Flotaba entre las olas con la gracia de un corcho. Era divertido dejarse llevar por la corriente. De a ratos cerraba los ojos e imaginaba que el cielo estaba encapotado y que en cualquier momento el primer rayo lo fundiría como a una gota de estaño. Pero sabía que el cielo era azul y que el agua, verde. Por las noches gustaba de escuchar las historias de los pescadores en la playa. Bebían y bromeaban. Solían hablar sobre tiburones martillo descomunales, decían que la ensenada estaba infestada de ellos. Todos los días, cuando el sol llegaba al cenit nadaba con el viento hacia la costa después de sumergirse por algunas ostras. Como siempre, el olor del ajillo frito y los duendes del vino y la guitarra obsequiaban las mejores vacaciones.











Flotar con la gracia de un corcho, junto a la palabra “infestada”, y sumándole a eso los duendes del vino y la guitarra… no sé, pocas cosa más puede pedirle uno a la vida, eh!, el resto es de “yapa”.
Abrazo!
Hola Blopas
Las historias de los pescadores siempre son experiencias imperdibles, y más junto a los duendes del vino
Un abrazo
¡Y una que ya volvió de las vacaciones! Dan ganas de volver. Al menos nos queda la literatura