16 de junio de 1955

noviembre 1, 2008

16/6/55. Tengo que escribir… En cualquier momento puede caerme una bomba en la cabeza, o aplastarme un cacho de mampostería, o me pueden asesinar en la calle, no lo sé. Un balazo, una explosión, cualquier cosa. Lo que está pasando es muy loco… Loco, loco… ¡LOCO! Muchos aviones pasaron y tiraron bombas (muchas) sobre la gente, sobre los edificios… No sé qué es todo esto, todo es un quilombo. Si fuera un golpe de Estado, estos turros de los aviones no habrían atacado a los civiles. Hace minutos pasaron y tiraron las primeras bombas, y yo estaba protegiéndome de la lluvia en la puerta del Ministerio de Hacienda. Cómo explicarlo… Ahí nomás ví volar los autos… un trole explotó. Corrí por Irigoyen, pero no tenía sentido… Todos los pasajeros estaban destrozados. Ví guardapolvos escolares y restos de personas, pedazos incendiados. Después explotaron más bombas y hubo disparos de ametralladoras. Ya había cuerpos en la plaza, toda gente común y corriente… Pasé sobre ellos.

Empecé a correr tan rápido como pude, pero ya no soy tan joven. Tenía que salir de ahí para tratar de salvarme. Miles de otras personas también corrían, cada cual por su lado, sin tiempo para organizarse. Agarré por San Martín y cuando llegué a Sarmiento paré. Me llamó la atención la vidriera rota de una despensa. Una barra de muchachos salía a los piques mezclándose entre la gente. Habían saqueado el local aprovechando la volada. Por la otra esquina aparecieron unos soldados con armas… la cosa se ponía fea. Como la tienda estaba vacía, no lo pensé: entré y me escondí. Se entiende que el pobre dueño debe haberse resistido… ahora estaba ahí tirado, con los ojos abiertos y una especie de daga muy bonita hundida en su pecho. En mi reloj era la una y cinco cuando me metí detrás de una estantería inmensa medio arrumbada, al fondo, y empecé a escribir esto.

Seguramente el General pronto hará justicia. Esto es una masacre.

- – - -

Son las 16:10. Estoy por salir a la calle. Ya casi no hay disparos (bueno, sí se sienten algunos, pero lejos), aunque sí se escuchan gritos y motores. Pienso que si alcanzo Corrientes estaré a salvo. Ya veré después cómo hago para llegar a casa. Si puedo, les aviso. Deben estar bastante preocupados. Y si no llego… espero que al menos encuentren esta libreta.

Esta es una transcripción de lo que Daisy leyó en la libreta del abuelo el día del velatorio de la Cata.


La caja del abuelo

octubre 28, 2008

La tapa entreabierta liberó un aroma agradable a madera noble y aire envejecido. Nuestras seis manos revisaron con poco respeto las cosas que el abuelo Carlos había puesto en una caja antes de morir. Luego, Catalina la atesoró en el placard durante su viudez, nunca entendimos por qué. Pero hoy, que la Cata ha partido a su encuentro, esa caja nos ha revelado sus maravillas. No había allí ni dinero ni efectos valiosos. Sólo cosas; simplemente, cosas. Quizás ella las acariciara en sus eternas noches de insomnio como si complaciera al mismísimo abuelo. Un destornillador con mango de madera, rajado. Un ramplún, un reloj de pulsera, roto. Un documento de identidad, una lata de pomada y una franela apolillada. Varias fotografías en blanco y negro, una libreta de tapa dura. También había entradas usadas para un histórico Boca-Racing. Al verlas, Carlitos perdió el control. Torpe, de un manotazo tiró la caja al piso. El sacudón disparó el ramplún, que rodó sobre la moquette del cuarto hasta detenerse debajo la cama de la abuela. Daisy, diligente, se arrodilló; deslizó un brazo bajo la cama y, luego de tantear a ciegas entre las pelusas, sacó un objeto plateado que no era, precisamente, el tosco ramplún.

- “¡Qué belleza!” dijo Daisy asombrada, mientras tajeaba el aire con un puñalito de esbelto perfil. “Si no encontramos plata, al menos esto debe valer unos buenos pesos… Tiene un diamante en la empuñadura.”
- “Es vidrio, nena. Vidrio de color. De una vez, dáte cuenta de que eran unos viejos egoístas. Si eso quedó acá, es porque no valía nada.” Desde niña, mi humor siempre había sido amargo. Esas palabras que pronuncié cuando todavía había familiares llorando en el hall contiguo, quedaron estampadas en nuestras cabezas.
- “¿Qué opinan, se habrá cargado a alguien el abuelo con este puñalito?” Preguntó Daisy mientras se incorporaba. El murmullo había aumentado en la otra habitación y todos miramos hacia la puerta. Por nervios o por lo que fuera, ya deseábamos regresar.
- “Nunca. El abuelo podía ser un prestamista, pero no creo que él hiciera el trabajo sucio. Tenía gente… Además, no era tan loco como para usar un cuchillito. Pensá…” Carlitos estaba encendido. Hablaba sin parar, y apoyaba sus argumentos sacudiendo las entradas con vehemencia frente la cara de Daisy.
- “Basta, volvamos ya”, dije con autoridad de hermana mayor. “Dejen todo como estaba. Mañana la seguimos; tengo un juego de llaves.”
- “Yo me llevo las entradas”, dijo Carlitos.
- “Yo, la libreta”, dijo Daisy.

Como ninguno se opuso, acomodamos todo tan ordenadamente como pudimos y, de a uno, fuimos retornando con los familiares al hall central. Creo que los muertos pierden totalmente el interés por las cosas y por las personas que quedan de este lado del charco. No vuelven. Por eso es absurdo llorarlos. Me importa un cuerno su memoria, me importa un cuerno lo que hayan sido en vida. Los muertos me resbalan, y por eso odio profundamente estas reuniones, los gladiolos, los lloriqueos y el café barato.

Pese a que no hablé con nadie, igual les perdí el rastro a mis hermanos. Temía por lo que pudieran hacer. Minutos después ví a Daisy que, desde lejos, me cabeceaba para que fuera a su encuentro. “Acá está todo escrito, Nora. Era del abuelo, nomás”, me dijo con ansiedad. Bajó la cabeza y yo acompañé su mirada. Del bolsillo exterior de su cartera asomaba el lomo de la libreta del viejo usurero.

Al día siguiente regresamos. Daisy sólo se llevó el puñalito.


La venta del cuchillo

septiembre 23, 2008

Durante un rato observé el mercado desde enfrente. No quería generar sospechas. Nada parecía raro o fuera de lugar. El edificio era más que viejo. Tenía un portón alto, pintado de un verde que ya no era inglés. Más allá, el interior era una boca de lobo. Justo salieron dos señoras que se esfumaron en la esquina. Releí el papelito que traía en la mano: ‘Antigüedades – Local 50’. Le pregunté descuidadamente a un kiosquero, pero no se dignó a contestarme. Igual le compré cigarrillos. Pavota. Si Carlitos me había aconsejado que tuviera cuidado (justo él, el macho argentino), por algo sería. De todas maneras, tenía el cuchillito en la cartera.

Así que crucé la calle y me metí como una clienta más. Hasta que mis ojos se acostumbraron, me sentí indefensa. En pocos pasos percibí que el piso era irregular. De a poco apareció el contorno de una media res, y después una montaña de pollos sobre una mesada de mármol. Avancé. Uno a uno, los puestos fueron apareciendo, como los detalles al revelar una foto en el cuarto oscuro. Corría un aire fresco y no vi moscas. Ni siquiera en la pescadería. Un lustrabotas tenía la nariz hundida en un diario deportivo. En el mismo pasillo se enfrentaban dos verdulerías. Parecían distintas, pero los que atendían se gritaban como si fueran familiares.

Después de pasar un puestito de frituras accedí a una especie de patio interno amplio, muy amplio, con un cantero rectangular en su centro. Hacia la izquierda salía un corredor estrecho, más oscuro todavía. Un cartel decía ‘Locales 30-56’. Abrí el cierre de la cartera, tomé aire y me interné en la penumbra sin saber lo que se me venía. A los pocos pasos ya me había arrepentido. ¡Cómo me temblaban las piernas! Los locales del corredor estaban todos cerrados, y deduje que la oscuridad le había permitido a varios satisfacer sus necesidades de todo tipo. El olor a orina era penetrante, asqueroso. A la mitad de camino ese asco me subió a la boca.

Buscar un pañuelo y sentir un brazo alrededor de mi cuello fueron una sola cosa. Una mano me tapó la boca y apenas me dejaba respirar. Me sujetaron con fuerza ambas muñecas. Querían silencio y se reían. Eran por lo menos menos dos, todos hombres. El que me ahorcaba se apoyó en mi trasero. Estaba excitado… También me hablaba en la nuca; no recuerdo qué decía, sólo su aliento a alcohol. Estaba al borde del desmayo cuando del fondo sonó un chiflido corto y agudo. Las bestias se apartaron de mí como un chispazo. Una luz se encendió adelante en el pasillo y, por instinto, corrí hacia ese local. Casualidad o no, allí estaba el anticuario.

Era un hombrecito con cara de hamster ¿Edad? No lo sé. Vestía un traje acorde a su actividad y peinaba hacia atrás una melena entrecana, sucia. Hablamos. Su tono era amable y sus modales no estaban mal. Después de lo que acababa de vivir, esa fealdad me hacía bien. De todas maneras, debía estar alerta. El tipo era un rufián, y esos animales del pasillo, sus mascotas. Mis nervios estaban destrozados, temblaba como un flan y tenía dislexia. Al voltear la cartera, el bendito cuchillo rodó sobre el mostrador de vidrio.

- “Usted habló de un cuchillo. Esto es una daga. Obviamente, el precio es más… hmm… elevado… No voy a pagarle esa diferencia”, dijo con calma el anticuario después de quitarse el monóculo.
- Déme lo que quiera… y me voy.

Guardé el fajo después de contar el dinero. Era bastante por un cuchillo de porquería. ¿A quién le importaría qué había hecho mi abuelo con él? Al menos a mí, nada. Me despedí inexpresivamente y giré sobre mis tacos para alcanzar la puerta. Antes de salir asomé la cabeza al pasillo.

- No se preocupe, ya no están. Nadie le hará nada.
- Gracias.

Casi al llegar al gran patio del cantero me detuve y giré la cabeza. El anticuario, que debía habermer seguido con la vista, comenzó a saludarme con su mano desde el local. “Saludos al señor Carlos”, me gritó con su voz medida. Finamente salí del mercado al sol de la vereda. A paso firme yo también me esfumé por la esquina.


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