia la libertad.

 

Este cuento, basado sobre una historia original de H. Feather y F. Teller, fue leído el sábado 10 de septiembre durante la Fiesta Psicofango, en el Espacio Cultural La Bicicleta.


Versión imprimible -> La historia del Timor (III)


El largo camino a casa

agosto 12, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 33a en la saga del Dr. Kovayashi.

De haber recordado sólo algunas de las lecturas de su juventud, aquellas que distraían sus tardes como El Sargento Kirk o Apache, el doctor habría tomado ciertos recaudos antes de partir. Pero como suele sucederle a los hombres cuando actúan sin vigilar sus impulsos, Kovayashi, sin darse cuenta, estaba escribiendo en su historia un hecho cuyas consecuencias lamentaría por toda su existencia.

“Los largos años de lucha contra los indios
le habían dado al Sargento Kirk
un instinto animal de presa
y una infinita paciencia.”

Antes de abandonar el aguantadero se echo al hombro un morral deshilachado con los mínimos bártulos necesarios para el regreso. Provisiones, bebida, machete y un encendedor a bencina. Sabía por experiencia que el camino sería largo e inseguro, pero esta vez contaría con dos adláteres como David y Nikola. También llevaba los cuentos de Feather y Teller ya que aún le faltaba terminar la historia del Gringo y otros cuentos. Y para las eventualidades que, estaba convencido, surgirían durante el viaje llevaba en un bolsillo la filosa estrella que meses atrás le había obsequiado el Dr. Yang.

“Lo que ahora veía sobre el horizonte
no eran nubes sino señales de humo
que escribían en el cielo
sobre territorio Pawnee.”

Una vez fuera de la choza sintió que el amanecer le erizaba la piel como una tricota de estopa. En siete meses de selva había conocido docenas de espíritus salvajes, y el frío era uno de ellos. Por eso permitió que se le metiera por cada uno de sus poros. Al cerrar los ojos creyó estar oliendo las flores de su jardín y escuchando el traquetear apagado de los neumáticos en los adoquines. Pero el espíritu de la música, el más añorado, ése era ajeno a la selva. Hacía que las tripas del doctor hirvieran con el recuerdo de la Obertura 1812. El pecho del doctor exageraba la emoción del retorno mientras sus manos inquietas jugueteaban con el encendedor. Había aguardado con paciencia el momento de eliminar sus rastros de la faz de la tierra. Por eso su corazón y, por empatía, los de sus primates amigos se inflamaron cuando la choza estalló con un woof sofocante y abrasador que, hambriento, la hizo arder hasta el suelo. Ya se encargarían la selva y la fotosíntesis de rellenar el claro en poco días.

“Desde antes del amanecer cabalgaba por el desierto.
Ni él mismo sabía adónde iba. Lejos, eso sí.
Quizás a reunirse con los restos de los Tchatogas,
entre los que tantos estragos hiciera su carabina.”

“En marcha”, gritó Kovayashi, y cinco minutos después toda la troupe se abría camino animadamente a través del sotobosque. Nunca se había imaginado tanta compañía para el retorno. David y Nikola iban en sus hombros y Scalisi, Rómulo y la Sra. W. caminaban 30 metros por detrás. Por último, en un dosel imaginario de epífitas y lianas, α y β cumplían su palabra de llevarlo hasta la frontera.

“Así fue cómo el sargento Kirk, el teniente,
los soldados y el cacique prisionero
emprendieron la marcha hacia Fort Sherman,
adonde ninguno llegaría jamás.”

A pocos kilómetros de allí, un hombretón sucio y barbudo apostado sobre una torre disimulada en la vegetación avistó la columna de humo. Dejó por un instante sus binoculares y encendió el intercomunicador. Abajo, en el campamento, los traficantes de fauna escucharon con estupor sus dos palabras. “Tenemos visitas”. Al unísono todos amartillaron sus revólveres.



Clandestino

julio 12, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 31a en la saga del Dr. Kovayashi.

- “Nikola… David… ¡Su dulce!”

Como consecuencia del pasaje a la clandestinidad, el humor del Dr. Kovayashi había sufrido cambios como nunca antes en su vida. Podía moverse con facilidad entre extremos tales como la felicidad de ser libre y la angustia asfixiante de la soledad. Dos primates lo habían aceptado bajo su tutela, visitándolo a diario para llevarle frutas y prodigarle cuidados; a cambio, sólo le exigían generosas porciones de dulce de guayaba, que él compartía de buena gana. Había llegado al borde de su existencia. No tenía con quién hablar excepto Nikola y David, cuyas energías vitales le recordaban a Tesla y a Bowie. Con frecuencia, harto de mirar las cuatro paredes de caña de su choza, salía a caminar por la selva enmarañada. Llevaba consigo la estrella ninja y practicaba puntería contra el grupo de monos que no se animaban a visitarlo. Nikola y David se abstenían de gesticular al respecto pues entendían que esas muertes no eran en vano: con ellos, el Doctor preparaba exquisitos consomés.

Desde que escapó de Argentina, el Doctor debió sortear problemas complicados, desde cruzar fronteras por pasos ilegales, improvisar canoas con troncos de bombacáceas, atravesar ríos de aguas turbillonarias, enfrentarse con traficantes de fauna a machetazo limpio, o extraviarse en pantanos infectos, al límite de sus fuerzas.

No obstante, sus ansias de libertad lo fortalecieron y estimularon. El aguantadero selvático donde vivía era una choza construida sobre un terreno elevado, donde casi todos los días caían aguaceros de corta duración. Al salir el sol, el vapor de agua subía desde el suelo en forma de neblinas lechosas. En esos momentos, el Doctor imaginaba que al levantarse la humedad volvería a encontrarse cara a cara con el homúnculo de la bolsa de bruma y su amigo de la túnica iridiscente. Después, al regresar de su ensueño, era capaz de arrojar la estrella mil veces más fuerte. Pero matar animales no lo hacía menos infeliz.

¡En qué poco tiempo el alma de Kovayashi había caído en la angustia y la tribulación! Después de siete meses ya no le alcanzaba con saber que allí estaba seguro. Las mañanas, las tardes y las noches habían perdido su atractivo natural y apenas le servían de fondo para evocar los tiempos idos. En ocasiones creía ver al viejo Scalisi y a la Sra. W. y su esposo Rómulo errando como Curajhy-Yarás por el laberinto de hojas y lianas. Sus gemidos de fantasmas en pena lograban socavabar la culpa del Doctor ya que, de alguna manera, él los había ayudado a morir. Su antigua estima por la raza humana había flaqueado al extremo de confundirse con el odio. Y en el sinsabor del ostracismo juró por sí mismo y por el verdor que lo rodeaba regresar pronto a su barrio para rehacer su vida, o lo que le quedaba de ella.

En ese estado cercano a la depresión, Kovayashi se preguntó muchas veces qué sería de Heriberto Feather y Ferdibaldo Teller, a quienes se sentía hermanado por haber ajusticiado a Jorgito Kandraski. De ellos conservaba el recuerdo de sus rostros y un voluminoso manuscrito que tenía menos de novela que de collage de textos. El Doctor se consideraba a sí mismo un excelente crítico literario, por lo cual sufría al no poder decirles personalmente a esa pareja de mequetrefes cuán execrables le resultaban sus escritos. Había discurrido por las páginas de cuentos como Dos guitarras y un cajón peruano y La cita estaba agendada, sintiéndose no menos que indignado por tamaña mediocridad. Incluso había comenzado a leer otro cuento, El perro era dulce, pero decidió abandonarlo por su longitud exagerada. No dudaba de que Feather y Teller eran tan malos con la pluma como con la 9mm.

De repente, Nikola y David se descolgaron desde las ramas de un inmenso árbol de San Francisco para caer sobre las piernas del Doctor, que todavía se medía la voluntad en su camastro de pieles de mono. Ambos traían en sus diestras sendos frutos maduros de pitajaya para compartir con su protegido. Sin abandonar su posición horizontal, Kovayashi partió los frutos con sus manos y levantándolos cual ofrenda a un dios en el que no creería nunca más, brindó con sus peludos amigos.

- “Nikola, David… brindo porque el regreso sea pronto e inmensa nuestra alegría. Porque quiero que sepan, mis fieles amigos…” declamó el Doctor llevándose una mano al corazón “…que no me iré solo de este lugar.”

Las palabras sonaron tan emotivas que Nikola, David y el mismísimo Kovayashi comenzaron a sacudirse con las vergonzosas convulsiones del llanto. Después de consolarse en un abrazo colectivo, los primates huyeron a la selva para engullir el dulce de guayabo. Mientras tanto, el Doctor había conciliado un sueño depresivo que lo retuvo en su camastro por el resto del día.



La cita estaba agendada

abril 25, 2011

Desde la comodidad de su exilio, el Dr. Kovayashi emprendió la lectura del manuscrito de Feather y Teller. Para su sorpresa, no se trataba de una novela sino de una cantidad de cuentos relativamente largos y no relacionados entre sí. Kovayashi no resistió la tentación de corregirlos y modificarlos; después de todo, así era su espíritu y eso pretendían Heriberto y Ferdibaldo. A continuación, “La cita estaba agendada”, el primero de los cuentos que el Doctor dejara listo para publicar.

El mareo no le dejaba discernir qué era peor, los quince minutos de espera sobrevolando Ezeiza o haber iniciado finalmente el descenso. Desde que tenía uso de razón sentía pánico de los aterrizajes porque sabía que siempre están ahí, al final del viaje, cuando las ruedas tocan la pista y el avión se descontrola hasta terminar convertido en una bola de fuego. El vuelo desde Barajas había sido óptimo, y aunque no había podido pegar un ojo, Elena se sentía entera, incluso al punto de pensar en ir directamente a lo de Sardinero. Allí terminaría de editar el manuscrito de su primer libro, una selección de sus mejores cuentos cortos. Pero antes había que aterrizar, y por eso mantenía los ojos cerrados desde hacía, al menos, quince minutos. Cuando se escuchó el “ding” que instaba a abrocharse el cinturón, los abrió de par en par el tiempo justo para que, tal vez por obra del azar, su mirada se topara con la del muchacho de traje y barba entrecana. Cuatro butacas más allá, él levantaba su pulgar y enarcaba las cejas como preguntándole cuán bien o cuán mal se encontraba. Elena le contestó afablemente el gesto y volvió al resguardo de sus párpados cerrados. El Boeing aterrizó suavemente en Ezeiza.

¿Y vos?, le preguntó ese muchacho que andaría por los 50, que se llamaba Juan y que se había sentado a su lado en el micro que los transportaba al centro de Buenos Aires. Él le confesó que después de quince años en Sevilla aún seguía detestando a los porteños por ser tan cínicos de mantener mugrienta la ciudad y hacerle perder paulatinamente su distinguido charme europeo. No obstante, la vida había querido que sus dos hijos nacieran porteños, y por ellos era capaz de hacer la excepción de regresar un par de veces por año. ¿Yo?, respondió distraídamente Elena mientras fantaseaba con tener treinta años menos y cambiar a Sardinero por dos días de hotel con ese desconocido. Ahora, con cincuenta y cinco pirulos, sola después de varias parejas, se llevaba muy bien con varios amigos madrileños y veía con simpatía las redes sociales cuando la literatura se quedaba vacía de inspiración. Antes de responder, justo antes de bajar en el obelisco y despedirse de Juan con un hasta siempre, no pudo contener una andanada de recuerdos: aquellos días previos a escapar de Argentina, la mañana en la que dieguito, el riojano y el flaco levantaron la copa en Japón, cuando se llevaron a sus compañeros de Letras… Era el ’79, imposible confundirse, el espanto recorría las calles y la militancia se había vuelto un suicidio consciente. Todo estaba tan jodido que ese día no entró a la Facultad ni volvió a su casa; ignoraba que no regresaría allí nunca más en la vida. Por fortuna, Sardinero, arrastrándola de un brazo y tapándole la boca para que no gritara, la metió en el baúl de su Dodge Polara y la escondió en un altillo del caserón que poseía en Parque Chacabuco. A los otros cuatro los chuparon en la Facultad a pleno día y frente a todo el mundo. Una semana después, el profesor le entregó un pasaje de avión y la besó en la coronilla. Es por tu bien, le dijo, tarde o temprano te van a encontrar, como a tus amigos ¿viste? Hoy por hoy no existe un escondite seguro… Elena tuvo que morderse los labios para no insultar a quien le había salvado la vida. ¿Y qué voy a hacer allá, profesor? Quedarte y no volver, eso vas a hacer… Y escribí mucho, mirá que tenés pasta para eso, le dijo mientras cerraba la inmensa puerta de hierro, madera y cristal. Lloró diez minutos en la fuente del parque y luego emigró. Treinta y dos años en España… Si bien una carta manuscrita al año fue su único vínculo con Sardinero, debió de pasar mucho tiempo hasta que en 2010 se permitió preguntarle esa duda que llevaba como un cáncer dormido: ¿qué habría hecho él si los corruptos la hubieran encontrado? ¿La habría entregado así nomás o se habría jugado por esa estudiante a quien sólo quería porque redactaba mejor que el resto? Esa carta nunca tuvo respuesta. De los hombros de Juan colgaba una mochila amarilla y azul que le arrugaba el saco. Yo también vivo en Madrid, respondió ella, y segundos después, ya perdido él en la muchedumbre de Corrientes, agregó un nostálgico hasta siempre.

Vaya a saber qué la impulsó a cambiar de planes y caminar directamente hasta el hotel. No fue esa ligera molestia en la punta de la lengua, tampoco el cansancio ni la urgencia de cafeína en las venas, y mucho menos las ganas de beber un trago. Tenía el estómago revuelto y aún faltaban muchas horas antes de la cena. Maldijo. Las veredas de la calle Lima la acogieron como si nunca se hubiera ido, y eso la ayudó a olvidar que sus bártulos pesaban como si los hubiera rellenado con barro. Además, había tanta humedad en la atmósfera que el vapor de la transpiración se condensaba apenas abandonaba los poros. Así ingresó al hotel, empapada en sudor. “Bienvenida a Buenos Aires”, la saludó un conserje parecido a alguien que no pudo precisar, y un botones ridículamente uniformado la guió hasta su habitación.

La ciudad está igual, dijo Elena al ver por la ventana los palos borrachos en flor; o mejor dicho, está irreconocible, se corrigió tras advertir el embotellamiento en la ancha avenida. Apoyó la nariz sobre la línea vertical del cristal biselado, cuidando de que a cada ojo le correspondiera una faz; así, como jugando, descubrió una baires fantasmal y rió cuando vio al Quijote y a Rocinante atrapados en una escultura inconclusa. Estaba sensible. Se preguntó hasta qué punto tenía sentido lo que estaba haciendo, eso de haber regresado para vera a Sardinero; había otros caminos, otras formas para ser escritora… En el cielo flotaba una nube. Necesitaba encontrar un punto de contacto entre esa ciudad irreal y la verdadera; seguramente existía, pero no era obvio. Los herrajes de bronce y la bañera de fundición demostraban que el hotel era de otra época, cuando los objetos se fabricaban para perdurar. Quizás algún huésped parado en este mismo lugar, imaginó Elena, haya visto los aviones sobre Plaza de Mayo durante la Revolución Libertadora. Ahora no eran aviones sino carteles de publicidad, cientos de ellos, erguidos sobre los edificios de la avenida cual guardianes de los cielos. Eran las 15:10 cuando notó que aquella inquietud en la lengua se había convertido en dolor. Espeleología, pensó. Llevaba horas insistiendo sobre una semillita de tomate trabada en el hueco de un molar. Juró no volver a dejarse estar. Un instante después, con la carpeta de cuentos abierta sobre el colchón de su pubis desnudo, Elena, recostada, semidespierta, pensaba que Buenos Aires siempre había sido (y seguía siendo) una ciudad indescifrable. Como las imágenes que atraviesan los cristales biselados.

La parada del colectivo era un fresno con una chapa oxidada que decía “126″; sin la ayuda de un kioskero habría tardado muchísimo en descubrirla. Se resignó, ahora llegaría tarde a lo del profesor. Le pareció que no sería conveniente contarle el sueño que acababa de tener. Nunca había vuelto a usar los nombres de pila de sus compañeros, sólo eran el chino, el negro, la turca y la tana, gente excelente que admiraba al Ché y que estaba al tanto de lo que sucedía en el país. Gracias al negro tenían acceso a unas máquinas en un sótano, él les hacía el service y por eso entendía cómo funcionaban; allí imprimían los volantes que intercalaban en los apuntes, todo en un supuesto gran secreto. Ahora, los cuatro habían reaparecido para darle la bienvenida. Elena siempre los soñaba igualitos: llevaban las ropas de aquellos días, la turca estaba maquillada y el negro lucía su típica barba descuidada. No bien comenzó a insistirles con parar todo y rajar, sus amigos se convirtieron en sombras que la empujaban hacia un aula a oscuras en cuyo escritorio la esperaba Sardinero. Elena se despertó con el espíritu dolorido, lastimado por el ir y venir de ese rallador de queso que es la memoria. Y como no por nada había viajado a Buenos Aires decidió salir del hotel y tomar el 126 hasta Almagro, donde vivía Sardinero. Por cierto, Sardinero tampoco era el nombre real del profesor.

* * *

Qué semillita de porquería, masculló Elena al sentir su lengua al borde del infarto. Ubicó un asiento libre al fondo del colectivo. Allí notó que su bolso de mano llamaba demasiado la atención, no tanto por el color ni por el diseño, sino porque estaba hinchado de papeles, a saber: la carpeta con los cuentos y 31 cartas que tendría que haber dejado en Madrid. Una por año no es poco si no hay de qué escribir, reflexionó a la altura de Entre Ríos. Sin embargo, todas eran gruesas, llenas de consejos y citas literarias. Leerlas implicaba decodificar la letra ganchuda de Sardinero, quien por propia voluntad nunca se había subido al tren del email pero disfrutaba horrores a la hora de usar papel, tinta y estampillas. Treinta y una cartas… cualquiera podía deducir que la número 32 nunca había llegado a Madrid. Elena bajó una parada antes. Necesitaba tomar aire.

Almagro era lo más parecido a una patada en los dientes. Compararlo con Parque Chacabuco, antiguo amor del profesor, era una canallada que Elena no podía evitar. Frente a una puerta de madera sin molduras revisó una vez más la agenda, no fuera que por error… Mas no, la dirección era la correcta, Maza XXX. La fachada era tan horrible como el barrio. ¡Cuánto debió haber sufrido la mudanza! En un taller mecánico vecino escuchaban cumbia a un volumen altísimo aunque insuficiente para tapar el compresor y los escapes de los colectivos. Ajeno al averno de la calle, el timbre en el interior de la casa sonó con dulzura; Elena, aturdida, no podía saberlo. Tocó dos, tres, cuatro veces, golpeó fuerte con los nudillos, esperó, y de no haber sido porque se dio media vuelta para retornar, seguramente nunca le habrían abierto. Ella era de creer en esas cosas. La voz de contralto que la invitó a pasar merecía provenir de un cuerpo masculino pero se trataba de una mujer, una enfermera corpulenta cuyo guardapolvo blanco era el contraste ideal para sus hermosos rasgos oscuros. La está esperando, dijo al atravesar un living diminuto con olor a sanatorio. Elena infirió que algo no andaba bien. El hombre tuvo un ACV hace cuatro meses; pero no vaya a creer, a veces se enchufa…, comentó animadamente la enfermera. Pero Elena hubiera preferido salir corriendo antes que entrevistarse con un viejo más muerto que vivo. En el cuarto halló una pasa de uva hundida en la cama, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Cómo es posible que “eso” esté esperándome?, preguntó. Es que usted está agendada desde hace como un año, respondió la enfermera mientras se echaba la cartera al hombro y se iba. La reemplazante llegaría pronto. Hasta entonces habrían de quedar a solas. Elena sintió que la desilusión se le hacía humedad en las mejillas.

¡Cuánto vaciló Elena antes de acercársele! No por temor a despertarlo, puesto que lo hubiera preferido vivaz como antes, sino por miedo a que estuviese realmente muerto. También imaginó que el viejo podía estar fingiendo y alerta; lo imaginó con el cañito de la enema entre los dientes, presto a saltarle encima no bien le diera la espalda. ¡Qué pavota!, eso únicamente sucede en los filmes de Hollywood, se reprochó mientras apoyaba el bolso abierto sobre las piernas de Sardinero. Era imposible que supiera cuán tarde llegaría la segunda enfermera a tomar la posta, por lo que muy de a poco la ansiedad le fue corroyendo las tripas. Muy pocas escritoras habrán pasado estas peripecias con su mentor, razonó; o no, quién sabe… al menos yo debería repensar eso de considerarme “escritora”. Tomó delicadamente las muñecas del hombre y las levantó hasta que el manuscrito encarpetado quedó asegurado contra su pecho. Tenía la esperanza de que pronto se enchufara, como dijera sin demasiada ciencia la enfermera. Ciertamente, odiaba que el viaje culminara de esa manera, mas poco se podía hacer salvo esperar que apareciera el reemplazo y rezar para que el viejo se despertara, si es que eso tenía alguna chance de ocurrir.

Como a menudo les sucede a los escritores noveles, Elena también tenía vicios profesionales desde antes de comenzar su carrera. Ejemplo de esto era su debilidad por las bibliotecas. Si contenían obras clásicas y ediciones lujosas, mejor, y si cubrían de punta a punta una pared, como la de Sardinero, la debilidad se convertía en fascinación. El estante superior estaba dominado por obras de Borges. Los tres estantes inmediatamente inferiores contenían literatura inglesa en inglés: desde Samuel Taylor Coleridge hasta Orwell, y ediciones comentadas de Marlowe, Kipling, Wilde, Melville y Chesterton. También encontró las obras completas de Stevenson, Dickens, Shelley y, obviamente, Shakespeare. Elena los conocía, aunque poco y nada había leído de ellos. Por último, los dos estantes más bajos contenían una miscelánea que no merecía ser comentada. Y más abajo, un majestuoso escritorio que parecía sostener la masa de libros como Atlas la bóveda celeste. El polvo que lo cubría no daba lugar a dudas: nadie lo había utilizado en mucho tiempo. En ese momento, Elena creyó que el viejo había despertado, pero se equivocaba, la traicionaban sus nervios. Pese a que se consideraba una persona menos curiosa que perspicaz, descubrió sobre el escritorio un área rectangular en la que la capa de polvillo era más delgada. Evidentemente, alguien había quitado el objeto sin molestarse luego en limpiar. Miró velozmente a su alrededor mas no halló en todo el cuarto ninguno que pudiera haber dejado esa marca. Debe haber sido un papel, dedujo Elena, y en ese caso, pensó, las dimensiones me resultan en extremo familiares. Una corazonada la impulsó a abrir el cajón principal, de cuyo interior escapó una ráfaga de aire frío. Había vuelto a presentir la mirada horizontal del viejo, quizás invocándola en silencio o, por el contrario, ignorando quién era esa extraña que husmeaba entre sus cosas. Elena sabía que ese frío no era sobrenatural. Dentro del cajón abierto, Elena había leído su seudónimo escrito con tinta negra en el anverso de un sobre cerrado y sin estampilla. No lo pensó dos veces: tomó la carta número 32 y se la guardó entre la ropa. Caminó hasta el borde de la cama como quien se aproxima por primera vez a la pecera de un ajolote. Ahora Sardinero la estaba observando con los ojos bien abiertos. Lejos de saludarla, o de alegrarse, o de pedirle su pluma fuente, el profesor estrujaba más y más la carpeta contra su cuerpo desgraciado. Ese inoportuno ACV lo había transformado en un niño caprichoso que se negaba a devolver un juguete ajeno. Contrariada, Elena insultó al maldito reemplazo que no terminaba de llegar, y al olor a medicamentos, y a la lengua inflamada de tanto lamer y empujar la semillita. Soy Elena, profesor, le avisó por fin, pero el viejo permaneció inmutable como el bronce.

Nadie sabía tan bien como Elena la diferencia entre ser optimista y negar la realidad, y por eso creía que su profesor, prácticamente desahuciado, aún podía ayudarla con los cuentos. Incluso cuando hubiera sabido cómo iba a terminar esta historia, igualmente habría bajado la oreja para escuchar lo que Sardinero estaba comenzando a decir. A cualquiera se le habría escapado aquel sutil movimiento de labios, pero no a Elena, quien también creyó percibir en las arrugas del profesor un color más encendido. Cacacacacacacacacacacacacacaca, decía casi en una hebra de voz. ¡Ay, Dios!, gritó Elena. De un manotazo enérgico destapó al viejo para dejar expuesta su inmundicia. Aquel ’79, Sardinero había arrancado el curso hablando de Borges, a quien conocía de esa misma Facultad. Además de cautivantes, las anécdotas que contaba solían entroncar con el tema del día, por lo cual sus alumnos debían estar prestos abstraer y a relacionar ideas si deseaban seguir el hilo de la clase. Sardinero era dueño de una inteligencia tan seductora como su voz profunda y matizada. Por eso, varias de sus alumnas, la tana y la turca incluidas, se habían enamorado de él aun a sabiendas de que era “medio milico”. Elena volteó al profesor sin demasiado esfuerzo y después de limpiarlo con la sábana lo dejó en posición de géiser-humano y abandonó la casa a toda velocidad. Corrió sin parar hasta llegar a su hotel, donde entre sollozos tomó una ducha, leyó la última carta, se aplicó alcohol fino en la lengua y luego se durmió. Esa noche, la jodida semillita se escapó sola del molar.

* * *

Creo que estamos a mano, profesor, dijo Elena minutos después de volver a releer la carta, justo antes de arrojarla a un cesto de basura. Los recintos de preembarque solían enrarecerle el humor. Había tanta gente… todos hablaban por celular o en grupos, pero no se escuchaban ecos. Los altoparlantes anunciaban un vuelo tras otro, y desde las vidrieras los anuncios sólo mostraban satisfacción y belleza. Pero la verdadera angustia trascendía al preembarque, era Ezeiza, eran los aeropuertos, era Madrid y era la condenada República Argentina. No entendía por qué el remisero le había dicho que hacía bien en irse, que en España estaría mejor, que este país no tenía arreglo. Después de todo ¿qué sabía ese tarado de vivir en España, donde nunca iba a ser más que un extranjero? Debía haberlo golpeado en la nuca, pero desistió porque él manejaba, porque ella era mujer y porque, efectivamente, deseaba regresar para dejar que el futuro le regalara algo distinto. Cansada de esperar, caminó hasta el toilette para corregir un poco su aspecto frente al espejo. El bolso de mano había perdido la barriga al quedar la carpeta con los cuentos entre Sardinero y el colchón (y no era cuestión de meter la mano ahí para quitársela). Prefirió creer que el profesor la había atesorado para sí. Además, había dejado las otras 31 cartas en el hotel; si por casualidad un escritor de verdad las hallaba podría escribir alguna historia sobre ellas y la misteriosa número 32.

Elena embarcó primero que nadie y se abrochó el cinturón mucho antes de que se escuchara el “ding” del aviso. Le tenía pavor a los despegues, y las estadísticas le daban la razón: la mayor cantidad de accidentes en el planeta suceden en ese momento en el que las aeronaves se desentienden del suelo. Por eso cerró los ojos, para buscar protección en su mundo interior. Sin embargo, ese día Elena experimentó una sensación cálida y confortable, un presentimiento que la llevó a levantar los párpados antes de que el avión hubiese salido del reposo para buscar la pista. ¿Sincronicidad o coincidencia?, se preguntó sorprendida al reconocer, asiento de por medio, el pulgar de Juan extendido hacia el techo en claro gesto de interrogación. Azar o no, lo mismo da, pensó, mientras levantaba amablemente el pulgar derecho y vestía su cara con una sonrisa. Y a pesar de que el estómago se le revolvió un poco cuando el Boeing comenzó a ganar altura, ya no volvió a cerrar los ojos en el resto del viaje.

Agregar a DeliciousAgregar a FaceBookAgregar a Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Un truco gallo antes de partir

febrero 2, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 30a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¿García?” La voz en el auricular sonó con temor y respeto. El reloj marcaba las 10 a.m.

_ “Teller…” contestó Kandrasky al otro lado de la línea. Habían acordado nunca usar sus verdaderos nombres por teléfono.

_ “Feather.”

_ “Lo mismo da.” Seguramente el canillita usaba un pañuelo para disfrazar su voz.

_ “Tengo lo suyo. A las 15. En su casa. Traiga lo… ejem… lo mío.”

No hubo más respuesta que un click. El plan estaba en marcha. A las 13 p.m., Feather y Teller, que ya habían hecho y comprado todo lo que debían, cruzaron Sobremonte debajo de un sol inclemente e ingresaron a la casa de Kovayashi sin que nadie los viese. Llevaban varios bultos llamativos.

Por su parte, el Doctor también había realizado sus tareas. Al despuntar el sol ya había terminado de cavar en su jardín un prolijo hoyo de 60 x 150 cm. Había conservado intactos los primeros 5 cm de pasto, y con el resto de la tierra había formado una montaña. Luego extrajo del pequeño tambucho del fondo un retazo de polietileno de alta densidad que “por las dudas” había guardado en septiembre, después de levantar el túnel para hortalizas. Una vez centrado el plástico en el hoyo, saltó al interior. El hoyo quedó forrado.

A las 14 p.m., Kovayashi le ordenó a los escritores que subieran al máximo el fuego de las hornallas. El agua hervía a borbotones. El Doctor no podía dejar de observar con cierta desconfianza a la pareja. Miraban obsesivamente sus relojes. Caminaban de aquí para allá, en líneas rectas y en círculos. Iban y venían al baño, controlaban la calle desde el escritorio, salían al jardín. Pasaban largos ratos sin mirarse; casi ni se hablaban, y cuando lo hacían eran cuchicheos apenas audibles. Kovayashi, atento a cada detalle, notó cómo latían los tendones de la diestra de Teller. Había mucha tensión allí, parecían extrañar el metal del Parabellum que abultaba su sobaco. Por un momento, el Doctor evaluó la idea de dejar que Jorgito eliminara a los escritores. También pensó cuán probable era que él mismo hubiera caído en una gran trampa tendida por el diarero, que estos dos payasos trabajaran para él, que todo fuera una gran actuación (incluyendo el tiro fallado), y que el acto final estuviera por desarrollarse en su propia casa. También imaginó que el fantasma de Rómulo, si es que andaba por allí, también podría ser de ayuda. “Basta de boludeces”, pensó Kovayashi y sacudió la cabeza como un perro mojado. El reloj cantaba las 14:30 p.m.

El timbrazo de Jorgito electrificó el aire de la casa del Doctor. Feather miró su reloj de pulsera: exactamente las 14:50 p.m. Se había adelantado. El más locuaz de los escritores abrió la puerta, mientras el otro se ubicó en el extremo opuesto del living. Kandrasky caminó hasta el centro del cuarto llevando delante de sí, sobre sus manos, un maletín negro. Feather cerró la puerta con llave sin hacer ruido.

_ “Primero lo primero. Muéstrenme el cuerpo.”

_ “Me parece justo” opinó Heriberto al tiempo que guiaba a Kandrasky hacia el cuarto de baño. Teller corrió a la ventana y verificó que la calle estuviera desierta; luego volvió sobre sus pasos para ubicarse detrás de ellos. Sin encender la luz, Heriberto señaló un bulto gigante en la bañera, envuelto en un nylon negro. Había manchas de sangre reseca en las paredes, en el lavabo y en el piso, y se notaba que las habían intentado limpiar con un trapo. Los vapores de la lavandina eran tan intensos que Kandrasky sintió náuseas; no sólo por el olor, sino también por respeto a la familia Kovayashi, a quienes les había vendido el periódico por más años de los que podía recordar. Sería un hampón, pero tenía sentimientos. Por eso no pidió que le abrieran la bolsa y regresó al living con pasos apresurados bajo el atento control de los escritores.

_ “Qué pena… qué pena… El Doctor era un gran muchacho. Por desgracia, sobrevivió al choreo… Vio cosas, podía incriminarme ¿entienden?” Kandrasky parecía estar pidiendo comprensión a los escritores, pero éstos únicamente entendían que estaban en la misma situación que Kovayashi. Ferdibaldo palpó la Parabellum. Mientras tanto, Kandrasky prosiguió:

_ “La libertad, señores, es como la salud: más se la valora cuando se la pierde. Por eso, yo me pregunto ¿cuánto vale la libertad? En este caso, señores, su libertad depende de los documentos que traigo en este maletín, y estoy seguro de que coincidirán conmigo que romper todo lo que firmaron bien puede valer más que un departamentito en este barrio de mierda, ¿no?” La mano nerviosa de Teller aferró el metal en su sobaco, y con el rostro enrojecido de ira le gritó a Kandrasky:

_ “¡¡Queremos la plata!!”

_ “Por lo que veo, no quie…” La frase quedó inconclusa.

_ “¡Metéte los papeles en el culo!”, gritó Ferdibaldo, y sacando la pistola disparó al cuerpo de Kandrasky. La bala dio en el blanco, acertando a destrozarle la rodilla derecha. Su pierna quedó unida al muslo por una hebra mínima de carne, y por eso el hampón, en un grito de dolor y sorpresa, cayó al piso. En ese mismo instante, Kovayashi ingresó al living. No necesitó explicarle a Jorgito lo que estaba por suceder. Jorgito tampoco necesitó preguntarle nada. Teller se apresuró a abrir el maletín de Kandrasky. Era cierto, en su interior no había ni un mísero centavo olvidado. De repente, un nuevo grito de alerta, esta vez de Heriberto, congeló el living:

_ “¡Cuidado, tiene un arma!” Kandrasky había extraído un puñal de abajo del pantalón que cubría la pierna destrozada.

Había llegado el momento esperado, el instante planeado y deseado en el que el Doctor debía enfrentarse a su asesino. No era un duelo de cowboys fuera del saloon, pero así estaban planteadas las cosas, sólo el más rápido viviría. Los metales resplandecieron en las diestras de los dos hombres. Con la velocidad del guepardo, Kovayashi levantó la estrella ninja consagrada a la luna y la dejó volar. Feather y Teller cerraron los ojos y un ruido seco, semejante al caer de una piedra sobre un camino polvoriento, los forzó a abrirlos para ver a Kandrasky de rodillas con el puñal aún en la mano y la estrella clavada verticalmente en el medio de la frente. Su cuerpo convulsionó un segundo y cayó de espaldas. El reloj marcaba las 15:02 p.m.

La siguiente parte del plan fue controlada celosamente por el Doctor Kovayashi. Jorgito fue desnudado y arrojado dentro del hoyo en el jardín. Teller vació sobre el cuerpo las dos bolsas de ácido muriático en cristales, y luego hizo lo mismo con los casi 200 litros de agua hervían en la cocina. Entre todos limpiaron la casa minuciosamente, usando mucha lavandina, alcohol y la menor cantidad posible de trapos. A las 18:10 p.m. el interior de la casa lucía como si nada hubiera pasado.

_ “A medianoche, su cuerpo se habrá convertido en sopa humana”, dijo Kovayashi, que había colocado sobre la mesa un paño verde, un mazo de cartas y un paquete de bizcochitos de grasa. Y en voz alta, como líder y cerebro de tan exitoso plan, instó a sus compañeros a sentarse: “Amigos, nada mejor que un truco gallo para amenizar la espera.” A las 11:59 p.m., los tres hombres retiraron el polietileno, y el líquido ácido con dientes y uñas cayó al fondo del pozo. La tierra lo absorbería pronto. A la mañana siguiente rellenaron el pozo y volvieron a colocar la capita de pasto en su lugar. La ropa y los papeles firmados fueron quemados en la parrilla, donde hicieron un asado de despedida.

Esa noche, los tres hombres saltaron la medianera hacia el jardín de Rómulo y W., cuyo fondo daba a un baldío con salida a la calle trasera. El Doctor llevaba una valija pequeña, y en la valija había un ticket de avión. ¿Destino? Un país en donde viviría los siguientes cinco años antes de retornar a su hogar. Se despidieron brevemente, jurándose silencio y complicidad eterna. Antes de separarse, Teller le entregó un sobre de papel madera con una inscripción manuscrita: Kovayashi. El Doctor sonrió y se echó a andar sin mirar atrás.

Publicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Una luz en la oscuridad

febrero 1, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 29a en la saga del Dr. Kovayashi.

La noche discurrió sin mayores sobresaltos, pero no sin revelaciones sorprendentes. Charlaron calmadamente, cada uno a su tiempo. Habían pasado del té a la ginebra, servida en las mismas tacitas a falta de vasos adecuados. Feather llevaba la voz cantante del dúo, y Teller (a quien se debía suponer “el diamante en bruto de las letras”) guardaba silencio salvo para aportar precisiones innecesarias. La primera de las sorpresas la recibió Kovayashi.

_ “¿¡¡Jorgito!!? ¿Están seguros?” La mandíbula de Kovayashi volvió a caer en picada.

_ “No queremos ni nombrarlo por su nombre de pila. Es un hombre demasiado poderoso. Apenas si nos atrevemos a llamarlo Kandrasky, y en voz baja…” A Feather se le notaba el miedo en la manera que revoleaba los ojos, como si el mismísimo diarero estuviera escondido en el departamento, presto para saltarle al cuello y desgarrárselo con los dientes. Había que hablar, efectivamente, en voz muy baja.

_ “¿Jorgito, el diarero?”, repreguntó Kovayashi, incrédulo. “Debí suponerlo… El muy hijo de puta se hace llamar Kandrasky…” Los pensamientos giraban en su cabeza como en el tambor de un secarropas. Hasta que no se detuvieran, el asombro lo mantendría parcialmente atento a las palabras de Feather y Teller.

_ “En efecto. Él…” dijo Feather mientras dibujaba con el índice una K en el aire para no mencionar a Jorgito, “…nos encontró, no sé cómo diablos. Nosotros no sabíamos que teníamos un… ejem… tío lejano. Nos reunimos en un lugar neutral, muy lejos, en Matheu, en un bar viejísimo a la vuelta de la plaza. Teníamos que ir solos. Tomamos el tren, que se rompió tres veces; se nos hizo eterno el viaje… Una vez en el bar nos dimos cuenta de que él había llevado a dos de los suyos.”

_ “Jugaban al billar”, acotó Ferdibaldo.

_ “Él nos describió nuestro parentesco con el tío y nos dijo que ya tenía todo arreglado en el Municipio para que este piso fuera nuestro, nos mostró papeles, habló de agregar dinero para ciertos funcionarios que trabajaban para él… en fin. Hicimos una cuenta rápida con Ferdibaldo y no lo dudamos: con el dinero de la venta del piso podríamos costearnos la edicion de la novela que Ud. está leyendo.” Al mencionar la palabra “novela”, los ojos de Teller cobraron un brillo particular. Ni él ni Heriberto podían imaginar que esa novela estaba esparcida por todo el living del Doctor. “Así que nuestra respuesta fue inmediata y… ejem… afirmativa. En menos de diez minutos ya habíamos firmado media docena de documentos, escrituras, declaratorias de herederos, todo falso como billete de tres… ejem… de tres pesos. Pero una vez que esos papeles llegaran a las manos de sus funcionarios corruptos, se transormarían en documentos legales.”

_ “Si el parentesco es verdadero, tarde o temprano el departamento iba a ser de ustedes. No deberían haber firmado nada…” Las ideas del Doctor se iban desacelerando, al tiempo que un plan empezaba a tomar forma en su cabeza.

_ “Cierto… Debimos sospechar cuando se frotó las manos como una mosca en la mierda”, acotó Ferdibaldo después de vaciar su tercera taza de ginebra.

_ “Escuche, Doctor: Scalisi, según nos contó Él, tenía una esposa de la que nunca llegó a divorciarse. No tenía hijos, sólo esposa. Así que, obviamente, este departamento acabaría en sus manos. La oportunidad que nos ofrecía… ejem… ya sabe quién, era de oro para nosotros. Pero ahí fue cuando empezó a hablarnos de un tal Kovayashi, dijo ciertas cosas…, muchas cosas; rápidamente nos dimos cuenta de que lo que en realidad quería era que lo matáramos. Habría dinero en efectivo, mucho.” Kovayashi tuvo la sensación de que, en el fondo, Feather lamentaba más tener que dejarlo vivir que haberse metido hasta las orejas en negocios demasiado turbios e inmanejables.

_ “Tendría que haber visto su cara, Doctor. Los ojos le brillaban, y esa… ejem… esa sonrisa que no se le borraba… era siniestro, y tuvimos miedo, ¿no fue así, Ferdibaldo? Intentamos deshacer la operación, pero ya era tarde. Él comenzó a extorsionarnos con los papeles que acabábamos de firmar.”

_ “En ese momento, los del billar dejaron la mesa y se pusieron uno detrás de nosotros y el otro en la puerta…” acotó Teller.

_ “Estábamos cometiendo varios… ejem… varios delitos juntos, desde sobornar funcionarios hasta falsificar documentos. No, si nos tenía agarrados de las… ejem… bolas, el malparido. Así y todo, nos iba a pagar una montaña de dinero por eliminarlo. Ciertamente, no teníamos muchas opciones, como comprenderá, Doctor. Es más, hasta nos regaló la pistola de Teller en una bolsa de papel madera que nos pasó por debajo de la mesa.”

_ “Bueno, me alegro profundamente de que se hayan dado cuenta de que Jorgito los estaba usando contra mí. No me extrañaría que todo el resto fueran bolazos, mentiras que usó para poder extorsionarlos, para forzarlos a convertirse en asesinos sin tener que molestarse en enfrentarme… Es Increíble, hoy mismo me alcanzó el diario a casa y se mostró como el Jorgito de siempre, fue simpático, habló de política y hasta recordó cuando era niño y le traía el periódico a mi viejo… ¡Increíble!” El lamento de Kovayashi fue sincero, profundo, y sus especulaciones acerca de Jorgito fueron avaladas en silencio por Feather y Teller. En un flashback, el Doctor recordó cómo lo había usado a él mismo para “limpiar” el barrio matando a aquellos chorros, y también cuando se encontraron a oscuras en el mismo departamento en el que estaban. Jorgito le había devuelto la estrella ninja que él olvidara clavada en el cuello del muchacho, y eso suponía que, llegado el caso, también él podría ser extorsionado (o eliminado) a voluntad. “Reverendo hijo de puta”, pensó y sintió ganas de vomitar.

_ “De todas maneras, Doctor, Él va a querer ver su… ejem… su cadáver.” Las palabras de Feather no escondían su miedo: si Kovayashi sobrevivía, Ferdibaldo y él estarían en serio peligro, no sólo de ir a la cárcel, sino de acabar fríos en una zanja. De repente, un estado de paz interior se apoderó del Doctor; había concluido con éxito un razonamiento brillante. Se puso de pie con la velocidad del refucilo, y señalando con ambas manos a sus interlocutores les dijo: “Señores, se me ha ocurrido un plan infalible. Escuchen, porque esto es lo que haremos mañana para llegar a vivir una senectud alegre dentro de muchos años.”

Y así fue cómo el Doctor Kovayashi les explicó su idea a Feather y Teller, con lujo de detalles. Los escritores escucharon con atención y preguntaron cada vez que tenían dudas. Antes de poner el plan en marcha, todos deberían de hacer ciertas compras y tareas durante la mañana del día siguiente. Sin más, se despidieron.

Una hora después, en la oscuridad de su jardín y de rodillas como un penitente, Kovayashi elevaba sobre su cabeza un objeto metálico. Los rayos de luna en cuarto creciente parecían lastimarse en los filos de la ofrenda, y al seguir su camino dibujaban sobre la medianera la terrible silueta de una estrella ninja.

Publicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

El fantasma tenía razón

febrero 1, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 28a en la saga del Dr. Kovayashi.

Send… OK.

“¡Excelente!” se congratuló el Doctor antes de apagar su laptop. “Esto los quitará de mis sueños al menos por un par de semanas.” Finalmente había conseguido devolverle a sus alumnos los tres manuscritos pendientes. Las correcciones habían sido tan obvias como lapidarias, pero si ellos deseaban hacer carrera en la Ciencia debían afrontarlo. Se suponía que le habrían de entregar versiones finales; para su desencanto, sin embargo, los tres manuscritos estaban más verdes que una Granny Smith.

Un sinnúmero de pensamientos laterales le habían agregado sinuosidades al proceso de corrección. En un momento, Kovayashi había dibujado tres elipses concéntricas sobre una hoja borrador. La elipse interna era de color verde y encerraba su propio nombre. La del medio era amarilla, y sobre su perímetro podía leerse, también en amarillo, FyT. La elipse externa estaba trazada con guiones rojos y contenía un solo nombre: Kandrasky. El modelo semafórico lo había ayudado a aclarar sus pensamientos. Si decidiera darle crédito al mensaje de Rómulo, entonces la hipótesis de “peligro inminente” cobraba vida. Para Rómulo, dos personajes eran de temer. El primero era, en realidad, un dúo: Feather y Teller. Kovayashi nunca había pensado en ellos como una amenaza, sino más bien como dos ridículos pelmazos; ahora debía reconsiderarlo. El segundo era Kandrasky, un individuo misterioso de quien, según el finado Rómulo, debía estar particularmente alerta. ¿Quién sería ese hombre (¿o esa mujer?) y qué motivos podría tener para eliminarlo? Cierto era que no iba a quedarse encerrado hasta que lo convirtieran en pastrón. Tendría que exponerse, hacer preguntas, desafiar al bastardo para que saliera a la luz. Y el mejor comienzo, estimó, sería realizarles una visita “amistosa” a Heriberto y Ferdibaldo.

Kovayashi leyó la programación de la TV por cable y determinó que el momento ideal para salir sería a las 21:25, exactamente 15 minutos después de comenzado el superclásico. Así lo hizo. Las ventanas del departamento estaban cerradas, la calle, despejada, y la temperatura había descendido a valores racionales. Ingresó al edificio de los escritores con su llave duplicada y esperaba hacer lo mismo al subir. Según sus cálculos, los escritores ya se habrían retirado; podría revisarlo con tranquilidad todo el tiempo que deseara. Ignoraba Kovayashi, no obstante, que desde las 21:25, Ferdibaldo empuñaba nerviosamente su Parabellum 9mm con silenciador en la semipenumbra del 1º A.

En los últimos tiempos, la conducta del Doctor se había apartado de los mandatos de las buenas costumbres, y eso incluía el asesinato. Esa noche, la vergonzante lista se había engrosado con una violación de domicilio. Kovayashi era consciente de todo, lo sufría y le generaba culpa, aunque no dejaba de maravillarse de las nuevas habilidades que había adquirido. ¡Con cuánta delicadeza había hecho girar la llave en la cerradura, qué poco aire había desplazado o cuán sordos habían sido sus pasos al ingresar al living, qué veloz había sido al abrir y cerrar la puerta! Se sentía verdaderamente seguro de sí mismo, aun cuando no había llevado un arma.

En el corto segundo entre que la luz se encendió y el brazo de Heriberto se le enroscó en el cuello, Kovayashi detectó que el estudio de escritura ya no existía como tal. Todo estaba embalado, excepto los escritorios. Evidentemente, Feather y Teller habían planeado cómo huir luego de encargarse del él. Lo que más le extrañaba era, empero, no comprender el motivo por el cual estaba a punto de perder la vida. Aquel brazo fibroso ajustaba mucho. De repente, Ferdibaldo apareció desde de la cocina. Llevaba en su otra mano un retrato del viejo Scalisi. Kovayashi no podía hablar; ya cerca de la anoxia, pero consciente, entrecerró los ojos.

_ “¡Soltálo que lo quemo¡” Teller sudaba a mares. Gritaba en voz casi imperceptible, estirando al máximo los tendones del cuello para no llamar la atención de los vecinos. Kovayashi dedujo que Ferdibaldo, a pesar de estar a metro y medio, temía fallar el disparo. Mientras Feather estuviera detrás, la ejecución se postergaría, y eso le daba tiempo para intentar pensar.

_ “¡No, es peligroso!” Contestó Feather, también cubriendo su voz y sensiblemente alterado.

_ “Soltálo, pelotudo…” El temor de Teller y la impericia de Feather le daban claramente la razón a Rómulo, razonó Kovayashi, que en su fantasmal aparición los había calificado de impostores. Tal vez esos dos fueran escritores, pero delincuentes profesionales, nunca. Súbitamente, Heriberto relajó el brazo y con un impulso vertical dejó al Doctor tendido sobre el parquet. Si podía hablar antes de que Teller gatillara, entonces habría esperanzas.

_ “¡¡Kandrasky los está usando!!” Kovayashi gritó tan fuerte como pudo, y un dolor agudo como un picahielos le atravesó las cuerdas vocales. La jugada estaba hecha, y la respuesta, verbal o metálica, llegaría inmediatamente. Sentado contra la pared, apretó las mandíbulas. Teller volvió a levantar el brazo y le apuntó a la cabeza. El arma temblequeaba en sus finos dedos. Kovayashi supo que el mequetrefe nunca había matado a nadie y lamentó tener que ser el primero. Teller transpiraba. Entre su mano y la culata de la Parabellum se había formado una capa de sudor viscoso. Poco a poco, el índice de Ferdibaldo se fue cerrando sobre el gatillo hasta que un estampido seco, distinto al fiú apagado de las películas de espías, resonó en el living. En el mismo instante en el que la bala hacía explotar un inmenso parche de revoque a 2 centímetros de la oreja de kovayashi, Feather pateó el antebrazo de Teller y la pistola cayó lejos por el pasillo del baño. Había llegado tarde, pero por fortuna para el Doctor no habría segundo disparo. En los rostros de Ferdibaldo y Kovayashi sólo cabía la incredulidad.

_ “Nuestro vecino sabe algo que nosotros no. Escuchémoslo, hay tiempo para agujerearlo después”, dijo calmadamente Feather mientras Teller, hirviendo en ira, corría a buscar la Parabellum.

Kovayashi nunca había estado tan cerca de su propia muerte. Rejuntó fuerzas y habló; las palabras eran su única arma. “Miren, no sé quién es el tal Kandrasky, ni tampoco sé quiénes son ustedes. Sólo sé que no son profesionales y que el tipo no quiere ensuciarse las manos. ¿Quién es K…”

_ “No le diremos nuestros nombres. Somos algo así como sobrinos… ejem… sobrinos terceros de…” lo interrumpió Heriberto, señalando el retrato del viejo Scalisi. La mandíbula de Kovayashi cayó verticalmente, dándole a su cara el rictus de asombro que le faltaba. “Kandrasky no entró en detalles, apenas sabemos que Ud. lo… ejem… lo mató.”

_ “¡Vamos… no me van a venir con que esto es una venganza!” Kovayashi se animó a soltar una risita sarcástica. “Se equivocan conmigo. Yo no maté al viejo. ¿Quién es Kandrasky? ¿Qué les prometió?”

_ “Matémoslo ya, Heriberto…” insistió Teller, que había amartillado nuevamente la Parabellum.

De repente, Kovayashi recordó un detalle, aquella nota manuscrita que había extraído del sobretodo de Scalisi después de su muerte, y que siempre llevaba consigo en la billetera. Pidió permiso a los escritores para sacarla y se la entregó a Feather, que la leyó ansiosamente en voz alta. “Hola Doctor. Cuando lea esto yo ya no voy a andar más por acá. Después de lo de anoche, creo que me voy derechito al… ejem… infierno. Pero sepa que le estoy agradecido, y mucho. Por primera vez en mi vida algo me salió bien, debe estar orgulloso de mí. Perdóneme la letra, tengo muy poca fuerza y la derecha no me funciona. Así que cuando me acueste ya no me levantaré otra vez. Nos vemos en unos años. Luis.”

_ “Creo que le debemos una… ejem… una disculpa, Doctor.” La voz de Heriberto sonó cansada. Mientras Teller, pensativo, devolvía el arma al cajón, Feather lo ayudaba a Kovayashi a ponerse de pie. El Doctor tenía muchas ganas de llorar y también quería erradicar de la faz de la Tierra a los dos payasos. Por fortuna, su cerebro estaba frío como un iceberg, y eso le ayudaba a calmar su espíritu. “Ya habrá tiempo para ajustar cuentas”, pensó. Al cabo de un rato de introspección, los tres hombres bebían té de jazmín sentados al escritorio de Teller.

Publicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Espejismos

enero 14, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 27a en la saga del Dr. Kovayashi.

El living recibía con alivio la sombra entrecortada de la persiana de barrio. La atmósfera húmeda era apenas tolerable, pero en la calle el aire literalmente hervía. Era el momento de la siesta. Todo quemaba; incluso, sobre los adoquines de Tres Sargentos se podía ver el ondular de los espejismos. Con un mismo impulso, Kovayashi dio un portazo, arrojó con furia el sobre de papel madera y fue a la cocina a servirse dos vasos de té frío con limón. Las hojas volaron por todo el cuarto.

Había vivido el stress de creerse en peligro. Sabía que eran sólo conjeturas atadas con hilo dental, pero había aprendido a confiar en la intuición. Llevó los vasos a su escritorio; leería algunos manuscritos de sus dirigidos. No era algo que le resultara placentero ya que pocos de ellos sabían escribir bien. Sólo debía hacer el trabajo, devolvérselos por email y a otra cosa. Sentado en su amado sofá dejó que las primeras páginas discurrieran entre sorbo y sorbo, empapándolas con el sudor de los vasos. El Doctor notó que sutilmente sus párpados iban dejándose caer, al tiempo que su vista saltaba anárquicamente de un párrafo a otro. En cuestión de minutos estuvo dormido como un lirón.

¿Cómo explicar que no demasiadas semanas atrás le era imposible conciliar el sueño sin pastillitas, y ahora, después de cortarle el cuello a una persona, dormía la siesta como un bebé? Era algo sobre lo que el Doctor no se atrevía a pensar.

El sueño lo acogió como lecho de plumas de caburé. Un aula de la facultad era el escenario, y sus estudiantes de doctorado, los protagonistas. “Lo de siempre”, razonó. Querían sus trabajos corregidos y se los reclamaban airadamente. A un tris de despertarse, Kovayashi les pidió que se calmaran e hizo algunas promesas vagas. Así logró deshacerse de ellos: sin abrir los ojos y sin violencia. Eso lo satisfizo. Luego deambuló por varias aulas portando en una mano el sobre de manuscritos sin corregir. A cada paso, el sobre lo incomodaba más y más, por lo que decidió dejarlo abandonado sobre un escritorio cualquiera. De repente, la perdida de los manuscritos le causó angustia. “Me van a denunciar”, se lamentó. Sin embargo, siguió avanzando. El sueño lo condujo por un corredor largo y poblado de oficinas a ambos lados. Sin motivo aparente ingresó a una de esas oficinas, donde una recepcionista muy bonita lo invitó a tomar asiento y esperar. No había transcurrido mucho tiempo cuando le avisó que lo estaban aguardando. Frente a sí apareció una puerta que no había visto antes, de madera trabajada y con una placa de bronce ilegible. Al ingresar se percató de que estaba en su propio escritorio. Giró la cabeza hacia la izquierda y, sorprendido, pudo verse a sí mismo dormido sobre el sofá. Más sorprendido aun, a su derecha, desnudos y alegres como si nada les hubiera pasado últimamente, lo aguardaban sus (ex)buenos vecinos Rómulo y W.

_ “¡Qué gusto verlo de nuevo, Doctor!”, se adelantó a hablar la Sra. W., y señalando con su índice hacia el sofá añadió: “Por favor, no meta ruido, podría despertarse…” Rómulo estaba sentado en la silla de la PC. Observaba alternativamente al Doctor y a su esposa, siempre con una amplia sonrisa. Por su parte, W. permanecía de pie como preparada para desaparecer, si fuera necesario.

_ “Tenemos poco tiempo, Doctor, y Rómulo quiere decirle algo muy importante.” Entonces, el foco de la atención recayó en el bueno de su marido. Kovayashi notó que Rómulo abría la boca pero las palabras no le salían. Tan grande abrió la boca que el Doctor pudo ver un objeto plateado que brillaba detrás de su campanilla. “Un momento”, dijo la Señora W., quien metiéndole la mano hasta el fondo logró extraerle una caja metálica alargada. De ella sacó una hojita manuscrita que entregó al Doctor. Luego volvió a colocar la caja en la garganta de Rómulo. La caligrafía era espantosa, mas Kovayashi se las arregló para leer el texto completo.

“Doctor Kovayashi, ya sabe que tanto W. como yo estamos… Puedo ver cosas que ni se imagina, ya le contaré algún día. Ahora es importante que sepa que hay peligro cerca, que ande con pies de plomo. Cuídese de Kandrasky. También de esos dos impostores, pero más de Kandrasky.”

_ “¡Kandrasky!”, dijo Kovayashi justo en el momento en que la pareja comenzaba a desvanecerse. Rómulo y W. se pararon y sin dejar de sonreirle lo saludaron y atravesaron el muro hacia la que, en vida, fuera su casa.

_ “¿Kandrasky?”, se preguntó Kovayashi al despertar en su sofá. Estaba empapado de transpiración, al igual que el tapizado. “¿¡Quién es Kandrasky!?” Desconocía la respuesta.

En una veloz carrera salió de su casa y no paró hasta detenerse frente a la puerta clausurada de la que fuera la casa de Rómulo y W. “No. No es posible…”, dijo para sí con más negación que incredulidad, y regresó a su casa, a su sofá, para continuar la lucha con los manuscritos.

En la esquina, los espejismos no cesaban de danzar.

Publicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Feather & Teller, escritores

enero 11, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 26a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “Acaba de entrar a su casa, parecía ofuscado…”

_ “¿A qué te refieres?”

_ “Verás, tomó nuestra hermosa tarjetita (¡con lo que me costó insertarla entre el marco y la puerta!) y sin ni siquiera echarle un vistazo la arrojó a la calle como si se tratara de una…”

_ “¡¡Shhh!!” interrumpió Feather, acompañando su grosería con un movimiento de brazos. Le agradaban esos golpes de efecto, y paladeaba el silencio posterior con verdadera fruición. Ahora tenía frente a sí a un Teller cariacontecido, por lo que se cuidó de no retomar la charla antes de tiempo. “No lo digas, alguien podría escucharte. El tipo está desequilibrado, lo sabemos pues lo hemos observado de sobra. No importa cuántas tarjetas le hayamos dejado, por varios días se recluirá en su casa. Tendremos que volver a postergar el… ejem… trabajo.”

_ “¡Zambomba! Hablas con la verdad, Heriberto, y por ello te admiro y te detesto al mismo tiempo. De sólo pensar que permaneceremos más días en este barrio, en este piso… Quiero irme. Ya escribimos lo necesario, terminemos ahora mismo el resto y larguémonos.”

_ “Discreparé contigo, amigo Ferdibaldo. Tanto la vecindad como la particular etología de sus habitantes me resultan muy… ejem… seductoras. Además, conoces mi carácter, odio dejarme llevar por la ansiedad. ¡Todo a su debido tiempo! Sugiero que nos relajemos y que continuemos editando el manuscrito.” Y habiendo dicho esto, Feather retornó a su ordenador. Teller, por su parte, fastidioso y con los brazos en jarra, miró el primer cajón de su escritorio y recordó que allí había colocado la 9 mm.

Sin embargo, Feather estaba tan equivocado como rascarse el pie con el zapato puesto, ya que en ese mismo momento el Dr. Kovayashi cruzaba la calle hacia el departamento. Enero había convertido a Sobremonte en un horno solar. Ya no quedaban pastos entre los adoquines ardientes, ya nadie caminaba por esas veredas a riesgo de insolarse o de ser asaltado en soledad. Además, el zumbido de los acondicionadores de aire era intolerable. “Jodido estilo de vida”, se lamentó Kovayashi, “cada cual en su cueva hasta el otoño”. Su reloj pulsera marcaba las 13:45. No eran horas para andar visitando vecinos, pero ciertamente no le importaba. Acababa de regresar del hospital, donde se había enterado de boca del mismísimo Brontes que cinco días después de aquella visita, Rómulo había partido al más allá, y que si bien no eran cosas de su incumbencia, al día siguiente el cadáver había sido reclamado y retirado por un enano giboso. Sin lamentos ni preguntas, Kovayashi se despidió del médico y enterró definitivamente el asunto de la Sra. W. y su esposo Rómulo.

Cuando Feather abrió la puerta, Kovayashi notó que sólo veinte días sin verlo habían bastado para que olvidara sus rasgos. De todos modos, ambos se saludaron cordialmente como si fueran vecinos de larga data. Escondido tras el cuerpo de Feather, Teller entreabrió el cajón del escritorio.

_ “Permítame presentarle a mi socio: Ferdibaldo Teller”, dijo Feather.

Aun para el delicado criterio fisonómico de Kovayashi, el parecido entre Feather y Teller era tan desconcertante como sus nombres. “Saquemos factor común y veamos qué queda”, pensó el científico. “Queda un tipo ni alto ni bajo, magro, levemente encorvado hacia delante; cara afilada, frente ancha, nariz cortada a formón, ojos marrones, dientes manchados de nicotina; brazos largos, manos huesudas, sin anillos; pantalones de franela, tiradores, camisa con aureola de sudor; cabello pardo, peinado hacia atrás con grasa. Mocasines negros, sin lustrar.”

_ “En cuanto a mí, puede llamarme Heriberto, Doctor”, dijo Feather, y haciéndose a un lado añadió: “¿Se queda, no? Perfecto; el té está recién preparado.”

Kovayashi demoró en responder pero conservó una sonrisa pétrea hasta completar su razonamiento. “Ahora analicemos el tamizado. A primera vista, Heriberto parece más simpático, aunque mejor ser precavido: al darnos la mano sentí que sacudía un arenque fofo. Posee un tic nervioso que lo hace parpadear repetitivamente; posiblemente sea una afección neuronal. Su camisa es blanca a cuadros azules. Luego, Teller es un tipo taciturno, enigmático. No me dio la mano, saludó de lejos agachando la cabeza. Su camisa es a bastones celestes verticales. Su PC está apagada.”

_ “Como le decía, somos escritores”, arrancó Heriberto. “Ficción, principalmente. Formamos una buena sociedad, ¿no es así, Ferdibaldo? Puede parecer introvertido, y de hecho lo es, pero el 100% de nuestras historias nacen de su febril imaginación. Es un verdadero genio. Yo sólo oficio de… ejem… abogado del diablo; escribo y edito… son funciones de las que me enorgullezco y que, por otra parte, él sería incapaz de llevar a cabo. Trabajamos por encargo y bajo seudónimo estricto. TV, internet… cosas por el estilo. Por eso nunca oyó de nosotros. No obstante, aquí estamos por algo diferente, alquilamos este bonito departamento para escribir en paz nuestra primera… ejem… novela.” El Dr. pensó que si hubiesen visto el piso en los días de Scalisi, con el olor pestilente, la pascualina momificada en la puerta de la heladera y la ballesta manchada con sangre de pene, eso de bonito habría estado de más.

_ “Para nosotros sería un verdadero honor si Ud., Doctor, leyera esta primera versión”, dijo Heriberto mientras apoyaba sobre su escritorio un sobre de papel madera con una inscripción manuscrita: “Kovayashi”. El Doctor tomó el sobre y tras excusarse por los efectos diuréticos del té, pasó al cuarto de baño; nunca imaginó cuánto irritó a Teller el hecho de que no preguntara el camino…

La estadía en el recinto sagrado se prolongó más allá de la micción. Por múltiples razones, Kovayashi desconfiaba de ambos. Excepto los consagrados, ningún escritor ignoto alquilaría un piso para escribir su primera novela. Además, si apenas lo conocían, ¿por qué le habían confíado la lectura del manuscrito? Tampoco era normal que le hubieran pasado 40 tarjetas de presentación bajo la puerta. Trabajaban todo el día, mas no interactuaban con nadie, no recibían el periódico, no salían a hacer compras. Era evidente que los movía algún tipo de interés en él, un interés enfermizo. Esta conclusión le erizó los pocos rulos de la nuca.

La culata de la pistola estaba a la misma temperatura que la palma de Ferdibaldo, pero Kovayashi nunca se enteró. Para el momento en que regresó al living, Feather ya se había bebido todo el té y como hipnotizado leía un texto de la pantalla de su PC. Por el grosor del silencio indujo que habían discutido, así que se despidió desde la puerta con un “adiós” inexpresivo, bajó la escalera y escapó a la vereda usando un duplicado que nunca había devuelto. Ya en el umbral de su casa miró hacia el ventanal del 1ro A donde reconoció las dos siluetas tras el cortinado. Agitó sobre su cabeza el sobre de papel madera como reiterándoles cuán agradecido estaba, aunque entre dientes los maldecía y perjuraba quemar ese manuscrito tan pronto le fuera posible.

_ “Fue un error dejarlo ir”, masculló Teller mientras guardaba la 9 mm en su cinturón.

_ “¡¡Shhh!!”, respondió Feather.

El silencio duró hasta el día siguiente.

Publicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

La paranoia de Kovayashi

diciembre 8, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 24a en la saga del Dr. Kovayashi.

A las 17:00 h, un dedo impertinente sobre el timbre pudo más que la calma espiritual que el Doctor había alcanzado en cincuenta minutos de lectura en el sofá. Descalzo para no meter ruido caminó hasta un punto en el escritorio desde el cual podía observar (sin ser descubierto) el porch de la puerta de calle reflejado en una serie de espejos que él mismo había colocado estratégicamente. Si hubieran sido los evangelistas de siempre se los habría sacado de encima con un par de puteadas, pero esa vez se trataba una pareja de oficiales de la Federal, con sus uniformes azules, machetes, pistolas reglamentarias y patrullero. “¿¿La cana??”, se preguntó. El timbre sonó dos, tres, cuatro veces. No había otra alternativa más que abrirles y colaborar con ellos como cualquier buen ciudadano.

Durante los quince días que siguieron a la batahola, el barrio vivió una calma digna de otros tiempos. La primavera había asegurado el verde y el olvido, los chingolitos iban y venían entre el asfalto y las ramas, y como el tránsito era escaso, el eco de su canto tardaba en evanescerse. Así como en las siestas provincianas, el barrio disfrutaba de una mansedumbre en la que todo parecía ocupar pacíficamente su lugar, aun las fajas de clausura alrededor de la casa de Rómulo.

_ “¿Kovayashi?” preguntó el policía viejo antes de pasar al living. El segundo, más joven y parco, apenas levantó las cejas.

El Doctor había retomado su trabajo en la Facultad, donde pasaba horas y horas encerrado su oficina. Había colgado en su puerta un cartel que recomendaba “Antes, piénselo”. No era garantía de soledad per se, pero al menos le permitía concentrarse por lapsos interesantes en la marcha de sus experimentos, en la corrección de tesis, en la evaluación de proyectos y manuscritos, en dribblear las mesas de examen de fin de año y en leer los cientos de miles de emails atrasados. De esta manera, los días se le escapaban uno tras otro como bolitas de mercurio entre los dedos. Llegó a trabajar más de 14 horas por día, desde la madrugada hasta la noche, y esa alienación le había fortalecido un poco su alicaída entereza. Si bien el recuerdo de los hechos que desembocaron en la muerte de Scalisi parecía estar definitivamente soterrado en su cerebro, no era ni por asomo el caso de la trágica muerte de su vecina ni el de la imagen de Rómulo en el piso, que se le aparecía una y otra vez como un alma en pena. “Tal vez tendría que haber hecho algo más por ellos”, se reprochaba a menudo, y cuando sentía que la culpa le dolía como un martillazo en el esternón, encontraba alivio y justificación al pensar que W. “bien podía haberse tomado la pastillita y dejado de romperle las pelotas a medio mundo.”

_ “Esos dos eran escoria. El loco de la ballesta nos evitó el trabajo sucio, pero estamos seguros de que no actuaba solo. Mató a la mujer, que únicamente tenía un cuchillo. El masculino occiso portaba un 38 con el cargador lleno. No llegó a disparar; alguien le cortó el cuello con un arma muy filosa. Todavía no encontramos ni a la segunda persona ni al arma, pero estamos en la pista. Es cuestión de tiempo…”

En rigor de verdad, ciertos giros de su personalidad y de su humor habían experimentado cambios muy notables. El contacto con otras personas le generaba una ansiedad urticante, su rostro ya no admitía más sonrisas, y sus respuestas sabían agrias como un trago de leche fermentada. Resignados a prescindir de sus consejos, sus tesistas de posgrado lo maldecían por lo bajo en los pasillos; ignoraban, por el contrario, cuánto desprecio sentía Kovayashi por ellos. “Vayan a tomar la teta, idiotas, y no vuelvan hasta que no le hayan tajeado el gañote a algún pobre tipo, hasta que no sean asesinos y la culpa los carcoma como a Raskolnikov… o hasta que no puedan resistir no volver a hacerlo.” Así pensaba el Doctor mientras respondía mecánicamente sus emails.

_ “Su detención es prioridad porque representa una amenaza. Creemos bastante probable que vuelva a atacar”, afirmó el segundo oficial, que había callado hasta ese momento. Kovayashi indujo que su rol no era hablar. Había observado cada palmo del living como buscando algo cuya forma desconocía.

La nueva personalidad le brindaba a Kovayashi un escudo tras el cual proteger su terrible secreto. Era muy selectivo en cuanto a quiénes le permitía ver algunas de sus facetas (las más intrascendentes) y guardaba para sí los sentimientos más profundos. No faltaban en su entorno inmediato quienes se preocupaban genuinamente por su salud mental, pero sus preguntas, muchas veces insistentes, no tenían otro efecto más que agudizar su desconfianza en la gente. Hubiera querido ser religioso para descargar en algún dios su congoja, pero había llegado muy tarde al reparto de fe. En los últimos meses había aprendido las bondades de la negación y la desconfianza, y había logrado practicarlas de una manera tan apasionada y salvaje que sentía un inmenso orgullo de sí mismo. “Si esto era ser paranoico, entonces psicólogos, psiquiatras y psicochantas: váyanse a cagar… ¡todos juntos!”

_ “Ya sabe, Doctor, cualquier cosa que vea o escuche, por más insignificante que le parezca, nos avisa. Olvídese del 911, llame acá… Subcomisario Sosa.” El oficial verborrágico dejó sobre el sillón un volante impreso con los nombres, cargos y teléfonos de la seccional. Presto, Kovayashi los escoltó hasta el patrullero y permaneció en el cordón hasta que doblaron por Tres Sargentos y desaparecieron. Recién en ese instante pudo relajar los hombros. ¿Lo habrían notado los canas? En ocasiones podían ser muy perspicaces. Luego miró hacia la ventana de Scalisi y le bastó con ver allí a los nuevos vecinos para saber que lo habían estado espiando; los estúpidos pretendían disimular agitando las manos como si despidieran a un tren en el andén. ¿Cuánto habrían visto esos dos?

El grado de paranoia de Kovayashi era superlativo, y hasta cierto punto era comprensible que determinados sucesos, como la visita de los policías, sirvieran de combustible para el motor de sus delirios. ¿Qué significaba este repentino interés de la cana en un caso que ya estaba cerrado? ¿Por qué sólo habían hablado con él? ¿Qué buscaba con tanto afán aquel oficial? Asimismo, la presencia de Feather y Teller en la ventana de enfrente lo intranquilizaba… ¿Qué tenían que andar espiándolo? Descubrió que sospechaba de ellos y que le caían particularmente mal, aunque aún les debía una visita de cortesía como flamantes integrantes de ese loquero en el que se había convertido el barrio.

Esa noche, el Dr. Kovayashi se despertó sobresaltado exactamente a las 3:47 AM. Rómulo se le había aparecido en los sueños, llamándolo con un ademán de manos. “Mañana iré a verlo al hospital”, dijo para sí en la cocina mientras bebía un vaso de leche, cinco minutos antes de regresar a la cama y treinta antes de dormirse profundamente.

Publicar en DeliciousPublicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 459 seguidores