Por la amistad que nos une

diciembre 2, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 37ava en la saga del Dr. Kovayashi.

En determinadas ocasiones, los hombres que se regocijan con el ejercicio intelectual deberían darle cabida a las corazonadas antes de proceder a la acción, aun cuando luego expliquen sus aciertos o fracasos con sólidos argumentos teóricos. Así lo entendía Kovayashi, quien a pesar de no tener claro el por qué de ciertas órdenes, había enviado a sus adláteres a que encendieran una gran hoguera y que descolgaran las jaulas con las aves muertas. Días después, en circunstancias que a su debido momento serán narradas a los lectores, el doctor no encontró más justificación para los hechos que el instinto de supervivencia y la necesidad de retomar la marcha.

Anochecía. Kovayashi se hallaba mesmerizado por la sensualidad de las llamas cuando una idea fugaz lo impulsó a abrir de nuevo el sobre. Al meter la mano, esta vez hasta el fondo, sus yemas reconocieron una textura diferente, un papel suave que aun doblado al medio sobresalía entre los billetes. Su mente racional entendió que no podía ser otra cosa más que una nota del Sr. X, y por eso se apresuró a leerla.

“Una excelente respuesta, doctor. Algún día el mundo comprenderá, como usted, que se puede prescindir de la verdad pero no del amor. Espero que sepa disculparme, he sido muy descortés al sedarlo como a un animal salvaje y luego partir sin decir adiós. Pero sé que hice lo correcto. No puedo mentirle, anoche no le perdoné la vida, aunque lo habría hecho de haberme contestado usted incorrectamente. Por eso, mi amigo, dado que nada puedo exigirle sólo habré de pedirle un favor muy importante: encuentre la tumba donde yace mi familia y permítame descansar sobre sus restos. Mañana por la tarde -ya he arreglado los detalles- un helicóptero lo estará esperando en el embarcadero sobre el río negro para transportarlo hacia el noroeste. El piloto lo bajará cerca del lugar, que la selva debe de haber cerrado por completo. En el sobre encontrará dinero suficiente para compensar los gastos y las molestias. Más allá de eso, sólo le deseo buena suerte. Por la amistad que nos une, X.”

La nota se desligó de la mano y cayó al suelo como una hoja marchita. Él la siguió con atención mientras pensaba que esos vaivenes no eran sino un eco de sus vacilaciones. “¿Qué debo hacer?”, se preguntó una y otra vez, sabiendo que ninguno de los que lo rodeaban -ni los micos, ni los fantasmas de Scalisi, W y Rómulo- podían ayudarlo en su decisión. Un solo detalle de lo leído lo había alegrado: estaba a un día de un embarcadero, y un embarcadero implicaba la chance de conseguir una barcaza que lo llevara lejos de allí. Pero el resto era indigerible como un trago de fuel-oil. De cumplir el pedido del Sr. X terminaría quién sabe dónde hacia el noroeste, cada vez más lejos de su casa. Cierto era que había desarrollado una simpatía por ese infeliz y que dejarlo en el campamento sin los huesos de aquellos familiares a los que había masacrado a sangre fría quizás fuera condenarlo al desamor eterno.

Tras varios minutos de silencio y concentración, Kovayashi volvió en sí y a voz en cuello ordenó a David y Nikola que le trajeran el cadáver del Sr. X. Sin importarle que la noche se había cerrado, se echó al hombro la mochila.

- “¡Muévanse, bestias, que el camino será largo y la noche muy negra!”



Atardecer

noviembre 22, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 36ava en la saga del Dr. Kovayashi.

- “Un escorpión amarillo”, exclamó K., satisfecho de haber confirmado su diagnóstico.

Minutos después, al no encontrar mayores motivos para permanecer en la choza, giró sobre sus talones y con pasos exagerados volvió al exterior. Ya fuera por el manoseo o por la evolución normal del rigor mortis, el cadáver del Sr. X dio un pequeño respingo en la tumbona, y la esquina de un sobre de papel madera asomó bajo su trasero. Los ojos de David, quien aún sentía hostilidad hacia el muerto por cómo había tratado al doctor, se iluminaron. Tomó con premura el sobre y al ver que llevaba una inscripción manuscrita en el dorso corrió a toda carrera hasta donde se encontraba Kovayashi.

Impulsado por la curiosidad y el asombro, como todo buen científico, lo abrió sin demorar. Ante la mirada impávida de los dos monos, Kovayashi extrajo un grueso fajo de euros, tan compacto que los billetes, todos de 500 €, parecían recién fabricados. Con precisión de banquero suizo, el doctor dividió el fajo “a ojo” en siete partes iguales. Las dos primeras se las entregó en mano a Nikola, quien acusó con un chillido apagado el peso de la responsabilidad. Lo mismo sucedió al darle el segundo par de fajos a David. Un tercer par fue a parar bajo su propio calzado, mientras que el séptimo restante fue el único en ser obsesivamente contado y recontado. Después de realizar mentalmente dos multiplicaciones sucesivas, K. tuvo la certeza de que aquel sobre contenía, en total, la nada despreciable cantidad de 280.000 euros. Una vez devuelto al sobre el 100% de los billetes, ambos primates comenzaron a dar brincos y a corretear por el campamento, ajenos a la mirada reconcentrada de Kovayashi.

Por ese entonces, la luz del sol penetraba en la selva de manera tan oblicua que el contraste entre las áreas sombreadas y las iluminadas obligaba a entrecerrar los ojos. Era el instante mágico que precede al crepúsculo, cuando cada árbol, cada animal y cada bruma que se desprende del suelo se tiñe con tonalidades que van desde el anaranjado hasta el rosa. No obstante, esa tarde la selva oscureció prematuramente, como si el silencio amargo que reinaba desde de la matanza de las aves hubiera ahogado toda luz, todo perfume y toda magia. Era la misma amargura que se había adueñado del alma de Kovayashi, para quien la palabra doctor en el sobre encerraba un mensaje que excedía lo obvio, un significado que recién alcanzaría a vislumbrar con la llegada de la noche.



El largo camino a casa

agosto 12, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 33a en la saga del Dr. Kovayashi.

De haber recordado sólo algunas de las lecturas de su juventud, aquellas que distraían sus tardes como El Sargento Kirk o Apache, el doctor habría tomado ciertos recaudos antes de partir. Pero como suele sucederle a los hombres cuando actúan sin vigilar sus impulsos, Kovayashi, sin darse cuenta, estaba escribiendo en su historia un hecho cuyas consecuencias lamentaría por toda su existencia.

“Los largos años de lucha contra los indios
le habían dado al Sargento Kirk
un instinto animal de presa
y una infinita paciencia.”

Antes de abandonar el aguantadero se echo al hombro un morral deshilachado con los mínimos bártulos necesarios para el regreso. Provisiones, bebida, machete y un encendedor a bencina. Sabía por experiencia que el camino sería largo e inseguro, pero esta vez contaría con dos adláteres como David y Nikola. También llevaba los cuentos de Feather y Teller ya que aún le faltaba terminar la historia del Gringo y otros cuentos. Y para las eventualidades que, estaba convencido, surgirían durante el viaje llevaba en un bolsillo la filosa estrella que meses atrás le había obsequiado el Dr. Yang.

“Lo que ahora veía sobre el horizonte
no eran nubes sino señales de humo
que escribían en el cielo
sobre territorio Pawnee.”

Una vez fuera de la choza sintió que el amanecer le erizaba la piel como una tricota de estopa. En siete meses de selva había conocido docenas de espíritus salvajes, y el frío era uno de ellos. Por eso permitió que se le metiera por cada uno de sus poros. Al cerrar los ojos creyó estar oliendo las flores de su jardín y escuchando el traquetear apagado de los neumáticos en los adoquines. Pero el espíritu de la música, el más añorado, ése era ajeno a la selva. Hacía que las tripas del doctor hirvieran con el recuerdo de la Obertura 1812. El pecho del doctor exageraba la emoción del retorno mientras sus manos inquietas jugueteaban con el encendedor. Había aguardado con paciencia el momento de eliminar sus rastros de la faz de la tierra. Por eso su corazón y, por empatía, los de sus primates amigos se inflamaron cuando la choza estalló con un woof sofocante y abrasador que, hambriento, la hizo arder hasta el suelo. Ya se encargarían la selva y la fotosíntesis de rellenar el claro en poco días.

“Desde antes del amanecer cabalgaba por el desierto.
Ni él mismo sabía adónde iba. Lejos, eso sí.
Quizás a reunirse con los restos de los Tchatogas,
entre los que tantos estragos hiciera su carabina.”

“En marcha”, gritó Kovayashi, y cinco minutos después toda la troupe se abría camino animadamente a través del sotobosque. Nunca se había imaginado tanta compañía para el retorno. David y Nikola iban en sus hombros y Scalisi, Rómulo y la Sra. W. caminaban 30 metros por detrás. Por último, en un dosel imaginario de epífitas y lianas, α y β cumplían su palabra de llevarlo hasta la frontera.

“Así fue cómo el sargento Kirk, el teniente,
los soldados y el cacique prisionero
emprendieron la marcha hacia Fort Sherman,
adonde ninguno llegaría jamás.”

A pocos kilómetros de allí, un hombretón sucio y barbudo apostado sobre una torre disimulada en la vegetación avistó la columna de humo. Dejó por un instante sus binoculares y encendió el intercomunicador. Abajo, en el campamento, los traficantes de fauna escucharon con estupor sus dos palabras. “Tenemos visitas”. Al unísono todos amartillaron sus revólveres.



La culpa no es del toro

junio 27, 2011

Llegamos a la quinta entrega de la saga telúrica del Gringo y la Lucecita, una colaboración literaria con el Sr. MX y publicada también en su blog cuento * chino. ¡No se lo pierdan!

Los piojosos  |  Bajo el agua&nbsp:>

No solamente niebla había traído la primavera, sino también una seca brutal que de a poco fue convirtiendo al arroyo en un alambre de vidrio. Entre las crostas desordenadas del lecho marrón, la vida y la muerte se las arreglaban para seguir adelante. Y los chimangos, de parabienes. Pajarracos de porquería. Con ojos turbios y desafiantes calculaban el resultado de la deprimente ecuación; mucho animal sediento, poco pastizal en pie, apenas yuyos… mucha víbora. No era raro que en ocasiones, al irse la niebla, quedara a la vista alguna osamenta de vaca desparramada sobre la tierra. Desorientadas, pisaban a las cruceras; al rato flaqueaban las patas y se recostaban suavemente sobre un costado. Se entregaban mansas e ignorantes a la muerte lenta. Después, los gases de la pudrición las inflaban, las deformaban, las transformaban en carroña. Un espectáculo feo para cualquiera, salvo para los chimangos que esa mañana amanecieron alrededor del cuerpo helado del peón Juan Gauna.

Al mediodía el aire estaba limpio y no había nubes que se animaran a tapar el sol, como si la niebla se hubiera retirado de golpe para facilitar el hallazgo macabro.

- “¿Ve usted lo que yo, comisario?”
- “Yo estoy viendo lo que usted verá en un rato, Carlini.”

Justo Becerra y el oficial Carlini bajaron por la pendiente. Carlini seguía al comisario un par de pasos atrás, un poco porque iba anotando prolijamente sus observaciones y otro tanto porque que era cortito como tranco ‘e pollo. Ambos sabían que la naturaleza tenía sus propias leyes, seguramente cercanas a las de Dios, si es que éste existía. No poseían el espíritu rústico de la gente del campo, aunque sí un olfato muy delicado al momento de rastrear a quienes se apartaban de las leyes del Hombre. Odiaban el haberse mojado los zapatos, las medias y los pantalones del uniforme con el pasto aún húmedo, pero no lo hablarían hasta llegar al patrullero, en privado. Los sabuesos tenían un motivo muy poderoso para estar ahí: el segundo cadáver que en pocos días había aparecido en la órbita de la estancia. Al llegar al potrero de los toros, un hombre con cara de pocos amigos los recibió con la diestra extendida.

- “Barzola, a sus órdenes.” Antes de las presentaciones de rigor, los oficiales cruzaron una mirada inequívoca.

El lote estaba vacío. Carlini echó un vistazo rápido y comenzó a caminar meditando cada pisada. Avanzaba dos pasos, se detenía, miraba el cielo, anotaba en la libreta, daba un paso más, volvía la vista hacia Becerra y Barzola, avanzaba. Le llevó cinco minutos llegar hasta el esquinero contra el que estaba apoyado el cadáver. Era evidente que lo habían movido hasta allí, nadie se muere de una cornada de toro y queda acomodado de manera tan gentil. Hasta Carlini sabía eso. El pobre Gauna tenía la espalda apoyada contra el esquinero y la cabeza ladeada como tomando una siesta contra el alambre de púa. Carlini espantó con un gesto a dos chimangos irrespetuosos que le picoteaban la cara. Uno de ellos se alejó con un aleteo desprolijo; de su pico colgaba la gelatina albiceleste que Gauna solía llevar por ojos. Bichos de mierda, pensó Carlini. Miró el cuerpo del peón sin emoción alguna, no era el primer muerto que le tocaba inspeccionar. Sobre el pecho descubierto de Gauna se veía la cornada limpia y brutal; tenía la camisa pegoteada con tierra y sangre, varios rasguños en los brazos y los puños apretados. El ojo izquierdo, que se había salvado del saqueo de los pajarracos, sostenía una expresión que Carlini no pudo evitar reconocer. Mientras el comisario y el capataz seguían hablando desentendidos, se puso a inspeccionar, usando el lápiz como herramienta forense, las evidencias que el cuerpo ya tieso de Gauna le brindaba.

- “Espesa la niebla…, dijo Becerra mirando fijo a los ojos de Barzola.
- “Ajá”, respondió Barzola secamente. “A mí no me disgusta del todo, lo que tiene de malo es que en mañanas así la peonada se me resiste a arrancar. Les falta coraje, se ve.
- “Parece que a éste no le faltaba. Pero ahora no le quedó nada, le falta todo.”
- “Ah, el pobre Gauna, la excepción a la regla. Un tipo diferente a las otras lacras. Una lástima.”
- “Una lástima, pero lo mandaron a arreglárselas a tientas con animales tan peligrosos”, retrucó Becerra sin bajar la mirada. “¿No le parece, mi amigo?”
- “Cosas del patrón… y del agrónomo. Yo obedezco nomás. De lo único que entiendo es de órdenes, no de propósitos, comisario. El patrón no está, pero si quiere le llamo al ingeniero.” Barzola extrajo de su campera un cigarro armado y le dio mecha con un encendedor de bronce algo desvencijado.
- “¿Y el toro?”, preguntó Becerra ignorando las últimas palabras del capataz.
- “Andaba nervioso, así que tuvimos que llevarlo con los demás al lote del fondo. Si estuviera acá ni usted, ni el inspector, ni yo estaríamos conversando tan tranquilos. Martínez es una fiera.”
- “¿Martínez?”
- “Así se lo llama. No me mire raro, yo no le puse ese nombre.
- “Al oficial Carlini y a mí nos gustaría verlo más de cerca…, arremetió Becerra mirando con ojos entrecerrados para el lote del fondo, donde la torada se mantenía todavía ajena a la tragedia.
- “Como guste, ya le mando un peón para que los acompañe. Yo debo disculparme, pero un asunto urgente me reclama. Si no tienen más dudas…”

Barzola se dio vuelta y levantando los brazos llamó a uno de sus hombres. En ese momento, Carlini se acercó hasta los dos hombres. Se paró a la par del comisario y sin que Barzola lo notara le puso algo en la mano a Becerra. Éste lo palpó con la palma y las yemas, pero ni siquiera amagó mirar de qué se trataba. Entre los dedos agarrotados del cadáver de Gauna, la pericia de Carlini había descubierto un pedazo de piolín de unos treinta centímetros de largo; su olfato para aquellos asuntos le decía que se trataba de una pieza importante para entender el accidente entre el malogrado Gauna y el angus reproductor.

- “No por ahora. Vaya nomás”, dijo el comisario, expeditivo.
- “Por acá estaremos”, respondió el capataz.

Los tres hombres se estrecharon las manos como estudiándose la fuerza y la astucia. El peón que había llamado Barzola llegó hasta ellos.

- Acá está…, comenzó a decir Barzola, pero el comisario lo interrumpió sin que pudiera terminar la frase.
- “El Gringo. Ya nos hemos visto las caras.”
- “Buenos días. Comisario, oficial…” La voz reposada del Gringo llevaba la misma serenidad del primer interrogatorio, tras el homicidio del Lorenzo.
- “Acompañe a los oficiales al lote cuatro, a ver a Martínez.” Barzola finalizó la conversación y apurando el tranco por la pendiente se alejó del potrero.

Una hora más tarde, Becerra y Carlini se quitaban los zapatos y las medias empapadas dentro de la relativa comodidad del patrullero. Habían hablado con el Gringo sin poder obtener mayores detalles. Si bien parco, el hombre parecía sincero en su desconocimiento de los hechos. Al menos, esa era la impresión que le había causado a Carlini y que quedara registrada en su libreta de notas, además de una disquisición humanizada del instinto asesino de un Martínez que lamía de su cuero la sangre seca de Gauna. De todas maneras, se le recomendó que no se alejara de la estancia. El comisario, ensimismado, pensativo, escuchó el informe preliminar de Carlini mientras jugueteaba con el piolín, estimando su resistencia y olfateándolo de a ratos. Cuando el oficial hubo terminado, Becerra levantó la mirada, arrojó la prueba sobre la libreta y poniendo en su voz un tono afectado por la soberbia dijo:

- “Si mi olfato no me engaña, hemos estado hablado con el asesino.”

Versión imprimible -> La culpa no es del toro


La cita estaba agendada

abril 25, 2011

Desde la comodidad de su exilio, el Dr. Kovayashi emprendió la lectura del manuscrito de Feather y Teller. Para su sorpresa, no se trataba de una novela sino de una cantidad de cuentos relativamente largos y no relacionados entre sí. Kovayashi no resistió la tentación de corregirlos y modificarlos; después de todo, así era su espíritu y eso pretendían Heriberto y Ferdibaldo. A continuación, “La cita estaba agendada”, el primero de los cuentos que el Doctor dejara listo para publicar.

El mareo no le dejaba discernir qué era peor, los quince minutos de espera sobrevolando Ezeiza o haber iniciado finalmente el descenso. Desde que tenía uso de razón sentía pánico de los aterrizajes porque sabía que siempre están ahí, al final del viaje, cuando las ruedas tocan la pista y el avión se descontrola hasta terminar convertido en una bola de fuego. El vuelo desde Barajas había sido óptimo, y aunque no había podido pegar un ojo, Elena se sentía entera, incluso al punto de pensar en ir directamente a lo de Sardinero. Allí terminaría de editar el manuscrito de su primer libro, una selección de sus mejores cuentos cortos. Pero antes había que aterrizar, y por eso mantenía los ojos cerrados desde hacía, al menos, quince minutos. Cuando se escuchó el “ding” que instaba a abrocharse el cinturón, los abrió de par en par el tiempo justo para que, tal vez por obra del azar, su mirada se topara con la del muchacho de traje y barba entrecana. Cuatro butacas más allá, él levantaba su pulgar y enarcaba las cejas como preguntándole cuán bien o cuán mal se encontraba. Elena le contestó afablemente el gesto y volvió al resguardo de sus párpados cerrados. El Boeing aterrizó suavemente en Ezeiza.

¿Y vos?, le preguntó ese muchacho que andaría por los 50, que se llamaba Juan y que se había sentado a su lado en el micro que los transportaba al centro de Buenos Aires. Él le confesó que después de quince años en Sevilla aún seguía detestando a los porteños por ser tan cínicos de mantener mugrienta la ciudad y hacerle perder paulatinamente su distinguido charme europeo. No obstante, la vida había querido que sus dos hijos nacieran porteños, y por ellos era capaz de hacer la excepción de regresar un par de veces por año. ¿Yo?, respondió distraídamente Elena mientras fantaseaba con tener treinta años menos y cambiar a Sardinero por dos días de hotel con ese desconocido. Ahora, con cincuenta y cinco pirulos, sola después de varias parejas, se llevaba muy bien con varios amigos madrileños y veía con simpatía las redes sociales cuando la literatura se quedaba vacía de inspiración. Antes de responder, justo antes de bajar en el obelisco y despedirse de Juan con un hasta siempre, no pudo contener una andanada de recuerdos: aquellos días previos a escapar de Argentina, la mañana en la que dieguito, el riojano y el flaco levantaron la copa en Japón, cuando se llevaron a sus compañeros de Letras… Era el ’79, imposible confundirse, el espanto recorría las calles y la militancia se había vuelto un suicidio consciente. Todo estaba tan jodido que ese día no entró a la Facultad ni volvió a su casa; ignoraba que no regresaría allí nunca más en la vida. Por fortuna, Sardinero, arrastrándola de un brazo y tapándole la boca para que no gritara, la metió en el baúl de su Dodge Polara y la escondió en un altillo del caserón que poseía en Parque Chacabuco. A los otros cuatro los chuparon en la Facultad a pleno día y frente a todo el mundo. Una semana después, el profesor le entregó un pasaje de avión y la besó en la coronilla. Es por tu bien, le dijo, tarde o temprano te van a encontrar, como a tus amigos ¿viste? Hoy por hoy no existe un escondite seguro… Elena tuvo que morderse los labios para no insultar a quien le había salvado la vida. ¿Y qué voy a hacer allá, profesor? Quedarte y no volver, eso vas a hacer… Y escribí mucho, mirá que tenés pasta para eso, le dijo mientras cerraba la inmensa puerta de hierro, madera y cristal. Lloró diez minutos en la fuente del parque y luego emigró. Treinta y dos años en España… Si bien una carta manuscrita al año fue su único vínculo con Sardinero, debió de pasar mucho tiempo hasta que en 2010 se permitió preguntarle esa duda que llevaba como un cáncer dormido: ¿qué habría hecho él si los corruptos la hubieran encontrado? ¿La habría entregado así nomás o se habría jugado por esa estudiante a quien sólo quería porque redactaba mejor que el resto? Esa carta nunca tuvo respuesta. De los hombros de Juan colgaba una mochila amarilla y azul que le arrugaba el saco. Yo también vivo en Madrid, respondió ella, y segundos después, ya perdido él en la muchedumbre de Corrientes, agregó un nostálgico hasta siempre.

Vaya a saber qué la impulsó a cambiar de planes y caminar directamente hasta el hotel. No fue esa ligera molestia en la punta de la lengua, tampoco el cansancio ni la urgencia de cafeína en las venas, y mucho menos las ganas de beber un trago. Tenía el estómago revuelto y aún faltaban muchas horas antes de la cena. Maldijo. Las veredas de la calle Lima la acogieron como si nunca se hubiera ido, y eso la ayudó a olvidar que sus bártulos pesaban como si los hubiera rellenado con barro. Además, había tanta humedad en la atmósfera que el vapor de la transpiración se condensaba apenas abandonaba los poros. Así ingresó al hotel, empapada en sudor. “Bienvenida a Buenos Aires”, la saludó un conserje parecido a alguien que no pudo precisar, y un botones ridículamente uniformado la guió hasta su habitación.

La ciudad está igual, dijo Elena al ver por la ventana los palos borrachos en flor; o mejor dicho, está irreconocible, se corrigió tras advertir el embotellamiento en la ancha avenida. Apoyó la nariz sobre la línea vertical del cristal biselado, cuidando de que a cada ojo le correspondiera una faz; así, como jugando, descubrió una baires fantasmal y rió cuando vio al Quijote y a Rocinante atrapados en una escultura inconclusa. Estaba sensible. Se preguntó hasta qué punto tenía sentido lo que estaba haciendo, eso de haber regresado para vera a Sardinero; había otros caminos, otras formas para ser escritora… En el cielo flotaba una nube. Necesitaba encontrar un punto de contacto entre esa ciudad irreal y la verdadera; seguramente existía, pero no era obvio. Los herrajes de bronce y la bañera de fundición demostraban que el hotel era de otra época, cuando los objetos se fabricaban para perdurar. Quizás algún huésped parado en este mismo lugar, imaginó Elena, haya visto los aviones sobre Plaza de Mayo durante la Revolución Libertadora. Ahora no eran aviones sino carteles de publicidad, cientos de ellos, erguidos sobre los edificios de la avenida cual guardianes de los cielos. Eran las 15:10 cuando notó que aquella inquietud en la lengua se había convertido en dolor. Espeleología, pensó. Llevaba horas insistiendo sobre una semillita de tomate trabada en el hueco de un molar. Juró no volver a dejarse estar. Un instante después, con la carpeta de cuentos abierta sobre el colchón de su pubis desnudo, Elena, recostada, semidespierta, pensaba que Buenos Aires siempre había sido (y seguía siendo) una ciudad indescifrable. Como las imágenes que atraviesan los cristales biselados.

La parada del colectivo era un fresno con una chapa oxidada que decía “126″; sin la ayuda de un kioskero habría tardado muchísimo en descubrirla. Se resignó, ahora llegaría tarde a lo del profesor. Le pareció que no sería conveniente contarle el sueño que acababa de tener. Nunca había vuelto a usar los nombres de pila de sus compañeros, sólo eran el chino, el negro, la turca y la tana, gente excelente que admiraba al Ché y que estaba al tanto de lo que sucedía en el país. Gracias al negro tenían acceso a unas máquinas en un sótano, él les hacía el service y por eso entendía cómo funcionaban; allí imprimían los volantes que intercalaban en los apuntes, todo en un supuesto gran secreto. Ahora, los cuatro habían reaparecido para darle la bienvenida. Elena siempre los soñaba igualitos: llevaban las ropas de aquellos días, la turca estaba maquillada y el negro lucía su típica barba descuidada. No bien comenzó a insistirles con parar todo y rajar, sus amigos se convirtieron en sombras que la empujaban hacia un aula a oscuras en cuyo escritorio la esperaba Sardinero. Elena se despertó con el espíritu dolorido, lastimado por el ir y venir de ese rallador de queso que es la memoria. Y como no por nada había viajado a Buenos Aires decidió salir del hotel y tomar el 126 hasta Almagro, donde vivía Sardinero. Por cierto, Sardinero tampoco era el nombre real del profesor.

* * *

Qué semillita de porquería, masculló Elena al sentir su lengua al borde del infarto. Ubicó un asiento libre al fondo del colectivo. Allí notó que su bolso de mano llamaba demasiado la atención, no tanto por el color ni por el diseño, sino porque estaba hinchado de papeles, a saber: la carpeta con los cuentos y 31 cartas que tendría que haber dejado en Madrid. Una por año no es poco si no hay de qué escribir, reflexionó a la altura de Entre Ríos. Sin embargo, todas eran gruesas, llenas de consejos y citas literarias. Leerlas implicaba decodificar la letra ganchuda de Sardinero, quien por propia voluntad nunca se había subido al tren del email pero disfrutaba horrores a la hora de usar papel, tinta y estampillas. Treinta y una cartas… cualquiera podía deducir que la número 32 nunca había llegado a Madrid. Elena bajó una parada antes. Necesitaba tomar aire.

Almagro era lo más parecido a una patada en los dientes. Compararlo con Parque Chacabuco, antiguo amor del profesor, era una canallada que Elena no podía evitar. Frente a una puerta de madera sin molduras revisó una vez más la agenda, no fuera que por error… Mas no, la dirección era la correcta, Maza XXX. La fachada era tan horrible como el barrio. ¡Cuánto debió haber sufrido la mudanza! En un taller mecánico vecino escuchaban cumbia a un volumen altísimo aunque insuficiente para tapar el compresor y los escapes de los colectivos. Ajeno al averno de la calle, el timbre en el interior de la casa sonó con dulzura; Elena, aturdida, no podía saberlo. Tocó dos, tres, cuatro veces, golpeó fuerte con los nudillos, esperó, y de no haber sido porque se dio media vuelta para retornar, seguramente nunca le habrían abierto. Ella era de creer en esas cosas. La voz de contralto que la invitó a pasar merecía provenir de un cuerpo masculino pero se trataba de una mujer, una enfermera corpulenta cuyo guardapolvo blanco era el contraste ideal para sus hermosos rasgos oscuros. La está esperando, dijo al atravesar un living diminuto con olor a sanatorio. Elena infirió que algo no andaba bien. El hombre tuvo un ACV hace cuatro meses; pero no vaya a creer, a veces se enchufa…, comentó animadamente la enfermera. Pero Elena hubiera preferido salir corriendo antes que entrevistarse con un viejo más muerto que vivo. En el cuarto halló una pasa de uva hundida en la cama, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Cómo es posible que “eso” esté esperándome?, preguntó. Es que usted está agendada desde hace como un año, respondió la enfermera mientras se echaba la cartera al hombro y se iba. La reemplazante llegaría pronto. Hasta entonces habrían de quedar a solas. Elena sintió que la desilusión se le hacía humedad en las mejillas.

¡Cuánto vaciló Elena antes de acercársele! No por temor a despertarlo, puesto que lo hubiera preferido vivaz como antes, sino por miedo a que estuviese realmente muerto. También imaginó que el viejo podía estar fingiendo y alerta; lo imaginó con el cañito de la enema entre los dientes, presto a saltarle encima no bien le diera la espalda. ¡Qué pavota!, eso únicamente sucede en los filmes de Hollywood, se reprochó mientras apoyaba el bolso abierto sobre las piernas de Sardinero. Era imposible que supiera cuán tarde llegaría la segunda enfermera a tomar la posta, por lo que muy de a poco la ansiedad le fue corroyendo las tripas. Muy pocas escritoras habrán pasado estas peripecias con su mentor, razonó; o no, quién sabe… al menos yo debería repensar eso de considerarme “escritora”. Tomó delicadamente las muñecas del hombre y las levantó hasta que el manuscrito encarpetado quedó asegurado contra su pecho. Tenía la esperanza de que pronto se enchufara, como dijera sin demasiada ciencia la enfermera. Ciertamente, odiaba que el viaje culminara de esa manera, mas poco se podía hacer salvo esperar que apareciera el reemplazo y rezar para que el viejo se despertara, si es que eso tenía alguna chance de ocurrir.

Como a menudo les sucede a los escritores noveles, Elena también tenía vicios profesionales desde antes de comenzar su carrera. Ejemplo de esto era su debilidad por las bibliotecas. Si contenían obras clásicas y ediciones lujosas, mejor, y si cubrían de punta a punta una pared, como la de Sardinero, la debilidad se convertía en fascinación. El estante superior estaba dominado por obras de Borges. Los tres estantes inmediatamente inferiores contenían literatura inglesa en inglés: desde Samuel Taylor Coleridge hasta Orwell, y ediciones comentadas de Marlowe, Kipling, Wilde, Melville y Chesterton. También encontró las obras completas de Stevenson, Dickens, Shelley y, obviamente, Shakespeare. Elena los conocía, aunque poco y nada había leído de ellos. Por último, los dos estantes más bajos contenían una miscelánea que no merecía ser comentada. Y más abajo, un majestuoso escritorio que parecía sostener la masa de libros como Atlas la bóveda celeste. El polvo que lo cubría no daba lugar a dudas: nadie lo había utilizado en mucho tiempo. En ese momento, Elena creyó que el viejo había despertado, pero se equivocaba, la traicionaban sus nervios. Pese a que se consideraba una persona menos curiosa que perspicaz, descubrió sobre el escritorio un área rectangular en la que la capa de polvillo era más delgada. Evidentemente, alguien había quitado el objeto sin molestarse luego en limpiar. Miró velozmente a su alrededor mas no halló en todo el cuarto ninguno que pudiera haber dejado esa marca. Debe haber sido un papel, dedujo Elena, y en ese caso, pensó, las dimensiones me resultan en extremo familiares. Una corazonada la impulsó a abrir el cajón principal, de cuyo interior escapó una ráfaga de aire frío. Había vuelto a presentir la mirada horizontal del viejo, quizás invocándola en silencio o, por el contrario, ignorando quién era esa extraña que husmeaba entre sus cosas. Elena sabía que ese frío no era sobrenatural. Dentro del cajón abierto, Elena había leído su seudónimo escrito con tinta negra en el anverso de un sobre cerrado y sin estampilla. No lo pensó dos veces: tomó la carta número 32 y se la guardó entre la ropa. Caminó hasta el borde de la cama como quien se aproxima por primera vez a la pecera de un ajolote. Ahora Sardinero la estaba observando con los ojos bien abiertos. Lejos de saludarla, o de alegrarse, o de pedirle su pluma fuente, el profesor estrujaba más y más la carpeta contra su cuerpo desgraciado. Ese inoportuno ACV lo había transformado en un niño caprichoso que se negaba a devolver un juguete ajeno. Contrariada, Elena insultó al maldito reemplazo que no terminaba de llegar, y al olor a medicamentos, y a la lengua inflamada de tanto lamer y empujar la semillita. Soy Elena, profesor, le avisó por fin, pero el viejo permaneció inmutable como el bronce.

Nadie sabía tan bien como Elena la diferencia entre ser optimista y negar la realidad, y por eso creía que su profesor, prácticamente desahuciado, aún podía ayudarla con los cuentos. Incluso cuando hubiera sabido cómo iba a terminar esta historia, igualmente habría bajado la oreja para escuchar lo que Sardinero estaba comenzando a decir. A cualquiera se le habría escapado aquel sutil movimiento de labios, pero no a Elena, quien también creyó percibir en las arrugas del profesor un color más encendido. Cacacacacacacacacacacacacacaca, decía casi en una hebra de voz. ¡Ay, Dios!, gritó Elena. De un manotazo enérgico destapó al viejo para dejar expuesta su inmundicia. Aquel ’79, Sardinero había arrancado el curso hablando de Borges, a quien conocía de esa misma Facultad. Además de cautivantes, las anécdotas que contaba solían entroncar con el tema del día, por lo cual sus alumnos debían estar prestos abstraer y a relacionar ideas si deseaban seguir el hilo de la clase. Sardinero era dueño de una inteligencia tan seductora como su voz profunda y matizada. Por eso, varias de sus alumnas, la tana y la turca incluidas, se habían enamorado de él aun a sabiendas de que era “medio milico”. Elena volteó al profesor sin demasiado esfuerzo y después de limpiarlo con la sábana lo dejó en posición de géiser-humano y abandonó la casa a toda velocidad. Corrió sin parar hasta llegar a su hotel, donde entre sollozos tomó una ducha, leyó la última carta, se aplicó alcohol fino en la lengua y luego se durmió. Esa noche, la jodida semillita se escapó sola del molar.

* * *

Creo que estamos a mano, profesor, dijo Elena minutos después de volver a releer la carta, justo antes de arrojarla a un cesto de basura. Los recintos de preembarque solían enrarecerle el humor. Había tanta gente… todos hablaban por celular o en grupos, pero no se escuchaban ecos. Los altoparlantes anunciaban un vuelo tras otro, y desde las vidrieras los anuncios sólo mostraban satisfacción y belleza. Pero la verdadera angustia trascendía al preembarque, era Ezeiza, eran los aeropuertos, era Madrid y era la condenada República Argentina. No entendía por qué el remisero le había dicho que hacía bien en irse, que en España estaría mejor, que este país no tenía arreglo. Después de todo ¿qué sabía ese tarado de vivir en España, donde nunca iba a ser más que un extranjero? Debía haberlo golpeado en la nuca, pero desistió porque él manejaba, porque ella era mujer y porque, efectivamente, deseaba regresar para dejar que el futuro le regalara algo distinto. Cansada de esperar, caminó hasta el toilette para corregir un poco su aspecto frente al espejo. El bolso de mano había perdido la barriga al quedar la carpeta con los cuentos entre Sardinero y el colchón (y no era cuestión de meter la mano ahí para quitársela). Prefirió creer que el profesor la había atesorado para sí. Además, había dejado las otras 31 cartas en el hotel; si por casualidad un escritor de verdad las hallaba podría escribir alguna historia sobre ellas y la misteriosa número 32.

Elena embarcó primero que nadie y se abrochó el cinturón mucho antes de que se escuchara el “ding” del aviso. Le tenía pavor a los despegues, y las estadísticas le daban la razón: la mayor cantidad de accidentes en el planeta suceden en ese momento en el que las aeronaves se desentienden del suelo. Por eso cerró los ojos, para buscar protección en su mundo interior. Sin embargo, ese día Elena experimentó una sensación cálida y confortable, un presentimiento que la llevó a levantar los párpados antes de que el avión hubiese salido del reposo para buscar la pista. ¿Sincronicidad o coincidencia?, se preguntó sorprendida al reconocer, asiento de por medio, el pulgar de Juan extendido hacia el techo en claro gesto de interrogación. Azar o no, lo mismo da, pensó, mientras levantaba amablemente el pulgar derecho y vestía su cara con una sonrisa. Y a pesar de que el estómago se le revolvió un poco cuando el Boeing comenzó a ganar altura, ya no volvió a cerrar los ojos en el resto del viaje.

Agregar a DeliciousAgregar a FaceBookAgregar a Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Espejismos

enero 14, 2011

Esta es una anécdota en partes: la 27a en la saga del Dr. Kovayashi.

El living recibía con alivio la sombra entrecortada de la persiana de barrio. La atmósfera húmeda era apenas tolerable, pero en la calle el aire literalmente hervía. Era el momento de la siesta. Todo quemaba; incluso, sobre los adoquines de Tres Sargentos se podía ver el ondular de los espejismos. Con un mismo impulso, Kovayashi dio un portazo, arrojó con furia el sobre de papel madera y fue a la cocina a servirse dos vasos de té frío con limón. Las hojas volaron por todo el cuarto.

Había vivido el stress de creerse en peligro. Sabía que eran sólo conjeturas atadas con hilo dental, pero había aprendido a confiar en la intuición. Llevó los vasos a su escritorio; leería algunos manuscritos de sus dirigidos. No era algo que le resultara placentero ya que pocos de ellos sabían escribir bien. Sólo debía hacer el trabajo, devolvérselos por email y a otra cosa. Sentado en su amado sofá dejó que las primeras páginas discurrieran entre sorbo y sorbo, empapándolas con el sudor de los vasos. El Doctor notó que sutilmente sus párpados iban dejándose caer, al tiempo que su vista saltaba anárquicamente de un párrafo a otro. En cuestión de minutos estuvo dormido como un lirón.

¿Cómo explicar que no demasiadas semanas atrás le era imposible conciliar el sueño sin pastillitas, y ahora, después de cortarle el cuello a una persona, dormía la siesta como un bebé? Era algo sobre lo que el Doctor no se atrevía a pensar.

El sueño lo acogió como lecho de plumas de caburé. Un aula de la facultad era el escenario, y sus estudiantes de doctorado, los protagonistas. “Lo de siempre”, razonó. Querían sus trabajos corregidos y se los reclamaban airadamente. A un tris de despertarse, Kovayashi les pidió que se calmaran e hizo algunas promesas vagas. Así logró deshacerse de ellos: sin abrir los ojos y sin violencia. Eso lo satisfizo. Luego deambuló por varias aulas portando en una mano el sobre de manuscritos sin corregir. A cada paso, el sobre lo incomodaba más y más, por lo que decidió dejarlo abandonado sobre un escritorio cualquiera. De repente, la perdida de los manuscritos le causó angustia. “Me van a denunciar”, se lamentó. Sin embargo, siguió avanzando. El sueño lo condujo por un corredor largo y poblado de oficinas a ambos lados. Sin motivo aparente ingresó a una de esas oficinas, donde una recepcionista muy bonita lo invitó a tomar asiento y esperar. No había transcurrido mucho tiempo cuando le avisó que lo estaban aguardando. Frente a sí apareció una puerta que no había visto antes, de madera trabajada y con una placa de bronce ilegible. Al ingresar se percató de que estaba en su propio escritorio. Giró la cabeza hacia la izquierda y, sorprendido, pudo verse a sí mismo dormido sobre el sofá. Más sorprendido aun, a su derecha, desnudos y alegres como si nada les hubiera pasado últimamente, lo aguardaban sus (ex)buenos vecinos Rómulo y W.

_ “¡Qué gusto verlo de nuevo, Doctor!”, se adelantó a hablar la Sra. W., y señalando con su índice hacia el sofá añadió: “Por favor, no meta ruido, podría despertarse…” Rómulo estaba sentado en la silla de la PC. Observaba alternativamente al Doctor y a su esposa, siempre con una amplia sonrisa. Por su parte, W. permanecía de pie como preparada para desaparecer, si fuera necesario.

_ “Tenemos poco tiempo, Doctor, y Rómulo quiere decirle algo muy importante.” Entonces, el foco de la atención recayó en el bueno de su marido. Kovayashi notó que Rómulo abría la boca pero las palabras no le salían. Tan grande abrió la boca que el Doctor pudo ver un objeto plateado que brillaba detrás de su campanilla. “Un momento”, dijo la Señora W., quien metiéndole la mano hasta el fondo logró extraerle una caja metálica alargada. De ella sacó una hojita manuscrita que entregó al Doctor. Luego volvió a colocar la caja en la garganta de Rómulo. La caligrafía era espantosa, mas Kovayashi se las arregló para leer el texto completo.

“Doctor Kovayashi, ya sabe que tanto W. como yo estamos… Puedo ver cosas que ni se imagina, ya le contaré algún día. Ahora es importante que sepa que hay peligro cerca, que ande con pies de plomo. Cuídese de Kandrasky. También de esos dos impostores, pero más de Kandrasky.”

_ “¡Kandrasky!”, dijo Kovayashi justo en el momento en que la pareja comenzaba a desvanecerse. Rómulo y W. se pararon y sin dejar de sonreirle lo saludaron y atravesaron el muro hacia la que, en vida, fuera su casa.

_ “¿Kandrasky?”, se preguntó Kovayashi al despertar en su sofá. Estaba empapado de transpiración, al igual que el tapizado. “¿¡Quién es Kandrasky!?” Desconocía la respuesta.

En una veloz carrera salió de su casa y no paró hasta detenerse frente a la puerta clausurada de la que fuera la casa de Rómulo y W. “No. No es posible…”, dijo para sí con más negación que incredulidad, y regresó a su casa, a su sofá, para continuar la lucha con los manuscritos.

En la esquina, los espejismos no cesaban de danzar.

Publicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

A la luz de las tinieblas

septiembre 22, 2010

Esta es la 12a entrega de una anécdota en partes.

Encender una linterna o gatillar un calibre 38 son casi la misma cosa, y en ese sentido Kovayashi podía sentirse afortunado de no estar desangrándose en el piso. No, no era capaz de verlo, y mientras se hacía visera con la mano pensaba “la mierda, ¡qué fuerte es esa luz!”. Y esa voz masculina le sonó muy conocida, demasiado… tanto que no necesitó apartarse del cono de luz para verle la cara. En el brevísimo tiempo que le tomó carraspear, Kovayashi recompuso sus pensamientos y consiguió que los sucesos de la semana cobraran un nuevo sentido, diáfano como el aire de esa mañana y hasta, incluso, revelador. Con la garganta despejada, Kovayashi habló.

_ “Tendría que haber corrido al puesto apenas vi la notita, pero no me apiolé; fue la pastilla, seguro…”
_ “Igualmente lo habría negado”
, dijo la voz.
_ “Mi buen amigo invisible…”
_ “Elemental, doctor.”
_ “¿Podrías apagar esa maldita linterna de una vez por todas?”
Y Jorgito apretó el botón.

Para los dos hombres, el piso del viejo Scalisi recuperó su oscuridad sepulcral. De a poco, las cuatro pupilas se fueron dilatando, y en un momento la miserable claridad que se filtraba por los postigos del ventanal le alcanzó a Kovayashi para verse cara a cara con el diarero, tal como esperaba. Y de haber estado abierto el ventanal, ambos habrían visto a la Señora W. y a su marido Rómulo salir a la vereda y subir a un taxi. Pero no sucedió así.

Jorgito estaba de pie y mantenía un brazo estirado hacia Kovayashi. Una sonrisa muy ancha cruzaba su rostro vertical, en el que las piezas se combinaban armónicamente para componer su conocida expresión de vendedor macanudo. Si bien el doctor conocía aquella labia perseverante, en ese momento el silencio obstinado del diarero le estaba cediendo la iniciativa. En la mano de Jorgito había una franela prolijamente doblada; Kovayashi la tomó sin hesitar y se dio cuenta de que era la segunda vez en el día que debía sopesar algo. Su finísimo sentido del tacto le permitió saber de qué se trataba aun antes de desenvolver el objeto. Las cuatro puntas afiladas eran inequívocas. La suavidad del acero también. Jorgito le había devuelto su estrella ninja.

_ “Lo mínimo que puede hacer es comprarme el diario de por vida”, dijo Jorgito antes de soltar una carcajada imprudente. “Ahora, fuera de joda, gracias por limpiar el barrio. A esos chorros hay que matarlos a todos porque, si no, van en cana un día y salen al siguiente. La verdad, me alegro de que piense igual que yo.”
_ “En absoluto. No solamente pienso distinto, también pienso que sos un hijo de un vagón de remil putas. Me hiciste quedar como un pelotudo ante mí mismo.”
Kovayashi estaba exaltado. Apretaba y aflojaba nerviosamente la estrella con su diestra cual si fuera un esfínter descontrolado.
_ “Cálmese, yo únicamente le facilité ese datito que necesitaba. Bah, el datito y estar ahí esa noche. El resto lo hizo usted solo.”

Indignado, Kovayashi no tuvo más alternativa que aceptar que Jorgito tenía razón, y eso, tener que reconocer que su mente también era brillante, le quemaba las entrañas. A pocas horas de haberse convertido en asesino ya estaba evaluando cargarse su segunda víctima: por un instante imaginó a Jorgito con la estrella clavada en la frente y sonrió para sí. La ansiedad ya le había dejado cuatro tajos en la palma de la mano.

_ “No me gusta nada su mirada, doctor. Espero que no esté pensando cosas raras…”

Kovayashi apretó las mandíbulas y tomó aire.

_ “¿Por qué no se va unos días? Váyase afuera… Uruguay, Brasil… hasta que se calmen las aguas…”

Al ver el cariz que estaba tomando la situación, el doctor pivotó sobre sus talones, dio media vuelta y sin ni siquiera saludar al diarero abandonó el departamento y se dirigió a su casa tan velozmente como le fue posible.

Cinco minutos antes, el taxi que llevaba a la Señora W. y a Rómulo había arrancado con prisa para tomar Tres Sargentos y perderse en la lejanía.

Publicar en DeliciousPublicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Visitas indeseables

septiembre 4, 2010

Esta es la 10a entrega de una anécdota en partes.

Al alba, el aguacero sorprendió a la ciudad. Una lámina horizontal de agua limpió el aire en cuestión de minutos, y los colores revivieron una vez más. El barrio se engalanó con el verde de los líquenes sobre los muros y con el rojo de los semáforos y las rosas chinas; hasta el adoquinado gris parecía feliz en su dureza. Con suerte, pronto llegaría el sol y el nuevo día sería una fiesta. Así lo entendía Kovayashi, que desayunaba en la cocina mientras disfrutaba del canto de un zorzal en el jardín. No pudo evitar asociarlo a los cuervos imaginarios de Scalisi, y se rió con tantas ganas que por poco se le trabó la carretilla. El ejercicio nocturno le había abierto un apetito voraz y gozaba de un buen humor que no se correspondía con el de alguien que acababa de asesinar por primera vez en su vida.

La lluvia se convirtió en garúa y luego en aire húmedo. Justo entonces, varios golpes sacudieron la puerta de entrada. El ojo de pez no mentía: en el umbral estaban la Señora W. y Rómulo, su marido, quienes ingresaron a la casa atolondradamente y sin saludar. Ella no disimulaba la desesperación; en sus ojos irritados Kovayashi vio que había estado llorando.

_ “¡Se murió Scalisi! ¡Se murió Scalisi!”, gritaba la Señora W. en el living, tomándose la cabeza entre las manos y sin reparar en el apuro del doctor por ocultar el traje de ninja que había dejado sobre el sillón. La sacudida hizo que una cajita de cartón con inscripciones chinas se escapara de un bolsillo del traje. Al sopesarla, Kovayashi notó que estaba demasiado liviana. “¡Está vacía!”, gritó en silencio y empalideció como si su alma se hubiera descarnado. En la vorágine del asesinato había olvidado desclavar del cuello del muchacho la estrella ninja que le enviara Wang. Kovayashi supo que su error lo pondría entre rejas por el resto de sus días.
_ “¿¡Cómo!? Si ayer estaba más fuerte que un roble…” preguntó el doctor, tratando de disimular.
_ “No lo sé, no lo sé… Esto es terrible, doctor. Esta mañana temprano escuchamos el revuelo enfrente. Había una ambulancia y un patrullero…”
_ “¿Policías?”, interrumpió Kovayashi, menos sorprendido por la muerte del viejo que por saber quién (¿un testigo?) había llamado con tanta celeridad al 911. Si su “amigo invisible” había vuelto a la carga, no lo estaba ayudando en nada al llamar a la policía. Kovayashi hubiera preferido que los vecinos descubrieran a Scalisi cuando su cuerpo se descompusiera.
_ “Sí. Rómulo y yo hablamos más temprano con un oficial. Scalisi murió de un ataque, en su cama. Tenía una ballesta en la mano y la ropa manchada de sangre… ¡una ballesta! Pero eso no es lo peor: nos dijo el policía que anoche aparecieron dos cadáveres en Tres Sargentos y Roca. Uno estaba degollado, y el otro… ay, doctor de sólo pensarlo me dan vahídos… ¡¡el otro tenía una flecha de ballesta clavada en el pecho!! Horrible, horrible. ¿Se da cuenta? Anoche el viejo se volvió loco y salió a matar gente. Esos dos podíamos haber sido nosotros o usted. No lo puedo creer, y no sé qué vamos a hacer…”
_ “Usted no va a hacer nada”, dijo Kovayashi con sequedad. “Se va a ir derechito a su casa con Rómulo y se va a quedar allí. No es conveniente molestar a los policías. Tómese este calmante, descansará como un angelito.” Kovayashi le dio la misma pastilla que lo había puesto en coma. Con la Señora W. neutralizada químicamente, podría pensar alguna estrategia para preservar su libertad y buen nombre.
_ “Gracias, doctor; acá el único ángel es usted.”, dijo W. mientras miraba de reojo el tablón de pino Paraná que Kovayashi había usado de blanco para su estrella ninja. De inmediato, la Señora W. y Rómulo, que aprovechando el alboroto había dado cuenta del desayuno del doctor, regresaron a su casa.

Dos horas después, Kovayashi cruzó la calle rumbo al departamento del finado Scalisi.

Publicar en DeliciousPublicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Una estrella fugaz

agosto 31, 2010

Esta es la 9a entrega de una anécdota en partes.

_ “Maldito sea, viejo…” El grito contenido y rabioso demostraba que Kovayashi había perdido el control. Sin embargo, ¡cuán justificable era su enojo! A las tres y media de la mañana, Scalisi había bajado a la vereda con la ballesta y sin demorar, sí, pero vestido de cualquier manera. No sólo calzaba mocasines; por todo pantalón llevaba unos joggings grises y se cubría el pijama con un antiguo sobretodo marrón Cáucaso, que es muy parecido a la caca de bebé. Es más, olía a ello.

_ “¿Usted me toma por pelotudo o se piensa que tengo ganas de que me maten?” Kovayashi zamarreó al viejo con fiereza y notó, sorprendido, cuán débil estaba ese hombre. “¿Acaso no le dije cómo tenía que vestirse?” Scalisi bajó la cabeza, y como algo de orgullo aún conservaba, le mintió.
_ “No lo recuerdo…” Él casi no tenía otra ropa más que la puesta.
_ “Bueno, ya pensaremos en algo mientras caminamos. No perdamos tiempo ahora porque regresaremos con las manos vacías”. Si Kovayashi no ahorcó al viejo en ese momento fue porque alguien seguramente lo haría en breve.

Una vez en marcha por Tres Sargentos, Kovayashi decidió que avanzarían más rápido por veredas diferentes. Los tacos de Scalisi resonaban en la madrugada como disparos de 22. “¡Qué cagada!”, pensó. La gorda y el otro ya deben de estar esperándolo”. Tres cuadras antes de Roca, Scalisi tuvo que apoyarse contra la pared para recuperar el aliento, y no hubo hombre o dios que lo hiciera volver a dar un paso antes de tiempo. Kovayashi se resignó a esperar; después de restregarse los ojos con las manos le indicó al viejo que cargara la ballesta, cosa que éste hizo de inmediato. El descanso pareció durar una eternidad; finalmente siguieron caminando.

A la luz del sol, los cien metros que anticipaban el cruce con al Av. Roca poseían una belleza particular debido a su arbolado. Sauces negros alternaban con fresnos y tilos añejos. Además, algunos vecinos habían plantado hiedras en los canteros, por lo que varios troncos estaban siempre revestidos con hojas. Muy por el contrario, durante las horas de oscuridad, cuando la calle era una boca de lobo, toda aquella belleza se transformaba en inseguridad. Ni la luz de los faroles ni la de la luna llegaba a los adoquines, y había que tener buena vista o intuición para evitar los tropezones. Así fue que Scalisi, cuya visión no era mejor que la de un topo, salió de la protección de la vereda y prosiguió la caminata por la mitad de la calzada, siempre mirando hacia arriba, aguardando a los tan ansiados cuervos.

Pero Roca estaba cada vez más cerca y Scalisi no se había cruzado ni con un miserable murciélago. Mantenía con firmeza los dedos en la palanca de la ballesta, pero, a decir verdad, no estaba seguro de poder accionarla porque había perdido algo de sensibilidad en el brazo, y no entendía por qué. Buscó a Kovayashi en la otra vereda, mas al no distinguirlo entre las sombras se sintió vulnerable.

Algo lo obligó a mirar al frente, un grito agudo, cascado y amplio. Unos pasos más adelante había un muchacho acodado en la barandilla que rodeaba al cráter donde había caído el Peugeot. El viejo se detuvo en seco; la amenaza iba en serio y él sabía que a esa distancia, un único disparo bastaría para enviarlo al cementerio. Aunque en ocasiones el miedo puede paralizar a una persona, no era el miedo a ese muchacho armado lo que inmovilizaba a Scalisi; era algo más profundo, una sensación tan extraña como el cosquilleo que le estaba impidiendo maniobrar el brazo de la ballesta. Por detrás del muchacho apareció la mujer gorda de pelo amarillo. Ambos le ordenaron que soltara el arma, pero no pudo hacerlo. “Bajálo”, dijo la mujer, y el muchacho amartilló el revolver con un movimiento preciso de pulgar.

Nunca se sabrá qué habría sido de Scalisi si ese muchacho no hubiera demorado el disparo. Fue sólo un segundo o tal vez menos. Tal vez haya querido asegurar el disparo, apuntar mejor; quizás fue la oscuridad o, por qué no, la imagen demencial del viejo lo que lo retrasó. El muchacho nunca sabrá la razón por la que, de repente, su cuerpo dejó de obedecerle y cayó al piso empapado en sangre, en su propia sangre. Como tampoco lo sabrá la mujer gorda, que vio el acero de la estrella fugaz atravesar la calle y clavarse con sus cuatro orientales puntas en el cuello de su compañero, seccionándole vena, arteria y esófago, clavándose sin piedad en una vertebrita cervical. Llena de ira, ella extrajo un puñal de entre sus ropas y se abalanzó sobre el pobre viejo.

_ “¡Dispárele! ¡Dispárele!” gritó un Kovayashi desesperado.

Y en la que probablemente fuera la acción más trascendente de toda su vida, Scalisi se arrancó la ballesta de la mano inútil, y con la otra mano, veloz cual nunca jamás, disparó. La saeta atravesó el pecho grasoso de la mujer, que por el impacto retrocedió varios pasos hasta empujar la barandilla y precipitarse al pozo, muerta.

Luego, todo transcurrió como en los viejos filmes en blanco y negro, en una sucesión de escenas mudas y en cámara rápida. Ambos desaparecieron de esa esquina sin percatarse de que a sus espaldas, una sombra caminaba en la oscuridad desde los árboles a los cadáveres. Kovayashi escoltó al viejo hasta su departamento, hasta su habitación, hasta su mismísima cama, donde lo ayudó a acostarse así nomás, lívido, conmovido, asustado, agitado. En la siguiente escena, el doctor ya estaba en su propia casa, en la bañera. Y en la gloriosa escena final, justo antes de las letras blancas que anunciaban ‘The End’, Kovayashi se tragó la cerveza sin respirar y eructó con la satisfacción del plan concluido.

Publicar en DeliciousPublicar en FaceBookPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota!

Todo bicho volador…

agosto 21, 2010

Esta es la 7a entrega de una anécdota en partes.

Desde antes de colgarle a Scalisi, la cabeza de Kovayashi ya había abandonado la conversación. Por un instante, una idea brilló cual fogonazo frente a sus ojos, una frase en un email, un detalle clave para los días que se avecinaban. Era un correo demasiado raro, al igual que todo lo que concernía al señor Scalisi, por lo que no le costó encontrarlo.

Como ya fuera dicho, Kovayashi sentía afecto por ese viejo solitario, cuyo cumpleaños número 80, el año anterior, lo animó a enviarle un obsequio muy especial: una escort a domicilio. Se llamaba Tamara y parecía muy puta. Arregló todo por la web, incluso el pago. Si salía bien, en algún momento lo haría para sí. Pero ese día, el condenado de Scalisi estaba particularmente chiflado, y la pobre tuvo suerte de poder escapar del departamento. Aunque Kovayashi no tardó en olvidar el asunto, conservó el email que ella le envió al día siguiente. El mensaje (editado) decía así:

>Señor [...] ayer iba todo bien con el viejito… la tenía
>dura como una roca… [...] pero empezó a ponerse
>raro y no es que no esté acostumbrada a que me
>pidan cosas… el hijo de mil puta en un momento
>sacó un arma… una ballesta (no sé si la conoce…
>yo sí por un hermano) y la cargó… me pidió que
>le mirara… [...] entonces metió el miembro en la
>ballesta y disparó… no sé si se la habrá cortado
>pero saltó sangre para todos lados… yo me asusté
>mucho, pero él se reía… [...] Así que lo empujé al
>piso y salí corriendo así a medio vestir como estaba…
>me cambié en el ascensor y por suerte el portero me
>abrió [...] Le escribo para advertirle: si me lo vuelvo
>a cruzar, ahí mismo le hago matar [...]

A las 7:45 de la mañana, Kovayashi cruzó la calle a toda carrera. Tocar el 1ro ‘A’, subir los escalones de a dos y entrar al departamento de Scalisi formó parte del mismo envión. “Mi Dios, ¡qué mal olor, qué desorden!”, pensó Kovayashi al entrar, mientras contenía la respiración. Las ventanas estaban cerradas, y el aire era denso como si el viejo lo hubiera respirado miles de veces. En contraste, Scalisi, maravillado por la visita, le dio un cálido abrazo de bienvenida. “¡Eureka!”, pensó el doctor al ver la ballesta tirada en el piso, seguramente en el mismo lugar desde el episodio con la escort. Kovayashi rechazó con tacto el ofrecimiento del viejo. “No gracias, no suelo tocar las armas”, le mintió; había detectado manchas de sangre en la empuñadura, y le dio asco de sólo pensar su procedencia.

_ “En mis tiempos fui campeón de tiro con ballesta, doctor. Es un arma grandiosa, más potente que una pistola, silenciosa… Me encantaría que la probara.”
_ “Lo mío es más intelectual, Scalisi, pero tal vez usted quiera hacerme una demostración abajo, en la calle, ¿se anima?”

Y no se habló más. Cinco minutos después, los dos hombres abandonaron el departamento. Por fortuna, la vereda estaba casi desierta, excepto por Jorgito, en la esquina con sus periódicos, y por un par de niñas con guardapolvo blanco que se detuvieron a mirarlos. El viejo les acarició la cabeza. Estaba exultante, motivado, se notaba en sus movimientos eléctricos. Sin embargo, la expresión en su rostro indicaba que se hallaba al borde de la demencia.

“Aquella”, dijo en voz baja a Kovayashi, sin dejar de mirar los hilos del teléfono. Tensó el alambre con la manivela, colocó la saeta en el canal, apuntó al cielo y apretó la palanca. La saeta atravesó limpiamente el pecho de la paloma, que cayó muerta al piso. Los niños huyeron horrorizados, al tiempo que Kovayashi, compungido, corrió a levantar el cadáver.

_ “¡Déme eso!” gritó Scalisi con sequedad.
_ “¿Para qué la quiere? Enterrémosla en mi jardín.”
_ “Ni lo sueñe… Si uno le quita bien las plumas -que tienen ácaros- y la hierve lo suficiente, es un pájaro riquísimo… sobre todo al horno, con rodajas de berejena.”

Kovayashi escapó rápidamente de allí, pero antes felicitó al viejo por su puntería, le metió la paloma en un bolsillo de la bata y le pidió que continuara alerta. Ya en su living, más relajado, supo que Scalisi sería la persona indicada y soltó una carcajada. Si bien sentía culpa por la palomita, muchísimo peor era imaginar que él aún llevaba adherida en la piel la mugre del departamento del viejo. “Esto es lo que tendría que haber hecho Sir Douglas Reid”, pensó, y a las 8:10 de la mañana entró al baño para prodigarse una ducha inolvidable.

Publicar en DeliciousPublicar en FaceBookPublicar en TechnoratiPublicar en Twitter
¡Comparte esta anécdota

El péndulo

diciembre 27, 2008

Habíamos pasado un hermoso día de primavera tirados en el césped de la Costanera Sur. La tarde había avanzado y el sol estaba muy bajo como para asegurarnos diez minutos más sin sombras. Del otro lado del mantel estaba Jorge Colombres, el escritor, un tipo distante, demasiado metido en sus pensamientos como para sostener una conversación larga. A mi izquierda habían estado otras dos amigas de Micaela -hermanas, creo- que una hora atrás habían salido a pasear un rato por la reserva. Una vez más quedábamos frente a frente Mica, Daisy y yo.

- “¿Cuándo supiste de los poderes de tu papá?” preguntó Jorge sin levantar la vista del pasto. Nadie lo esperaba. Mica resopló, hubiera preferido hablar de su último proyecto fotográfico o sobre las bondades de ser vegetariana.
- “Yo tendría 10 u 11 años. Mi padre no estaba nunca en casa. Un día me animé y le pregunté a mi abuela por qué. Ella puso cara de fastidio, pero no esquivó el bulto. Me dijo que Albertito tenía poderes, que en ese mismo momento estaba en la casa de una tía mía que últimamente no andaba bien. Dijo que él tenía maneras de ver el futuro y otras cosas más que no les contaré. Justamente, en ese momento mi padre entró a la cocina; traía una expresión rara que no mejoró al verme. Nos dijo que había usado su péndulo radiestésico, y que sabía que su prima tenía cáncer, que se iba a operar y que no saldría bien de todo eso… No le creyeron.”

Micaela calló de repente, 15 segundos de silencio que Jorge rompió con su curiosidad. “¿Qué fue de tu tía?”, preguntó.

Días después se supo que, efectivamente, tenía cáncer. La operaron, salió mal y falleció meses después. Y es todo lo que les voy a decir. A Daibushi le desagrada que cuente estas historias.

El sol bajó detrás de los edificios y nos cubrieron las sombras. Un viento frío salió de la arboleda costera y comenzó a envolvernos en remolinos violentos. Por suerte, las hermanas regresaron para guardar las cosas e irnos rápidamente de allí. Los árboles y los rosales se sacudían al punto de hasta perder algunas hojas y pétalos. Jorge parecía incómodo por el relato y el viento, así que no volvió a preguntar nada al respecto. Es más, ese día nadie volvió a tocar el tema.

Esta historia es de primera mano, contada por Hannimal hace unos días mientras tomábamos un café y recordábamos a Micaela.


Padre, maestro y mentor

noviembre 19, 2008

Escalón por escalón, lentamente, como si tanta espera y ansiedad hubieran devenido en un desánimo repentino, subí hasta la penumbra de un escueto recibidor. El cuarto oscuro y un bañito contiguo despedían vaharadas pestilentes, con lo cual, la decisión de permanecer de pie o sentarme no fue trivial: arriba, el aire más liviano olía a revelador y fijador; abajo, a cloaca averiada. “¡Vooy!”, avisó un rato después Micaela, cuando mi nariz ya se había acostumbrado.

Me intrigó la presencia de un estante en la pared del fondo. ¿Un altar? Tal vez… Floreritos, cuencos con semillas, un sahumerio quemado. En el centro, un portarretratos con una foto vieja (y de seguro trucada), en la que se veía a un hombre meditando, a dos o tres palmos del suelo. La pobre iluminación del hall me animó a tomar el marquito. Para mi sorpresa, me fue imposible quitarlo del altar. Revisé que no hubiera tornillos o clavos. Nada. Sólo estaba apoyado contra la pared. Intenté otra vez. Imposible, parecía un apéndice del mismo revoque.

- “Permitíme” dijo Micaela. Al igual que en la reunión en su departamento, nuevamente surgía de la nada a mi espalda para asustarme como a un niño. Ella tomó el portarretratos entre sus manos y me lo entregó.
- “¡¿Cómo lo hiciste?!”
- “Ya te lo dije, soy maga.”
- “Pero…”
- “Shhh, escuchá. Lo que ves allí no es un truco. En verdad, tampoco es magia. Si querés estar conmigo, tendrás que empezar por aceptar estas cosas que hasta ahora te han resultado inexplicables.” Una vez dicho esto, la expresión en su rostro se tornó más reflexiva, dura. “Ahora debés irte. Mi alumna está por llegar. Tenemos que vernos otro día.”
- “Por lo menos decíme quién es el de la foto.”

Le entregué el portarretratos para que ella misma lo devolviera al altar. El timbre de la puerta retumbó en el mármol de la escalera. Micaela, cariñosa, me prodigó un beso en la mejilla, y finalmente dijo “Es Daibushi, mi padre, maestro y mentor.”

Nunca había escuchado hablar de ese tal Daibushi; con los años supe que nunca más podría olvidarlo. Hubiera querido charlar más con Micaela, pero el tiempo se había agotado. La puerta del estudio se abrió, y la supuesta alumna comenzó a subir. Fue la primera vez que vi a Daisy.

Historia transcripta casi textualmente por Hannimal. Fue el día en que visitó a Micaela por primera vez en su estudio de fotografía.


Casi una revelación

noviembre 12, 2008

La reunión estaba muy animada. Un par de grupos eran muy bulliciosos, pero la mayoría prefería charlar y reír normalmente, con estilo. La música y los perfumes recorrían en oleadas los tres ambientes del departamento. Me reconfortaba pensar que aunque hubiera nacido sordo y ciego, aun así sabría que estaba rodeado de mujeres hermosas. Meses después, en su estudio, Micaela me contó que eran modelos y que, en general, accedían a posar tan desnudas como al llegar a este planeta.

- “Hago magia”, respondió a mi gesto mientras daba un giro sensual que me enfrentó con el Ché Guevara que vivía en su cuello.

Pero yo también tenía claro que no cuadraba el glamour estúpido de la fiesta. De vez en cuando Micaela, por buena anfitriona, se me acercaba con algún bocadillo y charlaba un rato. En una de esas me arrastró por el departamento para enseñarme las fotos de las paredes. Era una idea interesante: mendigos y cartoneros en una Buenos Aires blanca y negra. Al llegar a su cuarto, me abandonó de repente ante su autoretrato.

Un rincón de su cuarto me resultó fascinante. Una breve estantería sostenía recuerdos, libros releídos, souvenirs, folletos de viajes, estatuitas, un peluche de Betty Boop. Había otras personas allí, pero no dudo que el rincón sólo me atraía a mí. De lejos noté una foto color 10×15 pegada a la pared con cinta de pintor, y me acerqué. Antes de llegar, ya sabía lo inevitable. Arrancarla fue fácil, aun cuando descascaré la pintura en el tironeo. La guardé en un bolsillo.

La experiencia duró apenas unos segundos con gran intensidad. Quizás haya sido como descubrir un Aleph o como lo que le sucedió al Hombre que vio a la Partera. Algo se abrió en mi mente… Y si bien no penetré por esa grieta en el tiempo, la adiviné. No alcancé a ver la revelación, la percibí. Esa foto había sido tomada desde la puerta. El rincón estaba allí, casi idéntico. Micaela bailaba y con el brazo derecho tapaba el sitio exacto en donde, supuse, después pegaría la foto.

- “Te equivocás. Siempre estuvo allí pegada.” Micaela había regresado, pero ¿cuándo? ¿Habría visto todo? Deseé estar a kilómetros de distancia.
- “Es imposible”, retruqué.
-”Sí y no, depende. Ya te lo dije, hago magia.”

No daba para más, mi cabeza estallaba. Diez minutos después caminaba por Colegiales en busca de la estación con una sola certeza en mente: la volvería a ver muy pronto, en su estudio, y ahí sí le pediría explicaciones. Mientras tanto, disfrutaba del paseo nocturno de vuelta a casa.

Al sacar el boleto, la foto cayó al andén y se perdió.

Esta historia algo rara me la contó Hannimal cuando vio por primera vez a Micaela acá en B.A. después de su viaje por EE.UU.


16 de junio de 1955

noviembre 1, 2008

16/6/55. Tengo que escribir… En cualquier momento puede caerme una bomba en la cabeza, o aplastarme un cacho de mampostería, o me pueden asesinar en la calle, no lo sé. Un balazo, una explosión, cualquier cosa. Lo que está pasando es muy loco… Loco, loco… ¡LOCO! Muchos aviones pasaron y tiraron bombas (muchas) sobre la gente, sobre los edificios… No sé qué es todo esto, todo es un quilombo. Si fuera un golpe de Estado, estos turros de los aviones no habrían atacado a los civiles. Hace minutos pasaron y tiraron las primeras bombas, y yo estaba protegiéndome de la lluvia en la puerta del Ministerio de Hacienda. Cómo explicarlo… Ahí nomás ví volar los autos… un trole explotó. Corrí por Irigoyen, pero no tenía sentido… Todos los pasajeros estaban destrozados. Ví guardapolvos escolares y restos de personas, pedazos incendiados. Después explotaron más bombas y hubo disparos de ametralladoras. Ya había cuerpos en la plaza, toda gente común y corriente… Pasé sobre ellos.

Empecé a correr tan rápido como pude, pero ya no soy tan joven. Tenía que salir de ahí para tratar de salvarme. Miles de otras personas también corrían, cada cual por su lado, sin tiempo para organizarse. Agarré por San Martín y cuando llegué a Sarmiento paré. Me llamó la atención la vidriera rota de una despensa. Una barra de muchachos salía a los piques mezclándose entre la gente. Habían saqueado el local aprovechando la volada. Por la otra esquina aparecieron unos soldados con armas… la cosa se ponía fea. Como la tienda estaba vacía, no lo pensé: entré y me escondí. Se entiende que el pobre dueño debe haberse resistido… ahora estaba ahí tirado, con los ojos abiertos y una especie de daga muy bonita hundida en su pecho. En mi reloj era la una y cinco cuando me metí detrás de una estantería inmensa medio arrumbada, al fondo, y empecé a escribir esto.

Seguramente el General pronto hará justicia. Esto es una masacre.

- – - -

Son las 16:10. Estoy por salir a la calle. Ya casi no hay disparos (bueno, sí se sienten algunos, pero lejos), aunque sí se escuchan gritos y motores. Pienso que si alcanzo Corrientes estaré a salvo. Ya veré después cómo hago para llegar a casa. Si puedo, les aviso. Deben estar bastante preocupados. Y si no llego… espero que al menos encuentren esta libreta.

Esta es una transcripción de lo que Daisy leyó en la libreta del abuelo el día del velatorio de la Cata.


La caja del abuelo

octubre 28, 2008

La tapa entreabierta liberó un aroma agradable a madera noble y aire envejecido. Nuestras seis manos revisaron con poco respeto las cosas que el abuelo Carlos había puesto en una caja antes de morir. Luego, Catalina la atesoró en el placard durante su viudez, nunca entendimos por qué. Pero hoy, que la Cata ha partido a su encuentro, esa caja nos ha revelado sus maravillas. No había allí ni dinero ni efectos valiosos. Sólo cosas; simplemente, cosas. Quizás ella las acariciara en sus eternas noches de insomnio como si complaciera al mismísimo abuelo. Un destornillador con mango de madera, rajado. Un ramplún, un reloj de pulsera, roto. Un documento de identidad, una lata de pomada y una franela apolillada. Varias fotografías en blanco y negro, una libreta de tapa dura. También había entradas usadas para un histórico Boca-Racing. Al verlas, Carlitos perdió el control. Torpe, de un manotazo tiró la caja al piso. El sacudón disparó el ramplún, que rodó sobre la moquette del cuarto hasta detenerse debajo la cama de la abuela. Daisy, diligente, se arrodilló; deslizó un brazo bajo la cama y, luego de tantear a ciegas entre las pelusas, sacó un objeto plateado que no era, precisamente, el tosco ramplún.

- “¡Qué belleza!” dijo Daisy asombrada, mientras tajeaba el aire con un puñalito de esbelto perfil. “Si no encontramos plata, al menos esto debe valer unos buenos pesos… Tiene un diamante en la empuñadura.”
- “Es vidrio, nena. Vidrio de color. De una vez, dáte cuenta de que eran unos viejos egoístas. Si eso quedó acá, es porque no valía nada.” Desde niña, mi humor siempre había sido amargo. Esas palabras que pronuncié cuando todavía había familiares llorando en el hall contiguo, quedaron estampadas en nuestras cabezas.
- “¿Qué opinan, se habrá cargado a alguien el abuelo con este puñalito?” Preguntó Daisy mientras se incorporaba. El murmullo había aumentado en la otra habitación y todos miramos hacia la puerta. Por nervios o por lo que fuera, ya deseábamos regresar.
- “Nunca. El abuelo podía ser un prestamista, pero no creo que él hiciera el trabajo sucio. Tenía gente… Además, no era tan loco como para usar un cuchillito. Pensá…” Carlitos estaba encendido. Hablaba sin parar, y apoyaba sus argumentos sacudiendo las entradas con vehemencia frente la cara de Daisy.
- “Basta, volvamos ya”, dije con autoridad de hermana mayor. “Dejen todo como estaba. Mañana la seguimos; tengo un juego de llaves.”
- “Yo me llevo las entradas”, dijo Carlitos.
- “Yo, la libreta”, dijo Daisy.

Como ninguno se opuso, acomodamos todo tan ordenadamente como pudimos y, de a uno, fuimos retornando con los familiares al hall central. Creo que los muertos pierden totalmente el interés por las cosas y por las personas que quedan de este lado del charco. No vuelven. Por eso es absurdo llorarlos. Me importa un cuerno su memoria, me importa un cuerno lo que hayan sido en vida. Los muertos me resbalan, y por eso odio profundamente estas reuniones, los gladiolos, los lloriqueos y el café barato.

Pese a que no hablé con nadie, igual les perdí el rastro a mis hermanos. Temía por lo que pudieran hacer. Minutos después ví a Daisy que, desde lejos, me cabeceaba para que fuera a su encuentro. “Acá está todo escrito, Nora. Era del abuelo, nomás”, me dijo con ansiedad. Bajó la cabeza y yo acompañé su mirada. Del bolsillo exterior de su cartera asomaba el lomo de la libreta del viejo usurero.

Al día siguiente regresamos. Daisy sólo se llevó el puñalito.


La venta del cuchillo

septiembre 23, 2008

Durante un rato observé el mercado desde enfrente. No quería generar sospechas. Nada parecía raro o fuera de lugar. El edificio era más que viejo. Tenía un portón alto, pintado de un verde que ya no era inglés. Más allá, el interior era una boca de lobo. Justo salieron dos señoras que se esfumaron en la esquina. Releí el papelito que traía en la mano: ‘Antigüedades – Local 50’. Le pregunté descuidadamente a un kiosquero, pero no se dignó a contestarme. Igual le compré cigarrillos. Pavota. Si Carlitos me había aconsejado que tuviera cuidado (justo él, el macho argentino), por algo sería. De todas maneras, tenía el cuchillito en la cartera.

Así que crucé la calle y me metí como una clienta más. Hasta que mis ojos se acostumbraron, me sentí indefensa. En pocos pasos percibí que el piso era irregular. De a poco apareció el contorno de una media res, y después una montaña de pollos sobre una mesada de mármol. Avancé. Uno a uno, los puestos fueron apareciendo, como los detalles al revelar una foto en el cuarto oscuro. Corría un aire fresco y no vi moscas. Ni siquiera en la pescadería. Un lustrabotas tenía la nariz hundida en un diario deportivo. En el mismo pasillo se enfrentaban dos verdulerías. Parecían distintas, pero los que atendían se gritaban como si fueran familiares.

Después de pasar un puestito de frituras accedí a una especie de patio interno amplio, muy amplio, con un cantero rectangular en su centro. Hacia la izquierda salía un corredor estrecho, más oscuro todavía. Un cartel decía ‘Locales 30-56’. Abrí el cierre de la cartera, tomé aire y me interné en la penumbra sin saber lo que se me venía. A los pocos pasos ya me había arrepentido. ¡Cómo me temblaban las piernas! Los locales del corredor estaban todos cerrados, y deduje que la oscuridad le había permitido a varios satisfacer sus necesidades de todo tipo. El olor a orina era penetrante, asqueroso. A la mitad de camino ese asco me subió a la boca.

Buscar un pañuelo y sentir un brazo alrededor de mi cuello fueron una sola cosa. Una mano me tapó la boca y apenas me dejaba respirar. Me sujetaron con fuerza ambas muñecas. Querían silencio y se reían. Eran por lo menos menos dos, todos hombres. El que me ahorcaba se apoyó en mi trasero. Estaba excitado… También me hablaba en la nuca; no recuerdo qué decía, sólo su aliento a alcohol. Estaba al borde del desmayo cuando del fondo sonó un chiflido corto y agudo. Las bestias se apartaron de mí como un chispazo. Una luz se encendió adelante en el pasillo y, por instinto, corrí hacia ese local. Casualidad o no, allí estaba el anticuario.

Era un hombrecito con cara de hamster ¿Edad? No lo sé. Vestía un traje acorde a su actividad y peinaba hacia atrás una melena entrecana, sucia. Hablamos. Su tono era amable y sus modales no estaban mal. Después de lo que acababa de vivir, esa fealdad me hacía bien. De todas maneras, debía estar alerta. El tipo era un rufián, y esos animales del pasillo, sus mascotas. Mis nervios estaban destrozados, temblaba como un flan y tenía dislexia. Al voltear la cartera, el bendito cuchillo rodó sobre el mostrador de vidrio.

- “Usted habló de un cuchillo. Esto es una daga. Obviamente, el precio es más… hmm… elevado… No voy a pagarle esa diferencia”, dijo con calma el anticuario después de quitarse el monóculo.
- Déme lo que quiera… y me voy.

Guardé el fajo después de contar el dinero. Era bastante por un cuchillo de porquería. ¿A quién le importaría qué había hecho mi abuelo con él? Al menos a mí, nada. Me despedí inexpresivamente y giré sobre mis tacos para alcanzar la puerta. Antes de salir asomé la cabeza al pasillo.

- No se preocupe, ya no están. Nadie le hará nada.
- Gracias.

Casi al llegar al gran patio del cantero me detuve y giré la cabeza. El anticuario, que debía habermer seguido con la vista, comenzó a saludarme con su mano desde el local. “Saludos al señor Carlos”, me gritó con su voz medida. Finamente salí del mercado al sol de la vereda. A paso firme yo también me esfumé por la esquina.


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 459 seguidores