Un truco gallo antes de partir

febrero 2, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 30a en la saga del Dr. Kovayashi.

_ “¿García?” La voz en el auricular sonó con temor y respeto. El reloj marcaba las 10 a.m.

_ “Teller…” contestó Kandrasky al otro lado de la línea. Habían acordado nunca usar sus verdaderos nombres por teléfono.

_ “Feather.”

_ “Lo mismo da.” Seguramente el canillita usaba un pañuelo para disfrazar su voz.

_ “Tengo lo suyo. A las 15. En su casa. Traiga lo… ejem… lo mío.”

No hubo más respuesta que un click. El plan estaba en marcha. A las 13 p.m., Feather y Teller, que ya habían hecho y comprado todo lo que debían, cruzaron Sobremonte debajo de un sol inclemente e ingresaron a la casa de Kovayashi sin que nadie los viese. Llevaban varios bultos llamativos.

Por su parte, el Doctor también había realizado sus tareas. Al despuntar el sol ya había terminado de cavar en su jardín un prolijo hoyo de 60 x 150 cm. Había conservado intactos los primeros 5 cm de pasto, y con el resto de la tierra había formado una montaña. Luego extrajo del pequeño tambucho del fondo un retazo de polietileno de alta densidad que “por las dudas” había guardado en septiembre, después de levantar el túnel para hortalizas. Una vez centrado el plástico en el hoyo, saltó al interior. El hoyo quedó forrado.

A las 14 p.m., Kovayashi le ordenó a los escritores que subieran al máximo el fuego de las hornallas. El agua hervía a borbotones. El Doctor no podía dejar de observar con cierta desconfianza a la pareja. Miraban obsesivamente sus relojes. Caminaban de aquí para allá, en líneas rectas y en círculos. Iban y venían al baño, controlaban la calle desde el escritorio, salían al jardín. Pasaban largos ratos sin mirarse; casi ni se hablaban, y cuando lo hacían eran cuchicheos apenas audibles. Kovayashi, atento a cada detalle, notó cómo latían los tendones de la diestra de Teller. Había mucha tensión allí, parecían extrañar el metal del Parabellum que abultaba su sobaco. Por un momento, el Doctor evaluó la idea de dejar que Jorgito eliminara a los escritores. También pensó cuán probable era que él mismo hubiera caído en una gran trampa tendida por el diarero, que estos dos payasos trabajaran para él, que todo fuera una gran actuación (incluyendo el tiro fallado), y que el acto final estuviera por desarrollarse en su propia casa. También imaginó que el fantasma de Rómulo, si es que andaba por allí, también podría ser de ayuda. “Basta de boludeces”, pensó Kovayashi y sacudió la cabeza como un perro mojado. El reloj cantaba las 14:30 p.m.

El timbrazo de Jorgito electrificó el aire de la casa del Doctor. Feather miró su reloj de pulsera: exactamente las 14:50 p.m. Se había adelantado. El más locuaz de los escritores abrió la puerta, mientras el otro se ubicó en el extremo opuesto del living. Kandrasky caminó hasta el centro del cuarto llevando delante de sí, sobre sus manos, un maletín negro. Feather cerró la puerta con llave sin hacer ruido.

_ “Primero lo primero. Muéstrenme el cuerpo.”

_ “Me parece justo” opinó Heriberto al tiempo que guiaba a Kandrasky hacia el cuarto de baño. Teller corrió a la ventana y verificó que la calle estuviera desierta; luego volvió sobre sus pasos para ubicarse detrás de ellos. Sin encender la luz, Heriberto señaló un bulto gigante en la bañera, envuelto en un nylon negro. Había manchas de sangre reseca en las paredes, en el lavabo y en el piso, y se notaba que las habían intentado limpiar con un trapo. Los vapores de la lavandina eran tan intensos que Kandrasky sintió náuseas; no sólo por el olor, sino también por respeto a la familia Kovayashi, a quienes les había vendido el periódico por más años de los que podía recordar. Sería un hampón, pero tenía sentimientos. Por eso no pidió que le abrieran la bolsa y regresó al living con pasos apresurados bajo el atento control de los escritores.

_ “Qué pena… qué pena… El Doctor era un gran muchacho. Por desgracia, sobrevivió al choreo… Vio cosas, podía incriminarme ¿entienden?” Kandrasky parecía estar pidiendo comprensión a los escritores, pero éstos únicamente entendían que estaban en la misma situación que Kovayashi. Ferdibaldo palpó la Parabellum. Mientras tanto, Kandrasky prosiguió:

_ “La libertad, señores, es como la salud: más se la valora cuando se la pierde. Por eso, yo me pregunto ¿cuánto vale la libertad? En este caso, señores, su libertad depende de los documentos que traigo en este maletín, y estoy seguro de que coincidirán conmigo que romper todo lo que firmaron bien puede valer más que un departamentito en este barrio de mierda, ¿no?” La mano nerviosa de Teller aferró el metal en su sobaco, y con el rostro enrojecido de ira le gritó a Kandrasky:

_ “¡¡Queremos la plata!!”

_ “Por lo que veo, no quie…” La frase quedó inconclusa.

_ “¡Metéte los papeles en el culo!”, gritó Ferdibaldo, y sacando la pistola disparó al cuerpo de Kandrasky. La bala dio en el blanco, acertando a destrozarle la rodilla derecha. Su pierna quedó unida al muslo por una hebra mínima de carne, y por eso el hampón, en un grito de dolor y sorpresa, cayó al piso. En ese mismo instante, Kovayashi ingresó al living. No necesitó explicarle a Jorgito lo que estaba por suceder. Jorgito tampoco necesitó preguntarle nada. Teller se apresuró a abrir el maletín de Kandrasky. Era cierto, en su interior no había ni un mísero centavo olvidado. De repente, un nuevo grito de alerta, esta vez de Heriberto, congeló el living:

_ “¡Cuidado, tiene un arma!” Kandrasky había extraído un puñal de abajo del pantalón que cubría la pierna destrozada.

Había llegado el momento esperado, el instante planeado y deseado en el que el Doctor debía enfrentarse a su asesino. No era un duelo de cowboys fuera del saloon, pero así estaban planteadas las cosas, sólo el más rápido viviría. Los metales resplandecieron en las diestras de los dos hombres. Con la velocidad del guepardo, Kovayashi levantó la estrella ninja consagrada a la luna y la dejó volar. Feather y Teller cerraron los ojos y un ruido seco, semejante al caer de una piedra sobre un camino polvoriento, los forzó a abrirlos para ver a Kandrasky de rodillas con el puñal aún en la mano y la estrella clavada verticalmente en el medio de la frente. Su cuerpo convulsionó un segundo y cayó de espaldas. El reloj marcaba las 15:02 p.m.

La siguiente parte del plan fue controlada celosamente por el Doctor Kovayashi. Jorgito fue desnudado y arrojado dentro del hoyo en el jardín. Teller vació sobre el cuerpo las dos bolsas de ácido muriático en cristales, y luego hizo lo mismo con los casi 200 litros de agua hervían en la cocina. Entre todos limpiaron la casa minuciosamente, usando mucha lavandina, alcohol y la menor cantidad posible de trapos. A las 18:10 p.m. el interior de la casa lucía como si nada hubiera pasado.

_ “A medianoche, su cuerpo se habrá convertido en sopa humana”, dijo Kovayashi, que había colocado sobre la mesa un paño verde, un mazo de cartas y un paquete de bizcochitos de grasa. Y en voz alta, como líder y cerebro de tan exitoso plan, instó a sus compañeros a sentarse: “Amigos, nada mejor que un truco gallo para amenizar la espera.” A las 11:59 p.m., los tres hombres retiraron el polietileno, y el líquido ácido con dientes y uñas cayó al fondo del pozo. La tierra lo absorbería pronto. A la mañana siguiente rellenaron el pozo y volvieron a colocar la capita de pasto en su lugar. La ropa y los papeles firmados fueron quemados en la parrilla, donde hicieron un asado de despedida.

Esa noche, los tres hombres saltaron la medianera hacia el jardín de Rómulo y W., cuyo fondo daba a un baldío con salida a la calle trasera. El Doctor llevaba una valija pequeña, y en la valija había un ticket de avión. ¿Destino? Un país en donde viviría los siguientes cinco años antes de retornar a su hogar. Se despidieron brevemente, jurándose silencio y complicidad eterna. Antes de separarse, Teller le entregó un sobre de papel madera con una inscripción manuscrita: Kovayashi. El Doctor sonrió y se echó a andar sin mirar atrás.

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Una luz en la oscuridad

febrero 1, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 29a en la saga del Dr. Kovayashi.

La noche discurrió sin mayores sobresaltos, pero no sin revelaciones sorprendentes. Charlaron calmadamente, cada uno a su tiempo. Habían pasado del té a la ginebra, servida en las mismas tacitas a falta de vasos adecuados. Feather llevaba la voz cantante del dúo, y Teller (a quien se debía suponer “el diamante en bruto de las letras”) guardaba silencio salvo para aportar precisiones innecesarias. La primera de las sorpresas la recibió Kovayashi.

_ “¿¡¡Jorgito!!? ¿Están seguros?” La mandíbula de Kovayashi volvió a caer en picada.

_ “No queremos ni nombrarlo por su nombre de pila. Es un hombre demasiado poderoso. Apenas si nos atrevemos a llamarlo Kandrasky, y en voz baja…” A Feather se le notaba el miedo en la manera que revoleaba los ojos, como si el mismísimo diarero estuviera escondido en el departamento, presto para saltarle al cuello y desgarrárselo con los dientes. Había que hablar, efectivamente, en voz muy baja.

_ “¿Jorgito, el diarero?”, repreguntó Kovayashi, incrédulo. “Debí suponerlo… El muy hijo de puta se hace llamar Kandrasky…” Los pensamientos giraban en su cabeza como en el tambor de un secarropas. Hasta que no se detuvieran, el asombro lo mantendría parcialmente atento a las palabras de Feather y Teller.

_ “En efecto. Él…” dijo Feather mientras dibujaba con el índice una K en el aire para no mencionar a Jorgito, “…nos encontró, no sé cómo diablos. Nosotros no sabíamos que teníamos un… ejem… tío lejano. Nos reunimos en un lugar neutral, muy lejos, en Matheu, en un bar viejísimo a la vuelta de la plaza. Teníamos que ir solos. Tomamos el tren, que se rompió tres veces; se nos hizo eterno el viaje… Una vez en el bar nos dimos cuenta de que él había llevado a dos de los suyos.”

_ “Jugaban al billar”, acotó Ferdibaldo.

_ “Él nos describió nuestro parentesco con el tío y nos dijo que ya tenía todo arreglado en el Municipio para que este piso fuera nuestro, nos mostró papeles, habló de agregar dinero para ciertos funcionarios que trabajaban para él… en fin. Hicimos una cuenta rápida con Ferdibaldo y no lo dudamos: con el dinero de la venta del piso podríamos costearnos la edicion de la novela que Ud. está leyendo.” Al mencionar la palabra “novela”, los ojos de Teller cobraron un brillo particular. Ni él ni Heriberto podían imaginar que esa novela estaba esparcida por todo el living del Doctor. “Así que nuestra respuesta fue inmediata y… ejem… afirmativa. En menos de diez minutos ya habíamos firmado media docena de documentos, escrituras, declaratorias de herederos, todo falso como billete de tres… ejem… de tres pesos. Pero una vez que esos papeles llegaran a las manos de sus funcionarios corruptos, se transormarían en documentos legales.”

_ “Si el parentesco es verdadero, tarde o temprano el departamento iba a ser de ustedes. No deberían haber firmado nada…” Las ideas del Doctor se iban desacelerando, al tiempo que un plan empezaba a tomar forma en su cabeza.

_ “Cierto… Debimos sospechar cuando se frotó las manos como una mosca en la mierda”, acotó Ferdibaldo después de vaciar su tercera taza de ginebra.

_ “Escuche, Doctor: Scalisi, según nos contó Él, tenía una esposa de la que nunca llegó a divorciarse. No tenía hijos, sólo esposa. Así que, obviamente, este departamento acabaría en sus manos. La oportunidad que nos ofrecía… ejem… ya sabe quién, era de oro para nosotros. Pero ahí fue cuando empezó a hablarnos de un tal Kovayashi, dijo ciertas cosas…, muchas cosas; rápidamente nos dimos cuenta de que lo que en realidad quería era que lo matáramos. Habría dinero en efectivo, mucho.” Kovayashi tuvo la sensación de que, en el fondo, Feather lamentaba más tener que dejarlo vivir que haberse metido hasta las orejas en negocios demasiado turbios e inmanejables.

_ “Tendría que haber visto su cara, Doctor. Los ojos le brillaban, y esa… ejem… esa sonrisa que no se le borraba… era siniestro, y tuvimos miedo, ¿no fue así, Ferdibaldo? Intentamos deshacer la operación, pero ya era tarde. Él comenzó a extorsionarnos con los papeles que acabábamos de firmar.”

_ “En ese momento, los del billar dejaron la mesa y se pusieron uno detrás de nosotros y el otro en la puerta…” acotó Teller.

_ “Estábamos cometiendo varios… ejem… varios delitos juntos, desde sobornar funcionarios hasta falsificar documentos. No, si nos tenía agarrados de las… ejem… bolas, el malparido. Así y todo, nos iba a pagar una montaña de dinero por eliminarlo. Ciertamente, no teníamos muchas opciones, como comprenderá, Doctor. Es más, hasta nos regaló la pistola de Teller en una bolsa de papel madera que nos pasó por debajo de la mesa.”

_ “Bueno, me alegro profundamente de que se hayan dado cuenta de que Jorgito los estaba usando contra mí. No me extrañaría que todo el resto fueran bolazos, mentiras que usó para poder extorsionarlos, para forzarlos a convertirse en asesinos sin tener que molestarse en enfrentarme… Es Increíble, hoy mismo me alcanzó el diario a casa y se mostró como el Jorgito de siempre, fue simpático, habló de política y hasta recordó cuando era niño y le traía el periódico a mi viejo… ¡Increíble!” El lamento de Kovayashi fue sincero, profundo, y sus especulaciones acerca de Jorgito fueron avaladas en silencio por Feather y Teller. En un flashback, el Doctor recordó cómo lo había usado a él mismo para “limpiar” el barrio matando a aquellos chorros, y también cuando se encontraron a oscuras en el mismo departamento en el que estaban. Jorgito le había devuelto la estrella ninja que él olvidara clavada en el cuello del muchacho, y eso suponía que, llegado el caso, también él podría ser extorsionado (o eliminado) a voluntad. “Reverendo hijo de puta”, pensó y sintió ganas de vomitar.

_ “De todas maneras, Doctor, Él va a querer ver su… ejem… su cadáver.” Las palabras de Feather no escondían su miedo: si Kovayashi sobrevivía, Ferdibaldo y él estarían en serio peligro, no sólo de ir a la cárcel, sino de acabar fríos en una zanja. De repente, un estado de paz interior se apoderó del Doctor; había concluido con éxito un razonamiento brillante. Se puso de pie con la velocidad del refucilo, y señalando con ambas manos a sus interlocutores les dijo: “Señores, se me ha ocurrido un plan infalible. Escuchen, porque esto es lo que haremos mañana para llegar a vivir una senectud alegre dentro de muchos años.”

Y así fue cómo el Doctor Kovayashi les explicó su idea a Feather y Teller, con lujo de detalles. Los escritores escucharon con atención y preguntaron cada vez que tenían dudas. Antes de poner el plan en marcha, todos deberían de hacer ciertas compras y tareas durante la mañana del día siguiente. Sin más, se despidieron.

Una hora después, en la oscuridad de su jardín y de rodillas como un penitente, Kovayashi elevaba sobre su cabeza un objeto metálico. Los rayos de luna en cuarto creciente parecían lastimarse en los filos de la ofrenda, y al seguir su camino dibujaban sobre la medianera la terrible silueta de una estrella ninja.

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El fantasma tenía razón

febrero 1, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 28a en la saga del Dr. Kovayashi.

Send… OK.

“¡Excelente!” se congratuló el Doctor antes de apagar su laptop. “Esto los quitará de mis sueños al menos por un par de semanas.” Finalmente había conseguido devolverle a sus alumnos los tres manuscritos pendientes. Las correcciones habían sido tan obvias como lapidarias, pero si ellos deseaban hacer carrera en la Ciencia debían afrontarlo. Se suponía que le habrían de entregar versiones finales; para su desencanto, sin embargo, los tres manuscritos estaban más verdes que una Granny Smith.

Un sinnúmero de pensamientos laterales le habían agregado sinuosidades al proceso de corrección. En un momento, Kovayashi había dibujado tres elipses concéntricas sobre una hoja borrador. La elipse interna era de color verde y encerraba su propio nombre. La del medio era amarilla, y sobre su perímetro podía leerse, también en amarillo, FyT. La elipse externa estaba trazada con guiones rojos y contenía un solo nombre: Kandrasky. El modelo semafórico lo había ayudado a aclarar sus pensamientos. Si decidiera darle crédito al mensaje de Rómulo, entonces la hipótesis de “peligro inminente” cobraba vida. Para Rómulo, dos personajes eran de temer. El primero era, en realidad, un dúo: Feather y Teller. Kovayashi nunca había pensado en ellos como una amenaza, sino más bien como dos ridículos pelmazos; ahora debía reconsiderarlo. El segundo era Kandrasky, un individuo misterioso de quien, según el finado Rómulo, debía estar particularmente alerta. ¿Quién sería ese hombre (¿o esa mujer?) y qué motivos podría tener para eliminarlo? Cierto era que no iba a quedarse encerrado hasta que lo convirtieran en pastrón. Tendría que exponerse, hacer preguntas, desafiar al bastardo para que saliera a la luz. Y el mejor comienzo, estimó, sería realizarles una visita “amistosa” a Heriberto y Ferdibaldo.

Kovayashi leyó la programación de la TV por cable y determinó que el momento ideal para salir sería a las 21:25, exactamente 15 minutos después de comenzado el superclásico. Así lo hizo. Las ventanas del departamento estaban cerradas, la calle, despejada, y la temperatura había descendido a valores racionales. Ingresó al edificio de los escritores con su llave duplicada y esperaba hacer lo mismo al subir. Según sus cálculos, los escritores ya se habrían retirado; podría revisarlo con tranquilidad todo el tiempo que deseara. Ignoraba Kovayashi, no obstante, que desde las 21:25, Ferdibaldo empuñaba nerviosamente su Parabellum 9mm con silenciador en la semipenumbra del 1º A.

En los últimos tiempos, la conducta del Doctor se había apartado de los mandatos de las buenas costumbres, y eso incluía el asesinato. Esa noche, la vergonzante lista se había engrosado con una violación de domicilio. Kovayashi era consciente de todo, lo sufría y le generaba culpa, aunque no dejaba de maravillarse de las nuevas habilidades que había adquirido. ¡Con cuánta delicadeza había hecho girar la llave en la cerradura, qué poco aire había desplazado o cuán sordos habían sido sus pasos al ingresar al living, qué veloz había sido al abrir y cerrar la puerta! Se sentía verdaderamente seguro de sí mismo, aun cuando no había llevado un arma.

En el corto segundo entre que la luz se encendió y el brazo de Heriberto se le enroscó en el cuello, Kovayashi detectó que el estudio de escritura ya no existía como tal. Todo estaba embalado, excepto los escritorios. Evidentemente, Feather y Teller habían planeado cómo huir luego de encargarse del él. Lo que más le extrañaba era, empero, no comprender el motivo por el cual estaba a punto de perder la vida. Aquel brazo fibroso ajustaba mucho. De repente, Ferdibaldo apareció desde de la cocina. Llevaba en su otra mano un retrato del viejo Scalisi. Kovayashi no podía hablar; ya cerca de la anoxia, pero consciente, entrecerró los ojos.

_ “¡Soltálo que lo quemo¡” Teller sudaba a mares. Gritaba en voz casi imperceptible, estirando al máximo los tendones del cuello para no llamar la atención de los vecinos. Kovayashi dedujo que Ferdibaldo, a pesar de estar a metro y medio, temía fallar el disparo. Mientras Feather estuviera detrás, la ejecución se postergaría, y eso le daba tiempo para intentar pensar.

_ “¡No, es peligroso!” Contestó Feather, también cubriendo su voz y sensiblemente alterado.

_ “Soltálo, pelotudo…” El temor de Teller y la impericia de Feather le daban claramente la razón a Rómulo, razonó Kovayashi, que en su fantasmal aparición los había calificado de impostores. Tal vez esos dos fueran escritores, pero delincuentes profesionales, nunca. Súbitamente, Heriberto relajó el brazo y con un impulso vertical dejó al Doctor tendido sobre el parquet. Si podía hablar antes de que Teller gatillara, entonces habría esperanzas.

_ “¡¡Kandrasky los está usando!!” Kovayashi gritó tan fuerte como pudo, y un dolor agudo como un picahielos le atravesó las cuerdas vocales. La jugada estaba hecha, y la respuesta, verbal o metálica, llegaría inmediatamente. Sentado contra la pared, apretó las mandíbulas. Teller volvió a levantar el brazo y le apuntó a la cabeza. El arma temblequeaba en sus finos dedos. Kovayashi supo que el mequetrefe nunca había matado a nadie y lamentó tener que ser el primero. Teller transpiraba. Entre su mano y la culata de la Parabellum se había formado una capa de sudor viscoso. Poco a poco, el índice de Ferdibaldo se fue cerrando sobre el gatillo hasta que un estampido seco, distinto al fiú apagado de las películas de espías, resonó en el living. En el mismo instante en el que la bala hacía explotar un inmenso parche de revoque a 2 centímetros de la oreja de kovayashi, Feather pateó el antebrazo de Teller y la pistola cayó lejos por el pasillo del baño. Había llegado tarde, pero por fortuna para el Doctor no habría segundo disparo. En los rostros de Ferdibaldo y Kovayashi sólo cabía la incredulidad.

_ “Nuestro vecino sabe algo que nosotros no. Escuchémoslo, hay tiempo para agujerearlo después”, dijo calmadamente Feather mientras Teller, hirviendo en ira, corría a buscar la Parabellum.

Kovayashi nunca había estado tan cerca de su propia muerte. Rejuntó fuerzas y habló; las palabras eran su única arma. “Miren, no sé quién es el tal Kandrasky, ni tampoco sé quiénes son ustedes. Sólo sé que no son profesionales y que el tipo no quiere ensuciarse las manos. ¿Quién es K…”

_ “No le diremos nuestros nombres. Somos algo así como sobrinos… ejem… sobrinos terceros de…” lo interrumpió Heriberto, señalando el retrato del viejo Scalisi. La mandíbula de Kovayashi cayó verticalmente, dándole a su cara el rictus de asombro que le faltaba. “Kandrasky no entró en detalles, apenas sabemos que Ud. lo… ejem… lo mató.”

_ “¡Vamos… no me van a venir con que esto es una venganza!” Kovayashi se animó a soltar una risita sarcástica. “Se equivocan conmigo. Yo no maté al viejo. ¿Quién es Kandrasky? ¿Qué les prometió?”

_ “Matémoslo ya, Heriberto…” insistió Teller, que había amartillado nuevamente la Parabellum.

De repente, Kovayashi recordó un detalle, aquella nota manuscrita que había extraído del sobretodo de Scalisi después de su muerte, y que siempre llevaba consigo en la billetera. Pidió permiso a los escritores para sacarla y se la entregó a Feather, que la leyó ansiosamente en voz alta. “Hola Doctor. Cuando lea esto yo ya no voy a andar más por acá. Después de lo de anoche, creo que me voy derechito al… ejem… infierno. Pero sepa que le estoy agradecido, y mucho. Por primera vez en mi vida algo me salió bien, debe estar orgulloso de mí. Perdóneme la letra, tengo muy poca fuerza y la derecha no me funciona. Así que cuando me acueste ya no me levantaré otra vez. Nos vemos en unos años. Luis.”

_ “Creo que le debemos una… ejem… una disculpa, Doctor.” La voz de Heriberto sonó cansada. Mientras Teller, pensativo, devolvía el arma al cajón, Feather lo ayudaba a Kovayashi a ponerse de pie. El Doctor tenía muchas ganas de llorar y también quería erradicar de la faz de la Tierra a los dos payasos. Por fortuna, su cerebro estaba frío como un iceberg, y eso le ayudaba a calmar su espíritu. “Ya habrá tiempo para ajustar cuentas”, pensó. Al cabo de un rato de introspección, los tres hombres bebían té de jazmín sentados al escritorio de Teller.

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De vuelta al barrio

agosto 1, 2010

Esta es la 2a entrega de una anécdota en partes.

Nada había cambiado, por suerte. Sucede que el espíritu se me arruga siempre que descubro el paso del tiempo en el cambio de los objetos que me rodean (y entre los objetos incluyo, por supuesto, a las personas). Sin embargo, también creo necesario reconocer que el caso del Dr. Wang era distinto. Su semblante resumía centurias de soles nacientes en un par comisuras verticales, en decenas de arrugas, en miles de cabellos cenicientos, y en dos ojos de arroz sin pestañas. Imaginé que en su cara vivían todos los ancianos chinos que han sido y serán, y eso me agradó.

Caminé con buen ritmo por Tres Sargentos hasta el cruce con la Avenida Roca. Había llovido durante varios días, pero esa mañana me bendecía el brillo de un cielo celeste. El recuerdo de Wang me acompañó todo el tiempo. Algo me decía que podía salir a mi encuentro desde atrás de un árbol o de un zaguán, o aparecer en la ventanilla de un automovil casual. Extraje del bolsillo una petaca con licor de leche de cabra fermentada que él me había obsequiado en Mongolia, y pensando en que aún debía escribirle para mentirle cuánto me encantaba, bebí un trago generoso. Mi aliento se enrareció.

Más allá de Roca, Tres Sargentos cambiaba de nombre a Juan D. Perón, y al ensancharse un par de metros se convertía en la calle más importante del barrio. En las mañanas de sábado, Perón era un verdadero hervidero de personas que, cual hormigas, iban de aquí para allá. “No elegí el mejor camino”, pensé, pero me reconfortó pensar en Beijing; era infinitamente peor.

El semáforo interrumpió mi regularidad. Allí parado, al filo del cordón, mientras apuraba con la vista a la luz roja, noté que a mi izquierda, algo que en principio no pude precisar se había movido de repente, o caído, o desaparecido. En pocos segundos, la calle había ganado en agitación y sorpresa. No tuve más alternativa que prestar atención. A cuatro metros de mí, una salamanca había abierto sus fauces, y en el fondo de ese increíble hoyo, hundido de punta en un torrente amarronado, un Peugeot. Escuché los gritos del conductor; sonaba desesperado.

Varios propusieron descender, pero no lo hicieron. Otros llamaron al 911 y a los bomberos. Sólo algunos se animaron al salvataje. Unos muchachos rompieron el cristal trasero a piedrazos, y el encargado de un edificio arrojó la manguera por el hueco. En minutos, estimé, el conductor estaría de nuevo sobre la superficie del planeta.

Aprovechando el revuelo, crucé Roca y retomé la marcha sin remordimiento. Una cuadra después oí los vítores y aplausos de la turbamulta. Entonces me detuve nuevamente, y recostado sobre el tronco de un árbol enfermo anoté en mi libreta algo más para comentarle a Wang: “En esta ciudad siempre es necesario estar preparado para convertirse en superhéroe”.

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