Esperar, esperar, esperar

enero 17, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 41ava en la saga del Dr. Kovayashi.

El embarcadero no era más que un muelle antiguo hecho con troncos hermanados por lianas. No obstante, su estructura era sólida y, a primera vista parecía que se podía alcanzar la punta sin inconvenientes. La soledad le brindaba a ese paisaje un toque sobrenatural, acrecentado por la luz cenital del mediodía. Sin embargo, para desilusión del grupo, estaba desierto. ¿Cuánto tiempo habría de transcurrir hasta que algún barco pasase por allí? Y si así ocurriera, ¿se avendría el capitán a levantar a un desconocido con 2 monos y mochila? La única respuesta que pudo encontrar el doctor fue esperar.

Por tres días y tres noches vivieron sobre las maderas del viejo muelle, bebieron agua del río y se alimentaron con un dulce de guayabo desecado (de lo poco rescatable que habían dejado los mercenarios de X) que rehidrataban cuidadosamente en la orilla. En la tarde del segundo día, el doctor cayó en la cuenta de que ningún helicóptero había descendido en las inmediaciones, y esa revelación lo llevó a pensar en aquel favor absurdo que le pidiera el difunto Sr. X. ¿Sería posible que existiera gente que supiera que el cadáver de X había sido incinerado? Eso implicaría que, en cierta manera, estaban siendo observados. Lejos de sorprenderse, el doctor encontró en esos pensamientos un refuerzo para su esperanza de ser rescatado.

El sacudón del embarcadero y los gritos fueron una sola cosa. Durante la madrugada del tercer día, voces como truenos retumbaron entre los muros verticales de basalto. Despertado por el alboroto repentino, Kovayashi abrió los ojos tanto como le fue posible. Quizás debería haberse sobresaltado con la extraña silueta del catamarán polinesio que había echado amarras en el embarcadero. No obstante, dando pleno crédito a sus ojos, se incorporó de un salto, tomó sus bártulos, a David, a Nikola y se dirigió con pasos rápidos y decididos hacia el navío.

Al pie de la escalerilla, un hombre de talla imponente y mediana edad parecía estar aguardándolo. Su pelo, mechones ensortijados, se continuaba en una barba entrecana, tan gruesa y larga que parecía recortada de algún retrato de Johannes Brahms. A un breve metro del gigantón, Kovayashi detuvo en seco su carrera. Por segundos, ambos hombres exhibieron en sus miradas una cautelosa desconfianza. Luego, el silencio se quebró como un tallo seco.

- “Soy el Doctor Kovayashi. Mis amigos y yo necesitamos un aventón.”

- “¿Adónde se dirigen?”

- “Al sur, lo más lejos posible.”

El hombre, indudablemente el capitán del catamarán, hizo una mueca detrás de la barba.

“Suban, suban pronto, nos espera un largo viaje.”

Kovayashi trepó la escalerilla. Una vez en cubierta acomodó su equipaje junto a un arcón mientras el capitán terminaba de ascender y se plantaba cuan inmenso era frente al doctor, casi empujándolo con su abdomen prominente.

- “Bienvenidos al Timor. Mi nombre es Makraff. Sygmund Makraff.”


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Embarcadero a la vista

enero 8, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 40ava en la saga del Dr. Kovayashi.

Con el sol a sus espaldas, bajo un cielo interminable y despejado, Kovayashi avanzó entre las últimas palmeras antes de que la vegetación se transformara en un colchón verde sobre los ricos sedimentos que tapizaban la rocamadre de basalto. Al igual que α y β, los gorilas que los acompañaran hasta el confín de la selva, cualquier pensamiento oscuro asociado a la muerte había quedado atrás. Ahora, la naturaleza rodeaba al grupo con belleza y febril actividad. David y Nikola perseguían sendas nubes de mariposas que con destellos azules volvían una y otra vez a los varios manchones de flores que por doquier saltaban a la vista. Los escarabajos amasaban estiércol en el pasto, y también se podían ver pequeñas ranas de patas rojas y aves que parecían cortar el aire con sus vuelos en picada. En una especie de pileta que el agua había tallado en la roca, el doctor se detuvo unos instantes a calmar la sed y a lavar el barro que lo cubría. Su rostro en el agua dejaba ver una barba no menos despareja que entrecana, además de una piel que por textura y color parecía un cuero desgastado por el tiempo. Sin embargo, se alegró al reconocer que su postura y predisposición habían vuelto a ser las de antaño, y se sentía tan lleno de vida que por un rato se divirtió con la idea -exagerada, por cierto- de regresar a Buenos Aires caminando.

No habrían marchado más de tres cuartos de hora por ese paraíso cuando llegaron al borde de un acantilado muy alto. Aquellos arroyitos que bajaran de la selva con ellos se precipitaban al vacío desmembrándose otra vez en millones de gotas, en arcoiris, en vapor. Y abajo, bien abajo, como una línea dibujada en lápiz negro sobre el negrísimo negro del basalto, el interminable río y el embarcadero. La emoción se hizo carne en los tres amigos, que no cesaban de mirar, incrédulos, hipnotizados, el tajo de norte a sur proponía el río al paisaje. Sólo restaba descender hasta el embarcadero, que estaba ubicado varios cientos de metros justo por debajo de ellos.

Contrariamente a lo que creía el doctor, no fue por fortuna que descubrieran una escalera tallada en la roca aproximadamente un kilómetro al norte. Esa era la vía natural para descender al embarcadero. En el primer descanso, Kovayashi encontró varios pertrechos del ejército del Sr. X, seguramente abandonados en la huida. Nada de lo que allí había le resultó de utilidad o valor como para ser cargado, pero el hallazgo en sí le permitió comprender cómo habían llegado hasta ese punto y aventurar hipótesis sobre aquellos mercenarios. Media hora más tarde arribaron a la margen izquierda de ese río desconocido, bastante más ancho y caudaloso de lo que habían estimado a vuelo de pájaro. La costa era breve y accidentada, por lo que para recuperar mil metros hacia el sur debieron saltar rocas, esquivar troncos y vadear remansos pestilentes. Finalmente, enclavado entre dos muros que parecían cortados a cincel, el humilde embarcadero apareció ante sus ojos.


Versión imprimible -> Embarcadero a la vista


En camino al amanecer

enero 3, 2012

Esta es una anécdota en partes: la 39ava en la saga del Dr. Kovayashi.

La noche envolvía a los vivos y a los muertos con su deslucida oscuridad de wolframio. No había horario para el calor, que aun en plena noche tornaba agobiante la marcha por la selva. Desde el suelo hasta el tope del dosel todo rezumaba agua, no porque hubiera llovido sino porque el aire estaba saturado de humedad. Así avanzaban el doctor y su séquito de micos, calados hasta los huesos. Las gotas caían verticalmente con tanta fuerza que semejaban huevos de ónix. Mas no era por eso que caminaban con las cabezas gachas, no; lo hacían porque así evitaban ir al azar. El barrial se advertía apenas tenuemente bajo sus pies. Por su parte, Nikola y David preferían guiarse por el oído y corrían alrededor del doctor, ora por delante, lanzando aullidos muy agudos, ora por detrás, agitando lianas y provocando que millones de gotas cayeran desde las copas. Sin saberlo, seguían una antigua picada utilizada por el Sr. X y su ejército. Varias horas más tarde, con el ansiado embarcadero a la vista, habrían de creer que la providencia los había guiado.

Tres horas antes del amanecer, el grupo se detuvo a descansar sobre un tronco atravesado en el camino. Ninguno reconoció cuán exhausto se hallaba, aunque tal era el estado de sus fuerzas. Era una de esas situaciones en las que el cerebro necesita destinar una mayor atención al cuerpo para no caer, dejando lugar, en su desatención, a que surjan pensamientos naturalmente ocultos. En las horas anteriores, el doctor había sufrido cambios radicales en su estado de ánimo, como la alegría de saberse vivo, la ira contra David o una profunda e inexplicable tristeza luego de quemar al Sr. X. Ahora, circundado por ruidos de animales invisibles, empapado e indefenso como un anciano ciego, Kovayashi pensó concretamente en la posibilidad de caer muerto allí mismo, de no llegar a ver el sol de ese día, de no volver jamás a su hogar. Y en medio de ese torbellino de miedos, sintió un frío repentino. No obstante, estaba decidido a no darse por vencido antes de intentarlo todo. Sabía por experiencia que pronto amanecería y que entonces el calor, los mosquitos y las alimañas serían tres grandes escollos a sortear. Por eso, después de ese tiempo de quietud decidió reiniciar la marcha.

Paso a paso, metro a metro, el terreno iba ganando en inclinación. La pendiente se hacía cada vez más pronunciada en el mismo sentido de la marcha, y entonces el agua, en lugar de estancarse en charcos barrosos, corría cada vez más rápidamente en forma de pequeños arroyos que cortaban el suelo rumbo a la vaguada. A medida que bajaban, los cambios en la vegetación, aún invisibles para ellos, los obligaban a cambiar el ritmo de la marcha. Así fueron dejando atrás la selva para atravesar densos cañaverales y palmares. De repente, una brisa fresca con olor a río y a cacao los sorprendió de frente. Instintivamente cerraron los ojos y levantaron las cabezas hacia el cielo. Al abrirlos reconocieron la incipiente claridad del nuevo día, y bajo semejante belleza sintieron que la vida circulaba de nuevo por sus venas.


Versión imprimible -> En camino al amanecer


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