Breve regreso al hogar

noviembre 28, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 12a en la saga de la Señora W. y también la 23a en la saga del Dr. Kovayashi.

Rómulo despertó varias cuadras antes de que el taxi llegara a Sobremonte. Para sorpresa del chófer, los ruidos que provenían del baúl no atemorizaban a la mujer. Muy por el contrario, parecían despertar en ella un sentimiento de compasión, como si hubiera olvidado que el monstruo ahí encerrado había estado a un tris de mandarla al más allá. El tachero, que no se destacaba por sus luces, concluyó que Rómulo no era el único chiflado en el taxi, y de no haber sido porque el viaje estaba a punto de terminar, los habría obligado a bajar en cualquier esquina. “Además, todavía no sé quién me va a pagar el viaje”, pensó, y pisó el acelerador. Un oscuro presagio cubrió súbitamente el parabrisas del taxi como un baldazo de tinta: acababa de entender que los problemas aún no habían terminado.

Sobremonte lucía extraña ante los ojos de W. Solía ser una calle tranquila, pero esa tarde mostraba una agitación anormal que ella no supo, en principio, a qué atribuir. Lo primero que notó fue una gran camioneta estacionada frente a su casa, y como había un automóvil detenido frente al chalet del Dr. Kovayashi, el taxi debió buscar un lugar sobre la vereda opuesta. Unos metros más allá del edificio del finado Scalisi, la Señora W. también divisó un camión de mudanzas con un par de peones que de su interior extraían lámparas, escritorios, sillones y demás muebles de oficina. Al salir del taxi, W. descubrió que el ventanal de Scalisi estaba abierto, al igual que la puerta del edificio, y que al lado de la misma, sobre la fachada de mármol, un hombre de traje colocaba una placa de bronce.

No bien el motor del taxi se detuvo y el tachero y la Sra. W. abrieron el baúl para dejar salir a Rómulo, el mismísimo Dr. Kovayashi salió apurado de su casa y fue a su encuentro cruzando la calle con largas zancadas. Acaso fuera el aspecto de Rómulo, con sus facciones desencajadas, cubierta su cabeza por costras de sangre y con un abultado chichón en la nuca, lo que previno a Kovayashi de saludar a la pareja con efusión. El taxista volvió a sorprenderse de la calma que mostraba Rómulo, quien mansamente se dejaba revisar la cabeza por el Dr. Juzgó, entonces, que ese era el momento ideal para facturarle a alguien ese costoso viaje, y si bien lo intentó, fue ignorado por todos los presentes. Personajes y acontecimientos llamaron poderosamente la atención del hombre de la placa de bronce, que se volvió hacia ellos como para presentarse. Mientras tanto, un segundo hombre de traje vigilaba la calle y acomodaba cajas en el balcón del primer piso.

_ “Al menos por fuera está todo bien, Rómulo”, lo calmó Kovayashi, aunque con la mente puesta en otras cuestiones. El Dr. observaba con atención el movimiento en la casa del matrimonio. Puertas y ventanas estaban abiertas de par en par. Dos muchachos entraban y salían con todo tipo de objetos, y la gran camioneta estacionada frente a la casa parecía estar repleta. Más allá, disimulados tras el tronco grueso de un plátano, dos hombres acechaban. El primero era un hombre más o menos bien vestido, con una melena entrecana y sucia peinada hacia atrás, y con una llamativa cara de hamster. El segundo era Daibushi.

_ “¡¡Nos vacían la casa, Rómulo!!”, gritó W., y todos salieron corriendo hacia allí. La Señora W. apenas dirigió una breve mirada al mago y continuó hacia el interior de su casa. Pero Rómulo, el taxista y el Dr. Kovayashi interpelaron con agresividad al mago, quien por única respuesta declamó: “Vuestra estupidez e ingenuidad no dejan de asombrarme. Les permití ingresar al dominio de la magia, ¡mi dominio! Los guié a través de los senderos para que sanaran de sus pesadillas, les concedí la posibilidad de ver el futuro, ¿no es así, Rómulo?, y hasta coquetearon con la inmortalidad. Les he hecho reconocer sus miserias y les he provisto de las mejores herramientas para continuar viviendo en la realidad. Sin embargo, abandonaron el tratamiento por la mitad… ¡Qué deshonor! ¡Qué ofensa!” Rómulo y el resto no cabían en su asombro. Y Daibushi continuó su discurso, cada vez más vehemente y amenazador: “Ahora ha llegado el momento de cobrármelas todas juntas, y el precio que he fijado incluye absolutamente todas sus pertenencias, que ya he tomado y vendido al señor anticuario aquí a mi lado.”

La ira no le permitía a Rómulo pensar con claridad, ni evaluar alternativas, ni prever consecuencias. Era un toro ciego abalanzándose contra el mago con la esperanza de zaherirlo o, si le era posible, matarlo. Pero la carrera fue menos corta que inútil puesto que Daibushi, el que a todo se anticipa, aguardaba tal arremetida. Cuando tuvo a Rómulo a su alcance cargó sobre él con las manos en punta cual bayonetas, golpeándolo en el pecho y en el cuello; y si bien el atacante era aún joven y fornido, un codazo vertical sobre las cervicales terminó por hacerlo caer como un muñeco de peluche desde una repisa. A los asombrados testigos, la suerte de Rómulo se les atascó en la garganta como una bola de pelos, y algunos hasta lo dieron por muerto. Sin embargo, Rómulo aún vivía. Había quedado tendido en una posición extraña, de costado, arqueado hacia atrás y mirando hacia su casa. Todos se conmovieron por la mueca en su semblante, una mueca que erradamente asimilaban a un dolor insoportable. No podían saber que a causa de los golpes el cuerpo de Rómulo había perdido la sensibilidad; estaba adormecido y ni siquiera notaba que Daibushi había pisado su cuello y lo apretaba contra las baldosas.

_ “Debería quebrártelo por imbécil…”, gritó Daibushi con la mirada clavada en el pollo que le acababa de acertar en la cabeza al indefenso Rómulo. “Y agradecé que te dejo la casa…”

En ese preciso instante, la Señora W., que había revisado toda la casa, apareció en la puerta. “Dios, ¡qué bonito es mirarla!”, pensaba Rómulo desde el piso. “¿Qué me importa no ser inmortal si estoy su lado? Me comporté como un pendejo, pero ahora entiendo lo hermosa que es la realidad. Cuando me ponga de pie y todos se hayan ido a sus casas correré hacia W. para abrazarla. Empezaremos de nuevo, lo sé. ¿Por qué no me habré sentido así de feliz antes? ¡El pecho me estalla de amor!”

Mientras tanto, Kovayashi y los demás presenciaban una situación bastante diferente y difícil de comprender. La Señora W., estática y sin parpadear, había comenzado a balbucear desde la puerta. “Algo raro le pasa a esa mujer”, aventuró uno de los hombres de traje. “¡Tiene sangre en los ojos y en las orejas!”, pensó con horror el taxista. “Es el momento de liberar a Rómulo”, se dijo Kovayashi, que todavía utilizaba el sentido común.

_ “El relicario de… mamá” fue lo que último que ella dijo antes de que su cerebro estallara como una ojiva nuclear dentro de su cráneo y se convirtiera en foie gras. Así se lo había dicho Micaela, y así sucedió. La Señora W. cayó muerta sobre un cantero con yuyos.

Fue en ese momento cuando todos los hombres unieron sus fuerzas para terminar con Daibushi. Pese a que sus físicos daban lástima, en su interior se sentían parte de la infantería napoleónica en Austria. “¡Guarda!”, resonó el aviso de anticuario mientras subía con sus ayudantes a la camioneta. No era desconfianza en el poderío del Maestro, sólo cobardía. Kovayashi iba al frente. Detrás lo seguían el taxista y los dos hombres de traje, menos comprometidos pero solidarios. Todos llevaban sus puños cerrados y los ceños fruncidos. “Qué locura”, comentaban los peones de la mudadora en la vereda de enfrente, a los que se había sumado Jorgito tras abandonar el puesto de diarios. Ninguno de ellos habría de participar en la trifulca.

Con la velocidad del rayo y el interés del ladero servil, El que era el Cardo de Flores, que hasta ese momento había permanecido al margen, atravesó la calzada con ágiles giros acrobáticos. Los hombres enfurecidos no le dieron mayor importancia a la llegada del homúnculo y apenas percibieron la sonrisa del mago. Entonces, El que era el Cardo de Flores abrió la bolsa que llevaba y una bruma espesa cual excremento de marsupial cubrió la calle Sobremonte. Kovayashi y el resto debieron frenar en seco su carrera pues no veían mas allá de sus narices. Con el paso del tiempo la niebla se fue desvaneciendo como los ánimos de la tropa, y para cuando las formas recobraron sus siluetas, la calle ya estaba desierta. Daibushi, El que era el Cardo de Flores y el anticuario con sus ayudantes se habían mandado a mudar. Todo estaba quieto y en grave silencio, excepto por el murmullo de Rómulo que llegaba desde el piso. ¿Sería consciente de lo que había sucedido? Sólo Kovayashi podía entender aquel lamento casi imperceptible: “…w…. w….. w…”

Recién a las diez de la noche, Sobremonte volvió a la normalidad. La mudanza de los nuevos vecinos había finalizado y Jorgito y el taxista se habían escapado entre las sombras. Ambas veredas estaban ya despejadas y minutos atrás se había retirado el último de los patrulleros. Una primera ambulancia embolsó el cadáver de la Señora W. y lo llevó a la morgue. Una segunda se lo llevó al pobre Rómulo de urgencia al hospital público de la zona. Por su parte, el Dr. Kovayashi, incapaz de pronunciar palabra alguna, se hizo cargo del papelerío que le requirió un oficial de policía antes de clausurar la casa de sus infortunados vecinos con fajas y carteles. No bien Kovayashi hubo colocado la llave en la cerradura de su casa, escuchó un rumor a sus espaldas. Convencido de que ya nada podía sorprenderlo ese día, se dio vuelta. Eran los dos hombres de traje que pretendían terminar de presentarse. La conversación fue mínima y desanimada, aunque quedaron en encontrarse al día siguiente para charlar mejor. Al retirarse le dejaron una tarjeta en la que figuraba la dirección del departamento de Scalisi, y en el encabezado una intrigante leyenda en grandes letras negras:

HERIBERTO FEATHER & FERDIBALDO TELLER
Ficciones S.A.

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Bienvenidos a la realidad

noviembre 20, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 11a en la saga de la Señora W. y también la 22a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¿Y, Jefe, qué hacemos? Van más de 2500…” El tachero, intrigado desde el primer momento, había sido lo suficientemente vivo como para no subir nunca la bandera. Sin embargo, llegado cierto momento la espera se le había tornado aburrida y hasta, de alguna manera, preocupante. Por eso hizo tronar su vozarrón dentro del taxi, y sólo así consiguió sacar a los esposos del extraño trance en el que estaban sumidos.

El sol caía sin piedad sobre la calle, que a causa del reflejo que grisaba las sombras presentaba un aspecto irreal. Las veredas estaba vacías. Las ventanas conservaban los postigos entrecerrados y Rómulo y W. apenas podían abrir los ojos. Sin embargo, pudieron reconocer aquella fachada que alguna vez fuera blanca. Rómulo no cabía en el asombro de estar nuevamente ante esa casa de ventanas clausuradas y frente insípido sin balcón ni arbolito. Ver otra vez la puerta de metal hizo que su corazón se arrugara como les sucede a los cobardes antes de entrar en acción. Sabía que detrás se escondía esa escalera que los había llevado hasta Micaela, Daibushi y El que era el Cardo de Flores. Por el contrario, la Señora W. estaba maravillada; con un suspiro triunfal anticipó el comentario que, tal vez, nunca debió haber hecho. “Lo logramos, Rómulo, lo logramos. Somos libres…”

_ ¡¡¡Noooooo!!!

Rómulo había perdido su condición humana. Devenido en un animal tan inmenso como salvaje, sintiéndose a la vez traicionado, decepcionado, estafado, humillado y, por sobre todo, miserable, saltó a la vereda sin cerrar la puerta del taxi. El tachero lo siguió de cerca con la mirada, al tiempo que su instinto lo hacía acariciar el garrote amansalocos que llevaba “por si acaso” bajo la butaca. “Pero… ¿qué te pasa, mi amor? Ahora podemos volver a nuestra casita…”, preguntó W., ya en la vereda. Sin dudas, la puerta metálica era inexpugnable: los puntapiés furibundos de Rómulo apenas habían conseguido rajarle uno de los vidrios, y eso lo exasperaba. Sin embargo, lo que más furioso lo ponía eran los latidos de su pie machucado: era la confirmación de que sus sueños de inmortalidad estaban enterrados para siempre.

_ “¿¿Que qué me pasa?? ¡¡Esto me pasa…Esto me pasa, pedazo de mierda!!” Y a la velocidad del rayo Rómulo agarró a su esposa por el cuello, hundiendo ambos pulgares en el centro. La zamarreaba con violencia de adelante hacia atrás como quien sacude un nogal para hacer caer las nueces. “Hija de puta… ¡Hija de remilputa!”, repetía a los gritos, sin control, una y mil veces. “Soy mortal. Eso me pasa, ¡¡pe-da-zo-de-mier-daaaa!!” Gritaba, sacudía e insultaba; apretaba más, sacudía y gritaba, siempre mirando los ojos anóxicos de W. Y habría terminado de ahorcarla de no haber sido porque un terrible dolor en la cabeza y un nubarrón negro en la vista lo hicieron aflojar y caer inerte sobre las baldosas. Entre toses, arcadas y escupitajos color carmesí, W. también cayó.

El tachero guardó el amansalocos y asistió a la Señora W. Bastante tiempo después, una vez que ella se recuperó y estuvo en condiciones de ponerse de pie, se las arreglaron para meter a Rómulo en el baúl del taxi. Era una calle muy llamativa. Ningún vecino estiró el pescuezo para ver qué pasaba. Pese a las patadas en la puerta, nadie salió de la casa de Micaela, y aun en medio del alboroto, los patrulleros brillaron por su ausencia.

_ “O yo entendí mal o este se creía inmortal…”, preguntó el taxista.

_ “No sé… Últimamente se ha comportado de manera muy extraña.”

_ “¡Ya veo!” Asombrado por la locura de Rómulo, conmocionado por haber tenido que intervenir, el taxista le ofreció a W. ir directamente a la comisaría.

_ “No. Regresemos ya mismo adonde este viaje comenzó. A la calle Sobremonte.”

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Basta

noviembre 11, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 10a en la saga de la Señora W. y también la 21a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¡¡Araca los chanchos!!”, gritó El que era el Cardo de Flores no bien pisó la vereda del bar, y salió corriendo como rata por tirante. La Señora W., confundida, amagó a seguirlo, pero se frenó en seco porque advirtió adónde iba el hombrecillo. Sobre la vereda hermana, tres hombres desnudos estaban violando a una vieja. La brutalidad de la escena perturbó a W., que no salía de su asombro ante el cinismo de esas bestias y a la ingenuidad con la que pretendían esconderse detrás de unas caretas porcinas. El que era el Cardo de Flores, devenido en héroe ocasional, gritó y danzó a su alrededor hasta llamar la atención de los olvidados del bar, que atiborraron la vereda. Los tres hombres-chancho escaparon con su excitación a cuestas, dejando a la mujer tirada sobre el cordón. Después de revisarla, El que era el Cardo de Flores regresó con la Señora W. para escoltarla hacia Daibushi. “Estaba tibia”, confesó con repulsión. “Fornicaban con un cadáver”. Los muslos de W. se aflojaron como si de repente hubieran perdido sus fémures. “Podía haber sido yo…”, razonó al recordar la advertencia que le había hecho aquel grandote del bar. “Por Dios, Daibushi, ¿qué clase de tratamiento perverso es éste?” No supo responderse.

Caminaron un rato por calles y avenidas que la noche incipiente se había encargado de despejar. No se veían más automóviles, ni chiquillos en cuero empujando carrindangos repletos de materiales reciclables, ni mendigos arrumbados en las veredas, ni pirámides de basura pestilente. Parecía otra ciudad. El que era el Cardo de Flores, aún orgulloso de su valientía, abrió la puerta del falso almacén, tras de la cual, una escalera de mármol ascendía sin descansos hasta el infinito. Subieron. Por momentos, el hombrecito entonaba cortas melodías renacentistas en Latín. Mientras tanto, W. intentaba olvidar a la viejita. ¿Quién reclamaría su fría mortaja? ¿O regresarían los chanchos para acabar su faena? Por fin, después de un recodo la escalera desembocó en un espacio poco iluminado y familiar. Los pies de W. caminaron otra vez sobre la moquette del pasillo de las mil puertas.

_ “Lo lamento, W., mi padre tuvo que atender asuntos urgentes en la realidad”, dijo Micaela cuando vio la desazón en la cara de la Señora W., quien, a instancias del hombrecillo, había entrado al que, suponía, era el consultorio de Daibushi. “Sin embargo, estoy al tanto de que desea interrumpir el tratamiento… Eso no es para nada bueno. Me es imperativo hacerle saber que mientras permanezca aquí, en la magia, estará bien. Sin embargo, ni siquiera Daibushi, el que nunca duda, podría asegurarle que su cerebro no vaya a explotar si regresa prematuramente a la realidad.” La Señora W. no lograba dar crédito a sus oídos. Estaba convencida de que pronto estaría en su hogar y, a la vez, estaba harta de que todos la advirtieran o amenazaran.

_ “Mirá, querida, mejor que me dejes salir de acá ahora mismo o te pongo el bolichito de sombrero…” La amenaza cayó sobre Micaela como martillazo de picapedrero. La hija del mago buscó apoyo en la mirada imperfecta de El que era el Cardo de Flores; sin embargo, éste, bolsa de bruma en mano, había ya abandonado la habitación e ingresaba al verdadero recinto de Daibushi para asistirlo en el despertar de Rómulo. “Y ya que estamos, devolvéme a mi Rómulo.”

No encontró Micaela otra opción más que descubrir ante los ojos de W. una nueva escalera en un rincón de la habitación. Sabía que ni ella ni W. podían hacer nada por Rómulo, pero no lo comentó. Entonces giró sobre sus talones para darle la espalda a W. y así esperó que ella comenzara el ascenso hacia la realidad. “¡Está advertida!”, barbotó Micaela. Una hora y cientos de escalones después, W., al borde del colapso físico, arribó a un descanso y aprovechó para sentarse y recuperar el aliento. En pocos minutos estuvo profundamente dormida.

En ese mismo instante, el automóvil que transportaba a Alberto P. y a El que era el Cardo de Flores estacionó frente a la casa del Dr. Kovayashi, en la calle Sobremonte.

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Como nacer de nuevo

noviembre 3, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 9a en la saga de la Señora W. y también la 20a en la saga del Dr. Kovayashi.

Apenas medio minuto duró la decepción de Rómulo cuando la puerta se abrió. Primero lamentó tener que volver a pensar, aunque era inútil oponerse a ello pues ya había despertado y comenzaba a recobrar el estado de conciencia. Fue libre de creer, entonces, que había nacido de nuevo. Dentro de la cápsula, a la que había llegado en circunstancias desconocidas, había disfrutado de una paz absoluta en el seno de una luz muy blanca, tibia y confortable. Después sintió el dolor de tener que sacar una pierna, y la otra, y el resto del cuerpo. La luz se había desvanecido y él estaba de pie en un cuarto oscuro; o al menos eso creyó hasta que sus pupilas se ajustaron al nuevo mundo que tenía por delante. Miró en derredor, y sólo encontró tres paredes lisas. Así entendió que ese mundo no tenía nada de nuevo. Los recuerdos fueron aflorando de uno en uno: el pasillo; la montaña, la sed, la caída; la corriente, el lecho del mar, el hueco, el vórtice. “¡Estoy vivo!”, pensó justo en el momento en que un sutil carraspeo lo atrajo hacia la cuarta pared. Allí, vestido con sus habituales túnicas verdosas y en actitud expectante se encontraba Daibushi en persona.

_ “¡Ya lo creo!” La voz profunda de Daibushi era extraña para Rómulo, quien con lágrimas en los ojos se acercó al Maestro hasta quedar a tres cautelosos palmos de distancia. No podía recordar cuándo había llorado con tanta emoción, tal vez porque nunca lo había hecho. Pero sí recordaba haber mirado a una vieja lloriquear a los pies de un monigote en la iglesia, pañuelo en mano, acariciándole con las yemas los pies de madera y pidiendo por todos sus muertos, más muertos que Nabucodonosor. Pero esto era en extremo diferente… Podía palpar la eternidad y nada le resultaba más importante en la vida. Se hallaba muy cerca, a un segundo, a una inspiración de gorrión; deseaba abrazar a ese mago verde y, como aquella vieja, suplicarle con humillación, besar sus pies y lavarlos con llanto. Avanzó un poco más, siempre de rodillas, siempre la cabeza gacha en señal de veneración.

_ “No quiero volver… Deseo quedarme acá, vivir en la magia para siempre, para servir al Maestro… ¡Quiero ser Inmortal!” Así se dirigió a Daibushi, con desesperación, pero también con firmeza. El mago escuchó el ruego sin conmoverse, sin alterar su expresión grave e inescrutable. Sin embargo, cuando Rómulo levantó sus ojos hinchados vio en la cara de Daibushi una sonrisa beatífica.

_ “Está obligado a saber que la inmortalidad puede ser aun más dolorosa que el infierno. Usted ha sido tentado, y su alma humana es débil, miserable y egoísta, nunca olvide esto. Ha probado el néctar y ahora quiere la miel y la colmena. Y habiendo recorrido ese dulce camino y a punto de dejar atrás el portal del que no se regresa, acude a mí… Piénselo, piénselo bien, amigo Rómulo.”

_ “No tengo nada que pensar. Por lo que más quiera, le ruego que me acerque hasta ese portal.”

_ “Una magistral decisión, amigo Rómulo. Yo diría… ¡piramidal!”La voz de Daibushi resonó como un trueno en el cuarto vacío. Chasqueó dos veces los dedos, y antes de que se acallara el eco, El que era el Cardo de Flores apareció desde las sombras entre medio de reverencias fantochescas. En la mano llevaba un saco de tela, de cuya boca abierta escapaba una bruma muy espesa. Cuando la pared más lejana estuvo cubierta, Daibushi volvió a chasquear los dedos. “Mire allí. Es la vida real. Su vida, Rómulo. ¡Vaya si ha elegido bien! ¿No opinas lo mismo, Antiguo Cardo?” Por toda respuesta, El que era el Cardo de Flores soltó una risotada.

Rómulo pudo verse a sí mismo en el patio de su casa, sentado en una silla de ruedas, tullido, tan encorvado que su frente chocaba con las rodillas. Había sol, pero llevaba una manta gruesa sobre las piernas. Vio niños, varios; empujaban la silla para que nunca dejara de darle el sol. Rómulo vio su cara arrugada, el pelo blanco, ralo, el temblor de las manos, sus ojos cerrados. W. no estaba allí, pero no le importó Todo era muy triste.

_ “¡Ya es suficiente!”, gritó Daibushi. La bruma regresó al saco y El que era el Cardo de Flores a su rincón en la sombra.

El Maestro condujo a Rómulo de vuelta a la cápsula, y minutos después de sumergirse en su tibia luz ya dormía plácidamente.

_ “Debemos apurarnos, Cardo Viejo. El anticuario nos espera…”, dijo Daibushi a su ayudante, y ambos abandonaron el cuarto con celeridad.

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En el bar de los derrengados

octubre 29, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 8a en la saga de la Señora W. y también la 19a en la saga del Dr. Kovayashi.

Una hermosa luz teñía de anaranjado todo el local. Entraba verticalmente por una claraboya cenital y por la desdentada arcada que hacía de puerta de entrada y ventanal. Era el momento del día en el que los borrachos dejaban de beber y contemplaban el cielo. Hasta el preciso instante en que el dueño encendía las bombillas eléctricas, cada mesa, cada botella, cada trago a medio beber y cada pobre desdichado en ese bar de mala muerte era tan anaranjado como el atardecer. En la cocina, un chef de dos metros de circunferencia freía salchichas con tocino para acompañar unos huevos, también fritos. Él sabía que la grasa de las sartenes era vieja, pero disfrutaba con las columnas de humo que crecían hacia el techo cual nubes antes del turbión. Además, al mejor cliente de la casa lo tenía sin cuidado. Día tras día, año tras año, su estómago inoxidable recibía la misma cena. Era un gigantón de aspecto rústico. A algunos los intimidaba su tamaño, a otros les daba asco su ropa percudida, y no faltaba el que sostenía que detrás de su tupida barba color a tabaco escondía tres dientes de oro. No solía hablar con nadie, lo cual agrandaba su aura de misterio. Ese día, para asombro de los presentes, ingresó al bar acompañado de una mujer con la que habría de charlar durante un largo rato. Era la Señora W.

Prácticamente nadie sabía que los días que W. llevaba sin probar bocado no eran menos que los que sumaba sin conversar. Esto, además de su marido ausente, había mellado ciertamente su estado general. Por eso no le hizo asco a una de esas salchichas grasientas mientras le contaba al gigantón las desventuras en las que se había metido por buscar una cura para sus pesadillas. El hombre, que para poder comer debía empujar los trozos de salchicha con huevo a través de su barba, se sobresaltó con la sola mención del nombre del Maestro.

_ “¡Cállate, estúpida, o yo mismo haré que los cerdos de la calle te violen hasta la muerte!”, dijo el hombre con tenso disimulo. Y prosiguió: “Aquí, en este rincón apartado del dominio de la magia, nadie quiere volver a escuchar su nombre… Esos borrachos, al igual que yo, también llegaron a Él buscando la cura de algún mal. Todos recorrimos las habitaciones de ese pasillo, siempre al borde de la muerte, creyéndonos inmortales… ¡Cobardes! Pudimos salir, pero preferimos quedarnos en este limbo con nuestra maldita inmortalidad, tan dulce como una fruta en sazón, ¡pero más astringente que el culo del mismísimo Diablo! Es peor que estar muerto, y de ello doy fe… En la realidad yo habría muerto más de un siglo atrás. Hoy daría lo que no tengo por estar enterrado.”

_ “Entonces, debo entender que usted sabe qué hay que hacer para salir de acá… Si así fuera, por lo que más quiera le ruego que me lo diga. Si hay una salida, lléveme. Si hay que matar, senáleme a quién. Si debo negociar con mi cuerpo o con mi alma, indíqueme a qué puerta llamar. Por favor, por favor… por favor…” pidió la Señora W. y se desarmó en un amargo llanto.

_ “¡Por las barbas de Neptuno, la sangre corre nuevamente por las venas de este viejo! Un perro me ha enseñado su cojera y con sus ojos húmedos mendiga mi compasión. Oh, Dios, esa debilidad conmueve tanto a mi espíritu que tiemblo de sólo imaginar que alguna lágrima pudiera escapárseme de los ojos… En mis tiempos te habría hecho cortar el pescuezo como una gallina, pero hoy… hoy he vuelto a sentir el poder de la conmiseración. Sólo por eso te ayudaré, lamentable mujer”, dijo el hombre sin levantar la mirada de su plato vacío, y luego agregó en voz casi imperceptible: “Él, el que todo lo sabe, está siempre atento. Sólo dilo, deséalo con fuerza y se enterará. Es la única forma de interrumpir el tratamiento.”

Al escuchar estas palabras, la Señora W. dejó de llorar y el hombre giró su cabeza hacia la pared en señal de que la conversación había finalizado. Por esta razón no vio cuando El que era el Cardo de Flores entró a toda carrera con su casco multicolor y se llevó a W. a la rastra hacia la calle. “¡Daibushi nos espera, no hay tiempo que perder!”, gritó el contrahecho con excitación. De inmediato, ambos se pusieron en marcha con rumbo fijo a través de la multitud.

Mientras tanto, en el interior del local se encendieron las bombillas. El hombre inmenso de la espesa barba, solo en su mesa, miraba hacia la calle por sobre las cabezas de los borrachos. Una vez seguro de que W. ya no estaba allí se dirigió hacia una letrina al fondo del local, tan al fondo que daba a la otra calle. Aunque parecía apurado, con llamativa prolijidad colgó de un clavo aquellas ropas pestilentes y también la barba, para luego vestirse con su inmaculada túnica verdosa y salir a la vereda.

_”¡Debo despertar a Rómulo!”, dijo Daibushi para sí, y se echó a caminar bajo las primeras estrellas.

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Ciudades habrás de conocer

octubre 23, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 7a en la saga de la Señora W. y también la 18a en la saga del Dr. Kovayashi.

El portazo sobresaltó a la Señora W., que al despertar se descubrió en la vereda de una ciudad desconocida. Se sintió ligeramente mareada y dedujo que era a causa de los días que llevaba sin comer. Un impulso la hizo llamar a la puerta. Estaba convencida de que al otro lado se encontraba ese pasillo agobiante con Micaela y el hombrecillo de la joroba. Nadie contestó. Por supuesto que también intentó girar el pomo, sin mayor éxito. W. observó a su alrededor. Estaba ante un almacén abandonado. Las palabras en los carteles eran indescifrables; aun cuando hubieran estado en inglés, ella, que no hablaba otro idioma más que el español, lo habría reconocido. ¿Qué se suponía que hiciera entonces? Caminar, obviamente, pero ¿adónde? No pudo evitar acordarse de Rómulo y su habilidad para tomar decisiones en ese tipo de circunstancias. ¿Por qué no estaba con ella? W. sintió el peso de la soledad.

Trató de poner en orden sus ideas. Estaba allí para curarse de las pesadillas. ¿Cómo marchaba eso? Intuitivamente se respondió que bien, aunque sabía que era sólo una impresión; en verdad, carecía de datos objetivos para comprobarlo. Era imperativo encontrar a Daibushi, y pronto, para obtener de él un mínimo diagnóstico. “Si al menos durmiera unas horas podría poner a prueba la eficacia de esta terapia…”, se lamentó. Pero Daibushi no había tenido hasta ese momento el decoro de aparecer, ni mucho menos, y lo poco que W. sabía de él le había llegado a través de Micaela o del contrahecho. Por primera vez, W. extrañó su casa, los colores su barrio, al Dr. Kovayashi, a Jorgito y sus diarios… y deseó que el tratamiento finalizara pronto para recuperar su vida normal de ama de casa. Aun cuando fuera aburrida, era su vida.

Fue entonces cuando se echó a andar. El relojito que llevaba en la muñeca estaba lleno de agua, pero a juzgar por el brillo anaranjado del cielo dedujo que la tarde estaba madura. Los automóviles, incesantes en su ir y venir, generaban un fragor demoledor. Muchas personas, demasiadas, pululaban a su alrededor. Los jóvenes, y eso incluía niños, caminaban en todas direcciones cargando bultos o empujando carritos. Hacía calor, por lo que iban vestidos con ropas ligeras que parecían sábanas. “Pobrecitos, ¡qué sucios que están!”, pensó W. al tiempo que intentaba atravesar la marea humana por medio de brazadas y empujones. Era fundamental no tropezar, ya que caer y morir aplastada eran la misma cosa. Los ancianos, mayormente pordioseros, apenas estaban vestidos; permanecían sentados contra los frentes de las casas con los brazos estirados en pos de una limosna. Cuando la muchedumbre se detenía, aprovechaban para tocar a las mujeres y tocarse ellos mismos; nada podía W. hacer al respecto pues no había lugar para hacerse a un lado. Antes de llegar a la esquina, W. recuperó el sentido del olfato y debió contener un par de arcadas que no pasaron a mayores sólo porque su estómago estaba vacío. Miles de bolsas de basura estaban ordenadas prolijamente en pirámides muy anchas y altas. Debido al calor, la basura dejaba escapar compuestos volátiles a la atmósfera y líquidos putrefactos a las bocas de tormenta.

La ausencia de Rómulo no implicaba que W. no tuviera un plan. De hecho, comenzó a trepar por la pirámide de bolsas para ver mejor la ciudad. Así supo que se encontraba en una avenida que hacía esquina con una calle común, y justo antes de bajar alcanzó a ver sobre la bocacalle algo que la conmocionó: montado en una bicicleta y usando un casco multicolor, El que era el Cardo de Flores se perdía entre los automóviles sobre la calle transversal. La Señora W. se arrojó sobre la multitud y de esa manera, andando por sobre la gente, alcanzó la esquina, bajó a la vereda y dobló. Estaba decidida a darle alcance al contrahecho y obligarlo a llevarla ante Daibushi, y no le importaba si para ello tenía que destrozarlo con sus propias manos.

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Un verdoso y cálido vórtice

octubre 19, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 6a en la saga de la Señora W. y también la 17a en la saga del Dr. Kovayashi.

Después de haber viajado varios kilómetros en el seno de aquella corriente submarina, Rómulo supo que era inmortal. “Ya debería ser finado…”, concluyó al darse cuenta de que había transcurrido demasiado tiempo con el mismo aire en los pulmones y que podía continuar así indefinidamente. “Además”, agregó “tendría que haber muerto en la montaña… pero acá estoy, sin un solo moretón. Ahora lo veo claro, todo esto es la terapia de W. Ella es la paciente, no yo; nada malo me puede pasar.” Si bien ajena a cualquier tipo de lógica, esa idea lo tranquilizó. Tarde o temprano llegaría a alguna playa y reiría a carcajadas de cara al sol sobre la resaca.

No obstante, ese mismo razonamiento terminó por llenarlo de amargura cuando entendió que era imposible que W. estuviera viva. La imaginó aguantando la respiración, tratando de nadar hacia la superficie. Agotada ya su fuerza debió de abrir la boca, de obedecer a su instinto aun sabiendo que no sería aire lo que llenaría sus pulmones. Y luego, la inundación. Vaya desgracia la de W., la falta de oxígeno seguramente la había aterrado… Las burbujas se habrían ido volviendo cada vez más diminutas mientras ella se hundía más… y más… y más. De repente Rómulo anheló ser castigado, y por eso imaginó a la que fuera su esposa transformada en jirones de carne que rodaban por el fondo del mar. “Ojalá que los peces no hayan comenzado a mordisquearla antes de que muriera”, pensó, y no pudo evitar espantarse.

De cualquier manera, no le quedó mucho tiempo para el llanto o el lamento. La corriente se había acelerado y giraba sobre sí misma en un vórtice descomunal. Por primera vez desde que se había hundido, Rómulo percibió luz en el agua, la luz más potente que vería en toda su vida. Era cálida y verdosa, y no provenía de la superficie sino de un hueco en el rocoso lecho del océano, justo en el eje del vórtice. Pensó que se trataba de un sumidero natural, una especie de inmenso inodoro a través del cual el agua escapaba del planeta. Pero más allá del hueco, horizontal detrás de esa luz encantadora apareció el rostro de Daibushi. Puesto que su destino lo tenía sin cuidado, Rómulo se dejó llevar hacia el sumidero, que lo chupaba con fuerza. De esa manera, relajado cual sacerdote yogi en la nieve, pasó a través del agujero y cayó en un lugar incierto donde únicamente había luz. Su sorpresa no fue poca al notar que su ropa no estaba mojada y que podía respirar aire sin dificultad.

Por su parte, la Señora W. había estado a punto de morir ahogada inmediatamente después de hundirse en el oscuro océano de la habitación número dos. Presa de la ansiedad quiso invocar a Rómulo, aunque sólo consiguió tragar agua salada en grandes cantidades. Sin oxígeno ni reacción, desvanecida y flotando a media agua, en el preciso momento en que la corriente comenzaba a llevarla hacia su marido, el brazo amigo de El que era el Cardo de Flores la sacó a la orilla. Sabía que había que actuar con presteza aunque luego Daibushi se enojara con él. Levantó la mirada y preguntó en voz alta como dirigiéndose a una tercera persona en esa playa desierta: “¿Qué hacemos, doctor?”, a lo que él mismo se respondió con gravedad: “Proceda, doctor.” Por suerte, Rómulo nunca se enteraría cómo El que era el Cardo de Flores le había abierto suavemente la boca a W., cómo le había metido su lengua tubular y gruesa por la garganta hasta alcanzar los pulmones y cómo se había bebido el agua que los llenaba.

Satisfecho, El que era el Cardo de Flores guardó su larga lengua y reflexionó: “Pobre Romulito. La inmortalidad es un obsequio del averno…” y con un risa irónica abandonó la habitación.

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Idilio, corto idilio

octubre 13, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 5a en la saga de la Señora W. y también la 16a en la saga del Dr. Kovayashi.

Debieron el abrir de sus ojos a la agradable temperatura y a la quietud estanca del pasillo. No los circundaban ya ni la obstinación del granito ni el frío de la noche, y de no haber sido porque a duras penas recordaban lo acaecido en la montaña, no habrían maldecido únicamente el estar allí encerrados. Se preguntaban: ¿cuánto más durará el tratamiento? ¿Es en realidad necesario? ¿Por qué Daibushi nos evita? No tenían respuestas. Mientras tanto, dejaban que el tiempo transcurriera; estaban sentados en el piso, uno contra el otro, a la espera de que algo sucediera. La Señora W. rodeaba a Rómulo con sus brazos y él, de tanto en tanto, le retribuía con un beso en la mejilla. Creían necesario brindarse cariño, mas no comprendían por qué ni querían averiguar hasta cuándo les duraría ese verano.

El pequeño encorvado había permanecido siempre junto a ellos, pero disimulado en un cono de sombra. Por eso, la primera palabra que pronunció (Under, en inglés) cortó el aire con la precisión quirúrgica de un ala de golondrina. La pareja se puso de pie y escuchó con atención.

“Under the water it rumbled on,
Still louder and more dread:
It reached the ship, it split the bay;
The ship went down like lead.”

Luego, El que era el Cardo de Flores calló y una segunda voz, en cuyas inflexiones W. y Rómulo reconocieron a Micaela, atravesó el pasillo como un disparo de carabina. Provenía del extremo donde alguna vez habían visto flotar a Daibushi. “Querrás ser azotado mil veces en la giba, horrible criatura, antes que provocar la ira de mi padre. Cumple ya con tus obligaciones sin distraerte, o Él te devolverá al fango del cual te sacó.” La amenaza tuvo un efecto inmediato sobre El que era el Cardo de Flores, además de helarle la sangre a la pareja.

_ “¡Queremos hablar con Daibushi!”, gritó la Señora W. después de arrancarse coraje de las entrañas. Era consciente de que llevaban mucho tiempo sin dormir ni alimentarse. Seguramente era parte del tratamiento, pues no creía que su viejo amigo Alberto P. (o Daibushi, nombre que ella aborrecía) fuera capaz de semejante impiedad. Pero la respuesta no se materializó el palabras sino en una nueva rotación de ese pasillo mágico. El asombro había quitado las palabras de la boca de Rómulo (y más aun las ideas de su cabeza); al ver abierta la puerta del cuarto número 2, vacío de toda voluntad, simplemente se aventuró al interior. Tras de sí, los pasos de W. resonaron como un eco tranquilizador.

Por segunda vez habían ingresado a un cuarto oscurísimo. “Caminen, vamos, caminen, no se detengan. ¡Un, dos, un dos!”, los arengaba burlonamente El que era el Cardo de Flores. Y así lo hicieron Rómulo y W., mientras comenzaron a percibir que el cuarto estaba inundado y que sus ropas resumaban agua salada. Paso a paso se habían ido hundiendo hasta tener el agua al cuello. “Daibushi, mi Maestro, los espera más adelante… ¡y abajo!”, dijo el contrahecho justo en el instante en que la pareja se hundió en un abismo oceánico que no parecía tener fin. Rómulo y W. dejaron de escucharse, de hablarse, de tocarse, de alentarse. A merced de la correntada honda e invisible, solos ante la muerte, aguantaron la respiración cuanto les fue posible. “¡La puta que te parió, Daibushi!”, pensó Rómulo y, resignado, se dejó llevar.

En el fondo del mar, Daibushi, el que todo lo sabe, meneó la cabeza una vez más.

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La montaña

octubre 7, 2010

Esta es una anécdota en partes: la 4a en la saga de la Señora W. y también la 15a en la saga del Dr. Kovayashi.

Diáfano y caliente era el aire del arenal. El viento del norte sorteaba hábilmente los arbustos del matorral, y arriba, sobre la cima de la montaña, Daibushi y su aura verdosa flotaban como una luna llena en pleno día. Los únicos humanos a la vista eran Rómulo y W., quienes habían decidido aceptar el riesgo de atravesar el desierto con el sol en el cenit y sin agua. No desconocían las consecuencias de la deshidratación o la insolación, por lo que esperar la tarde bajo el fresco de alguna sombra habría sido lo correcto, incluso hasta habrían podido obtener algo de agua de alguna raíz carnosa. Pero al ver a Daibushi en el cielo, una desmedida ansiedad por hablar con ese hombre santo los había empujado a andar. Rojos, los hombros de W. estaban próximos a despellejarse, su cabeza hervía y, al igual que Rómulo, sentía que las venas de sus sienes latían demasiado aprisa.

_ “Con el transcurso de los milenios, los dominios de la magia se fueron volviendo más permeables a las leyes físicas del mundo sensorial”, dijo Daibushi a su fiel ayudante. “Y si no lo crees, Antiguo Cardo, asómate y mira lo que está a punto de ocurrir.” El Maestro hizo un ademán con su barbilla, y El que era el Cardo de Flores se echó panza a abajo al borde del risco, dejando que sólo su cabeza desafiara al precipicio. Cientos de metros más abajo, adheridos como geckos a la ladera rocosa, el contrahecho identificó a la pareja que trabajosamente escalaba hacia la cima.

_ “¡Son mis amigos… y vienen a hablar con usted, Maestro!”, gritó con entusiasmo El que era el Cardo de Flores, a lo que Daibushi respondió con una mueca que bien podía significar alegría o consternación. Rómulo iba primero, marcándole a su esposa las mejores salientes para afirmarse. El ascenso había ido bien hasta que la piedra sobre la que él acababa de apoyarse se desprendió de la pared como un perejil de entre los dientes. Rómulo cayó de espaldas al vacío y quedó tendido abajo en una amplia mesa de piedra, de cara al cielo. La Señora W. desesperó, gritó y lloró, pero al darlo por muerto resolvió continuar, casi al límite de sus fuerzas, su ascenso hacia Daibushi. Nada había por hacer, y nada la detendría.

Pero Rómulo estaba vivo. Con paciencia y no sin espanto, sorprendido de apenas haber sentido el golpe tras la caída verificó una por una sus extremidades y articulaciones, tensó y aflojó los músculos, movió la cabeza y las manos, parpadeó, miró el cielo celeste, escuchó el viento en sus orejas y tanteó alrededor de sí en busca de un charco de sangre que nunca existió. Era imposible, pero cierto: debía estar muerto pero gozaba de tanta vida como antes de comenzar la escalada. Recién en ese momento se acordó de mirar a W. y sintió pena. Sin embargo, no se movería de allí, se haría el muerto para no tener que emprender la subida nuevamente.

_ “¿Has visto lo que yo, Antiguo Cardo?”, preguntó el omnisciente Daibushi, que había tomado como una ofensa personal la miserable actitud de Rómulo. Estaba muy enfadado, probablemente desilusionado, y después de todo tenía razón: Micaela ya les había advertido que debían proceder con corrección. Por lo tanto, El que era el Cardo de Flores no se atrevió a responder; simplemente aceptó que su Maestro se transformara en viento. Nada quedó de él ni de su aura verdosa. ¿Adónde habría ido? Esa era una información que estaba vedada al entendimiento de un contrahecho como él.

La Señora W. no tardó en asomar del precipicio y subir a la cima, donde fue recibida con aplausos y piruetas por El que era el Cardo de Flores.

_ “¿¿Dónde está Alberto P.??”, preguntó alarmada.

_ “Daibushi…”, la corrigió El que era el Cardo de Flores. “Asuntos urgentes demandaron su atención. Sin embargo, hmmm…, tengo que advertirle, querida amiga del final del alfabeto, que no se han portado muy bien que digamos. El Maestro se marchó bastante compungido.”

_ “Pero dime, contrahecho, ¿qué fue eso tan malo que hicimos? ¿Acaso no le es suficiente tenerme aquí mientras mi pobre Rómulo yace muerto allá abajo?”

_ “Ah, ah, vaya error conceptual el suyo, querida amiga. Rómulo está vivo. Y si no, mírelo…” La Señora W. se asomó al precipicio. Desde el fondo, su marido la saludaba agitando una mano. ¡Qué mareo el de W.! Mareo y odio, un odio ácido que creció desde su estómago hasta materializarse en un brutal gargajo que acabó por desintegrarse contra la roca, a centímetros de Rómulo. El que era el Cardo de Flores lanzó una risita, la ayudó a sentarse y salió corriendo para perderse por la otra ladera.

La pareja estaba deshecha. Cada cual permaneció en su lugar sin fuerzas para subir o bajar hacia un encuentro que les iba a saber amargo. Derrotados, pronto la noche los cubrió con su grueso manto de oscuridad.

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Mejor no hablar del azar

diciembre 11, 2009

La presente anécdota me la contó Hannimal cierto 23 de diciembre en la cola de una agencia de quiniela en Villa Luro.

_ “¡No sabés cómo se puso!”, me dijo Hannimal, visiblemente exaltado. “Y todo porque se me ocurrió empezar a hablarle del azar.”

_ “No veo qué tiene de malo…” acoté, con intención de darle pie para que me contara una nueva anécdota.

_ “Todo tiene que ver con las estúpidas enseñanzas su padre, ese demente que se hace llamar Daibushi. Palabras más, palabras menos, esto es lo que Micaela me dijo…”

_ “Borges lo sabía, pero nunca pudo escaparse de la literatura y contarlo claramente. En concreto, lo que mi papá creía (y me enseñó) es que hay una especie de balance universal entre premios y castigos. Si alguien se manda alguna macana, es prácticamente imposible que le toque algún castigo por eso, pero sí por las malas acciones de los demás. A escala universal, todo está siempre en equilibrio.”
_ “¿Vos me querés decir que podría existir gente execrable que se muera sin haber recibido ni una penitencia por sus pecados?”
_ “No sólo eso; hay muchas personas excepcionales que viven desdichas profundas, que sufren hondas calamidades, siempre al borde de perder la esperanza de que algún día se les dé vuelta la tortilla para entrar en las buenas (mientras que ese día tal vez nunca les llegue). Te puede tocar Recoleta, Chacarita o un osario común. Todo puede ser. Pero nunca olvides que a la balanza la equilibra el azar, eso que vos tomás tan a la ligera, y que las reglas del azar son exclusividad de Dios.”
_ “Así que no valdría la pena intentar ser un buen tipo…”, le dije. “O peor aun, tendría sentido relajarse y dar rienda suelta a todo lo malo que tengamos adentro.”
_ “¡Basta, Hannimal! Me cansaste. Dejemos de hablar.”

_ “Entonces, ¿no te parece que sería mejor invertir estos pesitos en otra cosa menos azarosa?”, le pregunté a Hannimal mientras llegábamos a la ventanilla y la empleada nos saludaba cordialmente desde atrás del vidrio.

_ “¡En absoluto! Salgamos de pobres de una vez por todas.”

La mujer despegó del vidrio una larga tira de billetes y cortó uno con singular maestría, uno con terminación 635. Al salir, caminamos una cuadra en silencio. Nunca había tenido semejante sensación de futilidad en mi vida.


Oniromacia

diciembre 8, 2009

Esta es una anécdota en partes.

Es la 1a en la saga de la Señora W.:
… | No dormirás >

En cierta ocasión estaba Daibushi charlando con una vieja amiga, la Señora W., a quien cierta circunstancia fuera de su control la había puesto al borde del ataque de estrés. Después de semanas sin poder dormir, su médico la convenció de las bondades de los sedantes, y ella, que nunca había ingerido esa clase de drogas, no tuvo más que rendirse ante las evidencias. Sin embargo, las pastillas también provocaban en la Señora W. un efecto colateral lamentable: unos sueños alterados que lindaban con las pesadillas. O peor aun, con las alucinaciones.

Así fue que la Señora W., a sabiendas de los cambios que había atravesado Daibushi en los últimos tiempos, refirió a éste sus dos últimas pesadillas. Por su parte, Daibushi, que odiaba ese tipo de situaciones, terminó prestándose al juego en señal de respeto a los años de amistad con la Señora W.

_ “En el primer sueño, yo aparezco de pie en el medio de una laguna inmensa, tan grande que no podía reconocer ninguna orilla. El agua me llegaba a las caderas. Hacía días que estaba allí parada, y como, obviamente, no podía sentarme, los pies me dolían cada vez más. Pero en un instante me descuidé, y el cansancio me hizo dormitar; mis ojos se cerraron por un breve lapso (o eso me pareció). Al volver a abrirlos, el agua había desaparecido. Todo estaba seco. Miré mis pies y me di cuenta de que no estaba parada sobre un fondo de arena o de barro, sino sobre millones de esqueletos humanos. De la impresión, dí un alarido con el que el sueño terminó.”

_ “El segundo sueño es más raro todavía. Soñé que un perro gigante me llevaba a la rastra, bajando las escaleras de un subterráneo. En el arrastre, lo primero que pensé fue “espero que me dejen viajar con semejante perrazo…” A mitad de camino en mi descenso, en un determinado momento noté que el perro había empezado a transformarse, a mutar. En minutos se había momificado, a tal punto que la piel parecía habérsele resecado por completo. Rasgué con mis uñas esa especie de pergamino que llevaba por piel, se la arranqué a jirones, y debajo del cuero encontré un gato momificado. El gato era Bastet, la diosa con cabeza de gato, protectora espiritual del faraón. Como usted sabrá, Alberto, Bastet es la madre de Anubis… Estoy muy confundida, Alberto. Necesito dormir, pero tengo pavor de soñar. ¿Qué opina usted de estos dos sueños?”

Daibushi había escuchado atentamente el relato y estaba preparado para darle a la Señora W. una respuesta que ella nunca olvidaría.

_ “La parca se ha anunciado. Su presencia es inminente.”

_ “¡Ay, Alberto! Usted me da mucho miedo. ¿Insinúa que me estoy por morir?”

_ “No lo sé, W., esas son cosas del azar o, en última instancia, de Dios.


Débil honor occidental

noviembre 25, 2008

Experimentó el poder con temor, pero logró levitar como un globo de helio. Diez o doce minutos, nada más, en una trayectoria vertical perfecta entre el piso y el techo, ida y vuelta. Su último maestro, el joven Haruki, lo siguió con la mirada durante el viaje y luego permaneció inmutable. Cuando Alberto P. volvió en sí, intuyó una rigidez en el rostro de Haruki y levantó los párpados. El gesto estaba allí.

Alberto P. había preparado la demostración en un galpón del ferrocarril en las afueras de Villa Lugano, a cuya penumbra pudo acceder por un intercambio de favores con un amigo del gremio ¿Cuánto tiempo les tomaría la ceremonia? Cuarenta minutos, tal vez una hora. Y después, Alberto P. sería ordenado Maestro.

_ “No luz”, sentenció Haruki sin vacilar. Alberto P., sacudido, pretendió responderle de alguna manera inteligente y respetuosa a la vez, aun cuando una parte de sí todavía estaba afectada por el trance.

_ “Maestro, la luz es sólo una forma más de energía. Tóqueme, sienta… generé mucho calor.”

Haruki debió haber controlado su enojo por esas palabras, para eso era Maestro, pero no lo hizo. En cambio, levantó su voz. Extrajo de entre sus ropas ceremoniales una daga similar a un kwaiken y la mantuvo sobre sus manos extendidas. Sin poder creer lo que estaba sucediendo, Alberto P. se paró de un salto.

_ “Calor no suficiente. No luz, no éxito. Honor occidental, señor Alberto P… débil como el material de los sueños. Por respeto a Ud., a los 47 samuráis, al general Nogi, a Yukio Mishima y a mi gran país, que no es el suyo, debe hacerlo ahora: ¡Seppuku!

Alberto P. volvió al piso. Lucía abatido y sudaba como animal. Su kimono de seda transparentaba la selva negra de sus axilas. Extendió una mano hacia Haruki, que se acercó para entregarle el arma. Con la decisión del rayo, Alberto P. hundió la hoja profundo en sus vísceras; cortó horizontalmente y luego revolvió, inexperto, en todas direcciones. Pensó que el dolor sería insoportable, que la agonía sería eterna y que saldrían malos olores. Pero no.

_ “¡Envidioso, envidioso de mierda!” surgió con odio el gritó de Alberto P. Y eso fue lo último que entendió Haruki antes de caer doblado en el lago de su sangre oriental.

Alberto P. limpió todo como pudo, y esperó a la noche para meter al muerto en una bolsa y enterrarlo en el descampado. Antes de marcharse de allí, escupió sobre la tumba improvisada y proclamó “Desde ahora, para el mundo seré Daibushi, nuevo Maestro.”


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